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Capítulo 57: 55

Cuando el infierno aprende a coordinarse

A éste punto, las apuestas desesperadas son a lo único que le voy

Rise

Pensar que toda la jodida tensión se iría en cuanto Grant Harrison terminara de ladrar órdenes a diestra y siniestra fue un error.

La tensión aún seguía corroyendo cada rincón de la sala de comandos, añadiéndose a las paredes como moho, dejando el lugar apestando a desesperación. Tal olor se extendió, haciéndome imposible respirar otro pesado segundo más.

La sala de comandos se había vuelto mi hogar al momento de pisar Escocia. Pasaba cada momento del día encerrado en las cuatro paredes de concreto que el lugar me ofrecía, antes y luego de que todo se hubiese vuelto un completo huracán de desesperación, estrés y maldita tensión. Fuera dejando el culo aplastado en una silla con Riden al lado, revisando localidades falsas, delegando equipos para rastreo o por cualquier otra maldita cosa, estaba aquí.

«Evitando a toda costa a una mujer malditamente complicada también».

De igual forma, la sala se había convertido en mi lugar de escape. No evitaba a todo el mundo, pero me daba el espacio suficiente y la distracción necesaria para no mandar a todas las personas que habitaban el búnker de Grant Harrison a la mierda, cuando no hacían otra cosa que no fuese perseguirme para darles soluciones inexistentes a sus malditos problemas.

Tenía entendido que las directrices caerían en mis manos una vez que Rush no se encontrase presente. Pero, joder. Lo daría todo para que Justine se encargara de cada estúpida cosa que salía tan solo con yo respirar.

En las últimas semanas no había hecho más que resolver estupideces, escuchar e ignorar mierdas del ex sotvenik, calarme a un dolor de cabeza maldito con piernas largas y ahogarme en la miseria por no conseguir ni. Un. Maldito. Rastro. Nuevo que me guiara a mi hermano y a la vida de mi hermano.

Claro que mi miseria acabó el día de hoy, siendo el sentimiento reemplazado por la ansiedad en cuanto el anciano extenuante soltó algo, luego de casi un jodido mes, lo suficientemente bueno para que treinta y seis soldatos conocidos —algunos, por ser parte de los grupos de élites del consejo—, se alistaran a favor del rescate que se llevaría a cabo en menos de dos horas.

No obstante, antes de toparme ellos más con la mujer que no dejaba de atormentarme la cabeza, callar a Milanna se había convertido en un jodido deporte olímpico.

Al Grant Harrison decir que todo iba a enfocarse en Arabella y no en Rush, mi hermana había estado saltando entre el llanto descontrolado y las maldiciones al nombre del ex sotvenik cuando la reunión de último momento terminó. Fue en los últimos minutos antes de que mi sala de comando se volviera una feria local, que no soporté otro quejido de ella.

—¡Es suficiente, por el amor de Dios! —bramé, tomando su rostro entre mis manos, enlazando esos ojos en los míos.

—Pe-ro…

Su boca se movía, aun cuando parecía un pez por tener sus mejillas aplastadas en mis manos.

No quería que se moviera.

No quería que emitiera algún sonido más.

Necesitaba un maldito minuto de silencio.

—¡Nada, Jesús! ¿Quieres saber dónde está? Arabella es la respuesta. ¿Quieres volver a verlo? Tener a Arabella es la solución. ¿Por qué diablos lo estás complicando todo, llorando porque te nace del coño? ¡Estamos hasta el tope, Milanna, siguiendo pistas efímeras e inservibles y ahora que hemos dado con algo sólido, lloras!

»¿Qué creías que iba a pasar? ¿Qué los íbamos a encontrar a los dos al mismo tiempo? Eres su hija. Sabes que ese tipo de cosas no funcionan con él. ¡Mejor agradece que hemos encontrado, aunque sea, a uno de ellos y que ella nos llevará a él! Porque, si de algo estamos seguros, es de cómo Arabella pondría el mundo de cabeza por traer a Rush a donde pertenece, maldita sea.

Ella se distanció de mi agarre, dándome su peor mirada.

—¡Pero es mi hermano! ¡Me preocupo por él! He estado semanas sin dormir, preguntándome en dónde estará, hundiéndome en mi mierda, preocupada hasta la médula porque sé de lo que es capaz Alexey. ¡Perdóname si eso no te importa!

Gemí, contrariado.

—¡¿En dónde mierda, joder, me has escuchado decir que por lo que tú estás pasando no me importa?! —me pasé una mano por el cabello, rebosando en un jodido estrés que no hacía más que aumentar por la terquedad de mi hermana—. ¡Me importa, Milanna! Eres mi hermana, ¡por supuesto que me importa!

»Entiendo lo que estás pasando porque todos estamos pasando por lo mismo. Cada una de las personas que están trabajando en traer a Rush de vuelta saben de qué es capaz Alexey. Justamente por eso es que saboreamos ese momento de alivio cuando Harrison soltó la noticia de Arabella, pero tú aún no lo entiendes. Te enfrascaste tanto en maldecir al ex sotvenik, cuando fue por él que tenemos algo. Algo real por primera vez en días.

De lanzar dagas por esa mirada que tenía, pasó a que se le cristalizaran los ojos, las gotas gruesas de sus lágrimas comenzando a caer por sus mejillas.

—Pe-ro es Rush, Rise —hipó entre cada sollozo—. Yo… Yo no puedo perderlo… No puedo. Llevo semanas sin dormir bien, imaginando lo peor y…

Mi hermana podía ser la mujer más fuerte del planeta, pero cuando se rompía, cuando le tocaban algo por lo que ella moriría, era la mujer más frágil y sensible que conocía.

Rush era ese algo por lo que moriría. Pese a que ella nos amaba a todos, Rush era su algo intocable. Su punto seguro cuando las cosas iban mal.

El corazón se me removió al verla así.

Tomé una respiración profunda y sin pensarlo me abalancé, abrazándola tan fuerte como podía. Lloró. Lloró hasta que su llanto se convirtió en sollozos y sus sollozos en hipos suaves.

—Él estará bien. Es Rush —le volví a decir con dulzura, besando su coronilla, tratando de calmarla—. No es la primera vez que pasa por esto. No es la primera vez que cae con él.

—Pero es la primera vez en la que él pondría su vida por encima de la de alguien —masculló en un hilo de voz.

—Oye —la saqué de mis brazos, buscando sus ojos—. Rush mataría por ti, lo sabes.

Esos ojos verdes brillaron con una seguridad no antes vista, causándome curiosidad.

—No estoy diciendo lo contrario, Rise, pero sabes cómo es él. Sabes qué tanto cambió por ella. Solo un ciego no se daría cuenta de eso. Si es de colocar su vida por encima de la de Arabella, lo haría sin dudarlo. Para él, ella es ahora su prioridad. Arabella es lo que necesita para vivir de ahora en adelante. Y justo eso es lo que me preocupa.

Pensé. Quedé en un bucle pensativo por mucho más tiempo del que creí. Por eso no pude responderle.

Una multitud de gente empezó a entrar, matando las palabras que nadaban en mi boca. Mila tomó eso como la afirmación que necesitaba, yéndose lejos de mí, colocándose en primera fila para cuando todos se acomodaron.

Las cosas de ahí en adelante comenzaron a pasar más lento de lo usual.

Kendall, para mi sorpresa, había aparecido, reclamando la atención de todos, soltando de una vez lo que se iba a hacer, lo que no se iba a hacer y lo que había de esperarse.

La escuché con atención una vez.

Cuando las preguntas de cada persona en la multitud empezaron a salir, me desconecté. Viajé hacia las palabras que mi hermana había dicho, ya que la preocupación también empezó a carcomerme.

Porque ella tenía razón.

Antes, Rush podría matar por nosotros. Incluso sacrificarse, si eso significaba que estuviésemos bien y todos estábamos bien con eso. No nos extrañábamos porque él siempre había estado para nosotros desde el comienzo de los tiempos. Nos protegía como si fuésemos sus hijos, no sus hermanos.

Por eso lo veíamos normal, algo que él siempre haría únicamente por nosotros.

Por su sangre.

Pero llegó la mujer que cambió su vida.

Llegó su vida, colocando cada creencia que él tenía patas arriba, cambiando las cosas.

Sí, él aún mataría por nosotros, ¿pero sacrificarse? ¿Dejando a un lado la mujer que se había convertido en su mundo? No. Él no haría eso por nosotros. Ya no.

Sin embargo, ¿por ella? ¿Por Bells?

—¡Ojos aquí! —replicó con ferocidad la mujer que no necesitaba ver en estos momentos, interrumpiendo mi dilema interno—. Repetiré esto una vez más. Preguntas al final porque no quiero interrupciones de nuevo.

Los treinta y seis soldatos repararon en ella con atención. Kendall señaló el mapa y siguió desenvolviéndose con naturalidad.

—Necesito que entiendan la seriedad de esta misión. ¡No hay segundas oportunidades y es por eso que no permito errores! La Fosa es un maldito laberinto lleno hasta el tope de hombres que son mortales. Se cuenta con la presencia de los hijos de puta más peligrosos que Atlas Foster ha tenido la oportunidad de capturar y encerrar para su placer personal. Necesito rapidez y precisión. Cada uno puede ser de la mejor élite que se les dé la maldita gana, pero no veo eso en cuanto pisemos Londres y no tengo ningún maldito problema en volver a mandarlos en un vuelo hasta acá porque me paso por el culo cualquier aire de superioridad que se crean tener.

»La cabeza del rescate soy yo. No veo que sigan mis reglas, se van. Escucho desacuerdos, se van. Oigo a maricones quejicas y se van. Si no les gusta, tienen la puerta bien abierta. Desde ya tienen la oportunidad de ahorrarme un dolor de cabeza más si deciden irse de una buena vez —señaló la salida de la sala de comandos, sin embargo, nadie salió y todos continuaron admirándola en silencio—. Bien. El objetivo es claro: entrar, sacar al objetivo y neutralizar cualquier amenaza en el proceso. Si cualquier hombre que trabaje con Foster se interpone, se elimina sin dudar.

»Joder, incluso si el mismo Foster se atraviesa, no duden en dejarle un hueco en la cabeza. Me importa tres camiones de mierda enteros qué o quién termine en el piso. A la única persona que tienen que proteger es a Arabella.

La mirada de Kendall se endureció cuando pasó por las últimas filas, recayendo esos ojos en mí, pero volvió a sus pantallas tan rápido como me notó.

Resoplé en voz baja.

Miles de vueltas le había dado en mi cabeza a su comportamiento, hasta llegar a un punto en donde me cansé. Por eso desestimé su acción y vagué, sin quererlo, al último encontronazo que tuve con ella.

Estaba a nada de hundirme en esos recuerdos de no ser porque la pantalla más grande cambió de contenido, dejándome ver a los cuatro líderes de grupo. Torcí el gesto cuando las fotos de las dos alemanas decoraban la pantalla.

—De la comunicación se encargará Riden —mi hermano suspiró con fastidio cuando treinta y cinco personas giraron sus cabezas para verlo—. Se sabe que tú no estás familiarizado con las sorpresas, pero aun así no las quiero. Cada equipo debe estar en contacto constante. No escucho a cada persona de aquí en el campo y es tu culpa. Se corta la comunicación de repente y es tu culpa. Pasa cualquier jodida cosa con la comunicación y es…

—Mi jodida culpa —terminó él con dureza—. Lo tengo. Pasa de mí, Kendall. Seré el puto dios de las comunicaciones. Controlaré cada auricular, cada cable o bocina a mi alcance, y derribaré cada pared que se atreva a interrumpir nuestro circuito cerrado si eso es lo que quieres, pero termina con esto.

Miré al techo de la habitación, intentando con todas mis fuerzas no soltar una risotada.

Para mi pesar, fui el único que le vio el lado divertido a la situación. La sala entró en una tensión más tangible en cuanto Riden soltó lo que soltó.

Nadie le había hablado a Kendall así. Obviando a Arabella y Harrison, pese a que ella era una máquina de comunicación con todo el maldito mundo, nadie se había osado a mandarla a la mierda tan directamente.

—Viveka, tu conocimiento del terreno será crucial —prosiguió Kendall, con un atisbo de diversión marcado en sus ojos. Consiguió la atención del grupo una vez más—. Tu cabeza funciona como un mapa. Saca ese mapa de ahí y haz que los demás también lo controlen con cada punto de entrada y salida identificado.

—Solo hay una entrada y una salida —habló la alemana con su voz demasiado gruesa—. La Fosa no tiene puntos de salida y se conoce por eso.

—Quienes sabemos qué es y cómo es La Fosa conocemos eso —replicó, con fastidio—. No necesito que me lo digas a mí, necesito que discutas la información con los demás hasta que se lo graben en la cabeza. Si bien La Fosa no tiene más que una entrada y por ese mismo corto pasillo es que se sale, tiene ocho malditos pisos que se tiene que pasar en un abrir y cerrar de ojos para así poder llegar al último de abajo. ¿Quieres que también les explique eso o de aquí en adelante sí harás lo que te ordene? —ella terminó enfrente de la alemana con una ceja arqueada. Viveka tan solo asintió—. Eso pensé.

Kendall se volvió hacia los demás, encarando al dolor de cabeza que me aguanté desde que Rush decidió meter su verga en ella.

Kendall sonrió con suficiencia.

—De la seguridad perimetral se encargará Adalia. Nada entra o sale sin que nosotros lo sepamos. Bastante malo es que nosotros nos adentremos a un territorio plagado de enemigos con apenas casi cuarenta personas, como para que Foster termine de exterminarnos mandando refuerzos. ¿Puedes encargarte de eso, Adi, o es mucho para ti?

—Esto solo lo hago por…

Kendall alzó la mano, cortando su mierda.

—Si no es un “sí, caporegime”, entonces no me interesa nada lo que tengas que decir, Adalia —salió de su cara y volvió a posicionarse enfrente de las pantallas. El que dejara a Adalia furiosa, me dejó bastante satisfecho—. Él es Aaron —señaló la foto de un hombre que no reconocía—. Él es el encargado del transporte tanto terrenal como aéreo una vez que pisemos Londres. Si él les dice que se suban a cualquier cosa que les señale, lo hacen. No está para juegos y si creen que soy horrible, a él no lo han conocido —las cabezas empezaron a volar de un lado a otro, buscando al hombre—. Ni se molesten. Él nos estará esperando en Londres una vez que aterricemos. Todos ustedes se dividirán en cuatro equipos de nueve personas. Nueve conmigo, nueve con Rise, nueve con Viveka y los restantes con Dante. Lo saben y cómo lo saben y ya están armados, los de Viveka irán al frente, los de Dante detrás, y los de Rise conmigo en el medio.

Bastante sorprendente era que mi nombre estuviese saliendo de sus labios sin una mota de asco como normalmente lo hacía, si me lo preguntaban.

Una mano se alzó en medio de la multitud. Kendall asintió, esperando la pregunta.

—Su línea quedará indefensa si únicamente cuenta con las armas, caporegime. ¿No sería una mejor opción que los se desenvolvieran mejor cuerpo a cuerpo fuesen adelante y usted los respalde desde atrás? —cuestionó una mujer. Kelly, creo que era su nombre.

—La Fosa está plagada de hombres que viven día a día peleando cuerpo a cuerpo. No necesito que mi fuerza bruta esté adelante. Necesito personas que disparen con precisión y recarguen con rapidez. Puños y golpes no nos van a salvar cuando estemos adentro. Disparos certeros en la cabeza sí —Kelly asintió y bajó la mano sin enunciar otra palabra—. Con eso en mente…

Me desconecté.

Verla mover su boca me hacía pensar en otra cosa, esa otra cosa me hacía hervir la sangre y gracias a eso, los recuerdos me atropellaron, hundiéndome por completo.

«Una, cuatro, ocho veces. Iba por la decimoquinta vez y aun no…

—Te vas a terminar muriendo por un accidente cerebrovascular, Rise —suspiró el otro imbécil, eliminando el video, apagándome la pantalla al terminar—. ¿Estás satisfecho ya?

Satisfecho una mierda.

Ella negaba a estar cerca de mí, me mandaba a la mierda, ¿y aun así tenía la desfachatez de que el maldito Zacharias le metiera su verga hasta el fondo en un puto closet de limpieza? ¿Después de toda la mierda que me cayó encima luego de decirle esas palabras que…? ¡¿Me estás jodiendo?!

Me quedé mirando la pantalla hasta que los ojos se me secaron.

—Te lo advertí —señaló aburrido detrás de mí—. Jugar a la casita con Morgan no te iba a traer nada bueno, pero eres imbécil y te arde ver a Kendall con otra persona.

—Riden… —que Dios lo ayudara si no se callaba de una buena vez.

—Ella te dejó en claro que no quiere nada contigo, pero el masoquismo tuyo es peor que el de Rush —siguió, sin importarle nada—. Arabella por lo menos le dio la oportunidad, gracias a Dios. Sin embargo, a ti Kendall te quiere lo bastante lejos, demostrándotelo con Zacharias. ¿Qué más necesitas? ¿Qué tengan un hijo para que te lo restrieguen en la cara?

—Riden, por el amor a Cristo, cierra la puta boca —gruñí antes de salir de las cuatro paredes que empezaban a asfixiarme, dejando el lugar peor de cómo había entrado.

Yo mismo me lo había ganado. Eso lo tenía asegurado. Pero primero muerto que verla con un hijo de puta que no hacía más que tratarla como basura. Por eso fue que me encaminé hasta donde sabía que se escondía, gracias a las grabaciones que Riden decidió enseñarme apenas entré con un puto dolor de cabeza por lidiar con Adalia y Grant Harrison al mismo tiempo, con todos los demonios habidos y por haber colisionando en mi interior.

Pasé de largo las miradas curiosas de cada persona con las que me crucé hasta que llegué a mi destino.

Después de subir pisos y pasar por varios pasillos hasta encontrar el pasillo desolado que se había ganado mi odio, endurecí las facciones en cuanto abrí la puerta del pequeño armario, volviendo a detestar cada segundo que corría.

Ellos estaban tan ensimismados en sí mismos que lo que cortó la maldita escena de besos desenfrenados fue cuando tomé a Zacharias por el cuello de su camisa y lo saqué del puto closet a punta de jaloneadas.

Su mirada furiosa me la podía pasar por las bolas. Desde que había llegado hace días, lo único que había hecho era joder con lo que restaba de mi cordura.

No iba a aguantarlo más, porque ni con todas las piernas largas y exóticas del universo la muy maldita mujer complicada iba a salir de mi cabeza.

Estaba harto de esta mierda e iba a terminar con esto hoy.

Las quejas de Kendall también me las pasé por las bolas, enterrando sus réplicas en el fondo de mi cabeza.

—Hombre, ¿qué diablos…?

—Te quiero lejos, Zacharias —rugí, cortando la poca distancia que nos separaba—. Dios te dio dos malditas piernas, para mi desgracia, así que termina de usarlas bien y piérdete de una buena puta vez.

Su furia no disminuyó, pero esa sonrisa socarrona que odiaba justo como el primer día en que tuve la desgracia de conocerlo, se coló en su rostro. Si seguía sonriendo así, no me haría cargo de las consecuencias que podía acarrear su repentina estupidez.

—¿Tienes miedo? ¿De eso se trata? ¿Por eso es que te metes en donde nadie te llamó?

—¿Miedo? ¿De ti? —me reí con ganas, dejando que la burla impregnara cada palabra—. ¿Me encuentras tan inseguro, Zacharias? ¿De verdad?

—De mí no —estrechó los ojos, colocando esa mirada sabionda que me importaba una mierda—. Miedo de que me elija a mí por encima de ti… bueno.

Las carcajadas salieron con fuerza, impidiéndome controlarlas.

¿Kendall elegirlo a él por encima de mí? ¿De verdad él era tan ciego para no notar lo que ella estaba haciendo?

Yo lo venía haciendo desde que me mandó a volar hace meses. La diferencia aquí era que a mí no me trataban como basura después de enredarme en las piernas de alguien.

—¿Eso es lo que crees? —dije, entre risas—. ¿Que ella va a elegir a alguien que no puede ver más allá de su propio ego? ¿A alguien que no se da cuenta que lo están usando únicamente para satisfacción propia? —me acerqué, todavía riendo, con una burla evidente en mi tono—. Bien. Si eso es lo que crees, dejaré que sigas jugando a ser importante. Me iré y me sentaré detrás de mi escritorio mientras observo como te siguen usando, cómo te siguen viendo la cara de idiota. Al fin y al cabo esa es tu maestría, ¿no? —di pasos hacia atrás, los suficientes para seguir viéndolo al cruzarme de brazos y tener a Kendall de reojo—. Sé feliz estando en tu papel de bufón Zach. No es tu primera vez y ambos sabemos que no será la última.

El suspiro de Kendall fue lo que interrumpió lo que el bastardo iba a decir, y lo odié. Si no lo quería a él cerca, a ella no la quería ni ver. Pero para mí desgracia, si iba a exigirle mierdas, tenía que volver a verme reflejado en esos ojos miel que estaba odiando con mi vida.

—Me falta es que se saquen sus vergas y empiecen a competir por quien la tiene más grande —su voz goteaba en aburrimiento y fastidio.

Repasarla de arriba abajo era una costumbre que había tomado desde que nuestros encuentros casuales se convirtieron en encuentros íntimos y frecuentes.

Odié que mis ojos se deslizaran por su cara perfilada. Qué bajaran por sus pómulos marcados. Qué me hicieran toparme con sus labios hinchados por el uso que el imbécil le había dado. Qué llegaran a su camisa arrugada por los agarres salvajes de su asquerosa besuqueada colegial.

—¿Qué tan poco respeto te tienes a ti misma para que, de todos los hombres que tienes a tu disposición, sigas eligiendo a alguien que terminará tratándote como escoria una y otra vez? —solté con voz dura, enlazando los ojos en los suyos. El odio creció, opacando el fastidio—. ¿Qué fue esta vez? ¿Tu autoestima? ¿La necesidad? ¿Las ganas de colocarme celoso? ¿Qué, Kendall?

—¿No pasamos esto ya? ¿Con quién yo me acueste no es tu problema? —esos ojos echaban chispas de odio puro—. Vete, Rise. ¿De qué otra manera quieres que te lo repita?

Iba a ahorcarla.

Por ser una mujer que se complicaba hasta por como respirar, iba a matarla.

¿Qué más necesitaba de mí? ¿Qué más necesitaba que le demostrara? ¿De qué color tenían que ponerse mis bolas para que ella dejara de ser tan cabeza dura y entendiera que la amaba? ¿Que mis sentimientos por ella eran reales y que no los había sentido por nadie?

Había hecho todo lo posible por demostrarle que mis sentimientos por su culo complicado eran más profundos que cualquier otra cosa que había experimentado. Pero ella seguía insistiendo en alejarme. En enredarse con personas como Zacharias Anderson. En sacarme de quicio por su toma estúpida de decisiones.

—Empezó a ser mi problema cuando cada vez que el imbécil te trataba como basura, ibas a tocar mi puerta, pidiendo que te folle, Kendall.

—Hombre, ¿te estás escuchando? ¿Arrastrándote por una mujer? ¿Es en serio? ¿Otro Massey? Me das lástima, Rise —la voz rasposa de Zacharias llenó el silencio agobiador, enlazado únicamente por la mirada de ella y la mía, rebosando en odio—. ¿Qué tan seguro estás de que lo vale?

Al escuchar eso, cerré la mandíbula con fuerza, chocando los dientes, furioso. Mis ojos volvieron hacia él, mi expresión una mezcla de burla y desprecio.

—¿Qué tan seguro estoy? —repetí con un tono helado—. Estoy lo suficientemente seguro como para no necesitar tu aprobación, Zacharias. Estoy seguro de que no eres más que una distracción para ella. Alguien que usa para solo Dios sabe qué, y tú, tan patético como siempre, piensas que eso te hace especial. Infla tu ego. Te hace creer que eres importante. Y no debería sorprenderme. Hacer eso es fácil. Lo difícil es sacarte de la casilla en la que estás metido, asegurando que tú eres el único en su vida.

»Sabes que ella vale más que cualquier cosa que puedas darle. También sabes que a ella le vale una mierda cualquier cosa que te dignes a ofrecerle porque no le importa. Hay una voz en tu cabeza que grita que eso lo hace con todos. Sin embargo, en el fondo sabes que solo ella es así contigo y es por eso que te consume la envidia cada que me notas cerca. Porque en el fondo de tu cerebro, entiendes que ella no es así conmigo y te jode que nunca lo será.

»Nunca tuve la necesidad de arrastrarme por Kendall, pero aun así lo hice, dejando todo, cambiando todo por ella. En cambio, tú desde que la conociste fuiste un vagabundo, mendigando migajas de afecto mientras te enfrentabas a mí, creyéndote superior, bajándote del podio en donde te montaste al preguntarme si ella lo vale.

Disfruté de cómo su arrogancia se desvanecía poco a poco, pero maldije internamente cuando su boca empezó a moverse.

Quería golpearlo.

Golpearlo hasta que todos tuvieran el privilegio de nunca escuchar su puta voz. Sin embargo, Kendall habló primero, interrumpiendo.

—Vete —le dijo, volviendo a su tono neutro. Zacharias le dedicó una mirada bañada en sorpresa—. Pensé que quitarme las ganas contigo seguiría siendo divertido, Zach, pero de verdad es que me aburres. Seguí dándote oportunidades para que lograras demostrarme que esto podría volver a ser como antes, pero perdiste el encanto.

Quería disfrutar esa cara de estupefacción unos segundos más, pero él fue rápido. Acomodó sus gestos en uno de póker, reflejando absolutamente nada.

—Cómo gustes —masculló, encogiéndose de hombros—. No es la primera vez que oigo eso salir de tu boca, así como tampoco será la última. Volverás. Siempre lo haces —dijo por encima de su hombro, justo antes de perderse por el pasillo, saliendo por fin de mi vista.

A pesar de que era una maldita escoria, no iba a rebatirle nada. Tenía razón. No era la primera vez que pasábamos por esto, pero jodidamente quería que esta fuera la última.

—Kendall —la llamé cuando comenzó a caminar por el lado contrario. Nada—. Kendall —repetí.

No se volteó.

Dos zancadas y ya estaba detrás de ella, atrapando su mano, jalándola hacia mí. Su mirada chocó con la mía. Esos ojos seguían albergando odio, pero también había motas de fastidio. Me importaba una mierda.

—¿Por qué esto otra vez? ¿Por qué él?

—No es tu maldito asunto, Rise —replicó de mala gana, cortando contacto conmigo—. Deja de meter tus narices en…

—Te dije que te amaba —interrumpí su estupidez—. Quince veces en el transcurso de siete jodidos meses. ¿Necesitas oírlo otra vez? ¿Qué más necesitas de mí, Kendall?

—¿Quién diablos te dijo que necesito algo de ti? —resopló—. Lo único que necesito en esta vida es recuperar a mi mejor amiga. Tus cursilerías estúpidas te las puedes meter por donde más te quepan, o en dado caso, decírselas a Morgan. Ella sí estará bastante contenta de escucharlas. ¿No estuvieron juntos anoche? ¿O toda la semana?

Abrí la boca para responder.

Ella me calló con un gesto de manos.

—No me interesan tus excusas, explicaciones o palabras sin sentido. Lo de nosotros era una tontería. Era placer por placer. Pero tuviste que cagarla con tus cursilerías. No me importan. No te amo. Te lo he dicho quince veces en el transcurso de siete meses seguidos —escupió con sarcasmo—. ¿Qué es lo que tú necesitas para que eso se te quede en la cabeza? ¿Con quién más necesitas verme coger para que te quede claro lo que intento decirte? ¿Si no sirve con Zach, con quién sí?

Rabia. Eso fue lo que se arremolinó en mi interior, acoplándose a todos los demonios que convivían ahí.

Sin embargo, no iba a dejarlo ahí.

Me había estado arrastrando por esa maldita mujer desde hace siete meses.

¿Qué iba a cambiar si lo hacía por otros días más? Ya dignidad no tenía, pero no me importaba seguir disminuyéndola si eso significaba hacerle entender a la mujer que la amaba como no había amado a nadie.

—Kendall…

—Guárdatelo —cortó, suspirando con cansancio—. No sigas. Me hablas de respeto, amor propio y dignidad cuando tú ni siquiera entiendes concepto alguno de ellos. Respétate, Rise. Quiérete lo suficiente para entender que no siento lo mismo que tú y que no lo sentiré nunca —terminó y reanudó su caminata.

Cada paso que daba destruía aún más lo poco que quedaba de mi dignidad, reluciendo el maldito dolor de cabeza que amenazaba con terminar de matarme».

El golpe seco en mi hombro me cortó los recuerdos, adelantando mi cerebro al presente. Fruncí el ceño al ver que era Riden.

—El próximo golpe iba a ser en tu testículo izquierdo —gruñó de mal humor. Le lancé una mirada carente de emociones, pero la ignoró y señaló el griterío que abarcaba la habitación con sumo fastidio—. Contrólalo. Llevan así cinco minutos. Detesto respirar la incomodidad que nada en este lugar y tengo mejores cosas que hacer que escucharlas pelear por estupideces.

Fijé la vista en el punto que me señalaba, afinando el oído. Gruñí, estresado, al reconocer las voces y maldije otra vez el momento en el que a Rush se le ocurrió la idea de enterrarse en el coño de esa endemoniada mujer.

Con pesar, pasé de la fila de soldatos, y llegué al inicio de todo el griterío.

—¡No puedes esperar que centremos todo en la…!

—¡Puedo! —espetó Kendall, ardiendo en furia, parada en toda la cara de Adalia—. ¡Si bien no te gusta, la puerta está esperándote! ¡Se hace lo que yo diga, Adalia, no al revés! ¡¡Métete eso en la puta cabeza y deja de joder!!

—¡Basta! —troné, metiéndome entre ambas, separándolas en el proceso—. ¿Qué diablos pasa con ustedes?

De su duelo de miradas, Adalia fue quien me atropelló primero con esa mirada iracunda.

—¿Y a ti qué más te da? ¡Te la follas! Sea cual sea el problema siempre estarás de su lado —escupió con desprecio.

Si la sala antes estaba en un silencio sepulcral, ahora lo único que se escuchaba eran las respiraciones entrecortadas de ambas mujeres con severos problemas de actitud.

—Ella solo está de mal humor porque odia que toda la atención se le dé a la novia de tu hermano —soltó Kendall, goteando odio en cada palabra que decía, excepto al recalcar el tema de Arabella—. Quiere a Rush, no a su “llavero”.

—¡Rush tiene que ser el principal centro de búsqueda, maldita inútil! ¡Mujeres él tiene por montón! —gritó Adalia a todo pulmón, siendo aún más atorrante de lo que jamás creí posible—. Un maldito título no la hace especial, así como que los hayan secuestrado juntos tampoco. ¡Espabila! Estamos apuntando todo, arriesgando todo a una mujer que no tiene la suficiente prioridad aquí, solo porque Harrison y tú quieren recuperar a su capricho en vez de a la cabeza de todo esto. ¡A alguien que sí es importante!

—¡¡Las cosas aquí se hacen como a mí me dé la maldita gana!! ¡Por algo tengo el título que me asegura eso y no tú! ¡Qué a ti no te guste no es mi maldito problema! ¡No es mi culpa que tengas una obsesión enfermiza con alguien que te enterró la polla un par de veces, y que a eso lo llames amor, joder! ¿¡Me mandas a espabilar cuanto tú ni siquiera sabes diferenciar entre una puta noche de sexo con cuando alguien te quiere para algo más que solo follar sin sentido!? ¡Bésame el culo, Adalia! —la voz de Kendall era un torbellino de rabia pura. Por eso cuando miró a todo el escuadrón, nadie se atrevió a alzar la voz—. ¡Quienes más no estén de acuerdo con mi mandato, pueden irse a la mierda! El resto, quienes sí se van a tragar sus malditos comentarios, objeciones y pensamientos, dejando así que yo haga mi maldito trabajo, los quiero en el aeródromo en una hora listos para el rescate. ¡Me sabe a mierda que tenga que cargarme a cada bastardo en La Fosa con tan solo diez de ustedes! ¡Me basta y me sobra esa cantidad! ¡¡Fuera de aquí!!

En menos de dos minutos, la sala quedó completamente vacía, exceptuando a las dos alemanas, mis hermanos y yo.

Kendall no perdió tiempo para pasar de mí y clavarse en frente de la alemana otra vez. Ambas estaban furiosas y ninguna de ellas retrocedió ni un poco.

—No te gusta como dirijo las cosas, bien. Pero que sea la primera y última vez que desafías mis órdenes en frente de mis soldatos —siseó Kendall—. A nadie, y me refiero a nadie, le importa ni una décima lo que tú tengas para pensar, decir o siquiera actuar, Adalia.

La alemana se rió con ganas.

—Tanto las órdenes de tu jefe como las órdenes tuyas me las paso por el culo, Kendall —espetó—. No estoy aquí por ti. Sin embargo, por mucho que te queme admitirlo, me necesitan. Tanto tú, como Harrison y el consejo. Para algo me llamaron, y yo tan solo estoy cumpliendo el papel. Alguien tiene que decirles las verdades en la cara, exponerlos, detener el maldito suicidio que están a punto de cometer por una mujerzuela que no vale ni el brillo de mis uñas.

Fue el turno de reír para Kendall.

—A quién se necesita es a tu padre, Adi, no a ti. Me apuesto todo lo que tengo que tú tan solo viniste porque se lo rogaste a tu mami, ya que no sabes aceptar una negación como respuesta, y apuesto que Rush te dio bastantes —la cara de Adalia pasó de roja a morada de un segundo a otro, dándole la razón a Kendall—. No estamos en Berlín. No me cuesta nada mandarte en un avión de vuelta a tu casa, llamar a tu padre y pedirle que te reemplace por otra persona porque tú no das la talla con ese jodido y enfermizo apego que tienes por Rush ‘Ndrangheta. Tú no quieres eso y no es una pregunta. Tu orgullo es tan malditamente grande que no te permitirás volver con la cola entre las patas, así que para que yo no te termine mandando al culo del mundo vas a comportarte, aceptar mis mierdas y seguir mis reglas, ¿a que sí, Adi?

La alemana masacró a Kendall con la mirada y viceversa por varios minutos hasta que ella resopló iracunda, marchándose de la sala con su hermana detrás. Una sonrisa de victoria se deslizó por los labios de Kendall, hasta que sus ojos pararon en mis hermanos.

—¿Acaso ustedes son la excepción a todo? —pese a que a distancia aún podía olerle ese mal humor, con Riden y Mila era diferente.

Su voz aún demandaba órdenes, pero había algo en esos ojos que hacía que mis hermanos bajaran la guardia y empezaran a reírse entre dientes.

—Vayan —les señaló la puerta a ambos—. De verdad necesito que se preparen. Las cosas detonarán en cuanto salgamos de aquí y no tendrán momento alguno para impedir el impacto, así que aprovechen.

Mila suspiró, pero obedeció la orden de su amiga. Riden fue quien se quedó unos segundos más. Él deslizó su mirada, intercalándola entre Kendall y yo, buscando algún indicio de una guerra a punto de explotar. Al no encontrar nada, me dedicó una mirada de advertencia y salió por donde todos los demás, dejándonos solos.

En el minuto que la habitación quedó completamente vacía, Kendall pasó de mí, centrándose en el mapa del interior de La Fosa que se extendía por toda la mesa central.

Dar la media vuelta para largarme del lugar era algo que tenía que hacer. No obstante, tenía trabajo que hacer y para mi desgracia, ese trabajo incluía el fajo de hojas que estaba en esa mesa.

«Maldita sea».

Respirando profundo, me dirigí a la mesa. Llegando al otro extremo, tomé el fajo de hojas, resoplando internamente.

«Esto es una jodida estupidez, ¿qué diablos era? ¿Un tipo de secundaria? ¿Por qué tendría que irme yo?».

Este era mi maldito espacio. Si a ella no le gustaba mi presencia, tenía cuarenta oficinas que podía ocupar, dejándome en paz, solo en estas cuatro paredes.

Me senté.

Agarré una jodida silla y deposité mi culo en ella, abriendo de mala gana la carpeta con el fajo de documentos pendientes por revisar. Duraría cinco minutos, máximo. Luego de eso, iría a vestirme para así terminar de resolver los últimos detalles con Damiano, Rise y Nathaniel para el vuelo en los jets.

O eso era lo que tenía planeado hacer, pero cinco minutos después, aún estaba clavado en el primer párrafo que necesitaba mi firma para yo no sé qué mierda. Por más que intentaba pasar de ese jodido párrafo, los suspiros estresados de esa mujer más la electricidad y tensión que corroían el ambiente, me impedía concentrarme.

¡Ella estaba en el otro extremo de la mesa, por Dios! ¿Por qué tenía que sentirme como si me faltara el aire en los putos pulmones?

Habían pasado nueve días de nuestro encuentro.

Ella había dejado en claro que no sentía lo mismo por mí. Lo había dejado más claro que la puta agua, pero entonces… «¿Entonces por qué diablos sentía que mentía?».

Cada vez que escupía esas palabras en mi cara con vehemencia, con su rostro contraído por la ira… Cada vez que lo negaba… No sentía que lo decía de verdad.

Ese era el sentimiento que me hacía insistirle, rogarle, arrastrarme como un maldito perro buscando algo que ella sintiera por mí. Afecto, amor, simpatía.

Cualquier. Maldita. Cosa. Que. No. Terminara. En. Odio. Y. Negación.

Exhalé el aire que retenía. Me estaba matando la cabeza por una idiotez y la migraña estaba aprovechándose de eso, explotándome en la cabeza en segundos.

—Estás haciendo imposible trabajar aquí —gruñó ella, estampando el lapicero en la mesa—. ¿Te cuesta mucho leer en silencio? A cada dos segundos andas suspirando como idiota. ¿Qué? ¿Ya te aburriste de Morgan o ella te dejó? Sea lo que sea, súfrelo en maldito silencio, Rise.

—Lo… —de inmediato cerré la boca en cuanto me clavé en su rostro. «¿Sabes qué?»—. A la mierda —musité, dejando que el impulso tomara control por encima de mi sensatez otra vez.

—¿Disculpa? —rebatió, subiendo su voz una octava.

Dos zancadas.

Esos fueron los pasos que di para llegar a su alcance, sacarla de la silla en donde estaba, lanzar todo lo que ocupaba la mesa al suelo, subirla en el borde de esta y reclamar su perspicaz boca en un beso arrollador. Necesitado. Hambriento.

Ella, en vez de seguir con el deseo en el que ambos nadábamos, cortó el beso, mordiéndome el labio superior con fuerza. Saboreé la sangre e ignoré el dolor al chocar con esa mirada que emitía unas ganas violentas de arrancarme la cabeza.

—¿Qué diablos crees que estás haciendo, idi…?

—Cállate —siseé, tomándola por la nuca sin detenerme a pensar que tan salvaje estaba siendo el agarre, clavando su mirada en la mía, acercando sus labios a milímetros de los míos—. Por Dios, solo cállate. He aguantado tus juegos por siete meses. No más. Justo ahora vas a callarte y me vas a dejar tomar el control. Esa maldita cosa la has estado tomando tú sin pedirme permiso, sin preguntarme si quiero o no. Y me harté, Kendall. Tus malditos juegos me hartaron, tu control me hastió, tu rechazo no lo aguanto un maldito día más, ¿lo entiendes? No lo aguanto. No puedo seguir con esto. Aquí es donde reduzco tu jodida independencia a cenizas, donde tus creencias de quién soy yo, o como piensas que actúo las quiebro en pedazos.

»Te amo. Te guste o no, lo hago. Tus intentos de pasarte mis sentimientos por el culo aquí no tienen cabida. No más. Por eso y por más cosas en las que no puedo pensar justo ahora por tener tu boca a milímetros de la mía, vas a callarte, digerirlo, aceptarlo y besarme como si me hubieses extrañado porque solo Dios sabe lo mucho que jodidamente yo lo he hecho —gruñí, devorándome su boca otra vez, impidiendo su mierda.

Mi polla saltó.

Cobró vida cuando por fin la maldita mujer me devolvió el beso con premura, chupando y mordisqueando mis labios cada que tenía oportunidad. Fue así hasta que bajé, dejando besos en su barbilla, en su cuello, en sus clavículas. Subí de nuevo, esta vez dejando que ese ímpetu que siempre cobraba vida con ella se hiciera cargo de mí. Mordí y chupé su cuello.

Una.

Dos.

Cinco veces.

Cuando creí que fue suficiente, admiré mi creación.

Ver las marcas rojas esparcidas en su cuello hinchó mi polla tan malditamente tanto que dolía. Ella aprovechó. Bajó del borde de la mesa y se apoyó en la pierna que tenía entre las suyas, empezando a frotarse en ella.

—¿Qué tanto te costaba aceptar esto desde un jodido principio, joder? —musité, antes de volver a comerme su boca de nuevo.

No era un beso tierno. Era uno ansioso, exigente, duro y posesivo. Era un beso fruto de meses de frustración y mal genio acumulado. Su lengua bailaba con la mía, a un compás desenfrenado, pasional, justo como siempre era cuando los dos colisionábamos. Sus gemidos entrecortados reavivaron todo tipo de sensaciones, expandiéndose por mi polla, nublando mis sentidos tal y como ella solo lograba hacer.

—Maldita mujer —gruñí contra su boca, separándome lo suficiente para volver a morder su cuello. Kendall dejó caer su cabeza hacia atrás, jadeando con fuerza, dándome más acceso—. ¿Te gusta no es así? ¿Volverme loco, negarme lo que más quiero? ¿Te da poder? ¿Te sientes poderosa dejándome en ascuas por unos malditos y largos siete meses, colocando mis bolas tan azules que tuve que hacerme pajas a tu nombre? —un gemido largo y bajo resonó por el lugar cuando apreté sus tetas aún cubiertas por esa jodida tela celeste—. Coger con otras mujeres era imposible, Kendall, ¿lo sabías? Cada vez que cerraba los putos ojos lo único que podía imaginar era a ti, dándome esos gemidos cada vez que tenías mi verga en tu boca y no te cabía. Llorabas por eso. Y me excitaba como el infierno. Ver correr esas lágrimas por tu bonito rostro me excitaba en maneras que no, jodidamente no entendía. Que aun no entiendo. Me jodiste. Me tienes tan jodido que es malditamente frustrante.

—Rise —mi nombre salió en una súplica.

Levantó la cabeza tan solo para verme mientras que sus manos se movían al botón de su pantalón, desabrochándolo de un solo movimiento.

—Pero te sentías poderosa, ¿verdad? —ignoré sus sollozos.

Me concentré en volver a devorarme su boca.

A jugar con ella.

A dejar que siguiera frotándose en mi pierna.

A que sintiera lo duro que estaba por ella cada que pasaba sus manos por mi pecho y terminaban en mi entrepierna.

—Sabías que no follaba con nadie —mascullé a centímetros de sus labios, furioso—. Esa mierda que tenías por Morgan era solo para joderme más. No eres estúpida. Lo sabías. Sabías que llevaba meses en abstinencia. Pero te gusta joderme. ¿Metiéndote con Zacharias debajo de mis propias narices? ¿En qué mierdas estabas pensando? —tomé su nuca y jalé su cabello con vehemencia, levantando su cabeza—. Mírame cuando te hablo, Kendall.

Esos ojos miel se fijaron en mí, suplicantes.

—Mierda, Rise, no lo sé. Pero, por favor…

—¿Por favor qué? —resoplé con disgusto. Ella solo gimoteó—. No te lo mereces —le gruñí, tomando sus tetas otra vez, apretándolas, disfrutando esa sensación que hacía cosquillas en mis manos. Kendall jadeó—. Por maldita y complicada no te lo mereces.

—Por favor —gimió arqueando su espalda, presionando sus tetas contra mis palmas—. Lo siento, ¿de acuerdo? —dijo mientras seguía frotándose en mi pierna, buscando algo de contacto—. Yo no creí que… Es solo que tú tienes a muchas y…

—Pero ninguna como tú y te lo dije —rebatí, cortando su balbuceo, metiendo mis manos por detrás de su camisa, desabrochando su sostén, sacándolo por encima de su cabeza con todo y prendas que estorbaban. Lancé todo eso al piso y me concentré en apreciar esas tetas que para mí eran arte—. Te dije que no había nadie como tú —pasé mi lengua por su pezón erecto y luego mordí con suavidad, soltándolo con un sonoro “poop” para ir por el otro—. Pero eres jodida y te encanta complicarte hasta la vida —dije al soltar su pezón.

—Rise, por Dios… Tan solo…

—De rodillas, Kendall —indiqué con voz dura.

Ella explayó esos condenados ojos. La confusión, el estrés y la lujuria relucían en ellos. Lástima que a mí no me importara una mierda.

Saqué mi pierna de entre las suyas. Ella cayó al piso, perdiendo el equilibrio, quedando de rodillas sin que lo quisiera

—Suplícamelo, Kendall. Suplícamelo hasta que crea que sea buena idea darte lo que necesitas.

Lo merecía.

Ella había jugado conmigo, restregándome sus mierdas sin atisbo alguno de compasión, llegando al punto de joderme tanto que no podía follar a nadie más sin que la terminara viendo a ella tomando el lugar de las mujeres que necesitaba para descargar y aliviar mi puta tensión, tendida en mi cama, suplicando que me enterrara en su coño hasta perder cualquier pizca de cordura.

Me desabroché el pantalón, dejando en el piso la gruesa tela que no hacía más que estorbar. Al estar mi polla dura e hinchada a su vista, sus ojos brillaron con una necesidad abrumadora.

—No te pienso suplicar una mierda —siseó, parpadeando varias veces, retomando su actitud exasperante. Me mentía y no hacía falta ser un genio para notarlo. Se encontraba tanto excitada como el infierno, como molesta por la humillación—. No voy a rogarte porque me folles, Rise. Tengo montones de hombres para…

—Pero ninguno como yo —interrumpí, sonriendo con sorna. Kendall me dio su peor mirada—. Niégamelo. Niega que yo soy el que te pone así; excitada, descontrolada y mojada. Niégame que, si te arranco esos pantalones que te cargas, en cuanto siquiera roce mis dedos en tu coño, tú no estarás empapada y lista para mí como siempre lo has estado. Niégamelo, Kendall.

Pasé mi glande por sus mejillas, golpeando suavemente. Su mirada nunca se despegó de mi verga. En cuanto pasó su lengua por su labio inferior, sonreí para mis adentros.

—Estoy esperando —dije, masajeando mi falo con lentitud de arriba abajo, provocándola—. Quiero escuchar tu negación, Kendall —rocé la punta por esos gruesos labios.

—Eres un maldito egocéntrico de mierda —siseó humillada, entreabriendo, por fin, su boca.

Lancé mi polla hasta el fondo de su garganta cuando decidió abrir su maldita boca, pero tensé la mandíbula al notar que se inmutó, recibiendo apenas la mitad de mí antes de hacer una arcada.

—Abre, Kendall —le exigí. Ella iba a tomar todo de mí así se quejara o terminara llorando. Me importaba una mierda cuál de las dos fuera primero—. Abre bien y trágatelo entero. Es lo mínimo que te mereces por ser jodidamente complicada y salir corriendo al oír lo que no le había dicho a ninguna mujer en mi maldita vida. ¡Abre!

Obedeció. Abrió más, y empujé mi verga, follando su sagaz boca. Tomé mechones de su cabello entre mi mano, hasta tener un mejor agarre y empujé hasta el fondo.

Joder con lo mucho que quería meter mi polla hasta que ocupara toda su astuta y maldita boca.

Por eso no me cohibí.

Entré y salí de su boca como desquiciado al tiempo que sus pequeños y profundos gemidos sacudían mi interior, vibrando alrededor de mi polla.

—Así, joder. Así —gruñí—. Hasta el fondo, Kendall. Tómala completa.

Arqueando una ceja, ella sacó mi polla de su cálido interior. Pero antes de que pudiera ordenarle que se la tragara de nuevo, pasó su lengua por mi glande y enseñando sus dientes, volvió a introducirse mi falo, pasando con cuidado sus dientes por él.

«Maldita sea».

Hizo eso dos veces más.

Dos malditas veces más.

Jalé su cabello en señal de advertencia cuando notó que me estaba gustando malditamente demasiado lo que estaba haciendo.

Me ignoró.

En cambio, soltó mi polla, se levantó del suelo y se quitó el pantalón de golpe, quedando completamente desnuda ante mí.

No perdí tiempo.

Pese a que siempre admiraba su piel nívea, y me deleitaba con la suavidad cada que mis manos rozaban su cuerpo al tenerla así para mí en cualquier superficie plana, la electricidad que ambos emanábamos siempre que chocábamos no me lo permitía.

Atajé su pequeño cuerpo y lo plasmé en la mesa, quedando sentada ahí, con sus piernas abiertas de par en par, enseñándome el rosado coño con el que había soñado enterrarme por más tiempo del que quería aceptar.

—Sabes lo que tienes que hacer —mi voz salió ronca, ansiosa.

Era el deseo que me tenía al borde.

Deseo por querer verla hacer lo que hacía para mí cuando estaba así de expuesta. Pero negó con la cabeza, sonriéndome con malicia

—Dámelo, Kendall. No es una maldita pregunta. Dámelo.

—Te hace falta aprender a aceptar un no por respuesta. Por el bien de todo tu ego —rió, balanceándose de atrás hacia adelante. El brillo en su entrepierna no hacía más que aumentar el puto deseo que estaba a nada de estallarme—. Quizás…

«Quizás una mierda».

La tomé por sus piernas, bajándola de golpe, colocándola de espaldas, abriéndola lo suficiente para que mi polla se enterrara en ella de una maldita estocada.

—“Quizás” nada —gruñí en su oído al cernirme sobre su espalda, mordiendo con brusquedad su lóbulo—. ¿No me lo quieres dar? Fantástico. Puedo enterrarte mi verga en su lugar y conseguir esos gritos que me vuelven loco por mi cuenta, maldita mujer complicada. Así que grita. Déjame escuchar esos gritos, Kendall —posé mi mano en la parte trasera de su cuello y lo apreté con brusquedad—. ¡Grita, joder! —troné, entrando y saliendo de ella. Duro. Feroz. Sin contemplaciones.

—¡Rise! —bramó, rompiendo el sonido que mis bolas hacían al estamparse con su coño, al chocar con su culo redondo y embriagador, pintándose de un bonito color carmesí.

Tres, cinco, ocho veces más.

Gritó.

Coreó mi nombre entre maldiciones.

Sus gritos llenaban la habitación y se hacían más fuertes con cada estocada que le daba.

Paré en cuanto sentí algo frío en su espalda sudada.

—¿Qué…?

Cerré la boca y una sonrisa se rompió por mis labios cuando noté el objeto que me tendía. Encontré su mirada, justo por encima de su hombro y alcé una ceja en su dirección. Ella solo se mordió sus labios, dejándome ver esa hambre que me extasiaba contemplar todo el maldito tiempo, sacudiendo cada parte interna de mi cuerpo. Casi pierdo la noción de mí mismo cuando su coño se apretó en mi polla, absorbiéndola como un maldito guante al volver a entrar en ella.

Kendall no disminuyó sus movimientos. Entró y salió por su cuenta, armándose un orgasmo sin mi permiso.

Me montaba con ansias.

Solté a reír por eso.

Aun así, volví a tomar parte de su cabello, justo en la nuca. Jalé con fuerza, para luego relajar el agarre y alcé su castaña cabellera, colocándole el pequeño accesorio alrededor de su cuello.

La bestia posesiva rugió en mi interior, sintiéndose el puto amo cuando saqué la pequeña llave que decoraba la cadena de mi cuello, abriendo el diminuto corazón que colgaba en la punta el collar que me había tendido. Pasé la cadena por la abertura que me permitía volver a colocar el diminuto corazón en la punta, cerrándolo, y con una sonrisa de oreja a oreja, probé el pequeño artefacto que le había regalado a la maldita mujer en uno de nuestros encuentros anteriores y que nunca me devolvió.

—Oh, sí… —gimió ahogada, moviéndose más rápido, buscando su orgasmo.

La bestia volvió a rugir.

Yo la colocaba así; ansiosa, deseosa, impaciente.

Yo.

No había hombre en la tierra que la tratara como yo, que la follara como yo, y jódeme si no me encantaba. Ella había hecho conmigo lo que le había dado la gana por largos e interminables meses y no más. En mi vida me habían humillado tanto como ella lo había hecho. Jugó conmigo, me hizo arrastrarme y dejar a un lado mi dignidad porque no creía que podía amarla. Pero eso lo cortaría de raíz hoy.

No. Más. Malditos. Juegos.

Ni juegos, ni restregarme en la cara que se había besado con cada hombre del puto planeta únicamente para hacerme perder la cabeza, incluyendo a mis hermanos.

No iba a soportarlo por más tiempo.

Kendall me había jodido, ahora era mi turno. Era mi turno de redimirme, de exigir cada puta parte de su cuerpo, mente y alma, tal y como ella lo había exigido de mí sin darse cuenta.

«Porque no podía estar sin ella».

Lo había intentado. El infierno sabía cuántas veces lo había intentado, más no me resultaba. Así de terca, complicada y estresante como era, también era imposible sacarla de mi maldita cabeza. Se había arraigado ahí, arrasando con todo para quedarse pese a los vientos que soplaban para arrimarla a un rincón oscuro de mi mente.

Era un maldito virus, infectando todo a su paso, reclamando atención al tocar cada cosa que se le cernía enfrente, ¿y yo? Yo iba a terminar convirtiéndome en el USB que la almacenaba contento, si es que no me había convertido en eso ya.

—¡Rise, oh! ¡Más! Solo un poco…

Agarré la parte libre del collar y apreté, gozando como la cadena se prensaba en su cuello, colocándolo tan rojo como me gustaba tenerlo. Kendall soltó un jadeo, pero no paró de moverse. Su culo chocaba contra mis testículos, alimentando a la bestia posesiva que iba a dejarla sin caminar derecho por una jodida semana si continuaba follándome así.

Su cuerpo se curvaba de manera exquisita, el olor que emitía su coño era adictivo. Todo de la maldita mujer me tenía mal, ensimismado en cada parte de su cuerpo, tratando de que nos convirtiéramos en uno a las malas porque a las buenas no había funcionado.

—Mía —sentencié con fiereza entre cada estocada, tomando el control—. Jodidamente mía y que Jesús me ayude si vas de aquí con otro hombre, Kendall, porque te juro que te hago y deshago a punta de folladas.

—Dios, Rise…

—¡Dilo! Dilo, Kendall —lancé mi mano libre a uno de sus senos y apreté. Lo magreé, jugando con ella, con su cordura, con su deseo de correrse. Pero estaba equivocado en creer que, aun así, luego de disculparse, me iba a dar lo que quería sin resistirse a ello.

Entonces paré.

Me detuve y apreté más ese collar, dejando que entendiera lo muy en serio que hablaba.

—Dilo —repetí—. Deja de ser una maldita mujer que se complica por todo y dame el gusto de escucharte decir que eres mía. Porque lo eres. Y te toca aceptarlo, porque conozco más de cincuenta formas de asesinar a cada uno de los bastardos con los que decidas salir luego de aquí. Y todas, maldita sea, todas y cada una de ellas las puedo hacer pasar por un accidente desafortunado, Kendall.

Apreté sus caderas, moví mi mano de su pezón a su clítoris, rozando los dedos en su empapada hendidura, haciendo que sus gemidos reventaran mis oídos.

Estaba cerca, tan cerca que si seguía con los roces iba a correrse.

Y aún no.

Jodidamente no.

No hasta que aceptara que me pertenecía.

No más besos con extraños. No más salidas con bastardos que no la merecían. No más jueguitos con mis hermanos.

O era conmigo, o esperaba que el infierno tuviera el suficiente espacio para cada maldita alma que iba a enviarle por siquiera atreverse a mirar en su dirección.

Ella era mía.

Mía.

—¡Dilo! —gruñí, pellizcando su hinchado clítoris, haciéndola gritar.

Trató de desparramarse en la mesa, pero por el agarre en su cuello, su intento quedó en la basura. Por eso, pegó su espalda a mi pecho, respirando entrecortadamente.

—¡Sí! —gimoteó, frotándose contra mi mano, apenas con la fuerza suficiente siquiera para mantenerse de pie—. Tuya, solo tuya, pero por favor, por favor, solo déjame correrme. Fóllame. Mastúrbame. No me importa, solo dame lo que necesito.

Saqué mi mano de su coño y a ella la volví a estampar en la mesa, azotando su culo con fuerza. Gritó.

—Míos —sentencié en un susurro demandante, dejando besos húmedos en su columna, gozando cómo se estremecía para mí—. Tus gritos. Tus gemidos. Tus orgasmos. Tu cuerpo. Todo me pertenece. Vas a captar eso, metértelo en la cabeza, grabarlo en las sagradas escrituras, me sabe a mierda. Pero hasta hoy se acabaron tus rechazos, tus intentos de sacarme de tu vida. Hazlo una vez más, Kendall, y tendré tu coño tan adolorido y ardido por las cogidas que te daré, que no tendrás tiempo de siquiera mandarme al infierno. Así que hazlo, en serio. Te reto.

—Mierda, Rise…

Mordí su hombro lo suficiente para que otro gemido rasgara su garganta.

—Me fascina como te queda el rojo —musité en su oído. Luego, pasé la lengua por una parte de su cuello, por encima del collar.

—Rise, joder, por Dios —sollozó, balanceando sus caderas, demandando atención.

—Vuelve a decirlo. Quiero escucharlo. Sin sarcasmo, sin burlas —deslicé mi boca a su mejilla derecha y besé—. Asegúrame que has entendido y dime a quién le perteneces.

—Eres un maldito egocentrista de…

Apreté el collar, impidiendo que hablara.

—No. Así no —nalgueé su culo, advirtiéndole que mi cordura no estaba para sus mierdas con una estocada brusca—. Dilo, Kendall —un gruñido gutural rasgó su garganta, seguido de un siseo—. Acéptalo.

—A ti —gimió con rapidez sin un atisbo de duda en su voz, sólo necesidad—. Te pertenezco a ti, solo a ti.

Dejé que una sonrisa se extendiera por mi rostro.

«Al fin».

Conseguí lo que quería. Le advertí que conseguiría si me hacía jugar sus mierdas de nuevo. Ella ahora sabía de lo que yo era capaz de hacer si seguía con alguna de sus mierdas, por lo que bombeé.

Arremetí en ella con fuerza, deleitándome con ese rico color carmesí que decoraba su cuello por las marcas del collar, sus gemidos ahogados y lo empapado que estaba su coño cada que me enterraba en él, desatando a la bestia que tenía encerrada.

El orgasmo me estalló por todo el cuerpo, avivando una llamarada imparable. Descargué dentro de ella, corriéndome con tanta fuerza, soltando un gemido al sentir como su coño se apretaba sobre mi polla y la chupaba toda, exprimiendo todo de mí al tiempo que ella se corría conmigo.

Bien este no era el momento para esto. Habían miles de cosas sin resolver y otras miles más que exigían mi atención, pero esto… ella… montándome, cabalgándome, exprimiéndome para saciar su propio deseo… Hacía que mi pecho respirara por unos segundos. Y eso era todo lo que necesitaba para lanzarme de cabeza otra vez al abismo de mi mierda, con la diferencia que ahora sí sentía que estaba listo para revolver el infierno y enfrentarme a todos los demonios con tal de buscar, encontrar y colocar a las personas que me habían arrebatado sin mi permiso de nuevo en donde pertenecían: a mi lado.

Y eso era lo que haría…

Una vez que saliera de ella y reclamara su boca una vez más como el desquiciado que era, porque jódeme si no la había extrañado como un maldito enfermo.

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