1. Let's Play - Capítulo 17
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Capítulo 17: 15
Vestidos, imbéciles suicidas y malas noticias
Un jugador tiene que ser capaz de encontrar todas las jugadas posibles
—¡¡Larissa Sage!! —gritó Kendall por cuarta vez mientras intentaba encajarme a la fuerza en un vestido verde aceituna—. ¡¡¡Deja de jodidamente moverte tanto y ayúdame a ponerte el maldito vestido!!!
—¡¡Rush!! —bramé exasperada.
Llevábamos tres horas. Tres jodidas, largas, innecesarias y dolorosas horas. Desde que habíamos llegado al ridículamente enorme departamento de Rush —en pleno centro de la universidad, cosa que me parecía curiosa si ni Satanás ni sus secuaces estudiaban ahí, pero…— no habíamos tenido ni cinco minutos de paz. Todo ya estaba listo para mi castigo.
Una señora de rostro amable pero mirada severa, Rosetta, nos esperaba con cuatro asistentes, cientos de alfileres, y lo que parecía el vestuario de una película de época desparramado por cada rincón. Vestidos, vestidos, vestidos. En tonos que me daban ganas de llorar o golpear algo. Aún no decidía.
Antes de que la tortura empezara, hice lo que Drake bautizó como una “orden de cateo” por todo el lugar. No entendía cómo demonios este departamento era aún más grande que el de Drake, pero ahí estaba. Todo decorado, todo perfectamente ordenado… con ese jodido toque de Rush: limpio, elegante, impersonal. Frío y delicioso a partes iguales.
—¿Sí? —Rush apareció en el vestidor improvisado con esa cara suya de “yo no hice nada”, como si no fuera cómplice de ese desfile infernal.
—¡Es suficiente! —le grité, frustrada—. ¡Esto es ridículamente innecesario y ese vestido es de un color horrible! —justo entonces, Kendall aprovechó mi distracción para darme un mordisco en el tobillo y terminar de subirme el vestido por las piernas con violencia ceremonial—. ¡¿Qué diablos te pasa?! —le espeté, mientras ella luchaba una guerrera medieval contra la resistencia que ofrecía mi cuerpo.
Pero lo logró. El vestido aceituna quedó en su lugar y enseguida nos miramos al espejo. Las tres: Kendall, yo… y el desastre.
Silencio. Dolor. Trauma visual.
Ese no era mi vestido. Ni en esa vida, ni en ninguna otra maldita reencarnación.
Kendall soltó un gruñido de frustración y, con la misma determinación con la que me lo puso, me lo quitó sin ceremonias. Apenas protesté. El fracaso fue evidente, digno de documentarse.
—Le diré a Rosetta que este tampoco funcionó —murmuró, saliendo del vestidor con el ceño fruncido.
—¡¡Deberías decirle que lo que no funciona son tus métodos de tortura medieval para vestirme!! —le grité por encima del hombro.
—¡Cómo tú digas! —respondió a la distancia.
Soltando un gruñido extenuante, miré al espécimen traído por el infierno.
Rush no me quitaba los ojos de encima. Su mirada era oscura, centrada, hambrienta.
Curiosa, me giré al espejo. Entendí al instante. Estaba en ropa interior. Encaje morado. Hermosa y ajustada. Levanté apenas las comisuras de mis labios. «Gracias, universo, por no haberme puesto esas bragas con koalas dormidos hoy».
Rush dio un paso hacia mí. Nuestros ojos se encontraron en el reflejo y su presencia fue como una sombra envolvente. Se colocó detrás de mí, tan cerca que el calor de su cuerpo me acarició la piel desnuda de los hombros. Su boca encontró mi cuello con mordidas lentas, exquisitas. Un escalofrío profundo me recorrió la columna.
—Rush —gemí, cuando su mano acunó mi pecho derecho y la otra rozó mi pezón por encima de la tela con una ternura que quemaba.
—Te ves tan sexy —susurró en mi oído antes de alejarse por completo de mí y darme una sonrisa misteriosa.
—¡Oh, por Dios, lo tengo! —gritó Kendall, irrumpiendo como un tornado en el vestidor. Sus ojos se clavaron en Rush con una intensidad que podía levantar a los muertos—. Fuera, Romeo. Quiero que te caigas de culo cuando la veas con la bendición de Dios puesta.
Rush soltó una risa ronca, entre dientes, y me dedicó un “después” cargado de promesas silenciosas antes de salir, obediente. Me dejó con una sonrisa burlona en los labios y un maldito temblor en el estómago. Me volví hacia Kendall, con el ceño tan fruncido que podía arrugar el universo.
—Eres tan…
—Es el vestido —declaró Kendall, interrumpiéndome con la seguridad de quien acaba de ver a Dios mismo coser a mano.
Y sí… Dios tenía buen gusto.
El vestido que sostenía entre sus manos parecía salido de un maldito cuento de hadas. Era de un tono crema suave, etéreo, con un corte tan delicado que parecía estar tejido con suspiros. Larguísimo, semi esponjoso como una pluma bailando al viento. Las mangas de encaje le daban un aire romántico, casi antiguo, y la espalda… la espalda estaba completamente descubierta. Era atrevido y puro al mismo tiempo. Me quedé mirándolo unos segundos, y lo supe:
—Es el vestido —repetí en un murmullo reverente.
Kendall sonrió como si acabara de ganar la lotería de los estilistas, y con una delicadeza casi sagrada me ayudó a deslizarme dentro de aquella obra de arte. No rompimos nada en el proceso, lo que ya era un milagro por sí solo. Y cuando lo tuvimos puesto, cuando por fin me paré frente al espejo…
No me reconocí.
Abrí los ojos como platos al ver a la muñeca de porcelana que me devolvía la mirada.
Esa criatura no era yo. O al menos no la versión que conocía.
Era una versión elevada, pulida, espectral. Una mezcla de fuerza callada y dulzura peligrosa.
—Oh, Bells… —susurró Kendall, con una devoción absurda en la voz.
Y antes de que yo pudiera siquiera cerrar la boca, salió disparada del vestidor. Escuché quejas, maldiciones, pasos atropellados, y luego su regreso: me arrastró sin piedad hasta una silla en el centro de la sala, ahora convertida en zona cero de estilismo con Rosetta y sus ayudantes a mi alrededor.
—Haremos esto bien —entonó Rosetta, flotando a mi alrededor como una criatura mágica—. Si después de que acabemos contigo sigues pensando que ese es el vestido… entonces, cariño, definitivamente lo es.
Y eso fue todo. Sin más prólogos, me rodearon como un enjambre de abejas hiperactivas. Manos por todos lados: en mi cabello, mi rostro, mis uñas, mis pies. Cambiaron brochas, rizadores, peines y polvos como si estuvieran desactivando una bomba atómica, y yo… yo seguía ahí, en un trance mudo, flotando en la imagen que acababa de ver en el espejo.
No protesté. No cuestioné. Solo dejé que me transformaran como si fuera arcilla entre sus manos.
No supe cuánto tiempo pasó. Pudo ser una hora o tres minutos. El tiempo no tenía sentido cuando estabas siendo reconfigurada. Lo único que supe fue que cuando llamaron a Rush y me giraron para mostrarme, el mundo entero se detuvo.
El espécimen entró con una taza en la mano. En el momento exacto en que me vio, la taza cayó al suelo y se hizo trizas, esparciendo café por todos lados. Y él… él se quedó petrificado. Ni un solo músculo se movió. Su mirada estaba fija en mí, tan intensa que sentí que me desnudaba con los ojos y me vestía otra vez.
Tragué saliva y volví a mirar al espejo.
Y joder.
Si antes me había sentido impactada, ahora estaba anonadada.
Allí estaba ella. Una mujer trigueña, de piel dorada y cabello negro recogido en una trenza tan delicada que parecía de cristal. Pequeñas horquillas adornaban el peinado con un brillo discreto. El vestido de seda, cubierto por una capa de encaje fino, se ajustaba a mi cuerpo como si hubiera sido diseñado por los mismísimos dioses del Olimpo. La espalda descubierta dejaba a la vista una línea de piel que parecía hecha para ser admirada. Y los tacones… Dios, los tacones. Nueve centímetros de pura arrogancia estética haciendo juego perfecto con el vestido.
Era yo. Pero al mismo tiempo no lo era.
—Mi Dios… —jadeó Kendall, apareciendo junto a mí frente al espejo—. Oh, Bells… estás deslumbrante.
Y fue ahí cuando se rompió la maldita burbuja.
“Bells”.
El apodo.
A Kendall se le había escapado mi sobrenombre.
Sentí cómo el corazón se me encogió en el pecho y un pánico frío comenzaba a subir como lava por mi garganta. Pero no lo dejé llegar. En lugar de eso, le lancé a Kendall mi mejor mirada gélida, una que decía sin palabras: “Cierra. La. Boca.”
Ella entendió. Tarde, pero lo hizo. Y soltó otro pequeño jadeo, esta vez cargado de culpa.
Sin mover la cabeza, giré apenas la mirada hacia Rush. El espécimen seguía allí, en shock. Ni una palabra. Ni un gesto. Solo sus ojos clavados en mí, como si el universo se hubiera vuelto ruido blanco excepto por lo que veía frente a él.
No lo había oído. Alivio inmediato. Como una ola tibia arrastrando mi ansiedad de vuelta al mar.
Volví a escanear la habitación con rapidez quirúrgica. Nadie, absolutamente nadie, parecía haber notado el error. Todos estaban demasiado enfocados en mí. En cómo me veía. En cómo lucía. Y, por una jodida vez, eso me salvó.
—¿Rush? —dije, con la voz más tranquila que pude reunir.
El espécimen pareció salir de su trance personal y me regaló la sonrisa más hermosa, perfecta y desarmante que había visto salir de sus labios. Era tan suya, tan maldita y tan adictiva, que ni siquiera tuve tiempo de procesarla porque, justo en ese segundo, el ascensor se abrió… y el universo Massey decidió entrar.
Todos. Y cuando digo todos, no estoy exagerando.
Los Massey llegaron con la sincronización de una orquesta entrenada por el demonio: Mila con sus ojos verdes brillando como si acabara de ver a un hada, y Riden y Rise con sus miradas depredadoras que me recorrieron de pies a cabeza sin el menor pudor.
Rush no fue ajeno a eso. Él reaccionó con sendos codazos directos a las costillas de ambos. Uno para cada idiota con pupilas demasiado abiertas.
—Estoy cien por ciento malditamente segura de que el tema “sueños de seda” se aplica muy bien en ti —chilló Mila mientras corría a lanzarse sobre mí en un abrazo que casi me tumbaba—. Te ves magnífica.
—Eso es quedarse corto —murmuró Riden aún en trance. Le dediqué mi mejor sonrisa y el chico se sonrojó. «Adorable»—. Larissa —saludó, carraspeando como si mi imagen le hubiese secado la garganta.
—Estás preciosa —dijo Rise, regalándome una sonrisa aprobadora antes de girarse hacia su hermano—. Tú sencillamente eres un bastardo con suerte.
Rush se encogió de hombros, radiante.
—Soy un jodido bastardo con suerte —aceptó, y caminó hasta mí para envolverme entre sus brazos con una seguridad que me hizo olvidar mi nombre por unos segundos.
Me besó.
Largo. Caliente. Propio.
Como si el resto del mundo fuera un decorado sin importancia.
—Eres la mujer más hermosa que haya pisado la tierra —susurró cuando se separó apenas para dejarme respirar.
Y, por supuesto, me sonrojé.
Sin permiso.
Oh, Cristo Bendito… estaba tan hundida.
—Bueno, eso es lindo y sexy como el infierno —interrumpió Rise, rompiendo nuestra pequeña burbuja—, pero por más romántico que se ponga, tenemos que hablar contigo, Rush.
El espécimen soltó un gruñido bajo y se apartó de mí de mala gana, con una mirada asesina para su hermano mayor.
—¡Nada de peleas! —gritó Mila, poniéndose entre ellos como una versión encantadora y peligrosa de la paz mundial—. Chicos, no quiero golpearlos antes de tiempo, así que por favor, sean civilizados.
—Está bien —dije, aunque nadie me había preguntado nada. Rush me miró, arqueando una ceja—. Está bien —repetí, con énfasis—. De todas formas, tengo un asunto pendiente con Drake y Kendall.
—Oh —soltó mi amiga, casi gimoteando.
La miré. Y ahí estaba: del todo derretida, babeando visualmente sobre ambos Massey como si acabara de descubrir su tipo ideal… por partida doble. Me tragué una carcajada, no por falta de ganas, sino por pura compasión.
—¿Quieres que te lleve? —preguntó Rush, sonando un tanto molesto.
Negué con la cabeza.
—Tienes visitas, y yo puedo caminar. Muy bien, de hecho.
Rush dejó escapar una pequeña sonrisa torcida, una de esas que prometía problemas. Negó con la cabeza, se dio media vuelta y desapareció por un pasillo. Intuí que se dirigía a alguna habitación —giró a la izquierda— y reapareció unos segundos después… con una sonrisa tan gloriosa que supe que algo venía.
—Ni en tus más jodidos sueños —anunció, antes de lanzarme unas pequeñas llaves relucientes.
Las atrapé al vuelo, arqueando una ceja.
—¿Voy a conducir? —pregunté, con la incredulidad pintada en el rostro.
Toda la sala soltó una serie de risitas suaves, pero justo cuando abrí la boca para presionar por más información, Kendall tomó mi brazo con una rapidez felina y me arrastró de nuevo al vestidor improvisado.
El vestido se deslizó fuera de mi cuerpo con el cuidado de quien manipulaba dinamita. Me puse la ropa con la que había llegado, casi con desesperación. Mi ansiedad por descubrir de qué coño iba todo aquello superaba incluso mis deseos de arrancarle la ropa a Rush. Y eso ya era decir mucho.
Cuando salí del vestidor, Rush ya estaba esperándome en el ascensor, sin rastro de sus hermanos. Solo él, de pie ahí como una estatua griega con sonrisa peligrosa y postura de hombre que sabe con exactitud lo que provocaba.
Kendall y yo entramos en la caja metálica, y no tardé ni medio segundo en notar su tensión. Esbocé una sonrisa divertida cuando vi cómo se retorcía por dentro apenas se cerraron las puertas mientras levantaba una ceja hacía Rush.
—Solo te acompañaré hasta la entrada —dijo él, con esa voz cargada de inocencia tan falsa como un billete de tres dólares.
—Mm-hm —musité, llena de escepticismo.
Rush soltó una carcajada y marcó un código en el panel. El ascensor empezó a moverse con suavidad hacia abajo. Kendall comenzó a emitir esos ruiditos guturales extraños, mezcla de angustia, trauma y ganas de saltar por la escotilla si existiera una.
—¿Qué tienes con los ascensores, Kendall? —preguntó Rush, divertido.
—Sufrió un pequeño accidente cuando tenía dieciséis. Con un chico —respondí antes de soltar una carcajada que no pude contener. Kendall me fulminó con la mirada—. ¿Qué? Es la verdad.
Rush se rió bajo, y cuando las puertas se abrieron, Kendall prácticamente huyó del ascensor como si acabara de escapar del infierno.
Sin saber a dónde demonios íbamos, lo seguí sin protestar. Caminamos con calma hasta una zona más oculta de la residencia: un pequeño garaje separado del resto. Rush presionó un botón en su llavero y la puerta mecánica se elevó.
Y entonces lo vi.
Casi me caía de culo.
Allí, alineados a la perfección como en una fantasía automovilística salida de un sueño erótico, se encontraban varios de los autos más exquisitos que jamás había visto. Ferrari. Porsche. Audi. Y otros nombres que harían llorar de envidia a cualquier millonario promedio.
Era tan perfecto que por un instante olvidé respirar. Y sí, creí oír a Rush reírse, pero no podía apartar la vista de aquella línea gloriosa de máquinas de velocidad. Incluso los Anderson quedarían cortos frente a eso.
Rush se hizo notar con un carraspeo de garganta. Con pesar despegué mi vista de la reluciente línea automovilística para enfocarla en él. Lo que vi tampoco me decepcionó en absoluto. Él se encontraba apoyado en un centelleante Alpine A110 con una sonrisa pícara formada en su cara.
Mierda. Me encontraba muy segura de que estaba babeando cuando me acerqué al coche y a su dueño.
—¿Sabes que si ella se niega a casarse contigo, puedo asumir su lugar, no? —soltó Kendall abrazando un Porsche Boxster como si fuera un peluche.
—Si sabes cómo mantener a un Porsche en sus mejores condiciones, capaz y lo piense —respondió Rush, riendo.
—Puedo mantener hasta a un BMW si quieres —replicó mi amiga, acariciando el coche como si le hablara su amante.
Rush negó con la cabeza, claramente encantado, y luego se volvió hacia mí.
—¿Valió la pena las tres horas de vestidos? —preguntó, acercándose para envolverme en un abrazo que borró la distancia y me incendió la piel.
Cada. Jodido. Segundo.
—Uh, no lo sé, a lo mejor tienes que esforzarte más —lo fastidié.
Sin decir nada más, estampó sus labios sobre los míos, como un ladrón que no pide permiso. Su lengua se deslizó dentro de mi boca, reclamando territorio, y solté un gemido bajo, ahogado, casi vulnerable.
—¿Lista para saber qué auto conducirás? —murmuró contra mis labios, dejando uno más, corto y suave, antes de separarse apenas. Asentí, más emocionada que una niña con un unicornio—. Saca la llave y presiona la alarma —ordenó, mientras me giraba hasta quedar pegada a su pecho. No me soltó la cintura ni por un segundo.
Obedecí.
Saqué la llave del bolsillo trasero de mi pantalón y presioné el botón.
Las luces de un McLaren 750S Spider parpadearon al fondo del garaje, brillando como una joya maldita.
Me congelé.
Parpadeé.
Otra vez.
—Oh, dulce salami —gemí, antes de salir disparada hacia él como si la vida me fuera en ello. Abrí la puerta del conductor, y en cuanto mi trasero tocó la tapicería de cuero, solté el gemido más obsceno y satisfecho de toda mi existencia—. ¡Sí!
Mi mejor amiga, por supuesto, no se quedó atrás. Se deslizó hasta el asiento del copiloto con una habilidad casi profesional.
—¿Por qué demonios no me dijiste que habían más Rushes en la vida? —gimió al cerrar la puerta, permitiendo que el olor moja bragas del espécimen impregnara cada rincón de la cabina.
—Porque no hay más —dije, sin darle opción a debate.
Me miró con la intensidad de una fiscal federal.
—Chica, ¿has visto a los demás Massey entrar por ese ascensor? Incluso si yo bateara para el otro equipo estaría más que bien con la pequeña pelinegra del trasero celestial. Es decir, una cosa es verlos por fotos, otra muy diferente verlos de frente.
—Eres tonta —murmuré, acariciando el volante como si tuviera nervios.
—Necesito un novio así —masculló, dejando caer la cabeza sobre la almohadilla del asiento.
—El suicida es así —le recordé, esbozando una sonrisa.
No es que quisiera inflar más el ego del idiota, pero los hechos eran hechos. No tenía ni el cuarenta por ciento de los autos que Rush tenía consigo, pero sí sabía que más de uno le llamaría la atención a mi amiga.
Kendall me miró, incrédula pero divertida.
—¿En serio?
—Tiene un Ferrari —contesté.
No esperé su reacción. Metí la llave en el bombín de arranque y encendí el auto con algo que rozaba la devoción. El rugido grave del motor llenó el garaje y las luces del tablero iluminaron la cabina como una nave espacial lista para despegar.
Casi me muero del susto cuando Rush tocó la ventanilla para que la bajara. Yo seguía embelesada con las lucecitas.
Obedecí, bajando el vidrio con cierta timidez.
—¿Seguro de que puedo tenerlo? —pregunté, porque… vamos, nadie le entregaba una bestia de ese calibre a una chica que conocías hacía trescientas ochenta y cuatro horas. Al menos no sin firmar un contrato con cláusulas sangrientas.
Rush se apoyó en la ventanilla, alzando una ceja.
—¿Sabes qué auto es?
—¿Quién rayos no sabe que es un 750S? ¡Dios mío! ¿Siquiera le has visto el motor? —respondí, casi indignada.
Rush soltó una risa ronca, grave, tan… él, que sentí que el auto no era lo único que rugía.
—Sí, muy seguro —dijo, respondiendo por fin—. Solo… conduce con cuidado.
Lo miré a los ojos, pisé un poco el acelerador y dejé que el rugido del motor hablara por mí. Él frunció el ceño como un papá preocupado.
—Ya, ya —intervino Kends—. Conducirá como un ángel, ¿de acuerdo?
Rush negó con la cabeza, entre divertido y resignado.
—¿Puedes vivir sin el coche por un rato? —le pregunté, sin resistirme a seguir fastidiándolo.
—Sin él sí, sin ti… la respuesta es difícil —respondió serio—. Lamento terminar así la tarde.
Negué con una sonrisa ligera.
—Sin ningún remordimiento, guapo —respondí, señalando el auto—. Horas de tortura compensadas.
Se inclinó de nuevo hacia mí y me estampó un beso tan feroz que no dejó lugar a dudas: ese hombre pensaba en mí cuando apretaba el acelerador.
—De cualquier forma nos veremos en la noche —susurró, y se alejó. Le lanzó una mirada a Kendall—. Conducirá como un ángel —repitió.
Kendall soltó una carcajada estruendosa y asintió. Él pareció satisfecho y se alejó de nosotras.
—Bueno… hora de ver qué hace este bebé —dije, concentrándome en arrancar el coche.
—Podría acostumbrarme a esto —chilló Kendall, exaltada.
Solté una risa baja y maniobré el auto fuera del garaje, dejando que el chillido de los neumáticos anunciara nuestra partida triunfal. En cuanto toqué las afueras de la residencia del espécimen traído directamente del infierno, aceleré.
—Cristo —gemí.
El auto respondió con un ronroneo complacido, como si también estuviera disfrutando de mi manera de conducirlo.
—¿Puedes, en serio, casarte con él? —preguntó Kendall con voz seria.
Casi me atraganto.
—¿Qué? Así todo lo de él es tuyo, y todo lo tuyo de él —se defendió, alzando las cejas.
—Ni en tus más terribles sueños, amiga —dije entre tosidas—. Llama al rubio —pedí, tras recuperar el aliento—. Necesito hablar con él. Tiene que saber lo de su hermano.
—Claro, jefa —respondió, tomando su celular con toda la calma del universo.
Puse los ojos en blanco. Me sacaba de quicio más rápido que una alarma sin pilas. Eso, y… espera. La miré de reojo, algo no cuadraba.
—¿Desde cuándo tienes el número de Drake? —pregunté, entornando los ojos.
—Desde que planeamos en tu contra una posible fiesta salvaje de cumpleaños —murmuró sin levantar la vista del celular.
Gruñí. Lo sabía. Maldita sea, lo sabía.
—¿Desde cuándo exactamente?
Kendall alzó la vista apenas, lo justo para lanzarme esa sonrisa de: “¿qué esperabas?”.
—Desde que te llevó a comprar muffins después de la clase de Sassy.
¿Era en serio?
—¿Y cuándo demonios se incluyó Rush a la fiesta? —pregunté, medio aturdida.
—Justo hoy —dijo, triunfante—. Para ser honesta, no sabía que le habías contado tu fecha real —me lanzó una mirada rara—, pero me agrada.
—Kendall… —advertí con tono bajo. No me gustaba el día de mi nacimiento por una razón y ella lo sabía.
Pero antes de que pudiera agregar algo, la voz de Drake invadió el auto:
—Casi todo listo para…
—Bells quiere hablar contigo —lo interrumpió Kendall con rapidez.
—Oh, hola, preciosa —saludó, con ese tono que uno imagina con un guiño.
—En mi piso. Siete minutos. Lo que te diré no te va a gustar nada —solté directo.
Suspiró, frustrado.
—Voy en camino —dijo y colgó.
El trayecto duró con exactitud siete minutos. Podrían haber sido cuatro, pero había peatones cruzando y Kendall le había jurado a Rush que yo conduciría como un ángel.
Al llegar al parking de mi edificio, la cara de Drake fue un poema cuando bajé del auto con Kendall y le activé la alarma.
—¿Te… dejó…? —balbuceó, claramente en shock.
—¿Conducirlo? —interrumpí su torpeza con una ceja alzada—. Sí.
Me miró como si acabara de decirle que había montado un dragón.
—¿Tienes idea de cuánto he insistido para manejar esa preciosidad? —preguntó, anonadado.
—¿Tienes idea de cuánto no he insistido yo para conducir semejante bestia? —repliqué con sarcasmo—. ¡Ni siquiera sabía que existía!
Sacudió la cabeza, incrédulo. Kendall se reía sin pudor.
—Lo tienes atado por las pelotas —murmuró Drake mientras subíamos a la residencia.
Lo ignoré de manera olímpica. Porque vamos… eso era ridículo. Si alguien estaba atado por los genitales en esta historia, en efecto era yo. Y no por elección. Nadie me había tenido así antes. Nadie. Pero, bueno, estábamos hablando del espécimen caliente. El maldito tenía pinta de atar a cualquier mujer por los ovarios con una sola mirada.
Suspiré, dejando que Kendall sacara sus llaves y abriera el departamento. Las mías estaban aún en mi habitación. Las habría agarrado si cierta criatura femenina no me hubiera dejado marcada del brazo en la mañana.
Solté una bocanada de aire contenido y me desplomé en el sofá, con un Drake aún incrédulo sentándose frente a mí.
—¿Y bien? —suspiró él.
Lo observé con atención. Se veía mucho mejor que esta mañana. Pero ahora tenía unas líneas de tensión dibujadas en el rostro, un ligero ceño y esos intensos ojos azules completamente apagados. El tipo estaba exhausto, eso se notaba. Y me dio un poco de pena, lo admitiría.
—Drake… —comencé despacio.
La pena creció como una masa densa en mi pecho. Él me miró, expectante.
—Bells… —respondió, intentando mantener el tono juguetón.
Oh, Cristo.
—La Bratva sabe —solté de golpe, como quien arranca una venda infectada.
Drake abrió los ojos como si acabara de oír que habíamos declarado la Tercera Guerra Mundial.
—¿A qué te refieres con que sabe?
—Pues, eso. Sabe de saber —detallé su expresión—. Créeme, yo también estaba rogando que no se enteraran.
Kendall se dejó caer en la pequeña silla de enfrente, con cara de querer matar a alguien.
—Zach es un estúpido —dijo con irritación—. El almacén era nuevo. Nóvikov acababa de adquirirlo.
Drake se tomó la cabeza con ambas manos.
—Maldita sea —murmuró. «Ni que lo digas, amigo»—. ¿Dónde está ubicado?
—Tampa —respondí sin dudar.
—Mierda, Bells…
—Necesitas encerrar al idiota de tu hermano en un sótano, Drake —dije sin una pizca de humor—. Lleva un cartel de “disparame” tatuado en la espalda.
—Lo que hizo fue suicida —añadió mi amiga—. Suicida y estúpido.
—¡Lo sé, lo sé! —sollozó Drake, con la cabeza aún entre las manos.
Oh, no. No. No. Lágrimas no. Por todos los cielos, lágrimas no. Desvié la mirada hacia mi mejor amiga, quien lo miraba con dulzura. Me hizo señas para consolarlo. Le puse los ojos en blanco. Ella volvió a señalarlo como si me estuviera dando una orden divina. Solté un gemido interno.
—Drake —dije escéptica, dándole unas palmaditas incómodas en la espalda—. No es tu culpa, lo sabes.
Antes de que pudiera contestar, el tono del celular desechable comenzó a sonar. Me levanté como un resorte y corrí a buscarlo. Con todo menos consolar a la gente sabía lidiar.
—Nuevas noticias —soltó Harrison apenas volví a tirar mi trasero al sofá. Puse el altavoz.
—¿Malas? —pregunté.
—Nunca son buenas cuando Zacharias Anderson aparece en una oración, Arabella —respondió con amargura.
Drake alzó la cabeza en un segundo, con lágrimas aún cayendo por su cara.
—Dispara —suspiré.
—Según mis fuentes, Nikolay sabe que Zacharias estuvo detrás del robo. Irá a buscarlo personalmente.
La frase me golpeó como un puñetazo. Dejé caer la cabeza en el hombro de Drake con un largo suspiro.
—Mierda —soltó Kendall.
—¿Estoy en altavoz? —inquirió Harrison, molesto.
Le hice una seña a Kendall.
—Lo estás —confirmó.
—¿Dónde está?
Cerré los ojos con fuerza.
—Pensando —respondió por mí.
—Mierda —gruñó Harrison—. Arabella, necesito que salgas de ahí.
—Harrison, cambia de tema —murmuré sin abrir los ojos—. Por mi paz mental, cambia de jodido tema.
Gruñó con impaciencia.
—¿Drake Anderson está ahí? —soltó, irritado.
—Lo estoy, señor —contestó Drake.
—Escúchame bien, niño. Si algo le pasa a mi agente, tú sufrirás el doble. ¿Entiendes?
Drake suspiró, resignado.
—Lo entiendo, señor.
—¿Cuándo? —le pregunté a Harrison.
—En tres días.
Abrí los ojos, pasé una mano por mi rostro y apreté la mandíbula.
—¿Algo que tengamos que hacer? —preguntó Drake, tan molesto como yo.
—¿Aparte de entregarle a Zacharias a la Bratva con moño y todo? —contestó Harrison, sarcástico.
Reí con sequedad.
—No sabía que eras capaz de hacer bromas mientras el Boss nos sigue los pasos, jefe.
—Sigan el plan de Arabella —ordenó, ignorándome por completo.
Casi me partía de la risa.
En mi arsenal solo había un plan, pero gracias a las hazañas de un maldito suicida, ese plan se había quemado en el infierno. ¿Así que entonces qué?
—Apéguense al jodido plan como si su vida dependiera de ello.
—Lo hace —añadió Kendall.
—Si dependiera de ello, Kendall, Arabella no estaría ahí —espetó molesto—. Ahora, con respecto a Rush Massey…
Eso me hizo sentarme de golpe y despegarme del hombro del rubio.
—¿Qué me tienes?
—¿En serio no lo sabes?
—¿Saber qué?
Harrison soltó una risotada que me hizo apretar los dientes.
—Eres tan estúpida, Arabella. Para ser mi mejor agente… eres tan estúpidamente ciega.
Mi estrés escalaba como espuma hirviendo.
—Harrison —advertí. No estaba de humor para sus juegos ridículos.
—Hagamos algo —dijo, y pude imaginar su estúpida sonrisa del otro lado—. Yo te digo lo que quieres saber y tú abandonas esa misión suicida.
Drake y Kendall soltaron risitas. Lo fulminé con la mirada por puro reflejo, aunque no pudiera verla.
No necesité pensarlo demasiado.
—No.
—En ese caso… —Colgó.
—Hijo de…
—¿En serio estás investigando a Rush? —interrumpió Drake, algo entretenido.
—Habla ruso, trafica drogas, y ni tú ni tu hermano quieren decirme quién carajo es su padre —le espeté, furiosa—. ¡Perdóname si quiero información!
Drake negó con la cabeza, exasperado.
—No nos corresponde decirlo —dijo, como si eso solucionara todo.
Me fundí en el sofá, cansada.
—Lo sé —admití con fastidio.
—¿Qué haremos, Bells? —preguntó Kendall. Fijé mi vista en ella—. No podemos…
—Lo sé, lo sé —murmuré.
—¿Y si hablamos con…?
Un toque en la puerta la interrumpió. Nos congelamos. Kendall me miró. Drake se tensó. Fruncí el ceño.
Él empezó a levantarse, pero le detuve el brazo con una mano y negué con la cabeza. Sin emitir una sola palabra. Sus ojos azules se encendieron con alarma.
Podía ser cualquiera, lo sabía, pero no podía arriesgarme. No con la Bratva respirándonos tan cerca que sentía su aliento.
Me levanté del sofá, fui directo a la maceta junto a la puerta principal y saqué la glock que escondía allí. Me acerqué al visor con el corazón palpitando en la garganta… hasta que lo vi.
Suspiré. El alivio me inundó.
—Pensé que habías dicho en la noche, Rush —le recordé con una sonrisa mientras abría la puerta.
Él me devolvió la sonrisa… hasta que vio el arma en mi mano. Entró de inmediato y cerró la puerta tras de sí con un suave portazo.
—¿Qué pasó? —preguntó, sin rodeos.
Drake carraspeó para hacer notar su presencia, y Kendall lo maldijo en voz alta. La mirada del espécimen se despegó de mí y enfocó a mis acompañantes.
—Nóvikov se enteró del robo —dijo Drake—. Y también sabe que Zach fue el responsable. Viene a buscarlo personalmente.
Rush soltó una maldición. Bueno, varias. Con entusiasmo.
—¿Es que Zacharias tiene que ser tan idiota?
—No lo preguntes —suspiré, dirigiéndome a la nevera. Necesitaba algo fuerte para beber.
Para mi fortuna, Zacharias le había comprado a Kendall una linda botella de whisky escocés como regalo de bienvenida… Cuando yo no estaba. Resoplé al ver el nombre de la botella. Era una Macallan de 1926.
¿Todo tenía que ser tan malditamente extravagante con ellos, o era un maldito hábito de familia?
Colocando los ojos en blanco, saqué un vaso de la alacena, lo llené hasta el tope y me giré hacia los demás, alzándoles la botella.
—¿Alguien más, o solo yo? —pregunté.
Los tres levantaron la mano en señal de aprobación. Guardando una sonrisa, saqué tres vasos más, los estampé en la barra de la cocina, los llené hasta arriba y se los pasé a cada uno.
Rush se bebió el suyo de un trago.
—¿Cómo te enteraste? —le preguntó a Drake. Se lo volví a llenar. Lo aceptó con gusto—. Eres mi favorita —dijo, guiñándome un ojo.
¿Una mujer se podría derretir más de lo que ya estaba? Respuesta rápida: sí. Esa mirada me deshizo hasta los huesos.
—Fuentes cercanas —mintió Drake sin vergüenza. No lo miré. No iba a arruinarle la historia—. Tengo un ojo en él desde la conversación con Zach de ayer.
—¿Te dijo cuánto tiempo tenemos?
—Tres días.
Rush repitió el ritual del trago de un solo golpe.
—Joder.
Sin decir nada, agarré la botella y volví al sofá. Me dejé caer como si el mundo pesara el triple y bebí directo del recipiente. Sentí el ardor bajar, quemar, aflojar.
Mientras bebía, pensé en él.
En el progenitor que en líneas generales me había hecho existir. El mismo al que no veía desde hace siete años. El mismo que podía estar creyendo que yo ya no respiraba.
Curiosidad, sí. Claro que la tenía. Me preguntaba si aún recordaba mi rostro. Si alguna vez había querido buscarme. Pero una cosa era querer, y otra exponerse. No podía arriesgarlo todo por un deseo estúpido de ver a un fantasma.
Eso sería arriesgar, aún si sabía o no, mi fachada de estar muerta. Además, también pondría en peligro a los Anderson. Así que descarté la idea… y me enfoqué en otro problema.
Zacharias Suicida Anderson.
¿Cómo demonios iba a impedir que Nikolay le volara los sesos antes siquiera de escuchar una palabra? Estaba cien por ciento segura que no le daría tiempo de explicarse. Lo mataría en cuanto lo viera. Luego iría por su familia. No dejaba cabos sueltos. No tres veces.
Gruñí por lo bajo y bebí de nuevo. El whisky ardía menos que mis pensamientos.
Aquello iba a ser más difícil de lo que había previsto. Necesitaba un plan Y. Algo sólido. Un escondite para el idiota de Zacharias, al menos hasta que Nikolay se frustrara y se marchara de Miami.
Pensé en Harrison. Su mansión era una opción. Buena y mala. Él residía en varias partes del universo, pero su escondite más seguro estaba en Ucrania. Llevar a Zacharias allí era caro, arriesgado… inútil. El niño podría terminar robando otra cosa de la Bratva tan solo por aburrimiento.
Aparte de Harrison, no tenía otro socio con escondites fiables.
Estaba jodida.
«A menos que…»
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