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Capítulo 29: 27

Acepta primero, pregunta después

No elegí más jugadores porque en este juego, cada ficha extra es una posibilidad más de perderlo todo

Arabella

Tener a Harrison en la misma habitación que yo, después de tantos meses sin verlo por más de una hora continua, se me hacía extraño, pero al mismo tiempo, satisfactorio. Él era lo más cercano a una figura paterna que tenía, y el hecho de que se diera el tiempo de venir hasta aquí, ayudarnos con todo el desastre y, de paso, conocer a Rush en persona era… gratificante.

Aunque claro, lo último él no lo admitiría ni en sus pesadillas más delirantes.

Rush, mientras tanto, no me despegaba los ojos de encima. En lo que iba de reunión ya me había sentido observada por lo menos unas mil veces. Y aunque fingí que no lo notaba, estaba volviéndome loca. Ignorarlo fue una tarea titánica. Me concentré en las palabras de Rise, en los mapas, las marcas en rojo, las rutas de escape… pero, de pronto, entrecerré los ojos al ver una de las diapositivas que proyectaba en la pantalla grande de la oficina. Él iba explicando cada punto del siguiente operativo, que iba a conformarse por él mismo, Riden, Nathaniel —para pilotear el avión— y mi persona.

Y ahí, como una patada de “deja de prestar atención y enfócate en mí”, el pequeño sueño que tuve después del impactante sexo de anoche con el espécimen, regresó a mi cabeza.

¿Era posible que aquello no hubiera sido solo una pesadilla?

¿Y si eso era justo lo que él y Justine me estaban ocultando?

Sacudí la cabeza con discreción. No. No. No podía ser eso. Si realmente estuvieran ocultándome algo así, Harrison me lo habría dicho en cuanto crucé la puerta de la oficina hacía quince minutos.

—¿Hay algo en lo que no estés de acuerdo, preciosa? —inquirió Rise, sacándome de mis pensamientos de repente.

«Mierda».

Lo miré e intenté repasar mentalmente los últimos minutos de su exposición. Nada. Fragmentos. Ruido. Así que apunté lo primero que se me ocurrió, con la mejor cara de que tenía todo claro.

—Ahí —solté, señalando una sección de la pantalla. Todos dirigieron la mirada al punto exacto que estaba marcando—. Esa es la bandera de los Cani Da Caccia. ¿Eso quiere decir que…?

—Hay una escasa posibilidad de que estén presentes en este operativo, sí —interrumpió Rise con rapidez, mirando con el rabillo del ojo al espécimen que tenía a mi lado, quien acababa de exhalar con fuerza, molesto desde luego—. ¡Pero eso no significa que vayan a estar! Solo lo señalé como medida preventiva.

—Estén o no estén, Arabella irá al maldito operativo —gruñó mi jefe, sin permitir segundas opiniones—. La necesitan ahí y no es algo con lo que vaya a ponerme a discutir con ninguno.

Eché una mirada de reojo a Rush. Estaba apretando la mandíbula con tanta fuerza que podía notar la tensión incluso en su cuello. Estaba molesto, notoriamente molesto, pero no dijo nada. No se atrevió a discutirle el punto a Harrison.

Y no era para menos.

Si los Cani Da Caccia iban a estar implicados en el operativo, ninguno de ellos iba a sobrevivir lo suficiente. Ni aunque les regalaran más minutos con la baja del sistema de seguridad.

—¿Qué son los Cani Da Caccia? —preguntó Nathaniel en un susurro, avergonzado.

Me adelanté antes de que cualquiera pudiera abrir la boca. Tenía el presentimiento de que alguno iba a hacerlo quedar como idiota por no saber y él no se lo merecía.

—Son uno de los grupos de mercenarios más sanguinarios de la mafia italiana —me encargué de explicarle—. Están bajo el mando de Alexey desde hace años, y por lo general se los envía a misiones que necesitan artillería pesada.

—Se los envía a matar —añadió Rush, su voz grave, cortante—. Alexey los suelta cuando no consigue lo que quiere. Siempre directo a matar. Si ellos van a estar en el edificio, significa que no es tan imbécil como para armar su suicidio sin cubrirse bien el culo —gruñó lo último, molesto—. Por eso no creo que sea indicado que vayas al operativo, princesa.

Solté un suspiro largo, enterrando la cabeza entre las manos.

«Aquí vamos de nuevo».

—Va a ir —zanjó Harrison, tan hastiado como si ya hubiésemos discutido esto diez veces—. Te guste o no, va a ir.

—Los Cani Da Caccia no estarán ahí, Rush —intervino Rise, sin ocultar su fastidio. Lo miré justo cuando ponía los ojos en blanco—. El nombre está en la ficha para cubrir el tema, pero no van a estar ahí.

—¿Quién es el líder de los Cani ahora? —preguntó Riden, del todo ajeno al drama entre su hermano mayor y mi jefe.

—¡Gracias! —saltó Rise, encantado de volver al tema principal—. Piero Renzo era la cabeza de los Cani —pasó una diapositiva con la foto de Piero en pantalla—, pero se pasó de listo con La Kaya y murió de la única forma en que la mafia turca sabe matar —cambió la imagen por una del cuerpo mutilado, reducido a pedazos tan pequeños que Nathaniel no pudo evitar soltar unas arcadas sonoras—. ¿Asqueroso, cierto? —rió Rise sin el menor remordimiento—. Ahora…

Pasó a la siguiente imagen y en cuanto vi la cara en la pantalla, giré con brusquedad la mirada hacia Harrison.

—El sucesor de Piero no es nada más y nada menos que…

—Skënder Dardan —gruñí el nombre, con una rabia helada en el estómago.

—Suena a que alguien tiene un problema pendiente con Dardan —dijo Rise con una sonrisita que no tenía nada de inocente.

—¿Cuándo es el operativo? —solté, pasando por alto su comentario mientras me ponía de pie—. Iré.

—Dos días —respondió Riden, mirándome curioso.

—Arabella —advirtió Harrison lentamente.

Crucé mi mirada con sus ojos azulados, endurecida.

—Me la debe, y lo sabes —increpé con evidente desgano.

—Dardan no es precisamente de los que pagan deudas, Arabella —me reprendió.

Resoplé.

—Y yo no soy de dar dos oportunidades —repliqué, cruzándome de brazos mientras me dejaba caer otra vez en la silla—. Voy a ir, y esta maldita jugarreta que tenemos la terminaré quemando hasta que las cenizas se las quede el infierno.

—Vas a pegar a los albaneses a tu culo, Ekaterina —fruncí los labios cuando soltó ese nombre, pero hubo algo extrañamente reconfortante en que aún pudiera seguir sacándole canas a mi jefe—. Dardan podrá estar liderando al grupo de los Cani, pero sigue teniendo conexiones con la mafia albanesa. No seas estúpida. Esa gente es de las que necesitas tener a kilómetros de distancia, igual que varias otras. Estamos evitando un genocidio por parte del Boss y de Alexey, no pongas una jodida diana sobre tu cabeza solo porque sí.

Me pegué al respaldo a regañadientes, mordiéndome las ganas de contestarle. Sabía que tenía un punto. Uno sólido. Pero eso no quitaba las ganas que tenía de arrancarle la cabeza a Dardan con mis propias manos.

Mientras Rise soltaba una de sus estúpidas risitas y continuaba con la información del operativo, me concentré en una sola cosa: recordar.

Recordar por qué Skënder Dardan estaba en mi lista y por qué no pensaba dejarlo vivo. Y es que como si ya no tuviera suficientes enemigos sobre mis hombros, él ocupaba el segundo lugar en mi lista negra.

El hijo de puta había arruinado una misión en la que estuve implicada durante más de tres meses, extrayendo información para Harrison.

No fue una misión difícil, pero sí requería discreción y una extensa cantidad de datos. Harrison necesitaba que el ex duque de Inglaterra —otro idiota bañado hasta el cuello en actividades delictivas— soltara ciertos números. Números que nos abrirían paso a una red de protección de testigos tan amplia y secreta como para poder ubicar a Jolisky, uno de los ex trabajadores de Nóvikov.

Jolisky había testificado contra el Boss en un juicio a puertas cerradas y, como premio, se le concedió el tedioso honor de entrar en el programa de protección de testigos en Inglaterra. Eduart, el ex duque, lo tenía bien escondido. Pero Harrison lo quería.

Ese juicio nunca salió a la luz, y lo único que le importaba a mi jefe era lo que Jolisky sabía. Él quería esa información para joderle los movimientos a Nóvikov porque había aceptado un trabajo por parte de la mafia israelita.

Para mi desgracia, Harrison no era el único tras la pista.

Dardan, en ese entonces, aún trabajaba para los Meyer —las cabezas albanesas— y ellos también querían la información. Necesitaban encontrar a otro testigo que estuvo abriendo la boca con demasiada soltura, revelando actividades ilegales y puntos estratégicos que los Meyer tenían bajo su control.

Harrison me advirtió demasiado tarde que Dardan ya se había metido en el juego y cuando quise darme cuenta, ya me había jodido todo.

Solo un día.

Un maldito día de distracción bastó para que ese bastardo apareciera en la residencia del duque, matara a mi informante, echara abajo mi identidad falsa, quemara el lugar de donde pensaba sacar huellas y, como si eso no fuera suficiente, mandara a sus jodidos lobos a perseguirme montaña arriba mientras corría descalza, huyendo de su retorcido juego.

Desde ese día, las palabras “bienvenida a la caza” se grabaron en mi cabeza por culpa del maldito quien me sonrió como si fuese la mejor y exquisita presa que había visto en su jodida vida.

“Podemos correr en círculos todas las veces que quieras, ouranos, pero siempre voy a ir un paso delante de ti.”

Eso fue todo lo que me dijo la última vez que nos tuvimos cara a cara.

Desde entonces, cada vez que una misión tenía aunque fuera el más leve roce con la mafia albanesa, me apuntaba sin dudarlo. Harrison me dejaba ir porque, para ambos, Skënder era un maldito obstáculo que torcía cada plan. Un puto dolor de cabeza que merecía ser extirpado.

Gracias a él, mi jefe no consiguió absolutamente nada de esa operación y yo quedé como una idiota frente a él. Justo por eso quería ver la jodida jugarreta arder en el infierno junto a la persona que lo empezó.

—Léelo, apréndetelo, y si tienes alguna pregunta, sabes dónde encontrarme —el fajo de documentos que me lanzó Rise me sacó de mis pensamientos de forma poco delicada. Fruncí el ceño al ver cómo todos me observaban—. La reunión terminó hace diez minutos, y como no abrías la boca ni siquiera para mandar a Rush a la mierda, entendí que no estabas prestándome la mínima atención.

—Imbécil —farfullé, tomando la carpeta con la información resumida del operativo.

—Nos vemos el viernes, guapa —me guiñó uno de sus preciosos ojos verdes con descaro—. Ustedes vienen conmigo —señaló a Riden y Nathaniel—. Tenemos que repasar unas cosas.

Ellos suspiraron, se levantaron, y salieron de la oficina con él, dejándome a solas con mi novio y mi jefe.

Los dos. Bastante molestos.

—¿Qué? —gemí, sin soportar un segundo más esa tensión ridícula entre ambos.

—No estoy de acuerdo en que vayas —habló Rush al instante.

—Tiene que saberte a una cantidad increíble de mierda, chico —replicó Harrison sin pensarlo.

—Estamos hablando de los Cani Da Caccia, princesa. Ellos no juegan —insistió Rush, ignorando el comentario anterior.

—Ella sabe perfectamente quiénes son —rebateó Harrison con un tono cortante—, y no es la primera vez que los enfrenta.

—¿Cuándo será el puto día en que ella pueda tomar una maldita decisión sin que tú estés jodiendo todo el tiempo? —Rush escupió cada palabra con veneno.

—Ella puede decir que sí o no sin que estés presionándola con tu maldita preocupación estúpida —disparó Harrison, y ahí fue cuando perdí los estribos.

—¡Bueno, basta! —golpeé la carpeta contra la mesa. El eco del golpe pareció dejar la sala en silencio por un segundo—. Voy a ir, te guste o no, porque, para tu desgracia, no tienes a nadie tan bueno como yo aquí —señalé a Rush, que apretaba sus manos en puños, mordiéndose las palabras—. Y tú —miré a Harrison, que me devolvía su peor mirada—, no tienes por qué caer en juegos de niños ni responder por mí. Sé bien cómo defenderme sola. ¿Estamos claros ya?

Pasé la mirada de uno al otro, dos veces.

Esperando.

—Bien —gruñó Harrison.

—Sí —secundó el espécimen, de mala gana.

—Perfecto —me puse de pie, tomé la carpeta y caminé hasta el umbral de la puerta. Pero no pude evitar girarme para encararlos una vez más—. Voy a ver a Rise. Traten de no matarse hasta que vuelva a verlos en la noche. ¡Los quiero a ambos en una maldita pieza!

Rush alzó una comisura en una sonrisa suspicaz, y Harrison gruñó ruidosamente.

¿Cuándo diablos me anoté para seguir cuidando niños?

—¡Lo digo en serio!

No esperé una respuesta por parte de ninguno. Salí de la oficina, cerrando la puerta tras de mí, y caminé hasta el departamento informático que Rise dirigía. Era muy probable que estuviera ahí, y para ser sincera, no tenía ni una pizca de ganas de andar por cada rincón de Chovert preguntando por él.

—¿Por qué tan seria, cielo? —cuestionó una voz que había echado horriblemente de menos, justo cuando pasaba por la entrada principal del recinto.

Sin pensarlo tanto, me giré para encontrarme con esos ojos azules y esa sonrisa de oreja a oreja que conocía demasiado bien.

Él me abrió los brazos, y no dudé ni un segundo en lanzarme a ellos.

—¡Volviste! —grité, feliz, mientras me dejaba aplastar en su abrazo de oso.

—Voy a irme otros tres días solo para que me recibas así otra vez —rió Drake, apretándome aún más.

Los hermanos Anderson llevaban varios días sin pisar Chovert por las clases en la universidad. Ambos estaban enterrados en deberes escolares y metidos hasta el cuello en reuniones con el comité estudiantil, porque, al parecer, también eran parte de él.

Multitasking mafioso, versión académica, si me lo preguntaban.

Reí mientras me soltaba de los brazos del rubio. Lo había extrañado. Demasiado.

Drake, cuando estaba por aquí, hacía que mis mañanas fueran menos miserables de lo normal y, si se lo pedía con la mirada correcta, me preparaba desayunos especiales. Las cocineras lo adoraban. Además, en los últimos tiempos habíamos desarrollado un lazo de amistad bastante interesante y divertido. Por eso, estar junto a él se sentía como respirar grama fresca en las mañanas. El idiota era demasiado adorable como para ser un Anderson.

—¿Te vas a quedar? —pregunté con un puchero colgando en mis labios.

Drake se quedó mirando con fijeza mi boca antes de tragar saliva algo sonrojado.

—No puedo decirte que no si me lo pones así, Bells —respondió, mirando a todos lados menos a mí.

—Eres mi favorito —volví a lanzarme a sus brazos.

—Soy tu favorito porque no soportas a mi hermano —murmuró contra mi cabello.

Arrugué la nariz al separarme de su abrazo de oso.

—Hablando del pedazo de mierda —mascullé, notando por fin que no estaba colgado de Drake como siempre—. ¿Dónde está?

Drake me lanzó una mirada burlona.

—No piensa pisar Chovert por un buen tiempo, si me preguntas.

—¿No piensa superarlo?

—¿Que Kendall haya cortado todo contacto con él? Nah. No creo.

Solté un suspiro dramático y negué con la cabeza.

Las cosas habían pasado demasiado rápido desde que volvimos de Nueva York y, aunque todo estaba hecho un caos, lo que más me descolocó —al menos por un momento— fue el fin de la “relación” —si es que se le puede llamar así— entre mi mejor amiga y el otro.

Kendall había terminado con las “salidas casuales” con Zacharias.

Y, cuando me lo contó, armé la mejor fiesta mental de la historia.

Zacharias, por más que lo intentara, jamás iba a caerme bien. Ese era el punto. El chico literalmente empezó a salir con mi mejor amiga solo para molestarme a mí. Es decir, ¿quién diablos hacía eso?

Así que, cuando Kendall lo mandó a la mierda, fui la persona más feliz del planeta por dos días enteros. Claro que podía fingir que no me afectaba su relación, pero ¡gracias al cielo por los pequeños milagros!

La verdad me daban arcadas cada vez que Zacharias tomaba su mano, le susurraba al oído y se reían como si fueran protagonistas de una novela empalagosa de Jojo Moyes.

—Me alegra en sobremanera que esa repugnante y estúpida obra de teatro haya terminado —solté, con un estremecimiento de asco recorriéndome el cuerpo.

—Por más que me duela cómo está lidiando Zach con todo eso ahora… tengo que admitir que siento un alivio enorme de que eso haya culminado —confesó Drake.

Él también compartía mi cansancio crónico de ver las escenas nauseabundas que recordábamos.

Resoplé, indignada.

—Tu hermano ya debió haber caído en las primeras piernas largas y abiertas que encontró, rubio —conocía al imbécil lo suficiente como para saber que haría eso

Drake sacudió la cabeza divertido, pero no abrió la boca otra vez. En cambio, entrelazó su mano con la mía y me encaminó justo hacia donde yo ya había trazado la ruta en mi cabeza.

Sin quejarme, lo dejé empujarme por algunos pasillos y escaleras hasta llegar a la entrada de la oficina de Rise.

—¿Cómo sabías que iba hacia…?

—Tienes una carpeta de Rise en las manos, cariño —respondió, abriendo de par en par la puerta del despacho, interrumpiendo lo que sea que el mayor de los Massey estuviese haciendo con Riden y Nathaniel—. ¡Además, el bastardo me había llamado!

Riendo, entré y me dejé caer en una de las sillas disponibles, cerca de la mesa redonda que decoraba cada oficina principal de Chovert. Drake se desplomó en la silla contigua a la mía, mientras el resto del grupo nos observaba con sonrisas que ya me estaban irritando.

—Pensé que no iba a dejarte salir de la torre —bromeó Rise, cruzándose de brazos.

—Yo pensé que iba a encerrarla por dos días más —secundó Riden con una diminuta sonrisa.

—¿Ella siquiera iba a seguir trabajando? —cuestionó Nathaniel, tomándome el pelo.

Aspiré con fuerza, intentando no matar a ninguno y más atrás a Rush por su extenuante preocupación sobre mí.

¿En dónde quedó el hombre que no cuestionaba ni una de mis decisiones y sonreía con descaro cada vez que yo armaba un equipo en el C8? ¿Acaso empezaba a dudar de mí, de mi experiencia?

—Supongo que me perdí de mucho —dijo el rubio, dejando caer la cabeza entre las manos mientras me miraba con burla—. ¿Rush empezó a tratarla como princesa otra vez?

—¿Cuándo Rush no la ha tratado como princesa? —preguntó Rise en respuesta.

—Pueden, en serio, irse al infierno —repliqué entre dientes, logrando que la oficina se inundara de carcajadas. Lancé la carpeta a la mesa—. Háblame de esto —le señalé a Rise.

Suspirando, él se limpió unas lágrimas invisibles de los ojos y comenzó a caminar con lentitud alrededor de la mesa.

—Tengo entendido que habrá varios Cani camuflados en el edificio —empezó. Fruncí el ceño al instante.

—Dijiste que solo nombraste a los Cani Da Caccia por necesidad.

—¿De verdad creíste que iba a arriesgarme a que Rush te encerrara permanentemente en tu habitación? —alzó una ceja, irónico—. Preciosa, si él se entera de que irá siquiera uno, es probable que te cargue con tanto trabajo que apenas puedas respirar de aquí al viernes.

Asentí, cayendo en cuenta de la veracidad detrás de sus palabras.

—Su comportamiento me está asfixiando —murmuré en un hilo de voz.

Supuse que Rise me había escuchado, porque entrecerró los ojos en mi dirección, pero agradecí que no hubiese soltado otra de sus burlas.

—El vuelo dura unas diez horas, así que tenemos que salir de aquí alrededor de las doce del mediodía si queremos llegar de madrugada y tener tiempo suficiente para entrar y salir rápido —continuó explicando. En un movimiento veloz, agarré la carpeta de nuevo y la abrí.

La comprensión cayó en mí al leer.

—¿Qué tan distraída estabas, Bells?

Ahora también entendía por qué Rush no quería que pusiera un solo pie en el operativo.

—Lo suficiente para saber que iremos a Sicilia, Italia —dije, descolocada—. Vamos a su terreno. Los Cani van a ser un maldito dolor de culo, Rise. Si uno es lo bastante bueno como para matar a diez de los nuestros antes de que podamos reaccionar, imagínate varios de ellos —enfaticé cada palabra—. ¿Estás seguro de que un equipo de cuatro personas es lo mejor?

—También dije lo mismo —apoyó Riden, rascándose la nuca—. No creo que cuatro personas sea lo más apropiado, Rise.

—Este es un operativo que requiere discreción —suspiró él—. Bells, nadie más que tú, algunos otros bastardos y yo sabemos lo buenos que son esos perros. Necesito que entiendan que entre más personas sumemos a esto, más probabilidades hay de que alguno no vuelva —Rise se dejó caer en la silla principal y nos observó uno por uno—. Por eso los elegí a ustedes. Tú eres increíblemente letal —me señaló—, tú eres malditamente bueno piloteando naves aéreas —señaló a Nathaniel, quien asintió con una sonrisa satisfecha por ser reconocido por algo más que su cerebro—, y tú —le sonrió a su hermano menor—, tú sabes de lo que eres capaz.

«Oh, bueno. Eso es interesante».

Levanté la mano, atrayendo la atención de todos.

—¿Qué? —replicó Riden.

—¿De qué eres capaz? —sonreí, entrelazando las manos sobre la mesa y dejando caer la cabeza en ellas, pestañeando con toda la intención del mundo.

Las mejillas de Riden se encendieron con un leve rubor, pero no pasó mucho para que me devolviera su mirada harta habitual antes de rodar los ojos.

—Vete a joder a otro lado —murmuró, haciéndome poner un puchero. Si eso había funcionado con Drake, ¿por qué no con el pequeño Massey?—. Anda a caminar con esas mierdas con Rush, Arabella —añadió cuando volvió a mirarme.

Hice una mueca de desilusión.

—En algún momento voy a encontrar algo que te haga caer por mí —le aseguré, ganándome las carcajadas del resto.

—Suerte con eso —dijo Rise por su hermano—. Ahora, volviendo al tema, ¿sigues dentro o de verdad necesitas que busque a más personas para esto? —me preguntó con seriedad.

Tamborileé los dedos contra la mesa, pensativa.

Llevar más personas nos cubriría el culo si las cosas se torcían, pero también implicaba exponer a quienes apenas se estaban desintoxicando del infierno de Foster.

Sabía que no podía protegerlos a todos. Pero si no llevaba refuerzos, al menos podía evitar muertes innecesarias. Y si las había, que no fueran por imprudencia.

—Sigo dentro —dije, firme—. No es necesario que traigas más soldatos.

Rise sonrió en cuanto esa palabra salió de mi boca. Y sí, lo noté.

La cuestión era que así Rush llamaba a los nuevos, y aunque reiteradas veces había dejado en claro que no me gustaba, la maldita palabrita se me pegó.

—Puedo limpiarme el culo con esos seis perros —me crucé de piernas, algo bastante confiada.

Porque era verdad.

Para misiones de alto nivel Harrison había invertido demasiado tiempo entrenándome. Ya había salido viva de misiones peores, así que, ¿por qué iba a cohibirme de jugar con perros de caza si conocía lo que era capaz de hacer?

—Eso es algo que pagaría por ver —dijo Drake, reclinándose en su silla con media sonrisa.

—¿Estás segura? —repitió Rise.

—Lo suficiente para asegurarte que si salimos sin un rasguño, vas a dejar al pobre tranquilo —le lancé una mirada a Nathaniel, señalándolo con la cabeza.

—¿Y yo qué tengo que ver aquí? —preguntó él, mirando de mí a su supervisor varias veces.

—Nada —cortó Rise, antes de que pudiera explicarle el trasfondo—. No eres divertida —me soltó con el ceño fruncido—, pero está bien. Acepto.

—¿Se van a poner a apostar con nuestras vidas en juego? —cuestionó Nathaniel, con los ojos bien abiertos.

—No has presenciado nada —suspiró Riden, ya de mal humor—. Acaben con sus pendejadas de una vez. Tengo cosas más importantes que hacer que estar sentado en una oficina rodeado de imbéciles.

—Vete a terminar el prototipo —le dijo su hermano mayor—. Lo probaré contigo más tarde.

Riden salió de la oficina a la velocidad de la luz, visiblemente aliviado por no tener que seguir con nosotros.

—Tú también, Wright. Tienes trabajo que hacer con el helicóptero. Necesito que esté listo antes del viernes. Y ya que Anderson está aquí, no veo por qué no pueda darte una mano.

—Lo que sé de naves aéreas lo sé de literatura inglesa, Rise —resopló Drake.

—En eso eres bueno también —le sonrió él—. Mueve tu culo y supervisa la prueba de vuelo del idiota, ¿quieres?

El rubio accedió con pesadez y salió de la oficina con Nathaniel pisándole los talones, dejándome sola con el mayor de los Massey que me observaba como si estuviera intentando descifrarme por dentro.

—Tu mirada está haciendo presión en mi cabeza, Rise. ¿Qué pasa? —cuestioné entre pequeñas risas, dirigiendo mi atención hacia él.

—Quiero hablar contigo.

—¿Por eso despejaste la oficina? —Él se encogió de hombros con aire inocente—. ¿De qué quieres hablar? —suspiré, meneando la cabeza.

—Rush.

Entrecerré los ojos.

—¿Por qué quieres hablar de Rush? —indagué despacio.

—Porque quiero que entiendas por qué es tan sobreprotector contigo —contestó, levantándose de su silla, agarrando el dobladillo de su camisa azul en el proceso.

Abrí bien los ojos al darme cuenta de que de verdad iba a desnudarse.

—Rise, si quisiera un stripper lo hubiese pedido hace días —dije, atorándome con las palabras al ver cómo se desnudaba con rapidez.

—Es insultante que no admires mi cuerpo como lo hacen las mujeres habitualmente —replicó, fingiendo ofensa y haciéndome reír—, pero no es por eso.

Se dio la vuelta.

Entonces, justo ahí el aire decidió abandonar mis pulmones.

No supe como solté un jadeo brusco al ver aquellas marcas grotescas que no había visto nunca, decorando su espalda, pero me escuché. Supe que había sido yo. Era la única persona en la oficina, ¿verdad?

Nunca supe porqué, pero con una lentitud sobrehumana me levanté de la silla. Di un paso. Otro. Justo hasta quedar justo detrás de él. Luego, extendí la mano con la intención de rozar esas marcas, pero me detuve a medio camino, dudando de cómo reaccionaría el mayor de los Massey ante mi tacto.

«Oh, Dios mío», mascullé internamente, incapaz de creer lo que estaba viendo.

—Puedes tocarlas, preciosa —murmuró él, como si hubiese sentido mi duda—. No duelen. Pasó hace años.

—Rise —su nombre salió de mis labios en un susurro lleno de algo que no sabía si era rabia, pesar o ambas cosas cuando mis dedos finalmente rozaron las cicatrices.

Las recorrí con una cautela absurda.

Cinco.

Cinco líneas rojas, ásperas, largas… Cinco historias grabadas en su piel que gritaban más que cualquier palabra. Recordaba lo que Rush me había dicho, que su nacimiento había sido complicado, lo sabía, tres meses antes de lo esperado. ¿Pero eso? ¿Aquello era parte de ese suceso?

Eso no venía del quirófano.

Eso venía de algo mucho más oscuro.

«¿Qué diablos le pasó?».

—Fue cuando mi madre estuvo embarazada —comenzó en voz baja, como si escarbara en su memoria con cada sílaba.

Hice una mueca. Cuando pasó el desastre en Nueva York, Rush no quiso extenderse en la historia de Rise, y aunque la curiosidad picaba con fuerza, no iba a obligarlo a contarme cosas que prefería callar. Pero ahora que quién me contaría la historia sería el protagonista, la curiosidad volvió con fuerza.

—Alexey no… no era alguien que quisiera hijos, y mucho menos con una mujer del personal, que trabajaba para él. Mamá trató de ocultarlo lo más que pudo. Sabía que él no quería ni se haría responsable, y justo en ese momento, Alexey estaba trazando su camino hacia la cima. Beniamino ya daba señales del cáncer, así que mamá decidió no decirle nada.

»Pero él no era ningún idiota. Se dio cuenta. La encaró, preguntándole si el hijo que esperaba era suyo. Mamá intentó negarlo una y otra vez, pero Alexey hizo cuentas. Ella no había estado con nadie más mientras compartía cama con él, así que la mentira no le duró ni un segundo.

»Quería que abortara. Ella se negó. Me quería tener.

»Alexey no se lo permitió.

Me tragué el aliento.

—Tenía seis meses de gestación cuando él decidió sacarme. A la fuerza —continuó, la voz algo más áspera ahora—. Drogó a mi madre, la ató a una camilla, y junto con su gente… me extrajo del vientre. Violentamente.

Me temblaban los dedos, pero no los retiré de su espalda.

—Mi mamá gritaba sin parar cuando la droga empezó a desaparecer justo mientras me jalaban hacia afuera —una risa seca, sombría, quebró el silencio—. Como si eso hubiese servido de algo.

»Cuando me tuvo en sus manos, tomó un cuchillo hirviendo y me hizo lo que estás tocando ahora. Después, me lanzó en brazos de mi madre y le dijo que si lograba sobrevivir, entonces me reconocería como su hijo. Porque según él, solo así nacían los verdaderos Montalbano.

En un respiro, una oleada de ira y determinación treparon por mi espalda mientras observaba las cicatrices de Rise.

Aquello era más que una línea cruzada.

¿Hacerle eso a tu propio hijo? ¿Sacarlo del vientre de su madre a los seis meses? ¿Y luego matarla como si fuera solo un maldito inconveniente?

Eso no era solo maldad, era algo peor. Algo inhumano.

Alexey ‘Ndrangheta era, sin lugar a dudas, un completo y jodido hijo de puta.

Apreté los labios con fuerza, tragándome toda la sarta de maldiciones que se agolpaban en mi garganta. No por falta de rabia, sino porque no quería hacer sentir peor a Rise.

No sabía qué decirle. No había consuelo que valiera.

Pero lo que sí sabía… es que a Alexey iba a hacérselo pagar.

Lento. Doloroso.

¡Rise era un maldito bebé! No tenía que haber pasado por eso, por ninguna maldita razón. Nunca. Y si existía justicia en este mundo, personalmente iba a encargarme de que Alexey la conociera.

Él no se merecía una muerte rápida. Y gracias al cielo, yo no era lo bastante samaritana como para dársela.

Rise se giró hacia mí.

Su mirada cargaba tanto dolor que ni la sonrisa ladina que intentaba dibujar podía esconderlo. La garganta se me cerró. No lo pensé. Salté a su pecho y me aferré a él, derrumbándome en el abrazo que me devolvía, mientras las lágrimas me brotaban salvajes, de rabia, de impotencia.

—Lo… siento —murmuré entre sollozos.

Sabía que no era mi culpa, que yo no había estado allí, que nada de eso había pasado por mis manos, pero si hubiese nacido antes, si lo hubiese conocido antes… habría hecho cualquier cosa por evitarle ese infierno.

Rush vivió con esto desde niño. ¿Cómo diablos había…?

—No es tu culpa, preciosa —farfulló, estrechándome más contra su cuerpo—. Pero necesito que entiendas esto.

Me separó con suavidad. Sorbí por la nariz mientras él me limpiaba las lágrimas que me escurrían sin freno.

La presión en sus ojos verdes me partió el alma en fragmentos diminutos.

Tragué grueso, luchando por no romperme otra vez.

—Yo no sabía qué era lo que me había pasado hasta que la madre de Anaís… —hizo una pausa—. No sé si te acuerdas de la chica que nos atendió aquella vez en casa de Alexey.

Asentí con lentitud, claro que la recordaba. Le grité como una desesperada para que me dejara salir de esa maldita habitación cuando Rush me dejó ahí para enfrentarse a Alexey. Cómo olvidarla.

—Sí —dije con voz ronca.

—Su madre fue quien me mostró el video y me explicó qué había pasado con las cicatrices de mi espalda.

Y con eso, lo que quedaba de mi corazón se astilló en mil formas que no sabía que existían.

¿Un video?

¿Había un puto video de eso?

La oleada de furia que me había sacudido antes regresó con más fuerza. La vena de mi cabeza empezó a latirme con violencia.

—Y no me lo mostró solo a mí —añadió con amargura—. También a Rush. Él llevaba años preguntándoles a Alexey y a Katherina qué había pasado conmigo… pero cada vez le daban una versión diferente.

A tientas, busqué una silla.

Tenía que sentarme. Necesitaba asimilarlo.

Eso y respirar.

Era más información nueva, pero jamás imaginé que pudiera dejarme tan jodidamente aturdida.

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