1. Let's Play - Capítulo 31
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31: 29 31: 29 Entre migajas falsas y amenazas reales El juego había dejado de ser un entretenimiento Rush —¿Nunca han visto a alguien resurgir de entre los muertos?
—comentó mi novia haciendo su entrada triunfal para sentarse al lado de mi silla.
Me senté a su lado cuando Rise se echó a reír.
—¿Cómo lo convenciste para que siquiera te dejara colocar un pie fuera de la enfermería?
—inquirió mi hermano haciendo reír al resto.
—Tengo un lacayo por lo que resta de día —respondió plasmando con soltura una de sus clásicas sonrisas que me volvían loco.
«Maldita sea».
No me importaba ser su sombra todos los condenados días si eso conllevaba tenerla sonriendo justo así.
Atrapé su mano entrelazándola con la mía de nuevo cuando Harrison llegó a la oficina seguido de Levine.
Dejé que una sonrisa se deslizara despacio por mis labios cuando me percaté del moretón que tenía el pedazo de mierda en su sien.
Harrison se sentó en el otro extremo de la mesa con Levine al lado luego de observar a Arabella con una fruncida de labios.
Sonreí aún más cuando Levine ni siquiera levantó su vista para enfocarme.
Se merecía más por ser un pedazo de mierda.
—Riden y yo ya probamos el prototipo de la bomba —empezó a hablar Rise cuando estuvimos completos—.
Funciona espectacular y Drake supervisó la prueba de vuelo de Nathaniel.
La pasó sin inconveniente alguno.
—¿Incluso las maniobras de escape?
—inquirí.
—Todo —aceptó Rise.
Asentí.
Sabía que Nathaniel era excelente piloteando cualquier cosa en cielo y tierra, pero tenía que asegurarme—.
De aquí al viernes tenemos tiempo para que te recuperes lo suficiente, preciosa —le guiñó un ojo a mi novia.
Me tensé pero acallé cualquier protesta que iba a soltar.
Le había prometido tratarla como mi igual y yo también hubiese querido ir al operativo aunque me encontrara ahogado en la mismísima mierda.
—Pero sí necesito que mañana me acompañes para probarte el equipo con el que vas a trabajar el viernes.
—Estaré en tu oficina a primera hora de la mañana —prometió ella.
—¿Qué es lo que se va a transportar desde el edificio?
—cuestionó Harrison, cambiando el tema con intención clara.
—Aún no lo sabemos —le respondió Rise.
—Presumimos que es un gran movimiento de NCT-Θ17, pero estamos tratando de averiguar para quién es.
Las drogas que se crean en los laboratorios exclusivos de la ‘Ndrangheta no son algo que se les reparta a todo el mundo y que Alexey lo esté haciendo es peligroso —secundó Riden, en su tono habitual, seco y sin adornos—.
Si logramos reducir el edificio hasta sus escombros, quizás, en el proceso, podamos descubrir quién recibiría el encargo.
—Mucho más peligroso cuando son tantos kilos —dijo Arabella, mordiéndose el labio inferior mientras repasaba la información de la carpeta que Rise le había dejado sobre la mesa—.
Quien sea que los espere debe de ser del primer eslabón de la pirámide.
—La mafia holandesa está demasiado ocupada en mantener su culo fuera del radar del Boss —intervino Levine, mirando únicamente a mi novia—.
Puede que se haya querido enlazar con Alexey.
—De Vries nunca entablaría relaciones con Alexey si no tuviera algo que de verdad quisiera proteger —accedió ella, pensativa—.
¿Qué más que pactar la sobrevivencia de sus rutas con abrirle camino a Alexey mientras él les cubre el culo?
—Hasta el momento, disponemos del apoyo de los Nostravik, Las Tríadas, The GZT, el Cartel del Golfo y la mafia palestina —enumeré, soltando la mano de Arabella para apoyar los codos en la mesa—.
Tengo reunión…
—¿Cómo conseguiste que la 394 aceptara estar de nuestro lado?
—interrumpió mi novia, con auténtica sorpresa—.
Es jodida de convencer.
Le regalé una sonrisa.
—No cuando lo que más quieren mover en sus clubes es la droga de la ‘Ndrangheta —contesté—.
La mafia palestina fue una de las primeras en cambiar de bando sin pensarlo dos veces.
Son quienes nos están facilitando el armamento necesario para cargar parte del depósito.
Convencerlas no me costó ni veinte minutos.
Había sido fácil, para ser honesto.
Dejé todo sobre la mesa, sin adornos, sin promesas vacías.
Lo que les ofrecí era simple, claro, y precisamente lo que necesitaban.
No costó, no fue un dolor de culo.
Ellos ganaban.
Yo ganaba.
—Necesitamos más gente —apremió Harrison—.
Nóvikov no va a quedarse entretenido por siempre con marcar y asesinar puntos importantes para él.
Sabiendo que no tiene los contactos que nosotros sí tenemos, no pasará mucho antes de que lo sintamos respirando en la nuca.
—Tengo una reunión con el comité alemán en un par de horas, y La Kaya todavía me debe una respuesta —suspiré, dejando que la frustración se notara—.
No es suficiente, lo sé, pero tener contactos del primer eslabón ya es algo.
—¿Arabella?
—Harrison dirigió su atención hacia mi novia.
Ella aún hojeaba con la mirada perdida el documento del operativo.
—Puedo lograr que la mafia israelita nos preste su apoyo completo —sentenció al fin, alzando la vista.
Me sorprendí.
Rise, Riden y yo habíamos estado los últimos seis días intentando que los Mizrahi cambiaran de opinión.
Demasiado independientes.
Demasiado metódicos.
¿Qué diablos tenía Arabella que haría que aceptaran sin dudarlo?
Esa duda se volvió más punzante cuando mi novia le dirigió una mirada extraña —demasiado cargada, demasiado íntima— a Levine.
Y él, al notarlo, entrecerró los ojos hacia ella con expresión indescifrable.
—No.
—Sólo tienes que hablar con ella —insistió Arabella, decepcionada.
—No.
—Levine…
—He dicho que no —la fulminó con la mirada—.
Es una maldita perra, y no tengo intenciones de volver a desgastarme por un dolor de cabeza con patas.
—Es tu prima —reprochó ella con frialdad.
—Es una.
Maldita.
Perra —repitió, despacio, marcando cada sílaba con veneno.
Harrison soltó una maldición por lo bajo.
Supuse que acababa de entender a qué se refería mi mujer.
Miré a mis hermanos, confirmando que no era el único que se sentía perdido.
Y no.
No lo era.
—Necesitamos esto —le rogó Arabella, sacando a relucir su carta más sucia: el puchero.
El maldito puchero.
Casi al instante, mi vista se deslizó a la cara de Levine.
Estaba mirando con demasiado deseo la boca de Arabella, y yo no tenía ni un solo problema en recordarle —del modo que él prefiriera— a quién le pertenecía.
Ningún.
Puto.
Problema.
Levine tragó en seco e inhaló profundamente.
—Eres una maldita —masculló, rindiéndose a la petición de mi novia.
Ella sonrió satisfecha, triunfante, apoyando su cabeza en las manos, con los codos sobre la mesa y batiendo las pestañas con un descaro seductor.
Sabía que no podía verme, pero aún así le lancé una mirada cargada de reproche.
Esa mierda solo la hacía conmigo, no con cualquier pedazo de basura con el ego hinchado.
«Estoy tan jodido por ella como un baboso de trece años, maldita sea».
¿Qué demonios me pasaba?
Tenía que empezar a superar el impulso de querer partirle la cara a cualquiera que la mirara dos segundos de más.
Si seguía así, me iba a quedar sin soldatos antes de que Alexey pudiera siquiera intentar matarlos.
—¿Eres pariente de Kaela Mizrahi?
—preguntó Riden, con un dejo de sorpresa que lo delataba por completo.
«¿Él qué?».
Estaba impresionado.
Sí.
Pero no pensaba demostrárselo a nadie, y menos al pedazo de mierda sentado frente a mí.
Había oído rumores que la cabeza de la mafia israelita aún conservaba un pariente vivo, pero ni aunque el infierno se hubiese congelado habría creído que ese pariente fuera Levine.
—No.
—Sí lo es —suspiró Arabella—.
Es el único miembro que los Meyer no pudieron exterminar.
La historia me era familiar.
El conflicto entre los Mizrahi y los daneses era de vieja data.
Stefan Meyer había liderado la cacería para aniquilar a los Mizrahi años atrás.
Masacró a casi toda la línea principal… menos a una.
Kaela.
Ella no solo sobrevivió.
La mujer se convirtió en una maniática de sangre.
Dominaba a los Mizrahi con puño de hierro.
Mataba por placer o por puro aburrimiento, también.
Cazó uno por uno a todos los responsables del exterminio de su familia y dejó a Meyer para el final.
Lo que le hizo aún se comentaba como leyenda.
Exagerado o no, Kaela logró en menos de dos años lo que a muchos les costaba décadas: convertirse en un nombre que se susurraba con miedo.
Así que saber que Levine era un sobreviviente más de ese linaje era toda una sorpresa.
Desagradable, pero sorpresa al fin y al cabo.
Si jugábamos bien nuestras cartas, podríamos tener a una de las mafias más sanguinarias de nuestro lado con el armamento, la impunidad y la amenaza necesaria para encarar a Nóvikov y terminar de enterrar a Alexey diez metros bajo tierra.
—Arabella hablará por ti después de que logres contactar a Kaela —ordenó Harrison, pasando por alto todo el drama que se había desatado en la oficina—.
Ella tiene razón.
Con los Mizrahi de nuestro lado, podemos respirar un poco más.
—Pero atraeríamos la atención de Nóvikov —advirtió Riden.
De reojo vi cómo a Arabella se le tensaba el músculo del mentón al escuchar otra vez el nombre de su padre.
Era pequeño.
Apenas perceptible.
Pero yo era un maldito halcón cuando se trataba de ella.
Que con solo oír ese nombre se pusiera así de tensa me daba más razón para seguir ocultándole que ese hijo de perra le estaba cazando el culo.
—Se iba a atraer tarde o temprano.
De igual forma, ya lo tenemos encima —habló Levine, chasqueando la lengua—.
¿Cuánto más van a seguir dándole pistas falsas sobre tu paradero, chudovishche?
Tres cosas pasaron al mismo tiempo: la espalda de Arabella se irguió, rígida como una jodida estatua; su cara perdió todo rastro de color; y la sala se sumió en una tensión tan densa que podría cortarse con una hoja sin filo.
—¿Qué?
—inquirió ella, lenta y letal.
—¿Cuánto más piensas seguir dándole pistas falsas de tu paradero?
—repitió él como si no estuviera diciendo nada importante, pasando de largo el tono de voz de Arabella—.
No creo que eso funcione más.
Él ya sabe que estás viva, y seguir dándole migajas solo le da más razones para que siga pensando así.
Él de verdad no se estaba percatando de lo que le estaba haciendo a mi novia.
«Voy a arrancarle la cabeza», rugí por dentro mientras la rabia me hervía bajo la piel.
Las manos de Arabella se crisparon sobre la mesa, los puños bien formados, visibles, vibrando de contención.
Harrison le lanzó a Levine una mirada de esas que podrían vaciar un cargador sin levantar la voz.
Puede que él y yo no hubiéramos estado de acuerdo en seguir ocultándole lo del Boss, pero habíamos hecho un pacto silencioso: decírselo juntos, si Arabella volvía a tener alguna pesadilla.
¡No así, joder!
Tenía que estar preparada.
Teníamos que prepararla.
Si no, corríamos el riesgo de que volviera a caer en ese puto estado catatónico.
Mi ira viajó como veneno por mi sistema, pulsando dolorosamente en las venas.
Casi un maldito mes de mantenerla a salvo, de protegerla de cada jodido detalle de esa persecución enfermiza.
¿Para qué?
¿Para que viniera ese imbécil a destaparlo todo en tres malditos minutos?
—¿Lo sabías, no es así?
—la voz de Arabella apuntó directo a Harrison.
Tranquila.
Peligrosa.
Cada palabra era un dardo empapado en veneno.
Mierda.
—¿¡Es que ella no sabía!?
—Levine palideció como si acabara de darse cuenta del desastre que había provocado.
—Eres un maldito imbécil —escupió Riden, tan encendido como yo.
Rise también lo estaba asesinando con la mirada.
Y yo… joder, yo quería envolverle las manos alrededor de su estúpido cuello y partirlo, antes de que siquiera se diera cuenta.
Pero estábamos en terreno resbaladizo.
Una cuerda floja.
Cualquier movimiento mal hecho podía detonar una reacción explosiva en Arabella, y eso era lo último que necesitábamos.
Ella se giró lo justo para mirarme, y en esa mirada vi todas las formas posibles en las que planeaba matarme.
Lentas.
Dolorosas.
Creativas.
—Agradece.
Maldita sea, agradece que te amo lo suficiente como para no matarte justo aquí, Rush —siseó.
Sus ojos negros chispeaban con una ira pura que me atravesó.
No supe qué responderle.
No sabía siquiera cómo responderle—.
Y tú —se volvió hacia Harrison, señalándolo con un dedo acusador—.
Eres un puto malnacido.
¿Cuándo pensabas decirme esto?
¿Cuando Nóvikov estuviera tocando mi puerta?
—Todo era cuestión de perspectiva y…
Ahí se rompió.
La vi.
Vi cómo en exactamente tres segundos todo rastro de contención desaparecía de su rostro, y la misma furia que había dirigido hacia mí la dirigió ahora a toda la sala, enfocándose con especial saña en Harrison.
—¡¡¿Cuál perspectiva?!!
—rugió, estampando las manos sobre la mesa.
La tensión que ya era insoportable se volvió un infierno comprimido.
Levine empujó su silla hacia atrás, asegurándose de vivir un día más—.
¿Desde cuándo careces de inteligencia, Harrison?
¿¡Nóvikov está cazando mi culo y tú me dices que era “cuestión de perspectiva”!?
—Baja tu tono conmigo —le apuntó con el dedo, autoritario—.
He hecho todo lo que está a mi alcance para protegerte, así que sé amable y recuerda eso.
Vi con estupefacción cómo Arabella fruncía la nariz, tragándose todo lo que seguramente tenía por escupirle.
Pero sus ojos… sus ojos eran otra historia.
Brillaban con una furia asesina que no se contenía ni con barreras nucleares.
Rise soltó un silbido por lo bajo y enseguida quise enterrarle la cara contra el filo de la maldita mesa.
No era momento para sus idioteces, y él lo sabía.
—No sabía que alguien era capaz de callarte —soltó riendo.
Arabella lo miró.
Lento.
Muy lento.
—Él puede —asintió hacia Harrison con la mandíbula apretada—.
Pero tú llegas a decir otra palabra fuera de contexto y vas a tener que dormir con un ojo abierto —masculló.
Aunque la ira seguía enredada en mis venas, me guardé una sonrisa cuando Harrison dejó escapar un bufido.
Verla tan de mal humor era algo a lo que me había acostumbrado.
¿Pero verla toda sexy, amenazando por doquier?
Estaba seguro que no iba a cansarme nunca de eso.
—Princesa —la llamé.
Ella giró hacia mí con renuencia, furiosa—.
Fue por tu bien.
—Rush…
—Su tono venía cargado.
Estaba haciendo todo lo posible por no lanzarse sobre mí con uñas, dientes y la silla entera si podía.
Pero tenía que saberlo.
Tenía que entenderlo.
—Ibas a volver a tu catatonia si te lo decíamos sin que estuvieras lista —interrumpí, rápido, antes de que me soltara el látigo—.
Íbamos a decírtelo en cuanto estuvieras física y mentalmente lista para soportarlo.
Puedes hablar con Justine si quieres confirmarlo.
—No podíamos permitir que te desconectaras del mundo por otras dos semanas o quién sabe cuánto más, Bells —añadió Rise, esta vez sin rastro de burla—.
Por eso lo guardamos.
Mi novia inspiró profundo, su pecho subiendo y bajando de forma pausada.
Cerró los ojos, llevó las manos a sus sienes y empezó a masajearlas mientras dejaba caer la cabeza hacia el respaldo de la silla.
«No otra vez».
Rise se movió en su asiento, intentando levantarse para calmarla —o cargarla en brazos a la enfermería, si hacía falta—, pero fue Harrison quien se levantó primero.
Se acercó a ella, tomó los brazos de la silla, la giró hacia él y se agachó, quedando de cuclillas justo frente a su rostro, cortando en seco la intención de mi hermano.
—Ekaterina, no tenemos tiempo para que te vuelvas a desmayar, así que digiere esto y continuemos —soltó con brusquedad.
Nada de paños tibios, nada de filtros—.
No ha sido tu primer enfrentamiento con Nóvikov.
Recuerda eso.
Trágatelo, digiérelo y madura.
Tenemos trabajo que hacer.
—¿Cómo diablos voy a poder con todo esto?
—murmuró, más para sí que para los demás.
Su voz era un susurro desesperado que me atravesó como un maldito cuchillo.
Mi corazón se apretó.
¿Eso era lo que la carcomía?
¿El miedo de no poder con todo?
Ella no estaba sola.
No iba a estarlo nunca más.
Nóvikov tendría que atravesarme a mí antes de tocarle una sola hebra de su cabello.
—¿Cuándo te he dejado sola, chudovishche?
—Harrison volvió a hablar, pero esta vez su voz cambió de tal forma que tuve que afinar el oído para asegurarme de no estar inventando mierdas—.
Vas a tenerme siempre pegado a tu espalda.
Te he cuidado desde tus diecisiete años, chudovishche.
No voy a parar de hacerlo por más que me lo exijas.
Los ojos de Arabella se abrieron con lentitud.
Ese proceso, tan sencillo para cualquiera, me torturó.
Si los cerraba otra vez con torpeza, significaba tener que llevarla a la enfermería y quedarme con ella hasta que despertara, como tantas veces antes.
Pero no lo hizo.
Los mantuvo abiertos y, aunque cargados de lágrimas que no se atrevían a caer, los dirigió hacia Harrison.
—¿Podremos con esto?
—le preguntó.
—My zastavim yego goret’ v adu, doch’.
«Haremos que el maldito arda en el infierno, hija».
Ella se rió.
Una risa pura, de esas que rompen el aire tenso como un disparo certero.
Y Harrison, sin perder el tiempo, la alzó de su silla y la acorraló en un abrazo que duró lo mismo que suelen durar los abrazos de Riden.
—Budet veselo —soltó Arabella al salir de los brazos de su jefe.
«Esto será divertido».
Harrison alzó con ligereza la comisura de sus labios, tratando de hacer una sonrisa.
Pero yo me perdí en el sonido de la voz de mi mujer hablando en ruso.
Su idioma natal.
Nunca antes la había escuchado hablarlo, y ahí estaba yo, idiotizado, babeando como si acabara de descubrir el fuego.
—Pareces un crío, Rush.
Contrólate —me susurró Riden con cara de asco—.
Cierra la boca y reponte.
Me das vergüenza.
—Eso es estar enamorado —dijo Rise, sin molestarse en disimular nada—.
¿Estamos bien, preciosa?
—le preguntó cuando volvió a sentarse.
Ella asintió, buscando a tientas mi mano.
Se la di sin pensarlo, y ella entrelazó sus dedos con los míos, apretándolos con suavidad—.
Perfecto.
Entonces, ¿cómo quedamos aquí?
—Levine y Arabella se encargarán de contactar con la mafia israelita.
Ustedes —Harrison señaló a mis hermanos— terminarán de trabajar en los detalles del operativo y luego me darán un resumen.
Veré en qué puedo apoyarlos antes de mañana.
Y Rush —dijo, girando su atención hacia mí— y yo hablaremos de los pasos que está dando Nóvikov con respecto a Arabella —remató, acomodándose en su silla.
—Quiero estar presente en todas las reuniones que tengan que ver con el Boss —terció Arabella sin rodeos.
—¿No confías en mí?
—cuestionó Harrison, alzando una de sus cejas níveas.
—Lo hago, pero eso no quita que quiera estar al tanto.
Guárdate tus berrinches —añadió al ver la mueca que él formó con la boca—.
Ahora que sé que está cazándome, lo mínimo que puedo hacer es seguir de cerca todos los pasos que dé.
—Cuando consigas que la mafia israelita se una a nosotros, te daré toda la información que necesites saber.
—No necesito tus chantajes, Harrison —replicó, cruzándose de brazos con fastidio.
—Es eso o no te enteras —respondió sin inmutarse, señalando la puerta—.
Vete.
Hay trabajo que hacer.
Resoplando, mi novia se puso de pie, soltó mi mano y salió de la oficina con Levine pisándole los talones sin mirar a nadie.
Ni una sola palabra.
Ni una sola maldita mirada.
—Suerte —empecé a decir.
Harrison me miró con interés—.
Suerte es lo que él tiene de que esté contigo —murmuré, dirigiendo mi mirada al jefe de mi novia.
—Kaela va a ser su karma —comentó con una sonrisa torcida—.
Esa mujer es una maldita —la sonrisa desapareció tan rápido como había llegado.
Luego volvió su atención a mis hermanos—.
¿Ustedes piensan quedarse ahí sentados todo el día o van a moverse?
Mis hermanos ni siquiera respondieron.
Toda su atención estaba en mí.
—Quiero todo lo que él les pidió.
Para ya —ordené.
—¿Vas a hacernos trabajar toda la noche?
—masculló Rise, levantándose con pereza.
—Y parte de la mañana siguiente —le lancé una sonrisa irónica—.
Deja de quejarte y lárgate de una vez.
—Sigo sin entender por qué Bells te prefirió a ti antes que a mí.
Tengo mejor humor —suspiró, saliendo de la oficina.
«Bastardo».
—¿Y tú?
—preguntó Harrison, mirando a Riden.
—Quiero saber qué es lo que tienen del Boss —contestó él, cruzando sus piernas con tranquilidad.
Harrison me miró.
—Él sí me agrada —comentó sin más.
—Lástima que tú a él no —respondí.
Vi a Riden esbozar una sonrisa fantasma de medio lado—.
¿Qué fue lo último que escuchaste de Nóvikov?
—Quedó en una pared sin salida en Moscú —respondió rápido—, pero empezó a buscar por donde debió haber hecho desde un principio.
Fruncí el ceño.
—Por ti —adivinó Riden.
Harrison asintió.
—¿Te está cazando también?
—pregunté, sintiendo el nudo en mi pecho endurecerse.
Si el Boss encontraba a Harrison, tarde o temprano iba a dar con Arabella—.
No podemos permitirnos que…
—Él sabe que estoy vivo desde hace años —me interrumpió con indiferencia—, tan solo no se ha molestado en ir tras de mí porque, de manera oficial, no he sido un obstáculo…
Qué él sepa —añadió con una sonrisa socarrona.
—Pero ahora sí —insistí.
—Hasta que se le lance otra pista falsa.
—¿Por qué la está buscando después de tantos años?
—quiso saber Riden, frunciendo el ceño.
—No lo sabemos —respondió Harrison con un suspiro, y eso me jodió más—.
He intentado darle vueltas al asunto, pero nada.
No es por poder.
Arabella nunca ha mostrado interés en pertenecer a la Bratva, mucho menos en ocupar su cabeza.
—¿Y en destruirla?
—preguntó Riden.
—Mucho.
Pero dejó de intentarlo hace bastante tiempo.
—Arabella es la única hija de Nóvikov, ¿verdad?
—intervine, haciendo que los engranajes de mi cerebro giraran con velocidad peligrosa.
Harrison asintió—.
¿Y si hay una posibilidad, por mínima que sea, de que el Boss quiera que su hija asuma el poder de la Bratva como heredera?
Harrison se quedó en silencio.
Ese silencio incómodo y pesado que cae cuando una idea es demasiado absurda para ser verdad, pero también demasiado posible para descartarla de inmediato.
—No lo creo —dijo finalmente—.
Se habría oído en las sombras si Nóvikov necesitara ayuda y…
—¿Pero es posible?
—insistí.
Tenía que saberlo.
Tenía que confirmarlo—.
Hay clanes dentro de la Bratva, y según los rumores de hace meses, Nóvikov estaba en conflicto con el clan Yaroslavi por el poder.
—¿Y por eso estaría buscando a Arabella, cuando él mismo podría matar a quien quisiera?
—Harrison negó con la cabeza, molesto—.
No.
Tiene que haber algo más.
Nikolay no estaría tan interesado en Arabella ahora si no fuera por otra razón.
—¿Y si la razón es otro heredero?
—preguntó Riden, trayendo consigo tensión a la oficina.
La mirada de Harrison se clavó en mi hermano.
Parecía dispuesto a arrancarle el alma con los ojos.
—¿Qué dijiste?
—preguntó despacio, como si necesitara asegurarse de no haber escuchado mal.
—Un hermano —repitió Riden, apoyando los codos sobre la mesa—.
Podría ser eso, ¿no?
Un hijo ilegítimo.
Un segundo heredero.
Eso explicaría por qué está cazando a su propia hija.
Con amenazas como esas, con los problemas que eso acarrearía, tal vez quisiera asegurar su poder legítimo en la Bratva a cualquier costo.
Riden se perdió en su propia lógica, quizás viendo todas las piezas sobre el tablero.
—Eso no puede ser —murmuró Harrison, pero sin demasiada convicción.
—O eso, o tan solo no quiere perder el poder —intervine, con la mente tanto afilada como tensa.
Harrison fue el único que me miró, aún procesando la posibilidad de mi hermano—.
La Bratva ha comenzado a implementar reglas antiguas, ambigüas, casi arcaicas.
—¿Y qué?
Los clanes siempre están promulgando idioteces como esas —replicó el jefe de mi novia.
—¿Sabes que una de esas reglas establece que un líder no puede ser reelegido más de cuatro veces consecutivas, verdad?
—remarqué.
Sonó más como una pregunta, pero la respuesta ya estaba implícita.
La comprensión empezó a reflejarse en los ojos de Harrison justo antes de desatar una retahíla de maldiciones en varios idiomas.
—¿Desde cuándo está vigente esa regla?
—preguntó entre dientes.
Revisé en mi cabeza las fechas.
Las normas, los movimientos de Nóvikov, los avisos.
Todo.
—El mismo día en que le advertiste a Arabella —respondimos Riden y yo a la vez.
—Verdammt —maldijo Harrison en alemán, golpeando la mesa con el puño cerrado antes de levantarse de golpe.
Empezó a caminar por la oficina, y eso ya era mala señal.
Muy mala señal—.
No puedo permitir que ella caiga en manos de Nóvikov —me señaló desde el marco de la puerta con la furia brillando en los ojos—.
No puede pasar.
No lo voy a permitir.
Él no se lo pedirá con cortesía.
La va a destrozar.
Va a hacerla sufrir hasta quebrarla.
Hasta que acepte el maldito puesto.
Y si eso no basta, va a destruir a cada persona que ella ama hasta dejarla sola.
—Va a tener que pasar sobre mí primero —dije con voz baja, pero firme.
No estaba jugando.
Si Nikolay la quería, iba a tener que enterrarme primero.
Y aun así no se lo iba a dejar fácil.
—Chico, él puede aplastarte con la punta del zapato si le da la gana —Harrison ya no parecía jefe, parecía un hombre desesperado—.
Hay que esconderla.
¡Debajo de una maldita roca si hace falta!
Fue mi turno de mirarlo incrédulo.
—¿No eras tú el que hace cuatro horas me decía que no había que ocultarle nada que ahora quieres esconderla?
—solté, atónito.
La furia que brotaba de su rostro me hizo apretar la mandíbula.
—No jodas conmigo en este momento, Rush —espetó—.
Una cosa es que no…
—¡Conseguimos a la mafia israelita!
—canturreó Arabella desde el umbral.
La puerta se abrió antes de que ninguno de nosotros pudiera cambiar de expresión.
Y ahí estaba ella.
Radiante.
Serena.
Orgullosa.
Frunciendo el ceño al notar el ambiente cargado.
—¿Qué pasa?
Oh, perfecto.