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Capítulo 28: 26

Llaves y muros

El respeto se gana cuando enseñas que no juegas a medias

Rush

En cuanto Arabella cayó rendida luego de su séptimo orgasmo, esbocé una sonrisa cargada de satisfacción. Era la primera vez en mi vida que encontraba a alguien capaz de seguirme el ritmo en el sexo, alguien que no solo lo soportara, sino que lo disfrutara al mismo nivel, con la misma intensidad feroz. Y maldita sea, estaba jodidamente feliz con eso. Podía follarla sin restricciones, y ella muy felizmente lo tomaba sin una sola protesta.

Poco a poco, desenredé sus piernas de las mías, quité su brazo de mi cadera y su cabeza de mi pecho. Su cuerpo respondió con leves gemidos de queja, pero necesitaba moverme. Había un desastre que limpiar y, por más que quisiera quedarme ahí, mi cerebro ya estaba encendiendo motores.

Iba a levantarme, pero verla así tan cómoda y tan mía…

—Ya no puedes correr de esto, princesa —musité contra su coronilla, dejando un leve beso, casi devoto—. Ya no.

Se acurrucó aún más, enredándose de nuevo, como si su inconsciente supiera que estaba por escapar. Reí por lo bajo, pero me escabullí de la cama con cuidado. La observé girarse sobre un costado, gruñendo con suavidad, aún en su mundo.

Opté por una ducha rápida. Quité la maldita férula de mi mano visiblemente rota y morada, y la lancé al lavabo con un gruñido frustrado. Cuando el agua helada empezó a golpearme el cuerpo, dejé que calara en mis huesos y me sumí en mis pensamientos.

Las cosas iban demasiado rápido. Tenía a Alexey furioso respirando en mi cuello, al Boss cazando a su hija, y a ciertas mafias colaborando con el maldito bastardo en un intento desesperado por hacerme caer. ¿Amenazas? Las de siempre. ¿Novedades? Más de las que me gustaría admitir.

Aún así, una sonrisa se deslizó por mis labios.

Bien podía haber perdido varios soldatos enfrentándome a Alexey al quemar hasta las cenizas sus malditos almacenes, obstaculizando sus rutas y jodiendo sus envíos con grandes cargamentos, pero había valido la pena. Cada alma en Chovert sabía que no estábamos aquí para juegos. Todos y cada uno de ellos aceptaron su destino cuando eligieron la vida en Las Sombras por encima de su existencia patética y común.

Aun así, dispensar vidas —y más si estaban bajo mi responsabilidad— no era algo que me gustara. Por eso los entrenamientos se triplicaron, las clases se duplicaron y las horas de sueño se redujeron al mínimo, incluso para los del equipo élite.

Con Chovert más activo que nunca, recaía en mí la programación de reuniones con los cabezales mafiosos que, por ahora, no planeaban decirme que me fuera a la mierda. Algunos me debían favores. Y sabía condenadamente bien cómo cobrarlos. Por eso tenía a los Nostravik, las Tríadas, la Gzt, el Cartel del Golfo y la 394 en mi bolsillo. ¿Faltaban más? Sí. ¿Me tenía preocupado? Maldita sea, sí.

Y es que la pirámide se dividía en tres eslabones, y cada uno representaba poder. Mucho o poco, pero poder.

El primer eslabón lo ocupaba la Bratva Rusa, con sus correspondientes subclanes: Nóvikov, Yaroslavi, Volkova, Vyazma y Kovrov. Aunque en general la mafia rusa era conocida por su brutalidad y la mentalidad despiadada de sus miembros, el Boss llevaba eso a otro nivel. La Bratva no solo tenía presencia en las calles: también había corrompido sectores políticos y económicos, estableciendo alianzas con altos funcionarios gubernamentales y empresarios que les abrían puertas donde otros apenas tocaban.

Y no se quedaban ahí. Se infiltraban en sectores legales, banca, industria energética. Lavaban dinero. Se camuflajeaban como hombres de negocios. Usaban su amplio conocimiento en ciberseguridad y tecnología para ejecutar estafas, hackeos, extorsiones digitales. Y es por eso, sin que nadie pueda discutirlo, que ocupaban el primer lugar de la pirámide.

Para desgracia de Alexey, él ocupaba el segundo.

Sí, era el líder oficial de la pirámide. Pero en poder real… no llegaba a la cima.

La familia ‘Ndrangheta —nuestra familia— se distinguía por su rígida jerarquía y su estructura interna basada en clanes, donde la lealtad y el honor son sagrados. No éramos ruidosos, pero sí antiguos. Firmes. Y cuando golpeábamos, lo hacíamos en silencio.

Con Beniamino al mando, la ‘Ndrangheta se especializaba en todo lo que debía: tráfico de drogas, juego ilegal, fraude financiero, extorsión y asesinatos por encargo. Pero con Alexey al frente, y tras cambiarse convenientemente el apellido, vinieron las modificaciones.

La ‘Ndrangheta aún respetábamos las tradiciones de Beniamino, pero Alexey diversificó. Bajo su liderazgo nos adentramos en la manufactura de explosivos, armas químicas y bombas nucleares. Y por si fuera poco, comenzamos a operar en el mercado negro internacional: contrabando de armas, bienes robados, arte saqueado y antigüedades. Todo con una precisión envidiable, pero aún no era suficiente para ocupar el primer lugar.

Por supuesto, Alexey notó eso, así que también cultivó alianzas. Relaciones estrechas con políticos corruptos, jueces comprados, y figuras de alto rango que le permitieron caminar entre las sombras sin que nadie lo tocara.

Y eso también lo aprendí de él.

Por eso tenía a toda la maldita fuerza policial de Miami en la palma de mi mano.

Así que, por más que Arabella —en esos tiempos que ya sentía lejanos donde me lanzaba amenazas vacías— se hubiese atrevido a intentar delatarme ante la universidad o ante quien fuera, no habría llegado muy lejos. Ni ella. Ni su voz. Aunque admito que me habría divertido verla intentarlo.

Pero volviendo al punto, Alexey, exigiendo poder y respeto, también institucionalizó la intimidación y la violencia extrema como herramientas de dominio.

Y luego estaba el omertà.

Sí, el código de silencio siempre había existido, incluso antes de Beniamino. Pero Alexey lo convirtió en una religión. En su régimen, omertà no era solo una promesa de silencio. Era una devoción ciega. Una entrega absoluta. Una cadena invisible de obediencia. Y la traición, bajo su mando, no se pagaba con una bala… sino con una muerte lenta. Personal. Y vengativa.

El tercer lugar en la pirámide lo ocupaba la mafia turca: La Kaya.

Expertos en contrabando de armas y drogas a través de rutas subterráneas, eran también conocidos por su red de extorsión y su eterna rivalidad con otras organizaciones criminales. Su líder, Asaf Kaya, era un maldito dolor en mis bolas.

No porque fuera brillante, sino porque era un imbécil caprichoso que se creía indispensable.

¿Aliarme con él? Imposible por ahora. Cada intento de negociación terminaba en exigencias ridículas. Asaf jugaba a ser el alfa en un juego de depredadores, pero no iba a darle el jodido gusto hasta que pusiera algo razonable sobre la mesa.

Los Nostravik ocupaban el cuarto peldaño.

La mafia alemana siempre se había caracterizado por su sofisticación. Una red de lavado de dinero tan bien tejida que ni los bancos sabían que les pertenecían. Tenían vínculos sólidos con el crimen organizado de Europa del Este y, aunque oficialmente la trata de personas seguía siendo “un rumor”, los que estábamos dentro sabíamos la verdad.

Nadie se metía. Nadie preguntaba.

Mientras no jodieran con uno, nadie jodía con ellos.

Sigmund Nostravik, su líder, me ofreció su apoyo sin titubeos. Lo agradecí. A pesar de sus mierdas turbias, él y yo teníamos una relación estrecha. Y en este mundo, eso lo era todo.

Los De Vries —la mafia holandesa— estaban justo debajo, en el quinto lugar. Se especializaban en el contrabando de drogas sintéticas. Éxtasis, principalmente. Además, tenían una posición dominante en el mercado de la prostitución europea, lo que los convertía en peligrosos si no sabías cómo manejar su estilo… “empresarial”.

Aliados históricos de Alexey desde siempre.

Ni siquiera intenté negociar con ellos. No valía la pena. Su lealtad a Alexey no se debía solo a los favores del pasado, sino a la estructura que él mismo les construyó: un burdel entero en Sicilia para que expandieran su mercado.

Ni aunque el infierno se congelara iban a mirar a otra figura que no fuera él.

Las Tríadas, por otra parte, me pertenecían. Ocupaban el sexto lugar en la pirámide y, aunque la mafia china siempre ha mantenido una estructura cerrada, estricta y basada en el secreto, conmigo funcionaban.

Su negocio: el contrabando de bienes y productos falsificados, la explotación de juegos de azar ilegales y el tráfico de reliquias.

Mi ventaja: sabía con exactitud qué clase de arte robado querían y lo tenía.

Mientras ellos obtenían piezas antiguas genuinas para mover en su mercado negro, yo obtenía acceso a una de las redes más silenciosas pero eficaces del puto mundo criminal. Nos convenía a ambos, así que nos entendimos.

Los Foster, por su lado, eran los perros rabiosos del Reino Unido.

Cabezales de la mafia inglesa. Se dedicaban al tráfico de cocaína y heroína, y se habían ganado su reputación con tácticas tan agresivas como innecesarias.

Brutales.

Caóticos.

Y útiles… cuando los tenías de tu lado.

Durante un tiempo, uno de sus sublíderes se convirtió en nuestro cliente número uno en el club. Gabriel Foster. El cabrón tenía dinero, hambre de poder y una obsesión por nuestro servicio de exclusividad. Pero eso no le impidió voltearse como una puta en cuanto la cosa se puso fea.

Las Sombras se dividieron y toda la mafia inglesa eligió el bando de Nóvikov. No porque les gustara Nikolay —ni siquiera porque confiaran en él—, sino porque el Boss les ofrecía algo que yo no podía garantizarles en ese momento: protección.

Y ellos no eran imbéciles.

Apostaron por quien los mantuviera vivos. Punto.

La mafia israelita ocupaba el octavo lugar en la pirámide. Me sorprendía, claro, pero yo no decidía las posiciones. Ese lujo era de Alexey, y todo dependía de cuánto necesitaba y quién le servía mejor.

Los Mizrahi estaban especializados en el contrabando de armas ilegales —armas que no se encontraban ni escarbando bajo las piedras—, en fraude financiero, y en lavado de dinero a gran escala. También eran maestros en ciberdelincuencia, con tentáculos metidos hasta el fondo en la industria del juego. Gracias a su líder, eran reconocidos por lo que realmente eran: una de las mafias más sanguinarias de la estructura.

Intenté contactarlo. Intenté convencerlo. Le ofrecí más de lo que cualquiera con dos neuronas rechazaría. Pero su silencio fue tan absoluto que terminé entendiendo el mensaje: no quería nada conmigo.

Aun así, no me rendí. No podía rendirme.

Los Mizrahi eran esenciales para lo que planeaba, y no iba a tacharlos de la ecuación sin obtener una maldita respuesta. Una respuesta afirmativa, para ser exactos.

Los Cloud, por otro lado, se acomodaban en el noveno lugar. Fundadores y pieza clave del comité ruso. Controlaban desde el tráfico de drogas y armas, hasta la trata de personas. Su reputación sangrienta era bien ganada. Aprovechaban la corrupción como si fuera un deporte nacional, lo cual le sacaba varios dolores de cabeza al Boss. Por eso quería verlos desaparecer de la faz del planeta.

Pero claro, a Alexey le venían como anillo al dedo. Su lealtad no era con la Bratva. Era con él. Y eso, por enfermo que suene, lo hacía feliz. Tener entre sus filas a una organización que Nóvikov soñaba con exterminar, lo excitaba. El muy bastardo vivía para eso.

Yo jamás les propuse una alianza.

No con la vendetta personal que tenían contra Arabella, y mucho menos sabiendo que eso nos pondría en la mira del Boss. El radar de ese hombre era inmediato, y si nos detectaba, se nos vendría encima sin dudarlo.

En cambio, los Schröder, fundadores del comité alemán, eran una historia diferente. Tenía razones sólidas para pensar que aceptarían mi oferta. Lo que me interesaba no era su producción masiva de metanfetaminas de alta calidad —aunque tampoco me quejaba—. Lo que necesitaba eran sus contactos: conexiones con grupos violentos de extrema derecha, organizaciones difíciles de infiltrar sin sangre germánica de por medio.

Tener al comité alemán y a la mafia israelita de mi lado sería el sueño húmedo de cualquier estratega. Y no es que no lo hayan intentado antes. Alexey lo ha hecho, reiteradas veces, pero si a mí los Mizrahi no me respondieron, ¿qué le quedaba a él?

El comité alemán era orgulloso. Independiente. Pero yo ya tenía a Sigmund en mi bolsillo. Y cuando le conseguías domar el cuello a un Schröder por un buen ángulo, el resto empezaba a soltar la correa. Para mi suerte, el líder de la mafia alemana era también un buen amigo de la familia Schröder.

En el último peldaño del primer eslabón estaban los Meyer. Mafia albanesa. Se especializaban en tráfico de personas, sobre todo mujeres para explotación sexual. También movían armas como si fueran juguetes de feria, y eran reconocidos por dos cosas: su lealtad casi fanática y su capacidad para infiltrarse en estructuras gubernamentales sin dejar rastro.

Ya estaban tomados.

Tanto por el Boss como por Alexey.

Había quienes lo negaban, claro. Rumores que flotaban en el aire como humo barato, pero Harrison se encargó de confirmarme lo contrario. Directo, sin rodeos. Era una jugada suicida para ellos, pero cuando dos monstruos decidían que eras útil, te inclinabas y obedecias, o desaparecias. Los Meyer lo entendieron. Trabajaban para ambos desde hacía años. En silencio. Sin que uno sepa del otro. Y, para mi sorpresa, habían sobrevivido.

El primer puesto del segundo eslabón lo ocupaban los Moreau.

La mafia francesa.

Expertos en contrabando de arte y antigüedades robadas. Fraude financiero de alto nivel. Les gustaba vestirse con trajes caros y moverse en los círculos de la alta sociedad como si fueran aristócratas en lugar de criminales.

Demasiado refinamiento. Demasiado ruido.

En el segundo puesto estaban los Ynk J, la mafia jamaiquina. Se les reconocía mundialmente por el tráfico de drogas —sobre todo marihuana y cocaína— y su habilidad para camuflar sus operaciones en la industria musical, especialmente en el reggae.

Un disfraz funcional, aunque frágil.

Después venían los Gánster Estadounidenses.

Nueva York. Chicago.

Reyes del crimen organizado en sus ciudades. Dominaban el juego ilegal, el narcotráfico y la extorsión. Pero lo que los hacía destacar era su apego a un código de honor que respetaban como si fuera religión.

Y al parecer, Nóvikov también lo respetaba.

Hace unos meses, sellaron una alianza con él. Le probaron ese código. Le demostraron que no doblaban la rodilla ante nadie, salvo por convicción.

No perdí el tiempo con ninguna mafia del segundo eslabón.

Ni la francesa, ni la jamaiquina, ni la albanesa eran una opción: ya estaban comprometidas. Las tres trabajaban, sin excepciones, para Alexey y el Boss desde hacía tiempo. No quedaba nada que raspar ahí.

Solo los Gánster mantenían una única lealtad: Nóvikov. Y eso era suficiente para mantenerlos lejos de mí.

El segundo eslabón estaba comprado.

Pero el tercero… El tercero era mío.

The Gzt. El Cartel del Golfo. La 394.

Los tenía a los tres.

The Gzt se especializaban en tráfico de drogas. Heroína, cocaína, metanfetamina. Su brutalidad era legendaria y su ambición insaciable. Peleaban por cada punto de control en el mapa del narcotráfico con una violencia quirúrgica.

Y más allá de eso, tenían algo que no todos podían ofrecer: corrupción institucional a gran escala. Se decía que tenían manos metidas hasta en las sillas de los ministros.

Eran mexicanos, sí. Pero a mí me servían por su control territorial.

Fueron los primeros en querer distribuir su producto a través del club. Querían acceso a zonas que solo yo controlaba. Se las di… mientras el club era mío.

Cuando Nóvikov tomó el mando, desaparecieron.

Pero un par de ofertas y dos llamadas bastaron para traerlos de vuelta.

Los Gzt no necesitaban promesas, solo necesitaban entender quién tenía las llaves del terreno.

Y ahora, esas llaves, estaban otra vez en mi mano.

La mafia canadiense, mejor conocida como el Cartel del Golfo, era conocida por su papel en el contrabando internacional de tabaco y su participación en el mercado ilegal de armas. Además, se dedicaban al lavado de dinero a través de empresas legítimas y eran expertos en sobornos e influencia política.

¿Me servían? Sí.

¿Tanto como las demás alianzas? No.

Pero le tenía un profundo cariño a Liam Cote y a su esposa, Romane.

Ellos acudieron a mí cuando Alexey empezó a bombardearlos. Vinieron desesperados, lanzando sobre la mesa ofertas que no me interesaban en lo más mínimo, con tal de conseguir protección en Miami.

Acepté.

No por lo que ofrecieron, sino por quiénes eran.

Romane había estado en momentos importantes —oscuros, incluso— de mi vida, intentando que no me perdiera del todo. Me aconsejaba, me hablaba como si realmente creyera que aún podía salvar algo en mí.

Liam, en cambio, fue más útil: me enseñó a moverme en la bolsa y a lavar dinero sin dejar huella.

“Mientras sepas cómo jugar tus cartas, tienes la victoria en el bolsillo”.

Ambos solían repetírmelo, y yo me tragué esa mierda entera, pero la convertí en algo mío.

Luego estaba la mafia palestina.

O como preferían llamarse: La 394.

Reconocidos por su control en el tráfico ilegal de órganos humanos, por su droga químicamente alterada y por el contrabando subterráneo a través de túneles en Medio Oriente.

Tenían vínculos con grupos terroristas, y se beneficiaban de extorsiones a gran escala.

Eso sí me servía.

Entre ellos y la mafia turca, compartían una de las rutas subterráneas más largas y eficientes que se haya visto. Si las juntabas, sus caminos se extendían por todo Medio Oriente, cruzaban Rusia y Europa sin ser detectados, y llegaban lo suficientemente cerca de América como para ofrecer un paso seguro, invisible.

Eso era justo lo que necesitaba.

A ambas.

Juntas.

Pero claro, Asaf tenía que estar jodiendo. Y sus idioteces estaban truncando mis planes por el momento.

Nada nuevo.

La única mafia del tercer eslabón que aún no tenía bajo mi control era la filipina: Los Gham.

Se especializaban en tráfico de personas, sobre todo para explotación laboral en el extranjero. También estaban metidos en contrabando de drogas y armas dentro del sudeste asiático.

Parecían útiles, pero ya trabajaban, en secreto, para Alexey y para el Boss, y eso los volvía inservibles.

No me molesté en ofrecerles una mierda. Ni siquiera cuando uno de sus líderes vino personalmente a mi oficina a intentar convencerme.

Si eran capaces de jugar con dos monstruos al mismo tiempo, ¿qué podía esperar que hicieran conmigo?

No, gracias.

Entonces, ya si lo veía con objetividad… ¿tenía poder? Sí. ¿Suficiente? No.

Para barrer el piso con Alexey, necesitaba a la mafia israelita y a La Kaya. Y para siquiera mirar al Boss sin que me partiera el cuello en dos segundos, tenía que organizarme con todos y hacer que los subclanes de la Bratva trabajaran para mí.

Todos.

Había estado trabajando en eso. En todo. Día tras día, noche tras noche. Y aunque las madrugadas que pasaba con Arabella —haciéndole cosas que borrarían el catecismo completo de una monja— evitaban que le abriera un hueco al maldito suelo de mi oficina de tanto caminar en círculos, el estrés seguía ahí, atravesándome el cráneo.

Sabía que nada iba a ser fácil después de declarar la guerra interna contra Alexey y para colmo hacerla pública. Pero maldita sea si no quisiera que fueran menos estresantes.

Todo poder arrastraba consecuencias, estaba al tanto y las estaba pagando. Sin embargo, si tenía que cargar con todo para mantener a salvo a los míos, seguiría quemando todo a mi paso hasta que tanto el Boss como Alexey se pudrieran en el infierno.

Y lo haría. Lo lograría cuando estuviera en la cima de la pirámide. De eso estaba seguro. Tan seguro como del propio infierno.

Sacudiendo la cabeza, solté un suspiro cuando el agua fría empezó a sentirse caliente.

Me enjaboné, me lavé el cabello, me saqué hasta el último rastro de espuma, y cuando las gotas empezaron a molestar más de lo que relajaban, salí de la ducha.

Sabía que Arabella había dejado el paño extendido en la silla de afuera, pero salir así implicaba empapar el cuarto y eso no salió bien la última vez.

Revisé con la mirada el baño, buscando algo para secarme, hasta que lo vi: sobre la repisa del espejo, dobladas con esmero, dos toallas negras que conocía de memoria. Sonreí cuando me acerqué a tomarlas, percatándome de la nota que mi imaginativa novia decidió escribir con su letra bonita y dejar encima de ellas.

No mojes mi maldito piso, precioso. Para la próxima trata de no lanzar mis toallas al piso porque esta será la última vez que me sumerjo en el baño de tu oficina y saque las toallas sin que te des cuenta.

Atentamente, la persona que seguramente está más que dormida y molesta porque te levantaste de la cama, dejando un espacio vacío y frío.

—Estás bastante ingeniosa últimamente, princesa —mascullé, mientras una sonrisa más amplia me curvaba los labios.

Dejé una de las toallas sobre la repisa, justo al lado de la nota, ya algo mojada por las gotas que caían de mi cabello. Me sequé con la otra, lento, sin apuro.

Una vez listo, volví a colocarme la férula donde debía ir, anclé la toalla a mi cadera y salí del baño. Me dejé caer en la única silla disponible de la habitación, dedicándome a observar lo que ya sabía que era mío.

Las sábanas ocultaban la mayor parte, pero eso solo la hacía ver más apetecible. Su cabello, largo y azabache, caía en cascadas por toda la almohada, dándole ese aire de diosa peligrosa. Sus facciones estaban relajadas, suaves, y esa diminuta sonrisa en sus labios…

Perfectos.

Lentos.

Diseñados para perderse en ellos y disfrutarlos por horas.

—Rush —la escuché susurrar mientras se giraba en la cama, todavía con esa sonrisa dibujada en la cara.

Mi pecho se llenó. Jodidamente se llenó de ternura… de ella, solo por escuchar mi nombre salir de sus labios como si fuera lo único que importara en el mundo.

«Estoy jodido».

Cada vez que creía que no podía caer más, que ya lo había dado todo, Arabella se encargaba de demostrarme que estaba equivocado.

«Estoy del todo jodido».

Reprimí el impulso de lanzarme sobre ella y volver a follarla, esta vez lo más delicado posible. Sabía que ella necesitaba descansar, sí. Pero si volvía a escuchar mi nombre salir por esa boca con ese suspiro feliz, iba a mandar todo a la mierda y a follarla en todas las posiciones que mi cabeza era capaz de imaginar.

Arabella se volteó de nuevo, esta vez más inquieta. Su cuerpo se removía en la cama con una intensidad preocupante, como si algo invisible la arrastrara desde dentro.

Mi corazón empezó a latir con fuerza. Instintivamente quise levantarme, acostarme a su lado y abrazarla hasta que todo pasara, pero tenía en cuenta que incluso el más leve movimiento la despertaría.

Así que me quedé donde estaba. Inmóvil. Sentado en la silla. Observando. Esperando a que se calmara.

—No… —masculló, y su voz salió empapada de miedo. Se revolvía con más fuerza—. No, no, no —seguía murmurando, mientras sus movimientos se volvían frenéticos—. ¡No! —gritó de repente, desgarrando el silencio de la habitación.

En un segundo, se incorporó con brusquedad en la cama.

No lo pensé. No lo dudé.

Me lancé hacia ella con una sola zancada, rodeando su cuerpo desnudo con mis brazos. La sentí temblar. Su rostro estaba húmedo.

Preocupado, aparté con cuidado el cabello que se le pegaba a la cara y pasé los dedos por sus mejillas, secando cada lágrima que escapaba.

—¿Princesa? ¿Qué ocurre? —pregunté en voz baja, acariciando su rostro con delicadeza, como si temiera romperla.

—Yo… yo solo… —tartamudeó, sacudiendo la cabeza.

—Fue una pesadilla, cariño —la abracé con más fuerza, tratando de calmarla—. Ya pasó. No tienes por qué preocuparte.

—Parecía tan real —susurró entrecortada, con la voz rota por los sollozos.

—¿Quieres contarme? —pregunté, odiando lo vulnerable que la veía y lo inútil que me sentía por no poder arrancarle el dolor.

Verla así, tan indefensa, estaba matándome.

Era apenas la tercera vez que la veía llorar, y aún no sabía cómo lidiar con ese nudo en el pecho que no me soltaba.

—El Boss… —susurró.

Cada músculo de mi cuerpo se tensó al oírlo.

—Harrison me urgía a esconderme —continuó, sacudiendo otra vez la cabeza como si tratara de despejar la bruma del sueño. Se alejó de mí, sin siquiera notarlo—. Me decía por teléfono que Nóvikov sabía que estaba viva… y que me estaba buscando.

«Mierda».

—Fue solo un sueño, princesa —mentí sin vacilar, forzando una sonrisa que no llegaba a los ojos—. Vamos a dormir.

Arrojé la toalla mojada al suelo antes de envolver su pequeño cuerpo con los míos brazos, fuerte, como si eso fuera suficiente para protegerla de todo. Nos acomodamos en la cama angosta, apretados.

Arabella empezó a trazar círculos en mi pecho, y en mi mente, maldije una y otra vez que esos recuerdos, los mismos que Harrison, Kendall y yo habíamos intentado mantener alejados de su cabeza, volvieran con tanta intensidad.

Cerré los ojos con fuerza, rezando para que siguiera creyendo que todo era una simple pesadilla. Aunque sabía que no podría mantener esa mentira para siempre.

Harrison me pasaba informes privados sobre la persecución silenciosa que el Boss había emprendido contra su propia hija, y debo admitirlo: me gustaba lo que escuchaba cada semana.

Me gustaba saber que no había logrado encontrar nada, ni una sola pista, sin importar cuanto buscara, pero no era idiota. Ella iba a descubrir la verdad tarde o temprano. Y aunque no quería que lo supiera, ya estaba claro que no podía evitarlo.

Aún así, llegado este punto, no veía la necesidad de estresarla por algo innecesario. No por ahora. Mientras no hubiera un peligro real y tangible, no tenía por qué cargarla con eso.

Harrison dejaba pistas falsas lo bastante creíbles como para hacerle creer al Boss que iba en la delantera, cuando en realidad, lo estábamos arrastrando de vuelta a un callejón sin salida, una y otra vez.

Incluso su jefe tuvo el tiempo de llenarse la boca por cómo Arabella desempeñó su trabajo tan bien mientras trabajó para él, que no tuvo que hacer limpieza adicional en los lugares donde ella había terminado sus misiones encubiertas.

Eso me tranquilizaba, pero al mismo tiempo me mantenía en alerta constante. Jugar con Nóvikov tenía sus riesgos y no estaba en condiciones para arriesgarme.

—¿Rush? —me llamó, rompiendo mis pensamientos.

Enfoqué toda mi atención en ella y comencé a acariciar su cabello con mi mano libre.

—Sé que me ocultas algo —advirtió.

No piqué el anzuelo.

Sabía, repito, que con el tiempo lo descubriría. No era estúpida. Nunca lo había sido. Pero mientras pudiera mantenerla lejos de exactamente lo que le ocultaba, estaría tranquilo.

Seguí en silencio, jugando con su cabello, sin decir nada.

—No me has ocultado nada desde que llegamos aquí —continuó, con voz somnolienta—, así que espero que lo que sea que me estés escondiendo valga lo suficiente como para preferir no decírmelo.

—No tienes que…

—Y espero —me interrumpió, sin dejar de trazar círculos en mi pecho— que sea lo bastante importante como para que no pierda por completo mi confianza en ti.

Suspiró con suavidad.

—Trata de que no me entere —murmuró—. No soy nada educada cuando descubro que las personas no tienen los cojones para decirme la verdad a la cara una vez más.

Sonreí.

Esa era mi chica.

—Duerme —le dije.

Ella obedeció, después de darme un pequeño gruñido.

Yo también me dejé llevar por el sueño, pero no antes de fijar la mirada en su pecho. Observé cómo subía y bajaba con lentitud, marcando ese ritmo constante que solo el sueño profundo podía otorgar.

♦ ♦ ♦

Cuando abrí los ojos, Arabella todavía dormía.

Me separé con cuidado, volví a ducharme, me vestí, me coloqué con delicadeza la jodida férula, y dejé atrás su cuerpo desnudo con más pesar del que me gustaba admitir.

Recorrí el recinto, asintiendo a cada miembro del personal que se dignaba a saludarme hasta que Justine me arrastró al área médica para atender varios problemas. En un lapso de dos horas, terminé enseñando cuatro veces cómo apuntar, disparar y dejar inconsciente a alguien cuando menos lo esperaban, todo durante las clases que Kendall impartía a mis soldatos.

Después, volví con Justine e inspeccioné dos clases seguidas más.

Cuando el equipo de Arabella empezó a preguntar por ella —eran las diez de la mañana y no había rastros de sus gritos— le ordené a Justine que nadie la despertara hasta pasado el mediodía.

No discutió.

Sabía, igual que yo, que Arabella necesitaba descansar más que todos nosotros juntos.

Me marché complacido hacia mi oficina para ocuparme de otros asuntos que requerían mi atención.

—Iba a arrastrarte de la cama yo mismo si no llegabas en los próximos dos minutos —soltó Rise apenas crucé la puerta, después de los entrenamientos imprevistos que Kendall me había impuesto.

Me ofreció una taza de café cuando no le respondí.

—Buenos días, terroncito.

Acepté la taza y rodé los ojos. No tenía energía suficiente aún para mandarlo a la mierda a las diez de la mañana y luego tener que aguantar sus monólogos estúpidos.

—¿Qué me tienes? —pregunté, dejándome caer en el asiento.

—¿Cómo sigue la mano? —señaló mi férula con un gesto de cabeza.

La verdad, la mano no sufrió grandes daños. Solo un par de huesos rotos, pero nada del otro mundo. Férula por dos semanas y ya podría volver a accionar dos manos al mismo tiempo. Sin embargo, hablar de eso con el hijo de perra que tenía enfrente sería tener que escuchar más bromas innecesarias, así que…

—Jodida. ¿Qué me tienes? —repetí, sin humor, mientras le daba un sorbo al café.

Rise se sentó a mi lado, riendo entre dientes y señaló los planos desplegados sobre el escritorio.

—Alexey tiene esto —indicó el edificio encerrado en un círculo rojo—. Debes conocerlo.

Asentí. Era el segundo punto más importante para distribuir sus productos de manera casi invisible.

—Jus y yo llevamos días buscando una grieta para hacerlo volar. No encontrábamos nada hasta hoy —trazó una línea con el dedo hasta otro punto en el mapa—. Esta entrada de aquí no tiene la misma vigilancia que las demás. Solo pasan los registrados en el sistema.

Extendió la mano hacia su laptop, la abrió y me mostró la pantalla.

—Logré hackear su red para probar cuánto tiempo puedo mantener sus barreras abajo y entrar sin activar alarmas. Me tomó una semana entera, pero lo logré.

—¿Y qué te hace pensar que lo que estaba ahí sigue ahí? —pregunté, enfocándome por completo en el lugar—. Él está cambiando cada maldito almacén de lugar en un abrir y cerrar de ojos.

—No puede cambiar este —respondió Rise—. Es uno de los edificios con más seguridad. Está confiado. Cree que nos ha quitado suficiente gente como para pensar que atacar sería suicida.

Asentí. No estaba del todo convencido, pero si Rise decía que ahí había algo, era porque lo había.

El fastidio con piernas no hablaba por hablar. Sabía lo que hacía.

—¿Cuánto tiempo dispones?

—Gracias, Rise, eres un genio. Nunca se me habría ocurrido hackear el sistema para entrar sin ser vistos —imitó mi voz con teatralidad—. No pasa nada, hermanito, siempre es un placer ayudar.

—Rise —tomé una bocanada profunda, pesada, pellizcando el puente de mi nariz—. Son las diez de la mañana. Lo último que quiero escuchar son tus idioteces. Te agradezco el trabajo y las horas que hayas invertido —mi hermano me sonrió como si no hubiera escuchado nada—. Ahora deja de ser un imbécil y sigue.

—Ni con sexo tu ingenio deja de ser un dolor en el culo —masculló divertido—. Pude conseguir treinta minutos como máximo —añadió rápido, sin esperar a que le estampara su cara contra el escritorio—. Es tiempo suficiente para entrar, colocar el explosivo y salir sin levantar sospechas.

Pasé mi mano buena por las teclas de su computador, reorganizando mejor la vista del sistema.

Alexey siempre tenía todo en su mejor punto, pero no contaba con que Rise fuera el mejor en el campo informático.

Aunque, claro, a él tampoco le interesaba otra cosa que no fuese enterrar enemigos, mantener el orden en la pirámide y expandir su imperio como un virus sin cura. Nunca se ocupó mucho de protegerse del interior y eso, en algún punto, iba a costarle caro.

El sistema de entrada, como decía Rise, era jodido, pero no inexpugnable. Ceros y unos llenaban la pantalla. Pulsé varias veces, añadí un par de códigos, crucé dos líneas de acceso y sonreí cuando la laptop me entregó justo lo que buscaba.

—Mejor.

La cuestión era que, si Rise era bueno en el campo, yo era mejor.

Mis intenciones de tomar el mando de las operaciones criminales de Alexey no eran un capricho, eran una obsesión. Así que me instruí: idiomas. Informática. Tácticas de combate. Armas. Aprendí todo lo que necesitaba para tener el control absoluto de la pirámide.

Y Alexey lo notó. Le agradó.

Después del fiasco de Rise, yo era su apuesta segura, su candidato para heredar todo. Por eso a los catorce años ya me tenía con tutores. Eso le dio frutos, le funcionó… hasta que ya no le gustó.

Jugar mis cartas bien era algo de lo que siempre estuve orgulloso. Así que cuando Rise se posicionó detrás de mi hombro y resopló, sonreí.

—A mí me costó una semana conseguir treinta minutos, y a ti diez segundos en conseguir una hora y media —bufó, ofendido—. Me arrepiento de los malditos años desperdiciados en la universidad y la próxima vez, haz tu mierda tú.

—¿Sí sabes que Bernie Fent es quien se encarga de la seguridad cibernética de Alexey, cierto? Aprender sus trucos fue fácil. Incluso Riden puede derribar sus mierdas.

Rise se dejó caer en su asiento.

—Tú, Bernie y Riden pueden besarme las bolas —replicó, frustrado.

—¿Cuándo tienes planeado dar el golpe? —pregunté, ignorando su humor.

—Mientras más rápido, mejor. Las malditas defensas se actualizan cada cuatro días, y oí por ahí que Alexey piensa mover cantidades exorbitantes por ese edificio en dos días. Por eso estoy seguro de que no lo va a tocar. No por ahora.

—¿Cuántas personas necesitas para el operativo? —Ya entendía su punto. Y su urgencia.

—Tres —contestó sin pensarlo.

Lo miré como si estuviera bromeando.

—¿Solo tres?

—Menos es más. Y necesito que esto se haga con cuidado —sonrió con ese brillo peligroso en los ojos—. Están cambiando caporegimes cada que pueden. Necesito gente malditamente buena en un reducido equipo de tres.

—Cita a tu equipo y arma una reunión en dos horas —acepté—. Hay que cuadrar todo bien y necesitas darme tu punto de vista completo para aprobar esto.

Rise agarró su laptop y los planos, se levantó y salió de la oficina.

Cuando se fue, dejé caer la cabeza en el respaldo de la silla, tratando de adivinar cuál sería la siguiente jugada de Alexey. Pero la incertidumbre me estresó rápido, así que me puse a organizar documentos, mapas y llamadas por teléfono durante las siguientes tres horas, hasta que mi celular vibró otra vez.

—¿Qué? —contesté con voz seca.

—Señor, hay un tipo en la entrada, ordenando que lo dejen pasar ya, diciendo y cito: “somos unas míseras ratas y él no tiene tiempo que perder con ratas”.

Sonreí. Ya había llegado.

—Déjenlo entrar y tráiganlo directo a mi oficina —demandé y colgué.

Pasé los minutos siguientes revisando solicitudes de aspirantes a picciotti onorati o uomini d’onore. Mis soldatos querían subir rangos y, aunque me enorgullecían, odiaba que siguieran hundiéndose en este mundo. Pero no podía hacer nada: ellos eligieron esto, igual que yo elegí pelear por el título de capobastone. Un título que compartía con Alexey ahora mismo y que no podría usarlo con plenitud hasta verlo diez metros bajo tierra, ardiendo en el infierno que se merecía.

—Es increíble poder presenciar por primera vez a uno de los hijos de Alexey ‘Ndrangheta —dijo una voz carrasposa e irritada.

Levanté la vista y entrecerré los ojos. El tipo estaba escoltado por tres de mis soldatos.

—Fuera —ordené a los tres. Salieron rápido, cerrando la puerta tras de sí. Volví a mirar a Harrison—. No eres lo que esperaba ver.

El jefe de Arabella se dejó caer con elegancia en una silla al otro extremo de la mesa, justo frente a mí. Alto, emanaba superioridad con ese traje gris impecable, sin una sola arruga o mancha a la vista. Su mirada era peligrosa, te hacía querer mirar a otro lado al instante. Imaginé que era lo bastante inteligente para tener la edad que tenía y no haber muerto intentando desafiar a cualquier mafia sanguinaria.

—Tú tampoco eres lo que esperaba ver y no te ando con esas mierdas —escupió—. ¿Dónde está ella?

—Ocupada —solté con el mismo tono cortante con el que me hablaba.

—Más vale que esté ocupada entrenando a tus ratas que durmiendo —bufó.

Me tragué la sonrisa. Él la conocía demasiado bien, pero no, mi novia necesitaba descansar y yo necesitaba hablar a solas con su jefe.

—Vas a tener que tratarme con respeto si no quieres que te termine soltando un tiro —amenacé, dibujando una sonrisa corta en mis labios.

Harrison niveló su mirada con la mía y, no sé por qué, pero pude ver ciertos parecidos con Arabella en ella.

—No me agradas —soltó. Abrí la boca para responder, pero me silenció con esa mirada helada—, pero estoy en deuda contigo para mantener a mi chudovishche —alcé una ceja ante el apodo que le soltó a mi novia— a salvo. Solo por eso voy a darte el respeto que pides, aunque no sé si lo merezcas después de actuar tan estúpidamente reclamando poder a lo bruto.

Tenía un punto cuando me dijo que había declarado la guerra contra Alexey de manera estúpida, pero no se lo iba a admitir. Alexey tenía más gente, sí, pero carecía de inteligencia. Se dejaba cegar por la ilusión de tener el poder absoluto sólo porque la pirámide “trabajaba” para él.

Lo que no sabía era que, gracias a sus delirios de grandeza, con o sin mi golpe, las cabezas del crimen organizado llevaban meses planeando su caída. Estaba tan seguro como el infierno que Alexey no iba a ver venir el golpe, y estaba feliz dejando que lo tumbaran de una vez. Pero eso no me aseguraba la supervivencia de mis hermanos, así que tomé la delantera.

Eran los míos o ellos, y no iba a permitir que nadie le pusiera un dedo encima a mi familia.

—No es como quería, pero me sirve —asentí, volviendo a la conversación—. Me intriga algo.

—¿Qué cosa?

—El apodo a mi novia.

Harrison esbozó lo que parecía una sonrisa, pero la borró rápido cuando cayó en cuenta de cómo yo llamaba a su “chudovishche”.

—¿La has visto en acción? —preguntó.

Asentí, levantando la mano envuelta en la férula.

Él miró mi mano con satisfacción.

—Entonces entiendes por qué le digo así.

Recordar a Arabella rompiéndome la mano sin el menor remordimiento en el campo del C8, todo porque no quería empatar, me hizo sonreír y comprender aún más el punto de su jefe.

—Puedo entenderlo —admití.

—¿Cuáles son tus planes hasta ahora? —cambió el tema con brusquedad.

Suspiré ruidosamente. Ahora entendía perfecto de dónde había sacado Arabella ese carácter de mierda.

—Mi equipo está organizando un ataque al segundo edificio más importante de Alexey. El Grande Ghiaccio.

—Eso está en Sicilia —argumentó él—. Jugada arriesgada, necesitas discreción. Igual, ¿seguro que no es una trampa?

—Arriesgado, sí —contesté, clavándole la mirada—, pero nos conviene eliminar ese punto antes de que actualicen el sistema de seguridad en cuatro días y, si queremos interrumpir uno de sus mayores tráficos, antes de dos. Tengo gente que sabe lo que hace. No me van a meter en una trampa.

Harrison asintió, pensativo, antes de volver a mirarme.

—¿A dónde piensa trasladar eso?

—Tenemos reunión para afinar detalles —dije, aunque en realidad debería haber sido hace una hora; Rise no aparecía por ningún lado—. Hay otra cosa que debo decirte.

Harrison alzó una ceja, curiosidad disfrazada de desdén.

—¿Qué es?

—Arabella no es estúpida —alzó la otra ceja, en una clara queja de no saber de qué diablos estaba hablando—. Va a descubrir pronto que el Boss la está cazando, y eso no nos conviene.

—¿Cómo estás seguro de eso?

—Anoche tuvo una pesadilla, justo con el momento de tu llamada —suspiré y apoyé los codos en la mesa—. Está recordando. Sea consciente o no, lo está haciendo.

—La idea era guardarlo hasta que estuviera lista —se encogió de hombros—. Que lo esté recordando significa que ya lo está.

—No creo que esté lista —repliqué, irritado por su indiferencia—. Cada vez que se menciona al Boss, se estremece, aunque no lo note.

La silla chirrió cuando Harrison se reclinó, cruzando las piernas con desgano.

—Ella podrá con eso —repitió de manera deliberada—. Si hay que decírselo, se le dirá. No vamos a ocultarle nada más. Tiene derecho a saber que Nóvikov la busca. Hicimos lo que debíamos para protegerla, ya no. Arabella sabe cómo manejar esto, chico. No es su primera vez en el rodeo.

Resoplé y gané una mirada de reproche.

—No está lista —insistí.

—La estás sobreprotegiendo —soltó con fastidio—. Mi chudovishche no necesita protección, y apuesto mis bolas a que ella ya te lo ha demostrado.

—¡Deja de llamarla bestia! —exigí, ya al borde—. Arabella es una persona, tiene sentimientos. No es una maldita bestia, y mucho menos una puta máquina.

Harrison soltó una risa seca.

—Estás tan jodidamente enamorado que ni ves que tu sobreprotección la hace débil —me miró fijo, impasible—. ¿Por qué crees que es así de buena? ¿Por ponerme a sobreprotegerla? Yo la eduqué, exprimí todo su potencial. Si alguien debería sobreprotegerla de la manera en que tú lo haces debería ser yo, pero ¿me ves preocupado?

—Estuviste lo bastante preocupado por ella cuando cayó en su catatonia —le espeté sin rodeos.

—Eso es diferente —respondió monótono—. En ese momento no confiaba en nadie para hacerse cargo de ella, hasta que te contó su pasado. Pero ahora Arabella no está indispuesta. Está caminando, jodiendo al mundo como siempre, en estado de alerta cada maldito segundo —se levantó, dando vueltas por la oficina sin mirarme—. Preocuparte es una cosa, sobreprotegerla es otra. Estás cegado por tus emociones. Controla eso —palmeó mi hombro al pasar—, porque sino te dolerá cada decisión que ella tome para ponerlos primero, justo como hace conmigo y Kendall.

Cuando Harrison volvió a sentarse, la puerta de la oficina se abrió de golpe y entró mi novia, vestida para entrenar, lo bastante furiosa para pasar de largo a su jefe y señalarme con acusación.

Debí estar listo para sus reclamos, pero el chupetón en su clavícula encendió la parte posesiva en mi pecho con deleite, recordándome el sexo salvaje de anoche.

—¡Me perdí tres clases hoy por tus malditas órdenes de que nadie me despertara porque necesitaba descansar, hijo de perra! —estalló, con una voz lo suficientemente alta para que todo el edificio lo supiera. Carraspeé para enfocarme en ella y no en lo que tenía en el cuello. Marcado. Por mí—. ¡Te apuesto que estás despierto desde temprano agendando reuniones mientras me dejabas dormir! ¡¿Eres idiota?! Mi vida entera funciona con cuatro horas de sueño, a veces ninguna. ¡Deja de tratarme como una puta vajilla de porcelana, Rush! —noté la mirada de “te lo dije” de Harrison—. ¡¿Me estás escuchando?! ¿Qué…?

Arabella giró para mirar a quien la observaba con ceño fruncido y se quedó paralizada al ver a su jefe.

—Chudovishche —la saludó él con voz fría.

Ella se volvió hacia mí con una mirada asesina aún más intensa, y por un segundo temí que le explotara un aneurisma cerebral.

—¿Me dejaste dormir de más, perdí tres clases y aún así tienes los huevos para no decirme que mi jefe había llegado? —me susurró furiosa.

—Déjalo respirar, Arabella —intervino Harrison, atrapando su atención, salvándome el culo en el proceso—. Acabo de llegar y él ya te iba a mandar a buscar.

—Oh —respondió ella, bajando su furia como quien apagaba una llama. Se giró para dedicarme una pequeña sonrisa penosa—. En ese caso, te perdono por encerrarme básicamente en la habitación.

Respiré profundo, impresionado por el control que Harrison tenía sobre ella. ¿Eso siempre fue así? ¿Él decía y ella hacía?

—¡Estuve buscándote por todo el maldito lugar! —protestó Rise, entrando a la oficina seguido de Riden y Nathaniel, pasando de largo a Harrison—. ¿Dónde diablos estabas? —le preguntó a mi novia.

—Encerrada —suspiró ella, sentándose con gracia en la silla junto a la mía.

Rise me lanzó una mirada con los ojos en blanco.

—Él tiene que dejar de tratarte como una maldita vajilla —replicó, soltando justo lo que mi novia había dicho.

Resoplé, ganándome una mirada burlona de Riden.

—Ni me lo digas —masculló Arabella entre dientes—. ¿Para qué me buscabas, guapo?

—Te quiero en el operativo del viernes, preciosa —soltó Rise sentándose a su lado. Riden y Nathaniel imitaron su acción—. Eres la mejor arma que tenemos y tu vena asesina nos vendría fantástico en la misión.

—Ella no está en condiciones para ir —intervine rápido, cortando la segura afirmación que Arabella estaba a punto de dar. Maldije internamente haber dejado a Rise armar su jodido grupo.

—Yo la veo en una pieza —apuntó Harrison desde el otro extremo de la habitación.

Arabella sonreía con disimulo mientras los demás se giraban curiosos hacia su jefe, al que justo yo quería estrangular.

—¿Y tú eres…? —mi hermano menor soltó, sacándome una pequeña sonrisa.

—¿El bastardo de su padre no tuvo tiempo para educarlos, o eso de ser cretinos maleducados es hereditario? —contestó Harrison con frialdad.

—¡Harrison! —lo reprendió Arabella.

Él ni la miró, pero no dijo nada más.

—¿Grant Harrison? —cuestionó Nathaniel, incrédulo—. ¿El mismo ex sovetnik y brigadler de la Bratva Rusa?

—¿Por qué? ¿Quieres intentar matarme también? —replicó él con un deje de petulancia.

El color desapareció de la cara de Nathaniel y me tragué una risa. Quería enterrar la cabeza de Harrison en el filo de la mesa en ese momento, pero era jodidamente divertido verlo molestar a Nathaniel. Tenía una paliza pendiente conmigo por romperle la nariz a Mila. Me sabía a mierda si había sido parte del entrenamiento como tantas veces ella me gritó.

—No, no. Para nada, señor, yo solo…

—Está jodiéndote, Nathaniel —suspiró mi novia—. Cosa que debería dejar de hacer —lo regañó otra vez. Harrison resopló.

—Fantástico, ya que todos se conocen, ¿podemos empezar con la maldita reunión? —inquirió Rise, mirando a todos, deteniéndose en mí. Le respondí con un asentimiento corto. «Acabemos con esta mierda de una vez»—. Perfecto.

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