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Capítulo 55: 53

Prometí no hundirme… mentí

N/A: el pasado, más éste capítulo, tienen escenas fuertes. Por lo que recomiendo que si no eres de leer escenas explicitas, déjalo hasta acá. Sin más que añadir por acá, nos leemos más abajito. 👀

Le abrí paso al dolor porque perdí, y porque caí, me dejé consumir

Arabella

Noviembre, 07.

—Despierta, ouranos —la voz del horrible psicópata me aturdió el tímpano, aun así me hubiese susurrado el oído—. Hora de tu sorpresa.

Cerré los ojos con más fuerza.

¡Basta!

Por Dios, basta.

No más.

Mi cuerpo no aguantaba hacer otra maldita cosa en contra de mi voluntad, ni otra paliza más por intentar no hacer nada.

Pero eso a Dardan no le importó. Su risa se unió a mi gemido doloroso cuando jaló la cadena que se unía al anillo de metal en mi cuello, haciéndome toser y abrir los ojos de golpe.

—Ah, ahí estás.

Al verlo con el intento de luz que había, no me sorprendí al encontrarlo en su usual uniforme gris con ese horrible emblema que relucía como trofeo en la parte superior derecha. Pero sí me inquietó verlo con una sonrisa de oreja a oreja, solo y con algo entre sus manos. Me estremecí tanto por el puto frío, como al percatarme que tenía otra jeringa en la mano, pero esta vez con un líquido transparente.

—Intenta subir ese ánimo, ouranos. Hoy es el día de tu sorpresa. ¿Qué clase de espíritu es ese?

—Vete al infierno —repliqué, con la voz pastosa.

No aguantaba verlo.

Ni a él ni a cada jodido cani que se aparecía aquí, pasándome las manos por encima, toqueteándome en contra de mi voluntad, para después darme una paliza sin siquiera poder defenderme.

Había sido así desde que me inyectó la CNM-X11 y sabía que seguiría así hasta que él creyera que sus cuentas conmigo estaban saldadas. La cosa aquí era que primero terminaría muerta antes de que siquiera “las cuentas” estuvieran zanjadas a un diez por ciento.

No sabía que era peor. Si las patadas hasta que cayera inconsciente. Cómo mi cuerpo gateaba hasta la altura de Dardan cuando me lo ordenaba, para quedar en su regazo y que me golpeara hasta desfallecer, portando una detestable sonrisa psicópata. Los electrochoques. La privación del sueño y de comida. El frío de la horrible nevera que calaba en mis huesos. El dolor palpitante en mi cuerpo. O mantenerme de pie, a base de pura agua sucia que me hacían beber.

Lo único que sabía con certeza era que cada día en este infierno me arrastraba más hacia la desesperación y el dolor.

Y él lo disfrutaba.

Con esa sonrisa sádica y esos ojos fríos como el hielo, disfrutaba cada segundo de mi sufrimiento. Y si para él no era suficiente, aplicaba el doble de tortura, asegurándose que de verdad sufriera, sin siquiera darme el privilegio de morirme porque se deleitaba con mi dolor.

«Me necesitan débil, no muerta», recordé rabiosa las palabras que algún cani había soltado en mis primeros días.

El líquido de la jeringa se acercaba a mi piel, y aunque mi mente gritaba para que me resistiera, mi cuerpo estaba demasiado agotado para ofrecer algún tipo de resistencia. La aguja se hundió en mi brazo con una punzada fría y ardiente al mismo tiempo, como si estuviera inyectando veneno directamente a la vena.

—Debo decir que —empezó, presionando el émbolo, haciendo que el líquido se filtrara en mi sistema—, es embriagador verte resistir tanto, ouranos. Ni siquiera los mejores hombres que tengo podrían resistir tanto tiempo, sin soltar un solo grito. Tú lo has tomado tan magnífico que es impresionante.

Las palabras que soltaban se hacían cada vez más lentas por el efecto instantáneo de la jeringa. Un mareo vertiginoso me envolvió, mi cuerpo —ya pesado— cayó en una pesadez aún mayor y una sensación de entumecimiento me recorrió por completo. Intenté resistir, pero mis músculos se negaron a obedecer, atiborrándose del entumecimiento. Mis pensamientos se volvieron nebulosos, y una oleada de desesperación me inundó, a pesar de que aun sentía que podía resistirme a cualquier cosa que el psicópata me pidiera hacer.

Pero aun así, ¿qué otra cosa él podía hacer conmigo? ¿Cuánto más iba a soportar antes de romperme en pedazos?

Bien podía parecer que soportaba todo lo que me viniera encima, pero estaba a nada de fragmentarme en porciones diminutas.

Estaba tan cansada tanto física como mentalmente que, para ser sincera, a mí también me sorprendía tanto aguante por mi parte.

Mi cuerpo estaba magullado, deshecho, siendo utilizado para cosas que jamás permitiría si tuviese uso de mi propia voluntad y mi mente estaba exhausta por pelear contra la sumisión que me administraba la detestable droga.

Yo pendía de una cuerda que estaba segura que solo le quedaban algunos hilos. Iba a romperse, dejándome caer al vacío si seguían empujándome.

Quería que esta maldita pesadilla terminara.

Harrison me había entrenado para soportar todo lo que viniera, pero ese entrenamiento no incluía que te suministraran a diario una excesiva cantidad de droga que reprimía tu instinto de supervivencia, llevándote de boca a la sumisión, privándote de siquiera poder hablar para mandarlos a la mierda.

Dardan había hecho conmigo lo que quería desde que me tuvo, sin darme oportunidad de defenderme. Desde dejarme sin uñas; arrancándomelas una a una, hasta dejarme con las manos marcadas en mi cuello por cada sección de estrangulamiento parcial que me daba cuando lograba salir de mi sumisión por segundos y le decía que se pudriera en el infierno.

Estaba orgullosa de mí por aguantar tanto al principio, ¿pero ahora? Ahora quería morirme de una buena puta vez porque no le veía fin a todo esto. Sabía que mi equipo estaba moviendo cada piedra que había por buscarme, ¿pero iban a encontrarme? ¿Cuánto había pasado ya? Ningún rescate de Harrison tardaba menos de ocho horas. Estaba ahogándome en la desesperanza.

—Con todo lo que vamos a hacer hoy, voy a mantenerte lo suficientemente lúcida para que puedas apreciarlo todo, así que disfrútalo, min kærlighed —Dardan se rió, resaltando su cinismo mientras retiraba la jeringa y la dejaba caer al piso.

No respondí.

Me limité a luchar contra el adormecimiento que recorría mi cuerpo al tiempo que él me quitaba los grilletes de las manos y el anillo del cuello. Pude, para mi sorpresa, mantenerme de pie cuando me alzó, manoseando con deliberada lentitud cada parte de mí al alzarme.

—Voy a arrancarte las manos —siseé asqueada, sintiendo sus manos subir por mis muslos.

Otra risa salió de su boca.

—Esto no se acerca a la superficie de lo que te tocará hoy, skat —apretó mi culo con fuerza—. Mi espera por fin ha llegado a su fin y voy a disfrutar cada pequeño grito que vaya a salir de esa garganta cuando te tenga para mí.

El corazón empezó a latirme de manera frenética. Pero, antes de que pudiera darles significado alguno a sus palabras, me tomó del brazo y me lanzó hacia la puerta cerrada de la habitación. Mis pies no soportaron la fuerza con que me empujó y terminé con la cara golpeando la puerta, sintiendo un dolor punzante en la nariz.

«Maldito hijo de perra».

—Vamos, ouranos. Te estoy dando la oportunidad de caminar por tu cuenta, ¿y eso es lo mejor que puedes hacer?

Sin esperar a que respondiera, agarró mi cabello y me irguió para abrir la puerta y sacarme de la espantosa nevera.

El suelo mojado del pasillo estrecho me recibió, y aunque la temperatura había subido, no podía dejar de temblar. Con mi cabello aun entre sus manos, Dardan me llevó a rastras por el pasillo hasta llegar a un espacio abierto, apenas iluminado, lo suficiente para ver a mi alrededor y percatarme de quienes estaban ahí.

La bilis me trepó por la garganta. El suelo a mis pies dejó de sentirse. El corazón aceleró su frenético ritmo, latiendo a mil por hora. Y la habitación empezó a dar vueltas cuando mis ojos, recorriendo el lugar, chocaron con esos ojos grises que…

«No. No, no, ¡no!».

Los pies dejaron de responderme y si no fuese porque Dardan me tenía sostenida, hubiese besado el piso. La reacción que tuve pareció satisfacer al maldito de Alexey, porque la sonrisa que me dio no era más que de felicidad pura. Dardan también parecía complacido y sin más, me arrastró hacia adelante.

—Sorpresa, sorpresa, ouranos —susurró en mi oído, aventándome contra una mesa fría de hierro en el centro del lugar—. ¿Te gusta? ¿Te gusta verlo así? —me alzó la cabeza de un tirón y me volvió a clavar la mirada en la de mi espécimen.

La punta de su asquerosa lengua pasó por mi cuello.

Ahí fue cuando los tintineos de Rush comenzaron a resonar por todo el espacio, haciendo reír a Dardan.

—Te dije que hoy iba a ser un día de sorpresas. ¿Qué tan bien lo estoy haciendo?

No pude responder.

No podía.

No cuando la vívida imagen de mi espécimen, golpeado, con los brazos, piernas y manos encadenadas a una puta silla, me golpeó en la boca del estómago, dejándome sin aire.

El lugar estaba apenas iluminado, pero aún así, él podía verme. Hizo que las cadenas tintinearan con cada movimiento, logrando morder su piel, dejando esas marcas rojas y dolorosas que me partían el corazón.

La desesperación en su mirada me consumía y los gritos ahogados que intentaba emitir a través de esa jodida mordaza en su boca me estaban matando.

«¿¡Cómo!? ¿Cómo diablos él también terminó aquí? ¿Desde cuándo? ¿Por qué?».

Mi mente se tambaleaba entre la incredulidad y el terror. Si él estaba aquí y la ayuda aún no había llegado, entonces era casi imposible que saliéramos de aquí.

Y me asustó.

Por primera vez en años, ese frío espasmo que me recorrió la espalda alguna vez con Alexey en aquel juego de póker, volvió a estar presente. Viajó por todo el cuerpo, haciendo que el aire se sintiera pesado y las comisuras de mis ojos empezaran a picarme por las lágrimas no derramadas.

Estábamos a merced de unos malditos psicópatas que no nos iban a dejar salir de aquí, y por la sonrisa sádica que me estaba dando el maldito líder de la pirámide, sabía que era cierto. Ninguno de los dos íbamos a salir de aquí. No en una pieza, por lo menos.

La jodida expectación subió por toda la habitación, atrayendo con ella la tensión, cuando seis cani más se hicieron presente. Cada uno de ellos me miraban como si fuese el puto premio de una maldita feria del condado.

Ellos me doblaban la altura, le sacaban el doble de cuerpo al otro maldito bastardo y… Y se estaban acercando a mí, con decisión marcada en cada paso que daban en mi dirección.

Cuando el tintineo furioso de las cadenas junto a la risa cínica de Alexey se introdujeron en mis oídos, entendí qué era lo que estaba pasando.

Y me dejó sin aire.

Eso hizo que la sensación de miedo volviera a recorrerme el cuerpo, asentándose en lo profundo de mi corazón porque esto no podía estar volviendo a pasar.

Reconocía el sudor en mi cuello.

Reconocía ahora las miradas de hambre que el líder de los cani y sus mismos hombres me estaban dando.

Reconocía todas esas mierdas, porque ya había pasado por lo mismo.

La diferencia aquí era que, en ese entonces, ninguno se había atrevido a tocarme, porque no tuvieron la oportunidad. Los maté a todos al instante que sus malditas y asquerosas manos intentaron llegar a mi alcance.

Pero aquí no podía hacerlo.

No me encontraba en condiciones para hacerlo.

Mi cuerpo no daba para otra cosa más que no fuese la sumisión, aun sabiendo todo lo que se me avecinaba encima.

El aire se me atascó en los pulmones cuando, de un golpe brusco, el intento de vestido que traía puesto quedó hecho trizas en el suelo.

Me dejó desnuda. Completamente desnuda.

Me estremecí cuando la corriente del aire frío chocó contra mi cuerpo.

—No —me ahogué con la palabra, fijándome en cómo la mirada del hijo de puta me recorría el cuerpo con un asqueroso deseo.

Intenté dar pasos hacia atrás, pero Dardan me interceptó, cortando mis humillantes pasos, antes de que tuviera tiempo de siquiera reconocer sus repulsivas manos.

Él no respondió.

Pero sí me tomó del cuello, estampándome de nuevo a la mesa, golpeando mi barbilla al tiempo que dejaba mi culo al aire.

El rugido rabioso de Rush hizo eco por toda la habitación, pero perdí el sentido cuando la repugnante lengua de Dardan pasó por mi oreja, por lo que forcejeé contra él.

Quería que quitara sus nauseabundas manos de mí, pero tenía el cuerpo tan pesado, que mi forcejeo quedó en un nulo intento. Él, con otra risa, me atajó las manos y las puso detrás de mi espalda tan brusco, que las lágrimas que estaba intentando controlar empezaron a rodar por mi cara sin un atisbo de control.

«No. No, joder, esto no».

—Prometí tenerte, ouranos —masculló en mi oído—. Tarde, temprano. No me importaba que tanto tardara, pero prometí tenerte.

»¿Sabes lo apetecible y bonita que te ves abierta, con tanta droga en ti, que apenas puedes mantenerte de pie? Quería hacer esto contigo completamente lúcida, pero tentar a la suerte no es lo mío. ¿Qué dices? ¿Le damos un buen espectáculo al hijo de perra con quién decidiste quedarte?

Me mordió el hombro izquierdo con fuerza. Sin embargo, no le di la satisfacción de oírme gritar. Con las lágrimas y el miedo —que lo único que hacía no era más que subir— el maldito tenía más que suficiente.

—Ahora, admira el desastre que provocaste.

Era fuerte.

Estaba tratando con mi vida aparentar ser fuerte, pero el vacío en mi pecho se acentuó y las piernas empezaron a temblarme, traicionando mi fachada.

Las cadenas tintinearon con más fuerza, los pasos se hicieron más rápidos y, antes de que pudiera permitirme pensar qué tanto tenía que esperar para que el cuerpo empezara a responderme y salir de aquí, sentí el primer desgarre.

Y con ese primer desgarre le dije adiós a la poca cosa intacta que quedaba de mí.

Le dije adiós a mi intento de ser fuerte.

Le dije adiós a mi fachada.

Porque con esa primera estocada, la poca dignidad que tenía, se fue con el grito que resonó por todo el lugar, perdiéndose por las risas y golpes que Dardan me asentaba en la espalda al intentar escapar de la maldita tortura.

La bilis subió, pero antes de que pudiera hacer algo para desparramarla sobre la mesa, mi cabeza se alzó de golpe, haciéndome ver que toda esta mierda no iba a acabar nunca.

—Ahora sí se le hace justicia al apodo, ¿no lo crees, figlio? —oí a Alexey decir con sorna.

Su jodida presencia solo empeoraba las cosas. Él disfrutaba de nuestra miseria. Lo confirmé aún más al escuchar su risa cuando un iracundo grito ahogado por parte de mi espécimen me rompió de maneras inimaginables.

Pero, no lo vi.

No pude.

No tenía las fuerzas necesarias para enfrentar el hecho de que me estaban violando en su cara y yo no estaba haciendo nada para evitarlo, porque no tenía las jodidas fuerzas para degollar a todos los imbéciles que me estaban tocando sin mi puto consentimiento.

Estaba atrapada, impotente.

La furia me ardía en las venas, pero fueron los hombres que se colocaron delante de mí, sacando sus vergas de sus pantalones, que hicieron circular el miedo por mi sistema otra vez, aplastando con creces esa ira.

«No, no. ¡No, joder!».

Me entraron las violentas ganas de vomitar cuando Dardan salió de mi interior con rapidez para ser reemplazado no por uno, sino por dos hombres a la vez, destrozando poco a poco mi interior con sus malditos y asquerosos miembros.

Las risas burlonas se empezaron a escuchar mientras que los agarres de los cani marcaban mi piel, mezclándose con el asco que yo sentía por mí misma.

Quería moverme, quería morirme, pero por primera vez en mi vida, no todo me llegaba tan rápido.

Estaba pagando por mis estúpidos errores.

Porque era mi culpa.

Era mi culpa que hubiésemos terminado aquí.

Era mi culpa que mi espécimen estuviera encadenado a una maldita silla, con más heridas de las que podía entrever.

Y porque era mi culpa, yo estaba pagando con esto.

Estaba pagando con creces el error al dejar que los seis hombres se turnaran para tomarme, destrozarme, desgarrarme, degradándome y minimizándome a tal punto que lo único que quería era morirme, porque el tiempo que se tomaban para rellenar cada hueco disponible de mí era repulsivo.

Me sentía humillada. Tan humillada, que no me permití clavar los ojos en Rush, a pesar que aun escuchaba sus gritos y el sonido de las cadenas tronar por el lugar por el esfuerzo que estaba haciendo por parar mi mierda.

No podía infringirle más daño.

Por más que mi corazón palpitara con fuerza, queriendo apagarse.

Por más que quería que todo esto se acabara, no iba a ser a costa del dolor de él.

No iba a dar tal gusto a quien sea que se le dio la idea de planear esto.

No era fuerte, lo sabía. No iba a soportar esto por mucho tiempo, pero mil veces prefería que me mataran a mí, que me torturaran a mí, porque era mi culpa y quien debía estar pagando cada maldita consecuencia de los actos que se cometieron —hace… joder, ni siquiera sabía hace cuanto—, era yo.

¡Yo, maldita sea!

¡Yo, no él!

Entre los golpes que me daban, las estocadas que me rompían y el abuso que estaba sufriendo, sentí la jodida satisfacción momentánea cuando uno de los bastardos se quiso pasar de listo, introduciendo su nauseabunda verga en mi boca. La sangre se abrió paso en mi boca cuando mordí con fuerza al segundo de que el bastardo metió bruscamente su miembro.

—Brutta cagna! —aulló él al sacarlo con prisa, atinando un golpe seco en mi mejilla. Me aturdió por segundos.

«Maldita perra».

Cómo pude le di mi mejor sonrisa, escupiendo la sangre que se acumuló en mi boca, pero la satisfacción que me arropó no duró mucho. El jalón de cabello que recibí por alguien me hizo palpitar la cabeza y el impacto que sentí al ser golpeada en la mesa con ahínco me hizo volver a ver estrellas y gemir por el puto dolor.

—Se dice que la Ombra Letale no siente, no llora y resiste cuanta tortura le den, ¿sabías eso, ouranos? —oí al maldito susurrarme al oído—. Vamos a probar si el mito es verdad.

Mi cuerpo se movió en contra de mi voluntad como una puta muñeca de trapo. En un segundo estaba en la mesa. Al otro estaba con las rodillas clavadas en una silla, observando únicamente los pies descalzos y ensangrentados de Rush, con Dardan aun detrás de mí.

No me dejó ni respirar cuando me inclinó hacia adelante y su verga rasgó con ímpetu mis paredes vaginales, haciéndome ver por tercera vez la jodida galaxia por el dolor aplastante que provocó.

—¡Para! —grité entre sollozos cuando repitió su acción. Se sintió peor que la primera vez.

—¡Todo esto es lo que te pudiste haber evitado si me hubieses elegido a mí! ¡Ahora, míralo! —bramó, jalándome la cabeza hacia arriba.

Clavé mi vista en el techo.

No podía…

—¡Míralo y hazle saber lo mucho que lo disfrutas! ¡Míralo y hazle saber qué es lo que se siente tener a alguien que sí te complace! ¡Míralo, maldita perra!

No lo hice.

Por más estocadas que me reventaban el alma, no lo hice.

No podía permitirme ocasionarle más daño.

Sabía que si lo miraba, él iba a romperse y yo junto con él.

Y no podía romperme.

No ahora.

El que no me saliera nada de lo que me exigió decir fue lo que molestó a Dardan. Salió de mí, dejando que los otros tomaran ventaja de mi cuerpo. Ventaja que no duró mucho, porque de un golpe en la cara yo estaba en el piso mojado de cemento, escupiendo la sangre que se acumuló en mi boca.

—¿Quieres jugar a hacerte la dura, no? —gruñó, tomando mi cabello con vehemencia, acercando mi boca a su verga—. Abre, entonces.

Intenté negar con la cabeza, pero no le importó. Me tomó como si fuese un jodido saco de hojas secas y de golpe lo introdujo.

—Todo el maldito desastre que provocaste por no hacer la única cosa que tenías que hacer, ouranos —repitió en medio de un gemido.

En medio de un maldito gemido de placer.

—No sabes lo bien que…

Vomité.

No pude más y desparramé lo poco que tenía en el estómago.

Y fue porque vomité que sacó su miembro.

Pensé que habría alguna señal de asco en su cara, pero lo que había era ira. Había vomitado sobre él y él solo tenía su semblante crispado, bañando en una rabia potente, psicótica y oscura.

—Vacía tu estómago sobre mí todo lo que quieras, maldita perra, pero te lo haré tragar así mi verga esté bañada en mierda —resopló en un gruñido, tomando mi cabello de nuevo.

El olor nauseabundo de lo que acababa de soltar se filtró por mi nariz.

Entre eso, él acercándose de nuevo con premura, sus hombres esperando con fervor volver a desgarrarme el interior, los tintineos de las cadenas de Rush, las risas cínicas de Alexey y mi propio cansancio, yo no podía seguir aguantando más.

—¡Basta! —sollocé a nada de romperme.

—¿Que pare? —rió el bastardo, levantándome de golpe para colocarme de nuevo en la mesa con otro golpe cerrado directo a mi ojo. Estaba odiando con mi vida las jodidas constelaciones de mierda—. ¿Quieres que pare? Pero si apenas estamos empezando, ouranos.

Sus palabras fueron un golpe en mi estómago. Un golpe que dolió y activo esa sombra oscura que tenía meses sin sentir.

Contemplé como sus largas extremidades se alzaban hacia mí y no tuve que ser tan lista para saber que me quería.

Quería que me abriera a ella, que la dejara tomar el control.

Ella, al señalarme eso, me hizo saber que estaba ahí, flotando y admirándome de cada punto posible, negando con la cabeza, decepcionada de todo lo que yo había permitido.

«Déjame entrar», susurró esa parte oscura que aclamaba salir.

No lo pensé dos veces.

Mordí el interior de mi mejilla, y arrimé a la sombra de mi oscuridad de nuevo a donde pertenecía.

No podía.

Si esa parte de mí entraba, yo iba a perderme. Iba a perderme y no sabía si iba a poder volver a resurgir por los daños que todo estaba ocasionando.

Los seis hombres con sus miembros colgando volvieron a caminar hacia mí, tomándose su tiempo en llegar. Sin embargo, supe que Dardan les había dado una orden silenciosa de que se mantuvieran en sus puestos, porque dejaron de moverse.

El psicópata volvió a introducirse de un golpe, dándome un puñetazo en las costillas que me dejó sin aire.

—¡Míralo! —salió y entró con agresividad.

Una.

Dos.

Cinco veces.

—¡No! —chillé, cerrando los ojos—. ¡Para! Por favor, por favor, para.

Otro golpe en las costillas me dejó sin habla.

—¡Míralo y grita su nombre! ¡Grítale a él que te ayude! ¡Suplícale que me saque de tu apretado y exquisito coño, ouranos! —su puño impactó en mi espalda, y grité por el dolor que me atravesó de arriba abajo—. ¡Grítaselo!

¿Cómo era posible que hubiésemos terminado aquí? ¿Cómo era posible que, con cada asquerosa y agresiva embestida que me estaba dando y destrozando la vida, yo no pudiera pelear? ¡Estaban abusando de mí! ¡Follándome, arrebatándome la dignidad que tenía, golpeándome y rompiéndome a pedazos!

«Déjame entrar», repitió la oscuridad con más ganas. «Déjame entrar y te prometo que acabaré con todo».

—¡Voy a follar cada parte de tu exquisito cuerpo, ouranos! ¡Voy a follarte y voy a ver cómo te follan entre todos si no haces lo que te digo, así que habla de una maldita vez, maldita hija de perra!

Las piernas volvieron a fallarme, desfalleciendo en el acto.

A Dardan eso le supo a mierda. Cargó con mi cuerpo, golpeando dos veces más mis costados, haciéndome gritar.

—¡Para! —fue lo que dije en su lugar como pude.

Necesitaba que parara. Necesitaba que esta maldita pesadilla terminara.

—¿Quieres jugar así? —su voz estaba cargada de veneno y sus hombres empezaron a moverse—. Vamos a jugar así, entonces.

«¡No! No esto. No otra vez».

«Permíteme entrar», masculló la oscuridad con voz seductora.

Todo estaba pasando demasiado rápido a la vez. Era demasiado para poder retener algo más.

Me rendí.

—¡Rush! —troné, clavando los ojos en él, dejando caer las lágrimas.

Me arrepentí al momento de hacerlo.

Me sentí la puta persona más egoísta del planeta.

La más asquerosa.

La más débil.

Porque verlo me partió.

Mirarlo encadenado, desesperado, removiéndose con violencia, buscando —aunque sabía que no podía— una forma de romper las gruesas cadenas y sacarme de aquí, me partió.

—¡Otra vez! —rugió Dardan, destrozándome por dentro, rompiendo mi alma en fragmentos pequeños.

Sabía que era una perra.

Lo sabía.

Pero no pude no dejar que el nombre de Rush rasgara mi garganta de nuevo, porque todo dolía.

Necesitaba que alguien me sacara de aquí. Necesitaba…

Esas tormentas se enfocaron en mí, ejerciendo la fuerza necesaria para volver a elevarme y chocar con fuerza contra una pared de concreto.

Veía el brillo de sus lágrimas correr por sus mejillas desde aquí.

Veía y palpaba su desesperación.

Veía como las venas de su cuello se marcaban en su piel. Porque no había cesado de gritar —aunque no se le entendiera ni una palabra— que dejaran de tocarme.

Veía como esos ojos prometían y gritaban una muerte desgarradora a cada persona que estaba en la puta habitación.

Veía cómo sus movimientos…

—¿Ves cómo ese mito es pura mierda? —Dardan rió.

Aún después de haber dicho lo que quería, permitió que más manos asquerosas se deslizaran por mi espalda, llegaran a mi trasero y sus asquerosos miembros penetraran cada parte de mí.

«Déjame entrar», musitó otra vez.

La oscuridad flotaba por encima de mi cabeza, admirándome con ansias, pasando sus largas y pesadas extremidades por mi cabello.

Apreté los ojos con fuerza, ordenándome no ver más.

Pero no ver no me quitaba el sentir.

No quitaba que sentía el calor de los hilos de semen derramados en mi culo, en mi interior y sobre mi espalda.

No quitaba que sentía cómo dedos asquerosos me recorrían sin cesar, marcando con posesividad cada parte de mí, haciéndome soltar un grito fuerte y penetrante que resonó y vibró en mi interior cuando se enfrascaron en pellizcar con fervor mis pezones.

No quitaba que seguía oyendo las burlas, los gemidos, el tintineo, los gritos ahogados de mi espécimen.

«Permíteme demostrarte que puedo acabar con esto», continuó la oscuridad, acariciándome con suavidad el cabello. «Puedo hacer que acabe, puedo sacarte de aquí. Sacarlos de aquí, pero permíteme entrar».

Tragué saliva.

Ella estaba ganando terreno. Lo sabía en cuanto su energía se enredó con la mía y me sentí a salvo. Pero aun así yo…

«No vas a perderte. Estarás a mi lado, observaras todo. Te prometo que te quedaras a mi lado todo el tiempo que quieras, pero no puedes seguir así y lo sabes. Yo puedo ayudarte, puedo sanarte. Puedo darte la fuerza que necesitas y acabar con todo esto. Tú tan solo déjame entrar».

Más lágrimas seguían rodando por mi rostro sin detenerse ni un segundo al igual que ninguno de estos malditos bastardos. Abrí los ojos por un mísero segundo, y eso fue lo que necesitó mi razonamiento para sonreírle a mi oscuridad y apagarse en el acto.

Permitió que entrara y saliera a la superficie, quemando cualquier rastro de miedo que venía sintiendo.

«No dejes que me pierda», musité cuando ella me arrimó hacia abajo con una sonrisa siniestra.

El que ella me asintiera con premura y me señalara la silla que tenía años sin tocar fue lo que me bastó.

«Sácanos de aquí. A ambos. No me importa cómo, solo hazlo».

—Cómo órdenes —oí cómo utilizó mi propia voz para responderme, bajando una octava.

Sonreí cuando esa subida descomunal de adrenalina, ese sentimiento de venganza y esas ganas asesinas de ver sangre me arroparon por completo, encendiendo esa chispa absorbente que creí haber perdido hace mucho tiempo y que pensé que no había extrañado ni un poco.

♦ ♦ ♦

Rush

Iba a incendiar cada maldito centímetro de este maldito lugar porque sus lágrimas derramadas, los gritos ensordecedores y ese sentimiento de culpa que podía respirar de ella no iban a ser en vano.

Iba a hacer pagar a cada maldito hijo de perra por siquiera haberla mirado.

Iba a arrancar sus jodidas vergas de un solo golpe y disfrutaría verlos pedir piedad cuando metiera sus repulsivos miembros, atorados hasta el fondo de sus gargantas, les cortara la respiración.

Despedazaría cada extremidad que sobrara —si es que no se morían de una puta vez— y se las daría de comer a cada perro así tuviera que obligarlos a todos.

Y con Dardan…

Con Dardan me daría el maldito tiempo de puto universo. Eso de matarlo lento no iba de la mano con los gritos que mi vida rasgó por su garganta.

—Cagna! —gritó una vez más otro hijo de perra, pasando su verga por la cara de mi vida con una sonrisa de oreja a oreja.

No me importó removerme una vez más salvajemente, consiguiendo que las cadenas cortaran mis brazos, haciéndome sangrar aún más.

Odié en exceso la experiencia que Alexey tenía conmigo, asegurando su maldita vida un miserable día más.

Él se reía con gozo a cuatro pasos de mí, admirando la escena que se producía en frente de sus narices, sin importarle menos lo que pasaba con la razón de mi existencia.

Lo único que le importaba era darme un maldito mensaje que recibí condenadamente bien, y el que le haría pagar sus acciones el doble de lo que ella estaba sufriendo.

Me había jodido.

Había conseguido derribarme con ganas y él lo sabía.

Por eso lo estaba disfrutando como nadie, observando las porquerías atroces que sus perros de mierda estaban haciendo con ella.

Sin embargo, esa sonrisa se borró al instante que los gritos de mi vida fueron reemplazados por los gritos de sus hombres en un abrir y cerrar de ojos.

Me enfoqué en Arabella, bañándome en rabia cuando las manos de Dardan estuvieron en ella de nuevo. Pero entrecerré los ojos cuando noté que sus piscinas oscuras ahora tenían otro brillo devastador.

Ella ya no transpiraba vergüenza, no transpiraba dolor, no transpiraba culpa. En su semblante no había otra cosa que no fuese venganza.

Fue por ese mismo sentimiento que comenzó a agarrar de uno a uno a cada perro en el almacén, partiéndoles el cuello, sin siquiera molestarse en darles una segunda mirada.

Su furia, cada paso seguro que daba… Era como volver a presenciar la escena en la casa de Kaela, pero peor.

Mucho peor.

Había activado por completo esa oscuridad que compartía con el Boss.

Ahora ya no había ningún brillo que me asegurara que seguía ahí. Esas piscinas marrones oscuras que estaban llenas de vida, ahora eran cuencas vacías que solo buscaban venganza. Ella nadaba en una oscuridad espesa y letal, y cada escoria que la había tocado en contra de sus deseos pudo ver eso, siendo eso lo último que recordarían de ella.

Me estremecí por dentro al ver esa transformación.

La razón de mi vida estaba siendo consumida por una ira tan feroz que me dolía mucho más que las cadenas que me contenían. Pero mi propia rabia, mi ira, no disminuían; al contrario, se alimentaban de su furia, y dejé que la sensación de orgullo se expandiera por mi pecho.

Porque si ninguno iba a caer por mi mano, no había mejor forma que morir por las de ella.

El hijo de puta que estaba a cuatro pasos de mí apenas tuvo segundos para disfrutar de su victoria. Su sonrisa decayó más cuando vio la carnicería que Arabella estaba desatando. Sus perros caían uno tras otro.

Por primera vez en mucho tiempo, una chispa de sorpresa relució en sus ojos. Él no había anticipado esto, no había contado con que las cosas dieran un vuelco.

Pero no era suficiente.

Eso ella lo sabía.

Siguió avanzando, cada movimiento más letal que el anterior. El corazón me latía con fuerza, dividido entre el orgullo que sentía por verla y la rabia por no poder ayudarla. Aun así, cada vez que una de esas escorias caía, sentía un alivio momentáneo, mezclado con la desesperación creciente por necesitar protegerla.

Arabella arrasó con todos, convirtiendo el piso en una escena grotesca llena de sangre. Y había dejado a Dardan para el final. Estaba a nada de alcanzarlo, a nada de tronarle el cuello. Y a pesar de que él miraba incrédulo la escena, estaba disfrutándolo.

No corrió, no huyó.

Se acercó a ella al tiempo que mi vida caminaba hacia él con ese semblante de venganza, apoyada por su nueva aura oscura.

Fue el sonido de un disparo, seguido de otro y otro más lo que recalentizó las cosas.

La secuencia de imágenes pasó lenta.

Demasiado lenta para mi gusto.

Y se repitió de forma constante, logrando que el corazón se me detuviera al ver un cuerpo caer de espaldas, creando su propio charco de sangre.

La vida se me resbaló de las manos y junto con ella, cualquier movilidad de mi cuerpo.

No.

Esto no podía estar pasando.

¡No!

El tiempo se detuvo, las voces se aislaron y todo lo que mis ojos podían ver era el cuerpo de Arabella, yaciendo en el suelo, con su sangre esparciéndose como una maldita pesadilla hecha realidad.

Todo lo que existía ahora era el sonido de mi propia respiración entrecortada y la imagen de ella, inmóvil.

Entonces, Dardan se acercó a su cuerpo, viéndose tan furioso como podía estarlo cuando le buscó pulsó en el cuello.

Fue ahí que me quebré.

Mis gritos ahogados por la maldita mordaza parecían los de un animal herido, desesperado.

La rabia que nadaba por mi cuerpo era indescriptible, una ola de odio tan intensa que no encontraba salida y quemaba. Cada músculo de mi cuerpo luchaba contra las cadenas, el dolor de las heridas y la sangre goteando de mis brazos ya no significaban nada.

Nada.

—¡¿Qué hiciste?! —tronó el maldito perro de mierda, enfrentando al otro bastardo—. ¡No era…!

Como pude, saqué la vista de ella y la enfoqué en ambos, justo al momento en que Alexey guardaba el arma y se limpiaba el traje, inexpresivo.

—Lograste lo que querías y yo también —ignoró al perro, centrando su atención en mí con una sonrisa satisfecha—. Llévatela de aquí y procura que esta vez sí se quede así.

Siguiendo sus órdenes, luego de morderse la lengua, Dardan se acercó al cuerpo con un semblante indescriptible. Y tal como si fuese una bolsa de basura, arrastró el cuerpo de Arabella por el almacén, dejando un rastro de sangre por todo el piso. Antes de salir por completo, su semblante indescriptible pasó a ser uno de burla cuando me vio y alzó las comisuras de su boca en una maldita sonrisa.

Ardería en el infierno.

Él, el otro maldito.

Todos.

Tanto como los que la habían tocado, como los que no.

Me aseguraría de eso.

Terminaría lo que ella no pudo concluir y los haría sufrir el triple de lo que le habían hecho pasar.

Ninguno de ellos se daba cuenta del infierno que acababan de desatar, porque pese a que mi mente no podía procesar otra cosa que no fuese mi maldita pesadilla, el deseo de arrancarles las gargantas a todos con mis propias manos no iba a disminuir.

—Aquí, figlio —Alexey tomó mi cara de golpe y clavó mi mirada en la suya—. ¿Qué se siente que te arrebaten algo que amabas? ¿Qué se siente haber gastado tanta energía en cuidar a una cagna, protegerla, esconderla para que, al final, muriera de la misma forma en la que una puta moriría?

»Esta fue tu repercusión, Rush. Traicionarme a mí se piensa dos veces. Te lo dejé pasar toda tu adolescencia porque tus golpes no eran más que rasguños y fue mi error. Debí parar eso en cuanto tuve oportunidad. Pero ahora estás aquí y las repercusiones por romper la omertà fue esta.

»Entiende que no puedes contra mí. Podías, sí, pero te hiciste blando. Y todo por una cagna, Rush. Estabas a punto de ganar. Me tenías acorralado. Derrumbaste mis mejores edificios, creaste alianzas imposibles. Trabajaste duro, figlio, y no me cabe el orgullo que siento por ti al alcanzar tales victorias. Sin embargo, flaqueaste. Te desconcentraste.

»Dejaste que un coño hiciera contigo lo que le viniera en gana. Sentiste. Quisiste creer en que terminarías con un final feliz, y creí que te había educado bien como para saber que ningún Montalbano o ‘Ndrangheta puede conseguir un final de ensueño. No estamos programados para eso. O es la gloria, junto con el miedo y el dinero, o es el amor. No puedes quedarte con los dos. No cuando el apellido que llevas te ha dado infinidades de pruebas para demostrarte justamente eso.

Bastó eso para que mi cuerpo convulsionara por la rabia. Comencé a removerme, furioso, contra las cadenas tanto, que el maldito dio varios pasos hacia atrás. Me dejó ver por una milésima de segundo esa mirada de miedo que odiaba mostrarme.

El dolor físico ya no importaba; la sangre brotando de cada parte de mí era insignificante con el fuego que ardía en mi interior.

Iba a tomarme mi tiempo con él en cuanto tuviera mis manos a su alrededor. La muerte no sería suficiente para calmar el odio y la sed de venganza; merecía algo mucho peor, algo que hiciera que cada segundo de su vida fuera un infierno.

Los hombres que entraron enseguida escucharon la voz de Alexey, me miraron con una mezcla de miedo y respeto. Sin embargo, se quedaron detrás de él, esperando órdenes.

—Fue una muy buena forma de terminar con su vida. Era una cagna, Rush —siguió, sin rastro alguno del miedo que me había mostrado—. Sé que después me agradecerás por esto. Piensa que era ella o tus hermanos, y creo que puedes vivir mejor sin la cagna que sin tu propia familia —rió con ganas—. Además, ahora tendremos mucho más tiempo de padre e hijo, ya que no tienes distracciones —dijo, antes de darme la espalda y girarse a sus perros—. Torna nella buca. Non voglio sorprese.

«De vuelta al hoyo. No quiero sorpresas».

Con esa orden, me dejó con sus inservibles juguetes y la ira apoderándose de mis sentidos.

La imagen de Arabella volvió a golpearme con fuerza y cada repetición de esa maldita escena añadía más combustible a mi rabia.

Me los iba a cargar uno a uno.

Así fuese lo último que hiciera.

Todos pagarían por cada gota de sangre derramada, por destruirme la vida, dejándome sin el motivo que necesitaba para levantarme cada puta mañana.

Me aseguraría de eso.

Fueron capítulos difíciles de reescribir. Tengo que decirles eso primero. Antes, muucho antes de que se perdiera todos los documentos en la laptop, me tardé dos años en escribir el capítulo porque originalmente sería una parte, no dos, pero era demasiado largo, así que me di la tarea de dividirlo. Aún no tengo ni idea de cómo terminé escribiéndolo otra vez, pero henos aquí, llorando por tanto por Bells como por Rush.

Porque sí. No tienen idea de lo mucho que me costó releer todo esto una y otra vez para editarlo, y cada vez que leía, cada vez que lloraba. Ambos capítulos son especiales para mí. Tienen un significado muy grande, y abarca una parte de mi historia no contada, y creo que por eso duele mucho.

En fin, ¿continuamos presionando la tecla para llorar? Claro. Leo sus comentarios, con las teorías de ahora en adelante. ¡Los jamón con quesito a todos!

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