1. Let's Play - Capítulo 69
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Capítulo 69: 66
¿Dignidad, dijiste? No. No sé qué es eso
Hay una satisfacción retorcida en ver cómo todo se desmorona al final, porque solo cuando el caos estalla es que el verdadero jugador demuestra de qué está hecho
Arabella
La conversación había desmoronado cada vestigio de racionalidad que creí tener sobre él, así como lo poco que había logrado reconstruir de mi corazón hace un par de horas atrás.
Pero, mierda, no lloré.
Había jurado que lo haría. Había jurado que me echaría a llorar en cuanto desapareciera de mi vista, con esa expresión vacía que me hizo sentir que era un espectro. Pero no pasó. Ninguna lágrima cayó. Ningún sollozo se deslizó de mis labios.
Diría que la falta de lágrimas se debía a haber dejado mi alma en mi almohada mientras lloraba hasta el cansancio, refugiándome en mi habitación para alejarme del mundo externo, pero no. Lo que me mantenía seca, mirando el plato en el que él no había dejado de clavar la mirada durante toda la conversación, era mi rabia.
Pura y simple rabia.
Había salido de la habitación con la intención de ahogar mis penas en la reserva de mousse de chocolate que el rubio me había dejado para cuando lo necesitara. Cruzarme con Rush no había sido mi idea porque, honestamente, de la única manera en la que quería verlo era ahogado en una piscina… y ni así. Sin embargo, mi suerte era una mierda. No tuve que dar ni tres pasos en dirección a la cocina, luego de entrar al comedor, cuando sentí su presencia arrolladora. La ira me invadió al segundo que lo sentí, y por eso fue que mis pies se movieron a su dirección y que mi boca se abrió para exigir que hablara conmigo.
Fue un error humillante. Había dicho que no me iba a rebajar a tanto, ¡lo había dicho en frente de todo el bendito mundo y me lo había prometido mientras tenía la cabeza sepultaba entre almohadas! Pero mi cabeza solo tuvo que verlo para mandar a la mierda mi voluntad.
Quise golpearme contra una pared cuando él abrió la boca. Las ganas que tenía de girarle la cabeza a base de una cachetada dolían. La mano me escocía, picaba y gritaba por ser utilizada mientras mi corazón se hundía cada vez más y más al instante en que me rechazó —otra maldita vez— sin pensárselo dos veces. No sé cómo me contuve en toda la conversación, pero lo logré, y aunque quería felicitarme por eso, las ganas quedaron calcinadas en el infierno cuando él simplemente se levantó y se fue, dejándome sola.
Supuse que eso explicaba por qué no había lágrimas. Ahora, cada vez que me permitía pensar en él y en sus intentos de excusas, el enojo era lo único que me mantenía en pie aun después de pasar por esa conversación inútil hace no más de quince minutos.
Dije que no iba a ir detrás de él, que no lo seguiría, y mantendría esa promesa. Él no estaba asumiendo sus mierdas, no estaba enfrentando sus problemas ni dispuesto a soltar lo que sea que me estaba ocultando. No podía ser tan ciego para no ver lo jodido que estaba todo. Y eso me enfurecía. Me molestaba que prefiriera esconderse en sus miserias y permitir que todo se fuera a la mierda antes de admitir cualquier cosa.
Así que no. No habría lágrimas para él. Solo rabia, porque para mí me era más fácil lidiar con la ira que con la tristeza que no me permitía tener. Era más sencillo canalizar mi frustración en mi furia que en lágrimas que no me ayudarían a resolver nada.
Entonces, cuando él se fue, dejándome sola con toda mi mierda, me levanté y fui al único lugar donde nadie, después de ver el espectáculo a la hora del almuerzo, me molestaría. Inspiré profundo al llegar a la estancia vacía, impregnándome del olor a detergente de limón y rastros de sudor, y caminé hasta los sacos de boxeo.
Me quité la sudadera y los zapatos, quedando en medias cortas con pequeñas orejas de conejo que me había regalado Mila hace días y un top deportivo azul.
Dejé mis cosas en el banquillo vacío a unos metros de mí. Luego, tomé unos guantes de mi talla en los estantes que decoraban el lugar. Antes de ponérmelos, me atajé el cabello en una cola de caballo lo bastante alta para que no me molestara y cuando estuve lista, me sumí en descargar mi mierda con mi buen amigo el señor Receptor de Mierdas.
Pasaron varios minutos, lo bastante largos para que yo estuviera sudando y las manos me dolieran. Los golpes agresivos que le daba al señor Receptor resonaban por toda la estancia mientras que el sudor corría por toda mi espalda. Agradecí que la sala se mantuviera vacía para poder descargar mi frustración a gusto, sin tener que estar respondiendo preguntas estúpidas o…
—Así que aquí estabas —se anunció una suicida a mis espaldas, en el momento justo que estampaba una patada al costado del saco—. Eres escurridiza cuando quieres.
—No estoy de humor —espeté, sacudiendo al saco con otra patada.
—Dame algo nuevo —suspiró, dejándose caer en el banquillo, cerca de mis cosas—. ¿Sabes? Nunca pensé que eso de los celos fuera lo tuyo —dijo con una ligereza que me hizo desear que el escaso sentido del humor que le contagió Rise se volviera a evaporar.
—Kendall —advertí sin dejar de repartir golpes.
—Por los detalles jugosos, me imagino que fue una escena bastante intensa la de hace rato.
—Vete a la mierda —siseé entre jadeos, empezando a molestarme.
—¿Qué haces? —me ignoró por completo, a pesar de que la respuesta estaba justo en sus narices.
Me concentré en sacarle la mierda al Receptor hasta que escuché el suspiro pesado que siempre me daba cuando la ignoraba. Kendall detestaba eso, y aunque justo ahora no me importaba en lo más mínimo, si no le respondía, seguiría hablando, y yo no estaba dispuesta a contenerme a la hora de estamparle un golpe en su pequeña y refinada nariz.
—Imagino que el saco es Adalia y que sus costados forman partes del cuerpo de Rush —decidí responderle de mala gana, ganándome risitas de su parte.
Después de una repetición de piernas con el saco, respiré hondo y apoyé la frente en su superficie para luego visualizar a mi amiga por completo.
Ella me devolvió la mirada con cautela.
—Volví a hablar con él.
—Me lo imaginé.
—Me dejó sola.
—También lo imaginé.
—Dije que no iba a ir detrás de él esta vez.
—Muy propio de ti.
—Salió del lugar sin decir nada.
Ahí frunció los labios en una fina línea y entrecerró los ojos, molesta.
—Por supuesto.
—No sé qué tanto vaya a aguantar todo esto —me sinceré.
Kendall soltó un suspiro pesado y luego gruñó.
—Déjame darle un tiro —imploró, pasados unos segundos—. Solo uno. Verás cómo te sentirás mejor después de eso, te lo prometo.
Sonreí sin quererlo.
Kendall había hecho todo lo posible para mantenerse al margen, estando ahí cuando la necesitaba, pero evitando soltar cualquier palabra en contra de Rush por más que le viera las ganas de hacerlo porque sabía que me dolería. Justo ahora, pese a que debía de verme como la mierda, para ella debía parecer emocionalmente estable para comenzar a despotricar contra él.
—Lo estoy pensando.
—Te diría que ya me encuentro asqueada de repetirte que te lo tomes con calma, que sé que estás molesta y que cada quien tiene sus formas de superar sus traumas, pero… —me miró de arriba abajo, cautelosa—, si eso es lo que quieres escuchar…
También estaba cansada de escuchar lo mismo, así que me dejé de filtros.
—Kendall, no es eso —gemí, cansada—. La verdad es que no me importa que me ignore. No me importa que no duerma en la misma cama que yo. Joder, incluso no me importa que me evite con todas sus fuerzas. Lo entiendo. Entiendo por lo que está pasando y, aunque me duele verlo así, soy muy consciente de que necesita sanar eso por su cuenta porque mi ayuda no es algo que él necesite, pero…
La rabia volvió a colarse por mi sistema, impidiéndome seguir.
—¿Pero…?
—¡Voy a terminar de morirme de un maldito ataque cardíaco si el maldito idiota sigue paseándose por cada pasillo de la baticueva con Adalia colgando de su estúpido brazo! —al mencionar su nombre, le di una patada al Receptor que lo hizo tambalear con fuerza—. ¡Puede hacer eso con cualquier persona que le dé la gana, Kendall! ¡De verdad que no me importaría menos, pero Adalia Schröder está esperando que llegue su muerte natural y yo estaría más feliz de dársela! ¡Y pese a que Rush lo sabe, no le importa una mierda!
—Bells…
—Déjalo así —gruñí, sin querer escuchar más, estampándole otra patada al saco.
Amé que lo hiciera. Mi mejor amiga se tragó todo lo que tenía para decirme y durante la siguiente hora tan solo observó como hacía mierda al Receptor hasta que el silencio roto, únicamente por el sonido de mis puños y pies conectando con el saco, la exasperaron y empezó a corregirme en todo.
—Ahí no va el pie —volvió su voz chillona y la volví a ignorar, reanudando los golpes en el saco—. Si sigues golpeando así, vas a doblarte la mano —mandé su su voz al fondo de mi cabeza—. Bells, el pie.
Tras minutos de sus estúpidas correcciones de mierda, lo tuve claro: no iba a soportar más. Con ella distrayéndose con mis pies, aproveché. Sin pensarlo, me quité uno de mis guantes y se lo lancé en toda la cara. Ella se echó a reír al recibir el golpe y, con un brillo en los ojos, le señalé el cuadrilátero con la barbilla.
—Ya que estás tan parlanchina el día de hoy, súbete —le ordené, caminando hacia mi segunda casa.
—¿Vas a desquitar tu humor conmigo? —rió, sin tomarse en serio mi amenaza. Se dirigió al estante, buscando unos guantes demasiado emocionada para soportarla—. Eso no es muy amoroso de tu parte, Bells.
—Más bien espero que Rise no sea de besarte tanto —murmuré entre dientes, metiéndome entre las cuerdas del ring, para ir a mi esquina.
Kendall siguió riendo, ocupando su esquina. Pero cuando lanzó fuera del ring los guantes, incluyendo el que le había tirado, y deslizó un par de dagas por el suelo hasta mis pies, supe que quizás esto lo iba a disfrutar mucho más de lo que quería admitir.
—¿Qué? —dijo con un encogimiento de hombros al ver mi expresión cuando las agarré—. Es más divertido así.
—No me molesta que te queden moretones en la cara. Los luces y te los mereces por parlanchina. Pero, ¿estás segura que también le quieres añadir los cortes? ¿Qué tan poco Rise ama tu físico para que llegues a tales extremos? —pregunté, mientras me quitaba el otro guante.
Kendall soltó una risa despreocupada y me lanzó una mirada descarada.
—Te puedo decir lo mucho que Rise ama mi cara y en qué posiciones la prefiere, si tanto te interesa saber —levanté una ceja, expectante. Sabía que me iba a dar alguna respuesta sarcástica, pero su mueca fue tan graciosa que no pude evitar soltar una carcajada—. Eres una pervertida.
Jugueteé con la daga en mi mano, midiendo el peso y sintiendo la familiaridad del metal frío en mis dedos.
—Tu vida sexual es lo más emocionante que tengo ahora. Además, jamás me imaginé que Rise fuera tan posesivo como para incluso usar contigo tales juguetes que…
—¡Arabella! —exclamó, escandalizada, y me eché a reír. Su expresión era impagable—. ¿Sabes qué? Te iba a dar ventaja, pero me retracto —dijo, volviendo a su tono desafiante mientras se deslizaba las dagas entre los dedos—. Hoy primero vas a tener que besar el piso al menos dos veces antes de siquiera tocarme un solo mechón de cabello, y no vas a hacer nada para evitarlo porque estás lo bastante floja para siquiera rozarme la nariz.
Divertida, entrecerré los ojos en su dirección, pero no rebatí. Nunca lo hacía con ella. Kendall tenía la suficiente experiencia para romperme el cuello como si de una rama de apio se tratase apenas con parpadear por medio segundo. Pese a lo pequeña y hermosa, la maldita era la única persona que podía barrer el piso conmigo en cuestión de minutos si así lo quería, gracias al nivel intenso de entrenamiento al que Harrison la había sometido desde Dios sabía cuándo, dejándome siempre en segundo lugar cada vez que teníamos que irnos a golpes en los entrenamientos que mi jefe organizaba.
Nuestras peleas en la mansión siempre eran las que llamaban la atención de todo el mundo y, aunque también duraban sus buenos minutos dependiendo de mi orgullo, eran tanto divertidas como peligrosas por ciertos retos que ambas nos dedicamos a cumplir. Lo de las dagas eran lo de menos. Una vez, incluso jugueteamos con espadas. A Harrison no le gustó la idea y guardó las armas de edad media fuera de nuestro alcance, luego de que ambas casi perdiéramos alguna extremidad.
—¿Estás lista?
Kendall puso los ojos en blanco y se lanzó primero. Su primer ataque fue rápido, lanzándose hacia mí con una serie de estocadas que apenas logré bloquear. El sonido metálico de nuestras dagas chocando llenó el aire. Sentí el impacto de cada golpe recorriendo mis brazos, recordándome cuánto había perdido en velocidad y fuerza. Pero me negaba a que esto acabara tan rápido. Quería sacarle todo el jugo posible. Mi frustración lo estaba pidiendo a gritos.
—¿Ves? Muy floja —se burló entre risas, esquivando con facilidad otro de mis intentos de ataque—. Si sigues así, Bells, no vas a aguantar mucho.
Sabía que tenía razón, pero no lo iba a admitir. En lugar de responder, me concentré en nuestros movimientos, en cada ataque que lanzaba y en cada defensa que debía improvisar para no quedar desarmada. Kendall no solo era rápida, precisa y fuerte, también era capaz de leer mis movimientos, anticipándose como si pudiera leerme la mente. Gracias a todos los años de entrenamiento, estábamos tan conectadas que a veces parecía que luchaba contra un espejo.
Pero esta vez, la rabia me alimentaba. Una rabia que se dirigía a todo lo que no podía controlar: a Rush, que parecía más interesado en pasar ratos placenteros con Adalia que conmigo; a Adalia, que se colgaba de él como su fuera su maldita dueña; y a mí misma, por sentirme tan impotente.
Los primeros minutos fueron un intercambio frenético de ataques, jadeos y defensas, pero pronto me di cuenta de que Kendall estaba midiendo su fuerza, probándome, tal vez esperando a que mostrara signos de agotamiento. Me enfureció que pensara que necesitaba su condescendencia.
—Deja de reprimirte, hija de perra —gruñí, lanzándome hacia ella con toda la fuerza que pude reunir, obligándola a retroceder.
Kendall sonrió, esa sonrisa de satisfacción que me sacaba de quicio, que no dejaba lugar a dudas de que me estaba disfrutando, mientras retrocedía con elegancia. Sus movimientos seguían siendo fluidos, casi danzando a mi alrededor, sin esfuerzo, bloqueando cada ataque que le lanzaba. Mis ataques respondían a los suyos, pero ella estaba cada vez más cerca de acorralarme. Sentí el calor subir por mi cuello, la mezcla de adrenalina y frustración ardiendo en mi pecho, pero sonreí feliz cuando vi mi oportunidad segundos después. Logré una apertura y mi daga rozó su brazo, dejándole una línea fina de sangre.
—Aparte que te disocias de la vida, vienes y también disocias los golpes —me reí, lanzándole cuatro golpes directos en su tórax—. Estás pero lo que le sigue de pendeja, Kends.
Ella jadeó, pero no perdió su compostura.
—Mira quien está de parlanchina ahora —respondió, y antes de que pudiera reaccionar, varios puñetazos aterrizaron directo a mis costados, dejándome sin aliento—. ¿Duele?
—Perra —siseé entre dientes, sintiendo el dolor irradiar por mi cuerpo.
Nos desplomamos en el suelo varias veces, rodando por el cuadrilátero, intentando ganar la ventaja. En uno de esos intercambios, Kendall logró inmovilizarme, clavando una rodilla en mi estómago y la hoja de su daga a milímetros de mi garganta. Respiré con dificultad, la mirada fija en la suya. Sus ojos brillaban con determinación, pero también con algo de diversión.
—¿Has tenido suficiente?
—Vete al diablo —le respondí, con la voz ahogada por el esfuerzo.
Con un movimiento rápido, giré sobre mi eje, usando el impulso para liberarme de su agarre. La sorprendí, logrando colocarme sobre ella, pero sabía que no duraría mucho. Kendall reaccionó de inmediato, y antes de que pudiera hacer nada más, me había desarmado, tirando mi daga lejos. Sus piernas se enredaron en mi cuello y de un momento a otro estaba en el piso una vez más, con la espalda matándome por el golpe y la preciosa cara de mi mejor amiga decorada con una sonrisa.
—¿De verdad no estás lista o quieres seguir besando el piso un rato más?
—Te detesto —mascullé, haciendo que riera y se distrajera por un segundo. Eso fue lo que me bastó para tomarla de su pie derecho, jalarlo hacia mí, haciéndola rodar hasta quedar encima de ella—. ¿Qué tal el suelo? ¿Muy frío para ti?
Kendall frunció el ceño, negando con la cabeza. La pelea continuó así, un intercambio constante de dominio. A pesar de que ambas terminamos en el suelo varias veces, ninguna cedió. Nos levantábamos una y otra vez, nuestras dagas volviendo a encontrarse, el sonido del metal chocando resonando en el ring.
Después de lo que parecieron horas, ambas nos encontramos de nuevo en el suelo, bañadas en sudor, jadeando por aire, estando más allá que de acá. Con tan solo una mirada, sabíamos que habíamos llegado a un empate.
—¿Contenta ahora? —preguntó entre jadeos cortos.
—Ni de cerca —respondí, tratando de recuperar el aliento—, pero puede bastar por ahora.
Kendall soltó una risa suave y se dejó caer de espaldas, mirando al techo del gimnasio. Hice lo mismo, sintiendo cómo la frustración en mi cuerpo comenzaba a desvanecerse, reemplazada por una extraña calma que no recordaba haber sentido en días. No era mucho, pero era algo.
Había algo en esos juegos con Kendall que siempre lograba poner todo en perspectiva, que me hacía soltar todo y buscar nuevas opciones a mis problemas, algo que me hacía liberar tensión de manera casi divertida. Por un rato, el odio y la rabia hacia Rush y hacia la otra horrible mujer pasaban a segundo plano, y podía permitirme un respiro.
Pero, incluso en ese momento de tranquilidad, sabía que la tormenta dentro de mí estaba lejos de disiparse. Todavía había mucha rabia acumulada y muchos pensamientos sin respuestas, sin embargo, por ahora, el empate sería suficiente para mantenerme a flote.
«Creo».
—Ahora, eso fue bastante interesante de ver —la seductora voz de Rise me sacó del trance. Levanté la cabeza y lo encontré apoyado en una de las esquinas del ring, con una sonrisa maliciosa—. Estuve tentado a interrumpir. Dos veces para ser exactos. ¿Podrían, la próxima vez, dejar las dagas fuera de su repertorio de armas?
—¿Para incluir qué? —me incorporé con lentitud, ayudando a mi mejor amiga a levantarse también— ¿Una piscina de gelatina y bikinis?
Ellos se echaron a reír, Rise más fuerte que Kendall, como si la idea le pareciera de lo más atractiva.
—¿La propuesta puede ser privada?
—No, cariño. Necesito, mínimo, veinte personas alrededor —le guiñé un ojo, devolviéndole la provocación—. Mi ego no se infla lo suficiente con solo una sola persona mirándome como si quisiera follarme en veinte posiciones diferentes.
Rise soltó una risa entre dientes.
—Pensé que nos encontraríamos más tarde —comentó Kendall, saliendo del ring conmigo detrás—. ¿Liam necesita algo o…?
—¿Sí sabes qué hora es?
Me senté en el banquillo, colocándome los zapatos, mientras observaba como Rise miraba divertido a mi mejor amiga cuando ella explayó los ojos al momento de tomar su celular.
—¿En qué momento…? —masculló entre dientes, volviendo la mirada a Rise—. La reunión…
—Imagínate mi sorpresa cuando entré a la sala de comandos y la encontré llena de gente, esperando por ti —Rise la miraba entretenido—. La reunión estaba programada para hace cinco minutos, por cierto. Harrison me mandó a buscarte, sol.
Kendall maldijo entre dientes, y la expresión de “lo olvidé” que en un día normal, siempre la cargaba yo, esta vez quedó grabada en su semblante. Rise solo rió.
Los ojos de mi mejor amiga saltaron de él a mí varias veces, insegura de qué hacer. Divertida, suspiré y me levanté.
—Ve —dije para matar su tormento—. Yo me quedaré un poco más.
Eché un vistazo rápido por encima de su cabeza el reloj gigante que estaba en la columna de atrás. Seis y quince. Era temprano. Aún tenía otros quince minutos para mí antes de que llegara Levine para sacarme la mierda. Aprovecharía esos minutos para pasear por ahí o probaría algunas combinaciones con el Receptor.
—¿Estás segura? —Kendall me miró con recelo—. Puedo quedarme, y si no quieres, puedo llevarte. A Harrison no le importará.
Arrugué la nariz mientras desestimaba su oferta con una ligera sacudida de cabeza. Reuniones significaba estar cerca de Rush y de la mujer insoportable. No podía lidiar con eso ahora y ella lo sabía.
—Tengo quince minutos para mí antes de que llegue Levine —le aseguré—. Prefiero quedarme con él y escuchar sus gritos que escuchar el sermón que Harrison me dará por faltar a una sola clase con el idiota.
—¿Sabes? —intervino Rise, encogiéndose de hombros—. No creo que nadie extrañe a Adalia si decides sacar tu mierda con ella en lugar de con Levine. Estoy malditamente seguro de que a Blaz tampoco le importaría.
Sonreí de soslayo.
—Suena tentador.
—Apuesto que sí —Rise se inclinó para depositar un beso en mi frente y alborotó mi cabello en el proceso—. Nos vemos en la cena, preciosa.
Kendall me lanzó una mirada preocupada, pero sabía que yo podía manejarme.
—En serio puedo quedarme —musitó, entrelazando su mano con la de Rise—. Tú solo pídelo.
Coloqué los ojos en blanco.
—Si no empiezas a caminar de una buena vez, es capaz que Harrison se aparezca de la nada y forme un lío por hacerlo esperar —pinché sus mejillas con cariño—. Te prometo que estaré bien, Kends. Incluso, en la cena, te pediré todos los detalles de cómo Rise usa esa cadena rosada en ti cada que…
—¡Vete a la mierda! —su voz se elevó dos octavas, arrastrando a un muy divertido Rise hasta la salida.
Una sonrisa más grande se extendió por mis labios y desapareció cuando el lugar quedó vacío una vez más. Quise volver a sentarme y distraerme con el teléfono que Riden me había regalado, pero el artefacto se había quedado en mi habitación, en una de las gavetas de mi mesilla de noche, apagado por su escaso uso. Es que, apenas y encontraba un respiro para mí. No tenía tiempo para sentarme a revisar un celular. Además, mi vida social se limitaba a unos cuantos Massey, Kendall, Harrison y un par de personas más, incluyendo mis soldatos. Era tonto tener un teléfono conmigo, pero Riden había ordenado que lo tuviera encima todo el tiempo por si había alguna “emergencia”, sin embargo, por ahora, no había ninguna que me importara.
Sacudí la cabeza y tomé mis guantes. Me dispuse a practicar ciertas formas con el saquito hasta que, después de un rato, me encontré empapada de sudor, con las manos adoloridas otra vez. Barrí el gimnasio con la mirada solo por ociosa y… Siete y media. Fruncí el ceño y volví a mirar el reloj con más detenimiento. ¿Siete y media y aún no había rastro de Levine? Me quité los guantes, recogí mi sudadera y, tras dejar todo en su sitio, salí de la estancia.
Me dediqué a caminar por los pasillos mientras me secaba los rastros de sudor con la sudadera. Saludé a varios soldatos, pasé por la cocina en busca de agua, saludé a Drake quien me gritó desde la barra del comedor medio vacío algo que no entendí y volví a salir del comedor, en busca de mi estúpido entrenador. Tomé el ascensor y marqué el piso seis porque mis piernas no me daban para otra subida de escaleras. Al llegar y que las puertas de la caja de metal se abrieran, troté por el pasillo iluminado con bombillos blancos, atestados con gente que terminaba con su “horario de oficina”.
Había girado a la derecha, al pasillo un poco más privado cuando escuché a Harrison maldecir. La oficina de Levine quedaba unas puertas más adelante que la de mi jefe, pero…
—¿En dónde? —lo escuché gruñir de mal humor.
Curiosa, me acerqué más a su puerta anormalmente abierta y me asomé.
Él se encontraba sentado en la silla detrás de su escritorio, fulminando de manera fija un punto de la oficina mientras tenía el celular pegado a su oreja.
No toqué.
Me quedé en el umbral, apoyada en el marco porque mi curiosidad era más grande que mi educación y la necesidad de buscar a Levine.
—¿Cuántos necesitas? —quien sea que estaba al otro lado de la línea le respondió a gritos, cosa que hizo a Harrison levantarse de golpe y apretar la mandíbula—. Van para allá.
Dicho eso, de mala gana colgó. El suspiro largo más la sarta de maldiciones en alemán me dieron la pista que necesitaba para saber que algo andaba mucho peor que mal.
—¿Qué es? —cuestioné, adentrándome sin permiso.
Harrison ni se molestó en prestarme atención. Él solo volvió a su teléfono, llamando a Dios sabía quién, luego de teclear de manera incesante por dos minutos.
—Dame treinta personas, móntalos a todos en los malditos jets y mándalos a Londres. Kaela necesita refuerzos —ordenó con voz dura—. Te envié los detalles, nos vemos en la pista en quince minutos —dijo y colgó.
Fue fugaz, pero aun así el sentimiento de que la vida me estaba sonriendo se arraigó con fuerza en mis costillas y no lo solté.
La vida de verdad me estaba sonriendo.
Ella no quería que me quedara en mi habitación, matándome la cabeza, intentando entender el modus operandi que Rush venía llevando desde hace días, y tampoco quería que buscara a Levine.
No.
La vida quería que me levantara y tomara la primera distracción que tuviera para distraerme de mis problemas.
Por eso, si la vida me colocaba las oportunidades en la cara, ¿quién era yo para ignorarlas?
Harrison se estaba colocando la chaqueta de su traje para cuando se dignó a mirarme, frunciendo el ceño.
—¿Por qué estás aquí? Deberías estar con…
—Voy a ir —solté con entusiasmo, antes que siguiera con el guión que conocía de memoria—. Sólo dime quien estará a cargo de…
Ese brillo asesino en esos zafiros azules, fríos como un maldito témpano, fue lo que hizo que mi voz fuera disminuyendo con todo y energía.
—Te encanta pasarte todo lo que te he dicho los últimos días por el culo, ¿verdad, Ekaterina? —siseó, bastante molesto.
«Oh, uh».
—Pero…
—¡No! —tajó de raíz—. ¿Ir para dónde? ¿A qué diablos? Tu vida, hasta que Nikolay termine de pudrirse en el infierno, está en estos ocho pisos, no afuera donde el maldito Boss tiene tu cabeza publicada en cada esquina, esperando a que salgas para ponerte las manos encima —el brillo asesino resplandeció con más fuerza—. ¿Eso lo captas o tengo que encerrarte en estas cuatro paredes hasta que lo entiendas?
Le lancé una mirada asesina, pero me mordí la lengua. No por él, sino por lo que era capaz de decir y, pese a que no abrí la boca, Harrison entrecerró sus ojos en mi dirección, escrutándome con su mirada hasta que me sentí incómoda.
Pensé que diría algo, pero solo negó con la cabeza y salió de su oficina, azotando la puerta al salir. Dejé de respirar para poder escuchar el sonido del cerrojo, pero mis pulmones volvieron a pasar aire cuando no se escuchó nada y pude salir de la bonita oficina segundos después.
Mis pies se movieron por inercia.
Ellos me guiaron a mi habitación, me hicieron tomar una ducha rápida, hicieron un complot con mis manos para secarme, cepillarme los dientes a toda velocidad, tomar el enterizo táctico recién lavado que Kendall había dejado días atrás en una de mis gavetas y colocármelo. Mis pies me hicieron caminar hasta la sala de armas, tomando todo lo que necesitaba para no morir en el intento de defenderme, y luego me guiaron hasta el ascensor.
Debería decir que cuando las puertas de la caja de metal se volvieron a cerrar, mis pies hicieron el complot con mis manos para que apretaran el botón del primer piso al que tenía prohibido pisar sola por mi propia seguridad, pero no.
Quien decidió pasarse por el culo cada orden y prohibición, quien decidió enterrar el drama de Rush en un espacio negro de mi cabeza, quien decidió no perder tiempo en buscar al estresante de Levine, quien decidió adentrarse a uno de los jets que mantenían las puertas abiertas de par en par, aprovechando que había un sinfín de personas regadas pero concentradas en lo que sea que uno de los Massey estaba diciendo, no fueron mis pies.
Fui yo.
Fue mi persona quien decidió subir las escaleras lo más rápido posible. Fue mi persona quien se escondió en la única zona de descanso que se reservaba para quien hiciera de azafata en su momento. Y fue mi persona quien rebosó en felicidad y adrenalina pura cuando logró su cometido sin que nadie se diera cuenta de su mera presencia.
—Soy el mejor puto soldato del jodido continente, Dios mío —mascullé, feliz, dejándome caer en la pequeña cama, abrazando una de las almohadas en el proceso mientras cerraba los ojos, regocijándome en mi propia genialidad—. Merezco un premio.
—Claro, y mientras imaginas que recibes la medalla, ¿quieres explicarme qué diablos haces aquí?
Abrí los ojos de golpe y la mirada se me fue a la única entrada del pequeño espacio. Maldije mentalmente cuando un bonito hombre de cabello castaño, metido en un enterizo al igual que el mío, estaba apoyado y cruzado de brazos en el umbral, me devolvía la mirada con ese brillo de diversión y expectación que era típico de él.
—Harrison…
—Ni lo intentes —resopló él—. Todo el mundo sabe que tienes prohibido salir del búnker por más que te empeñes en negarlo y, si él o cualquiera te hubiesen dado permiso, estarías en cualquier lugar menos este, lo que me lleva a… ¿cómo rayos siquiera sabías que este lugar existía?
Las excusas que tenía de respaldo abandonaron mi cabeza al escucharlo. No tenía caso y él tenía razón, así que suspiré mientras me incorporaba en la cama.
—Riden me dio un tour guiado por cada jet —admití a regañadientes. Nathaniel levantó una ceja—. ¿Qué tengo que hacer para que no…?
—Nada porque en este mismo instante te bajas —señaló la puerta—. Ser suicida no es una de mis cualidades y no me quiero imaginar qué tipos de juegos sádicos son los que tendrá Rush para mí si se llega a enterar que permití que salieras de una nación constitutiva sin su permiso, así que…
Furiosa, fruncí la nariz y fulminé a mi soldato con la mirada. El muy imbécil no tenía ni un mes de haber llegado y ya todo el jodido mundo le temía. Era como si nunca hubiese desaparecido del planeta. Como si nada de los últimos meses hubiese pasado.
—Tu caporegime soy yo, no él —siseé, molesta.
Nathaniel rió.
—Ya, pero a quien le rindo cuentas es a Harrison y a quien le tengo miedo de que me mande al Más Allá es a Rush, Bells.
Él tenía un punto, pero aun así…
—¿Todo bien allá atrás? —cuestionó Rise, escuchándose demasiado cerca para mi gusto.
El corazón empezó a latirme desbocado. Miré a Nathaniel, sintiendo la derrota en cada parte de mi cuerpo, al momento que abrió la boca para responderle a quien debía de estar al mando de todo el operativo.
Me comencé a levantar de la pequeña cama, evitando la mirada de mi soldato, lista para salir y escuchar los reclamos de todo el bendito mundo, pero Nathaniel no permitió que diera un paso más, volviéndome a lanzar a la cama.
—¡Sí! —respondió él, logrando que mi corazón se detuviera por un corto segundo y que la esperanza aflorara en mi sistema. Los pasos de Rise se escucharon cada vez más lejos seguido de su voz, pidiéndole a Nathaniel que se dejara de juegos y llevara su trasero a la cabina—. No obstante, por ti tengo una pequeña debilidad, caporegime. Se podría decir que es mi favorita.
Dicho eso, me dio una última sonrisa y salió del pequeño espacio, cerrando la puerta tras de sí. Extasiada, tomé una de las bonitas y cómodas almohadas y enterré mi cabeza en ella.
—Qué rico es ser la debilidad de todo el mundo —murmuré contra la almohada, esbozando una sonrisita victoriosa.
♦ ♦ ♦
Rush
Una maldita reunión más.
Podía soportar una maldita reunión más.
Era capaz de aguantar a todo el consejo concretando fechas para darle el último golpe a Alexey, escuchar sus planes y contemplar las estrategias.
Lo soportaba porque era necesario, porque el jodido bastardo estaba metiéndose de lleno en querer acabar con la poca paciencia que me quedaba al intentar obtener los puntos que le había quitado, haciendo que algunas ratas que trabajaban para mí vendieran droga que no era mía, traicionándome en el proceso.
No tenía problemas en mover mis piezas, en mandar a mi equipo de élite a eliminarme tales ratas, así como tampoco tenía problemas en mandarlos a destrozar almacenes y hundir entregas en un abrir y cerrar de ojos de quienes no estaban de mí lado.
Era mi trabajo como futuro dueño de la maldita pirámide, y lo hacía con gusto.
Pero lo que me tocaba los malditos huevos era cuando volvían a lanzarme el asunto de Ekaterina Nóvikov a la mesa, como si fuera la respuesta para todo. Cada vez que insinuaban que Arabella debería liderar las operaciones contra el Boss para así demostrarle a Nikolay que no le teníamos miedo, que sus golpes eran simples rasguños para nosotros, era un puto martirio.
Tales puntos de vista lo único que aseguraba de mí era una severa migraña y una reunión interminable.
Como ahora.
—¡No se trata de si tenemos miedo o no del jodido Boss! —troné, harto de la misma mierda—. ¡Se trata de…!
—Todos mueren, Rush —cortó Blaz Schröder, molesto, desde la pantalla—. Día y noche, cada soldato que entrenas en ese hoyo y terminas mandando al exterior, muere. Y lo hacen porque es su deber. Saben en lo que se metieron.
—Eso no significa que vamos a mandarla a un suicidio seguro —masculló Kendall, tan molesta como yo.
—Ekaterina puede…
—¡Arabella, joder! ¡Su maldito nombre es Arabella! —corregí por enésima vez, apretando la mandíbula—. Y sigue siendo un gran y puto rotundo no. Ella no sale de aquí por mucho que quieran mandarle un maldito mensaje a Nikolay Nóvikov.
—Es cuestión de estrategia, Rush —insistió Farid, su tono aburrido, como si no lleváramos meses en esta misma discusión.
La pantalla frente a mí reflejaba los rostros expectantes de los miembros del consejo, y mi paciencia estaba colgando de un hilo demasiado fino. Incluso a través de una maldita videollamada, podía sentir sus estúpidas sugerencias como un eco constante que no dejaba de martillarme la cabeza. Sin embargo, fue Farid quien recibió mi mirada asesina.
—¡Pues búsquense otra estrategia! —espeté con un tono seco, la mirada ahora clavada en cada una de las caras que aparecían en la pantalla—. ¿Les cuesta mucho ponerse a pensar en otra o qué mierda? —los observé a casi todos por un momento, dejando que el silencio incómodo hiciera su trabajo—. Vienen sacándome el mismo maldito asunto incluso antes de que Alexey le diera la gana de sepultarme en París por no sé cuánto tiempo y la respuesta sigue y seguirá siendo la misma: malditamente no.
A pesar de la distancia y la frialdad de la pantalla, mi voz cortante atravesó el espacio entre nosotros. Nadie parecía querer articular una jodida palabra más, lo cual, por un segundo, me dio un mínimo respiro.
—¡Nos vamos a enfocar en un problema a la vez, maldita sea! —mi tono se volvió aún más cortante—. Nóvikov no está jodiendo tanto como lo está haciendo Alexey. Por eso primero acabamos con ese bastardo, y luego veremos qué diablos hacer con el otro.
No necesitaba ni levantar la voz. La pura certeza en mis palabras era suficiente para que entendieran que no estaba abierto a discusiones. Pero, por lo visto, algunos aún tenían ganas de seguir jodiendo.
—A duras penas contamos con los recursos para sacar a Alexey del juego —continué—, y ahora todos ustedes quieren colocarse creativos, planeando contraataques contra el Boss como si tuviéramos hombres de sobra —me incliné hacia adelante, sosteniéndoles la mirada—. ¡Es la jodida mafia rusa! ¡No nos estaríamos enfrentando a cualquier cosa!
Y lo decía malditamente en serio. Una cosa era Alexey, que había caído por un golpe imprevisto e interino, y otra muy diferente era tocarle las narices a Nikolay.
Ya bastante mierda nos había lanzado por no entregarle a su hija, intensificando sus ataques con el pasar de los meses, pero aún así, mantenía un resquicio de calma, gracias al operativo de Chicago y la información que se logró sacar del computador privado de Alexey.
Harrison había movido bien sus piezas en nuestra ausencia, dando con la información de que Nikolay había logrado retrasar su “elección presidencial” un par de meses más. Teníamos hasta el cuarto mes del año que estábamos a punto de tocar. Por eso era que sus ataques, en los puntos que había logrado recuperar, no eran tan fuertes.
Entonces, sabiendo el potencial de amenaza que el Boss se traía entre manos, no me imaginaba tener que estar lidiando de verdad con él, cuando apenas tenía los recursos para contraatacar a Alexey cada que quería venir a joder.
—¿Son sus ataques preocupantes? Claro. Pero pueden manejarse —apreté los puños sobre la mesa—. Sin embargo, lo que no puedo manejar es que ustedes pierdan la cabeza ahora, cuando a duras penas nos mantenemos en pie con Alexey jodiendo cada vez más.
Alexey era una maldita piedra en el zapato. Al bastardo ya le habíamos colapsado dos de sus edificios, al igual que me había encargado personalmente de quemar cada maldito refugio secreto y temporal que tenía en su poder, pero el hijo de perra estaba resultando más difícil de aplastar de lo que esperaba.
Él aumentó el precio de mi cabeza, y para colmo, ahora estaba metido en el mercado con la Triade Nera, desestabilizando aún más el submundo. Sus adelantos con su droga estaban causando tal revuelo que la atención se había desviado hacia lo que esa mierda podía hacer.
Aunque al hijo de puta lo tenía contra las cuerdas, seguía siendo una amenaza considerable. Y no me iba a permitir distraerme con otro conflicto mientras él siguiera vivo.
—Así que, por última vez —añadí, inclinándome un poco más hacia la pantalla, haciendo que mi rostro dominara el espacio visual—, nos enfocamos en una jodida cosa a la vez. Si alguno de ustedes no entiende eso, entonces son una partida de malditos imbéciles.
Mis palabras flotaron en el aire, y algunos rostros en la pantalla se tensaron. Era claro que no estaban acostumbrados a que los desafiara de esta manera, pero la verdad, me daba igual. Estos idiotas estaban más preocupados por su orgullo herido que por hacer algo útil. En medio de una guerra, la falta de visión y de juicio era lo que más peligroso resultaba. Y si no empezaban a ponerse en sintonía pronto, el próximo problema no iba a ser Alexey o Nikolay. Iba ser yo.
—¿Quieres decir que no te importa lo que Nóvikov le está haciendo a los que estamos cooperando contigo? —siseó Jenell Schröder, con tono venenoso, pasándose por el culo todo lo que acabé de decir.
«Jodido infierno».
Adalia la miró, visiblemente irritada.
—Mamá, él no está…
—¡Tienen manera de solucionarlo! —corté en seco, antes de que esto se convirtiera en otro drama familiar—. ¡Cada uno de ustedes cuentan con las herramientas necesarias para prevenir las cosquillas que Nóvikov les está dando! No es mi maldito problema que no sepan usarlas.
Las cabezas del comité alemán soltaron un jadeo indignado. Me importaban ocho caballales de mierda. Podía sentir las miradas incrédulas de Blaz y su esposa, pero no iba a retractarme. Esto era una distracción. Y no toleraba que intentaran jugar conmigo como si no supiera lo que estaba en juego.
—¿Cosquillas? —Blaz repitió incrédulo—. ¿Es eso lo que piensas que nos ha estado haciendo? ¿A Liam? ¿A Kaela? ¿A Li? ¿A Feiyu?
—Kaela tiene una gran reserva de hombres que darían la vida para proteger a la mafia israelí. Ni a Li ni a Liam los escucho quejándose. Y tú tienes más armas de las que necesitarías en toda una puta vida para defenderte de los ataques ofensivos del Boss —Kendall intervino, lanzándole una mirada desafiante a Blaz desde su silla—. Lo único que quieres, lo único que siempre has querido, es que otros intervengan por ti y limpien el fiasco de tu desastre, Blaz.
—¡Yo no…!
—¡Amenazaste a Nóvikov! —lo interrumpió, golpeando la mesa—. ¡Fuiste estúpido y caíste en su juego! Y ahora que te está respondiendo por abrir la boca de más, vienes llorando como un imbécil porque te aplastó el orgullo, fastidiando con lo mismo una vez más. Nikolay te está demostrando que no eres más que un idiota que habla demasiado, y ahora te toca lidiar con las consecuencias de tus estúpidas acciones.
El silencio se apoderó de la sala. Aunque Blaz no respondió de inmediato, era evidente que estaba furioso. Podía notar las ganas que tenía de meterle un tiro en el entrecejo a Kendall por sacar a la luz el tema que él mismo quiso enterrar en la primera reunión de la tarde, asegurando que lo había solucionado.
Era posible que Blaz ordenara un atentado contra la amiga de Arabella. A él solo le bastaba demandarle eso a alguna de sus dos hijas y ellas tendrían la obligación de llevarlo a cabo por el simple hecho de ser sus hijas. Sin embargo, esperaba que la mirada asesina que le había lanzado —más la cantidad de testigos que habían en la llamada— lo hicieran desistir de tal estupidez, porque a mí no me temblaría el pulso para darle caza a todo su linaje si al hombre se le ocurría pasarse de listo.
—¿Y entonces qué? —Blaz rompió el silencio luego de unos minutos—. ¿Ignoraremos lo que Nóvikov está destruyendo solo porque ustedes se niegan a enfrentarlo? ¿Solo por proteger a una mujer que resulta ser nada más y nada menos que su hija?
Kendall suspiró exasperada y se dejó caer en el respaldo de la silla, murmurando algo en alemán mientras yo luchaba con las ganas de no desaparecer al maldito hombre del puto mapa.
—Quienes estén a favor de usar a Arabella Ross como pieza en su estúpida lucha de egos, quédese en la llamada —Liam habló con calma, apoyando sus codos en la mesa—. Los demás, esos que no estén a favor, son libres de colgar. Nos estaremos comunicando con ustedes para finiquitar los detalles en Calabria dentro de unos días.
Sin más, tanto Li como su esposo, Asaf, Diego y la esposa de Liam abandonaron la videollamada. Solo quedaron Blaz, su esposa y a Farid como los únicos idiotas frente a mí. Alcé una ceja cuando noté que Hannerole permaneció conectada, pero ella solo me sonrió.
—Oh, no. Mi voto está con todos los que se fueron —dijo con una sonrisa ligera—. Solo me quedo por el chisme.
Su voz cantarina casi me hacía esbozar una sonrisa de soslayo, pero la contuve, volviendo mi atención a Blaz.
—Es mayoría, Blaz —dije con un aire de suficiencia, cruzándome de brazos.
—Mis hijas aún no han votado —murmuró entre dientes.
—Aunque lo hicieran, seguirían siendo mayoría —suspiró Kendall, cansada—. Sé un hombre grande, Blaz. Ponte los benditos pantalones de adulto y acepta la jodida derrota. Deja de poner tu orgullo y tu ego en cada decisión que te toque tomar. Te juro que no entiendo cómo diablos has durado tanto si eso es lo primero que haces.
Blaz quedó en silencio por un momento, claramente furioso, pero conteniendo su lengua. Sabía que no tenía más cartas que jugar, al menos no en esta partida. Apretó la mandíbula antes de que su esposa le tocara el brazo con un ademán tranquilizador.
—Es la hija del enemigo, Rush —siseó con una frialdad glacial, su mirada fija en mí con desdén—. En algún momento, vas a enfrentarte a una elección. Ella o todo lo que has trabajado para construir. Y cuando te decidas por ella, cuando pongas “el amor” por encima de tus logros, observaré cómo cada uno de tus logros se desploman, hechos añicos, por la decisión que tomaste. Porque no estás entendiendo una cosa: en este juego, lo que decides puede destruirte. Y cuando lo haga, no habrá nadie que te devuelva lo que perdiste por tu idiotez.
—¿Elegir? —mi voz apenas rozó el aire, pero lo suficientemente fría como para congelarlo—. Te falta visión, Blaz. Esto no es una maldita elección, es una jugada que ya hice, y si no lo entiendes, es porque no estás al nivel para verlo. Ella es parte de lo que construyo. ¿Crees que me voy a quedar mirando cómo todo se desmorona? —sacudí la cabeza, entrecerrando los ojos—. Si lo que levanté se desmorona por algo tan simple, entonces nunca valió nada. Y no te confundas, las cartas que no encajan en mi partida las saco yo, no el enemigo.
»Si al final de todo el camino lo único que queda es ella, entonces cada maldito ladrillo valdrá la pena. Porque en mi mundo, Blaz, solo se quiebra lo que yo decido que se quiebre. Y si el precio por tenerla es hundir todo lo demás, lo pago sin pestañear. Eso se llama control. Algo de lo que claramente tú careces. Así que no pierdas el tiempo advirtiéndome de lo que consideras “decisiones equivocadas” —me incliné hacia adelante, el peso de mis palabras cayendo sobre él como una sentencia—. Lo que tú llamas así, Blaz, yo lo llamo control absoluto. No te equivoques. Ni tú ni nadie decide por mí. Y que te quede en claro de una buena vez: cosa que caiga, cosa que vuelvo a levantar con ella a mi lado. Porque por cualquier ángulo que lo quieras ver, yo no pierdo. Mucho menos por seguir las reglas que ni siquiera son mías.
El silencio que siguió fue aún más revelador que cualquier palabra que Blaz hubiera podido decir. Sin embargo, momentos después, él soltó un resoplido, endureciendo la voz.
—Nunca he estado de acuerdo con tu padre en nada. En treinta y tres años, nunca ha habido un solo asunto en donde hayamos coincidido. Pero, por fin, ha llegado el día: esa chica no te conviene, Rush. Lo perderás todo tan solo por estar con la mujer equivocada.
Reposé la espalda en el respaldo de la silla, dejando que una sonrisa burlona curvara mis labios.
—¿Y según tú, quién sí? —pregunté, arqueando una ceja con desdén—. ¿Viveka? —señalé hacia su hija que observaba la escena desde su lugar junto a Kendall—. ¿O quizás Adalia? —solté una risa seca—. Qué conveniente que tu hija se haya vuelto tan… cercana, ¿no lo crees? Después de casi un año sin verla, me resulta bastante interesante que siga con su intensidad, luego de dejarle en claro cuanto terminé con su culo atorrante que no la quería volver a ver en lo que me restara de vida —no mencioné de manera directa lo que él y yo sabíamos, pero la insinuación quedó flotando en el aire. Blaz no era sutil, y su jugada era tan transparente que me resultaba casi aburrido—. ¿Me crees estúpido? ¿Crees que no me he dado cuenta de lo que estás haciendo bajo mi propia mesa? —mi sonrisa se volvió más fría, casi divertida—. Tu error fue subestimarme, Blaz, pero no te resultó. No soy tan ciego como quisieras que fuera.
A través de la pantalla, se quedó inmóvil, la furia visible en cada línea de su rostro. Pero no dijo nada. Porque sabía que, aunque no lo había dicho de manera abierta, entendía a la perfección su jugada. Sabía que Adalia había puesto un solo pie aquí para eso. Para acercarse, para seducirme y, en su momento, para manipularme y empujarme a tomar una decisión que favoreciera a Blaz.
Adalia era una mujer intensa, estresante, pero nunca, con su orgullo, se arrastraría por nadie. Ni siquiera por lo malditamente bien que me la follé en su momento. Blaz pensó que todo se le estaba dando como quería al ver a su hija tan cerca de mí los últimos días. Interpretó mal las cosas, porque aunque necesitaba mantener a Adalia cerca por mis patéticos problemas de mierda, jamás significaría lo que él estaba esperando.
Por mucho que yo necesitara sus túneles y algunos trayectos que él tenía, había una diferencia entre nosotros que él al parecer seguía sin entender: para mí, todo el maldito mundo era reemplazable. Y mientras todos jugaban para controlar el tablero, yo ya lo dominaba.
Blaz no dijo nada, pero la rabia que se reflejaba en sus ojos lo decía todo. Era más que evidente que había subestimado lo mucho que yo entendía la situación. Pensaba que podía maniobrar entre sombras y sutilezas, pero su error más grande había sido creer que yo no vería todo desde el principio.
—Es curioso, ¿no? —continué con tono ligero, pero cargado de intención—. Cómo algunas personas creen que pueden manipular las piezas sin que el tablero se dé cuenta. Adalia, Viveka… En fin, toda tu familia ha estado muy interesada en… cómo llamarlo, ¿mi bienestar?
Blaz entrecerró los ojos, como si intentara descifrar cuánto sabía realmente. Pero no importaba, porque no iba a darle esa satisfacción. Era yo quien controlaba el juego, y él solo seguía el hilo de una trama que ya había diseñado desde el inicio.
—Te diré algo, Blaz —añadí, mi tono endureciéndose—. La próxima vez que intentes querer manipularme, o te aseguras de hacerlo bien o te alejas, dejando así de tocarme las malditas bolas.
—Adalia solo ha querido apoyarte, Rush. Si ves algo más en sus acciones, es porque tú lo estás interpretando de esa manera —dijo, su voz más contenida de lo que había sido hasta ahora.
Me permití una sonrisa seca, saboreando el retorcimiento de su lógica. Era increíble cómo intentaba salvarse el culo, fingiendo que todo era un malentendido.
—Te repito, ¿de verdad crees que soy tan ingenuo como para no ver lo que intentas? —levanté una ceja, impasible, pero luego le di un pequeño asentimiento—. Genial, entonces. Supongamos que fuera así, que soy yo quien malinterpretó todo. Entonces, tal vez deberías replantearte tus jugadas, porque cualquier hombre con más de dos neuronas se habría dado cuenta de tu patética estrategia hace tiempo.
Su silencio, una vez más, fue el único reconocimiento que necesitaba. No había más que decir. El hijo de perra sabía que yo ya lo había leído, y aunque no lo admitiera, había perdido esa mano.
—Este juego, Blaz, no lo controlas tú —dije finalmente, mi voz volviendo a ser tranquila, pero con una carga de amenaza velada—. Y lo peor que puedes hacer es subestimarme. Deberías agradecer que aún permito que tus cartas se mantengan en mi mesa, pero no por mucho tiempo. Así que ten cuidado.
»Recuerda que el control lo es todo, y mientras yo lo tenga, no importa cuantas veces lo intentes o cuántas amenazas insinúes. Al final del día, seguiré de pie y tú… Tú estarás exactamente en donde sea quiera dejarte, porque te prometo que vuelves a siquiera joder con lo mismo, y cuando decida mover mi pieza, me aseguraré de hundirte.
Dicho eso, desconecté la llamada sin esperar respuesta.
La sala quedó con residuos de tensión, aumentando aún más cuando Adalia y Viveka se dieron una mirada comunicativa y salieron de mi oficina sin decir nada.
No indagué en sus mierdas.
Sabía que en cuanto se les presentara la oportunidad, saldrían de mi vista, alegando problemas inexistentes en su país, pero no las detendría. Aunque ambas eran buenas en sus respectivos campos y habían prestado su ayuda, colaborando más de la cuenta, desde que pusieron un jodido pie aquí, lo único que han hecho ha sido colmar la paciencia de todo el maldito mundo.
Necesitaba un respiro de eso.
—Bien, ¿y ahora qué? —preguntó Farid, con su voz cargada de aburrimiento, como si esto fuera una rutina más para él.
Me había olvidado por completo de su extenuante existencia. No obstante, le lancé una última mirada asesina.
—Ahora te callas y te esperas a que se te llame —espeté, terminando también su llamada sin darle tiempo a replicar.
El silencio que siguió fue breve, pero denso. Kendall se recostó en su silla, masajeándose las sienes, mientras yo respiraba hondo.
Por hoy, mi paciencia con estos idiotas había llegado a su límite, y si en la siguiente reunión alguien más mencionaba a Arabella como peón en sus juegos políticos, no me molestaría en darles una respuesta con cero diplomacia.
—Eso fue bastante… divertido de presenciar —la voz de Hannelore me hizo levantar la cabeza, mirando la pantalla una vez más.
Arqueé una ceja.
A ella también la había olvidado por completo.
—Sí sabes que Blaz es un hombre orgulloso, ¿verdad? Si le ordenó a su hija hacer eso…
—Sé cómo lidiar con basuras como él, Han —le di una sonrisa corta—. No te preocupes.
Ella medio asintió.
—Bueno, entonces te dejo. Tengo un imperio que regir y tus bonitos pómulos me lo está colocando difícil —ella rió cuando Kendall bufó por lo bajo—. Oh, vamos. Tú también tienes ojos, sirena.
—Así como dignidad y raciocinio.
Los ojos de Han brillaron con diversión e interés. «Oh, joder, no». No tenía ganas de abordar eso.
—Siento que me he perdido de algo, por lo que…
Colgué. Su voz dejó de escucharse y respiré hondo cuando Liam se echó a reír entre dientes.
Adoraba a Han. Era una muy buena amiga. Sin embargo, ya tenía demasiado entre manos como para lidiar con otra mujer que seguramente le daría la razón a mi mujer y me dejaría sin testículos cuando tuviera la oportunidad.
Aliviado de que no volviera a llamar, pasaron otros par de minutos en silencio hasta que Liam lo rompió, siguiendo a las hermanas Schröder, excusándose para contestar una llamada importante. Kendall, sin embargo, permanecía ahí, cruzada de brazos y con la mirada fija en mí. Un silencio incómodo se instaló en la sala, pero dejarme intimidar o incomodar por ella no era lo mío. Le sostuve la mirada, teniendo una idea de lo que estaba a punto de soltarme.
—¿Qué? —mascullé al final, cansado de su silencio inquisitivo.
Sus ojos brillaron de una forma que no me gustó para nada.
—Así como la defendiste de Blaz, colocándola en el lugar donde debe de estar, ten los huevos necesarios para enfrentarte a ella y dejarle en claro en dónde estás parado, gran imbécil.
No me dio tiempo de responder. Se largó de la sala, dejándome más molesto de lo que ya estaba antes de la primera reunión del día. Sus palabras se quedaron en mi cabeza, clavándose más hondo de lo que estaba preparado para soportar. Era más fácil lidiar con los bastardos de siempre que con esto. Pero la pausa no duró mucho.
Quince minutos después, Harrison irrumpió en el lugar, con ese aire de que tenía las putas respuestas a todas las preguntas existenciales. Me lanzó una mirada que deteste al instante.
—¿Dónde está? —cuestionó, seco y molesto.
Resoplé. Su carácter de mierda era tan insoportable como siempre, y después de meses, seguía sin soportarlo.
—Para tu desgracia, no leo mentes, así que específica.
Me miró como si quisiera arrancarme la cabeza. Para variar. Pero se molestó en aclarar.
—Arabella —dijo con su habitual tono seco. Fruncí él ceño mientras que él torcía el gesto—. Eres la última persona a la que le preguntaría su paradero debido a las circunstancias, pero conociéndola, no es poco probable.
Pasando el hecho de que mi corazón latió a un ritmo desesperado al escuchar que incluso él mantenía esperanzas de pudiera controlar mi mierda y que Arabella me perdonara, las alarmas en mi cabeza se encendieron. Fruncí aún más el ceño, cosa que hizo a Harrison paralizarse por una milésima de segundo para que el color rojo le ocupara toda la cara.
—Maldita niña de mierda —siseó entre dientes, su mandíbula tensándose y las líneas de su rostro endureciéndose mientras se contenía de volcar el escritorio—. ¡Maldita sea!
La sensación de que algo estaba terriblemente mal aumentó junto a las alarmas en mi cabeza que incrementaron el volumen al instante era casi que asfixiante. Miles de pensamientos me inundaron cuando su teléfono sonó de repente. Harrison respondió con el tono más irritado posible.
—¿Qué? —ladró de mala gana. El color rojo que le decoraba su semblante aumentó en cuestión de segundos al escuchar lo que le decían del otro lado. Descolgó el aparato de su oído y lo lanzó sobre la mesa—. Repítelo —ordenó entre dientes.
La voz de Haraam, uno de sus hombres, llegó entrecortada desde el otro lado.
—Son del Boss. Los hombres sí son del Boss, y él mismo está aquí, señor.
Harrison cortó la llamada de golpe y estaba a nada de perder la compostura. Yo iba justo detrás de él porque no podía ser que…
—Se fue —gruñó.
Mi sangre se heló.
«Mierda, mierda».
—¿A dónde?
—Kaela necesitaba refuerzos en Londres porque varios hombres del Boss estaban a nada de hacer caer una de las entregas más grandes que ha hecho —volví a fruncir el ceño, pero él continuó—. Me llamó y los pidió. Llamé a Rise para que armara todo. Arabella escuchó y quería ir.
La rabia comenzó a burbujear dentro de mí.
—¿Le dijiste…?
El viejo me miró como si fuera estúpido.
—Por supuesto que le dije que no —su tono estaba cargado de pura frustración mientras me miraba con rabia espesa y caliente—. Pero eso, al parecer, no le importó.
La sensación de impotencia me invadió por completo.
Esa mujer iba a matarme.
Pese a que la culpa también me invadió al entender porqué lo había hecho, ella iba a matarme.
Por eso, la culpa quedó en segundo lugar cuando la rabia por sus insensatas acciones me golpearon con fuerza.
—¿Hace cuánto?
—Una hora —respondió entre dientes.
Salté de la silla, listo para llamar a Damiano y ordenarle que encendiera el puto helicóptero. Tenía que alcanzarla antes de que las cosas se salieran más de control, pero Harrison me detuvo con un gesto firme.
—No.
Le lancé una mirada furibunda.
—¿No?
—No. —Levantó su teléfono y comenzó a teclear algo. Estaba a punto de mandarlo a la mierda cuando la voz de Riden salió por el altavoz.
—Estamos a nada de…
—Arabella está con ustedes —cortó Harrison, logrando que la línea quedara muda—. Con Rise o contigo, pero está con ustedes. Búsquenla, encuéntrenla y manténganla encerrada en cualquiera de los malditos jets. El Boss está liderando el ataque.
Una sarta de maldiciones salió por la boca de mi hermano y sin esperar respuesta alguna de Harrison, cortó la llamada, dejándome con un mal sabor de boca.
—¿Y ahora qué? —pregunté, tratando de no perder los estribos.
Harrison quitó la mano de mi hombro y se sentó en una de las sillas, con la rabia aún presente en cada uno de sus movimientos.
—Ahora esperamos. Ir por ella sería arriesgarnos a otro posible secuestro. Con Alexey tuvieron suerte de salir vivos, pero ahora con Nikolay…
No necesitaba decir más. Sabía lo que significaba. Pero lo que me jodía era quedarme quieto, sin hacer nada.
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