1. Let's Play - Capítulo 32
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32: 30 32: 30 Advertencias claras Es la forma de jugar lo que hace la diferencia Harrison, al instante, me clavó una mirada asesina cargada de amenazas.
Me estaba advirtiendo sin palabras.
Él realmente no quería que le dijera nada, pero no podía quedarme callado.
Le había hecho una promesa.
Y siempre cumplía mis putas promesas, aunque no me gustara ni un poco el resultado que me traería después.
—Tenemos una teoría de por qué Nikolay puede estar cazándote —dijo Riden por mí.
Harrison dio un paso hacia él con la clara intención de arrancarle los dientes de un solo movimiento.
Iba a detenerlo, lo juro por todo lo que me quedaba de paciencia, iba a sacarle la mierda antes de que siquiera diera otro paso en su dirección, pero Arabella llegó primero.
Le puso la mano en el pecho.
—Harrison —lo llamó con una mezcla letal de dulzura y filo.
Él bajó la mirada hacia ella, furioso y juro que estuve a punto de soltar una carcajada.
El tipo medía casi un metro noventa y cinco, y ella, con su metro sesenta y tres, lo podía manejar a su antojo.
La situación era casi irónica.
—Tócale un pelo y te vuelvo mierda —declaró, tan tranquila que era divertido.
Su jefe la fulminó con la mirada, pero su culo terminó de nuevo en la silla, soltando un bufido frustrado mientras se acercaba a la mesa.
Arabella se sentó a su lado, cruzando las piernas y contemplándonos a Riden y a mí con atención.
—¿Decían?
—Por poder —respondió Riden con un dejo de satisfacción en su voz.
Lo miré de reojo.
El cabrón estaba regodeándose como un gato gordo al sol.
Rodé los ojos.
Y luego me pedía que yo fuera el maduro.
—Sí, poder —repitió, cuando Arabella le lanzó una mirada confusa.
—No tengo ningún poder sobre la Bratva.
Y, para ser del todo honesta, quiero que siga así —dijo ella, reacia.
—Nóvikov te está persiguiendo porque no puede volver a ser reelecto como cabeza de la Bratva —seguí.
La expresión en el rostro de mi novia fue un poema.
Confusión pura.
Frunció los labios hasta dejarlos en una línea delgada y arrugó la nariz como si el tema le apestara desde la raíz.
—¿Reelecto?
La Bratva hace años que… —Los clanes que la componen han establecido nuevas reglas, Ekaterina —la cortó Harrison con evidente malhumor—.
Nóvikov ha sido líder por más de tres décadas.
Ha coleccionado votos cuatro veces, todas por unanimidad.
Pero ahora ya no puede una quinta.
—¿Y de repente estoy metida en su estúpida carrera electoral porque…?
—Porque eres su hija —enunció Harrison con una lentitud irritante, como si le hablara a una niña de cinco años.
—Estoy perdida —suspiró, cruzándose de brazos con frustración—.
¿Qué tiene que sea su hija?
Él nunca me ha reconocido.
Mucho menos delante de los clanes de la Bratva.
Cuando soltó eso, Harrison soltó un bufido.
Rápido.
Seco.
Molesto.
Arabella lo miró de inmediato.
—¿O sí?
Él arrastró un suspiro ruidoso antes de alzar la cabeza y enfrentarla de lleno.
—Tu madre lo obligó a hacerlo —soltó Harrison.
Arabella, tan incrédula como era posible, dejó caer la mandíbula.
—Tenías días de nacida, y aunque estuviera drogada hasta las putas cejas, le dejó claro a Nikolay que quería un mejor futuro para ti.
Que no podía dártelo ella misma.
Lo obligó a reconocerte como su primogénita y heredera de todo lo que poseía.
No fue fácil, pero lo logró en solo dos días.
Después de eso, desapareció de la vida de Nóvikov sin dejar rastro… o eso pensaba.
—¿Pensaba?
—cuestionó Arabella, completamente absorta en la historia de su pasado que, al parecer, no conocía.
Mucho menos Riden y yo.
—Nikolay no iba a permitir que otras mafias lo chantajearan al enterarse de que tenía una hija —explicó Harrison como si fuera la cosa más obvia del mundo—.
Te vigiló hasta que tu madre murió y fue a buscarte cuando vio una oportunidad de ganarle algo a la ‘Ndrangheta.
Arabella se mordió el labio inferior, tan fuerte que me dieron ganas de apretarle la mano para que no se hiciera daño.
—¿Me estás diciendo que…?
—Por ley, estás reconocida como hija del Boss de la Bratva.
Todo lo que él posee es tuyo —culminó Riden, interrumpiéndola con voz calculadora.
Mi hermano sonrió con una claridad peligrosa—.
Eso explica por qué te quiere para él.
—Me quiere porque no quiere perder su puesto en la Bratva —dijo Arabella, entendiendo por fin el fondo del asunto—.
Quiere que lo reemplace, usarme a su antojo.
—No quiere que su apellido se extinga por estupideces y leyes viejas repentinamente vigentes.
Mucho menos perder el poder por el que se partió el lomo tanto tiempo —aceptó Harrison entre dientes.
Ella le tomó la mano con suavidad, haciendo que el viejo frunciera el entrecejo—.
Hay que esconderte, chudovishche.
Nóvikov hará lo que sea por atarte a su lado, y no puedo permitirlo.
—Sabes que no voy a esconderme en ningún maldito lugar —respondió ella, con la seguridad vibrando hasta el techo—.
Y tampoco voy a dejar que él me toque.
Me prometiste que lo mandaríamos de vuelta al infierno, Harrison, y eso es lo que vamos a hacer.
Yesli vse chisto?
Ya nikuda ne sobirayus’ pryatat’sya, i ty poydesh’ so mnoy.
«¿Si estamos claros?
No voy a esconderme en ningún lado y tú vas a ir conmigo paso a paso».
La observé con el orgullo palpitando bajo mi piel, y vi cómo Harrison también se relajaba visiblemente.
Orgulloso, como yo.
Esa era la mujer que me tenía atrapado.
Firme, decidida, jodidamente terca.
Y no cambiaría ni una maldita parte de eso.
—No va a ser fácil —replicó su jefe, con una sombra de lo que se suponía que era una sonrisa que se le escapó por los labios.
—No necesito que sea fácil, necesito que sea seguro —repuso ella con una risa tranquila.
—De acuerdo —cedió él—.
¿Qué era lo que decías de la mafia israelita?
Riden y yo parpadeamos por el cambio brusco de tema, y parpadeamos más aún cuando Arabella rió por lo bajo, acostumbrada al torbellino emocional de su jefe.
—Conseguimos una reunión con Kaela Mizrahi —dijo, tamborileando los dedos sobre la mesa.
—Querrás decir que tú conseguiste la reunión con Kaela —la corrigió Harrison sin pensarlo—.
Por mucho que Levine sea su familiar, ella no quiere tener nada que ver con él después de lo que hizo.
—No vas a ir sola —decreté de inmediato, ignorando por completo la información del saco de mierda.
Sus disputas familiares me importaban una mierda.
Me importaba la mujer terca que tenía al otro lado de la sala y que seguía creyéndose inmortal.
—De hecho, tú vas a ir conmigo —me soltó con una sonrisa ladeada jugando en las comisuras de sus labios—.
Kaela quiere conocer al perpetrador del golpe en las filas de la familia ‘Ndrangheta.
Dejé que la tranquilidad me bañara por dentro.
Por lo menos iba a dejar que la acompañara, no se iba a poner como una endemoniada por querer ir sola, y eso ya era más de lo que podía pedir.
Lo iba a tomar sin quejas.
—Kaela no se conoce por ser “curiosa” —interrumpió Riden, enfatizando la última palabra con desconfianza—.
Esto no me huele bien.
—Kendall y tú irán también, cariño —anunció Arabella sin borrar la sonrisa.
—¿Kendall?
—repitió Harrison con una gota de asombro en la voz.
—Asuntos internos —respondió ella, restándole importancia con un gesto de la mano—.
Además, sé que no te quieres quedar fuera de conocer a una de las mujeres más importantes de la mafia —se giró hacia mi hermano, que se sonrojó tan rápido que Arabella y yo nos echamos a reír.
—Jódanse.
—La reunión será el martes que viene —continuó ella tras soltar unas risas por lo bajo—.
Intenté convencerla de que se hiciera aquí, pero vamos a tener que volar a tierra israelí.
Kaela no piensa pisar suelo americano por más que rogué.
—¿Refuerzos?
—preguntó Harrison, renuente.
—No —negó de inmediato—.
No podemos disponer de la hospitalidad de Kaela.
Lo vería como una amenaza y, sinceramente, no quiero ganarme otra guerra sin sentido con la mafia israelita.
Vamos con los que ella ya tiene conocimiento y, si las cosas se ponen feas, ya sabes dónde encontrarme.
—Es arriesgado —comenté, tan reacio como Harrison—.
No tenemos a nadie que pueda respaldarnos en Israel y…
—Es preferible arriesgarnos que perder a un posible y muy buen aliado, espécimen —balbuceó todo, incluyendo lo último, tan rápido que casi me lo pierdo si no le hubiese estado prestando la debida atención.
Tanto Harrison como Riden la miraron como si hubiese invocado a Satanás con un vaso de whisky.
Yo tan solo parpadeé.
¿Espécimen?
¿Ella me…?
¿Acaso me había llamado espécimen?
Arabella no se había dado cuenta, eso era obvio.
Seguía tamborileando los dedos en la mesa, esperando una respuesta.
Me rasqué la ceja derecha con el pulgar y dejé que una pequeña sonrisa se deslizara por mis labios mientras me inclinaba hacia la mesa.
—¿Espécimen?
La reacción fue inmediata.
Su cara se tornó de un rojo tan brillante que casi pensé que tenía fiebre.
Abrió y cerró la boca varias veces, sin emitir sonido alguno, y eso me hizo reír por lo bajo.
—Yo… yo no… —empezó a tartamudear, claramente queriendo desaparecer del planeta.
—Oh, Dios mío —el tono de Riden fue tan melodramático que la hizo sonrojarse más—.
¡Basta!
Pareces un tomate —dijo, doblándose de la risa.
Era interesante ver esa reacción en él, pero me deleité mucho más con que Arabella quisiera que se la tragara la tierra ahí mismo.
Admitiría que esa vez me uní a su risa.
Ver a mi mujer tan avergonzada era una jodida joya.
—¡Compórtate!
—le soltó Harrison a Arabella con brusquedad.
Ella se hundió más en la silla, tapándose medio rostro con una mano, lo que sólo provocó más carcajadas de parte mía y de Riden.
«¿Conque así me llamaba en secreto?
Espécimen.
Interesante».
—Nos reuniremos con Kaela en Be’er Sheva —intentó continuar Arabella después de aclararse la garganta, pero se cruzó de brazos, molesta, cuando notó que seguíamos riéndonos—.
¿Van a seguir riéndose o van a escucharme, maldito par de imbéciles?
Pasaron unos minutos hasta que mi hermano y yo logramos calmarnos.
Era glorioso hacer que Arabella se sonrojara y divagara avergonzada; ¿quién en su sano juicio no aprovecharía algo así para partirse de la risa?
El resoplido seco de Harrison bastó para que Riden respirara hondo, se recompusiera y apoyara los codos en la mesa, aunque aún con ese gesto burlón brillando en su cara.
—De acuerdo —me aclaré la garganta, intentando controlarme—.
¿Be’er Sheva, decías?
Mi mujer rodó los ojos y me respondió con un asentimiento seco.
—Tenemos que salir temprano si queremos llegar a Jerusalén por la tarde-noche —informó—.
La gente de Kaela nos estará esperando ahí para luego llevarnos a Be’er Sheva.
—¿Dijo algo más?
—interrogó Harrison.
Ella alzó la mirada hacia él y negó con la cabeza.
—Hora, lugar y fecha —enumeró con los dedos—.
Así funciona Kaela —se encogió de hombros mientras se levantaba de la silla—.
Y ahora, si me disculpan, tengo armas que necesitan ser probadas y aprobadas por ti —me señaló con desdén—.
¿Vas a seguir siendo mi sombra o vas a quedarte aquí riéndote como idiota?
Sacudí la cabeza, divertido, y apunté a Harrison.
—¿Cómo quedamos con el Boss ahora que ya sabemos lo que tiene en mente?
—pregunté antes de seguirla.
Ella ya se había apoyado en el marco de la puerta, con una mirada de interés grabada en la cara.
—No puedo lanzarle otra pista falsa porque me está buscando, pero puedo… —empezó Harrison, pero mi hermano lo cortó.
—Hacerle creer que Arabella está en Moscú otra vez —Harrison arqueó una ceja—.
No es mucho y será momentáneo, pero él volverá a barrer Moscú, y probablemente toda Rusia buscándola.
Eso nos dará tiempo para averiguar si de verdad quiere a Arabella como heredera o si es solo una teoría nuestra.
Sonreí cuando una sombra de agrado cruzó el rostro del jefe de mi novia.
—Él me gusta —declaró Harrison, mirándome.
—Tú a mí me agradas —respondió Riden, alargando la mano.
Mis cejas se alzaron por la sorpresa, pero lo cierto es que me llenó de orgullo ver cómo Harrison aceptaba el apretón sin vacilar.
—¿Bombas, decías?
—preguntó Harrison, volviéndose a Riden.
—Sí —contestó él, arqueando una ceja.
Harrison se levantó, le indicó la puerta y ambos salieron sin mirar atrás.
Me giré hacia Arabella, que tenía una sonrisa bailando en los labios, aunque la borró en cuanto me vio.
—¿Vas a estar todo el día con ese humor?
—pregunté mientras me acercaba.
—Tengo cosas que hacer —replicó de mal genio, evadiendo mis brazos—.
¿Vienes o no?
No me dio tiempo a responder.
Giró en seco y echó a andar escaleras abajo.
Meneando la cabeza, fui tras ella.
Cruzamos pasillos llenos de personal sin que nadie se atreviera a darnos una segunda mirada.
Al llegar a la sala de tiro, Arabella se dedicó a probar una por una las armas que la mafia palestina nos había enviado, todas acomodadas en cajas de madera al fondo.
Luego aprovechó de llamar a dos de sus equipos para una pequeña prueba de rutina.
Les entregó armas distintas a los veintidós soldatos, les explicó su origen, la historia detrás de cada una y el uso correcto.
Luego les ordenó que acribillaran un punto exacto en las siluetas.
Me tragué las advertencias que le había dado hacía no mucho en la enfermería por su humor de mierda, pero tuve el número de Justine en el marcador rápido de mi celular, solo por precaución.
Una hora y media después, ninguno había logrado acertar en el maldito punto, el humor de mi mujer estaba en octavo círculo del infierno y no había señal alguna de que ella muriera de un aneurisma… por los momentos.
—¡Están empezando a colmar mi paciencia, maldita sea!
—gritó, arrebatándole la ametralladora de las manos a García—.
¡Esto es una jodida MG3!
¿¡La conocen!?
¿Por qué demonios les cuesta dar un maldito tiro?
¡¡Es un condenado disparo, joder!!
Apoyó la MG3 sobre la plataforma, apuntó, y vació la correa de balas exactamente en el centro, sin titubear ni un segundo.
—¿Les cuesta hacer eso?
—le devolvió el arma a García—.
Quiero diez tiros en ese puto punto.
No me das lo que pido y quedas fuera.
¿Estamos claros?
Observé cómo García asentía mientras tragaba grueso antes de posicionarse tal como ella lo había hecho.
No me atreví a contradecirla.
Ella tenía razón al tratarlos así, de ser tan dura con ellos.
Si no tuviéramos a la mafia italiana y a la Bratva pisándonos los talones, tal vez le habría dicho que bajara un poco el tono, pero no era el caso.
No podíamos darnos el lujo de ser flexibles.
Había que moldearlos, entrenarlos, forjarlos.
Ellos necesitaban entender que aquello no era un juego.
Y jodidamente adoraba cómo Arabella los enfrentaba y enseñaba.
Su ceño fruncido, su expresión imperturbable, su mirada afilada cuando alguien fallaba era una imagen que no me iba a cansar de ver nunca.
Literalmente los hacía temblar con solo posar sus ojos en ellos.
Arabella podía ser encantadora cuando quería, claro.
Pero ellos no estaban ni cerca de una ocasión que lo ameritara.
Respiré hondo cuando García, al cargar la correa de la MG3, las balas se esparcieron por el suelo como si no fueran más que migajas.
Arabella se pellizcó el puente de la nariz, demasiado molesta como para siquiera dignarse a mirarlo.
García recogió las balas lo más rápido que pudo y volvió a llenar la correa.
Esta vez, logró prepararse, apuntó, y disparó.
Diez balazos.
Todos en el mismo punto.
Su cuerpo se relajó de inmediato y le lanzó una sonrisa a mi novia.
—¿Qué?
¿Esperas una felicitación?
—ladró ella.
La sonrisa se le borró al instante.
García negó con la cabeza, tragando en seco.
—Te la habría dado si hubieses acertado hace una hora y media.
¡Lárgate!
El chico obedeció sin chistar y se posicionó detrás de Hallie.
La chica tenía mala suerte.
Ella era menuda, tímida… y mi novia se la iba a devorar viva si no lograba cumplir el objetivo.
—Tus gritos se escuchan hasta en el comedor, Bells —intervino Kendall, entrando a la sala con Drake y Dallas justo detrás.
Negué con la cabeza al ver cómo me clavaba la mirada, buscando una explicación.
Ella alzó una ceja.
—Si no vas a aportar una mierda, vete por donde viniste, Kendall —le respondió Arabella, sin molestarse en voltear—.
¡Vas tú, Hallie!
Dallas soltó un silbido cuando llegó a mi lado.
Me encontraba sentado en una mesa, no tan cerca como para estorbarle a mi novia, pero sí lo bastante como para observar todo y tomar notas.
Ella me había pedido el favor antes de que su humor se tornara aún más jodido.
—¿Desde cuándo está así de insoportable?
—me preguntó Kendall, sentándose junto a mí.
—Desde hace hora y media —respondí.
Omití todo lo de la oficina.
No tenía intención de que me rebanara la garganta si escuchaba risas y recordaba el porqué—.
Está probando el cargamento de armas de los palestinos.
—Le va a tomar un buen rato acostumbrarlos —opinó Dallas, sentándose al otro lado de Kendall—.
Esas armas no son cualquier cosa.
—Y no va a aceptar un “no” como respuesta —añadió Drake, apoyado en la pared detrás—.
Si es por ella, los exprime hasta que amanezca.
—Lo sé —me removí en la silla.
Agradecí cuando Hallie pasó la prueba sin inconvenientes.
Me daba pena pensar en cómo Arabella iba a destrozarla si fallaba.
—¡Gabriel, tu turno!
—gritó mi novia, quitando la MG3 para colocar una escopeta en la plataforma—.
¡Es una Saiga 12K!
—informó en voz alta—.
Es de corto alcance, por ende…
Con un control, posicionó la silueta más cerca para que el disparo no se dispersara.
Luego alzó la voz: —Van a tener que ser más precisos.
¡No quiero fallas!
¡Y tampoco quiero la idiotez de pensar que por estar más cerca será más fácil!
¡No sean ingenuos!
Gabriel tomó la escopeta, se posicionó de forma correcta, relajó el agarre, apuntó y soltó la bala.
Como era de esperarse, falló.
—Está jodido —murmuró Kendall al ver cómo fallaba los siguientes cuatro tiros—.
Ella se lo va a tragar con zapatos y todo.
—¡Mal!
—rugió Arabella—.
¿Qué mierda acabo de decir?
¡No confiarse solo porque sea de corto alcance y esté cerca!
¿¡Acaso hablo en chino!?
Gabriel dejó la escopeta en la plataforma, y casi sentí lástima por él cuando mi novia lo miró.
—¿¡Te dije acaso que soltaras la maldita escopeta!?
—lo fulminó.
Él negó con la cabeza, la tomó otra vez con torpeza—.
¡Recarga y repite el movimiento!
¡Quiero once tiros exactos al centro de la silueta!
No lo logras, y no me sirves.
Gabriel la miró, nervioso.
—¡Para ya, Gabriel!
—lo apuró.
—¿Alguna vez la has visto así?
—le preguntó Drake a Kendall.
Ella asintió, cruzándose de brazos.
—Esto ni siquiera roza la superficie de su mal humor —respondió—.
Y créeme, hay más si ese chico no acierta —me lanzó una mirada y torció la boca—.
¿Es necesario que los trate como basura?
—Son basura —me encogí de hombros cuando me lanzó su mejor mirada de indignación—.
Basura que estamos intentando moldear.
Enseñar.
Transformar.
Convertirlos en algo más que soldatos cuesta.
Ellos van a sudar sangre si quieren subir un puto rango.
Y más aún si quieren sobrevivir a lo que se viene.
—Pero no están acostumbrados a este trato, Rush —intervino Dallas.
—Y tampoco están acostumbrados a lo que hay fuera de Chovert —repliqué—.
El trato que les da Arabella es exactamente el que necesitan para aprender.
Justo así es como se trata a los primerizos.
Así se escala en esta estructura.
—¿Estás diciendo que así trata tu padre a sus propios soldatos?
—preguntó Drake, rascándose la nuca.
Reí sin humor.
—Arabella no está incluyendo los días sin comer, las torturas con cadenas ni los disparos por puro entretenimiento —señalé con desagrado.
—¡Kendall!
—llamó mi novia.
Su mejor amiga giró la cabeza, suspirando al ver cómo Arabella le señalaba el fusil de asalto en la plataforma.
—¿Eso no es muy grande para ti?
—se burló Dallas antes de que Kendall se levantara de la silla.
Él tenía razón.
El MP15 que Arabella señalaba para su amiga era demasiado grande para ambas, pero no dije una sola palabra.
Gracias a los entrenamientos, no era la primera vez que las veía a ellas dos con armas enormes y sabía que podían usarlo mejor que la mayoría.
La sonrisa segura de Kendall tan solo me divirtió.
—Te apuesto cincuenta verdes a que puedo acertar las veinticinco balas del cartucho en el mismo lugar sin fallar —lo retó ella.
—Corazón, no le acertarías ni a diez en el mismo punto —rebufó Dallas, logrando que Kendall arqueara una ceja.
—¿Estás seguro de que quieres apostar?
—Ese fusil es el doble de largo que tú, preciosa —siguió él, encantado de escucharse—.
Vas a perder.
«Miserable presumido», pensé, divertido.
Kendall no dijo nada más.
Caminó hacia Arabella con Dallas pisándole los talones.
Mi novia puso los ojos en blanco al escuchar lo que su amiga le proponía.
Tras un par de quejas sin convicción, accedió.
—¡Escúchenme bien!
—alzó la voz—.
Kendall les va a mostrar exactamente lo que deben hacer y Dallas…
—Arabella le dio un repaso de pies a cabeza buscando las palabras—, Dallas intentará hacer lo mismo.
Drake y yo soltamos una risa entre dientes mientras Dallas hacía una mueca de mortificación.
—Muchas gracias —masculló, irónico.
—Quiero todos los tiros en la cabeza, Kendall —ordenó Arabella, señalando la silueta.
—Como ordenes, caporegime —respondió su amiga, sonriendo mientras tomaba el fusil.
Vi cómo Arabella fruncía la nariz con fastidio al accionar el control que activaba las siluetas.
Me sorprendió ver que todas comenzaron a moverse de atrás hacia adelante.
Y más todavía cuando Kendall sonrió con descaro.
—¿Eso es solo para ella, verdad?
—se quejó Dallas por lo bajo, pese al murmullo que se levantó entre los soldatos.
—No —sentenció Arabella.
—¿Cuántas siluetas quieres con agujeros en la cabeza, Bells?
—preguntó Kendall, sin asomo de modestia.
—Tres.
—Hecho.
Con el fusil en mano, Kendall disparó como si lo hubiese hecho desde la cuna.
Veinticinco tiros, cero errores.
Precisión, frialdad.
Dividió los impactos en tres puntos distintos, y cuando terminó, dejó el arma en la plataforma y le regaló a Dallas una sonrisa que olía a victoria.
—Nope.
Lo acepto —declaró él, alzando las manos—.
Un hombre sabe cuándo rendirse.
Eso provocó una pequeña sonrisa en Arabella.
Una que desapareció al segundo.
—¡Eso es lo que exijo!
—rugió, dirigiéndose a todos—.
Precisión, profesionalismo y maldita dedicación.
No me sirven si no pueden darle a tres siluetas en movimiento dos veces en el mismo punto.
¡Tomen sus armas y hagan una jodida fila!
Nadie sale de aquí hasta que me lo demuestren.
Sus soldatos obedecieron.
Estuve horas con Kendall, Drake y Dallas, plantados en la mesa, evaluando uno a uno mientras ellos soportaban gritos, amenazas y la furia sin filtros de Arabella.
Solo los dejó ir cuando la mayoría logró cumplir con los tiros que exigía.
—Necesito comida en mi sistema —farfulló Dallas, golpeando la frente contra la mesa.
—¡Gabriel, García y Morales, los quiero aquí mañana a las diez!
—ordenó mi novia, señalando a cada uno con el ceño fruncido—.
Esto no es un juego.
Se presentan aquí con ganas de atinarle a cada maldito punto que les indique, así les tome todo el día.
¡¿Está claro o tengo que deletrearlo?!
—¡Sí, mi caporegime!
—corearon los tres.
—¡Fuera de mi vista!
No esperaron que repitiera la orden.
Salieron como si el mismísimo diablo los persiguiera.
—¡Todos fuera!
—gritó, dando por concluido el infierno.
Aproveché el momento para acercarme cuando la sala quedó vacía.
—Morales, García y Gabriel deberían ser el menor de tus problemas —le dije, entregándole la tablet con las evaluaciones.
Frunció el ceño al recibirla—.
Sobre el armamento, hay piezas que no me convencen del todo.
Se las dejaré a Riden para que las pruebe.
—¿Riden?
—me lanzó una mirada.
—Él se encarga de eso, princesa.
Las revisa, me pasa un informe, y yo decido qué se aprueba y qué se descarta —resumí.
Arabella asintió, aún algo escéptica, y volvió a centrarse en la tablet.
—Entonces, ¿quiénes deberían tener mi atención?
—retomó.
—Selem no tiene precisión.
Gillian ni siquiera se sabe parar en la plataforma.
Y no me hagas hablar de Forman.
Soltó un suspiro entre dientes.
—Sé que lo intentan, pero eso no me sirve.
Necesito que lo consigan —levantó la mirada, encontrando la mía—.
Gracias por ayudarme hoy.
Sonreí.
Por fin rodeé su cintura con mis brazos y le deposité un beso en la frente.
Ella me abrazó por la cadera, correspondiéndome.
Al parecer, el mal humor había quedado atrás.
—Son tan lindos que me dan asco —masculló Dallas desde detrás.
—¿Qué tan perra estuve hoy?
—preguntó Arabella en un susurro contra mi pecho.
—Lo suficiente para que tus soldatos te teman —respondí, soltándola.
Ella negó con la cabeza, con un leve ademán de arrepentimiento—.
¿Nos vamos?
—Todavía no —sonrió—.
Tengo una sorpresa para ti y… mierda, la verdad es que también quiero probarla.
—Si van a empezar a desnudarse…
—Dallas —lo interrumpió mi novia con una mezcla de su peor mirada y una sonrisa encantadora—, estamos en una sala equipada hasta los dientes, con más de cuarenta armas que aún no he terminado de probar.
¿Quieres tener el honor de ser la silueta de tiro?
Dallas cerró la boca con un bufido.
La indignación se le notaba hasta en la forma de parpadear.
—Ser perra es la nueva modalidad —rió Kendall, colgándose del cuello de su amiga.
—¿Es por costumbre?
—bromeó Drake, provocando la risa de Arabella.
—¿Qué me ibas a mostrar?
—le pregunté.
Sus ojos negros brillaron en satisfacción cuando chocaron con los míos.
Se soltó del brazo de su amiga, le entregó la tablet y salió corriendo hacia las cajas de la mafia palestina.
Revisó unas cuantas hasta que encontró lo que buscaba.
—¿Qué dices, guapo?
¿Quieres probarlas conmigo?
—me sonrió al volver, sosteniendo dos…
—No.
Me.
Jodas —balbuceó Dallas, con la mirada fija en las armas—.
¿Son…?
—¿Un comando de carabina M4 con lanzagranadas M203?
—mi mirada aturdida no se despegó de aquellas dos bestias que llevaba cinco días intentando conseguir—.
¿Sí quieres?
—repitió, haciendo un puchero.
—¿Cómo diablos las conseguiste?
—preguntó Dallas por mí, tan aturdido como yo.
—Sé negociar —se echó a reír—.
Además, ¿tú no la querías?
—se dirigió a mí—.
Puedo devolverlas si…
—Cierra tu preciosa boca —logré decir al salir de mi pequeño shock.
Arabella rió y me entregó una de las armas—.
Maldita sea —murmuré, pasándola entre mis manos.
Estaba cargada.
Le sonreí a mi novia y señalé con la cabeza la silueta de tiro—.
¿Lista?
—El lanzagranadas no está cargado, mi amor —ladeó su cuerpo para extenderme su mano libre.
Sonreí al oírla llamarme así y se la tomé.
Ella entrelazó sus dedos con los míos, guiándome hasta la plataforma de tiro—.
Son atroces y potentes, así que para todo lo que gastaste aquí prefiero probarlas en un lugar que requiera terminar en escombros —me encaró con esa maldita intensidad que me volvía loco—.
¿Quieres apostar?
La excitación en su mirada era tan clara que me dieron ganas de arrinconarla contra la pared.
—Denme todo el cartucho dividido en cuatro siluetas móviles —ordenó Kendall detrás de nosotros, divertida.
Arabella no se volteó, pero sí sonrió al acatar la orden—.
En la cabeza y en el pecho, muchachos.
No quiero balas volando por gusto —añadió su amiga.
—¿Qué gano si logro acertar más objetivos que tú?
—le pregunté, con cautela.
Conociéndola, mi mujer podía salir con cualquier locura.
Como cuando apareció en la terraza de la hermandad y plantó su sostén sobre la mesa de póker.
No me disgustaría si se quisiera desnudar, pero ahora apreciaría el gesto de no soltar su sostén con Drake y Dallas mirando.
Si notaba sus miradas en las tetas de mi mujer más tiempo de lo debido, juro por Dios que sus culos tocarían el suelo antes de pestañear.
—Si aciertas todos los puntos, no me verás en el operativo de Rise el viernes —soltó, con una seguridad que me dejó estupefacto.
La miré, incrédulo.
¿Era en serio?
—¿Me estás diciendo que todo lo que tenía que hacer para que sacaras tus narices del maldito operativo era apostar contigo?
Estaba loca.
—La debilidad de Bells son las apuestas, pendejo —canturreó Kendall por detrás, burlona—.
¿Qué esperabas?
—Pero si yo gano —prosiguió Arabella, dándome esa mirada impertinente y glacial que compartía con Harrison—, no me vuelves a contradecir en ningún operativo.
Nada de molestarte porque me pase por el culo tus órdenes, y se acabó el trato de “princesa”, cielo.
—Hecho —acepté sin pensarlo dos veces.
Si eso era todo lo que quería, iba a tenerlo.
Pero iba a ganar.
Mantenerla alejada de los malditos perros de caza era lo que quería desde que a Rise se le deslizó ese dato.
Y si para lograrlo tenía que reducir su pequeño orgullo a átomos invisibles, que así fuera.