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1. Let's Play - Capítulo 30

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30: 28 30: 28 Comunicación, golpes y migrañas Ese era el problema: cuando la apuesta subía demasiado, la mente pedía terminar la partida —¿Qué pasó cuando se enteró?

—logré preguntar, justo cuando Rise me sentó con delicadeza en su silla.

Se colocó la camisa en un movimiento rápido antes de tomar asiento frente a mí.

Me sujetó las manos con las suyas, dándome un apretón reconfortante.

Sus ojos verdes todavía brillaban con un dejo de dolor, pero ahora era la ira y la ironía lo que predominaba en su mirada.

—Alexey terminó en el hospital privado y Katherina, su madre, con un puñal clavado en el pecho —respondió sin la menor pizca de preocupación, dejándome ver de paso que él y Rush no compartían progenitora.

Conocía ese detalle, pero que él me lo hubiese dicho así, sin más, hizo que mi corazón se derritiera.

Porque Rise confiaba en mí lo suficiente como para compartirlo.

Porque ese tipo de información no se daba así como así.

Se ganaba.

Y yo lo había hecho.

¿Cómo?

Esa era la pregunta.

Aún así, tuve la audacia de quedarme atónita.

No por el nuevo logro desbloqueado, sino por la enfermedad mental que esa mujer tenía.

¿Por eso ella tenía esa cicatriz en el pecho?

¿Por eso la lucía como si fuese un jodido trofeo?

¿Acaso estaba feliz de que su propio hijo intentó matarla?

—Él tenía solo quince años.

Nunca había visto a una persona moverse tan rápido y tan letal como Rush ese día —la mirada de Rise se perdió, viajando al recuerdo—.

Parecía una sombra.

Una maldita sombra negra y veloz que derribaba a cada soldato de Alexey que se atrevía a cubrirle el culo.

Desde aquel día, Rush les juró a ambos que si volvían a ponernos un dedo encima, iba a terminar lo que había empezado y sin la piedad de dejarlos vivos.

Apreté sus manos.

La historia hacía eco en mi cabeza, tan vívida que podía oler la sangre, el metal y el silencio de aquel día.

—Pero… ¿por eso me sobreprotege tanto?

—pregunté, intentando comprenderlo todo—.

¿Por lo que tú pasaste?

Rise rió por lo bajo.

—Preciosa, mi hermano te protege así porque no quiere que termines herida como yo, o peor.

Puede ser condenadamente feliz cuando lo enfrentas, cuando lo pateas en todos los sentidos, cuando lideras y callas bocas, pero, ¿dejarte ir sola a enfrentarte con los perros?

¿Verte confiando demasiado en los demás sin que te preocupes en ti misma primero?

Eso lo está matando.

—Desconfía de mí —susurré, bajando la mirada, entregándole a Rise la ansiedad que me carcomía por dentro.

Tenía que soltarlo o me volvería loca.

Rise era el único capaz de entenderlo.

Porque, francamente, dudaba que Riden me tirara algo que no fuera un seco “deja de joder”.

—No, no lo hago —su voz llenó la habitación.

Rise soltó una risa baja mientras me enderezaba en la silla.

—Por favor, dime que no es él —le dije, apretando sus manos con fuerza sin siquiera voltear hacia la puerta.

—Les doy un momento —anunció Rise, levantándose de la silla.

«Voy a matarlo cuando pueda», juré, inundada en vergüenza.

Antes de irse, depositó un leve beso en mi cabeza—.

Seguiremos esto después —me susurró y me dejó sola con mi espécimen.

Respiré profundo, inhalando el olor corporal de Rush cuando mi vergüenza se sentó justo donde estaba Rise, frente a mí.

Alcé la vista y me topé con esos ojos grisáceos que hacían estragos mis bragas.

—¿Cómo puedes pensar eso?

—inquirió, yendo directo al grano.

Mi corazón dio un vuelco al notar la desilusión que le destellaba en la mirada—.

¿Alguna vez te he hecho dudar de que confío en ti?

Su voz me estaba matando, pero necesitaba sacar la preocupación y la molestia antes de que me destruyeran por dentro.

—Tus acciones…

—Princesa, lo único que quiero es protegerte —me interrumpió, cansado—.

¿Sabes lo que significas para mí?

¿Te haces una idea de cuánto ardería el mundo si te pierdo?

—¿Mi corazón sobreviviría a semejante confesión?—.

Arabella, te buscaría hasta en el mismísimo infierno solo para tenerte a mi lado toda la vida.

¿Cómo no puedes verlo?

«Oh…

por…

Dios…».

—Sé que eso quieres, pero me estás ahogando —me sinceré, dejando que sus palabras se clavaran aún más profundo—.

Rush, no necesito un hombre con armadura brillante que venga a salvarme.

Nunca lo necesité, ni lo necesitaré.

Lo que necesito es alguien que pueda seguirme el ritmo, apoyarme y barrer el mundo conmigo hasta dejarlo en cenizas para conseguir lo que se necesita si hace falta.

»Te amo, pero no porque piense que vas a salvarme —respiré hondo, perdiéndome en ese torbellino que eran sus ojos—.

Te amo porque sé que harás todo lo que esté en tu mano para hacernos flotar sobre cualquier adversidad que nos topemos.

Te amo porque me discutes cuando crees que estoy equivocada.

Te amo porque, para ti, soy tu igual.

No menos, no más.

Y eso me encanta.

»Desde que llegamos de Nueva York me tratas como una bendita vajilla de cristal y eso me está volviendo loca.

Lo he dejado pasar un par de veces porque has sabido disimularlo con ciertos gestos, pero hoy…

—gemí exasperada, poniendo los ojos en blanco—.

Hoy cruzaste la línea.

Así que te pregunto, ¿hay algo que me debas decir para justificar ese extraño y asfixiante comportamiento?

Rush guardó silencio un par de minutos y negó con la cabeza.

Cerré los ojos y maldije en silencio.

¿Cuántas oportunidades necesitaba darle para que fuera sincero conmigo?

¿Qué demonios estaba ocultando?

—No es mi intención ahogarte, princesa —dijo lento, cambiando el tema—.

Solo quiero protegerte, pero si mis acciones te asfixian…

—Quiero que me sigas tratando como tu igual, Rush —lo interrumpí, abriendo los ojos para encararlo—.

Basta de tratarme como si fuera una princesa en busca de su caballero de brillante armadura —repetí—.

No soy una princesa.

Él levantó una ceja y soltó una sonrisa pequeña.

—Para mí, lo eres —murmuró, sacándome de la silla para ponerme a horcajadas de él—, pero empiezo a darme cuenta que no eres una princesa cualquiera.

Eres… Diría que compites por el puesto de Mulán —sus nudillos acariciaron mi rostro con suavidad y sus palabras me hicieron reír hasta casi explorar una fuga de pis—.

Perdóname.

Respirando hondo, ladeé la cabeza, apoyando la mejilla en su mano abierta.

—Disculpas aceptadas —susurré, dejando escapar una risita—.

Pero, solo para que sepas, Mulán no es una princesa.

Rió entre dientes, pero asintió.

Quise hablarle sobre Rise, sobre su historia, decirle muchas cosas que tenía en mente sobre el hijo de perra de Alexey, pero me mordí la lengua.

Sabía que el tema de por sí era delicado para él, además no quería opacar el ambiente cuando no tenía idea de qué tanto tiempo él había estado escuchando mi conversación con su hermano.

—Me gusta cuando estamos bien —dijo, suavizando la mirada.

Eso me dio mucha más razón para meterme el tema por dónde no daba el sol y quizás comentarle mis pensamientos coloridos cualquier otro día—.

Aunque preferiría arreglarlo con folladas.

Mordí el labio para contener la risa.

—¿Mataste ya a Harrison?

—cambié rápido de tema.

Si seguía dándole alas, seguro terminaba follándome encima del escritorio…

otra vez.

—Todavía no —su expresión se ensombreció—.

Quiere hablar contigo cuando termines con Rise.

Tiene varias cosas por decirte.

Entrecerré los ojos hacia él.

—Supongo que no estás de acuerdo con lo que tenga que contarme, ¿no?

—Supones bien —se encogió de hombros—.

Ahora, ¿cuándo pensabas contarme que tienes una vendetta jurada contra el líder de los Cani?

Me dejé caer en su pecho.

Él me envolvió en sus brazos con gusto.

—Nunca pensé que volvería a verlo, y ni idea de que era cabeza de uno de los grupos más sanguinarios de tu padre, cariño —le respondí con sarcasmo.

—Puedo, realmente puedo, quedarme así toda la vida —murmuró contra mi cabello.

—Lo sé —Dios, estaba hundida—.

¿Sabías que Drake volvió?

—Pero Zacharias no —no preguntó, solo afirmó.

Asentí y rió por lo bajo—.

Kendall debería haberlo dejado hace tiempo.

Debí haber pensado en eso primero.

Esbocé una sonrisa.

—¿Está mal que también celebre eso?

—Lo mejor que nos pudo pasar es que Zacharias dejara de pisar Chovert, princesa.

—Bueno, ahora esto es una escena que guardaré en una foto por el resto de mi vida y compartiré con los demás, porque estoy seguro como el infierno que no van a creerme si nada más lo comento —dijo esa voz con regocijo en cada palabra.

«¿Qué?».

Me enderecé, saliendo del pecho de Rush sin voltear para ver quién hablaba.

«Oh, mierda.

¿Él también?».

El espécimen me lanzó una mirada y alzó las cejas, pidiendo una explicación muda.

—¿Alto, moreno, ojos cafés y sonrisa estúpida pegada en la cara?

—le pregunté.

Rush desvió la mirada hacia la persona detrás de mí.

—Para altas tengo varias cosas, y ninguna es él —chasqueó la lengua—.

Se ve imbécil, petulante y arrogante —contestó con desgana—.

Deberías dejar de juntarte con gente que rebaja tu estatus, princesa.

Tosí para ocultar una risa estrambótica.

El espécimen dibujó una sonrisa burlona en la comisura de sus labios.

Suspiré y me levanté de las piernas de Rush para enfrentar a mi dolor de culo personal, a quien llevaba más de cinco años soportando.

—¿Me extrañaste?

—preguntó Levine, haciendo un baile con las cejas desde el marco de la puerta, apoyado con los brazos cruzados.

—¿Quieres que te responda a la manera habitual o es mucho para ti?

—inquirí, con las manos en la cadera.

—¿En esta pocilga hay lugar para tu sentimentalismo?

—replicó, resoplando.

Sentí a Rush detrás de mí.

No me giré.

Desde lejos podía notar su renuencia y ganas de asesinar a mi entrenador personal.

Levine miró al espécimen con aburrimiento, aunque pude notar un leve destello de curiosidad en sus ojos.

Sacudí la cabeza.

¿No podía dejar pasar el chisme por una vez en su vida?

Pasé de Levine, saliendo de la oficina de Rise con una mezcla de nostalgia flotando en mi pecho y excitación chispeando en mi piel.

Tenía demasiado tiempo sin jugar con Levine y ya me estaba babeando por ello.

Sabía que me seguía, así que no me molesté en mirarlo hasta que llegué a la sala principal de boxeo.

Como era de esperarse, estaba repleta de gente, pero señalé uno de los cuadriláteros.

Ese, precisamente ese, siempre se mantenía vacío para mí cuando decidía entrenar con mi equipo gracias a Rush.

Caminé directo hacia el cuadrilátero, saludando a los soldatos que ya conocía, y a algunos nuevos también.

No tardé en entender por qué la mayoría se mantuvo a raya cuando llegué a las escaleras del ring.

El espécimen se apoyó contra las cuerdas y me ayudó a colocarme los guantes con una mirada que gritaba interés.

Levine se rió al ver la escena, pero no soltó ni una sola de sus típicas pullas.

En cambio, entró al cuadrilátero separando las cuerdas con sus guantes ya puestos.

—¿Quieres hacerme los honores de árbitro o llamo a alguien con menos cara de homicida?

—le pregunté a Rush mientras él apretaba los guantes y yo me deshacía de las botas con los pies.

—¿Puedo romperle el cuello si se pasa de listo?

—negué con la cabeza entre risas.

Él chasqueó la lengua, algo malhumorado—.

Le quitas toda la diversión a las cosas —masculló, y me dio un beso en la frente—.

Ve con todo, fiera.

Lo atraje hacia mí para chocar su boca con la mía en un beso corto pero cargado.

—Es de la suerte —dije al separarme, entrando al cuadrilátero.

Levine me esperaba contra las cuerdas con su típica mirada curiosa.

—Espero que no hayas perdido la costumbre de perder, precioso.

—Revolcar tu culo en la lona seguirá siendo de mis pasatiempos favoritos, princesa —enfatizó el apodo de Rush con burla, buscando picar.

Nos encontramos en el centro del ring y chocamos los guantes.

La energía en la sala era eléctrica, y no pude evitar sonreír.

Aunque había pasado tiempo desde nuestro último combate, la conexión seguía allí, intacta, expectante.

—¿Listo?

—le pregunté, mirándolo fijo.

—Demuéstrame que no has perdido el toque, pequeña chudovishche —me devolvió la mirada con una sonrisa desafiante.

Rush no esperó más.

Sonó la campana.

Primer round.

Solté el primer golpe que resonó por toda la sala de entrenamiento.

Le había dado en el hombro, justo porque alcanzó a esquivar el que iba directo a su cara.

Los suyos llegaron rápido, buscando rendijas en mi defensa.

Conectó varios en mis costados, pero estaba acostumbrada a sus golpes bajos, por lo que su suerte no duró mucho.

Me alejé justo lo suficiente para estudiar sus pies.

Reconocí su postura y ataqué por su izquierda, encajando un derechazo en su pómulo.

Solté una carcajada eufórica cuando su mirada se oscureció lo justo como para responderme con violencia.

Los viejos tiempos habían regresado, y aquellos momentos en los que me entrenaba, llena de adrenalina, estaban siendo revividos con cada golpe que mi entrenador me lanzaba.

Levine encontró un hueco en mi defensa, por lo que me tomó de los brazos, intentando derribarme con una llave.

Logré evadir su armbar invertida justo antes de besar el piso.

Le fruncí el ceño.

Iba a desgarrarme el cuello junto con el codo si no me mantenía a la distancia adecuada, y él lo sabía.

—Estás jugando sucio —le espeté, jadeando.

—¿Desde cuándo jugamos limpio, chudovishche?

—bufó entre respiros—.

Deja de quejarte y ataca como sabes.

Estás floja.

¿Segura que el trato de princesa no te está ablandando?

—Levine —gruñí, mientras de reojo notaba a Rush aferrarse a las cuerdas con los nudillos blancos.

Estaba a un mal gesto de matarlo.

—Estás lenta —insistió Levine, sujetando mi codo para intentar otra vez la maldita llave—, y desenfocada —cruzó las piernas y me hizo caer, aprisionando mi espalda con ellas—.

Nunca me habrías dejado llegar tan lejos, Arabella.

¿Así piensas caerle encima a Dardan?

Me das pena.

«Maldito».

Vi rojo de un momento a otro.

Me olvidé del sudor que corría por mi frente, del dolor de huesos y de ser amable.

Era imposible salir del armbar de Levine, pero salí.

Lancé golpes a su cara una y otra vez, logrando que sangre brotara en cada impacto.

Torcer extremidades siempre había sido un dolor excitante para mí, por eso la twister que planeaba hacerle a Levine iba a disfrutarla jodidamente demasiado.

La emoción subió como espuma y contagió a los soldados que nos observaban.

Empezaron a formar una multitud alrededor del ring.

Escuché gritos de aliento y murmullos de asombro llenar el aire mientras maniobraba para que Levine quedara tan de frente a mí como fuera posible.

Y me lo puso fácil.

Al evitar que mis golpes terminaran en su cara o en sus costados, dejó abierta la puerta: entrelacé mis piernas a su cuello y lo arrastré al piso conmigo.

Lo necesitaba de frente, pero él no dejaba de forcejear.

Sin embargo, su resistencia duró poco.

Inmovilicé sus piernas, pegué su espalda a mi pecho, sujeté su barbilla como pude —malditos guantes— y la giré en dirección contraria.

Su grito retumbó en la sala de entrenamiento cuando giré su cuello con violencia, a punto de romperlo en dos.

Si no se rendía ahora, no me iba a hacer responsable de su ingreso al área médica de Justine.

Mi paciencia no era infinita y él lo sabía.

Por eso, con la mano libre que usaba para intentar liberarse, golpeó el piso tres veces.

Se rindió.

Pero para ese punto, mi cabeza ya estaba dividida entre soltarlo… o terminar con su mísera existencia.

Mis brazos seguían apretando su cuello, inclinándose por la segunda opción.

Hasta que aquellos ojos azules se hicieron presentes en mi campo de visión, centellando con una orden directa.

Solté a Levine de inmediato.

Apenas lo hice, el tumulto de gente estalló en aplausos, aclamando mi nombre, colgándose de las cuerdas del ring.

Mi respiración era pesada cuando me levanté del suelo.

Harrison no tardó en sujetarme la barbilla entre sus manos, con una brusquedad que me hizo tensarme.

—Ibas a matarlo —dijo furioso—.

¿Qué demonios está mal contigo?

—Está pasando otra vez —murmuré como pude, fijando mis ojos en los témpanos de hielo que eran los ojos azulados de mi jefe.

Las facciones de Harrison se oscurecieron porque sabía el gran inconveniente que había detrás de mis palabras.

No era la primera vez que esa extraña oscuridad se apoderaba de mí, susurrándome que terminara con la vida de alguien cuando estaba en mi punto más alto de adrenalina.

Por eso él me había dejado con Levine desde un principio.

Había lidiado con problemas así de otras personas con las que trabajaba y sabía qué hacer conmigo y con mi maldito problema… hasta que se dio cuenta de cuánto abarcaba esa oscuridad en mi cabeza.

Probamos de todo: entrenar todos los días, mandarme a misiones lo suficientemente sanguinarias como para calmar mi apetito… Nada funcionó.

Curiosamente, lo que sí me calmó fue desatar mi ira con el saco de boxeo.

Levine se echó a reír cuando la solución estuvo todo el tiempo frente a nuestras narices.

Me recomendó hasta tres veces al día.

La cuestión es que sí, sí había aplacado mi sed, pero no duraba lo suficiente.

No bastaba.

La enfermedad seguía ahí, palpitando dentro de mí como una bomba que no sabía cuándo iba a explotar.

Logré controlarla durante un periodo de tiempo, pero desde que me enfrenté con Caleb aquella vez, supe que estaba empezando a repetirse el ciclo.

Y esta vez, se me estaba yendo de las manos.

—¿Qué pasa?

—cuestionó Rush.

Su tono sonaba impasible, pero sus manos no lo eran: me tomó por la cintura y me apretó contra su pecho, separándome de mi jefe.

Harrison le dedicó una mirada furiosa, y luego señaló con firmeza a la multitud que seguía festejando mi victoria.

—¡Piérdanse!

—bramó el espécimen con autoridad.

No necesitó repetirlo.

Solo pasaron unos segundos para que la sala quedara del todo vacía y en silencio.

Mordí el interior de mis mejillas.

Se me hacía de muy mal gusto que les retrasaran sus entrenamientos o les cancelaran las horas libres por mí, pero me aguanté las quejas.

Estaba bastante segura de que, si abría la boca y soltaba alguna, ambos iban a terminar matándome.

—Levántate y deja de rodar como marica —le exigió Harrison al cuerpo de Levine, aún en la lona—.

¡Arréglala!

No puede estar matando a todos por doquier, mierda.

—Llévalo con calma —replicó Levine, levantándose del suelo.

Se deshizo de los guantes y empezó a frotarse el cuello—.

Ella ha dejado de lado su necesidad permanente con el saco, y me gané lo peor de su oscuridad.

—Arregla esta mierda —sentenció Harrison, apuntándome por última vez antes de bajarse del cuadrilátero y salir de la sala de entrenamiento.

—¿De qué está hablando?

—susurró el espécimen en mi oído, haciéndome cosquillas.

Miré a Levine y le di una confirmación silenciosa.

Él sabría explicárselo mejor que yo.

—Nuestra chudovishche tiene un problema con su sed de sangre descontrolada —respondió él, y se rió justo cuando Rush soltó un gruñido rabioso—.

Mental, de herencia o porque simplemente se crió en las calles, Arabella no puede controlarse cuando su adrenalina está al mil por ciento y tiene el cuello de alguien entre manos.

Puede que sea hereditario porque con el Boss es lo mismo, pero ambos tienen una enfermedad a la que llamamos “oscuridad”.

»Esta se aferra a ellos justo cuando, repito, están en su punto más alto de adrenalina y tienen la vida de una persona temblando entre los dedos —continuó, señalando la férula en la mano izquierda de Rush—.

Creo que por eso tú no tienes una mano buena… y te apuesto a que no es la primera que rompe.

—¿Cómo lo controla?

—quiso saber el espécimen, apretándome más contra su pecho.

—Sacando toda su mierda con el saco.

Cuatro veces al día, mínimo.

Con tres va decente —suspiró, encogiéndose de hombros—.

No sabía que había dejado de hacerlo, y me gané el casi quedarme sin cuello.

—Lo siento —murmuré, avergonzada.

Iba a matar a mi entrenador y ni siquiera sentía una pizca de remordimiento en el pecho.

¿Vergüenza?

Sí.

¿Remordimiento por casi reventarle el cuello como si fuese un apio?

Nope.

—No tienes que disculparte, chudovishche…

No lo vi venir.

Él tampoco.

Honestamente, dudaba que alguien lo hubiese visto venir.

El cuerpo de Levine se desplomó de golpe, del todo noqueado por un puñetazo en la sien por parte de Rush.

Me dejó preocupada por la salud de mi entrenador, pero antes de que pudiera ayudarlo, ya me estaba arrastrando fuera del ring.

«Sí es una maldita sombra».

Ese pensamiento cruzó como un rayo por mi cabeza, recordando la historia de Rise.

—¡Rush!

Tengo que ver si está bien —rebatí, intentando zafarme de su agarre mortal.

—Te apuesto a que no es la primera vez que lo noquean.

Ahora sigue caminando —respondió sin aflojar ni un poco su agarre.

Me arrastró hasta su oficina otra vez y me depositó en su silla.

Rise nos estaba esperando ahí, junto a Jus y Kendall.

—¿Puedes decirme por qué diablos lo noqueaste?

—cuestioné con lentitud mientras me quitaba los guantes de boxeo.

—Me jode que te llamen de esa maldita manera —replicó sin un ápice de remordimiento cuando se sentó a mi lado.

Inspiré hondo y dejé caer la cabeza contra el respaldo de la silla, intentando con todas mis fuerzas no sonreír.

¿Podía colocarse más posesivo conmigo o ya había tocado techo?

—¿Quién noqueó a quién?

—preguntó Kendall, divertida, sentándose al frente de mí.

—Rush a Levine —respondí en un susurro, con los ojos cerrados.

La cabeza, por alguna extraña razón, comenzaba a martillarme.

—¡¿Levine está aquí?!

—gritó Kendall.

Hice un mohín y quise ahorcarla.

Sus chillidos no le venían bien a mi dolor de cabeza.

Me masajeé las sienes una y otra vez—.

¿Bells?

¿Estás bien?

Sentí la silla girarse de golpe.

—¿Princesa?

—me llamó Rush—.

Princesa, mírame.

Intenté abrir los ojos… pero no pude.

Se sentían pesados.

Y mi respiración, entrecortada.

—¡Bells!

—gritó mi mejor amiga.

—¡Mueve tu culo y llévala a la enfermería!

—alcancé a escuchar la voz de Rise, difusa, como si me llegara desde muy lejos.

♦ ♦ ♦ Me desmayé.

Lo supe porque cuando desperté, estaba en la habitación donde usualmente me inyectaban los multivitamínicos por vía intravenosa.

La cabeza aún me palpitaba, aunque no tan terrible como antes.

Iba a repetir el proceso de masajearme las sienes cuando sentí unas manos tomar las mías con delicadeza.

Alcé la mirada, encontrándome con unos ojos grises, inundados de preocupación.

—Nos asustaste —fue lo primero que dijo.

—¿Cuánto tiempo esta vez?

—quise saber.

«Por favor que no hayan sido días.

Por favor».

—Cuatro horas —respondió en un murmullo cargado—.

Justine hizo un trabajo impecable, debo decir.

—¿Qué pasó?

—Tuviste una de tus migrañas, aunque esta fue más fuerte.

Te desmayaste —pasó sus pulgares por mis manos, con cuidado—.

Rise fue quien te trajo hasta acá.

Yo…

yo me congelé.

Lo siento, princesa —su tono de voz me estaba matando.

—Oye, no es tu culpa —le dije—.

Estoy bien.

De una pieza.

Puedo seguir jodiéndote la vida.

No tienes de qué preocuparte.

Rush me dio una sonrisa, pero era obvio que no le llegaba a los ojos.

Suspirando, me dispuse a levantarme de la camilla, pero me lo impidió.

—¿A dónde crees que vas?

—A seguir con mi día, mi amor —solté mientras me quitaba la intravenosa del brazo—.

No es la primera vez que me pasa, ¿si recuerdas?

—Princesa…

—Estoy bien, Rush —mentira.

La cabeza seguía siendo un maldito fastidio y las extremidades no me estaban respondiendo como debían, pero primero muerta antes que quedarme todo el jodido día tirada en una camilla, viendo el techo—.

Te dejo que me sigas a todos lados si eso te permite respirar con alivio, pero estoy bien.

Rush entrecerró los ojos por unos segundos antes de gruñir a regañadientes.

Él estaba más que consciente de que me iba a salir con la mía, estuviera presente o no.

—Seré tu sombra todo el jodido día.

Nada de entrenamientos, clases de C8, ni patear traseros de nuevos soldatos hasta que Justine me dé un resumen completo asegurándome que estás en perfecto estado como para seguir con lo demás.

—¿Entonces qué se supone que haga en todo el día?

—me quejé.

Tenía entrenamientos pendientes.

No podía tan solo dejarlos a un lado.

—Como quedarte acostada no lo consideras una opción, vamos a ponerte al día con Rise y los demás —entrelazó su mano con la mía cuando me ayudó a levantarme de la camilla.

—No me gustan las reuniones.

—Siempre queda la opción de quedarse en cama…

Resoplando, me encaminé con él una vez más a su oficina.

Saludé a varios chicos que conocía y que me devolvieron el saludo, pero ninguno se acercó a sacar conversación.

Suspiré mentalmente, recordando que la mayoría le tenía miedo a Rush y, si él estaba detrás de mí como mi sombra, nadie —por lo que restaba del día— iba a dirigirme la palabra.

Ya para cuando cruzamos el umbral de la entrada de la oficina, todos los que se encontraban dentro dirigieron sus miradas hacia mí.

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