1. Let's Play - Capítulo 53
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Capítulo 53: 51
Debí quedarme en la oficina
La noche prometía ser solo una distracción… y las peores apuestas siempre empiezan así
Después de la tercera ronda de los chupitos de manzana con caramelo y martini más dulces de mi vida gracias a Mila, las chicas decidieron arrastrarnos a la pista de baile. Mi hermana se había llevado a Riden y a Drake para encontrar en la bodega la mejor botella de whisky para celebrar la noticia de que contaba con dos nuevos socios, dejándonos a Rise y a mí sentados en la barra para, y cito, “embriagarnos lo mejor que podamos, para que quitemos las caras de culo que nos cargamos”.
«Ingeniosa».
La pista de baile era la cosa a lo que Mila le había puesto más empeño, ganándose de que la gente la reconociera como el corazón palpitante de Hideaway. Cientos de cuerpos se movían al ritmo de la música, cada retumbar por las cornetas gigantes sacudiendo el suelo bajo sus pies. Las luces LED, instaladas en un intrincado patrón sobre el techo, cambiaban de color y ritmo, sincronizadas a la perfección con quien sea que se encargaba de dominar el escenario elevado al final de la pista.
El ambiente era una mezcla de elegancia y desenfreno. Mujeres y hombres disfrutaban del momento, fuese brindando con copas de cristal que reflejaban la luz en miles de destellos o restregándose en la pista de baile. Las risas y conversaciones en el lugar se entremezclaban con la música, creando una atmósfera amena y, hasta cierto punto, divertida.
Dándole un trago al cuarto Manhattan que había ordenado en la barra, alcé la comisura de mi boca con una media sonrisa al escuchar otra maldición entre dientes de mi hermano.
Mi mujer y su amiga se habían dedicado la última media hora a restregarse entre sí, dándonos un pequeño espectáculo privado, provocando que tanto la mirada de Rise como la mía no fuese a parar en ninguna otra persona que no fueran ellas dos.
Cosa que era bastante estúpida.
Para mí no había otro placer en la vida que no fuera ver a mi mujer cotonearse al compás de la canción suave y sensual que vibraba por los altavoces.
Podía decir lo mismo de Rise con la otra, pero verlo levantarse las últimas tres veces para bailar con mujeres distintas daba mucho qué decir.
—¿Qué tal te fue con la distracción número tres? —solté lo bastante alto para que escuchara, sin despegar de mi deleite personal.
—Vete a la mierda —gruñó, malhumorado.
—O te la vuelves a follar y terminan con sus estupideces, o vas a tener que conseguirte otra distracción, porque el que estés encerrado conmigo en la oficina otra vez va a terminar con mi cordura, Rise —lo fastidié, mirándolo de reojo.
—Ella es una maldita mujer que le encanta complicarse la maldita vida —resopló, exigiendo la atención del asistente de barra quien nos estaba atendiendo—. Un Navy Grog. Doble.
—Creí que lo del coma etílico era lo mío —dije, cuando el barman empezó a preparar la bebida.
—Espero que, así como te recogí lleno de vomito en tus horribles, horribles e incansables fiestas con Hannelore, te dignes a hacer lo mismo por mí —me señaló con su vaso vacío—. Pero ahórrate las charlas de mierda. Bastante ya tengo encima como para lidiar escuchándote sobre “darle sentido a la vida y no colocarse así por una mujer”.
—Eso es cosa de Han.
—Y tuya también ahora que estás en una relación mucho más estable que tu miserable vida —dicho eso, el barman depositó la bebida y Rise no tardó mucho para vaciar el contenido del vaso de un solo trago—. Otro —exigió de malas, estampando el vaso vacío en la barra.
El barman con rapidez le soltó otra bebida, pero esta vez el bastardo se dio el tiempo de saborearla, sentándose a mi lado.
Verme reír debió llamar la atención de Arabella, porque no perdió tiempo en colocarse frente a Kendall y mover sus caderas, bajando y subiendo aún más lento y sensual de lo que la había estado haciendo desde que se dispuso a darme una erección dolorosa.
—Joder —silbó mi hermano al percatarse de lo que mi mujer estaba haciendo—. Si no vas tú, iré yo. Nadie debería de moverse así.
Iba a responderle, pero Kendall aprovechó para deslizarse hacia el frente sin dejar de moverse, pegando su espalda al cuerpo pequeño de mi novia, fijando la vista en mí.
Me tragué una risotada cuando Rise soltó otra maldición entre dientes y de un solo trago se vació su vaso. Estampando otra vez el vaso en la barra, se adentró a la pista, atajando a Kendall por el brazo, dejando descolocada y sorprendida a mi novia. Kendall abrió los ojos estupefacta cuando Rise la estrelló contra su pecho, incitándola a que continuara moviéndose.
Al momento en que Kendall empezó a moverse contra Rise, tal y como le estaba bailando a mi novia, me desconecté de esos dos imbéciles. Sonreí al ver a mi mujer tan pasmada como lo estuvo su amiga en su momento, admirando la escena de celos de mi hermano.
Levanté una ceja cuando ella se dignó a mirarme. La sorpresa aún seguía brillando en esas piscinas oscuras. Sin embargo, disminuyó cuando me crucé de brazos, apoyando la espalda en la barra, dándole a entender de que se encontraba sola. Me encontraba expectante por saber qué diablos iba a hacer ahora, y esbocé otra pequeña sonrisa cuando la palabra “reto” resplandeció en sus ojos. Con una sonrisa suspicaz, empezó a mover las caderas al ritmo de otra melodía sensual.
Las luces LED viraron a tonalidades de rojo oscuro, envolviendo ese jodido vestido diminuto que jugaba a su favor. Mi mujer, con eso presente, siguió moviéndose con una sensualidad hipnotizante, desafiando la poca cordura que tenía con cada movimiento levanta pollas que daba. Sus caderas se cotoneaban en perfecta sincronía con la música de fondo, atrayendo las miradas hambrientas de los bastardos que babeaban por ella.
Con el último sorbo de mi trago, la observé por encima del borde del vaso. Desde el segundo en que empezó a moverse, entendí algo: no era un sol. No tenía nada de eso. Los soles cegaban y desaparecían rápido; ella era luna —en su fase más peligrosa—, hipnotizando mientras planeaba tu caída.
Impredecible, cambiante, de esas que atraían las mareas y arrastraban con ellas a quienes se atrevían a mirar demasiado tiempo. Todo en ella parecía calculado, pero era puro instinto. En su caos había lógica; en su peligro, armonía.
No necesitaba hablar para llenar el espacio; bastaba con existir. Y eso, para alguien como yo, bastaba para crear adicción.
Su luz no pedía atención, la exigía. Había algo en su forma de moverse —esa cadencia tranquila que parecía dictar el ritmo del lugar— que te hacía olvidar que existía el resto del mundo y te invitaba a follarla hasta el cansancio. Cuando sus dedos se deslizaron por su cuerpo, fue como ver una marea que subía y bajaba solo para probar tu resistencia. No se trataba de deseo. Era algo más primitivo. Una atracción que te devoraba por dentro sin pedir permiso.
Parpadear en su dirección era caer en una trampa deliciosa, un torbellino de sensualidad que robaba el aliento. Y si tenías la suerte de quedarte más tiempo, terminabas rendido ante el modo en que mordía su labio inferior.
Era mi puta visión favorita.
Para todos, en el campo, Ekaterina Nóvikov era una máquina letal.
¿Pero para mí? Para mí, era otra cosa.
Era la demostración viviente de que el control podía ser hermoso. Cada movimiento suyo tenía una segunda intención detrás; cada mirada, una advertencia envuelta en deseo. Estar a su lado era como observar una tormenta que me reconocía por nombre.
Arabella brillaba como el faro que nadie debía alcanzar, y yo… tenía el privilegio de ser quien entendía la oscuridad que la alimentaba. No me importaba que el resto la temiera; a mí me bastaba con ser el único que podía sostenerle la mirada cuando el mundo entero se inclinaba.
«Feliz de ser el jodido piso si ella quería, porque disfrutaría cada pisada que me diera».
La tensión que generaba al contemplar su pequeño show provocativo era casi física. El aire se contraía, el ruido se apagaba, y la lógica —esa que siempre me salvó— se me escapaba entre los dedos. Cada segundo que pasaba me acercaba más al maldito límite, sabiendo que hoy no me sería suficiente con un roce dulce de labios cuando tocara la cama o apreciar su calor al arrimarla hacia mí.
Hoy necesitaba sentirla, desatando así el hambre que sentía por ella cada vez que la tenía para mí.
Lo que quedaba de cordura se me deslizó de las manos cuando, inconforme con tener mi atención cautiva en cómo subía, bajaba y balanceaba las caderas, recorrió con sus dedos el borde de su vestido, alzándolo lo suficiente para querer arrancarlo de golpe y encerrarla en un maldito cubículo de algún baño para follarla hasta que todo el recinto escuchara sus gritos.
No recuerdo en qué momento me levanté. Solo sé que la distancia entre nosotros se volvió un error que tenía que corregir. Ella lo supo. Lo vi en la forma en que su cuerpo se tensó, en cómo el ritmo de su respiración cambió antes de que siquiera la tocara.
La sonrisa que tenía en la cara se le borró cuando me vio caminar, sin chocar con un solo cuerpo en la pista e intentó huir de mí en cuanto estuve a varios pasos de ella.
Para su desgracia, fue muy lenta.
Pegué su espalda a mi pecho cuando atajé su muñeca y aprisioné sus caderas con mis manos, moviéndola a mi ritmo.
—¿Creíste que no iba a venir? —le susurré al oído cuando arqueó la espalda—. Desde que pisaste la pista lo único que has hecho es provocarme, princesa —mordí su lóbulo y el placer me recorrió cuando escuché el gemido desgarrar su garganta—. Es mi turno.
Su cabeza cayó hacia atrás cuando mis labios se deslizaron por su cuello y otro gemido se escapó de su boca entreabierta. Sonreí cuando el club al parecer entendió nuestro estado de ánimo, soltando por los altavoces otra canción. Por un momento me quedé quieto, dejando que la canción inundara mis oídos y mi cerebro registrara la letra.
«Girl, I just been watchin’ all that ass just bounce right now».
Mi mujer no pareció percatarse de mi repentina inmovilidad porque seguía deleitándome con su lento baile, cayendo exactamente en los puntos que la canción lo requería. Le di una sonrisa cuando se deshizo de mi agarre y se giró para encararme.
«Girl, I bet I fuck you off this ounce right now».
Estaba malditamente seguro que la canción estaba robándome las palabras, describiendo a la perfección qué era lo que mi princesa iba a obtener de mí hoy y ella lo sabía. Su cuerpo no paraba de menearse contra el mío. Le di una mirada de advertencia cuando restregó la pelvis contra mi entrepierna, pero lo único que pudo darme fue una sonrisa provocativa.
—No empieces cosas que no vas a terminar, Arabella —le advertí a la vez que su boca dejaba besos húmedos por mi barbilla.
—¿Quién dijo que no quiero terminar esto? —masculló en voz alta en mi oído.
Seguí moviéndome contra ella, aun cuando sus manos pasaron de mis hombros a mi verga que me estaba apretando el pantalón.
—Colocarte así es una de mis cosas favoritas, mi amor. No olvides eso.
Con brusquedad, el aire caliente se hizo presente entre nosotros tan pronto mis manos hicieron la suficiente presión en su cuerpo para voltearla y volver a tener su trasero en mi entrepierna. Ejerciendo un poco de fuerza, logré colocar su espalda hacia abajo, dándome toda una vista pecaminosa del culo en el que quería enterrarme de nuevo.
«Then I’m gonna fuck you so good, you gon’ tap out, girl, I’m gonna beat that pussy ‘til you black out».
Arabella entendió lo que quería hacer y se aprovechó de eso.
Cotoneó su culo unos segundos para luego alzarse y pegar su espalda a mi pecho. Pasé las manos por su cadera, abdomen y sus muslos, dándome el tiempo de apreciar cada uno de sus jadeos.
Dándome tiempo para apreciar cómo su espalda se arqueaba.
Dándome tiempo para apreciar cómo su cabeza caía hacia atrás en mi pecho.
Dándome tiempo para malditamente disfrutar cómo se mordía su provocativo labio inferior y como pasaba la punta de su lengua para remojarlo.
Sus sacudidas hacían que el placer me recorriera el cuerpo y que la polla se presionara contra la bragueta tanto, que ya era malditamente incómodo.
Necesitaba follarla.
Quería tener esos jadeos y causarle más.
Quería tener esas contorsiones.
Quería tener este maldito baile disponible solo para mis ojos.
Quería tener esa boca alrededor de mi verga, mientras sus lágrimas de placer se deslizaban por su rostro. Esa lengua afilada pasando por mi punta.
Quería seguir recordándole que no importaba cuántas malditas veces me desafiara, me callara o me mandara a la mierda, yo siempre iba a tener control de ella e iba a terminar de rodillas delante de mí, gimiendo por más.
Quería jodidamente demasiado tenerla abierta y que su coño se apretara y empapara mi polla con sus fluidos de su orgasmo cuando se corriera.
«Maldita sea».
—Me tienes así —mandé su mano a mi apretada erección. Sentí su jadeo—, pero yo te tengo peor —aseguré, deslizando la mano por debajo de su fino vestido.
Sentir la tela de sus bragas era lo que esperaba, pero un gruñido gutural rasgó mi garganta y retumbó en mi pecho cuando lo que me recibió fueron los pliegues directos de su coño mojado por su excitación.
Malditamente empapado.
Agradecí a lo que fuera porque las luces del jodido club eran bajas y la mayoría del lugar estaba a oscuras.
Estaba seguro como el infierno que iba a matar a cualquier bastardo que se dignara a mirar en su dirección de ahora en adelante.
—Jodido infierno —mascullé al introducir el dedo índice al interior de su coño. Él me chupó de manera inmediata—. Joder, joder.
—¡Rush!
Arabella cayó, cerniendo su coño a mi dedo aún más. Su espalda se curvó hacía atrás más de lo que era posible y su cabeza pegó en mi pecho otra vez, dándome esa vista perfecta de sus labios entreabiertos.
—¡Joder! —saqué el dedo tan rápido como había entrado. Giré a Arabella sobre sus talones e hice que abriera su boca—. Así sabes —gruñí cuando su boca chupó mi dedo y sus ojos se abrieron con sorpresa. Sabía que todo mi cuerpo gritaba deseo, pero su mirada… Su mirada exclamaba y brillaba con lujuria—. Eres el maldito nirvana, princesa.
Mi dedo fue reemplazado con mi boca.
La besé con fuerza, invadiéndole la boca con mi lengua, saboreando el rastro dulce y embriagador del chupito que se había tomado momentos antes. El dulzor del caramelo y la manzana se mezclaban con la calidez de su aliento, creando una combinación que me encendía aún más.
Comí y succioné con codicia cada parte de su boca. Sus jadeos también los succioné.
La quería completa.
Completa y desnuda, mierda.
Mordí ese maldito labio inferior que me volvía loco y volví para morder el superior también. No había lugar para las sutilezas; exploré el interior de su boca cuando me dio el permiso que necesitaba y nuestras lenguas bailaron con avidez.
Mis labios devoraban los suyos con una desesperación absoluta, mientras con las manos exploré cada rincón de su cuerpo.
La presión de su cuerpo encajado al mío, encendió un deseo irresistible que incrementó la tensión en el ambiente.
Cada contacto, por mínimo que era, provocaba que el poco autocontrol que tenía se fuera a la mierda. Me estaba muriendo de ganas por meterla en un baño, sostenerla contra la pared y enterrarme en ella, hasta que la tierra se extinguiera.
A este punto, todo se desvaneció a nuestro alrededor.
La música, la gente, todo se silenció.
Lo único que mi mente podía captar ahora era el frenesí de mi deseo, buscando la entrega total de su lujuria.
Mis manos buscaron de nuevo el borde de su vestido, y sin despegarme de su boca, introduje dos dedos de golpe. Absorbí el precioso gemido que salió de sus labios, rasgando su garganta.
Mi princesa estaba tan deliciosamente empapada que me fue fácil entrar y salir de ella, disfrutando como esa humedad se extendía por la palma de mi mano. La boca se me hizo agua al querer probar lo exquisita que sabía que ella era, perdiéndome entre sus pliegues, dándole ese orgasmo que me estaba exigiendo al cabalgar mi mano con urgencia.
Sabía qué era lo que necesitaba porque yo también necesitaba lo mismo. Los últimos días habían sido largos y cargado de demasiadas mierdas. No necesitaba más de eso. Necesitaba más de ella, así como ella necesitaba más de mí.
Pero antes de que mandara todo al infierno, mi mujer se separó, cortando todo, mirándome con vergüenza a través de esas piscinas oscuras que brillaban con excitación y deseo.
Todo volvió con fuerza cuando la burbuja explotó; la música se hizo presente, el roce de los cuerpos bailando sacudían la pista. Sin embargo, esa tensión sexual que ambos emanábamos no se fue a ningún maldito lado.
Depositando un beso leve en sus labios, salí de su coño empapado y me llevé los dedos a la boca, chupando sus embriagadores fluidos. Reí cuando sus ojos se expandieron con hambre, para luego resplandecer otra vez con vergüenza.
—¿Qué es, princesa? ¿Nunca lo has hecho en un espacio público? —apreté sus caderas y mordí el lóbulo de su oreja, consiguiendo un gemido leve—. Puedo ser tu primera vez.
—No… —se removió incómoda ante mi toque—. Lo que pasa es que… —volví a alejarme para mirarla de frente—. No me mires así. Lo que pasa es que tengo que ir al baño.
—¿Vergüenza por tener que hacer una necesidad básica? Eso es nuevo de ti, princesa —dije, riendo entre dientes.
—Déjame en paz —rodó los ojos—. Si no fuera porque tu hermano piensa que soy una maldita ballena, llenándome de agua hasta casi explotar, no tendría tantas ganas de ir.
Divertido, sacudí la cabeza.
Rise tenía esa regla de hidratar a todo el mundo con abundante agua antes de que ingirieran mililitro alguno de alcohol. Aquello para evitar cualquier tipo de vómito o un estado de ebriedad prematuro.
Se había hecho experto, gracias a tener que lidiar conmigo en mi edad menos atractiva, por lo que aplicaba esa regla al pie de la letra.
Para él, si se salía a embriagarse, era embriagarse para disfrutar, no para terminar vomitando la vida en zapatos de desconocidos. Cosa que él iba a terminar logrando si seguía bebiendo como lo estaba haciendo.
—Vamos —entrelacé mi mano con la suya—. Vamos a que vacíes el tanque.
Mi mujer arrugó la nariz con desagrado.
—Sé que me defiendo como niño, pero vuelves a decir “vaciar el tanque” y no follamos en tu vida —soltó sin moverse ni un milímetro—. Además, puedo ir sola. El baño no va a comerme.
Negué con la cabeza mucho antes de que terminara de hablar.
—Por más que estemos fuera del departamento, disfrutando de una salida prevista por mi hermana, lo mínimo que tendrás hoy será un momento de soledad de mi parte, Arabella. Te recuerdo que tú eres el objetivo principal de una búsqueda…
Alzó las manos, silenciándome, pero antes de que dijera algo, unos brazos se deslizaron por mi pecho, en un abrazo demasiado emotivo.
—¡Lo conseguimos! —gritó Mila, a mis espaldas, evitando que le arrancara los brazos—. No pensé que se iba a tardar tanto, pero ambos idiotas son inservibles para buscar cualquier cosa.
Mila me soltó antes de que pudiera voltearme, plantándose frente a mí con una sonrisa de oreja a oreja con una botella de whisky en sus manos, seguida de Riden y Drake.
Mi novia aprovechó para soltarse de mi agarre, brincando encima de Drake, hablándole al oído. Él sin pensarlo asintió y le sonrió a mi mujer, irónico.
—¡Drake va a llevarme! —soltó ella, enlazando su brazo en el de él—. Tú disfruta de la compañía. Yo volveré en cuanto termine.
«¿Qué diablos? No».
—Arabella, jodidamente no.
—¡Prometo que serán unos minutos! —empezó a caminar fuera de mi alcance—. ¡Te amo! ¡Disfruta!
Dicho eso, salió corriendo.
Drake articuló un “yo la cuido” antes de salir corriendo detrás de ella, dejándome con un muy animado demonio de ojos verdes y un entonado Riden.
Al último lo fulminé con la mirada, pero él me alzó los brazos interrumpiendo mi mierda.
—Fue un solo vaso —aclaró de muy buen humor—. Fue fuerte y por eso me ves así. En vez de estar regañándome por eso, aprovéchame, relájate y empieza a disfrutar la noche que el pequeño engendro te preparó —señaló a Mila, quien nos miraba divertida.
—¿Qué diablos tomaste? —pregunté en su lugar, dejando que Mila empezara a darme vueltas por la pista cuando le encargó la botella a Riden.
—¡Lo mismo que Rise! —tuvo que gritar, ya que mi hermana le dio por llevarme lejos.
Perfecto.
Lo que me faltaba era tener que estar cuidando a dos imbéciles que seguramente iban a colocarse tan ebrios que los iba a tener que sacar a rastras de aquí.
El ritmo de la música cambió con rapidez a algo más alegre y rápido cuando Mila me plantó en el centro de la pista.
Salsa.
Lo que estaba sonando por los altavoces del lugar era salsa latina en su mayor esplendor.
Mi hermana me miró, extasiada al escuchar la canción, y me jaló hacia ella.
—¿Por qué no aprovechaste a Riden? Él sabe bailar tan bien como yo —le señalé cuando entendí lo que quería hacer.
—Porque quiero bailar contigo, así que cierra el pico y empieza a moverte —ordenó, colocando un puchero.
Me eché a reír, pero la obedecí, dejando mis mierdas conflictivas enterradas un rato más.
No había, entre mis hermanos y yo, alguien que bailara mejor que el otro. Los cuatro nos habíamos fajado en aprender a bailar cualquier estilo de música. Tanto por tener que estar presentes en alguna obra de mierda que Alexey o Katherina quisieran hacer como porque nos gustaba saber mover los pies y no ser el hazmerreír de las fiestas.
A decir verdad, me inclinaba más por lo último.
Venir de una familia con un apellido de renombre y condiciones genéticas jodidas no era el único fallo que los cuatro compartíamos.
El orgullo era otro y el más jodido defecto que teníamos.
¿Querías joder a un ‘Ndrangheta? Lo más cercano que tenías para hacerlo era darnos en nuestro orgullo.
Ser los mejores en todo era algo que nos habían inculcado desde que teníamos uso de razón. Tener fallos y errores estaba mal visto por la dinastía ‘Ndrangheta, por ende, resaltar en todo era algo necesario de hacer cada que podíamos. Así que el hecho de que le estuviera dando vueltas en la pista a mi hermana al son de la canción, atrayendo la atención de las personas que nos rodeaban, significaba que estábamos haciendo las cosas bien.
Además, no negaba que los cuatro disfrutábamos de inflar de vez en cuando el ego infinito que llevábamos en la sangre.
Los movimientos de mi hermana iban a la par con los míos y eso la hizo sonreír. La canción se empezó a hacer más rápida, por lo que entrelacé mi mirada con la de Mila, haciéndole señas con los dedos para que captara mis pasos.
Mis caderas se movían con precisión y mis manos iban de las manos de mi hermana a sus caderas.
Lejos, cerca, vuelta, otra vuelta, pies, risas y más vueltas.
Así iban los pasos hasta que la canción terminó, concluyendo con Mila estrujada en mi pecho.
Los aplausos no tardaron en llegar. Mila y yo, con bastante educación e ironía, hicimos un par de reverencias.
—¿Hay algo que ustedes no puedan hacer bien o es solo sus estúpidos genes perfectos? —escuché el grito de Kendall a mi lado.
La gente empezó a aglomerarse al terminar nuestro pequeño baile, por lo que perdí a Mila en la multitud, apretujándome contra una muy sudada cuñada maldita.
Los altavoces continuaron con el ritmo latino, yéndose ahora por algo más urbano. Arqueé las cejas en una pregunta silenciosa cuando el semblante alegre de Kendall se oscureció.
No me respondió nada.
Tuve que seguir su mirada.
Sonreí al percatarme de su cambio drástico de humor.
El sonido distintivo de una guitarra romántica se hizo presente, y Kendall aprovechó para atajar mis manos, colocarlas en su cintura y pegarse a mí, moviéndose tal y como la canción imponía moverse.
—Nena, el drama no es lo mío —le hablé al oído cuando ondeó su cuerpo, siguiendo el compás de la bachata romántica.
—No sé de lo que me estás hablando.
Echándome a reír, intercepté su pequeña cintura y pegué su espalda a mi pecho, en una vuelta rápida.
—Si vas a hacer esto conmigo, por lo menos trata de disimular la cara que tienes —me tragué una risa cuando la sentí estremecerse con nerviosismo—. No se necesita de mucha ciencia para obtener la atención celosa de un bastardo interesado. Tan solo un par de vueltas aquí…
La giré con un movimiento fluido, volviendo a ondear su cuerpo, para luego pasarla por delante de mí, voltearla y pegar otra vez su espalda a mi pecho, dejando las manos en su cintura.
Kendall, siguiéndome el paso, continuó moviéndose soltando una risa, para luego girarse y colocar sus brazos en mi cuello.
Sus ojos avellanas brillaron con esa chispa que le veía dar a los demás, sorprendiéndome por un momento.
No me había alcanzado el tiempo para observarla bien esta noche, pero al hacerlo me di cuenta de por qué diablos tenía a Rise colgando de su meñique.
Kendall era bonita, claro, pero hoy estaba deslumbrante con ese pequeño atuendo rojo, con su cabello atrapado en una cola baja de caballo en ondas suaves, resaltando esos ojos claros, vestidos por esas pestañas larguísimas y esos labios carnosos revestidos en un tono sexy.
—Varios acercamientos por acá… —murmuré contra sus labios, deslizando una mano a la parte baja de su espalda y otra a su cuello, rozándolo con los labios cuando ella lo estiró hacia atrás, sintiendo su pulso retumbar—. Ahora bajas…
Lo entendió.
Dejó caer su peso en mis manos, haciendo un pequeño círculo con la mitad de su cuerpo, riendo al encararme una vez más. Al instante en que se estrechó contra mí, permitiéndome colocar la pierna entre el espacio de las suyas, logrando que fijara sus ojos en mis labios, sentí esa mirada penetrante en mi nuca y sonreí.
—Tienes una sonrisa muy bonita —soltó de repente, pasando sus dedos por mis labios.
—Y tú a un hombre bastante posesivo detrás de mí —reí, depositándole un beso fugaz cerca de la comisura de su boca—. Cariño, estás bastante borracha para dejarme hacer eso.
—No. Solo estoy disfrutando de la compañía de un ardiente hombre que sabe cómo bailar —enroscó una pierna en mi cintura, para dejar caer la mitad de su cuerpo en otro medio círculo. Luego, se alejó con una sonrisa afilada, sin dejar de mover sus caderas en un vaivén adictivo de ver—. Cállate y déjame seguir disfrutándolo.
Riendo, me acoplé a sus movimientos, dejando que también se dedicara a darme vueltas por la pista.
La mirada penetrante de Rise se afiló aún más en mi nuca. Beficiándome de su atención, lucí a Kendall un poco más de la cuenta; la alejé lo suficiente para tomarla de la mano, alzarla y dejar que subiera e inclinara hacia atrás, ejecutando varias ondas cortas y provocativas. Ella llegó hasta mí en tres pasos y, conmigo de rodillas, siguió jugando, haciendo esas ondas más largas y hermosas.
Regalándole un guiño, me levanté, reanudando el baile entre los dos hasta que la canción llegó a su fin, con ambos bastante sudados.
—Fue bastante impresionante —dijo, obsequiándome una sonrisa enorme mientras caminábamos hacia la barra—. Puede que ya no quiera arrancarte la cabeza después de todo.
Nunca supe en qué momento las cosas con Kendall habían cambiado tanto, creando un ambiente de tensión cada vez que me dirigía la mirada.
Tampoco es que me interesara mucho, pero por la paz con Arabella, seguí ignorándola todo el tiempo, jugando con su paciencia de vez en cuando.
Suponía que hizo lo mismo conmigo, pero ahora que la veía toda sonriente y relajada a mi lado, creía que la idea de seguir cabreada conmigo por solo ella sabía qué, estaba disminuyendo.
—Estás borracha —jodí, respondiéndole la sonrisa mientras me apoyaba en el mostrador, exigiendo la atención del mismo barman que había atendido a Rise en su momento.
Kendall se sentó a mi lado, borrando su sonrisa y soltando un resoplido.
—Sigo sin entender por qué diablos Arabella te soporta tanto.
—Un Old Fashioned y un… —miré a Kendall, alzando una ceja.
—Dame seis Strawberry Shortcake, por favor, Cam —corrigió, volviendo a dibujar una sonrisa pequeña y guiñándole al barman.
—En camino —dijo “Cam”, preparando los tragos.
Torcí el gesto.
Si ella, mi mujer y Milanna seguían tomando mierdas así de dulces y en cantidades exageradas, la salida iba a acabar más rápido de lo que había empezado.
—Bastante impresionante su baile, debo añadir —la voz de Riden se hizo presente, seguida por un chillido de alegría de mi hermana.
—¿Impresionante? ¡Eso estuvo estupendo! —exclamó Mila, abrazándome—. ¿Vieron la cara de Rise? ¡¡Fue fantástico!!
—Por un momento pensé que iban a besarse —siguió mi hermano, ubicándose en el taburete vacío al lado de Kendall—. ¿Puedo quedarme contigo si a él no le interesas? —me señaló divertido.
—Entre un estorbo que no me dan las cuentas para entender por qué mi mejor amiga lo soporta y su hermano gruñón, me quedo con Mila, gracias —mi hermana y ella se echaron a reír, contagiando a Riden, quien colocó los ojos en blanco.
El barman colocó nuestras bebidas en la mesa con rapidez, perdiéndose para seguir atendiendo.
—Pero… —tomó uno de sus seis shots y se lo arrimó a mi hermano—, tómate uno de estos conmigo y puede que lo piense.
Exasperándome, Riden estaba a nada de hacerlo.
Atajé el chupito antes de que el imbécil se lo llevara a la boca y vacié el contenido del vaso de un trago. Volví a torcer el gesto por lo horriblemente dulce que esa mierda sabía, haciendo reír a la cuñada maldita.
—Primero, deja de darle alcohol al bastardo que no puede tomar, y segundo, tengo veintiséis excelentes razones de por qué mi mujer es feliz a mi lado —estampé el pequeño vaso en el mostrador, zampándome un trago de algo que no contaba con mierdas tan asquerosas.
Kendall me ignoró por completo, arrimándole otro shot a Riden y a mi hermana.
Gracias a Dios el imbécil lo rechazó, logrando que ella se bebiera el suyo y el de él, sin importarle mucho la rapidez, haciendo que mi animada hermana bebiera la misma cantidad, pidiendo otra ronda de lo mismo al dejar los vasos vacíos.
Intercepté a Riden con la mirada y suspiré pesadamente cuando lo mismo que yo estaba pensando pasó por su mirada.
«Esta será una noche horrible».
♦ ♦ ♦
Arabella
Tener a Drake conmigo en una fila interminable de gente para llegar al interior del baño fue bastante divertido. Bailó conmigo en mi lugar de fila cada canción que sonó, luego de que me despegué del espécimen y se rió de mí cuando, sin querer, me resbalé, cayendo de culo al suelo.
Agradecí a los dioses que tanto el vestido, como la punta de mis tacones no hubiesen sufrido daños, porque no estaba muy segura de cómo le iba a explicar a Rush que me había resbalado porque a mi tobillo le dio la gana de fallar en ese momento, doblándose como si fuese de Bambi.
El baño estaba en el extremo más alejado de la pista de baile, sin embargo, desde aquí podía observar como algunas parejas se desligaban de la pista para venir a comerse las bocas, aprovechando la escasa iluminación que el extremo en donde estaba les brindaba. Entre eso y ver como entraban y salían grupos femeninos de siete del baño, la vida se me estaba yendo aquí.
Drake me volvió a mirar con esa expresión divertida que había tenido desde hacía cinco minutos.
—¿De verdad crees que eso te va a ayudar a contener las ganas?
—Lo ha hecho por los últimos quince minutos —seguí bailando sobre mis talones—. Recuérdeme decirle a Mila que tiene que hacer otro bendito baño. Mi vejiga no piensa pasar por esto otra vez.
—Ya eres la tercera en la fila, concéntrate en eso mejor —rió el rubio, imitando la descoordinación de mis pies—. Además, ahora ya tienes en cuenta una clara consecuencia por tomar tantos shots.
Bufé, indignada por completo.
—¡Pero si es culpa de Rise!
El idiota me sobrellenó de agua como si se tratase de un puto pez antes de siquiera beberme los chupitos y, por él, me encontraba en una interminable cola, en vez de estar en los bonitos brazos de mi espécimen, cabalgando en su mano por ese inexistente orgasmo que me debía.
—No soy un bendito pez que necesita nadar en un estanque de agua. Lo que necesitaba era alcohol, no h2o.
El rubio se carcajeó, negando con la cabeza.
Charlando con mi acompañante, pasaron un par de minutos hasta que, por fin, la fila volvió a avanzar.
—¡Al fin! —gemí feliz.
Drake me miró con una sonrisa y avanzó conmigo hasta el umbral de la puerta abierta. Lo vi bastante dispuesto a entrar conmigo, importándole poco las miradas que el resto de mujeres ebrias le estaban dando. Lo detuve, cortando el flujo saliente de mujeres al colocar mi brazo en el marco de personas.
—¿A dónde crees que vas?
—¿Al baño? —respondió, sonando más a pregunta que a respuesta.
—Es de mujeres —resalté lo obvio.
—Mujeres que están lo bastante borradas del planeta como para recordar mi cara ahí adentro —suspiró divertido—. Y por si no lo recuerdas, le dije a Rush que mantendría un ojo en ti, cielo. No vas a escaparte de mí tan fácil.
»Además, estoy segurísimo de que, si vuelvo sin ti, es posible que me degolle y ponga mi cabeza en una pica, por lo que prefiero vivir un año más, si no te importa.
«Dramático».
—El club de dramatismo está a la vuelta de la esquina —dije con sarcasmo, cruzándome de piernas—. Rubio, estoy lo bastante grandecita. Me basta y me sobra tener a Kendall como niñera para que también te le sumes tú y me quieras ver hacer del uno.
»Ve a dar una vuelta por ahí mientras vacío mi vejiga. Estoy condenadamente segura de que el inodoro no va a tragarme y estaré esperándote justo aquí si salgo antes de que vuelvas.
Drake frunció el ceño, para nada convencido de mis palabras.
—Bells…
—Estaré bien, pervertido —insistí, despreocupándolo con un gesto de manos—. Vete de aquí. Estás acaparando demasiada atención —apunté con la cabeza a las mujeres detrás de él que se lo estaban comiendo con la mirada.
El rubio ladeó la cabeza, aun sin estar convencido.
Luego de unos segundos debatiéndose, respiró hondo, asumiendo la derrota.
—Te doy diez minutos para que vayas y vacíes todo el líquido que tienes dentro —esos zafiros brillaron con decisión al apuntarme con su dedo—. No sales en esos diez minutos y a mí no me importa ser comido por mujeres para verificar que el excusado no te tragó, ¿me entiendes?
Riendo, le di una despedida militar antes de perderme en el interior del tan aclamado baño.
Al entrar, me maravillé al notar la decoración; las paredes estaban decoradas con azulejos relucientes y espejos enmarcados en oro, reflejando uno que otro destello de luces de neón que se filtraban desde la pista de baile. Los elegantes lavamanos eran de mármol blanco con grifos cromados que brillaban bajo la luz tenue.
Mila se había lucido mucho más de lo que creí posible y estaba feliz por ella al conseguir que mi espécimen y mi mejor amiga invirtieran en su negocio. Estaba cien por ciento segura de que se lo merecía, puesto que todo el club era simplemente magnífico.
Como si eso no fuera poco, al notar que el bullicio del club fue amortiguado, mi nariz empezó a reconocer el suave aroma de vainilla y jazmín flotando por el aire, envolviéndome por unos segundos en una atmósfera de calma.
Calma que se fue a la mierda con mi alivio momentáneo por hacer pipí al chocar sin querer contra un cuerpo femenino en otra horrible, espantosa e interminable fila para usar alguno de los cubículos que, para mi desgracia, tenían a más mujeres esperando desde el otro lado.
Suspiré, resignada, mientras me dejaba caer en la pared de azulejos, maldiciendo a Rise en voz baja una vez más.
El tiempo pareció ralentizarse mientras me movía inquieta en mi lugar, conteniendo las ganas de botar todo el líquido en mi cuerpo con todas mis fuerzas. La necesidad se volvía apremiante, y la idea de explorar cualquier opción viable cruzó mi mente.
Si no hacía algo pronto –cómo hacer pipí en un vaso—, tendría un problema mucho mayor que explicarle a Rush por qué mi tobillo decidió comportarse como Bambi.
Contando del uno al mil, en el número ochenta y cinco se apareció una chica pequeña, metida en un bonito vestido verde con una diminuta cartera de mano igual a la de Mila. Era rubia y sonriente, que estaba a dos personas detrás de mí, llamando mi atención.
Al fijar la mirada en esos bonitos ojos azules, con una sonrisa amable se inclinó ligeramente hacia adelante.
—Si estás desesperada, conozco otro baño que no mucha gente usa —me dijo, su voz suave y cómplice.
Barrí a la chica de arriba abajo con desconfianza y sorpresa.
No hablar con extraños era una regla que les enseñaban a cada persona cuerda. Pero cuando una persona cuerda tenía muchas ganas de liberar el líquido que un bastardo idiota la obligó a beber, esa regla quedaba en el olvido porque era mejor seguir al desconocido que hacerse pipí encima… O, en dado caso, un vaso que algún buen amigo iba a tener que buscar.
—¿Dónde? —pregunté, intentando no parecer demasiado desesperada. Aunque era seguro de que mi tono delataba lo contrario.
Ella me dio una sonrisa tranquilizadora.
—Sígueme, te llevaré. Está justo al final del pasillo, mucho menos concurrido.
Tenía que sospechar algo, lo sabía, pero mis ganas eran más fuertes que mi sentido común.
Me aparté de la fila y la seguí con premura, saliendo del baño elegante, casi que pisándole los talones. Pasamos por una puerta al final del pasillo y, para mi sorpresa, nos encontramos en las afueras del club. El aire fresco de la noche me golpeó con fuerza, dándome una sensación refrescante que contrastaba con el calor del interior.
Caminamos en silencio, alejándonos un poco más del club. Fue en la primera vuelta a la izquierda que el silencio ya me estaba volviendo loca.
—Entonces… Te tengo como “salvadora desconocida” en mi cabeza. ¿Cuál es tu nombre?
La risa despreocupada de la chica me hizo sonreír.
—Abby —respondió con dulzura.
—Te debo la vida, Abby. Estaba entre un vaso o una maceta. Puede que me hayas salvado de hacer una estupidez.
—Se puede decir que no es la primera vez que ayudo a alguien en esa misma situación —bromeó.
—¿Ah, no?
Negó con la cabeza.
—La segunda vez que vine al club, el baño estaba peor. Mis amigas y yo descubrimos en una emergencia de último minuto este baño rescata reputación y pues, cada vez que veo que el baño tiene una cola interminable, voy a este.
—Fue un gran hallazgo.
—Lo bautizamos “el encuentro del siglo”.
Ambas nos reímos ante la ironía de la situación, la sensación de camaradería aliviando un poco mi tensión. Unos pocos pasos más y llegamos al baño poco concurrido. Al entrar, no era tan elegante como el del club, pero algo era algo. El único problema era que solo había un solo cubículo y éramos dos personas, por ende…
—Ve, se nota que lo necesitas más que yo —Abby se detuvo, haciendo un gesto cortés con la mano.
—Podría besarte ahora mismo —gemí y me apresuré a entrar. No había ni logrado acomodarme bien, cuando mi vejiga explotó y suspiré de alivio—. Te juro que podría besarte ahora mismo.
—Sería tonta si me negara a eso —rió. De pronto, el sonido de un celular se hizo presente—. Tengo que tomar esto. ¡Espero que te haya servido el baño!
—¡Eres la mejor! —exclamé antes de que la puerta retumbara en el lugar.
Segundos después, feliz y lista, me giré al dispensador de papel para limpiarme, pero… ¡Sorpresa! No había rastro de eso.
Solté un gemido de frustración pura, pero no me quedé con eso. Saqué provecho de lo vacío que se encontraba el lugar y, abriendo el cubículo, con rapidez me acerqué al lavabo. Resignada a que mi dignidad ya la había perdido hace tiempo, abrí la llave e hice lo que tuve que hacer para quedar limpia.
Ahora, estresada y con ganas de abrazar a mi espécimen, me bajé el vestido y salí del “encuentro del siglo”, topándome otra vez con el aire fresco de la noche.
Recordando por dónde había venido, me encaminé de regreso al interior del club. Disfruté de la sensación de calidez que el aire me brindaba mientras el repiqueteo de mis tacones se ahogaba bajo el estruendo de la música.
A unos metros de entrever la puerta por donde había salido, una sensación de inquietud se apoderó de mí repentinamente, alertándome de que algo no estaba bien.
La sospecha me hizo girar la cabeza para mirar atrás, pero no vi a nadie, por lo que, insegura, seguí caminando, aumentando la velocidad de mis pasos.
Como la vida me odiaba, unos pasos que no coincidían con los míos se empezaron a escuchar, y antes de que me diera cuenta, lo brillante de la noche había sido reemplazado por la negrura de una maldita bolsa.
—¡¿Es en serio?! —resoplé, batallando con quien sea que agarraba mi cabeza.
Mis instintos se activaron. Encontré un cuerpo a mis espaldas y enterré el codo en él con violencia. No tenía tiempo para esto. Se suponía que había salido para divertirme, no para ser secuestrada por Dios sabía quién a mitad de la noche, ¡maldita sea!
El cuerpo se alejó de mí, jadeando por el impacto, dándome segundos para quitarme la bolsa de la cabeza. Sin embargo, esos segundos no me sirvieron de nada. Antes de poder quitarme la bolsa por completo, otras manos me agarraron por el cuello, apretándolo con fuerza.
—¡Hijo de perra! —grité con rabia, lanzando una patada hacia atrás, golpeando otra rodilla.
Mi pie hizo contacto con la carne, y escuché un grito de dolor. Un breve momento de satisfacción me invadió, pero no fue suficiente. Más manos me sujetaron, inmovilizándome.
Un piquete.
Eso, más otras manos en mi cuerpo, fue todo lo que sentí antes de irme a la deriva.
♦ ♦ ♦
Rush
Quince minutos.
Eso fue lo máximo que soporté estando sentado en el taburete de la barra.
Ahora, ocho minutos.
Eso era lo que llevaba afuera del baño de mujeres, esperando que mi mujer saliera de una buena puta vez con Anderson detrás de ella porque juro por Dios que, si ninguno salía en menos de lo que mi paciencia se acabara, iba a matarlos.
Riden se había ofrecido a buscarlos cuando mi exasperación estaba pendiendo de un hilo, sin embargo, volvió minutos después, asegurando que debían de estar adentro porque en la cola de afuera no había rastro de ninguno.
Un lento minuto entero pasó en el que vi a dos mujeres más salir de ese maldito lugar.
—A la mierda —murmuré entre dientes, adentrándome al baño.
Fue un dolor de huevos ver ocho cubículos cerrados y repleto de mujeres haciendo fila, esperando su turno para entrar.
El nervio del párpado me tembló en el momento en que barrí la estancia y no encontré a Anderson por ningún lado. Más le valía estar dentro de alguno de esos cubículos con mi mujer. Se la había confiado. Si me enteraba que la dejó sola porque ella se lo había pedido, de verdad, iba a matarlos a ambos.
A una por terca, y al otro por irresponsable que se dejaba mangonear de esa manera tan solo por cumplirle un estúpido capricho.
Apretando el tabique de la nariz, me apoyé en la pared que me daba una vista perfecta a los cubículos y, cruzándome de brazos, esperé.
Pasé de largo las miradas lascivas que recibí por la mayoría de mujeres. La única mujer que necesitaba que me mirara así debía estar detrás de esos compartimientos, besándose con el otro maldito idiota para estar tardando tanto.
«Voy a matarla».
Estaba seguro de que me iba a dar una puta migraña cuando una mujer bastante ebria se plantó frente a mí, luciendo una camisa escotada, dejándome ver las tetas que no se había dignado a esconder, dándome una sonrisa lobuna.
Distinguí lo castaña que era antes de sacar mi vista de ella al tiempo en que uno de los cubículos se vaciaba.
«No es ella».
—¿Perdido? —me habló, intentando verse seductora.
Mi mirada bajó instintivamente a sus tetas. No porque quería, sino porque era su rasgo más predominante. Ella lo sabía porque su sonrisa se hizo más grande al notar que mis ojos no estaban fijos en su cara, sino en otro lado.
—Ardiente y directo. Me gusta —dijo, acercándose más a mí—. ¿Qué te parece si…?
Me desconecté de su mierda.
No supe en qué momento mi cara tenía la invitación escrita de “socializa conmigo”. Lo único que necesitaba era que mi mujer saliera de una puta vez para darle el escarmiento de su vida, llevarla a casa y darle la follada de su existencia.
Me moría por escuchar mi nombre rasgando con fuerza su garganta cuando me enterrara en ella, después de que su pequeño coño ahogó mis dedos en esa maldita pista.
Tres mujeres más salieron al mismo tiempo de sus respectivos espacios, restando mi cuenta regresiva.
«Cuatro más».
—¿Me estás escuchando? —gruñó la insufrible mujer, con un matiz de enojo en su voz.
—No —sentencié irritado.
—Te estaba diciendo que si querías ir conmigo a…
—No.
—Pero te prometo que te haré sentir muy bien —restregó sus tetas en mi pecho. ¿En qué puto momento se había acercado tanto?—. Solo serán unas cuantas horas… Aunque si lo que buscas es más que eso…
—Soy gay —tajé su cacareo insoportable, visualizando a otra mujer saliendo.
«Tres».
—¿Qué? —balbuceó, incrédula.
Gruñendo, crucé la mirada con ella y me señalé.
—Gay —tuve la humildad de repetirlo.
Sentí su escaneó profundo y sabía lo que estaba haciendo. Por lo general, esa línea me funcionaba con mujeres ebrias que me quería quitar de encima. Sin embargo, tenía sus fallas de vez en cuando.
—¿Me lo dices en serio?
Y me jodía que una de esas fallas quisiera aparecer hoy.
Antes de chocar con la mujer por la que podría poner el mundo a sus pies, para mí no existía la regla de follar dos veces seguidas con la misma persona.
Las que conseguían eso tenían que ser malditamente buenas para volver a mirar en su dirección, recalcándole que solo era sexo. Nada de esas mierdas emotivas o sentimentalistas.
Yo daba sexo. No flores bonitas ni ninguna de esas porquerías cursis que pensaban que iban a obtener de mí por tan solo ponerse de rodillas y chuparme la polla hasta correrme, sin siquiera decirme su nombre.
Sexo jodidamente bueno era lo único que iban a recibir de mí por más que se empeñaran en querer cambiar las cosas. En querer cambiarme a mí.
Claro, de vez en cuando había mujeres que, a pesar de ser buenas, eran un dolor de huevos, siendo difícil de deshacerse.
Ese tipo de mujeres eran las pegajosas.
Ellas eran la clase que solía evitar a toda costa, porque no había nada peor que despertar con una maldita resaca a la mañana siguiente y tener a una mujer que se creía más que una simple follada, dándote los buenos días.
—No, no lo creo —siguió la otra, rebajándose más a dejar sus tetas al descubierto, sin importarle una mierda que estaba en un espacio donde nadie quería ver sus malditos senos.
¿Ella no pillaba la indirecta o qué mierda? De reojo, otra mujer afuera.
«Dos».
Entre Arabella y el bastardo idiota tenían que estar rezando por sus vidas al salir del último cubículo, porque la maldita migraña que me estaban haciendo pasar no les iba a salir gratis.
Captando la pista de mi rechazo, el dolor de cabeza se tapó luciendo bastante molesta. Ella empezó a gritar furiosa, pero mi cabeza enterró su cacareo en el fondo del pozo cuando la última mujer salió del cubículo, encendiendo las alarmas de mi cabeza.
«Maldita sea».
Dejando atrás el escándalo exasperante del baño, salí de ahí y empecé a recorrer el maldito club con el corazón en la garganta.
Revisé cada rincón y cada grieta del interior sin encontrar nada.
Esto no podía estar pasando.
No con ella, joder. No otra maldita vez.
Revisé las áreas exclusivas, nuestra mesa, el segundo y el tercer piso del lugar, pero no había rastro ni de ella ni de Drake. Cada vez que pensaba que podía haberme pasado por alto un lugar, la ansiedad se apoderaba de mí.
Entré en la pista de baile y repetí el proceso de búsqueda, escaneando cada rostro con una mezcla de desesperación y furia. Cuando iba a adentrarme más en un pasillo que no había visto antes, una mano agarró mi hombro con esmero.
—¿Dónde diablos estabas? Te he… —Rise se calló, cambiando su habitual semblante divertido a uno de confusión cuando me giré para verlo.
—¿Has visto a Arabella? —pregunté con la voz tensa, más parecida a un gruñido.
Sus gestos cambiaron de nuevo, reflejando la misma preocupación que me estaba carcomiendo el pecho.
—Busca afuera. Yo me encargo aquí.
No esperé otra cosa y salí del club.
La entrada principal estaba abarrotada, una multitud bulliciosa esperando su turno para entrar en una fila de espera interminable. Repasé las caras de cada persona que había ahí, pero ninguna era ella.
Me alejé de ahí.
Busqué por el estacionamiento, por las partes oscuras más allá del mismo, y no había nada. Ni una maldita cosa.
El dolor de cabeza se expandió, inundando cada parte de mi cuerpo con una presión insoportable.
Ella no podía desaparecer así.
No estaba lidiando con un puto truco de magia; tenía que haber un maldito rastro.
Desesperado, volví a recorrer el sitio, encontrando un callejón oscuro que me llevaba a la parte poco iluminada detrás del club.
Mi respiración se enganchó cuando noté pequeños fragmentos de tela brillante en el suelo, cercano a una puerta escondida del club.
Sin dudarlo, los reconocí como partes del vestido de Arabella. Con cuidado, recogí los escasos fragmentos de tela, su presencia confirmando mis peores malditas pesadillas.
«¡Joder, joder!».
Mi mente corría con posibilidades, cada una peor que la anterior. Pero, antes de poder procesar lo que significaba todo esto, una tela cubrió mi cabeza, obstaculizándome todo.
La ira empezó a burbujear rápido cuando sentí el primer golpe en la cara.
—¡Maldita sea! —gruñí, tratando de sacudirme el velo de la cabeza, pero el segundo golpe llegó antes de que pudiera reaccionar por completo.
La adrenalina se disparó, alimentada por la furia y el miedo profundo que sentía por ella.
Con un esfuerzo desesperado, logré arrancarme la tela de la cabeza justo a tiempo para esquivar un tercer golpe. Mi vista se aclaró, y vi ese resplandeciente uniforme de mierda que quería extinguir de la faz de la tierra.
«Malditos perros hijos de puta».
La comprensión de que Arabella había sido secuestrada por Alexey y no por el Boss, encendió una furia casi cegadora dentro de mí.
Uno de los hombres intentó golpearme, pero esquivé su ataque y le devolví el golpe, rompiéndole la nariz con un crujido sordo. Los otros seis se abalanzaron sobre mí simultáneamente. La adrenalina y la ira alimentaban mis movimientos, cada golpe una descarga de mi desesperación y rabia.
Uno de ellos me atrapó por detrás, pero lo hice girar, estrellándolo contra la pared, disfrutando cómo la sangre salía de su cabeza. Otro trató de patearme, pero agarré su pierna y lo derribé, aplastando su rostro contra el suelo, destrozando su cuello de una pisada.
La visión se me volvió roja de furia, disfrutando cómo los malditos perros caían uno a uno.
Sentí un puñetazo en las costillas, y otro en la mandíbula, pero el dolor solo me impulsó más. Logré levantar a uno de los perros y lo lancé contra los demás, creando un caos momentáneo que no me sirvió para una mierda. Ellos se reagruparon con rapidez, rodeándome con esa precisión característica que no había visto la última vez que me los encontré.
La ira se estaba empezando a mezclar con el pánico.
No podía permitirme caer.
No cuando Arabella estaba en peligro.
Con un rugido, derribé a otro de una patada en su tórax, pero los demás aprovecharon mi punto ciego, lanzándose sobre mí con fuerza.
Los golpes llovían sobre mí desde todas las direcciones. Logré conectar algunos más, pero los números y la coordinación empezaron a abrumarme. Uno de ellos logró sujetarme y sentí un pinchazo agudo en el cuello.
La inyección actuó rápido.
Mis movimientos se volvieron lentos, torpes. La rabia y la adrenalina no eran suficientes para contrarrestar el efecto de lo que sea que me habían inyectado. Mis piernas cedieron, y caí al suelo, luchando contra la oscuridad que se cernía sobre mí.
El pensamiento de Arabella, sola y en peligro, fue lo último que cruzó mi mente antes de sucumbir a la oscuridad.