1. Let's Play - Capítulo 54
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Capítulo 54: 52
No hay nada como tocar fondo varias veces
Alea iacta est, es decir, joder.
Arabella
Octubre, 21.
Sumergirse.
Luchar nadando para salir a la superficie.
Salir a duras penas, tratando de mantenerse a flote.
Ahogarse por una fuerza externa que te exigía que volvieras a las profundidades del negro y helado mar del que estabas luchando por salir.
Repetir.
Repetí eso.
Repetí el horrible proceso hasta que mis brazos se cansaron de bracear de manera errática. Repetí eso hasta que el agua salada se hizo imposible de seguir soportando, así que me ahogué. Dejé que esa maldita fuerza externa me llevara hasta donde quería llevarme. Los pulmones se llenaron de agua, la garganta se me cerró, los ojos ardían.
Intentar contener la respiración se hacía cada vez más imposible, y desfallecer era mi opción más viable. Estaba a punto. Pero al mar no le debió de gustar mi sabor: me escupió con violencia. Me hizo volar, depositándome en un lugar condenadamente helado, en algo apenas cómodo.
Abrir los ojos no era una opción para mí. No podía. Y si esta era una recompensa del mar por dejarme tragar, apestaba.
—Non possiamo continuare a tenerla così, signore. Il suo corpo non reggerà un’altra infusione. Tanto meno con questa temperatura. Sono passati giorni, ha bisogno di cibo.
«No podemos seguir manteniéndola así, señor. Su cuerpo no soportará otra infusión. Mucho menos con esta temperatura. Han pasado días, necesita comida».
Tardé en registrar la voz y tardé mucho más en registrar el idioma. Mi cabeza soltó traducción tras traducción en cada idioma que sabía, hasta que pegó con uno que me dejó más confundida de lo que me encontraba.
Sentí el roce de una nariz en mi cuello, seguido de una mordida que activó un dolor punzante en mi cuerpo.
«¿Qué mierda…?».
Una risa profunda y masculina fue lo siguiente que oí. Luego, algo que hizo que mi corazón latiera desbocado.
—¿Estás despierta, ouranos? ¿Me oyes? —un lengüetazo asqueroso me recorrió la garganta—. Observa conmigo la ironía de la vida y la estupidez de tu razonamiento —volvió a reír—. Jugaste con fuego hace algún tiempo, ¿y qué creíste? ¿Qué las acciones de tu comportamiento no iban a tener consecuencias? —soltó un tarareó negativo y se echó a reír. El frío volvió a arroparme cuando se alejó—. Non mi interessa. Alza la temperatura e raddoppia la dose.
«No me importa. Sube la temperatura y dobla la dosis».
Captaba la voz. Mi cerebro la reconocía, pero pensar se me hacía tan pesado, que era incapaz de encontrar sentido a algo de lo que estaba diciendo. ¿De qué y quién diablos estaba hablando?
La desesperación me golpeó de lleno, tratando de asimilar la situación mientras el ahogo y el desconcierto se mezclaban. Intenté moverme, sin embargo, estaba tan cansada que el cuerpo no me respondía.
—Ma signore…
El sonido de cosas de metal cayendo al suelo resonó por el lugar, seguido de unas dolorosas quejas inentendibles.
—Fallo —siseó el hombre, furioso. Su cercanía me hizo querer vomitar y el otro lengüetazo que me dio en la comisura de la boca me hizo querer matarlo—. Dulces sueños, ouranos. Prometo despertarte cuando esté todo listo.
Quería replicar.
Quería arrancarle la cabeza a quien sea que me estaba hablando, pero volví a ser arrojada a las aguas gélidas del mar negro, batallando con las olas enormes que me llevaban hacia abajo, antes de siquiera tener la oportunidad de hablar.
Mi mente se llenó de imágenes fragmentadas y sensaciones confusas mientras me hundía. La desesperación me envolvía como una manta pesada, oscura y húmeda, impidiendo cualquier pensamiento coherente. La impotencia me paralizaba, y todo lo que podía hacer era intentar respirar, aunque el aire parecía haberse esfumado.
Todo quemaba, ardía. Estaba tan cansada de intentar mantenerme a flote que solo dejé de intentarlo; me ahogué.
♦ ♦ ♦
Octubre, 26.
Basta.
Estaba cansada.
No quería más.
Las olas eran cada vez peor y por más que gritara y me mantuviera a flote, el mar no hacía más que tragarme, robándome el aire. El jodido frío me calaba en los huesos, congelándome los músculos, impidiendo que siguiera nadando hacia la superficie.
Los pulmones me ardían, clamando por oxígeno mientras que el agua salada me quemaba la garganta y mis ojos —que no hacían más que intentar de ver a través de la negrura del mar, sin éxito alguno— querían dejar de funcionar. El peso del mar me estaba aplastando, devorándome, haciéndose cada vez más pesado, más implacable.
El frío no sólo envolvía mi cuerpo, sino que también se apoderaba de mi espíritu, gritándome que me rindiera, que lo dejara hasta aquí. Que no siguiera luchando. Y me ganaban sus gritos, sin embargo, cada vez que me dejaba vencer, el inclemente mar me escupía, mandándome al otro gélido lugar para escuchar voces.
¿Para qué? ¿Qué ganaba con eso? ¿Por qué quería escuchar voces si lo que necesitaba era morirme? ¿Cuál era el punto de todo esto? Estaba exhausta.
«Tan solo déjenme ir», pensé en un sollozo inaudible.
Aun así, una voz sorprendida y confundida se filtró en mi cabeza, traduciendo sus palabras al inglés en el momento en que habló.
—Siamo a dieci gradi. Come fa a respirare dopo tutte queste ore?
«Estamos a diez grados. ¿Cómo es que ella sigue respirando después de tantas horas?».
—La vogliono debole, non morta —respondió otra voz, cargada de aburrimiento y hostilidad.
«La quieren débil, no muerta».
—Ha una catena pesante intorno al collo e catene in entrambe le mani, di cos’altro hanno bisogno per…?
«Tiene una puta cadena pesada alrededor del cuello y grilletes en ambas manos, ¿qué más necesitan para…?».
—Hai visto l’altro tizio? —calló hostil a la otra voz, fastidiado.
«¿Has visto al otro?».
Unas manos recorrieron mi cuerpo.
Las quise fuera de mí al instante.
—Questo si capisce, ma lei cosa? Sembra un animale in gabbia.
«A ese se le entiende, ¿pero a ella qué? Parece un animal enjaulado».
¿Había más personas aquí?
—È un animale in gabbia —reiteró con esmero—. Un animale penoso e pericoloso in gabbia che dobbiamo venire a vedere di tanto in tanto per controllare che non sia morta. Ora stai zitto e aiutami con questo.
«Es un animal enjaulado. Un penoso y peligroso animal enjaulado que tenemos que venir a ver de vez en cuando para revisar que no esté muerta. Ahora cállate y ayúdame con esto».
Seguido de un resoplido de fastidio, más manos empezaron a toquetearme, pero antes de que pudiera arrancarles las extremidades, el agua rabiosa volvió, inundándome los pulmones con violencia.
♦ ♦ ♦
Octubre, 30.
Ahogarse.
Dejar de luchar.
Dejar que la maldita fuerza externa volviera a tragarte y te escupiera en las malditas montañas del Ártico sin un ápice de tacto.
Me había acostumbrado.
¿Cuántas veces ya?
¿Ocho?
¿Doce?
Lo mínimo que tenía que hacer era acostumbrarme a las regurgitaciones que me daba el mar cuando ya no me quería en sus profundidades.
A eso y a las voces.
Voces que iban desde los cuchicheos que apenas podía escuchar, hasta los golpes y maldiciones entre dientes.
No había vuelto a escuchar al otro hombre y eso a mi instinto no le gustaba. No obstante, no era como si me dieran el tiempo suficiente para digerirlo. En cuanto notaban que no tenía agua quemándome los pulmones, volvían a arrastrarme a las profundidades de mi mierda.
Me encontraba tragando agua salada cuando las cosas quisieron cambiar. De un momento a otro, el mar volvió a escupirme, dejándome caer de nuevo en el Ártico.
¿La diferencia?
El Ártico no era el Ártico.
En donde me encontraba congelándome los huesos no era más que un lugar completamente oscuro. ¿Cómo lo sabía? Porque alguien se dignó a dejarme abrir los ojos. Sin embargo, ahora mi sentido visual no era más que algo inservible.
De todos modos, parpadeé con dificultad, intentando disipar la penumbra para enfocar algo. Cualquier cosa. Intenté concentrarme a mi alrededor, pero el negro absoluto dominaba el entorno.
Literalmente.
De lo único que era consciente era del jodido dolor desgarrador en todo el cuerpo, del horrible frío que el lugar me estaba otorgando y que no podía moverme ni un milímetro.
El desconcierto me golpeó de lleno, y un pánico momentáneo se apoderó de mí.
¿Qué rayos era esto?
Mis pensamientos eran un caos, y la desesperación se mezclaba con el dolor en una tormenta tortuosa, dándome un horrible dolor de cabeza. Tragué saliva, o al menos lo intenté, pero mi garganta estaba seca y rasposa, como si hubiera tragado arena en lugar de agua.
«Agua. Necesito agua».
Salir de aquí también era lo que necesitaba, pero la pregunta del millón era ¿en dónde diablos estaba? Mis pensamientos se fragmentaban, saltando de un miedo a otro, intentando encontrar alguna lógica en el caos que me rodeaba.
Recordé las voces, las luces, las risas. Recordé la sensación de algo frío y punzante entrando en mi piel. Todo era un remolino de imágenes y sensaciones que no lograba ordenar.
El hijo de puta frío tampoco ayudaba. Sabía que no me encontraba desnuda, pero al estar pegada al piso, la baja temperatura estaba matándome, y estaba segura de que lo seguiría haciendo sin importar qué tantas capas de ropa usara. Era como si me hubieran arrojado a un congelador. El frío se me metía en los huesos, entumeciendo aún más mi penoso cuerpo, haciéndome tiritar de manera incontrolable. Cada bendita respiración que daba era una puñalada de aire helado que me quemaba los pulmones. Si seguía así, era posible que muriera de una hipotermia antes de siquiera planear algo que me sacara de aquí.
Así que intenté moverme.
Con un esfuerzo sobrehumano, descrucé las piernas y traté de gatear hacia adelante. No me moví ni treinta centímetros cuando el tirón brusco en mi cuello me detuvo. Tosí por el repentino atragantamiento, volviéndome a pegar contra la pared que no sabía que tenía detrás de mí.
«¿Qué…?».
El pánico se sumó al dolor al intentar percibir qué era lo que tenía en el cuello, toqueteándolo con las manos. El sonido del metal resonando no solo era por mi cuello, sino también por mis muñecas.
Estaba encadenada.
Mis muñecas contaban con grilletes gruesos enlazados a cadenas cortas, al igual que el anillo de metal pesado que me colgaba alrededor del cuello.
Desesperada, volví a jalar las cadenas de las manos.
Tan solo ese simple movimiento, se convirtió en un suplicio, consiguiendo que el dolor irradiara por todo el cuerpo una vez más, dejándome sin aire.
Odiaba mi maldita suerte.
Sucumbiendo ante un estado puro de desesperación, el sonido metálico de las cadenas empezó a resonar en el oscuro lugar, acompañando cada uno de mis intentos inútiles por liberarme. La sensación de estar atrapada se intensificaba con cada tirón, clavando los estúpidos grilletes más profundamente en mi piel con cada movimiento. Mi ansiedad se hizo palpable cuando otra sensación, una de que algo se me estaba escapando, se hizo presente en mis incansables tirones. Era algo importante, algo vital. Traté de recordar, pero entre mi ansiedad y mi desesperación era imposible. La secuencia borrosa de imágenes y sonidos se clavó en mi cabeza, pero no pude ordenar una mierda.
Estaba al borde del colapso mental. Dos pasos más y me derrumbaría, porque esto no tenía por qué diablos estarme pasando a mí. De todas las mierdas que me merecía, ser secuestrada por Dios sabía quién no era una de ellas. ¡Yo ayudaba, por el amor a Cristo! Claro, mis cuentas nunca fueron blancas, ¡pero tampoco me llené hasta el cuello de mierda como la mayoría de gente en este horrible negocio!
Quería gritar, dejarme caer en la frustración y llorar hasta quedarme sin agua, pero mi orgullo se resistía. En su lugar, parpadeé con rapidez para secar las lágrimas que amenazaban con brotar, pero que no iba a dejar caer porque iba a salir de aquí.
Entonces, un sonido.
Un leve “clic” seguido de un zumbido, y las luces se encendieron, disipando la oscuridad y revelando el interior de la habitación.
Parpadeando para mitigar el repentino cambio de luz, observé mi alrededor; era una habitación pequeña y sucia, con las paredes húmedas y mohosas. Creí que el lugar se llevaría la peor parte, pero no. Lo peor era verlo a él, apoyado contra la puerta, y que todas las cosas importantes que había luchado por alcanzar me llegaran de golpe.
«Los chicos, el club, el baño…».
El corazón se me aceleró, y la frustración, el dolor y el pánico se convirtieron en un torrente de adrenalina puro.
Iba a matarlo.
Iba a matarlo e iba a enviarlo al infierno de forma permanente, asegurándome de que su cuerpo ardiera hasta que solo quedaran las malditas cenizas.
—¿Disfrutando de la comodidad? —su voz era suave con ese fuerte acento danés y ese matiz burlón que me hacía desear arrancarle la garganta con mis propias manos.
El sonido de su voz hizo que mi ira burbujeara a fuego rápido.
Intenté replicar, pero mi garganta estaba demasiado seca; dolía siquiera intentar mandarlo a la mierda. En lugar de palabras, salió un gemido, un sonido penoso que detesté al instante. La sonrisa del hijo de puta se ensanchó, sus ojos brillando con esa asquerosa adoración y esa satisfacción cruel.
—Debo decirte que te veías hermosa durmiendo, ¿pero ahora? —su mirada lasciva me recorrió de arriba abajo, haciéndome estremecer de asco—. Ahora te ves mejor de lo que esperaba. Exquisita.
—Jódete —logré pronunciar en un gruñido, raspándome la garganta en el intento.
—Un placer para mí verte también, ouranos.
Una cucaracha no moría tan rápido. Lo sabía. ¿Pero qué tipo de pacto maldito tenía el bastardo para seguir saliendo ileso cada vez que se le descargaba las balas de un jodido cartucho completo? Ni siquiera había rastros de todo lo que el espécimen le…
«Rush».
Solo el pensamiento de su nombre me provocó otro vuelco en el corazón. Sin embargo, ese pequeño pensamiento me dio un mísero segundo de alivio. Porque gracias a los eventos que se reprodujeron en mi cabeza cuando todo llegó de golpe, sabía que él estaba bien. Cabreado como el infierno, con ganas de matarme en cuanto lograra salir de aquí y me lanzara a sus brazos, pero bien.
Así que con él a salvo…
—¿Te comió la lengua el gato? —empezó a dar pasos en mi dirección, arrastrando una silla de metal detrás—. Fruncir el ceño no te va a llevar a ningún lado, ouranos.
—Vete al infierno, maldito psicópata de mierda —siseé furiosa.
… con él a salvo, podría despreocuparme de todo lo demás y cortarle la maldita cabeza a la cucaracha que tenía al frente.
Con una sonrisa, Dardan dejó la silla a unos pasos de mí y se sentó en ella, sacando una jeringa llena de un líquido oscuro.
Quería asustarme.
Era por eso que seguía sonriendo con superioridad y se estaba aprovechando de que estaba encadenada, para no mandarlo a conocer a mi madre en el momento que puso un repugnante pie en la habitación.
Quería acabar con esto de una buena vez, pero estaba atada, teniendo todas las de perder si daba un paso en falso. Me encontraba bastante segura de que prefería morir en manos de Rush que del otro cerdo, por lo que lo único que tenía a mi favor era mantener la calma y esperar.
Dardan inclinó la cabeza, disfrutando del poder que creía tener sobre mí. La jeringa brillaba débilmente bajo la tenue luz de la habitación, y el líquido oscuro en su interior parecía moverse de manera siniestra.
La bilis me subió por la garganta al imaginarme las cosas que él iba a…
—Eres tan predecible, ouranos —dijo, con una sonrisa serpenteante—. Pero nunca pensé que fueses así de estúpida. ¿Ir a un club? ¿A mitad de todo esto? ¿En la misma ciudad? ¿Dónde quedó esa inteligencia, Arabella? Hay una delgada línea entre la valentía y la estupidez, y tú la has cruzado por completo. Tú tan solo tenías que hacer una sola cosa y era quedarte bajo tierra, pero no. Saliste, ouranos, y es por eso que ahora te tengo.
Me mordí la lengua con fuerza, bajando ese líquido ácido.
¿Qué le iba a decir? Tenía razón.
Y eso era lo que me estaba jodiendo.
Repetir sus palabras en mi cabeza era darle golpes bajos a mi orgullo, y lo que se llevaba la peor parte era que no podía contradecirlo. Había actuado de manera insensata, dejándome llevar por la necesidad, nublándome el puto juicio.
Debí decir que no. Debí de hacer las cosas diferentes, lo sabía. Pero, ¿qué era lo que a este punto mi arrepentimiento tardío iba a cambiar? Había sido un idiota al pensar que podía permitirme un respiro en medio del maldito caos y eso lo tenía claro, no podía cambiarlo.
Ya no.
—Ahórrate tu mierda y dime por qué diablos se gastaron tanto trabajo en buscarme a mí —dije como pude, mi voz apenas un susurro de rabia contenida.
—Vamos por parte, ouranos. Arruinar la sorpresa antes de tiempo no es lo mío —apoyó los brazos en la silla con una sonrisa que quería borrar de un tiro, y sostuvo la jeringa en alto—. ¿Qué crees que sea?
La bilis volvió a subirme por la garganta. Fuese lo que fuese eso, no sería nada bueno si venía de él.
—¿Las bolas que te faltan para matarme de una puta vez?
Él rió, sacudiendo la cabeza.
Quería gritarle. Quería lanzarle toda mi ira y terminar de arrancarle la cabeza, pero eso solo le daría poder alguno sobre mí. Ya bastante ventaja tenía al tenerme encadenada como un jodido perro. No le iba a dar algo más. Así que, con dificultad, respiré hondo, tratando de que el puto frío no me quemara los pulmones.
—Frío, frío —jugó con el émbolo—, pero entiendo la confusión. No es que se haya visto mucho por ahí. Te doy una pista: era algo que tu papi quería desde hace mucho, mucho tiempo.
Borré cualquier rastro de emoción de mí rostro al instante.
En su mierda había dos cosas que no tenían porqué estar en la misma oración ni ahora ni nunca.
La primera, no debería saberlo y la segunda… Si él lo estaba diciendo en serio, una vez que él me introdujera eso estaba jodida.
—No sé de qué hablas.
Sonrió con sorna.
—Aclárame de qué no sabes de lo que te estoy hablando, ouranos: ¿de la CNM-X11 o que eres hija de, nada más y nada menos, que del Boss?
A pesar de que mis pies dejaron de pisar el helado piso de la habitación, causando que las paredes empezaran a dar vueltas, sonando las alarmas en mi cabeza, fingí. Me encogí de hombros con toda la naturalidad del mundo mientras me hundía en un hoyo de desesperación.
—Tus informantes apestan, la verdad.
Dardan tarareó divertido.
—Pensaba lo mismo, ¿sabes? Incluso el capobastone también pensaba lo mismo, pero es increíble lo que una gota de sangre puede hacer por ti —gotas del líquido oscuro salieron disparadas por la aguja—. Pero no te preocupes. Tu secreto está a salvo.
El sadismo en su voz era inconfundible, y cada palabra que soltó se clavó en mi piel como un horrible tatuaje. Él lo sabía y sí él lo sabía, entonces no había duda de que Alexey sí estuviera trabajando con Nikolay porque solo había una sola cosa que mi progenitor quisiera más y esa cosa era el poder. Para mi desgracia, ese poder venía enlazado conmigo, sin yo siquiera pedirlo.
El miedo empezó a tapar la ira.
Podía negarlo.
Podía decirle que sus pruebas eran una mierda. Que no sabía de lo que estaba hablando. Pero mis palabras se quedarían cortas. Dardan podía ser muchas cosas, pero estúpido no era una de ellas.
Mi mente empezó a trabajar a toda velocidad, buscando una salida, una forma de desviar la atención. Sin embargo, cada opción que veía factible, cada opción que se iba a la mierda en mi jodido hueco de desesperación.
No podía tapar esto.
No podía demostrarle lo contrario.
La verdad era que me había pillado en guardia baja, y estaba jodida.
La mirada que me dio también me comunicó lo mismo.
—¿Y entonces qué? ¿Alexey y Nikolay juntos solo por mí? —resoplé con burla fingida—. ¿Alexey qué consigue con eso? ¿Qué la guerra interina que venimos ganando se acabe?
Dardan sonrió, su expresión era la de alguien que disfrutaba cada segundo de mi sufrimiento.
—Para ser tan lista, a veces se me olvida que sigues siendo una niña que se cree intocable, ouranos. Parte de tu encanto, supongo, pero te encargaré eso como tarea —su tono era condescendiente, casi paternal, y me hacía hervir la sangre.
La burla en sus ojos me desquiciaba y estaba segura de que disfrutaría mucho borrársela con un tubo en su córnea. Pero era mi culpa. Había subestimado la situación, había pensado que podía tomar un respiro en medio de todo este desastre y ahora estaba pagando el precio. Mi estómago vacío comenzó a retorcerse de arrepentimiento.
El peso de mis mierdas se asentó más ahí cuando él se levantó de la silla y en dos pasos ya estaba frente a mí de cuclillas, sosteniendo mi barbilla con dureza. Sus ojos oscuros se clavaron en los míos y luego bajaron por mi boca con tanto deseo que me hizo querer soltar esa bilis que venía amenazando con salir.
—No sabes cuánto estuve esperando tenerte así: encadenada, aterrada, con ese brillo asesino en tus ojos solo para mí. Pese a la espera, puedo decirte que valió cada segundo de ello —la punta de la aguja pasó con cuidado por mis labios.
Histérica, me removí de su agarre mortal.
Eso no iba a tocar mi sistema sanguíneo.
No iba a permitirlo.
Prefería estar muerta.
—No, ouranos. Conmigo vas a aprender tu lugar. Entenderás que tú no eres más que un peón en un tablero mucho más grande y aprenderás que cada acto tiene una consecuencia, y la tuya soy yo.
—Yo no…
—Shh, ouranos —su boca estuvo contra la mía antes de siquiera poder hacer algo para evitarlo. Sin embargo, fue un beso fugaz, cargado de emoción solo por su parte—. El poder de decidir dejó de estar de tu lado. Ahora lo tengo yo. Y voy a disfrutar cada momento de esto.
La desesperación subió, ahogándome. Debí haberlo matado cuando tuve la oportunidad. Ahora lo tenía comiéndome la boca con un ímpetu enfermizo, el cual corté al morder su labio rabiosa. Me llené de satisfacción al escupir su sangre y verlo alejarse, reluciendo esa mirada de odio.
—Maldita hija de perra —siseó rabioso, llevándose una mano a su labio roto. Le sonreí con suficiencia, cosa que lo encendió aún más—. Te di una oportunidad para probarme si querías continuar por el camino fácil y cooperar, ouranos —alzó la jeringa y me apuntó con ella, dejándome fría—. Me has demostrado que quieres ir por el camino difícil. Entonces, juguemos.
De inmediato mi espalda tocó la gélida pared de la habitación y el sonido estridente de las cadenas resonó por el lugar.
No.
Eso no iba a tocarme.
No podía tocarme.
¡Primero muerta, joder!
Dardan se siguió acercando.
—¡Vete al infierno, bastardo enfermo! —troné, lanzando patadas con el corazón en la garganta.
—Ya estoy ahí, ouranos —respondió con una sonrisa más amplia—. Y te aseguro que el lugar no es tan malo cuando eres el que tiene las llaves.
Dejé salir un gemido inentendible cuando la jeringa se acercó más. En respuesta, su risa sádica llenó el lugar y mis piernas quedaron presas debajo de su cuerpo, inmovilizándome por completo, así que no encontré otra salida más y grité.
Pegué el grito más agudo de mi vida, rasgando cada cuerda vocal que tenía, mandando a la mierda la poca dignidad que conservaba.
Pero no sirvió.
Él seguía ahí, sonriendo con ansias, sosteniendo la aguja con el maldito líquido que me iba a dejar a su merced por más que intentara no quererlo.
Bastante mal era que me tuviera encadenada, ¿pero drogada? ¿Más de lo que sabía que me encontraba? ¿Con eso? ¿Con lo único por lo que Nikolay batalló en conseguir, fracasando en cada maldito intento?
—¡No! —gemí, presa del pánico.
—Me encanta cuando te pones agresiva —de golpe, atajó mi garganta, lastimándome a propósito—. Lástima que no te sirva mucho ahora —sin más, la aguja se clavó en mi cuello y el líquido se esparció—. No será tan malo, ouranos. Vamos a divertirnos mucho —masculló contra mis labios, mientras poco a poco caía en un estado de pesadez.
♦ ♦ ♦
Rush
Noviembre, 07.
Me rompió. Ese grito proviniendo de ella me rompió y sacudió con creces la ira que me avasallaba todo el cuerpo.
Habían pasado semanas. Semanas.
Y hasta ahora, ese único maldito sonido que había dado hace días, acribillándome la cabeza y repitiéndose en mi cerebro en un horrible bucle, era todo lo que tenía de ella.
«Maldita sea».
Recordar ese grito de auxilio hacía que las mismas preguntas que me atormentaban la cabeza desde que los ojos de Alexey estuvieron en mí, volvieran a aplastarme con fuerza: ¿dónde estaba? ¿Quién la tenía? ¿Estaba bien?
La jodida incertidumbre era un veneno que se extendía despacio, corroyendo cada rincón de mi mente, alimentando aún más la rabia que me consumía. La impotencia de no poder hacer nada por ella se mezclaba con el miedo, y todo eso me mantenía al borde de un puto colapso.
—Cazzo! —volvió a entrar el hijo de perra, seguido de un par de perros de mierda, dejando la reja abierta de par en par, retomando lo que venía haciendo desde la última hora—. Maldita cagna —siseó molesto.
El cuerpo se me contrajo y las cadenas sonaron, atrayendo la atención del bastardo. Entrecerrando los ojos en mi dirección, furioso volvió a ignorarme, dándome la espalda por unos segundos, tomando algo de la mesa. Cuando se volteó, lo hizo con una sonrisa ladina, sosteniendo un pequeño frasco lleno de un líquido oscuro.
En seguida sentí como el estómago se me hundió.
—¿Lo recuerdas? —sacudió el frasco—. Hace días que volví a inyectártelo. Pero como de costumbre, no funciona en ti —dejó caer la botella en el piso, fragmentándose en pedazos antes de seguir introduciendo la punta del cuchillo en mi antebrazo con mucho más esmero que el de antes—. Intenté averiguarlo, ¿lo sabías? ¿Quieres saber qué me arrojaron los exámenes? Inmunidad. Una maldita inmunidad a cada droga y veneno que el padre del padre de tu abuelo ha creado.
Había pasado por esta mierda tantas veces que sentir como la punta del cuchillo se introducía cada vez más en mi piel, rasgándola minuciosamente, era como sentir la pluma de algún ave. Por ese hecho fue que mantuve mi cara impasible, y ni un jodido sonido salió de mi boca, jodiendo así su intento de satisfacción.
—Solo había conocido a un solo hombre que fuese inmune a sus propios experimentos. Lo mantuvo bastante escondido, pero fue gracias a sus resultados que di con los tuyos. Así que dale gracias a mi padre por eso —mantuvo el tono de voz inexpresivo mientras el cuchillo cavaba más, brotando aún más sangre—. La cosa aquí es que… —la comisura de su boca se alzó con malicia—, tú puedes ser inmune, sí. ¿Pero la cagna? —chasqueó la lengua—, bueno, Skënder es quien comprobó que no.
La vida empezó a resbalarse de mis manos como si fuese arena y las cadenas volvieron a morder mi piel con violencia.
La rabia se apoderó de mí una vez más, cegándome a tal punto que Alexey tuvo que tajar una parte de mi piel sin esfuerzo alguno para que dejara de removerme contra las malditas cadenas que me había impuesto desde que me tuvo.
Su sonrisa maliciosa se agrandó cuando clavé la mirada en él, y si no tuviese una mordaza en la puta boca, hubiese escupido el veneno que exigía salir de mi garganta.
Alexey me conocía y sabía cómo llevarme. Sabía cómo resguardar su culo y sabía que no tenía que joder conmigo si no quería que le arrancara su maldita cabeza. Estar encerrado las últimas semanas conmigo, no había hecho más que reforzar sus maneras de controlarme y solo una de ellas, desde mi adolescencia, era la que siempre tenía resultado: encadenarme.
Desde que aprendió que hacerme pasar hambre, frío, estar encerrado o privado de alguno de mis sentidos, no iban a salvarle el repulsivo pellejo que se cargaba, sus métodos de control apuntaron a una cosa que sí iba a retenerme: rodearme con cadenas mientras me tendía a varios metros del suelo.
Horas. Días. Semanas.
No le importaba cuanto me mantuviera flotando con mis extremidades atrapadas, solo le importaba que hubiese captado el mensaje.
Fue así el día que estuvo a punto de morir por joder con Rise. Fue así el día que decidió levantarle una mano a Milanna. Y fue así el día que decidió casi matar a Riden a golpes, al enterarse de que Beniamino le había dejado todo a mi hermano, incluyendo sus diarios de investigación y experimentación con cada droga que había construido la ‘Ndrangheta.
Así me encontraba desde que abrí los ojos, bajándome solo cuando quería empezar su sección de tortura.
Y, aunque me había acostumbrado a todo lo que podía hacerme, él seguía buscando algún punto que hiciera removerme, decaer.
Que me jodiera.
En su momento jugaba con mis hermanos, pero desde la última vez que le dejé en claro que con ellos no se jodía, se encargó de buscar algo más.
Yo no tenía algo más importante que mis hermanos.
No hasta que Arabella llegó y cambió todo a su antojo, colocándome de rodillas ante su presencia, haciéndome cambiar mis prioridades.
Y él, para mi puta desgracia, decidió jugar con eso, jodiéndome a la mujer que consideraba mi razón de vivir, metiéndola en un puto cuarto con un maldito perro —al que creí haber mandado al noveno círculo del infierno—, con una droga que pensé que solo estaba en manos de Riden.
—Mantener el control de tus emociones siempre fue una de tus mejores cualidades, figlio mio, pero ahora mírate —su voz bajó dos octavas al soltar el cuchillo, dejándolo caer en el suelo junto al tajo de piel que había arrancado, viéndose satisfecho con lo que había logrado—. Me das asco. ¿Rebajándote así por una mujer? Por favor, Rush.
»Te eduqué para cosas mucho mejores. Pero terminaste aquí, traicionándome, rompiendo la omertà que juraste mantener desde el primer día que te hice mi heredero.
Mantuve la mirada fija en la suya, canalizando toda mi furia mientras seguía soltando mierda. La sangre caliente corría por mi antebrazo, pero la ignoré.
Había cometido contra él más traiciones de las que podía recordar y él lo sabía. No tenía que venirme con mierdas estúpidas. Él sabía que lo quería ocho metros bajo tierra, pagando por cada maldita cosa que le había hecho tanto a mis hermanos como a mí, ¿así que por qué joder con eso ahora? ¿Porque yo había conseguido mucho más de lo que consiguió alguna vez en su miserable vida? ¿Porque estoy peleando por el puesto que él no sabe manejar, dejándolo ver como un imbécil delante de todo el mundo de Las Sombras?
—Pero tranquilo —su sonrisa se ensanchó, tomando un paño de la mesa para limpiarse la sangre de las manos—. Me lo cobraré. Llevo preparando esto desde hace días y me parece buena idea que estés presente. Se puede decir que es como tu sorpresa.
La pura malicia en su voz y esa sonrisa de mierda, me daba ganas de arrancarle la garganta a mordiscos. Ver como se regodeaba de su poder, peor de cómo lo venía haciendo toda su maldita vida, encendía una furia primitiva dentro de mí. Pero estaba atrapado en un maldito hoyo, suspendido como un puto animal, completamente impotente, preocupándome mucho más por la razón de mi existencia tanto como me era posible que por mí.
Alexey volvió a su maldito monólogo, hablando sobre la importancia de la lealtad, y como había fallado a su confianza.
Lo ignoré.
Me centré mejor en algo que también me estaba martillando la cabeza: por qué diablos él seguía viéndome como su hijo, cuando yo lo había dejado de ver como una figura paterna hacía años.
Él y la maldita de Katherina habían abandonado esos puestos desde que tenía uso de razón. Incrementaron ese odio aún más cuando creían que tenían algún tipo de autoridad sobre mis hermanos. Ambos ni derechos tenían sobre ninguno, principalmente porque no habían criado a nadie. Morien había criado tanto a Rise como a mí, y Beniamino había criado a Riden y a Milanna hasta su muerte, dándoles a vivir la horrible pesadilla cuando volvieron a mi lado.
¿En dónde mierdas encajaban Alexey y la otra? ¿En qué mágico mundo vivían para creerse algún tipo de rol paterno sobre nosotros? Ellos deberían sentirse honrados de que siquiera mis hermanos quisieran entablar algún tipo de conversación con ellos cada vez que los veían, joder.
Mientras tanto, quedaba yo.
Yo, que cada vez que tenía la desgracia de sentarme siquiera en una misma mesa con ambos, después de darme cuenta que besar el piso por el que caminaba el bastardo no iba a llevarme a ningún lado, no desperdiciaba cada minuto para hacerles saber que los odiaba con creces.
Yo, que les hacía saber que detestaba siquiera tener algún tipo de sangre que me conectara con ellos.
Y aun así, sabiendo eso, que ellos siguieran tratándome como el mejor de sus trofeos… Maldita sea, lo odiaba.
—¿Sabes, figlio mio? —continuó el hijo de puta, interrumpiendo mis pensamientos—. Siempre asumí que serías diferente. Que serías el mejor de todos. Pero mira donde estamos ahora. Mira en qué te has convertido. Mira todo lo que te has rebajado tan solo por una cagna, hija del principal y jurado enemigo de la mafia italiana.
Y… mierda.
Mantuve la cara inexpresiva en cuanto soltó información que no tenía por qué putas tener, pero él solo alzó una ceja en mi dirección.
—No hace falta que me lo niegues o que finjas que no sabes de lo que estoy hablando, figlio. ¿Creíste que no nunca lo averiguaría? —se rió—. Sabía que había visto esa cara en algún lugar, solo que no podía alcanzar ese recuerdo lejano. La verdad creía que estaba tan muerta como su madre, pero es increíble lo que una gota de sangre puede hacer por ti, cavando en el hueco donde se enterró información importante.
La ira y la preocupación incrementaron de golpe, carcomiéndome la vida. Lo que haría ahora con esa información era lo que me angustiaba. Todo apuntaba a que ellos ahora estaban trabajando juntos, por ende, las cosas podrían salirse de mis manos si el bastardo decidía abrir la boca.
Alexey suspiró con cansancio para darme una mirada fundida en lástima.
—Es una pena que hayas caído tan bajo por la cagna equivocada, teniendo miles a tu disposición —me mordí la lengua, saboreando lo metálico de la sangre.
Él de verdad tendría que estar agradeciendo que yo no tuviera la posibilidad de hablar.
Sin miedo, volvió a acercarse, nivelando su fría mirada con la mía mientras me atajaba la cara de manera brusca.
—Ahora, por ese error, vas a ver cómo todo se desmorona a tu alrededor. Vas a ver como ella sufre, como tu mundo se derrumba, ¿y sabes qué es lo mejor? Que el perpetrador de cada golpe que recibirás de ahora en adelante seré yo. Y no podrás hacer nada al respecto, Rush.
La ira hervía dentro de mí, amenazando con desbordarse.
Bien. Las cadenas podían mantener el aire en sus pulmones otro día más. Pero mi mente maquinaba cada tipo de muerte que le daría si llegaba a verle una sola hebra fuera de lugar a Arabella. Y la amenaza no iba solo para él, iba para quien sea que se atreviera a tocarla porque nadie. La. Toca.
No mientras yo estuviera respirando y no aun así no lo estuviese.
Me encargué de pasarle el mensaje con tan solo mirarlo, pero el hijo de perra solo me soltó y se giró, encarando a su séquito de mierda, encaminándose hacia la salida.
—Portatelo di nuovo su —«vuélvanlo a subir», ordenó antes de voltearse a verme de nuevo—. Nos vemos dentro de una hora, Rush. Espero que te guste mi sorpresa.
Dicho eso, salió del hoyo familiar en donde me encontraba, cerrando la reja de golpe, dejándome con varios malditos perros asustadizos. Ellos se encargaron de volver a dejarme con cada extremidad extendida, colgando en el aire con la rabia y la desesperación consumiendo todo a su paso.
Ambas cosas alimentaban el veneno de emociones que me avasallaban como un huracán. La impotencia era un grillete aún más pesado que las cadenas que me sujetaban, cerniéndose en mí, asfixiándome como una jodida serpiente. Cada minuto que pasaba sin saber nada de ella era una tortura. No podía soportar otro día. Menos si sabía que Alexey tenía información importante, destruyéndola si abría la boca.
Sin embargo, no podía permitirme el lujo de perder el control ahora. Mantener la mente clara para encontrar una maldita forma de salir de esta jodida pesadilla y salvarla, era en lo que tenía que concentrarme.
Alexey me conocía bien. Sabía cómo presionarme. Cómo llevarme al límite. Pero lo que no entendía era que, cuanto más se molestaba en empujarme, menos iba a conseguir quebrarme. Mucho menos con la razón de mi existencia en sus manos.
Si lo que él quería era verme en el piso, restregándome en mi mierda, dando lástima, estaba equivocado.
No iba a permitirlo.
Sabía que iba a salir de aquí con mi mujer en mis brazos, así tuviera que derribar todo este lugar hasta sus jodidos cimientos.
Cerrando los ojos, conté los segundos. Esos segundos se convirtieron en minutos y los minutos en una puta eternidad mientras colgaba, formulando posibles escenarios que concluyeran con la cabeza de cada maldita persona que se encontraban aquí en el suelo. Ninguno sabía lo que se les venía encima. Alexey me había subestimado una vez más, y esa sería la ventaja que se convertiría en su perdición.
Porque nadie toca lo que es mío.
Nadie se dignaba a herir a los que amaba y salía indemne.
Finalmente, el sonido de la reja abriéndose exigió mi atención. Más perros llenaron el hoyo húmedo, haciendo que las cadenas se empezaran a mover hacia abajo. Cuando quedé a varios metros del piso, fue el más alto de ellos quien me repasó de arriba abajo. Sin expresión alguna, con una jeringa llena de un líquido azul en mano, introdujo la punta de la aguja en mi cuello y la sacó una milésima de segundo después.
—Non è personale, ombra —masculló él, descolgándome de los grilletes.
«“No es personal” una mierda».
Creí que podía mantenerme de pie, pero todo mi peso cayó hacia adelante, dejándome en el suelo, paralizado. Me quedé ahí lo suficiente para que los ojos me picaran por el polvo de la tierra. Pero no lo suficiente como para que lo que fuera que me había inyectado dejara de surtir efecto, para así comenzar a arrancarles las cabezas uno a uno.
Entre cinco me tomaron, arrastrándome hacia una silla gruesa de metal, y me sentaron ahí, encadenándome de nuevo todo el cuerpo. La mayoría miró a cualquier otra dirección que no fuera mi cara, y con un último vistazo del hoyo en donde estaba, me arrastraron fuera sin decir ni una palabra.