1. Let's Play - Capítulo 16
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16: 14 16: 14 ¿Qué es la Éclat Soirée y por qué me odia tanto?
Había demasiadas fichas sobre la mesa para seguir fingiendo que esto era una partida corta Arabella La mirada que me lanzó Rush al salir del C8 tenía orgullo, sí… pero no estaba segura de si eso significaba que había pasado la prueba.
Con lo poco que conocía al espécimen, cualquier cosa podía salir de su boca.
Así que, sin decir mucho, hice que todos volvieran al interior del almacén.
No quería celebraciones vacías ni vítores sin sentido.
Necesitaba una respuesta.
Punto.
Los hice detenerse justo en el centro del lugar, lo bastante lejos del gentío que aún revoloteaba a mi alrededor como moscas sobre azúcar.
—¿Entonces pasé la prueba?
—le solté, sudada, con la respiración a medio domar, al espécimen sexy que tenía al frente.
—¿Por qué siquiera preguntas eso?
—saltó Drake, frunciendo el ceño—.
Si llega a decir que no, prometo personalmente patearle el trasero.
Me habría reído, pero mis ojos estaban fijos en Rush.
Y entonces…
él sonrió y asintió.
—Sí.
—Su voz era firme—.
Eso y súmale que rompiste un par de récords en el camino.
Reí.
Esta vez no por satisfacción.
Por alivio.
—Es lo mejor que he escuchado esta noche —admití, sin filtros.
—Cariño —siguió Justine—, tú fuiste lo mejor que he visto en mi vida.
La mejor de la clase.
—Nunca había estado tan orgullosa de eso —dije, reprimiendo un bostezo.
Rush no dijo nada.
Solo me abrazó.
Y fue suficiente.
—¿A casa?
—murmuró junto a mi oído, con esa voz que podría doblar a cualquiera.
Negué con la cabeza.
—Tenemos planes que armar.
—Y tú, una cama donde dormir —me dio un beso corto—.
A casa.
♦ ♦ ♦ —Ah.
Qué estupendo es tener dinero en mi cuenta —alabó Kendall una vez estuvimos solas en la casa.
—Sigo sin creer que apostaras a mis espaldas —reí, zumbándome en el sofá.
Ella se encogió de hombros sin un ápice de arrepentimiento.
—Vi una oportunidad y la aproveché —respondió mientras pasaba la llave de la puerta principal, cerrándola con seguridad—.
Además, a ti también te gustó —se dejó caer a mi lado y suspiró profundamente, como si hubiera estado esperando poder hablar en serio desde hacía horas—.
Pero, volviendo a temas serios, ¿qué piensas hacer, Bells?
Ah.
Eso.
Crucé las piernas, clavando la mirada en ningún punto específico.
La verdad…
no tenía idea.
Todo había sido demasiado hoy, un torbellino que no había terminado de asentarse en mi cabeza: el maldito almacén, hombres y mujeres que resultaban ser “soldados” jugando a un juego que desconocían, o peor, que creían controlar.
Drogas peligrosas, mentiras disfrazadas de lealtades, Zacharias sacando a relucir su parte estúpida como siempre… Era demasiado.
Sí, había tenido aprietos antes, misiones que se habían enredado hasta parecer nudos imposibles.
Pero desde lo de Nóvikov y la ‘Ndrangheta, nunca había vuelto a tratar de manera directa con ambos al mismo tiempo.
Y ahora el comité ruso y la mafia inglesa venían incluidos en el paquete.
Todo era una jodida caja de Pandora.
Era demasiado para mí sola.
Porque sí, no estaba contando con la ayuda de Harrison.
No después de haberlo mandado a la mierda esa noche.
—No lo sé, Kends —me sinceré, y en mi voz se notó la grieta.
—Rush dijo que podías salirte cuando quisieras.
Bufé, recordándolo.
—Por supuesto —dije, irónica.
—Sabes que lo dice porque se preocupa por ti —añadió, intentando suavizarlo.
Negué con la cabeza mientras subía las piernas al sofá, cerrándome un poco más—.
¿Qué piensas de Chovert?
Fruncí la nariz.
Vaya giro.
—Es… peligroso —respondí con cautela—.
Sé que la gente que lo habita no tiene pasado, personas que obligatoriamente tienen que vivir y respirar para las sombras.
Pero aún así…
No lo sé.
El único al que había visto reunir tanta gente cuerda aceptando trabajar para él, sabiendo lo que implica el bajo mundo, era Harrison.
—Las demás mafias también lo logran, Arabella.
—Sí, pero ahí se unen por miedo, por deudas que nunca terminan de saldar, por amenazas, venganza, desesperación.
No por elección.
Nunca por intención propia —repliqué con fuerza—.
No digo que con Harrison todos estén ahí porque quieren.
Sería ingenuo.
Pero la mayoría, sí.
Entonces, ver a un estúpido grupo reducido de cinco personas tener ese poder, esa capacidad de reunir y moldear gente sin obligarlos, verlos convertirse en armas precisas a tal punto de que sean perfectos para salir a las sombras… ¿No te da escalofríos?
Kendall asintió, pensativa.
—Tienes un punto —dijo al fin—.
Es decir, ¿cómo consigues tal poder?
Su club es pequeño.
Clandestino.
Nuevo.
—Exacto.
De acuerdo, tienen a gente importante a bordo, traficando sus sustancias ilegales, incluso contactos clave, seguro.
Pero aun así…
tiene que haber algo más detrás.
No puede ser solo por los Anderson.
También está el apellido Massey.
Rush representa al club, ¿pero por qué?
Drake me dijo que su padre es un narcotraficante importante, pero aún no me dice quién.
—¿No te has sentado a investigar eso ya?
—preguntó Kendall, algo incrédula quizás por mi falta de juicio.
Negué con la cabeza, exhausta.
—No exactamente.
He estado hasta el cuello con Drake, concentrada en la infiltración, así que…
Kendall soltó un resoplido antes de levantarse del sofá sin decir nada más.
Desapareció por el pasillo como una tormenta silenciosa, y al poco tiempo volvió con un arsenal: cobijas, cuadernos, lápices y nuestras laptops.
—No estás organizando bien tu tiempo —sentenció, dejándose caer a mi lado con todo entre manos—.
Espero que no estés cansada, cariño, porque tenemos una búsqueda exhaustiva por delante.
Solté un suspiro resignado, arrancándole una manta, una libreta, dos bolígrafos y mi laptop.
No podía contradecirla.
Tenía razón.
Y siendo las cuatro de la mañana, era mi único momento libre para ponerme al día con la investigación sobre los Massey.
Así que… manos a la obra.
—Voy a necesitar demasiado chocolate caliente para esto —murmuré mientras encendía la laptop.
Kends negó con la cabeza, divertida.
Intenté imitar su humor durante las siguientes cuatro horas de búsqueda profunda, pero fue inútil.
La frustración crecía a cada “clic” fallido.
Porque, a pesar de buscar con todas nuestras malditas fuerzas, no conseguimos nada útil sobre los Massey o el club.
Lo único que logramos fue reunir datos irrelevantes sobre la familia Massey.
Y por “familia”, me refiero únicamente a los cuatro hermanos.
Ni una sola foto con sus padres, ninguna genealogía que hiciera ruido.
Ni un documento, ni una sombra.
Solo artículos de mierda, todos con la misma línea editorial insípida: “Los Massey son una de las familias más influyentes de América.
A través de sus fundaciones benéficas, grandes eventos sociales, hospitales privados y corporaciones multimillonarias, han mantenido su legado limpio y elevado.
Su ejemplo inspira confianza, clase y liderazgo entre las grandes esferas económicas del país.” Ajá.
Puro vómito corporativo en letras doradas, párrafos vacíos.
Palabras bonitas, pero sin contenido.
Encontramos decenas de artículos iguales, todos diseñados para esconder más de lo que revelaban.
Era como intentar arrancarle un secreto a una lápida, como si todos los escritos los hubiera redactado una inteligencia artificial programada para adular.
Y repito: ni un puto rastro de algo sucio, ni una grieta, ni un maldito ancestro turbio en el árbol familiar.
Nada.
Solo los nombres de los cuatro hermanos, brillando como si fueran la realeza americana, rodeados de títulos empresariales y oropel mediático.
—Me rindo —gemí, agotada, dejando caer la laptop en el suelo con más fuerza de la necesaria—.
¿Cómo demonios es posible que en todo el maldito internet no haya nada valioso sobre esa jodida familia?
—Estoy contigo —dijo Kendall, saliendo de la cocina con dos nuevas tazas de chocolate caliente—.
Es una familia fantasma.
—Fantasma para lo que le conviene —mascullé, molesta.
—Se nota que han trabajado duro para enterrar todo bajo capas de piedra.
Su dominio en lo ilegal debe ser tan grande como para mantener kilos de información fuera del radar.
Y justo cuando iba a quejarme de nuevo, el sonido de mi celular rompió el silencio.
Esa melodía específica.
Una llamada entrante.
Miré el aparato como si acabara de escupirme en la cara.
¿Quién diablos llamaba a las seis de la mañana un sábado?
A regañadientes, lo agarré y contesté sin mirar la pantalla.
—Más vale que sea bueno.
—Nunca, Arabella… Nunca has tenido ganas de desafiarme y mandar a la mierda alguna de mis órdenes.
¿Qué te hace hacerlo ahora?
La voz me cayó encima como veneno destilado.
Fría.
Letal.
Familiar.
El corazón empezó a latirme tan fuerte que me nubló los oídos.
Miré a Kendall con los ojos abiertos de par en par.
Ella me devolvió la mirada con la misma incredulidad.
Como pude, separé el celular de mi oído y activé el altavoz.
—¿Harrison?
—susurré, sin poder evitarlo.
—Contéstame —siseó con una furia tan templada que dolía.
«Oh, mierda».
Kendall parpadeó un par de veces, claramente sin entender del todo lo que estaba ocurriendo, igual que yo.
Porque Harrison nunca llamaba.
Nunca a un número directo.
Mucho menos a un celular personal.
Siempre eran desechables, siempre había capas entre él y cualquier contacto.
Seguridad, protocolo… supervivencia.
Que estuviera llamando así, directo, saltándose todas sus propias reglas, solo para regañarme después de semanas sin contacto… no tenía sentido.
Era imposible.
—¿Qué…?
¿Tú…?
—Deja de balbucear como una maldita retrasada y contéstame, Arabella —gruñó, más hastiado que molesto—.
No tengo toda la jodida mañana para aguantar tus idioteces, así que te aconsejo que empieces a hablar si quieres evitar que un equipo entero entre a sacarlas a las dos a rastras de ahí.
Tragué saliva.
Intenté respirar.
Inhalar.
Exhalar.
Cuatro veces.
Seis.
Logré calmar la marejada lo justo para buscar dentro de mi cabeza algo que no sonara estúpido.
—No lo sé, Harrison —murmuré, cada palabra un hilo de voz—.
Realmente… no lo sé.
Y era verdad.
Nunca antes había desafiado una orden suya.
Jamás.
Entonces… ¿por qué ahora sí?
¿Por qué mandé todo a la mierda tan fácil?
Tenía la respuesta en la punta de la lengua, ardiente, esperando salir.
Pero no podía.
No a él.
No así.
El silencio se volvió denso.
Cada segundo sin respuesta me dolía en el pecho como una amenaza latente.
Estaba convencida de que en cualquier momento seis hombres de algún equipo con la experiencia de uno de SWAT iban a reventar la puerta y arrastrarme fuera de Miami.
Pero la puerta seguía cerrada.
Seguía todo en su lugar.
Entonces Harrison habló.
—Te involucraste, ¿no es cierto?
Mierda.
Mierda, mierda.
—Yo… Es decir, no… Quería que la tierra me tragara.
La vergüenza mezclada con el pánico no me dejaba hilar una frase.
Estaba atrapada.
Muerta, quizás.
—Curioso —interrumpió mi lamentable balbuceo—.
Juré que eso no llegaría a ti, Ekaterina.
De inmediato, las palabras de Kendall llegaron a mi cabeza.
Pensé en Drake, en la familia Anderson, en… Rush.
Y aunque no lo quisiera, el nombre de Zacharias también me saltó a la mente.
Aceptarlo nunca iba a ser fácil, mucho menos con Harrison al otro lado de la línea, pero era la verdad.
Me había hundido.
Hasta el fondo.
Y ya no podía dejarlos atrás.
—Supongo que… soy humana —murmuré, resignada, repitiendo las palabras de Kendall—.
Pero no puedo dar marcha atrás, Harrison.
Esto ya es muy grande.
Demasiado como para solo dejarlo.
Silencio.
Esta vez fue lo bastante largo como para darme tiempo de pensar en mi muerte con lujo de detalles.
—¿Quieres contármelo?
El alivio que me atravesó al escuchar eso reemplazó la vergüenza en un segundo.
Era lo que necesitaba.
No una amenaza, no una orden.
Ayuda.
Y él era el único que podía dármela.
Le conté todo.
Todo en absoluto.
Desde que le colgué, desde la última instrucción ignorada, hasta Chovert, los Massey, Atlas Foster, los tratos, la entrega, las jodidas semanas con Zacharias.
Cada detalle que Kendall y yo logramos recordar lo solté como una confesión.
—Sí, dos semanas —repetí cuando preguntó por quinta vez sobre la entrega de los Cloud.
—Con razón tanto alboroto —murmuró él.
Fruncí el ceño.
—¿Qué quieres decir con “alboroto”?
Harrison soltó una risa seca.
—Para ser su hija… ¿de verdad pensaste que Nikolay no notaría el robo en su bodega?
Me pasé la lengua por el labio inferior, nerviosa.
—Pensaba que no —admití, sin esconder el rencor en mi voz—.
Quería pensar que no.
Del otro lado se escuchó un golpe sordo.
¿Su escritorio?
¿Una pared?
No lo sabía, pero el silencio posterior lo decía todo.
—Es Nikolay Nóvikov, Arabella y tú eres su hija.
Sabes mejor que nadie que a él no se le escapa nada.
Y menos si el robo fue en su más reciente almacén adquirido.
¿Zacharias es imbécil?
—gruñó—.
Maldita sea, Arabella.
¿Por qué no puedes ser una persona normal y simplemente seguir mis malditas órdenes?
¿Qué quieres para que salgas de ahí?
—¿Eso es extorsión?
—reí, medio en broma, medio al borde del colapso.
Harrison bufó.
—Tenías que desafiarme justo en una misión suicida, ¿no?
—Es lo menos que puedo hacer para alegrarte la vida, jefe —repliqué, sarcástica—.
Pero necesito otro favor tuyo.
—Mi único favor hacia ti es que le des gracias a Dios que no mandaré a nadie para que te saque de tu maldito suicidio, niña —soltó, frustrado.
Kendall soltó una carcajada.
—Es sorprendente que no lo hayas hecho ya —le dijo.
Él suspiró, escuchándola.
—Rush Massey —solté, cambiando de tema.
Kends casi que suspiraba de alivio—.
Hay algo en él que no cuadra.
Ni en sus hermanos.
Necesito información.
«Necesito estar pareja».
—Veré qué puedo hacer.
Mientras tanto, encierra a Zacharias Anderson en una torre roja si es necesario.
Ese idiota tiene un blanco del tamaño de Rusia pegado en la espalda —murmuró antes de cortar la llamada.
Solté el aire.
Lento.
Como si me desinflara.
Lancé el celular sobre la mesita del frente y miré a Kendall.
—Un peso menos.
—Ni que lo digas —bostecé.
El cansancio me estaba matando—.
Me voy a la cama, ¿te anotas?
Ella negó con la cabeza, sonriendo, y señaló el televisor.
—Tengo un maratón de Keeping Up With The Kardashians que necesita mi atención.
—Mucha suerte —suspiré, sonriéndole.
Me levanté, tomé el pequeño celular y fui directo a tirarme a la cama.
Me quité la ropa del campo de tiro —la misma que Rush me había rogado exageradamente que me quedara puesta— y me puse mi atuendo de guerra nocturna: una camiseta de algodón tres tallas más grande y una braga de vaquitas rosadas.
Gracias al cielo no pasaron ni cinco minutos para caer en los brazos de Morfeo.
No soñé esa noche.
Nada.
Cero actividad cerebral.
Sin embargo, cuando abrí los ojos, el reloj marcaba las doce del mediodía.
Gemí de alivio al haber conciliado aunque sea cuatro horas de sueño completo aún teniendo tanta mierda encima.
Para mi fortuna, no tenía clases hasta las cinco, así que íbamos bien.
Podía ver alguna serie con Kendall…
o repasar mentalmente las más creativas y dolorosas formas de matar a Zacharias.
«Sí, creo que voy por la segunda opción».
—¡Visitas!
—gritó mi mejor amiga al otro lado de mi puerta.
—O simplemente mandar a la mierda a las visitas —mascullé mientras me levantaba—.
¿Por qué hay gente aquí tan temprano?
—pregunté, abriendo la puerta…
solo para encontrarme con un par de sexys y condenadamente intensos ojos grises.
—Si quieres que me vaya, solo dilo, princesa —murmuró Rush, con una sonrisa que te ponía a pensar cosas no tan conservadoras.
—Es muy temprano para visitas —me quejé, pasando de largo sin darle importancia a que estuviera viendo mi gloriosa pinta de vaquitas y me metí al baño—.
Necesito despertarme —dije, cerrándole la puerta en la cara sin remordimientos.
—¡Él puede despertarte de otra manera, Issa!
—gritó Drake, divertido.
La risa de Rush se coló por la puerta, ronca, baja, jodidamente sexy.
Pero le hice caso omiso.
Cuando estaba recién levantada, mi carácter era una mierda.
Añádele que no había nada de comida en mi sistema, y bueno…
no era la mejor versión de mí.
Hice todo lo que una mujer corriente haría en el baño, y terminé con una toalla ajustada alrededor de mi cuerpo y el cabello apenas húmedo, ya peinado con desgano.
Sin importarme mucho, salí del baño directo a mi habitación y me puse lo primero que encontré.
Me deslicé en mi ropa interior, me calcé una camisa suelta, agarré unos vaqueros que hacían maravillas con mi trasero, mis zapatillas negras, y salí a enfrentarme al mundo…
con el cabello medio seco y el alma aún medio dormida.
—Buenos días, estrellita —saludó Drake desde la cocina, depositando frente a mí un plato de huevos con mucho tocino y waffles.
En cuanto el olor llegó a mí, mi ánimo dio un giro brutal—.
Sí, esa era la sonrisa que quería ver —añadió, satisfecho.
—Y esto era lo que yo quería ver —respondí, caminando hasta el sofá y dejando caer mi culo en él sin gracia, pero con la satisfacción de una reina alimentada.
Después de unos cuantos zampados gloriosos, noté que algo…
o mejor dicho, alguien faltaba.
Bueno, dos personas para ser exactos.
—Están abajo —dijo Zacharias antes de que siquiera abriera la boca—.
No, no sé qué están haciendo.
Dijeron que subían enseguida.
Lo visualicé, relajado en el otro extremo del sofá, sonriéndome…
Con varios moretones frescos en la cara.
—En realidad iba a preguntar qué demonios hacías en mi departamento —espeté—, pero luego recuerdo que vienes a joderme la paciencia y, bueno…
entiendo.
La risa escandalosa de Drake estalló desde la cocina.
—Graciosa —farfulló Zacharias, sarcástico.
—Siempre —le lancé mi mejor sonrisa de bruja encantadora.
—Es muy temprano para peleas matutinas —se quejó Drake, secándose las manos al salir de la cocina y sentarse a mi lado.
—Amigo, es muy temprano para que todos ustedes estén en mi departamento —repliqué.
—Vinimos de paso —comentó Drake con naturalidad—.
Tenemos que ir al club a resolver unas cuentas y coordinar unos envíos.
El rostro de su hermano se oscureció como si le hubiese caído encima una tormenta repentina.
—A ver, señorito —dije, apuntándolo con el tenedor—, quítese esa cara que todo lo que está pasando es por su culpa.
El susodicho me fulminó con la mirada, pero antes de que soltara una sola palabra, la puerta del departamento se abrió…
y apareció una Kendall sonriente seguida de un sexy dios recién sacado del infierno.
—¿Qué, en la tierra verde de Dios, le diste a mi mejor amiga para que tenga una sonrisa mañanera como esa?
—pregunté, señalándolos con mi tenedor de la justicia.
—Nada que a ti te pueda interesar particularmente —replicó mi mejor amiga, encogiéndose de hombros mientras se dirigía a la cocina.
Entrecerré los ojos y me giré hacia el dios sexy que se aproximaba con paso tranquilo y sonrisa ladina.
—¿Te la follaste?
—pregunté justo cuando él depositaba un beso en mi cabeza que, por supuesto, me hizo derretirme un poco más.
Zacharias soltó un gruñido de reprobación que me hizo alzar una ceja.
Rush, con toda la calma del universo, se giró a verlo, dejándome su glorioso culo justo frente a la cara.
—Tranquilo, Anderson —rió él—.
Tengo a la mía aquí sentada —me señaló con descaro.
—Por más que me guste tanta familiaridad —dije, arrancando mi mirada de ese trasero perfecto y levantándome del sofá para posicionarme frente al televisor—, tenemos que hablar.
El ambiente se tensó como si alguien hubiera jalado de un hilo invisible.
Todos se acomodaron (o intentaron) en el sofá.
Casi me partía de la risa.
Casi.
—¿Noticias nuevas?
—preguntó Drake, serio ahora.
Apunté a todos con mi tenedor, uno por uno.
—Como todos saben —me giré hacia Kendall, quien intentó lucir inocente—, sé que Kendall les dijo que se acerca mi cumpleaños —la miré con amenaza pura.
La descarada ni lo disimuló—.
Y si aprecian sus vidas —continué, firme— no organizarán nada en absoluto para ello.
Con facilidad, el ambiente de mi piso se relajó.
Las sonrisas de complicidad afloraron por todos lados, como si no acabara de lanzar una sentencia mortal.
Sabía que habían estado aquí por una razón.
No nací ayer.
Y, por supuesto, Kendall aprovecharía cualquier excusa para celebrar mi cumpleaños.
Cualquier.
Maldita.
Oportunidad.
Y ahora que seguramente sabía que Rush estaba al tanto de mi verdadera fecha…
que Dios me agarrara confesada.
—¿Y qué te hace pensar que te haríamos caso?
—inquirió Zacharias, sonriendo con esa presuntuosidad suya que me daba ganas de clavarle el tenedor.
Le di mi mejor mirada de asesina a sueldo.
Su sonrisa solo se hizo más pronunciada.
Qué masoquista.
—Puedo, lo juro —le dije con toda la dulzura del veneno—, apuntarte con un arma y sacarte los sesos antes de que cuentes tres, Anderson.
Zacharias rodó los ojos pero no replicó.
Chico listo.
—Danos por recibido tu ultimátum —intervino Rush, con ese brillo de diversión ardiéndole en los ojos—.
Ahora…
¿quieres dar una vuelta conmigo?
—Primero —señalé al rubio—, Drake y yo tenemos algo de qué hablar.
Drake frunció el ceño como si no entendiera nada, pero asintió, siguiéndome la corriente.
Rush, en cambio, me soltó una mirada absolutamente carente de emociones.
—¿Tengo que preguntar?
—cuestionó, en un tono que…
a ver, no diré celoso, pero si la corona le calzaba…
—De hecho, no —respondí—.
Kendall también viene conmigo.
Mi mejor amiga me miró como si acabara de arrastrarla a una misa satánica.
Hizo un gesto tan raro que ni yo podría describirlo.
—¿Por qué?
—refunfuñó con toda la reacia flojera del mundo.
—Porque me darás el tiempo suficiente para escaparme de la casa de los Anderson cuando Kira, Jess y Lainey decidan jugar a las barbies conmigo —suspiré, ya exasperada solo de imaginarlo.
No podía seguir retrasándolo.
En dos semanas era la entrega de Cloud y, para colmo de males, me quedaba corta de tiempo para el maldito evento de Rush al que había prometido ir…
por culpa de mi lengua suelta y mis impulsos suicidas sociales.
La entrega era el seis de mayo.
El evento, el primero.
Gracias, universo.
Rush me dio una gran sonrisa burlona al entender hacía donde iban mis planes.
—Princesa…
la Éclat Soirée no es una gala cualquiera —dijo, con esa voz baja que en otras circunstancias me habría derretido las bragas.
Kendall, por otro lado, soltó un jadeo ruidoso—.
Realmente dudo —miró a Drake quién se encontraba un tanto desconcertado por la conversación—, sin ofender, Anderson, que Kira o Lainey tengan los vestidos adecuados.
Además, ni siquiera sabes el código de vestimenta, ni el tema.
Ladeé la cabeza, confusa.
¿Temas?
¿Códigos de vestimenta?
¿En serio?
¿Eso era una cosa?
—Para saber de armas…
—rió entre dientes.
—¿Acabas de decir Éclat Soirée?
—balbuceó Kendall, mirándolo como si acabara de anunciar el apocalipsis en francés.
Rush asintió, satisfecho—.
¿Qué, en el planeta de los dioses, te hizo pensar en no decirme una cosa así?
—exclamó mi mejor amiga.
Estaba segura que si seguía mirándome con esa intensidad, sus ojos iban a saltar de sus cuencas y venir directo a mi cara.
—¿Qué rayos es la Éclat Soirée?
—pregunté, ya bastante harta del dramatismo colectivo—.
¿Por qué siquiera es tan importante?
Kendall respiró profundo, masajeándose las sienes como si acabara de descubrir que estaba rodeada de idiotas.
Lo cual, conociéndola, pensaba.
—¡Eso es todo!
—gritó al fin, tomando mi brazo y el de Rush con fuerza—.
¡Nos vamos!
—sentenció, arrastrándonos sin miramientos hacia la puerta de salida.
—Pero…
—intenté señalar a Drake y Zacharias, en un vano intento de salvarme.
—No me importa, ellos tienen cosas que hacer —dijo mi mejor amiga, apretando su agarre como si quisiera arrancarme el brazo de un tirón.
Rush soltó una risa baja y aceptó bajarse solo por las escaleras, víctima de la manía irracional de Kendall de odiar los ascensores.
Mientras tanto, yo, la pequeña alma en pena, me convertí en su rehén de piso en piso, refunfuñando y protestando.
Cuando por fin Kendall me soltó frente al Lamborghini de Rush, casi caí de culo.
Suspiré al ver la hermosura de coche y me pregunté cuando podía conducirlo mientras que Rush pasó por mi lado, llegó al asiento del conductor y me regaló su sonrisa más encantadora.
—¿A dónde vamos?
—gemí mientras me acomodaba para entrar al coche.
—A mi apartamento —contestó, buscando confirmación en Kendall, que asintió sin despeinarse.
Miré a mi amiga, pidiendo explicaciones.
—No puedes simplemente comprar un vestido y ya para la Éclat Soirée, Issa —explicó ella con la seriedad de quien hablaba de una misión imposible—.
Necesitas toda una ayuda personalizada para que te hagan uno.
Rush desactivó la alarma del auto y, antes de que pudiera preguntarle a Kendall de qué demonios hablaba, ella ya había abierto la puerta del copiloto y, con un empujón nada sutil, mi culo terminó posado en el magnífico cuero del asiento.
Mientras Rush se reía entre dientes y encendía el motor, Kendall apareció detrás de mí en el asiento trasero, silenciosa pero imponente.
El viaje casi pasó sin palabras, en un silencio cómodo incluso, hasta que la verdad me cayó encima como una jauría de perros rabiosos.
Volteé para encontrar a Kendall con una sonrisa demasiado satisfecha.
—¿Hacerme un vestido?
—pregunté, el peso de la idea finalmente hundiéndose en mí.
—Resaltando cada curva de tu cuerpo —confirmó, con brillo de victoria en los ojos.
Miré a Rush.
—Oh, no, no —señalé el volante con firmeza—.
Da la vuelta.
Rush soltó una risa negando con la cabeza.
—Oh, por favor, Rush.
Da la jodida vuelta.
Me niego.
Completamente me niego.
—Princesa…
—empezó él, sin poder evitar reírse.
—Es como comprar un vestido, Issa —saltó Kendall, a la defensiva.
Le regalé mi mejor mirada asesina.
—Ni se le acerca —le siseé justo antes de que el coche frenara en seco.
Alcé la vista y me encontré frente a otra residencia hermosa, impecable y jodidamente cara.
Maldije en silencio.
Sin darme cuenta, había caído en una trampa mucho peor de la que jamás hubiera imaginado, junto a Kira y Lainey.
Mierda.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com