1. Let's Play - Capítulo 56
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Capítulo 56: 54
Praemonitus
Las apuestas eran altas, y mi desesperación también
Kendall
Octubre, 19.
«—Kendall.
Quería golpearme contra la barra al escuchar la voz urgida de Rise, pero lo único que pude hacer fue jugar con el vaso del chupito entre mis dedos antes de bebérmelo de un trago.
El sabor dulce de fresa bajó por mi garganta. Dejé de contar los siete chupitos que me faltaban por beber al girarme en el taburete para encararlo, dedicándole una mirada aburrida.
—¿Terminaste de rogarle a las demás que ahora vienes a rogarme a mí? —ataqué, buscando a ciegas tras de mí y vaciando otro shot de un tirón al conseguirlo. No podía hacer esto sobria—. Eso es bajo, Rise. Incluso para ti.
Su rostro se crispó de exasperación, pero no respondió con su usual sarcasmo.
Nope.
Tan solo me miró con una urgencia y seriedad que me hizo removerme incómoda en mi asiento.
Iba a exigirle que dejara de mirarme así cuando otro preocupado ‘Ndrangheta apareció. Fruncí el ceño cuando negó con la cabeza.
—No están —dijo Riden.
La preocupación de Rise me envolvió, traspasando el techo. Maldijo entre dientes, volviendo sus gemas verdes hacia mí por un segundo antes de volver a su hermano.
—Buscaré a Milanna. Rebusca otra vez, pero en esta encuentra al maldito de Drake —Riden asintió y se fue sin decir otra palabra más—. Vienes conmigo —sentenció, aprisionándome el brazo.
Me sacó del taburete antes de que pudiera exigirle que me dejara en paz.
—¡Quítame las manos de encima! —gruñí, removiéndome ante su agarre de muerte—. ¡¿Tan poca atención te dieron cómo para que reclames la mía?!
Rise me ignoró por completo, arrastrándome hacia donde la gente seguía moviéndose al ritmo de la música. Encontramos a Mila sonriendo entre los brazos de algún tipo, bailando relajada.
Su hermano no perdió el tiempo. La arrebató de los brazos del tipo, quien quedó pasmado ante la abrupta interrupción. Mila soltó un sonido estridente de frustración, escuchándose hasta en el infierno, pese a que la música estaba muy alta.
Rise hizo caso omiso a su rabieta y la cantidad infinita de maldiciones que salían de la boca de su hermana. Siguió así hasta llegar al tercer piso del recinto. Una vez dentro de una espaciosa oficina, nos soltó de mala gana, clavando esas gemas de jade en la computadora del escritorio.
—Dame acceso a las cámaras, Mila —su voz sobresalió por encima de la rabieta sin fin de su hermana.
—¡Vete al infierno! ¿Qué diablos te pasa? ¡Me arrastraste por todo el lugar como una de las miles de mujeres que…!
—¡¡Quiero acceso a las malditas cámaras, Milanna!! —rugió de golpe, plasmando las manos en el escritorio de caoba—. ¡Ahora!
La incomodidad que sentía abajo se esfumó junto a la nubosidad del alcohol que tenía encima desde que mi culo se sentó en esa barra, siendo reemplazado por un estado de alerta. Mila volvió a lanzarle palabras venenosas a su hermano, pero esa actitud…
—¿Qué ocurre? —interrumpí su discurso tóxico.
Centré mi preocupación en él, mientras miles de especulaciones aparecían en mi cabeza, cada una peor que la anterior.
Mila me sepultó con la mirada, pero en cuanto sintió que la tensión se esparcía por la habitación, dejó de hablar. Su mirada viajó entre su hermano y yo. Fue la puerta abriéndose de par en par lo que cortó lo que ella estaba a punto de decir.
Ver a Riden cargando con el cuerpo de Drake, bastante golpeado, me dejó fuera de base. Sin embargo, fue lo que dijo lo que hizo que todo se volviera lejano; la habitación, las personas dentro, la música sonando abajo.
Mi cabeza disoció todo lo que me rodeaba por varios segundos antes de que todo me llegara de golpe, dejándome caer contra el piso, sacando cualquier rastro de aire de mi cuerpo.
—¿Qué? —cuestioné sin aire, insegura de haber escuchado bien.
Tenía que ser una broma. Una broma de muy mal gusto.
Si seguía jugando con eso, le arrancaría la cabeza.
—Se la llevaron —repitió Drake como pudo, señalando a Riden el sillón a pocos metros de él, apenado. Riden lo dejó en el sofá antes de colocarse al lado de Rise—. La dejé en el baño. Fueron cinco minutos. Di una vuelta corta por el lugar. Una canción después, me estaba devolviendo al baño, pero algo me cegó. Lo último que recuerdo es despertar en el cuarto de aseo y a Riden sacándome de ahí.
—También se llevaron a Rush —siguió Riden, tan molesto como Drake—. Hay demasiada sangre en la parte trasera del local.
—¡Las cámaras, Milanna! ¡Ya! —tronó Rise, sin esperar a que el minuto de silencio culminara.
Su hermana salió de su estupor. Se acercó a la computadora y empezó a teclear furiosamente. La tensión en la habitación era palpable. Mi cabeza se dividía entre ayudar a Drake con sus heridas profundas o procesar la información que acababa de salir por su boca. Opté por lo segundo cuando Mila se encargó de Drake.
Con la furia arremolinándose en mi interior, me dirigí hacia los dos ‘Ndrangheta concentrados en la pantalla del computador.
Posicionándome al lado de Riden, observé como la pantalla se dividió en cuatro segmentos. Las imágenes de las cámaras de seguridad comenzaron a aparecer una tras otra. El corazón me latía con fuerza mientras Riden y Rise se dedicaban a revisar las grabaciones.
Luego, el corazón se me detuvo después de varios minutos de incertidumbre.
Fue en uno de los segmentos de la pantalla donde la vi.
Riden también. Agrandó la pantalla y la espalda de mi mejor amiga se hizo más grande. Rise pausó la imagen de Arabella saliendo por la parte trasera del club con una mujer, y respiró hondo antes de seguir con la secuencia.
El torbellino de imágenes pasó en un abrir y cerrar de ojos. No me dio tiempo para acoplarme a ellas, y fue por eso que me dejó aturdida ver como cinco malditos Cani Da Caccia se llevaban a mi mejor amiga, luego de doparla hasta dejarla inconsciente.
Rise no se quedó ahí.
Adelantó la secuencia largos minutos después, mostrando a Rush pocos metros antes de entrar por la puerta trasera al club.
Pasó por la misma jugada que pasó Bells.
Lo que lo diferenció fue que él sí se defendió hasta el final; sin embargo, las cosas no cambiaron. Se fue al suelo, inconsciente. Los pocos cani que quedaban aprovecharon, cargando con su cuerpo, saliendo del rango de la cámara, sin siquiera molestarse en ocultarse.
—Es un mensaje —señalé lo obvio, con voz ahogada, cortando los minutos de silencio que alargaban la tensión—. Alexey nos acaba de mandar un mensaje.
—Mensaje recibido —siseó Riden con la mandíbula apretada en cuanto la secuencia continuó su curso.
—¡Maldita sea! —masculló Rise, levantándose de golpe—. Llama a Harrison y cuéntale todo —ni se molestó en mirarme, solo se enfocó en los demás y en seguir ladrando órdenes—. Tú llama a Nathaniel y dile que mueva su trasero al aeródromo. Que tome cualquier maldito auto del penthouse, me importa una mierda —le lanzó su celular a Mila, quien se hallaba estupefacta, mirándonos a los tres—. ¡Lo quiero para hoy, Milanna! —tronó de malas. Su hermana se espabiló—. Riden, busca la camioneta y espéranos en la entrada del club. Kendall ve con él. Yo me encargo de Drake.
—Pero Riden…
—¡Me importa una mierda! —interrumpió a Mila de un grito—. Él va a poder aguantarse ocho horas de vuelo sí o sí. ¡Muévanse!».
—¡Kendall! —el grito de Harrison cortó mi pesadilla, pero no la arrancó de raíz.
No.
Más bien la alimentó con esa mirada iracunda y el terrible martirio que traía a sus espaldas.
«Fantástico».
Tres días después de comunicar la desaparición de Arabella y Rush, llegamos al búnker por la tarde. Todos nos aguantamos las palabras explosivas de Harrison al poner un solo pie aquí, y más adelante, también nos aguantamos palabras de todo el consejo del cual ahora la cabeza era el mayor de los ‘Ndrangheta.
Después de eso, las cosas empezaron a escalar con intensidad.
La desaparición del perpetrador del golpe interino de la mafia italiana y Arabella sacudió a todo el búnker, demandando la atención de los cabezales de cada grupo para concentrar la búsqueda de ambos. Los líderes del consejo estaban furiosos, pero cooperando con la búsqueda que lo único que hacía no era más que arrojarnos pura mierda los últimos tres días.
Colaboraron tanto que la cabeza del Cártel del Golfo —quien había llegado el día anterior— se dispuso a trabajar con Riden en las pistas aleatorias que se conseguían sobre el rastro de Arabella. Ambos trataron de encontrar una que no fuese un camino con una pared al final, tal y como todas las demás.
La tensión estaba en el aire, sin embargo, Harrison no desvió su atención de nada. Pese a que toda la atención estaba en encontrar la localización de Rush y Arabella, Harrison se encargó de que los entrenamientos se duplicaran, de que la seguridad se triplicara y de que todo, absolutamente todo, estuviera corriendo como se suponía que debía correr.
Él era así.
Lo golpeaban por un lado y blindaba el otro con más fuerza, desatando todo su mal genio, arrimándolo a la superficie, implantando el miedo suficiente para que nadie se atreviera a cuestionarlo en algo.
Era implacable, y era por lo mismo que ni siquiera el consejo se atrevió a alzarle la voz cuando pidió mucho más refuerzos, implementos electrónicos y armas. Demasiadas armas. Incluso había mandado un pequeño grupo a Moscú para echarle un ojo al armamento que había encargado hace dos días, reclamando respuestas de por qué aún no había sido trasladado al búnker cuando lo pidió.
Alexey ‘Ndrangheta había respondido el golpe que se le venía dando hacía meses, dándonos desde abajo. Logró descolocarnos por completo al llevarse no a uno, sino a dos de las personas más importantes del lugar.
La jugada le había salido de maravilla.
El que no consiguiéramos rastro de ellos no hacía más que aumentar el estrés que me llevaba carcomiendo por dentro desde que llegué.
Y no era la única que pensaba así.
Drake, Nathaniel y los tres ‘Ndrangheta también estaban hasta el cuello, tanto con la culpa por esa maldita salida, como por hacer lo que estuviera a su alcance por conseguir algo. Lo que sea. Cualquier cosa que apuntara al par que se habían llevado justo por debajo de nuestras narices.
Entre la culpa, Harrison y toda la maldita tensión que se respiraba, me estaba ahogando. Pero para Harrison no era suficiente con que me sintiera terrible.
Por supuesto que no.
Él quería verme suplicar por perdón, doblándome en arrepentimiento.
Por eso decidió traerme un maldito dolor de cabeza más a la colección.
Maldije entre dientes al verlos a los tres. Sin embargo, puesto que él sabía que ella era mi karma, lucía tan increíblemente molesto como yo por la horrible sorpresa.
No tuve que ser un genio para entender por qué.
De todos aquí, él era a quien menos le gustaba la descendencia del comité alemán, en especial una de las dos mujeres que se habían plantado en el peor día que se podía tener.
—Sirena —saludó Adalia Schröder con una sonrisa cargada de suficiencia.
Jesús, cómo detestaba a esa maldita mujer.
—¿Qué hacen aquí? —fijé la mirada cansada en Harrison, ignorando por completo a esa mujer.
Eso le molestó lo suficiente para sepultarme con su afilada mirada. Esbocé una sonrisa interna.
—Blaz dio su brazo a torcer enviándolas a ellas. Muéstrales dónde se van a quedar. Luego, mándalas a la sala de operaciones.
—No soy la recepcionista de un hotel. Estoy demasiado ocupada para encargarme de ambos dolores de cabeza con cosas que sí requieren mi atención —dándome la vuelta, empecé a caminar lejos de su alcance—. Hazlo tú si tanto quieres que se integren —dije por encima del hombro antes de perderme por en las escaleras que daban al cuarto piso.
Sentí mi espalda evaporarse por las miradas asesinas, pero no me interesó. No tenía tiempo para esto. No cuando mi mejor amiga estaba perdida y nuestros mejores equipos no eran lo suficientemente buenos para encontrarla.
Cada minuto que pasaba sin noticias era un horrible martirio. Cada vez que veía a Harrison dirigiendo todo con una frialdad implacable, me recordaba lo lejos que estábamos de encontrarlos. La desesperación me arrimaba al borde y el constante zumbido de la actividad en el búnker era un recordatorio punzante de nuestra situación.
Al llegar a la sala de comunicaciones, cerré la puerta con seguro y me apresuré a la altura de Riden. Estaba acostumbrada a sentir la calidez de la habitación siempre que entraba. Chocar con una gélida pared de hielo no era algo a lo que me adaptaba aún. El frío a mil, más la tensión de la habitación, convertía el interior en una cámara densa en la que costaba respirar.
Aun así, inspiré hondo, acercándome a la cabeza detrás de esto.
—Si quieres seguir evitando a Rise, este es el peor lugar para hacerlo —dijo Riden, sin rastro alguno de humor.
No despegó su vista del centenar de pantallas que tenía a su disposición.
Entonces fijé la mirada en las imágenes de Rush y Arabella repartidas en casi todas las pantallas. Esas intentaban, otra vez, que el identificador de rostros diera con ambos, a través de cada cámara que estuviese disponible o no, en cada rincón del globo terráqueo.
Había perdido la cuenta de cuantas veces, desde que llegamos, se había hecho ese mismo procedimiento.
Movernos con Riden en un vuelo de ocho horas fue complicado. La presión del aire del jet, pese a que estaba presurizada para altitudes menores, no fue suficiente para evitarle a Riden problemas respiratorios, el dolor o la hinchazón de las heridas.
Agradecí bastante que Rise hubiese tenido dos dedos de frente y se estacionara enfrente de la casa del doctor Mason antes de llegar al aeródromo. Yo tenía conocimientos básicos cuando se trataba de una herida de bala, sacándola con extremo cuidado si eso lo requería la situación. Pero lo de Riden iba mucho más allá de lo que mis básicos conocimientos podían hacer.
—Las hermanas Schröder acaban de aterrizar —dije de mala gana, acercándome más al centenar de pantallas con datos del rastreo.
—Así vi —con ligereza, inclinó la cabeza a la izquierda.
Siguiendo su indicación, observé cómo ambas hermanas eran guiadas por Drake por un pasillo atestado de gente.
—¿Qué hay de nuevo? —suspiré, sentándome a su lado.
—Pura mierda —respondió sin dejar pasar sus dedos por el teclado—. Miami, Calabria, Berlín, Carcasona… Alexey sigue lanzándonos pistas sin sentido, confundiendo a todo el maldito mundo. A cada punto que nos ha lanzado se ha enviado un escuadrón pequeño, apenas seis personas, y en cada oportunidad que se les pide un informe de la situación, no hay respuesta. Desaparecen como unos malditos fantasmas.
Dejé caer la cabeza entre las manos. La frustración y el cansancio que venía acumulando desde que llegué no hacían más que aumentar, y estaban pidiendo a gritos que las dejara salir. Cada pista falsa, cada callejón sin salida, era una daga más que se concentraba en mi abdomen. El estrés se sentía como una presión constante en el pecho, una presión que se dignaba a recordarme lo mal que estábamos jugando el detestable juego de un maldito ‘Ndrangheta más.
—¿Los que van en busca de otros rastros que Liam y tú han señalado también pasan por lo mismo? —pregunté con voz ahogada.
—La diferencia es que ellos duran un día más.
—Mierda —murmuré, frotándome las sienes en un intento vago de aliviar el dolor de cabeza que amenazaba con estallar.
El solo haber dormido seis horas en estos últimos tres días me estaba pasando factura. Y para añadirle más karma a mi vida, la puerta que había asegurado se abrió de par en par, mostrando a ambas Schröder, Rise, Drake y Harrison.
El cacareo atorrante de Adalia resonó por todo el lugar al entrar y quise enterrarle varios tiros de una buena puta vez a ver si así se callaba.
—¡¿Cómo no se te había ocurrido decir que Rush había sido secuestrado cuando hablé contigo?! —le gritó a Rise.
El hombre miró al cielo por paciencia un nanosegundo antes de buscar un lugar lo más lejano de ella que las cuatro paredes le permitía para sentarse.
Era partidaria del sentimiento.
—¿Sabes lo que eso significa? ¿Qué es lo que están haciendo para buscarlo? ¿Por qué nos hemos enterado de últimos?
Ese dominante acento alemán mezclado con un perfecto inglés estaba empezando a cansarme.
—¿Qué ibas a hacer si te enterabas por teléfono? ¿Gritar como una loca también? —hablé, silenciándola por fin. Giré la silla para clavar la mirada en ella y me crucé de piernas—. No has cambiado ni una onza, Adalia. Sigues siendo el mismo fastidio que tuve el horror de conocer hace años.
—Maldita…
—Conversaciones así no se emiten por un puto teléfono. Se tienen cara a cara. Pero estás tan ensimismada por una maldita polla que lo único que te importa es que te la vuelvan a enterrar, ¿me equivoco? —incliné la cabeza y sonreí cuando su rostro se crispó por la ira. Me lo imaginé. Ella era tan predecible que daba pena—. Si lo que te importa es eso, por Dios, hazme el favor y toma el primer vuelo a Berlín, y quéjate con Blaz. Estoy hasta el cuello con problemas que sí valen la pena solucionar y no pienso trabajar con tus horribles cacareos insoportables preguntando cada cinco segundos por Rush ‘Ndrangheta.
Era joven, estaba en una misión y Adalia era la única persona con la que podía conversar en Alemania. Podía jurar que al principio ella no era una maldita zorra. Era atenta, amable y amigable con los demás. Mientras que yo estaba en mis quince, ella estaba en sus dieciocho. Fue a esa edad que esa bonita oruga entró a su crisálida y se pudrió, sacando una zorra en vez de una mariposa.
La siguiente vez que fui a Berlín, Harrison necesitaba algo de Blaz. Era de suma urgencia, por lo que no podía quedarme ahí más de dos días.
Entonces la vi.
Rodeada por un séquito de niñas, ella pasó por mi lado, barriéndome con la mirada afilada de arriba abajo, para luego ignorarme, irse y reírse a mis espaldas con su pequeña multitud.
Fue una jugada típica de niñas estúpidas.
Intenté entender qué diablos había pasado entre nosotras, pero fue su hermana, Viveka, que me dejó saber que ella estaba “cambiando” y que yo ya no formaba parte de ese “cambio”.
Gracias a Dios.
Lo siguiente que supe fue que ella era una mujer vacía y falsa, que se fijaba en los herederos grandes para enredar sus piernas en ellos y conseguir quedarse con alguno.
Solo sus gatos tenían que saber para qué.
Su familia podía alimentar África dos veces si quería y aun así les quedaba lo suficiente para vivir el resto de sus vidas sin tener que trabajar.
Las siguientes veces que fui a Berlín, prefería mil veces quedarme a dormir fuera de la mansión enorme, durmiendo con todos los gatos que ellos tenían, que socializar un día más con cualquier Schröder.
Por ello, por conocerla, me era fácil de leerla.
Pese a que nunca habíamos tenido una amistad en todo el significado de la palabra, sabía lo suficiente. Tanto del antes como del después de su transformación a una perra básica.
Enojo, negación, incredulidad, aceptación, odio a ti y a toda tu descendencia.
Eso era lo que iba a obtener de ella y si antes eso no hacía mis días mejores, hoy sí.
«Así que empieza a saltar al segundo paso, Adi».
—Yo no…
«Negación».
—Guárdatelo —me miré las uñas con aburrimiento y luego a ella otra vez—. Siempre vas por los grandes, Adalia. No dudo que le hayas querido abrir las piernas a cada ‘Ndrangheta que te cruzaste, pero por cómo vas, Rush fue el que cayó en desgracia.
Hubo segundos de silencio. Sin embargo, la incredulidad, la aceptación y el odio le abarcaron todo el rostro.
Casi sonreí.
«Tres en uno. Nunca había estado en mejor racha».
Los segundos de silencio se alargaron, pero al final, Adalia recuperó la compostura, su rostro adoptando una expresión de desprecio que apenas lograba ocultar su furia.
—Cox tuvo que estar bastante metido en tu coño para no matarte cuando tuvo la oportunidad —dijo mordaz, cruzándose de brazos.
«Hija de perra».
Ella giró la cabeza cuando Rise emitió un gruñido gutural de advertencia.
Lindo, pero no necesitaba su ayuda. Controlar a animales infectados con rabia se me hacía bastante natural.
—Oh, fantástico. Tú también.
—Vete, Kendall —Harrison cortó el drama con su tono impasible y frío—. Comunícate con Liam y haz que venga. Tenemos una reunión.
—Claro. Cualquier cosa para evitar un dolor de cabeza más —respondí tajante, levantándome de la silla.
Pasé junto a Adalia, rozando su hombro deliberadamente. Pude sentir su furia irradiar como una llama ardiente, y eso me dio otra pizca de satisfacción.
Le guiñé un ojo a Riden. Esperé a que entrecerrara los ojos con un atisbo de diversión marcada y salí de ahí. Dejé que Viveka siguiera observando la escena en silencio, con esa usual mezcla de interés y precaución que emitía.
Cansada, dejé caer la espalda contra la puerta al cerrarla. En el acto, escuché la voz venenosa de Adalia.
—Tu segunda sigue siendo una maldita insolente, Harrison. Eso no ha cambiado.
—Ya sabes lo del ‘Ndrangheta, ¿no? —él no espero una respuesta de su parte—. Entonces ahórrate tus reclamos de mierda que solo retrasan a los que realmente están trabajando y comienza a ser útil, que para eso Blaz te envió.
Pese a mi frustración y cansancio, mi sonrisa se amplió. Estaba contenta de que le hubieran dado una dosis de su propia medicina a la perra malcriada, así que me alejé de la sala de control para continuar con mi trabajo.
Pero esa felicidad fue efímera. El pequeño sentimiento de desespero que había estado creciendo desde que me di cuenta que todo era un desastre comenzó a expandirse con cada pasado que daba.
Las emociones me abrumaban.
Todo se volvía más pesado, como si cada movimiento requiriera un esfuerzo sobrehumano. Caminé por el pasillo, dejando que mi mente se centrara en la siguiente tarea. Harrison necesitaba a Liam, pero yo necesitaba un segundo para recomponerme.
Me detuve en uno de los baños cercanos, cerré la puerta tras de mí y eché el pestillo. Con el corazón latiéndome con fuerza, me miré al espejo. El reflejo de cansancio y estrés me devolvió la mirada, apenas dándome tiempo para reconocerme, para aceptar que ese reflejo era yo. Me apoyé en el lavabo, dejando que la desesperación y la frustración se mezclaran dentro de mí.
—Respira, Kendall —me dije a mí misma, tratando de calmar los pensamientos y las emociones frenéticas que me asaltaban.
Las manos me temblaban ligeramente cuando abrí el grifo y las sumergí en el agua fría, buscando algún tipo de alivio físico para todo lo que tenía acumulado.
Tres días.
Solo habían pasado tres días y yo ya estaba perdiendo la compostura.
«No necesito esto».
Lo que necesitaba saber era si ella se encontraba bien. Si ambos se encontraban bien. No me caía bien Rush, pero una cosa era que no me cayera bien y otra muy distinta era querer que le pasara algo. Odiaba el apellido ‘Ndrangheta, y hasta ahora el maldito apellido seguía dándome razones para seguir odiándolo. Me sobraban ganas para continuar con mi odio justificado, sin embargo, estaba empezando a tener excepciones.
Riden y Mila eran las mías, y Rush empezaba a ser parte de ellas.
Él amaba a mi mejor amiga y ella lo amaba de vuelta.
Todo lo que era importante para Arabella era importante para mí. Si Rush era lo que necesitaba mi mejor amiga para seguir sonriendo, siendo feliz, completamente feliz, entonces iba a conseguirlo.
Los iba a conseguir a ambos.
A Arabella le hacía feliz Rush, sin embargo, a mí me hacía feliz ella.
Ella era mi lugar seguro, mi apoyo incondicional.
No podía permitir que el peso de la situación me aplastara. No podía dejar que las emociones volvieran a abrumarme si quería tenerla a mi lado una vez más.
«Tengo que encontrarla».
Respiré hondo y cerré los ojos por un momento, intentando encontrar algo de calma en medio de todo este desastre. La imagen de mi mejor amiga, abrazándome cuando más lo necesitaba y sonriéndome cuando menos lo esperaba se mezcló con el temor de no saber dónde estaba ni qué le estaban haciendo. Mis pensamientos se volvieron turbios mientras luchaba por mantener la claridad mental que necesitaba para calmarme.
«Malditos ataques de ansiedad. Los odio».
Tomé varias bocanadas de aire, hasta que sentí a la desesperación dar ligeros pasos hacia atrás, luego de eternos minutos.
Bien.
Eso serviría por ahora.
Volviendo a meter todas las sensaciones abrumadoras en una maleta, me enjuagué el rostro, sintiendo como el líquido helado aliviaba algo de la tensión en mis músculos. Mis pensamientos regresaron a la tarea urgente que tenía frente a mí: encontrar cualquier maldita cosa que me diera un rastro hacia ellos, cualquier indicio.
Abrí los ojos y me enfrenté de nuevo a mi reflejo en el espejo. No había cambiado, pero esa pequeña pizca de determinación renovada tenía que servirme. Me acomodé la cola de caballo y con una última bocanada de aire, salí del baño con paso firme.
«Pretende hasta lograrlo, pretende hasta lograrlo».
Con la presión en el pecho disminuyendo, me dirigí al ascensor, directo al noveno piso. Liam Cote pese a que había llegado no hace mucho, no había salido de su nueva oficina en lo que iba de día, por eso encontrarlo revisando mapas y coordenadas en varias pantallas sin el equipo que Harrison le había armado no era lo que esperaba ver.
Toqué dos veces la puerta entreabierta antes de adentrarme a la oficina. En todo el tiempo que llevaba con Harrison, a la cabeza de la mafia canadiense solo lo había visto cuatro veces. Y esas cuatro veces, él junto a su esposa, habían sido un amor de persona conmigo. Era bastante inusual toparse con personas así de gentiles en Las Sombras, siendo ellos los expertos en el soborno y la influencia política.
Liam alzó la cabeza y me regaló una sonrisa corta.
—Sirena —saludó.
—No quiero interrumpir nada, pero Harrison quiere que vaya a la sala de control. Quiere una reunión —informé, tratando de mantener mi voz firme.
—Supongo que se debe a la llegada del comité alemán —suspiró, volviendo su vista a las pantallas—. Son las hijas, ¿no?
Solo asentí. Si hablaba, lanzaría todo el veneno que retenía contra esas dos y no estaba segura de que él pudiera callarme.
Liam tarareó en reconocimiento, pero no se fue. Siguió mirando las pantallas, concentrado, intercalando su vista de ellas a los mapas que tenía en la mesa del centro.
—¿Alguna novedad? —pregunté por simple curiosidad, aunque tenía la respuesta.
—Nada en concreto —respondió con un suspiro—. Alexey sigue jugando con nosotros. Cada pista que seguimos resulta ser inútil.
Sentí un nudo en el estómago. La frustración y la impotencia eran abrumadoras.
—Harrison está perdiendo la paciencia —comenté, centrándome en los puntos rojos que decoraban la parte superior de los nombres de varios países.
—Harrison carece de paciencia —dijo, clavando su mirada en mí de nuevo—. Sin embargo, no es el único. Ya deberíamos haber dado aunque sea con dos rastros reales de ellos. En su lugar, lo único que hemos logrado es perder a varios grupos al enviarlos para verificar esas pistas.
»Lo entiendo en los países que están aliados con Alexey. Hemos enviado grupos a las zonas más bajas de cada mafia que está a su favor, ¿pero los demás? —chasqueó la lengua—. Me da la sensación que Alexey sí puede estar trabajando con Nikolay después de todo.
Lo que dijo no hizo más que apretar el nudo que se armó en mi estómago. Rush lo había dicho en su momento y Harrison me había ordenado mantener un ojo en Arabella a raíz de eso, pero nunca creí que eso fuera posible. Ambos se habían detestado desde el momento en que se conocieron. Sus personalidades habían colisionado de tal manera que bastó una segunda mirada para iniciar una guerra en ambos bandos.
¿Así que por qué aliarse ahora? ¿Qué era lo que ambos querían? ¿Qué necesitaba Alexey de Nikolay para rebajarse a tal grado?
Nikolay era un hombre orgulloso. Mucho más orgulloso que su hija. Por eso él no había podido dar su brazo a torcer primero. Lo tuvo que haber hecho Alexey.
Entonces, ¿qué significaba eso? ¿Qué conseguirían ambos a raíz de la repentina alianza? Podría ser que Alexey lo hiciera por poder, por estar a punto de perder. Pero si era así, no tenía nada que ofrecerle al Boss que exigiera su atención.
Nikolay no era conocido por la caridad de su trabajo ni mucho menos por extender su perdón a alguien que había detestado desde el momento en que lo vio, así que, ¿en dónde diablos nos dejaba eso?
Ahí había algo.
Mi instinto señalaba que era algo grande, pero aún no podía alcanzarlo del todo.
—Estás rompiéndote la cabeza —alcé la mirada de los mapas que estaban en su escritorio y la fijé en Liam—. Tampoco lo entiendes —no era una pregunta.
Mordí el interior de mi mejilla.
«No. No lo entiendo».
—No me termina de cuadrar. Se odian. Ambos. Desde que los dos pusieron un pie en la misma habitación se han odiado. ¿Por qué aliarse ahora? Alexey no tiene nada que ofrecer y Nikolay no necesita nada de Alexey.
Liam solo pasó una mano por su espesa y bien arreglada barba con lentitud.
—También tengo esa sensación de que hay algo que nos falta —dijo, con la mirada perdida antes de sacudir la cabeza—. Sin embargo, no podemos quedarnos solo con esa sensación. Necesitamos algo tangible, algo que nos afirme de que sí estamos pasando algo por alto, pero también que nos indique qué es lo que nos falta.
—Lo sé —mascullé, aunque mi mente seguía zumbando con mil pensamientos.
—Voy a la reunión —avisó con voz suave—. El grupo a mi mando estará aquí en cualquier momento. Eres bienvenida a quedarte por si quieres ayudar —abrí la boca para refutar, pero alzó un dedo—. Le diré a Harrison que te necesitaba aquí y yo mismo te resumiré los puntos que dieron en la reunión. Quédate aquí. Lo necesitas.
Lo vi salir de la oficina con una sonrisa amable, sin darme tiempo de negarme a su petición.
Pese a que sonreí por su acto, su salida dejó un vacío aún más grande, opacando por completo la sensación de agradecimiento momentánea. No obstante, con la cabeza dándome vueltas como un trompo, tomé respiraciones profundas y me acerqué a las pantallas, observando las coordenadas y los informes una y otra vez.
Recé por encontrar algún indicio, alguna pista que nos acercara a ese par.
El reloj seguía avanzando, implacable, y con cada segundo que pasaba, la desesperación se hacía más palpable. Sentí las lágrimas acumularse en mis ojos otra vez, pero me obligué a contenerlas. Derrumbarme ahora no era una opción, por lo que agradecí que el grupo de Liam llegara en su mejor momento, distrayéndome de mi miseria.
Conocía a las cinco personas que Harrison le había dado a Liam, y a pesar de que intercambiamos unas pocas palabras de información en cuanto llegaron, sus voces se volvieron zumbidos en mis oídos pocos minutos después de que empezaran a trabajar. Me dispuse a pasar los dedos temblorosos por los documentos esparcidos en el escritorio de Liam, mientras que los demás se concentraban en sus tareas.
Debía haber algo que se nos había pasado por alto, algo que nos dirigiera hacia ellos y no hacia una maldita pared de concreto sin salida.
En mi mano había pocas opciones, pero dejarme ahogar por cada contratiempo no iba a ser una de ellas.
Iba a encontrarlos.
No tenía cabida para centrarme en algo más que no fuese eso.
♦ ♦ ♦
Harrison
Noviembre, 11.
—¡¿Cuánto más?! —demandé saber, pateando la silla con fuerza.
—¡No es algo a lo que le pueda tronar los putos dedos y tener información, imbécil! —gruñó el único ‘Ndrangheta que soportaba ver por el momento, tecleando con furia el teclado de la computadora que tenía enfrente.
Veintisiete días.
Veintisiete malditos y largos días, y aún no había encontrado una mierda de su paradero.
Tenía a todo el maldito mundo buscándola por todo el jodido globo terráqueo, pero no había nada de ella.
En veintisiete días, nada. Como tampoco hubo nada hace veintitrés días, cuando llegaron esas dos alemanas que pensé, por un mísero segundo, que podrían ser buenas armas en mi maldito arsenal.
Me equivoqué en eso, por lo que seguí odiando cómo el maldito de Alexey había jugado bien sus cartas, convirtiendo la desaparición de mi chudovishche en un jodido barrido fantasma.
Me estaba hartando.
Incluso se atrevió a jugar aún más con mi paciencia al seguir lanzándonos pistas falsas tanto de Rush como de Ekaterina, rodando por todo Londres, Miami, Rusia y doce países más que volqué de arriba abajo.
No había rastro de ninguno y me iba a ir a Moscú hoy mismo para terminar de mover mis hilos allá y encontrar una maldita respuesta, sino fuera porque el más coherente de los hijos del maldito hijo de puta urgió mi presencia en la sala de comandos por otra pista que resultó ser falsa.
Estábamos contando con tiempo prestado y el muy imbécil me llamaba para seguir dándome pistas falsas.
No tenía tiempo para esto.
No cuando el bastardo de Nikolay estaba mucho más cerca que todos nosotros de encontrar a su hija. Porque para él, esto no era solo una búsqueda, sino un maldito proyecto personal que le extasiaba.
No había nada que le gustara más que una jodida caza difícil. Sabía que, aunque la búsqueda de su hija era importante para él, lo estaba tomando como una maldita persecución que disfrutaba, ya que no se lo había puesto fácil y Ekaterina tampoco.
Nikolay contaba con muchos más recursos que yo en estos momentos, ya fuera en personal o en la tecnología, y no me lo estaba colocando fácil. Si seguía tumbando cada barrera que le armaba, él iba a dar con Ekaterina primero y eso no podía permitirlo. No cuando ni yo mismo sabía en dónde mierda se encontraba para así encerrarla en el maldito búnker hasta que el krovovlastiye llegase a su fin.
No fue hasta que pisé el umbral de la jodida sala para reanudar mi viaje que las computadoras empezaron a pitar tan jodidamente fuerte que tuve que devolverme y exigir respuestas.
El software de reconocimiento facial había captado algo por primera vez en casi un mes y era algo exacto. La alarma que las computadoras habían soltado lo atestiguaban. Y Riden estaba haciendo lo imposible para atrapar la imagen antes de que esta se convirtiera en basura, costando así seguirle el jodido rastro.
La imagen de Ekaterina y el otro estaban en cuatro de las seis pantallas, mientras que en las demás, Riden se encontraba sumergido en comandos. El chico no había descansado desde lo que pasó en Chicago, lo sabía. Pero no me importaba en lo más mínimo. No cuando ellos quisieron seguirle la corriente a la otra estúpida, sabiendo que tenían un blanco en sus espaldas.
Parte de todo este maldito desastre es culpa de todos ellos y no me cohibía en restregárselos cuando tenía la oportunidad.
No habían pensado.
Les supo a mierda saber que Alexey podría hacer todo lo que tuviera a su alcance para vengar su pérdida y ahora estábamos aquí, veintisiete días después, tratando de controlar un asqueroso fiasco por la toma de decisiones tan infantiles que cada uno de ellos realizó.
Si no bastaba con la pérdida de Ekaterina y Rush, y el proyecto personal que Nikolay estaba atentando contra su hija, ahora teníamos que lidiar con el caos que las demandas y exigencias de los aliados con los que contábamos. Esas mierdas se habían desatado desde que todos se enteraron que Rush ‘Ndrangheta había sido secuestrado, nada más y nada menos, que por el bastardo de su padre.
—Lo tengo —habló Riden tan bajo que apenas pude oírlo desde donde estaba.
En tres zancadas ya estaba detrás de él, tratando de visualizar qué era lo que había encontrado.
El video era simple. Sin color y lo más pixelado posible. Sin embargo, la secuencia de imágenes era lo suficientemente clara como para que la rabia y la impaciencia me golpearan con fuerza, corroyéndome el cuerpo.
—La ubicación —musité despacio y entre dientes, destilando toda la ira que podía.
Riden no respondió.
Se limitó a observar ese maldito video cinco veces más, hasta lanzar el teclado a la pared más cercana en un arrebato de ira, dándome el tiempo suficiente para detallar la última escena.
—Dame la ubicación, chico. ¿De dónde provino el video?
—¡¡No lo muestra!! —tronó, lanzando lo restante de su escritorio al piso, rompiendo el círculo silencioso en el que estábamos.
«Maldita sea».
—¡No hay rastros de la ubicación del video! ¡¡Tengo el maldito tiempo, pero no hay rastros de un lugar en específico!!
Trunqué su intento de seguir destruyendo todo lo que había en la mesa e hice que me mirara, tomándolo de los hombros.
—¿Entonces hace cuánto? —la rabia lo cegaba tanto que siguió tratando de escapar de mi agarre. Lo sacudí con vehemencia—. Concéntrate y deja de actuar como imbécil, Riden. Contéstame la puta pregunta, ¿hace cuánto?
—¡Quítate de…!
—¡Contéstame la pregunta, joder! ¿Hace cuánto? ¿Días? ¿Semanas? ¡Responde!
—¡Cuatro días! —soltó, saliendo de mi alcance, lanzando lo restante de su escritorio al piso—. ¡Cuatro malditos días! ¿¡Por qué diablos no pude…!?
—Porque tu padre así lo quiso —siseé iracundo, alisando las solapas de mi traje, respirando profundo, calmándome por completo.
El chico estuvo en mi rostro de golpe, y cuando choqué con sus ojos no había más nada que odio flotando ahí.
—No me lo remarques como si yo hubiese querido que el bastardo fuese familiar mío, hijo de puta —rebatió furioso—. Si por mí fuera…
—Pues fórmate y sal de mi puta cara —resoplé interrumpiendo su discurso estúpido—. Hay una lista de espera lo bastante larga para cortarle cualquier maldita extremidad al imbécil, pero mientras lo haces, llama a todos. Si eso fue hace cuatro días, entonces tenemos la oportunidad de movernos.
El entendimiento se coló por sus facciones cuando leyó entre líneas. Y aunque no le bajó a su desplante infantil, relajó su postura amenazante, alejándose de mi espacio personal.
—¿Qué es lo que sabes?
—Llama a todos —repetí, atiborrándome de paciencia—. No quiero repetirle a todos lo que quieres oír y no estoy de un jodido humor para aguantar tus preguntas, Riden. ¡Reúne a todo el maldito equipo! ¡Ahora!
La exigencia hizo que me diera una mala mirada.
Ignoré sus mierdas y tomé una silla para sentarme enfrente de lo que quedaba del equipo visual, repitiendo el jodido video cuando él salió de la sala.
Veinticuatro veces más lo repetí, aprendiéndome la secuencia que solo duraba unos quince segundos. Apreté la mandíbula cuando ese detalle brincó una y otra vez, hasta que las personas que quería llegaron con ese semblante de preocupación y fastidio, ocupando la mesa principal de la habitación.
Kendall fue quien llegó de última y me dedicó una mirada carente de emociones en cuanto ocupó la única silla que quedaba disponible.
—Espero que…
—Lo que tú esperas a este punto no me importa —le espeté, señalándole a Riden la pantalla blanca detrás de mí—. ¡Lo que alguno de ustedes espera, realmente, me sabe a mierda porque son una partida de adolescentes inservibles que no saben trabajar bajo presión, y decidieron pasarse las posibilidades por el culo en Chicago! —clavé la mirada en ella, importándome menos el brillo asesino que florecía en sus ojos—. Y tú más que nadie deberías haberlo sabido, y en tal caso, evitarlo.
No era la única en tener la culpa, pero era la única que sabía qué tan serio era que Ekaterina tuviese un maldito blanco pegado a la espalda. Por ende, tuvo que ser la única que desestimara las acciones que la otra estúpida planteó hace veintisiete jodidos días, evitándonos este maldito desastre.
—¿Nos llamaste para que todos apreciemos cómo regañas a tu segunda, Harrison? —preguntó otro puto dolor de cabeza, enseñando esa sonrisa que quería borrarle de un desmembramiento desde que puso un pie aquí—. No es que no tengas razón, pero tengo cosas más importantes que hacer. Así que, si pudieras adelantar esto, te lo agradecería.
Maldito fuera el día en el que a Blaz Schröder se le ocurrió la gran idea de multiplicarse, sacando no a una, sino a dos engendros del infierno.
Le dediqué una mirada que le hizo borrar al instante esa jodida sonrisa, al tiempo que la pantalla enseñaba el video que me había aprendido de memoria.
Recorrí las expresiones de todos.
Tanto la del diminuto equipo que apoyó la estupidez de Ekaterina como la de Cote, y ambas Schröder.
Los últimos tres no tenían idea de lo que estaban viendo, pero solo me bastó con que Kendall crispara el gesto para obtener lo que quería. En ocho segundos más, el video acabó, trayendo consigo la tensión a la sala.
La secuencia era simple: el cuerpo desnudo, cubierto de sangre e inconsciente de Ekaterina, siendo trasladado por tres hombres a una camioneta negra en un oscuro estacionamiento. No había más que añadir a eso, y estaríamos buscando en círculos para conseguir más información si no fuese porque la camioneta tuvo el pequeño detalle de dejarme ver no su pequeña y ridícula placa trasera, sino un símbolo en específico que me hizo apretar los dientes.
—¿Dónde? —cuestionó Kendall, al segundo que se encaminaba hacia mí—. Dame la…
—No te pienso dar una mierda —la callé—. Siéntate y no jodas hasta que termine.
—Harrison, que Dios…
—Dios no tiene nada que ver aquí, tú insensatez sí. Por eso y por más, cierra la boca, siéntate y escucha porque nada más lo diré una vez, Kendall —pasé de ella y encaré a todos los demás.
Miré a cada uno de ellos, midiendo sus reacciones y asegurándome de que entendieran la gravedad del asunto.
—Hemos pasado veintisiete días sin un avance real —comencé, con voz firme y fría—. Veintisiete días de seguir pistas falsas, de toparnos con callejones sin salida. Pero hoy, finalmente, tenemos algo concreto —señalé la pantalla donde el video se había detenido en la imagen de la placa de la camioneta—. Esto no es solo una pista. Esto es una maldita oportunidad.
Hice una pausa, dejando que mis palabras calaran hondo en cada uno de ellos.
—Arabella está siendo trasladada. Y aunque el video es de hace cuatro días, sabemos que está viva gracias a esto —apunté a la placa, esperando que notaran lo que tenía al lado—. Cuatro días no es mucho tiempo. Alexey no pudo haberla enviado tan lejos en ese lapso.
—Pero puede seguir jugando con nosotros —dijo Liam, mirando la pantalla con atención—. Cuál sea la ubicación que lograron conseguir de ese vídeo no puede ser real. Él no soltaría un detalle así.
—No conseguimos ubicación —respondió Riden entre dientes—. Sólo el tiempo.
—No me importa en donde estuvo Arabella. Me importa en dónde estará y es por eso que esto —volví a señalar la placa— es lo importante.
—¿Qué tiene que ver una placa automovilística con el paradero de Rush? —replicó Adalia con un tono atorrante.
—El que no lo notes es lo que te hace aún más estúpida —contestó Kendall furiosa—. Agradezco que Blaz haya pensado, dejándole todo a tu hermana antes de que a ti.
—Tú no puedes…
Kendall estampó las manos en la mesa y soltó el primer disparo mucho antes de que alguien fuera y le quitara el arma de las manos.
Para sorpresa de todos, fue Adalia quien tenía a Kendall agarrada del cuello mientras la plasmaba en la mesa y pateaba el arma lejos de ambos cuerpos.
«Demasiada mierda tan temprano».
—El que me creas estúpida no quita que puedo barrer el maldito piso contigo, sirena —escupió lo último para luego soltarla e ir a su asiento y encararme—. Si la tenemos a ella, tenemos a Rush, ¿no?
Me apreté el tabique de la nariz y respiré hondo, rogándole al maldito infierno por paciencia.
—No…
—¿Entonces qué es lo que estamos esperando? —siguió, interrumpiéndome—. ¿Por qué seguimos aquí sentados, hablando como si fuese un tema normal, cuando ya tenemos la pista que hemos estado buscando?
—¡Porque por si no lo has notado, idiota, hay un solo cuerpo ahí y es el de la novia de mi hermano! —chilló la única hija de Alexey, furiosa, logrando que el engendro demoníaco cerrara la boca de golpe. Su mirada afilada se deslizó a mí y continuó—. ¡Tú ya sabes dónde está, pero apuesto lo que sea que vas a salvarla a ella y no te arriesgaras por Rush puesto que no te interesa! —me señaló, empezando a derramar gruesas lágrimas por todo el rostro.
«Sí».
No abriría debate sobre por qué.
En el momento que Kendall llegó a la sala de comandos un día hace semanas, balbuceando con rapidez que era posible que Alexey supiera sobre la identidad de Ekaterina, los engranajes de mi cabeza comenzaron a trabajar el doble, priorizando su búsqueda.
Si Alexey sabía, quería decir que Nikolay también. Sin embargo, él querría pruebas y mucho más si la noticia venía del maldito hijo de perra. No iba a juzgarlo. Yo también quisiera pruebas si algo viniera por parte de Alexey ‘Ndrangheta.
A partir de ese momento, la búsqueda cambió, priorizando el encuentro Ekaterina por debajo de la mesa, ya que no tenía tiempo para lidiar con los desacuerdos que iban a surgir una vez se diera la noticia.
Sí, era importante conseguir a Rush, pero era aún mucho más importante conseguir a Ekaterina mucho antes de que el bastardo de su padre le pusiera las garras encima.
Si yo estaba bien con eso, Rush también lo estaría.
Llegados a este punto, realmente me importaba una mierda que sus familiares restantes pensaran lo contrario.
—Aquí hay dos cosas en juego, niña. La primera es que el Boss está cerca, demasiado cerca de jodernos a todos si llega a dar con ella primero. Y la segunda, es que, cómo bien has dicho, sólo tenemos rastro de Arabella —indignada y con un chillido ensordecedor, ella abrió la boca para hablar, pero proseguí—. No tenemos margen de error y por eso es que nos vamos a centrar todo en Arabella primero.
—¡Pero…!
—¡Milanna! —habló por primera vez el único bastardo mayor de Alexey, mirando a la adolescente con irritación marcada—. No tenemos tiempo para esto. Asume que la única oportunidad de dar con Rush es por Arabella, y si no te gusta puedes irte.
—¡Rise!
—No me importa encerrarte en lo más alto de tu torre si vas a empezar con tus mierdas, Milanna —siseó, fulminado a su hermana—. Para quedarte y seguir escuchando vas a tener que calmarte, cerrar la boca y comportarte, ¿si me entiendes? —la niña dejó de hablar y se cruzó de brazos en una clara rabieta. Eso fue suficiente para que él centrara su atención en mí—. ¿Qué tan cerca está el Boss de ella si Atlas Foster la tiene?
«No es idiota, después de todo».
—Foster está con Nikolay desde hace décadas, y por cómo se ven las cosas, diría que él ya le ha contado al Boss que tiene a su hija —Kendall bufó, molesta—. Sin embargo, Nikolay va a querer asegurarse de que no estén jodiendo con él, por lo que se tomará su tiempo en acercarse y comprobar. Más aún si Foster le llegó a decir que obtuvo a Arabella nada más y nada menos que por parte de Alexey. Es por eso que aún contamos con tiempo para accionar.
Rise asintió y no dijo más. Fue Liam quien decidió hablar sin despegar los ojos de la pantalla.
—¿Se sabe dónde la podría tener ahora? —indagó.
—Hay solo un lugar en donde mantendrían a Arabella si es que está en Londres.
Liam arqueó una ceja.
—La Fosa —prosiguió Kendall entre dientes.
El rostro de ambas Schröder más el de Liam se crisparon en una inesperada sorpresa.
—¿Me estás diciendo que la hija del Boss es tan peligrosa cómo para…?
—Sí —mascullé irritado—. Y a este maldito punto no me importa comenzar otra jodida guerra con la mafia inglesa si eso significa que puedo traerla de nuevo, así que quiero ideas. Si las que me dan no son lo suficientemente buenas, voy a terminar despedazado cada montículo inglés, cargándome a cada hijo de puta que se interponga, dejando a Atlas Foster como un hazmerreír delante de toda la jodida pirámide.
Porque la iba a sacar de ahí. Detonando cada edificio en ruinas de Londres, volcando toda la ciudad si era necesario, pero la iba a sacar de ahí.
La tensión en la sala era palpable. Los hijos de Alexey mantenían la mirada fija en la pantalla. Kendall, con el rostro endurecido, no apartaba los ojos de mí. Los demás se removían en sus lugares, sopesando ideas.
—Nada de lo que te soltemos hará que desistas de tu recién vendetta personal con Foster —para mi sorpresa, fue Zacharias Anderson quién dijo eso—. Así que, ¿qué es lo que tienes en mente?
«¿Qué diablos hacía este aquí?».
El que me estuviera hablando como si me conociera de toda la vida, sonriéndome de soslayo como si nada de esto hubiese sido, en primer lugar, su puta culpa, me crispó los nervios a tal punto de querer matarlo.
Cuando le dije a Riden que reuniera a todos, no significaba que también lo trajera a él. No obstante, eso no quitara que el imbécil tuviese un punto de razón, por lo que quité la mirada de él y la enlacé con la de Liam.
—¿Qué necesitas? —suspiró él mientras sacudía la cabeza.
—¿Aparte de la cabeza de Atlas Foster en mis manos? —Liam se guardó una sonrisa, pero nunca había hablado más en serio—. La quiero a ella. Viva, en una pieza y aquí. Eso es todo lo que necesito.