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1. Let's Play - Capítulo 15

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Capítulo 15: 13

Lista, letal y absolutamente irresistible

El juego lo conozco yo, y al jugador también

Rush

Lo que Larissa había dicho me dejó pensando. Demasiado tiempo, al parecer, porque Drake decidió interrumpir el silencio con un carraspeo y una sonrisa amplia y estúpida. Le lancé una mirada que habría paralizado a cualquiera con una pizca de instinto de supervivencia.

—Vamos, vamos —dijo, palmeándome la espalda justo cuando las puertas se cerraron detrás de nosotros—. Vayamos a ver cómo tu princesa patea traseros desde la sala de control.

Dejé pasar su comentario al mismo tiempo que ignoraba la tentación de estrangularlo por haberle contado todo a Larissa. La mujer no llevaba ni un maldito mes aquí y ya tenía acceso a información que ni la mitad de mi propio equipo soñaba con tener. El muy imbécil estaba desesperado. Lo entendía. Sin embargo, la situación no pedía confiar en alguien fuera del círculo usual así ella hubiese demostrado tener lo necesario.

Entendía su desesperación, pero no estaba de acuerdo con lo que había hecho.

—Si sale herida, te mato —le advertí sin rodeos, mientras caminábamos por el pasillo junto a Zach y Kendall rumbo a la sala de control en el segundo piso.

Drake soltó una risa por lo bajo.

—Quiero ver tu cara cuando salga del simulador —dijo, subiendo las escaleras de dos en dos como si eso le ganara algún mérito.

Al entrar en la sala, me recosté contra la pared junto al lado de la entrada, en silencio, mientras los demás tomaban sus puestos con esa familiaridad mecánica que da la costumbre.

Solté el aire con lentitud.

El nivel C8 era el más exigente de todos. Invertí una pequeña fortuna en esa maldita sala. Tecnología de punta, todo diseñado para replicar un entorno letal: balas, armas, impactos. No había margen para errores. Solo entraban los que yo consideraba listos. No buenos. Letales.

Cuando Drake me dijo que Larissa había vencido a Finz en minutos, me sorprendió, lo admito. Por eso pedí su opinión. Y sí, probablemente no debí hacerlo. Porque ahora estaba aquí, cuestionándome si ella estaba lista para esto.

¿Lista para C8?

Era inteligente, sí. Mordaz. Tenía agallas. Me desafiaba con una facilidad que a veces me sacaba de quicio. Me decía que no sin pestañear, pateaba mi culo en póker, pensaba rápido, actuaba mejor. Todo eso lo sabía. Pero aún así… ¿C8? No estaba convencido.

—Hola —dijo Kendall, sacándome de mis pensamientos.

Le devolví una sonrisa breve. Kendall era, en muchos aspectos y en vista de lo poco que había visto, todo lo contrario a Larissa. Tal vez por eso se llevaban tan bien. Y el hecho de que tuviera a ambos Anderson embobados con ella era, al menos, entretenido.

—Kendall —asentí.

—¿Cuál es el objetivo del nivel? —preguntó sin pizca de nerviosismo.

La idea era simple. Ganaba quien quedara de pie. Eso era todo. Aunque en C8, “simple” no significaba fácil. Solo significaba que no había excusas.

—Quedar de pie —respondí, sin adornos.

Ella enfocó el monitor principal, dividido en dieciséis pantallas que mostraban distintos ángulos de la sala. Frunció el ceño, y seguí su línea de visión.

Justine estaba hablando con Larissa afuera del cuarto de armas. Solté otro suspiro cuando vi cómo demonios iba vestida: tacones, pantalón de cuero negro, top ajustado. Sexy de una forma francamente peligrosa.

Ridícula.

Atractiva.

Una maldita distracción.

Kendall se rió. Supuse que por mi expresión.

—Siempre lista para un desfile de moda —bromeó.

—Está loca —murmuré, sin apartar la vista del monitor.

—Y sexy —añadió Drake, mientras desmuteaba el micrófono de las cámaras para escuchar lo que Justine le decía a mi novia. Le lancé una mirada seca. Él solo se rió, como si estuviera inmune a mis advertencias—. No puedes negarme el placer de decir la verdad —insistió.

—Pero sí puedo sacarte la mierda a golpes, Anderson.

—Cállense los dos y déjenme escuchar —interrumpió Zach desde una de las consolas de control—. Si Justine le dice a Larissa qué pasará luego de escoger sus armas, estará descalificada, Rush.

Rodé los ojos.

—Justine no haría eso. Conoce las reglas.

—Hm —murmuró él con ese tono cargado de escepticismo innecesario—. Estamos hablando de tu nueva adquisición, Rush. Cualquiera podría romper las reglas.

—No Justine —afirmé con la certeza de quien no necesita justificar lo que ya era ley.

Zach se encogió de hombros.

Sabía que su comentario era puro veneno emocional. Aún estaba molesto por lo que Justine le dijo al llegar. Ella sabía con exactitud lo que hacíamos con el club y estaba de nuestro lado, ayudándonos a cerrarlo. Supuse que Riden le contó sobre el nuevo trato con Foster, de ahí la respuesta tan seca que le dio.

Negué con la cabeza, quitándole importancia, y volví la vista al monitor principal.

—Hasta aquí te acompaño yo —anunció Justine, entreabriendo la puerta del cuarto de armas—. Consejo rápido: no intentes salir de esta habitación. Tienes dos minutos para elegir lo que usarás. Luego, la puerta se cierra. Sin vuelta atrás. La salida está del otro lado. Desde ahí, empieza el juego. Buena suerte, cariño.

Larissa no dudó. Entró con paso firme, dejando a Justine con una sonrisa afilada.

—Es valiente —dijo, observando con atención la cámara tres—. Y se viste de forma impecable para la carga.

Drake tomó el micrófono, directo al auricular de Justine.

—¿Verdad que sí? —rió—. Ahora mueve ese trasero hasta acá, preciosa. Hora de la evaluación.

En la cámara, Justine arqueó una ceja.

—¿Se le evaluará como a todos?

Drake me miró. Asentí sin más.

—Tu jefe dice que sí —respondió él.

Ella asintió. Luego tomó la puerta junto a la sala de armas. Solo unos pocos sabíamos que esa entrada era un acceso rápido a la sala de control.

—Tu mujer es increíble, Rush —comentó Justine al entrar, tomando una silla frente a la consola principal—. Tienes dos minutos, Sage —anunció a través del sistema de altavoces—. Que empiece el juego.

Cerró el canal de comunicación.

Drake presionó el botón de inicio, y desde el monitor se escuchó el pitido de activación.

—¿A qué se debe tanto silencio aquí? —preguntó Dallas, coordinador de armas, entrando a la sala sin notar mi presencia.

—¿Al fin decides aparecerte? —lo picó Zach con media sonrisa.

Dallas alzó las manos, teatral.

—Jus me mandó a hacer varias cosas, hermano.

Lo ignoré con deliberación y me senté junto a Justine, observando a mi novia moverse con precisión envidiable mientras seleccionaba su equipo. Escogía exactamente lo que cualquiera con dos dedos de frente tomaría. Lo básico. Lo esencial. Lo eficiente.

—Maldita sea, es lista —murmuró Justine, con una mezcla de respeto e incredulidad—. Ni siquiera Chase tomó esas medidas de prevención.

—Chase es bueno con las armas. Solo eso, Jus —dije sin mirar a nadie—. Es muy bueno con ellas. Punto.

—¿Por qué no la proyectas en la pantalla principal? Todos deberían ver ese desempeño, Rush —dijo Dallas, presionando un botón de la consola sin esperar mi orden.

—La próxima vez espera autorización del jefe, chico —se escuchó la voz de Kendall desde el fondo, seca como lija—. ¿Nunca te enseñaron a esperar órdenes?

Sonreí. Esa chica tenía colmillo.

—¿Y tú eres…? —inquirió Dallas con ese tono de condescendencia barata.

Sin apartar los ojos de la pantalla, hablé.

—Guarda tus comentarios crípticos, Dallas, y mide tus palabras. Ella tiene razón. Una más como esa y quedas suspendido.

Silencio.

Tomé eso cómo que había entendido el mensaje.

—Tomó exactamente las tres armas que usan munición real —informó Justine, sin quitar los ojos del monitor—. Todos van por lo ostentoso. Ella no. Fue a lo práctico.

—¿Cuáles? —gruñí, molesto conmigo mismo por haber perdido el detalle.

—Smith & Wesson M&P9, una Glock 43X MOS y una CZ P-10 S —respondió Kendall por Justine, sin dudar, como si fuera lo más natural del mundo—. Son que casi nadie utilizaría en una situación así, por eso las escogió. Además, son sus favoritas.

Volteé a verla. Arqueé una ceja. ¿Así que ambas sabían de armas?

—Su padrino es cazador, no veo el problema —comentó Zach con desgano.

«Ese tipo de armas no se usan cuando vas a cazar, imbécil».

—Eso… —empezó a decir Kendall, pero se detuvo en seco—. ¿Ella te dijo eso? —le preguntó, girándose hacia Zach.

Él asintió, sin entender mucho.

Kendall desvió la mirada al monitor, sin decir nada más.

Volví mi atención a Larissa justo cuando su frente se arrugaba. Revisaba el almacenamiento de la glock. Ya lo había notado. Las balas no eran salvas. Eran cien por ciento reales.

—Sabe que no son salvas, Rush —dijo Justine, sin ocultar su fascinación.

—¿Me estás jodiendo, no? —añadió Larissa, incrédula.

Reí por lo bajo. Mi mujer lo sabía.

—Te resta un minuto con cuarenta segundos —anunció Jus, sonriendo.

Larissa sacudió la cabeza, insertó el cartucho en la glock y se quedó inmóvil por un instante. Estaba pensando. Analizando. Imaginaba que pensaba en qué le hacía falta. Cuando la vi caminar hacia la otra mesa y tomar un cinturón negro, supe que había confirmado su estrategia. Se lo colocó con calma, ubicando las armas en su cintura. Ni una duda. Ni un mal gesto.

—Demonios, me veo excelente —murmuró para sí misma, admirándose desde no sabía dónde.

«Tienes toda la razón, princesa».

—No te lo discutiré —respondió Justine por el micrófono, haciendo que yo sonriera.

Larissa rió también y caminó hacia la pared donde se encontraba la salida. El verdadero inicio del C8.

—Ni quince segundos pasaron para encontrar la puerta, Rush —comentó Zach detrás de mí.

—Moriría por ver la cara de Rush ahora mismo.

Rodé los ojos y me incliné hacia el micrófono.

—Te quedan treinta segundos, Sage —intervino Justine antes de que pudiera decir nada.

Issa también rodó los ojos.

—¿Cuál es la necesidad de ignorar todo lo que digo? —se quejó, aunque no apartó la mirada de la puerta.

—Si tiene llave la puerta, ella no la encontrará a tiempo —murmuró Kendall, fija en la pantalla.

Tenía razón en ambas cosas. La llave estaba debajo de una de las tantas armas desperdigadas en las mesas. Una trampa de diseño. Imposible encontrarla si no sabías dónde buscar.

Entonces, un disparo.

El sonido resonó en la sala de control, seguido del chirrido de la puerta abriéndose apenas unos centímetros.

—Definitivamente deberían disimular más esto —dijo ella, entrando como si nada.

—Buena suerte, Sage —dijo Justine, apagando las luces y bloqueando la visibilidad directa hacia la entrada.

—Ahora veremos de qué está hecha —murmuré.

Larissa estaba afuera. No tenía idea de que el almacén estaba rodeado por un bosque artificial, completamente encapsulado bajo una cúpula tecnológica activada solo para el C8. Por eso compré el lugar entero. Alejado de la ciudad. Aislado. Sin vecinos curiosos ni civiles molestos. Equipado con seguridad de primer nivel.

Perfecto para lo que necesitábamos.

—¿Quiénes están en el campo? —preguntó Drake, y su tono no pasó desapercibido para mí.

«¿Preocupado, cabrón? Tú mismo dijiste que ella estaba lista para esto», gruñí por dentro.

—Shannon y su grupo. Jase. Ronal. Emma. Y varios de los buenos —respondió Justine sin despegarse del monitor.

—¿Emma? —pregunté, sorprendido.

Jus me miró y asintió.

—Le tocaba hoy, Rush.

No respondí. Me parecía imposible que hubiese pasado un mes desde que a Emma le tocaba su ronda en el C8. «¿Un mes ya?». Maldición…

Dejé el tema ahí y volví a enfocarme en Issa.

Ella, aunque desconcertada, no guardó su arma. Bien. Emma era experta en camuflaje. Si alguien podía atacar sin aviso previo, era ella y no dudaba que estuviera por ahí, buscando a su víctima. La mano libre de Larissa fue directo a la linterna de bolsillo, apuntando hacia los árboles. Vi su expresión: confusión pura.

Y sonreí.

—Para ser tan lista… —empecé a decir con una risa.

—Calla —me reprochó Kendall sin apartar la vista de la pantalla.

Larissa comenzó a analizar el entorno, tensa. Sus hombros temblaron.

—Temperatura —demandé, sin dirigir la pregunta a nadie en particular.

—Doce grados —respondió Dallas.

Me volteé para verlo.

—¿Sigues aquí?

Se encogió de hombros.

—Ella es interesante.

—Larissa tiene que moverse, Rush —intervino Drake—. Si la temperatura baja más, va a empezar a congelarse.

Volví a mirar el monitor. «Muévete, mujer. Maldición».

Como si me escuchara, Larissa empezó a caminar. Ya había guardado su linterna. Eso indicaba que ya se había acostumbrado a la oscuridad del bosque.

Y justo entonces…

—¿Asustada? —preguntó Emma, apareciendo detrás de Issa.

A veces odiaba tener la razón.

—Ahora la cosa se puso interesante —murmuró Justine, justo cuando Larissa giró como un rayo, desenfundó la glock y le apuntó directo a la frente.

Su posición. Su postura… Todo tan natural. Como si llevara haciéndolo toda la vida.

—No te lo niego —admití.

—¿Tú eres…? —demandó Larissa con voz firme.

Emma no respondió. Solo la escaneó de arriba abajo con la mirada. Su atención se desvió un instante hacia Issa, y por la forma en que los ojos de mi novia brillaron, supe que la reconocía.

¿De dónde demonios conocía a Emma?

—Emma reside en Malwere —respondió Zach, como si pudiera leerme—. Es probable que Larissa haya cruzado palabras con ella alguna vez.

—¿Emma? —inquirió Issa, confusa—. ¿Qué demonios…?

No terminó la frase. Emma desenfundó un revólver con una rapidez brutal. Si su puntería no hubiese fallado, Issa estaría ahora gimiendo con una bala en el brazo. Por obra de cualquier divinidad que me aguantara, el disparo se desvió por centímetros.

—Maldita sea, mujer. Concéntrate —resopló Kendall.

Y como si fuera una orden militar, Larissa reaccionó.

Apuntó.

Disparó.

La bala impactó en el brazo derecho de Emma, haciéndola gritar. Pero lo más escalofriante no fue eso. Fue la expresión de Larissa. Su rostro se volvió una máscara de amenaza pura, completamente neutral. Sin emoción, sólo eficacia.

Emma se llevó la mano a la herida, soltando el arma.

—Error —sentenció Justine, dejando el monitor para mirar su tablet.

Segundos después, un segundo disparo.

Impacto limpio. Rodilla.

Otro chillido salió de la boca de Emma y cayó al suelo. Larissa no dudó. Caminó hacia ella con pasos constantes.

No era prisa.

Era decisión.

—¿Hacia dónde? —exigió saber, apuntando sin parpadear.

Las cámaras captaban todo. Cada línea de expresión en el rostro de Emma. El pánico. El miedo.

Pero ella lo había elegido. Nadie la forzó a unirse al club. Estaba sola, hambrienta, queriendo un lugar, un nombre. Y ese camino tenía precio.

Lástima que mi novia no estaba de humor para hacerle fácil el cobro.

Se inclinó hacia ella, sin dejar de observarla.

—¿Sabes? Creo que un hueco en la oreja no te vendría mal —dijo, con una sonrisa seca. Su mano libre fue directo a la herida sangrante del brazo y hundió su dedo sin remordimiento alguno. Emma gritó. Una maldición feroz brotó de su boca. La sangre corría, teñía los dedos de Issa—. Házmelo fácil, Emma. ¿Hacia dónde?

El silencio fue solo interrumpido por la voz incrédula de Dallas.

—En serio… recuérdenme jamás estar en su camino —dijo, casi susurrando—. La chica es mala.

Sonreí sin querer.

Sí. Al parecer Ekaterina Nóvikov sí era una maldita máquina, y yo no era ningún jodido estúpido.

En el momento en que decidió barrer el suelo conmigo en aquella terraza, ya me había tomado la molestia —y el gusto— de averiguar absolutamente todo sobre ella.

Como le había dicho antes, la imágen de niña prodigio no me convencía. Había algo en ella que no encajaba, y yo no era de los que dejaban cabos sueltos. Además, esos ojos negros, esa cara… Los reconocería en cualquier rincón podrido del planeta. Jonathan no paraba de hablar de ella y de la venganza que juraba contra su padre.

Ahora, el problema fue que, para el karma, yo era su bastardo favorito porque mientras más investigaba a esa mujer, mientras más la mantenía en estrecha vigilancia, mientras más la diseccionaba con mis malditos ojos… más me atrapaba.

Y lo jodido de todo fue que me di cuenta en medio de una maldita cacería de movimientos. En plena búsqueda de información.

Sí. Uno de esos días en que estaba estacionado frente al departamento de Drake Anderson espiándola, vi cómo entraba y salía como si fuera su puta casa. Dos semanas así, sin siquiera cruzarnos… y aun así, la tenía metida en la cabeza como una enfermedad incurable.

Ahí entendí que ya estaba de rodillas.

Sin quererlo, sin notarlo. Sin planearlo.

En medio de mi jodido juego de control.

Y todo por culpa de los celos de mierda.

Veía cómo Anderson la abrazaba. Cómo ella reía con él. Cómo se sentía cómoda alrededor de él.

Yo quería eso.

No lo admitía en voz alta, claro que no, pero me carcomía por dentro.

Me sabía a mierda que solo hubiese cruzado palabras con ella en una sola noche. Porque esa noche me bastó para entender que lo que había entre los dos iba mucho más allá de palabras mordaces y miradas cortantes. Ahí, entre los dos, se notaba la conexión, la tensión. Química. Las malditas ganas de desnudarnos y comernos como si no hubiese un puto mañana.

Y lo pude confirmar en el momento que me enterré en esa maldita mujer y la hice mía. Pude sentir esa conexión, ese “clic” que indicó que estaba más allá de lo humanamente jodido.

Larissa, Ekaterina… Fuese el nombre que se pusiera, no me importaba, era mía. Y así la quería. Así la pensaba conservar.

¿Y cómo no iba a hacerlo?

Mi cabeza, cada noche antes de irme a dormir, repetía escenas como un bucle maldito. Cuando me ganó en póker, cuando me desafió y me cerró la boca sin necesidad de gritar. Su capacidad para doblegar cada jodida neurona de mi mente como si fueran fichas en su juego.

Entonces, caí. Estaba completamente hundido. Y no fue una caída leve, no. Fue una jodida caída libre sin paracaídas. Ella me tenía en la palma de su mano. Podía hacer conmigo lo que quisiera. Y si mi padre se enteraba —de quién era ella, de lo que sabía, de lo que significaba—, podría perfectamente ahorcarme sin pensarlo.

Pero por ahora podía estar tranquilo. Ekaterina, mejor conocida como Arabella Ross, no se parecía en nada a la niña que mi padre conoció tiempo atrás.

Su rostro. Su energía. Su forma de mirar el mundo. Todo en ella había mutado.

Las viejas fotos colgadas en la oficina de Jonathan… eran fósiles comparadas con la mujer de ahora.

Ni su padre, ni el mío, ni Jhonaster podían reconocerla. Es que si Jonathan no fue capaz de hacerlo, nadie lo sería.

Aunque claro, que Jonathan no la hubiese reconocido no significaba que ella no eligiera a quién confiarle su identidad. Como, por ejemplo, Drake. Estaba cien por ciento seguro de que él sabía quién era ella en realidad, y eso me jodía más de la cuenta. Él podía actuar con esa maldita confianza cuando estaban solos, podía decirle cosas que a mí no se me permitían, podía tener ese espacio que yo quería y eso me sacaba de quicio. Y que ella tampoco me hubiese dicho la verdad no ayudaba en nada.

Aunque, siendo justos, yo tampoco lo había hecho.

—Derecho encontrarás un camino —la voz ronca de Emma rompió mi hilo de pensamientos—. Bajas por ahí… y verás una casa.

—¿Qué hay en la casa? —preguntó Larissa, sin bajar el arma.

Emma frunció los labios. Decidida a cerrar la boca. Larissa sacudió la cabeza, exasperada. Sin perder la calma, introdujo el dedo aún más dentro de la herida.

El grito que Emma soltó fue visceral. Dolor puro. Y bien merecido.

No podía negar que Larissa había heredado la vena depredadora —y posiblemente psicópata— de su padre cuando se trataba de hacer el trabajo. Brutal, quirúrgica, sin titubeos.

—¡No lo sé! —chilló Emma, jadeando—. Iba para allá, pero te vi y pensé que acabar contigo sería fácil… Por favor… para.

Issa ladeó la cabeza, con una lentitud casi clínica. Sacó el dedo de la herida y se levantó con calma.

—Gracias —murmuró Emma, aliviada.

Larissa arrugó su nariz. No parecía disfrutar las palabras de gratitud. No le gustaban. La incomodaban.

—Larissa, no —susurró Kendall, horrorizada sabiendo cual sería el siguiente paso de su amiga. Me quedé aturdido al escuchar las palabras de mi novia.

—Tú entraste en esto —apuntó al abdomen de Emma—. Así que ahora así saldrás.

Disparó.

El alarido de Emma sacudió la sala. Dolor seco. Auténtico.

—Morirás desangrándote si no tapas eso rápido.

Sangre salía por su boca. Ya no era solo dolor. Era colapso interno.

—Tú…

—No, cariño —interrumpió Larissa, sin girarse siquiera—. Si no sabías lo dura que podía ser esta vida, no debiste haber entrado.

Y empezó a caminar en dirección a la casa.

Kendall bajó la cabeza entre las manos y la apoyó en la consola. Drake soltó un silbido bajo.

—Maldición —fue lo único que dijo.

—La chica tiene bolas —comentó Dallas.

—Ovarios —corrigió Justine, sin levantar la mirada.

—Está hecha para esto —dijo Zach, con tono neutro.

—Por desgracia… —masculló Kendall, casi para sí misma.

Larissa seguía caminando. No mostraba una sola pista de lo que pensaba y eso me irritaba. Su mente iba a mil por hora, pero yo no tenía acceso.

«Mujer jodidamente terca, pero condenadamente inteligente».

Sabía lo que la esperaba: la casa, la bandera amarilla, y todos los que intentarían quitársela. No sería una prueba sencilla. Los mejores hombres estaban ya desplegados en el campo.

Cuando llegó a la entrada, supe que había percibido algo. Pegó su cuerpo a una de las columnas laterales. Se quedó inmóvil. Tensa. Lista.

—Buena preparación —alabó Justine mientras tomaba notas.

Jase pasó junto a ella. Ni siquiera la vio.

—Maldición, chico —gruñí entre dientes.

Justine rió.

—¿Cuántas veces le dijiste que debía evaluar su entorno y mantener cobertura? —preguntó con falsa inocencia.

—No me lo recuerdes —resoplé—. Puede que Jase sea malditamente inteligente, pero sólo cuando le conviene.

Entonces apareció Ronal.

—Jase, ¿qué demonios crees que haces? —le preguntó al pasar… también sin notar a Larissa.

En definitiva iba a matarlos.

Vi cómo Larissa arqueaba una ceja. Sorprendida. No por lo cerca que habían pasado, sino por el hecho de que estaban juntos. Eso se notaba a leguas. No era parte del protocolo. Ni del plan. Ni de la lógica, a decir verdad.

Jase se volteó hacia Ronal con una expresión molesta que, para ser honesto, me valía mierda. Más enfadado me encontraba yo al verlos pasarse por las bolas el entrenamiento previo.

—Estoy buscando el panel, Ronal. Baja la voz. Los otros podrían oírnos.

Ese detalle captó la atención de mi novia. Se notó por el leve fruncimiento en su ceño.

Ronal resopló, despectivo.

—¿Qué pueden hacer Shannon y su pandilla de idiotas? Tenemos armas, Jase. Más que ellos.

Maldita sea, ¿qué demonios les había quedado a este par de imbéciles de las clases dadas? Los mejores instructores. La mejor tecnología. Meses de entrenamiento militar y táctico. ¿Y todo para qué? ¿Para tener dos idiotas paseándose como niños en una feria, hablando de armas como si eso resolviera todo?

—Shannon acaba de entrar al campo —informó Drake, señalando la cámara siete—. Va con Chase, Oliver y otros cuatro.

—Están muertos —suspiró Justine sin emoción—. Par de pendejos.

Y entonces, como si el destino tuviera sentido del humor, la voz de Shannon cortó el aire:

—Bien, tienen armas —dijo, apareciendo de entre los árboles. Ronal y Jase se giraron como si los hubiera invocado el diablo—, pero les falta cerebro.

No podría haberlo dicho mejor yo mismo.

La mirada de Larissa fue de inmediato hacia ella y hacia los que la rodeaban. Shannon era pequeña, sí. Pero buena en lo que importaba: mapas, códigos, cálculo frío. Oliver compartía esa precisión. ¿Podía ser que Shannon tuviera un plan más grande, uno que implicara dejar a todos muertos al final? Quizá. No sería la primera vez. Era tan discreta con sus planes que Rise la consideraba su favorita. Y con razón.

—Shannon —gruñó Ronal.

Ella sonrió con esa burla que solo alguien con superioridad justificada puede sostener.

—¿Qué pensaría Massey ahora de ustedes? —rió con desprecio. «Que son un par de idiotas, eso es seguro»—. Jase, el más inteligente de la clase, y Ronal, el cerebrito de los mapas… muertos en el C8 —canturreó como si narrara una rima infantil—. Mi día no pudo haberse puesto mejor, chicos.

—Shannon, me aburro —intervino Chase. Sostenía una ametralladora demasiado grande para su cuerpo, pero lo bastante bien asentada como para que nadie dudara que sabía usarla.

Shannon le lanzó una mirada gélida. Ni una pizca de emoción.

—Bien, Chase —bufó, obstinada—. Son todos tuyos.

Chase sonrió. Apuntó. Disparó.

El rugido de la ametralladora retumbó en la sala. Diez balas directas al pecho. Ronal cayó primero. Jase apenas logró pestañear antes de desplomarse.

Balas malgastadas. Eficiencia cero. ¿Para qué carajos les enseñamos a contar disparos si actuaban como si las municiones crecieran en árboles?

—Uh, Rush —la voz de Justine me sacó del análisis—. El grupo de Shannon… tampoco tiene salvas —dijo, tras hacerle zoom al cuerpo de Ronal.

La miré de inmediato. Mis dedos se crisparon sobre la consola.

—¿Cómo que no tienen salvas?

Solo cinco armas no tenían salvas. Cinco. Tres estaban en manos de Larissa. Las otras dos dudaba, en serio, que los que estaban en el campo contaran con suerte o la inteligencia suficiente como para poder tenerlas en su poder.

Justine tragó saliva y volvió a observar su tablet con detalle. Su rostro palideció.

—Acabo de confirmar el ritmo cardíaco de Ronal y Jace. No hay rastro de latidos. Además… Chase… Al parecer cambió las balas de todas las armas del grupo —balbuceó.

Joder.

—Tu sed de matanza es innegable —le dijo Liam, un chico de inteligencia artificial, a Chase con una sonrisa irónica, interrumpiendo lo que iba a decirle a Justine.

—Por eso Massey me calificó como el mejor de su clase, ¿no crees? —respondió Chase, hinchado de orgullo.

Larissa rodó los ojos.

—Imbécil —dijo Kendall, en perfecta sincronía con su mejor amiga.

Esto ya no era una simulación. Era una ejecución descontrolada.

—Si alguno de ellos sale ileso de ahí, está descalificado y suspendido hasta que a mí me dé la maldita gana de que regresen, Justine —siseé, sin apartar la mirada de las pantallas.

—Sí, señor —dijo sin más.

Sabía cuándo llamarme “señor”. Esta era una de esas veces.

Maldiciendo en silencio, volví a fijar la atención en las pantallas.

—Basta —ordenó Shannon con voz clara.

Todos pasaron por el lado de mi novia como si ella no existiera, como si no fuera el mayor peligro en el campo y se dirigieron directo al panel. El mismo que diseñamos Trent, Justine y yo. Ese panel, para abrir las puertas mecánicas que se le habían añadido a la casa, requería un código único y sin repetición que los demás tenían que encontrar. Por desgracia para Larissa, tenía que encontrarlo si quería entrar.

El grupo se colocó en fila frente al panel. Una formación tan básica que parecía sacada de un manual de novatos. ¿De todo el entrenamiento que se les dio, aquella mierda de estrategia fue la única cosa que se les quedó grabado?

Respiré profundo.

«Perfecto».

—Oliver, la contraseña —demandó Chase.

Oliver era el más pequeño del grupo, pero sabía defenderse. Se tenía que tener cuidado con él si alguna vez lo sentabas en frente de una computadora.

Él se acomodó sus lentes, con un par de hojas en la mano, y se colocó frente al panel.

—Dame un acercamiento a las hojas, Justine —ordené.

Lo hizo sin decir palabra. En segundos, teníamos una imagen clara de lo que Oliver cargaba.

Y cuando lo vi, maldije por dentro.

Emma St.  5 – 9 – 2 – 4 – 4 – 8

Holden C.  8 – 4 – 6 – 3 – 0 – 3

Chloe M.  4 – 4 – 2 – 7 – 1 – 2

Melanie G. 3 – 6 – 8 – 0 – 3 – 1

Rossie F.  5 – 2 – 1 – 7 – 8 – 3

Annie W.  5 – 4 – 7 – 2 – 1 – 0

Justin R.  0 – 0 – 1 – 9 – 7 – 3

Gabrielle T. 1 – 5 – 2 – 6 – 7 – 9

Nota: una vez llegada a la casa, solo uno puede encontrar la bandera amarilla. Solo uno de pie.

Me hundí en el respaldo de la silla, chasqueando la lengua.

Eran los códigos personales. Cada uno le correspondía a una persona muerta o que rondaba por el campo de la simulación en ese momento. Si Larissa encontraba esas hojas, se pasearía por la casa como si fuera suya.

—¿Qué es eso? —preguntó Kendall, confundida.

—Códigos —respondió Drake antes que yo—. Para pasar a la casa, cada jugador necesita introducir el suyo. Si es correcto, las puertas se abren.

—Issa no tiene el suyo —señaló ella.

Sonreí.

—Le costará entrar —admití, sin dejar de mirar la pantalla.

—Si es que tu tropa no es lo bastante estúpida como para dejar las hojas tiradas por ahí, no creo —replicó Kendall con una sonrisa venenosa.

«Por favor, no».

—Cinco, nueve, dos, cuatro, cuatro, ocho —leyó Oliver, siguiendo la línea correspondiente del código de Emma.

Shannon sonrió y comenzó a marcar los números. El panel se iluminó con una luz verde y la puerta se abrió.

—Empieza el juego —canturreó ella, cruzando la entrada.

Su pandilla la siguió. Como corderos… sí, como eso. Ninguno sabía que estaba entrando a su propio matadero.

Larissa, desde su rincón, esperó. Solo cuando estuvo segura de que el campo estaba despejado, se despegó de la columna, guardó su arma y suspiró.

—Empezó la matanza, Rush —anunció Justine, ampliando la imagen de la cámara dos.

El equipo reciente estaba muerto en la sala tres de la casa. Los únicos que quedaban eran Chase y la mismísima Shannon. Sólo estaban separados por dos pasillos de distancia.

—Duraron demasiado —soltó Kendall con una ceja alzada.

—¿Aburrida? —preguntó Drake con una sonrisa torcida.

—Hmm… puede ser —respondió ella, volviéndose hacia la escasa audiencia que nos acompañaba—. Así que… ¿quién apuesta a que Chase muere primero? —y sonrió.

—¿Haciendo apuestas a costillas de tu amiga? —pregunté, divertido.

Ella se encogió de hombros con descaro.

—Yo voy a que Shannon muere primero —opinó Dallas, encendiendo la mecha—. Está tan hambrienta de venganza que su cerebro está a dieta.

—Voy con Kendall —se unió Justine.

—Igual —dijo Drake.

—Voy con Dallas —sentenció Zach.

Kendall rodó los ojos.

—Bueno. Si nosotros ganamos, tú —señaló a Zach— limpias los baños que Justine te había ofrecido antes.

Me giré a mirar a Zacharias y casi me doblaba de la risa cuando su semblante decayó.

—Ánimo —siguió Kendall—. Dallas te hará compañía. Además, no estaría nada mal un depósito pequeño de unos… ¿Mil? ¿Quizás dos mil grandes? Ya sabes, es solo para mantenerlo interesante.

Drake y Justine fueron los que no se aguantaron las risas estruendosas.

—Y si nosotros ganamos… —comenzó Zacharias, ya de mal humor.

—Creo que tengo una colección bastante larga de juegos de Xbox que aún no he podido comprar —interrumpió Dallas, con entusiasmo.

Negué con la cabeza. ¿Era en serio?

—¿Qué? No… Eso…

—Trato —cerró Kendall, cortando las palabras de Zacharias.

Él resopló, pero nadie le hizo caso. Todos volvimos la vista al monitor, con la sensación de quien esperaba el desenlace de una mala idea.

Larissa se acercó al panel. Introdujo el código que Oliver había cantado hace un rato. Sonreí cuando la pantalla del panel se iluminó con un rojo profundo y salió “código ya utilizado”.

—Rush, bastardo inteligente —dijo, enfadada.

Rompí en carcajadas. «Lo sé, nena. Lo sé».

Ella bajó la mirada, como si necesitara que el suelo le diera respuestas. Inhaló profundo y comenzó a buscar pistas. Rodeó la casa. Observó columnas, árboles… pero no encontró nada en absoluto.

«Si tan solo supieras que la respuesta está en tu chaleco. Vamos, princesa. Juega como sé que sabes».

Y de la nada, posó su perfecto culo en el piso. Gateó con determinación hacia algo, y lo tomó.

—Dame un acercamiento —volví a ordenar.

—Son las hojas que tenía el chico moreno —informó Kendall, con una sonrisa satisfecha.

Justine obedeció de igual manera, y sí. La imagen confirmó la idiotez; las hojas de Oliver. Abandonadas. Como si el mundo no las necesitara.

—Novatos inútiles —resopló Larissa, sonriendo.

Sus ojos devoraron el contenido. Y luego sus labios se rompieron en otra sonrisa. De esas sonrisas que combinan peligro y victoria.

Sin perder tiempo, introdujo uno de los códigos y el maldito panel alumbró en verde, consiguiendo que la puerta se abriera. Larissa tomó una vez más el arma de su cintura y se adentró a la casa. El lugar estaba oscuro, pero la luna iluminaba lo suficiente para poder vislumbrar algo.

—Que agarre su linterna —apremió Dallas.

Pero ella no. Ella avanzó con paso firme, tacones repiqueteando contra el mármol como si anunciara la muerte con cada pisada. No había sigilo. Había declaración.

Maldije.

—¿Qué diablos está haciendo? —reclamé. ¿Dónde demonios dejó la cordura?

—Quiere que la gente salga —explicó Kendall, como si la estupidez fuera estrategia—. No quiere ir a buscarlos. Le fastidia.

—Pues tuvo maldito éxito con eso, porque Chase está bajando las escaleras —informó Justine con su sonrisa ladina.

—Nueva e idiota, al parecer —dijo la voz grave de Chase.

Larissa levantó la vista. Lo vio descender, escalón por escalón, la bandera amarilla colgando de su cinturón.

—¿Mataste a todos ya? —preguntó, un tanto sorprendida—. ¿Tan rápido? Ni siquiera pude enfrentarme con nadie —reprochó, haciendo un sexy puchero.

Chase sonrió, asintiendo. Se detuvo a unos metros frente a mi novia.

Mmh. Entonces él había dado por muerta a Shannon. Estúpido.

—Ubícame a Shannon, Jus —ordené, inquieto.

No dudaba de la habilidad de Larissa para protegerse, pero yo estaría mucho mejor si las balas del grupo restante fuesen unas jodidas salvas.

—Está justo detrás de la columna izquierda, en las escaleras principales —respondió Justine, ampliando una toma lateral.

—Voy a ganar mi apuesta —festejó Kendall, haciendo un ridículo pero satisfecho bailoteo sin levantarse.

—Es lo bueno de tener idiotas que hagan el trabajo por ti —se burló Chase.

Larissa rodó los ojos.

—En este negocio acabarás tan rápido como empezaste —lo provocó.

—¿Y qué te hace creer eso? —replicó Chase, y la molestia en su voz fue evidente.

—Le dio en su ego —rió Drake.

—Chico, dejas que todo lo hagan por ti —dijo Larissa, sonando aburrida—. Nadie ha llegado lejos dejando que los demás limpien sus desastres —se encogió de hombros. Él sacó un revólver del cinturón. Ella no retrocedió ni un centímetro—. Serás un asco.

Chase chasqueó la lengua.

—Shannon está más que lista para acabar con él —anunció Kendall, excitada. Cambié mi vista de la imagen nueve a la cuatro.

Tenía razón. Shannon, cubierta de sangre, estaba a espaldas de Chase con una expresión que olía a venganza cruda. Volví un segundo a la cámara nueve.

—Puedes ser sexy como el infierno, pero hablas demasiado —dijo Chase, apuntando a Larissa—. ¿Últimas palabras?

Ella sonrió.

—Nunca subestimes a tus rivales —contestó, y enseguida Shannon jaló el gatillo. El cuerpo de Chase cayó como saco vacío, con un agujero limpio en la frente.

Drake, Justine y Kendall gritaron celebrando su victoria mientras Larissa no perdió ni un segundo. En cuanto el cuerpo de Chase tocó el suelo, ella disparó directo al pecho de Shannon, haciendo que maldijera. Su puntería fue perfecta, y a pesar de que ella llevase su chaleco antibalas, el impacto de una bala, y más si era una real, ardía jodidamente demasiado.

—¡No vas a poder conmigo tan fácil, nueva! —rugió Shannon, disparando de vuelta.

Larissa rodó hacia un lado, esquivando la ráfaga. Se cubrió tras una columna, sus ojos fijos en su objetivo.

—Está evaluándola —nos dejó saber Kendall—. Busca dónde el chaleco no la cubre para disparar.

—¿Dónde crees que dispare? —me encontré preguntándole, sin apartar la vista.

—Para terminar el espectáculo de una buena vez, en el rostro —respondió Drake antes que ella—. Se ve que a Larissa le gusta lo eficaz y rápido.

—Exacto —asintió Kendall, sin una pizca de duda.

Entonces, no. Shannon no tendría una muerte bonita.

—Camina hacia su cementerio —musitó Justine, viendo cómo Shannon avanzaba hacia Larissa.

—¿Crees que voy a perder contra una nueva? —gritó, disparando—. Crees mal, perra. ¡¡Sal ya!!

Shannon se colocó justo a espaldas de Issa.

Mi novia sonrió.

—Perdiste —susurró, y disparó.

El proyectil atravesó la cabeza de Shannon, dejándola caer sin ceremonia al piso.

Dejé salir un suspiro que retenía en mis pulmones, aliviado. Drake, mientras tanto, levantó la mano y chocó los cinco con Kendall al salir de su asiento.

—¿Puedo hablar cuando pase al siguiente nivel? —cuestionó Dallas detrás de Justine, entretenido.

—¿Es que hay más? —se quejó Kendall.

—Es solo un regalo de bonificación —bromeó Justine—. Mmm… no lo sé, Dallas —frunció el ceño mientras me lanzaba una mirada.

Rodé los ojos y asentí. Mi humor, que había estado colgado de un maldito hilo, se disipaba poco a poco. Si Dallas quería hablar con tal de dejar de joder, entonces adelante. Le daría la gloria del micrófono, pero que se callara de una buena vez.

El cuerpo de Shannon se desplomó con un golpe seco y el silencio se tragó todo. Issa le disparó de nuevo, a escasos milímetros del primer disparo. Precaución, tal vez. ¿O tal vez no? Con ella nunca se sabía. Esa mujer era misterio, instinto y peligro envueltos en la misma piel.

Siguió caminando, con paso firme y sin titubeos, hacia el cuerpo de Chase. Ni una mirada a Shannon, ni una pizca de emoción ante el charco creciente de sangre. Se agachó, le arrancó la bandera amarilla del cinturón a Chase, se incorporó y entonces vi su entrecejo fruncido.

Giré mi rostro hacia Kendall.

—Está pensando que todo fue muy sencillo —explicó ella, sonriendo con un dejo de complicidad—. Normalmente, nada le sale tan fácil.

—Pues veamos —murmuré, colocando mis manos en los controles.

—¿Hora del bono? —preguntó Justine, alineándose a mi lado.

—Hora del bono —afirmé sin apartar la vista del monitor.

Larissa se ató la bandera al cinturón y sacó la CZ P-10 S.

—Espera algo —murmuró Dallas desde el fondo—. Esa chica no es tonta.

—Corre hasta acá y habla, Dallas —ordené sin mirarlo, mientras liberaba a las máquinas y empezaba el tiroteo.

Dallas apareció a los segundos junto a Justine, colocándose frente al micrófono.

—Último nivel —anunció—. Evita las balas, encuentra desde dónde te están disparando y acaba con los enemigos.

Se pudo escuchar el gruñido de Larissa seguida de su mirada decidida.

Luego, lo que pasó después me dejó sorprendido por completo.

Ella subió las escaleras principales a paso veloz, sin agacharse, sin dudar, sin cubrirse. Las balas rebotaban en el mármol a su alrededor, pero a ella no parecían tocarla. En menos de un minuto ya había localizado las máquinas.

Esas jodidas maquinarias estaban escondidas a propósito, colocadas estratégicamente para no estar al alcance de nadie.

Pero ella las encontró.

En un maldito tiempo récord de treinta segundos, acabó con las quince.

Cada tiro, preciso.

Cada recarga, impecable.

Ni una falla. Ni una duda.

—Jodido infierno —murmuré.

—Es una maldita máquina —susurró Dallas, igual de impresionado.

Cuando todo quedó en silencio una vez más, Larissa soltó aire por la nariz, como si no hubiese sido más que un calentamiento. Ni una queja, ni una sonrisa. Solo… control.

—¿Salida? —balbuceó Justine.

Asentí. No podía emitir palabra. Estaba demasiado… impactado. Y estaba malditamente seguro de que no iba a salir ninguna otra de mi boca.

Justine presionó los botones necesarios y, de inmediato, el letrero sobre la puerta se iluminó. La palabra “salida” estaba escrita en él.

Issa, desconfiada, soltó la CZ P-10 S. Tomó la última arma que le quedaba, todavía con carga completa, y caminó sin prisa, sin dudar, hacia la puerta.

—Hora de irnos —dijo Drake, sacudiéndome el hombro. Parpadeé. Tuve que hacerlo varias veces para salir del aturdimiento—. Te lo dije —sonrió.

—No tenía entendido de que era una máquina letal —respondí mientras salíamos del cuarto de control.

Tenía entendido de que Ekaterina Nóvikov era una bestia en el mundo de las sombras, pero siempre creí que estaban exagerando… Hasta que la vi.

Maldita sea, la mujer era buena. Demasiado buena. Tenía control, estrategia, habilidad, instinto, sangre fría.

Tenía todo de lo que se presumía de ella.

Y lo peor de todo… era que lo hacía parecer fácil.

—Es jodidamente buena, Rush —dijo Justine, sonriendo de oreja a oreja, encantada—. Además pateó tu culo, el de Riden, el de Rise y el de tu mismísimo padre… marcando un récord de 25.3 segundos —rió, pero su expresión cambió al instante. El respeto volvió a su rostro como un latigazo—. Será la primera y última vez que esto pase, jefe —prometió con seriedad, recordándome sin decirlo el desliz con el equipo de Shannon.

Meneé la cabeza. No necesitaba una excusa ni un recordatorio.

—No te preocupes, Jus. Sé que así será —respondí con tono neutro, y luego cambié el enfoque—. Ahora, Rise va a querer arrancarse el orgullo cuando se entere de que una chica le quitó su marca personal.

Justine estalló en una risa corta y sincera mientras seguíamos caminando hacia la salida del C8. El frío nocturno nos dio la bienvenida como un balde de agua en el rostro cuando pasamos por la puerta hacia el exterior del almacén. Llegamos a la salida principal del C8, en donde nos encontramos con una multitud rodeándola: técnicos, analistas… todos atrapados entre el asombro y la pura euforia de lo que acababan de presenciar.

Justo en ese instante, Larissa apareció. Ella bajó el arma y suspiró.

Cambié mi rostro al instante. Ya tenía práctica en eso. Me crucé de brazos, dejando que mi mirada impasible se clavara en ella.

—Imagino que terminé —dijo, mientras colocaba el arma de vuelta en su cinturón.

—Eso fue el entrenamiento más impresionante que he visto en los últimos cinco años, cielo —admitió Justine, aún incrédula.

La mirada de Larissa recorrió a todos. El público abrió paso en silencio reverencial, como si estuvieran frente a una aparición divina. Ella avanzó hacia nosotros, paso a paso, con la cabeza en alto.

—Acabaste con todas las máquinas en tiempo récord, Issa —dijo Drake, sin molestarse en esconder su asombro.

—Eres una maldita maravilla —añadió Dallas, igual de impresionado.

Y entonces me miró.

A pocos metros de distancia, me lanzó esa mirada. Una ceja arqueada. Esperaba algo. Buscaba algo.

Y sabía qué era: mi aprobación. Pero yo quería divertirme un rato haciéndola sufrir.

La dejé en silencio. De pie. Bajo todas esas miradas. Vi cómo empezaba a inquietarse, cómo su espalda se tensaba apenas, cómo su respiración cambiaba solo un poco.

Quería hacerla sudar.

Quería verla retorcerse solo un poco más.

Y, joder, era adorable cuando se ponía nerviosa.

Pasaron unos segundos. El ambiente se volvió denso. Todos esperaban mi veredicto. Y entonces hablé:

—Eso fue increíble —dije por fin, dejando que una sonrisa sincera se dibujara en mis labios.

Corrijo: ella era increíble.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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