1. Let's Play - Capítulo 68
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Capítulo 68: 65
Límites que no puedo, debo o quiero cruzar
Es curioso cómo, después de jugar, las consecuencias de tus movimientos quedan atadas a una culpa fría y constante, junto al dolor creciente y la rabia que no desaparece
Riden
Me encontraba tan ensimismado en mi mierda que no me di cuenta de que tenía compañía hasta que sentí toques en mis hombros. El ligero toqueteo fue tan molesto como una mosca zumbando al oído. No reaccioné. Ni siquiera parpadeé. Seguía concentrado en las pantallas frente a mí, con demasiado que hacer y cero ganas de perder tiempo en cosas que no iban a ayudarme en algo. Como por ejemplo, la mujer que tenía detrás de mí.
—Cuando estás así de mezquino es posible que me gustes más —susurró ella en mi oído luego de unos intentos de llamar mi atención.
—Cuando jodes más de la cuenta, provoca alistarte el jet y mandarte directo de vuelta a Roma —espeté, cambiando ciertas fórmulas—. Estoy ocupado, Roelle.
—No soy ciega —replicó sin dejarse afectar por mi humor, dejando mis hombros para arrastrar una silla y sentarse a mi lado—. ¿Cómo vas?
Su pregunta fue tan irrelevante que el silencio la devoró por completo. ¿Para qué molestarse? Ella sabía cómo trabajaba y sabía cuándo las cosas no corrían como a mí me gustarían que corrieran. Así que no le respondí porque ella sabía que las cosas no estaban yendo como a mí me gustarían. No lo habían hecho desde hacía casi dos semanas y no lo estaban haciendo ahora. Pero eso era solo con los asuntos que tenían el puto nombre de mi hermano como título, ya que desde que llegó, en él era en lo único que me había enfocado.
No lo había visto, era verdad. Desde que decidió convertirse en el imbécil más grande de esta galaxia, lo mínimo que quería era verlo. Mucho menos si tenía al dolor de bolas guindado en el cuello en vez de a cierta mujer que dejó hecha un desastre porque no tuvo los cojones necesarios para superar su mierda, pero para mi desgracia tenía que cargar con su trasero aunque no lo quisiera.
—Rush preguntó por ti otra vez.
Torcí el gesto. El mismo gesto que había repetido cada vez que alguien mencionaba su nombre. Había sido claro con todos: no quería verlo. ¿Por qué diablos seguían insistiendo? No después de desplazarla sin remordimiento alguno, ni mucho menos ahora luego de que Arabella viniera a mí hace dos días, llorando a moco tendido por haber estado aguantando cosas que no tenía por qué aguantar.
Rise y Mila lo entendían. Sabían que no tenía sentido forzarme a sentarme con el idiota cuando no lo merecía. Pero Justine, y la mujer que tenía ahora a mi lado, seguían insistiendo en que debía verlo, porque, al parecer, el lazo sanguíneo tenía algún significado mágico que debía sobrepasar cualquier idiotez.
Para ellas, Rush seguía siendo mi hermano.
La cuestión era que me sabía a mierda. El hombre que pedía verme no era mi hermano. No desde que permitió que la estupidez lo dominara, que desechara a la única persona que realmente importaba por un par de piernas irritantes y una sonrisa vacía. El hombre con el que había crecido, poco después de que Beniamino muriera, jamás habría hecho algo así.
Me giré hacia Roelle, sin ocultar el desprecio en mis ojos.
—Si sigue con esa mierda, voy a hacerle un puto favor al mundo y patearle el trasero yo mismo —le dije con una sonrisa sarcástica, aunque detrás de esa sonrisa, la rabia era tangible.
Mi respuesta hizo que ella gimiera por lo bajo.
—Riden…
—Sabes que mi respuesta será la misma por más que sigas rogando por mierdas que no van a pasar, Roelle —al fin la miré.
Verla disgustada era una de mis cosas favoritas, pero ahora no estaba pensando en qué tan bonita se veía frunciendo sus labios mientras que la punta de su nariz se colocaba de un sutil color rosado y me dedicaba una mirada de reprimenda.
No.
Justo ahora estaba pensando en qué tanto alivio me traería si se fuera de mi maldito lugar de trabajo.
—Deja de tocarme las pelotas con el mismo jodido tema.
—Es tu hermano.
—Me importa una mierda.
—Quiere verte.
—Yo no.
—Él solo quiere…
—¡Me importan tres hectáreas de mierdas completas lo que él quiera! —exploté, levantándome de golpe, clavando la mirada en ella—. ¡Arabella también quiere un montón de cosas, pero a ella no la ves rogando por cosas que no van a pasar! Ella se adapta a eso, se traga su mierda y sigue como si nada hubiese pasado, preocupándose por todo el mundo menos por ella misma.
Mi voz retumbó en la habitación, pero no me importó. Estaba harto, harto de todo esto. Arabella había pasado los últimos meses preocupándose por todos menos por sí misma.
Lo había visto.
Había sido testigo de ello.
Demasiadas. Malditas. Veces.
Y ya estaba hasta el cuello de eso.
Ella no se merecía lo que le estaba ocurriendo. Se había sacrificado por cada maldito problema que ni le correspondía, había soportado situaciones que habrían destrozado a cualquiera, había estado al borde de la muerte incontables veces por proteger a los que le importaban. A su círculo cercano. Círculo que incluía a Rush. El maldito idiota que no había hecho más que evitarla desde que abrió los ojos y decidió seguir haciendo luego de haber “aclarado” las cosas con ella hace cinco días atrás, haciéndole solo más daño.
Cuando ella vino a mí, desbordando todo lo que llevaba atorado en el pecho, tuve que reprimir el instinto de sacarla de esa maldita habitación. Quise encerrarla en la mía, lejos de todo el mundo, para así evitarle ese jodido daño continuo que el hombre que me negaba a reconocer como mi hermano solo seguía dándole.
Y se lo dije.
Ocho veces.
Pero no.
Ella se negó en cada una, asegurando que estaba bien y que ambos necesitaban más tiempo juntos, diciendo que ella había aceptado las condiciones del imbécil para llevar las cosas con calma.
«“Calma” mis huevos».
Ella no necesitaba eso. Yo sabía que no necesitaba nada de eso. Lo que necesitaba era que Rush arreglara su mierda tal y como venía haciendo desde que tengo uso de memoria: solo. No con ninguna Schröder, no con Bells, no con ninguno de mis hermanos. Tenía que hacerlo malditamente solo. Solo así vería todo el daño que se dio el gusto de causar, todos sus malos tratos, junto a toda su jodida mierda en general.
Esa era otra de las razones por las que me negaba a verlo. Secundaria, pero jodidamente válida que formaba parte de la lista en su contra.
—Riden, él sabe que…
—¡No sigas! —le advertí, cortando sus palabras con furia. Ya estaba al borde—. Deja de defenderlo. Estoy harto de escuchar las mismas excusas patéticas, tanto de tu boca como la de Justine. Harto. Mis oídos sangran cada vez que lo defienden, asegurando que él está pasando por un mal momento cuando jodidamente se ve que no está pasando por un mal momento, Roelle.
»Pasea con esa Schröder por cada pasillo, cada escalón, cada reunión. Se queda con ella hasta tarde, sonríe, se ríe, come. Mientras que Arabella qué, ¿eh? ¿Dónde queda ella? ¿Dónde queda la mujer que sacrificó mucho más por todos nosotros en meses sin tener siquiera que hacerlo? ¿En el fondo de su estúpida cabeza?
Roelle no contestó y por primera vez en mi vida me alegré de eso. Me gustaba su boca cada vez que tenía los cojones para hacerme tragar mis palabras, pero esta vez no había ninguna manera para lograrlo. Ella sabía que tenía razón. Sabía que todo lo que estaba diciendo era cierto, pero pese a que ella tampoco lo entendía y que por eso cerró la boca y apartó la mirada, su necesidad de proteger a todo el mundo era lo que la definía, incluso cuando no lo merecían. Podía ver en sus ojos que lo entendía, ella sabía que Rush estaba cagando todo a su paso, pero defender a su amigo era más importante que aceptar que, en concreto, Rush lo único que estaba haciendo era cavar su maldita tumba.
La verdad era que Arabella merecía más. Mucho más de lo que el imbécil le estaba dando. ¿Y él? A estas alturas me estaba aferrando mucho a la idea de que él no merecía ni una migaja de lo que ella había hecho por su culo egoísta.
El silencio se instaló en la habitación, y por un momento pensé que la conversación había terminado y que la vida dejaba de joderme, pero no. Entendí que solo quería seguir probando mi paciencia en cuanto Justine abrió y cruzó esa puerta con un par de carpetas en sus brazos.
«Fantástico».
—Rush quiere verte —fue lo primero que salió de su maldita boca mientras seguía caminando hacia mí, como si esa frase no me arruinara el día cada vez que la escuchaba.
Cerré los ojos con fuerza mientras apretaba el tabique de mi nariz.
«Maldita sea».
—Es tu familia, Riden —agregó, como si eso tuviera algún maldito valor en este punto. Abrí los ojos y me alegró ver que se calló al instante cuando la fulminé con la mirada. Dio un solo paso hacia atrás y dejó caer la carpeta en una de mis mesas de trabajo.
Sí, Rush era familia. Pero Arabella… A ella la estaba empezando a considerar mucho más que eso. Algo que ni siquiera quería admitir del todo, pero que sentía, profundo y molesto. Porque, a pesar de que fue uno de los dos que estuvo cada que lo necesité, sólo uno de ellos había logrado sacudir mi mundo de una manera que ni siquiera Roelle, con toda su sexy intensidad, había logrado.
Arabella, solo con sonreírme, con esas malditas pestañas revoloteando, de alguna manera, se había colado en mi cabeza, instalándose sin esfuerzo. Me había incluído a su círculo, haciéndome sentir como si siempre hubiera estado destinado a estar allí, calentando partes que nunca creí posible tener con ninguna otra persona. Y, joder, cada vez que me miraba, como si fuera su maldito héroe sin capa por arreglar el desastre que el otro imbécil dejaba tras de sí, algo en mí se encendía. Algo que no tenía derecho a encenderse.
No era solo que Arabella significara más. Era que, sin darme cuenta, se había convertido en algo más allá de ese vínculo familiar que habíamos construido. Ni siquiera Roelle, con todos los años que llevábamos follando, podía tocar lo que Arabella había despertado en mí.
Y eso me cabreaba.
No solo me molestaba en sentir algo que no debería, sino que me molestaba lo fácil que había sido. Ella no había hecho nada, absolutamente nada, para que esto ocurriera, y aun así, aquí estaba yo, hundiéndome por ella, traicionando al imbécil en silencio. Pero la verdad era que no me sentía mal. De hecho, la idea de ponerla a ella por encima de Rush no me causaba ni un ápice de arrepentimiento. Estaba seguro de que el bastardo estaría bien con eso, igual que yo había aceptado que ni Rise ni Mila ni yo éramos ya sus prioridades.
El problema era que yo, a diferencia de él, estaba encontrando adictivo eso de no perderla, de quererla para mí.
«Es platónico, Riden. Solo es una atracción platónica. Un fugaz enamoramiento platónico. Nada más».
Torcí el gesto, odiando incluso tener que repetirme esa mierda. Como si fuera un puto niño de primaria que no sabía manejar sus emociones. Era patético. Pero por mucho que me repitiera que lo que sentía era inofensivo, algo en mí sabía que no lo era. Porque, aunque sabía que Arabella era la jodida novia de mi hermano… Ella era lo único que me estaba empezando a importar más de la cuenta.
—¿Qué quieres, Justine? —escupí de mala gana, cortando de raíz mis pensamientos.
Desde que la conocí, había algo que siempre admiré en Justine: sabía cuándo dejar de joder. Ella solo suspiró y tomó el par de carpetas tan solo para pasarme una de ellas. Irritado, tomé la jodida cosa y la abrí, leyendo el contenido. Apretando los dientes, miré a Roelle, exigiendo respuestas porque lo que decía no podía ser cierto.
—Hemos hecho cada estudio y cada prueba, Riden —empezó ella con cautela—. Todas apuntan a lo mismo. Te lo dijimos hace tres días, hace dos, ayer y te lo estamos repitiendo hoy: Rush es adicto.
—No —repliqué, cortante—. Háganlo de nuevo.
Tanto Justine como Roelle suspiraron al mismo tiempo, mientras yo sentía como el suelo temblaba bajo mis pies con cada respiración que daba.
Aunque no quería verlo, su caso era mío. No importaba cuánto lo negara, su situación era mi problema. Había quedado en mis manos ya que yo era el único que sabía tratar con las mierdas que Beniamino había creado, por ende, tenía que saber tratar con las mierdas que Alexey había creado.
Pero no era así.
La Triede Nera, como Rush le había dicho a Justine que se llamaba, no era como las demás drogas que Beniamino había creado. Podría decirse que, si siquiera la Triede saliera al mercado, alcanzaría popularidad mucho más rápido de lo que cualquier droga de mi abuelo hubiese hecho. No solo por lo potente que era, sino por lo mucho que ayudaría a ciertas personas que dependían del tráfico de personas. Joder, incluso si cayeran en manos peores que las de Alexey, sería un arma fatídica para aquellos usuarios a los que se les obligaría a probarla.
Tuve que joderme en el laboratorio por dos días seguidos para intentar descubrir, por la sangre de Rush, qué tan potente era. Fue un maldito dolor de cabeza saber que “potente” no era la palabra que describía aquella droga. La palabra era letal. Malditamente letal. Tres componentes la hacían así. PCP, LSD y la Ketamina. Separados, ya eran un desastre. Juntos, era una maldita bomba de tiempo… Era más allá de lo humanamente adictiva.
Para cualquier humano, al inyectarla, sería adictiva. ¿Cómo no? Una sola aplicación de esa mierda y la persona que decidió inyectársela a la otra podría tomar control de ella, manipulándola, controlándola. Aprovecharía los efectos alucinógenos y disociativos para hacer con el usuario lo que le diera la gana, además de hacerlo dependiente de esa mierda.
Sin embargo, para Rush no. No podía serlo. El muy imbécil había heredado ese talento oculto que mantenía a Beniamino lúcido cada que se dedicaba a probar su propia mercancía.
Rush era inmune.
Un caso extraño, pero estudiado por mí y por cada doctor que pasó a trabajar con Beniamino. Es decir, dos. Está de más decir que esos dos murieron de maneras misteriosas cuando Beniamino estuvo en su lecho de muerte, pero eso es otro tema.
Rush era inmune. Él contaba con el mismo metabolismo y sistema inmunológico desarrollado que metabolizaba y expulsaba las toxinas antes de que hicieran efecto, haciendo que sus células no respondieran a las drogas como lo harían en una persona normal, tal y como Beniamino lo tenía. Tenía una resistencia hereditaria que impedía que las sustancias químicas afectaran su cuerpo de la manera habitual. A Rush podías llenarlo de cocaína, heroína, joder, hasta con una bomba de éxtasis y él seguiría siendo un dolor en el culo. Uno lúcido. Lúcido de la cabeza a los pies. No obstante, Alexey jodió con él. Demasiado. Dejándome a mí un hombre que apenas podía mantenerse cuerdo y que estaba más roto que un puto rompecabezas.
Gracias a esa maldita cosa, había pasado días encerrado en el laboratorio por mi cuenta, privándome del sueño y de cuidar a Arabella los últimos días, creando algo que anulara los síntomas que un adicto pudiera tener a la Triede Nera. No porque creyera que Rush era un adicto —porque no lo era—, sino porque me gustaba guardarme las espaldas, tratando de evitar, si podía, un problema más.
Entonces, como tenía la certeza de que el imbécil era inmune, cada que Roelle o Justine se atrevían a darme los mismos resultados desde que él empezó a respirar el mismo aire que nosotros, mandaba a repetir los exámenes. Una y otra vez. Y lo seguiría haciendo porque no había forma en el infierno de que él fuese adicto a algo de lo que yo no tenía pleno conocimiento.
No. Había. Forma. En. El. Infierno.
Pero a esas dos les gustaba tocarme los cojones. Ambas aseguraban que los resultados no iban a cambiar, pero que, para mi maldito dolor de cabeza, eran capaces de replicar algo como la Triede para probar su punto y hacerme entender que Rush sí lo era.
«Ni por el coño».
—Es mierda —mascullé entre dientes, tirando el informe a un lado.
—Es demasiado para él —dijo Justine, en ese tono clínico que me hacía querer gritarle—. Es inmune, sí. Pero eso no hace que su mente esté en un estado de lucha constante contra las drogas, generando una especie de efecto secundario mental, Riden.
—Es mierda —repetí, esta vez más fuerte—. Es inmune, tú misma lo dijiste. Rush no puede ser adicto a esa porquería, Justine.
—Sabes que tenemos los medios para comprobarte que él…
«¿Qué parte de “no” no entienden ninguna de las dos, mierda?».
—Te prohíbo que hagas eso —solté, cada palabra como un disparo—. Ni se te ocurra intentar algo así solo para probar un maldito punto.
Ella negó con la cabeza y suspiró.
—Estás molesto y lo entiendo, Riden, pero necesito que tengas la cabeza fría aquí. Sí, dije que era inmune. Lo sabes, lo sabemos. Sus exámenes así lo demuestran, pero estamos hablando de inmunidad física —tomé una respiración profunda porque sabía que no me iba a gustar ni un atisbo lo que iba a decir, dado a que yo mismo sabía de qué diablos estaba hablando porque resultaba ser que existían dos tipos de inmunidad y, a pesar de que Beniamino había contado con los dos tipos, Rush por otro lado…—. Rush no experimenta los efectos fisiológicos típicos de cualquier sustancia, como los cambios en la frecuencia cardíaca, la presión arterial, o las reacciones motoras que otras personas sí sufrirían al ingerir cualquier tipo de droga. Sin embargo, esa inmunidad física no necesariamente protege al cerebro o a la mente de experimentar efectos psicológicos y emocionales.
»El cóctel que se le estaba inyectando de manera constante hizo estragos, si es que tenía, su inmunidad mental. Su cerebro procesaba la presencia de esa sustancia. La exposición continua que él experimentó llevó a su mente a un estado de alerta constante y estrés, desencadenando respuestas psicológicas complejas. El cerebro de Rush interpretó e hizo frente a la amenaza de las drogas, lo que pudo resultar en confusión, paranoia y alucinaciones.
»Riden, Rush no distingue lo que es real y lo que es imaginario, ¿si me entiendes? No lo hace. Él experimenta distorsiones en su percepción de la realidad, aunque no de la manera típica, ya que en lugar de ver o sentir alucinaciones directas, experimenta distorsiones más sutiles, siendo esa incapacidad para distinguir entre lo que es real e imaginario, además de la alteración de rostros y objetos familiares.
—Justine, no…
—A él lo expusieron tanto a tales sustancias que su mente ahora está obsesionada con el estado alterado de la percepción, pese a que no esté relacionado con los efectos típicos con las que esas drogas juegan, Riden. Genial, físicamente a él le pudieron inyectar aquello, y él no sufrió por la intensa disociación o alucinaciones que otros sufrirían, pero su mente se enfrenta a la constante “presencia” de la droga, creando así un entorno mental caótico.
»En los pocos días que lo he tenido, he visto como duda de sus propios pensamientos, como cuestiona la realidad, como percibe distorsiones visuales que no son físicas sino mentales, y todas esas distorsiones giran en base a una sola persona, Riden.
Tensé el cuerpo mucho antes de que dijera el nombre porque sabía de quién se trataba. Lo noté al instante en que se puso de piedra al solo mantener contacto con ella al pasar por la bodega, y lo consideré un maldito problema cuando, al abrir los ojos, lo primero que hizo fue preguntar por Mila y por mí, en vez de hacerlo por ella, dejando incluso que el dolor de bolas monumental, tal y como lo era Adalia Schröder, se quedara con él, luego de prohibirle la entrada de Arabella, dejándola descolocada, molesta y llorona por toda una semana, con nosotros haciendo lo imposible para sacarla del hueco en el que Rush se había encargado de hundirla.
—No soporta estar con ella. No puede hacerlo.
—¿Y por eso decide utilizar su parte estúpida y estar con Adalia, llevándola a todos lados como si fuese un maldito llavero? —resoplé, irónico.
Justine frunció sus labios, quizás más molesta que yo.
—Intento entender eso, pero me es imposible —replicó, cruzándose de brazos.
—¿Cómo psicóloga o cómo persona? Porque te creo en una, pero en la otra no tienes excusa —le lancé mi peor mirada, recordando lo que le había dicho a Arabella justo después de que Rise transmitiera las palabras del otro maldito idiota—. Es tu trabajo, después de todo.
Ella me dio una mirada carente de emociones mientras que Roelle trató de tapar su risita con una ligera tos.
—Adalia, para él justo como está ahora, supongo que es su lugar seguro porque no le trae recuerdos algunos. Con ella no duda de sus pensamientos, no cuestiona la realidad, no le duele tenerla cerca porque nunca formó un lazo significativo con ella. En cambio, con Arabella…
Me tragué una maldición.
Entendía. A ambas las entendía. Sin embargo, eso no significaba que entendiera que, de todas las personas, el imbécil decidió hacérselas de bonito con alguien que nadie soportaba en este lugar, joder.
—Toda esa mierda no me explica por qué consideras que él es adicto a esa porquería —cambié el tema, por mi propio bien.
—Sí lo hace, solo que tú no quieres aceptarlo, Riden. Después de Rush, eres quien más sabe del campo medicinal, lo sabes. Lo que no entiendo es porque ahora te quieres hacer el tonto —soltó Roelle, cruzándose de piernas.
«Porque aceptar que mi hermano, la única maldita figura paterna que tuve en mi vida, es un adicto a una droga a la que no sé cómo revertir sus efectos no me es una maldita opción».
Y aunque pensara eso, jamás lo diría en voz alta. A pesar de que había ido por varios caminos, ceder aquí no era una opción. Para mí no.
—Su conflicto es interno, por lo que veo —admití a regañadientes, sintiendo cómo las palabras raspaban mi garganta. Ambas asintieron—. Es decir que, es adicto no porque la droga le provoque placer, sino porque se convirtió en una necesidad psicológica, un intento desesperado de controlar o entender qué es lo que está sucediendo en su mente.
—Básicamente, es eso —afirmó Justine, asintiendo conforme las palabras iban saliendo de su boca—. Pero aquí es donde la cosa se vuelve tediosa: Rush no quiere ni una neutralización gradual, ni una terapia psicológica intensiva.
Sintiendo mi presión arterial subir, la miré incrédulo. Roelle murmuró una retahíla de maldiciones en italiano y la pude ver sacudiendo la cabeza como si ya hubiera pasado por esta conversación mil veces.
—¿Entonces qué diablos quiere? ¿Por qué? ¿Acaso la reprogramación cognitiva es mucho para su inexistente cerebro o qué? —Justine abrió y cerró la boca varias veces, intentando soltar lo que el otro imbécil quería hacer, sin que me matara a mí en el intento—. ¡No me jodas y habla de una buena vez, Justine!
—Las técnicas de reprogramación cognitivas tienden a durar mucho, al igual que la desintoxicación controlada, Riden —empezó a balbucear de forma demasiado penosa para una mujer de su edad—. Rush no… Él no quiere algo que le tome tiempo. Él pidió…
—¿Pidió? —repetí sin poder creérmelo—. ¿Me estás diciendo que un paciente le pidió a su doctora algo fuera de los parámetros médicos que su doctora está manejando porque sabe qué es lo mejor para él? ¡¿Me estás jodiendo?!
La mujer no sabía en donde enterrar la cabeza, pero para su desgracia a mí me importaba una mierda. ¿Qué diablos pasaba con esta gente y las maneras de decirle que no a alguien? ¿Qué tanto costaba mandarlos al diablo y seguir con lo propuesto?
—Yo…
—¡Joder, Justine! —gruñí, pasando una mano por mi cabello, más allá de lo humanamente furioso.
Entonces, ahí estaba él. Lo supe antes de escucharlo. Su presencia era una maldita plaga. Maldije entre dientes. ¿Por qué mierdas estaba aquí si sabía que no lo quería ver?
—No pedí, exigí y ordené —habló el otro idiota, trayendo consigo un semblante de perros y nada más.
Gracias al jodido infierno.
Se detuvo en la mesa, apoyándose en ella, viéndose de la mierda con esa estúpida férula que le decoraba la mano derecha y seguiría haciéndolo por cuatro semanas más, gracias a la pequeña operación que Roelle le había hecho en sus tendones para que no perdiera la motricidad por completo. Pese a que ya habían pasado varios días de esa operación, él seguía viéndose horrible aunque estuviera comiendo y duchándose. Sobre todo, duchándose. Eso lo sabía, no porque me importara, sino porque esas dos idiotas seguían dándome actualizaciones que no pedía ni quería.
—Ah, perdone, Alteza Real. No sabía que los pacientes podían demandar mierdas a diestra y siniestra solo porque los estándares médicos no aplican cuando no les gusta —repliqué con mordacidad.
—Para tu desgracia, soy tanto paciente como cabeza de toda esta mierda, por ende, los estándares médicos a los que tú y todo el maldito mundo está acostumbrado, puedo darme el lujo de pasármelos por el culo cuando sí, no me gustan.
—Rush, estás tocándome los cojones que te faltan —siseé, apretándome el tabique de la nariz.
Él se encogió de hombros, sonriendo de soslayo, mientras que Justine seguía sin saber en dónde meter la cabeza y Roelle miraba divertida la escena. No era la primera vez para ella vernos pelear, pero sí era la primera vez para Justine ver que la pelea escalara con magnitud cada peldaño que yo me encargaba de colocar.
—El tiempo y yo no somos tan amigos, Riden —cambió de tema, oscureciendo más ese semblante—. Necesito algo rápido y eficaz que me quite la maldita dependencia repugnante que Alexey me hizo tenerle a su mierda y para eso ni la neutralización, ni la terapia me sirven.
«Hijo de perra».
—Adalia tampoco te sirve, y ahí la tienes, dejando que te siga como perro faldero, en vez de estar con la mujer que movió probabilidades en contra para traerte de vuelta, pedazo de mierda —le espeté, sin ningún tipo de sentimentalismo cuando me fulminó con la mirada—. Terapia y neutralización son dos cosas que te faltan y que vas a tomar porque no estás en condiciones de pedir una mierda, Rush. Aunque Justine tiene tu caso, las decisiones ahí las tomo yo, por ende, te callas, lo aceptas y me dejas de joder.
—Dame un antídoto —continuó él, ignorándome por completo.
«Maldito sea su…».
El nervio de mi ceja derecha empezó a cobrar vida. Rush lo notó y me dio una sonrisa más grande. No lo extrañaba. Ni a él ni a su intento de tapar el sol con un dedo, creyendo que con darme el tiempo para seguir detestándolo en silencio las cosas seguirían su rumbo.
—¿Qué?
—Antídoto, Riden —repitió, como si yo fuera estúpido—. Ya sabes, una de esas cosas que se utilizan cuando necesitas salir de las drogas rápido y…
—Convertirte en un adicto debió atrofiarte el cerebro en cantidades que solo Dios sabe, maldito idiota —musité furioso—. ¿Qué te hace pensar que…?
Ahí su semblante cambió, borrando la sonrisa en el acto. Me miró como si intentara leerme la mente, cosa que sabía que no podía hacer, pero la sensación seguía ahí. Siempre estaba ahí.
—Sé que llevas trabajando en ello desde que llegué —comenzó, con ese tono que me irritaba más que cualquier otra cosa—. Y sé que te ha costado jodidamente demasiado poder hacer que encaje. Sé que te has desvelado más de lo normal, sé que has tenido un humor de mierda por eso mismo y sé que te has sentido culpable por no lograr tenerlo justo en estos momentos, por lo que piensas que todo por lo que estoy pasando es tu culpa, cosa que no lo es y no lo será nunca.
Cada palabra me golpeaba en el estómago. Lo detestaba, no me caía bien en este momento. Y sin embargo, no podía ignorar el nudo que comenzó a formarse en mi garganta. Lo seguía detestando, pero ahí estaba, removiendo cosas que no tenían que estar moviéndose. No en ese momento, ni por él.
—No estoy pidiendo esto porque no quiera sentarme en una silla a trabajar mis mierdas, Riden. Estoy pidiendo esto porque no soporto ver a la persona que amo llorar, maldecirme y decirme que soy la peor basura del universo por no poder tocarla, besarla o siquiera sentarme a hablar con ella.
Maldita sea.
Rush no se detuvo. Estaba soltando todo, y yo no podía interrumpirlo aunque lo deseara.
—Me siento como la mierda día y noche. No es solo por considerarme adicto a algo que me obligaron a tomar como un maldito perro. Me siento como la mierda porque, a pesar de tener a la mujer que amo a metros de distancia, no puedo abrazarla, no puedo dormir con ella, no puedo disfrutar estar a su lado porque, cada que cierro los putos ojos, lo único que puedo ver es a ella con un charco de sangre bajo su cuerpo desnudo, ella siendo abusada frente a mí sin yo poder hacer algo, ella mirándome con culpa cada vez que la obligaban a gritar mi nombre.
Cada palabra suya era como una piedra que se acumulaba en mi pecho. Me obligaba a enfrentar la realidad que yo mismo había tratado de enterrar. Claro que sabía que él estaba roto, pero me había forzado a ignorarlo porque, francamente, no podía soportar el hecho de que Rush estuviera tan jodido. No mi hermano. No el estúpido que siempre encontraba la forma de salir adelante.
—Cada que escucho su risa en el comedor, en la habitación, en los pasillos, lo único que puedo escuchar son sus gritos, sus súplicas, Riden. Escucho las risas de Alexey, los insultos del maldito perro que está quemándose en el infierno. ¿Y sabes qué es lo peor? Que, pese a que sé que ya pasó, mi mente me arrastra al escenario, enseñándome cada escena que pasa por mi cabeza, real o no real, de manera vívida, intensa. Me hace creer que estoy en un jodido sueño de nuevo, que ella no es real, que ninguno de ustedes lo son y estoy harto.
»La única jodida persona, para mi puta desgracia, que me ancla a que no estoy viviendo en un asqueroso sueño es la mujer que no para de cacarear que quiere estar conmigo y que es una mejor opción que la mujer que amo. La tengo a mi alrededor tan solo para no volverme loco, a pesar que su insufrible voz hace exactamente lo mismo. Tengo a Adalia como un perro faldero, tal y como dices, porque cada vez que habla, rompe la mierda por la que estoy pasando. Y aunque no sé por qué diablos pasa, lo tomo porque es mejor eso que crearme escenarios una y otra vez donde la mujer por la que sacrificaría mi vida termina muerta de una forma peor que la anterior.
»Así que no veas mi petición como capricho. No lo es. Ve mi petición como la única cosa, la única vía que considero posible para que acabe tanto con mi tormento como el de la mujer que amo, la cual me detesta en estos momentos por ser, según ella, una persona insensible que ya no siente lo mismo por ella.
Minutos de silencio pasaron, pesados y tensos, cargados con el peso de lo que acababa de escuchar. Y ahí estaba el nudo en mi garganta, más apretado que antes, impidiéndome tragar, mientras Justine sollozaba en un rincón y Roelle, por supuesto, mantenía su maldita sonrisa intacta. Pero Rush seguía mirándome, incluso después de sentarse frente a mí.
En mi cabeza cabía la posibilidad de que quizás él sí lo estaba pasando mal, tal y como Justine y Roelle me habían dejado saber, pero la ignoré en el momento en que me apareció porque quería seguir viendo a Rush como el estúpido egoísta que había sido durante varios días. Y quizás, solo quizás, eso había sido un error porque ignorar que mi hermano la estaba pasando así de mal me hizo un hueco en el estómago, haciéndome sentir tal vez como un completo idiota al darme cuenta de eso justo ahora no por mí mismo, sino porque él se había armado de valor para soltarme todo su infierno.
—Voy a necesitar ayuda —logré decir, finalmente, con voz ronca. Él me dio una sonrisa forzada, anotándose en mis planes sin siquiera decirlo—. Y tiempo —su rostro se tensó. Suspiré—. Rush, llevas casi que dos semanas aquí. Sabes que desde el día uno estoy trabajando en ello y las cosas no han ido como quiero. Así que vas a tener que darme tiempo. Y tendrás que encerrarte conmigo en el laboratorio hasta poder armar una fórmula decente. Esto no se hace de la noche a la mañana, lo sabes.
Soltó un suspiro largo, pero asintió.
—Con tal que lleve menos tiempo que la terapia y la desintoxicación, no me importa —respondió con desgana, casi resignado.
Justine sorbió por la nariz, llamando nuestra atención.
—Lo hará —dijo, limpiándose las lágrimas—. Está más que claro que los ayudaré en lo que pueda. Después de todo, son ‘Ndrangheta. Ser egocéntricos, idiotas e inteligentes corre por sus venas. Separados cada uno tiene su imperio, sus habilidades, sus ventajas, ¿pero juntos? ¿Solo ustedes dos? Ustedes no han descubierto la cura al cáncer, al alzhéimer o a cualquier enfermedad incurable porque no han juntado cabeza para eso.
Ni Rush ni yo sonreímos, pero algo en la mirada de él cambió. Quizás lo había perdonado, aunque sea un poco, por ser el imbécil insensible con la única persona que no lo merecía. No lo había perdonado del todo, pero sí algo. Pero eso no significaba que no le rompería otro par de costillas si seguía con su estupidez. Lo que él tenía con Arabella era más grande que cualquier cosa y eso él tenía que verlo. Me aseguraría que lo hiciera.
Roelle también se dio cuenta de que había decidido dar un paso hacia atrás porque se levantó, me plantó un beso en la mejilla y a Rush le dio un golpe juguetón en su hombro.
—Ya era hora —dijo con una sonrisa traviesa antes de caminar hacia la salida—. ¡La próxima vez que duren tanto peleados, los encerraré en un jodido cuarto! —gritó antes de salir.
—¿Yo exigí que se quedara tanto tiempo? —masculló Rush, irritado.
—Casi de la misma forma en la que pediste que Adalia se quedara pegada a ti como un maldito llavero —contesté, ganándome un gruñido de su parte—. Eres un imbécil. Y aunque me hayas soltado todo este melodrama, no voy a dejar que lo olvides.
Él rodó los ojos, pero la sonrisa de soslayo apareció de nuevo.
—No esperaba menos.
Con una última mirada, desapareció tras Roelle, dejándome con Justine.
—Su relación es bastante… rara —dijo Justine, terminando de secarse las lágrimas.
—Es deplorable que te des cuenta ahora —la miré y señalé la puerta—. Tenemos trabajo que hacer.
♦ ♦ ♦
Rush
Mi mirada recorrió el comedor vacío, oscuro como el rincón más apartado de mi cabeza. Anderson solía dejarlo así después del almuerzo, aprovechando su tiempo libre para desaparecer. Qué diablos hacía, no me importaba. Lo agradecía, porque ahora podía sentarme sin la molestia de tener que lidiar con alguien.
Me hundí en el rincón más alejado de cualquier mirada curiosa, queriendo nada más que existir en silencio, aunque ni eso podía hacer bien. Arabella me odiaba, Adalia me exasperaba hasta niveles que no creía posibles cada que estaba a mi lado, Mila ni siquiera se molestaba en mirarme, Rise me dirigía la palabra sólo cuando la situación lo ameritaba, y Riden… bueno, él había dejado claro que no quería verme, hasta que no lo soporté más y terminé entrando a su escondite, importándome menos si lo quería o no.
Mis hermanos estaban de parte de Arabella, y francamente, no los culpaba. Yo estaba siendo la persona más insencible del puto planeta, pero tenía mis malditas razones. Cada una de ellas se las había explicado a Riden no hacía ni media hora. Pero por más que hubiera descargado mi infierno personal, el peso de mi mierda aun seguía aplastándome.
Sentía que me ahogaba, que el piso se abría a la mitad, listo para tragarme y arrojarme a mi pesadilla infinita cuando menos lo esperara. Necesitaba estar solo, completamente solo. Sin Adalia, sin el maldito de Harrison probando la poca paciencia que me quedaba, sin Justine mirándome como si fuera un experimento fallido, y sin Roelle, con su insistente y estúpida necesidad de conversación para tratar de hacerme sentir mejor.
Joder, no quería a nadie.
El comedor era el único lugar que me quedaba, porque mi oficina se había convertido en un punto de encuentro para cualquier imbécil con una queja, mi habitación era un rotundo no, y los pasillos del búnker no me eran una opción si me iba a terminar encontrando con Adalia. Así que aquí estaba, intentando reconstruir algo de cordura.
Apoyé la cabeza entre mis manos como pude, dejando escapar un gruñido cuando el sonido de un plato deslizándose sobre la mesa rompió la soledad.
—Lo siento, signore —la risa ligera de Helena rompió el silencio. Levanté la cabeza y la vi—. Pensé que una pieza de tarta le haría bien a su estado.
Miré el plato frente a mí y una sonrisa casi involuntaria cruzó mi rostro. Helena era la mujer al mando del comedor cada que Anderson no se encontraba cerca, y sus habilidades en la repostería eran algo digno de admirar. No era fanático de lo dulce, eso era más de Arabella. Pero rechazar algo que Helena preparaba sería un insulto, así que me limité a sonreírle, lo más amable que pude, y acerqué el plato.
—Gracias, Helena.
—No hay de qué. ¿Quiere que le encienda las luces o…?
—No. Así está bien.
Helana asintió, dudando si decir algo más, pero luego negó con la cabeza y desapareció en la cocina.
Me quedé solo de nuevo, agradeciendo el silencio que al fin me rodeaba. Dejé escapar un suspiro, largo, como si intentara exhalar todo el maldito peso que llevaba encima. Tomé un bocado de la tarta, intentando distraerme, forzándome a enfocarme en el sabor, en lo que sea que no fuera la mierda que me asfixiaba.
Iba por el cuarto mordisco cuando la sentí. Su presencia.
Como un peso denso, una sombra que me aplastaba sin necesidad de palabras. Ni siquiera tuve que levantar la mirada para saber quién era. El dulce se convirtió en ceniza en mi boca cuando el olor a duraznos me inundó la nariz.
Maldije internamente, sin despegar los ojos del trozo de tarta a medio comer. Ni siquiera tenía el valor de mirarla. No porque no quisiera, sino porque no podía. Porque cada vez que lo hacía, me enfrentaba a todo lo que no podía darle. Todo lo que yo quería darle.
—Necesitamos hablar.
Sin quererlo, torcí el gesto. Si mirarla me arrastraba al abismo, escucharla hacía añicos la realidad a la que me aferraba con uñas y dientes. Ella lo notó, claro que lo notó. Sentí sus dagas perforar mi cabeza y las ganas que tenía de darme dos tiros me dejaron sin aire momentáneamente. Sin embargo, no dijo nada. Para mi sorpresa, esperó que le respondiera.
Tenía razón. Necesitábamos hablar. Lo que había pasado con Adalia hacía no más de tres horas había sido demasiado, y Arabella lo había sacado de contexto porque Adalia así lo quiso. Pero también había sido mi maldita culpa. Me presté para ello al momento en que no la detuve, en que no la mandé a la mierda, en el momento en que no pude rebatirle nada a la mujer de mi vida porque no encontraba la fuerza para siquiera encontrar mi jodida voz.
Sin embargo, no podía. No pude en su momento, no podía ahora. No era capaz de mirarla a la cara sin caer en mi mierda, no era capaz de estar a su alrededor sin volver a arder en mi maldito infierno y me molestaba jodidamente demasiado porque lo único que quería hacer era clavar mis ojos en ella, pedirle perdón por enésima vez y arrodillarme ante ella hasta que lo hiciera.
—¿Puede esperar? —terminé diciendo entre dientes, sin despegar la mirada del pequeño plato azul—. Tengo un par de reuniones más, pero puedo hacerte un espacio luego de eso.
Mentía a medias; las reuniones eran reales, pero en cuanto las palabras salieron de mi boca, lo lamenté. Desde que conocí a Arabella, nunca había puesto algo por encima de ella. Jamás. Y comenzar a hacerlo ahora, aunque fuera inconsciente, era demasiado. Supe que para ella también cuando sentí como el aire entre nosotros se volvió irrespirable.
—¿Disculpa? —siseó, llena de rabia—. ¿Hacerme un espacio? ¿A mí? ¿Me ves cara de que exijo ser parte de tu agenda como si fuera una maldita reunión pendiente?
«No, princesa… pero no puedo soportar estar contigo más de dos putos minutos sin adentrarme en mi pesadilla infernal por más que no quiera», pensé, mientras la veía colocar las manos con fuerza sobre la mesa, visiblemente furiosa.
—No, por supuesto que no, porque ni siquiera has tenido la decencia de mirarme a la cara por más de diez segundos continuos antes de apartar la vista, como si yo hubiese pateado a tu bendito perro, Rush.
Apreté la mandíbula, molesto conmigo mismo.
Jodida mierda, ella tenía razón, y eso me jodía más de lo que podía soportar. Quería mirarla, abrazarla, hundirme en ella como siempre había hecho. Pero no podía. No era capaz.
—Princesa…
—¡No! —tiró la silla hacia atrás y se sentó frente a mí, arruinando lo poco que quedaba de mi control—. Esta vez te callas y me escuchas, Rush. Estoy harta, cansada de ser ignorada por ti. Se suponía que lo habíamos hablado, que iríamos con calma, ¡pero me ignoraste! ¡Agarraste y me ignoraste una vez más como si no te valiera nada! ¿Si te haces una idea de lo mucho que dolió? ¿De lo mucho que volviste a abrir la herida al verte feliz, como si nada hubiese pasado en tu vida, con esa horrible mujer?
—Princesa, para…
—¡No, Rush! —me interrumpió, su voz quebrándose, y por un segundo vi todo el dolor que intentaba contener—. ¡Escúchame! Entiendo todo lo que pasaste porque solo tú sabes cuánto sufriste. ¡Pero no estuviste solo en eso! También sufrí, también me jodieron —«Mierda, Rush. No vayas por ahí…»—. Pero a ti nunca te culpé de ello, nunca me alejé, nunca te di la espalda.
Su voz me atravesó, y sentí cómo el peso de sus palabras me aplastaba más allá de lo que podía soportar.
—En el momento que me separaron de ti, lo único que podía hacer, pese a que no estaba en mis benditos cinco sentidos, fue preocuparme por ti, pensarte y matar a cada persona que me obstaculizara el camino para llegar a ti. Y lo hice, te encontré porque el maldito cani abrió la boca de más, pensando que nunca llegaría a ti, que nunca te encontraría.
Cada palabra era como un maldito puñal en mi pecho, porque aunque había información nueva en su versión de la historia, sabía que todo lo que decía era verdad.
—Te busqué, te encontré —continuó, su voz quebrándose aún más—, te saqué de ese horrible lugar con mi cordura vuelta mierda en cuanto te vi ahí colgado como si fueras un animal. Traté de mantenerte conmigo en ese espantoso trayecto en el helicóptero con el corazón en la garganta, aunque no hice ni mierda porque me quedé fría al ver lo mucho que habías sufrido. Esperé no sé cuántas interminables horas para verte, sentada en una bendita silla, sin poder ser consciente de mi cuerpo, luego del peor vuelo de mi vida, y… ¿Todo eso para qué? ¿Para qué, de la nada, le dieras luz verde a todo el bendito mundo para verte menos a mí? ¿¡A mí!? Me alejaste sin titubear, dejándome a la deriva. Sola. Rota. Peor de cómo había llegado, porque en el momento que te vi, que me besaste, que me abrazaste como si nunca quisieras soltarme, las piezas que tenía resquebrajadas las arreglaste. Con un solo acto, arreglaste lo que por tu mano no fue roto, pero que dejaste caer desde las alturas, dejándome en pedazos inútiles, en el momento que decidiste alejarme.
»Dolió, Rush. Me dolió como no tienes una puta idea. ¿Pero sabes qué es lo que más duele? Que, pese a que fui yo, junto a tu familia, quienes no les importó sacrificarse a sí mismos por ti ese día, y que con gusto lo volverían a hacer, tú no tengas los cojones suficientes para mirarme a la maldita cara y resolver esto como harían dos personas adultas, mostrando así un atisbo de agradecimiento a tus hermanos por tal acto de amor que volverían, repito, a hacer sin pensarlo dos veces porque eres lo más importante que tienen en sus vidas.
La verdad en sus palabras me golpeaba con cada sílaba. Tenía razón. Lo sabía, maldita sea, lo sabía, pero no podía evitarlo. No estaba soportándolo, mi mente no estaba soportándolo. Si ella seguía hablando, yo iba a hundirme, y sería peor para los dos. Ya había perdido el control antes, ya había vuelto mierda la oficina de Justine una vez al instante de perder lo que me anclaba a la realidad. Y peor aún, ya le había puesto una mano encima a la razón de mi existencia, confundido, porque mi mierda creyó que era el maldito perro. No iba a soportar ponerle un solo dedo encima otra vez. Preferiría cortarme las putas manos antes de volver a siquiera rozarla con ira.
—¿Te crees que todo esto no les afecta a ellos también? ¿Qué el notar como haces todo en tu poder para evitarme, para mantenerme lejos, para no entablar una jodida conversación no les molesta? ¿Qué ver cómo me desplazas, prefiriendo la compañía de una mujer que no hace más que menospreciar a tus hermanos a tus espaldas, no les descoloca? ¿Qué mierda está pasando contigo ahora, Rush? ¿Por qué el cambio otra vez? ¿Por qué diablos ella otra vez? ¿Qué es lo que no me estás diciendo?
No respondí. No podía. Ni siquiera pude levantar la cabeza. Mierda, ni eso era capaz de hacer. Los que sabían de mi situación tenían prohibido decirle algo a ella. La verdad debía decírsela yo. Ella lo escucharía de mí porque se merecía eso. Era lo mínimo que podía darle, pero no pude. Creí que, cuando llegara el momento, estaría listo para confesárselo. Que podría explicarle lo mucho que Alexey me había jodido, asegurándose de que pese a que saliera del hoyo en el que me mantuvo, las cosas no volvieran a ser las mismas para mí. Para nosotros dos.
Pero el momento estaba aquí, y yo estaba tragándome las palabras. Porque había algo más que me ataba la lengua: mi maldito orgullo.
No estaba listo para decirle que era un adicto. Un adicto a algo que me había vuelto mierda la cabeza, pero que ahora se había vuelto una necesidad mental para tratar de entender y controlar lo que estaba sucediendo en ella, para intentar de mantener mi jodida cordura. Contarle que dependía de esa mierda para encontrar algo de claridad, algo de control en medio de mi caos mental, era… Humillante. Ella no necesitaba saberlo. No necesitaba saber como básicamente tenía que recurrir a esa basura para no perderme por completo en mi propio infierno porque ya ni Adalia, por más que lo intentaba, podía mantenerme anclado aquí. Ella ya no me estaba sirviendo.
Y así como ella no lo necesitaba saber, mucho menos mis hermanos. Justine y Harrison lo sabían. Y sabían que ninguno tenía permitido abrir la boca. A nadie.
—Te estoy perdiendo —susurró ella de repente, y esas palabras fueron como un cuchillo directo al pecho, desgarrándome por dentro—. Lo siento en cada mirada, en cada silencio, en cómo te escapas de mí. Pero no voy a perseguirte. No soy de las que suplican, ni mucho menos de esas que se arrastran por migajas. Aprendí algo de ti, Rush. Aprendí que aunque por ti movería el mundo entero, por mí haría que todo ardiera hasta las cenizas. Y si eso significa perderte en el proceso porque te niegas a poner de tu parte, pues que así sea.
«Maldita sea».
La garganta se me cerró. ¿En qué momento habíamos llegado a eso? Cada fibra de mi ser quería detenerla, decirle que tenía razón, que la necesitaba, que era un maldito hijo de perra por alejarla. Pero no pude. El miedo y el orgullo me paralizaban. El miedo a admitir que ya no me veía siendo el hombre que ella merecía. El miedo a que, aunque lo intentara, seguiría fallando, y eso ella no se lo merecía.
—Mírame, Rush —dijo, y aunque estaba furiosa, su voz la oí como una súplica desgarradora, cargada de dolor—. Mírame.
Mis manos temblaron. Sentí el sudor frío recorriendo mi espalda.
«No puedo. No puedo mirarte, porque si lo hago, vas a ver lo que está mal conmigo. Vas a ver el desastre que soy y me niego a que lo veas».
Pero, contra mi voluntad, levanté la mirada. Solo un poco. Lo suficiente para ver aquellas piscinas oscuras en las que me perdería por horas, tan solo para ver esos orbes cristalizados por lágrimas no derramadas, llenos de rabia, de dolor… y de amor. Y en ese maldito momento, quise desaparecer.
Ella me sostuvo la mirada, aunque fuera por un segundo, antes de que yo volviera a apartarla, incapaz de soportarlo más. La jodida grieta en el piso se abrió aún más y estaba a punto de sucumbir ante mi mierda. Maldije a Alexey en cada maldito idioma que sabía mientras me odiaba. Me odié porque lo único que quería hacer era abrazarla y decirle que todo iba a estar bien, contarle todo mi puto martirio. Pero no podía. No podía, maldita sea.
Y fue por eso que me fui. Sin darle una segunda mirada, me levanté y salí del maldito comedor, tratando de aguantar el golpe de mi pesadilla mientras me aferraba a mi realidad.
Gritos.
Risas.
Un disparo.
Sangre.
Corrí lo más rápido que pude en cuanto toqué los pasillos del búnker y me encerré en el primer armario que encontré, rodeándome de la oscuridad que el lugar me proporcionaba, cayendo en mi pesadilla una vez más en contra de mi maldita voluntad.
«Perdóname, princesa».
Eso era lo que quería decirle.
Eso era lo que quería gritar.
Pero las palabras nunca salieron. Porque al final, yo no tenía fuerzas para luchar. Y lo que más dolía, lo que permitió que las lágrimas se deslizaran por mis ojos mientras me introducía en mi hoyo, lo que quemaba por dentro, era que sabía que la estaba perdiendo, que si no arreglaba mis mierdas rápido, la iba a perder definitivamente.
Y todo sería por mi maldita culpa.
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