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1. Let's Play - Capítulo 70

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Capítulo 70: 67

Mi problema de repente tenía nombre y humos de suicidio

El caos dictó el ritmo del juego, pero fue la desesperación la que realmente marcó el último golpe

Rise

Correr, disparar al blanco y meterme de lleno en operativos que no requerían mi presencia solían ser mis cosas favoritas de hacer cuando tenía que desestresarme por estar teniendo que huir de una maldita mujer que se complicaba hasta la manera de como tomar agua.

Sin embargo, ahora que la tenía para mí, el simple hecho de levantarme de la cama ya me resultaba tedioso.

Podía pasarme el día entero con ella entre mis brazos, y aún así, seguía sin ser suficiente. Pero, para mi desgracia, las responsabilidades nunca te dejaban día libre, mucho menos cuando tenías a Arabella Ross de cuñada, y menos cuando ser el canguro de todo el puto mundo parecía haberse convertido en mi segunda carrera, de la cual, por cierto, me había graduado con los malditos honores.

—¿Y qué quieres que haga, Riden? —suspiré, imaginando cuarenta formas distintas de matar a Arabella mientras rebuscaba en cada rincón del jet su pequeño trasero escurridizo—. Devolvernos no es una opción y…

—O haces que Nathaniel vuele con ella directo a Escocia, o lo hago yo mismo, Rise —espetó con un tono que…—. Ganas no me faltan, y dos malditos dedos de frente tampoco.

Conocía bien los tonos de Riden. Estaba familiarizado con su tono mordaz, su tono aburrido y su tono jocoso. ¿Pero saben con qué más estaba familiarizado? Con su tono posesivo. Ese que solo había dejado relucir un par de contadas veces en toda su vida. Ese que casualmente estaba usando en cada oración que tuviese el nombre de Arabella incluido desde que llegó Rush. Ese que jodidamente quería que se guardara nada más para Roelle porque si aquella fijación extraña que traía por Bells se salía de sus cabales… Joder.

—No te voy a preguntar nada ahora mismo porque no es el momento —empecé, recorriendo con pasos largos el pasillo de la única cabina de servicio—. Pero ten en cuenta de que cuando volvamos a Escocia y tu jodido trasero esté en la sala de comandos, tú y yo vamos a tener una extensa conversación sobre tu lado posesivo recién afilado, Riden.

El silencio en la línea duró más de lo que me esperaba, y eso no hacía más que confirmarme lo que ya sabía.

Solté un suspiro frustrado, maldiciendo entre dientes.

Una cosa era tontear con Arabella, como lo habíamos hecho todos en su momento: yo, Mila, incluso el propio Riden. Pero sucumbir ante sus encantos era otro juego completamente distinto.

Porque joder si Arabella no era adictiva.

Todo en ella lo era: sus ojos oscuros, su forma de hablar, su voz, su risa pícara, y cómo te seguía el juego con una facilidad que te hacía preguntarte si de verdad eras tú quien estaba en control.

Ella.

Todo eso en un pequeño cuerpo de un metro sesenta y tres, con ese cabello largo y tan negro como el carbón, y una energía que era puro imán, era una trampa mortal y adictiva. Al entrar en su órbita, cada paso que dabas tenías que hacerlo con cuidado, con una precisión minuciosa, ya que si ser tragado por aquellos ojos negros no se encontraba en tus planes, la cautela tenía que ser tu mayor arma. No obstante, un paso en falso era todo lo que necesitabas para caer de golpe en sus encantos.

Rush era el perfecto ejemplo de eso. Pero él no se arrepentía de aquello, y para ser honesto, ninguno de nosotros tampoco lo hacía. No había por qué. La mujer era un torbellino de aire fresco y el que hubiese cautivado a Rush desde el momento en que le pateó su culo orgulloso y narcisista fue, por no decir lo menos, entretenido.

Arabella, desde ese día, sin siquiera intentarlo, nos tuvo a todos comiendo de la palma de su mano. Aún pienso que el que lo lograra con tanta facilidad daba mucho de qué hablar de la familia Massey, pero, qué diablos, estábamos bien con eso. Al menos, hasta que Riden fue confiado y dio un paso en falso, dejándose envolver por los encantos de esa mujer.

—Enciérrala en un maldito baño —espetó Riden de nuevo, ahora con tono resignado, justo en el momento que yo deslizaba la puerta del pequeño cuarto de descanso—, y luego de ahí, devuélvela a Escocia con Nathaniel. No veo el jet despegando luego de que todo el mundo haya bajado de ahí y te juro, Rise, que lo hago yo mismo. Me va a saber a mierda cómo te las apañas aquí.

La línea se quedó en silencio otra vez, y guardé el teléfono. No hacía falta ser un genio para saber que me había colgado, ni tampoco un psicólogo experimentado para entender que sí hablaba en serio.

Y entonces, las cuarenta maneras de quitarle la cabeza a Arabella que había imaginado se convirtieron en cien cuando la vi.

Ahí estaba, un pequeño taco de persona en el centro de la cama individual, envuelta en sábanas más dormida que despierta. Maldije a Nathaniel tanto que me prometí encargarme de él cuando tuviese la oportunidad, porque había sido su maldito trabajo revisar que las cosas estuviesen en orden aquí atrás y en cada compartimiento del jodido jet.

No hizo falta despertarla. Se removió sola, luchando por deshacerse de las sábanas, colocándose una almohada en la cara, murmurando molesta algo incoherente.

Por un segundo, estuve a nada de ahorcarla.

¿Cómo podía ser tan estúpida, tan imprudente? ¿Cómo se atrevía a exponerse de tal manera, cuando sabía y tenía prohibido hacerlo? Pero entonces sus ojos se encontraron con los míos. Se detuvo en seco al verme plantado en la puerta, y su rostro pasó por una montaña rusa de emociones.

Aunque una parte de mí quería reírse por lo ridícula que se veía, me limité a cruzar los brazos, dejando que comprendiera por sí misma qué tanto quería arrancarle la cabeza.

Al final, su semblante optó por reflejar lo mucho que la había cagado, drenando casi todo el color de su rostro, pareciendo más un fantasma que otra cosa.

—Rise, yo…

—No —siseé, dejando que la pequeña pizca de rabia y el agotamiento se asentaran en mi sistema—. ¿Estás loca?

—Pero…

—¿Sabes qué? Da igual. Ahórrate las explicaciones, porque una vez que aterricemos, tu estúpido cómplice tendrá la tarea de volar de regreso tu escurridizo trasero, Arabella.

Ella arrugó la nariz, viéndose adorable, después de haber explayado los ojos y volvió a abrir la boca.

—¿Puedes escucharme siquiera? —cambió el tono por uno más suave. Ese tono que haría que Rush cerrara la boca al instante y que Riden cediera con una mueca de resignación.

Gracias a Dios que yo no era ninguno de los dos estúpidos enamorados.

—Por favor, Rise.

No.

Yo no era ninguno de esos dos estúpidos.

No lo era.

Pero, jodido infierno, la maldita sabía cómo hacer para conseguir lo que quería. Y cuando me miró con esa expresión, la misma que Kendall ponía cuando había algo que la hería y confiaba en mí para compartirlo, resoplé de mala gana, señalándole que estaba dispuesto a escuchar su mierda.

Esperaba ver la sonrisa de victoria en su rostro al darse cuenta de que me había ganado, pero en lugar de eso, la pizca de ira que sentía estaba disminuyendo hasta casi ser calcinada cuando esos ojos negros se clavaron en mí, enseñándome mucho más caos de lo que ella había demostrado en los últimos días, viéndose tan perdida como cuando llegó al búnker luego de sacarla de La Fosa.

—Joder, Bells —suspiré, sentándome con ella en el borde de la pequeña cama.

Ella se deslizó hacia adelante y dejó caer su cabeza en mi brazo, respirando hondo.

—No me escapé porque quise —empezó.

Resoplé.

—Claro.

Sentí que sacudía la cabeza apenas.

—Lo digo en serio —insistió.

—¿Entonces qué, Bells? ¿Tomaste el primer jet que viste para jugar con Mila a las decoradoras? —repliqué sarcástico, sabiendo que eso sería algo típico de mi hermana.

El silencio que siguió fue corto, pero lo rompió en voz baja, casi susurrando.

—Tomé el primer jet que se me atravesó porque las cosas con tu hermano se me están escapando de las manos, Rise —admitió, tan bajo que tuve que afinar mis oídos para poder encontrarle sentido a lo que estaba diciendo—. Necesitaba alejarme, descansar de él y de todo lo que implica estar cerca. Los celos, las lágrimas infinitas, las inseguridades… Rise, esa no soy yo. Con nada de eso me identifico por el simple hecho de que nada de eso soy yo. Nunca he sido esa persona. En mi vida he sentido celos, en mi existencia había llorado tanto por alguien. Y, te juro, nunca me había sentido tan insegura por las decisiones de tu hermano. Estoy esperando, manteniendo una pequeña gota de esperanza, que me elija a mí y que finalmente decida arreglar su mierda, junto a que me diga qué es lo que esconde y por qué tiene miedo de decírmelo.

»Pero toda esta situación me está consumiendo, y no puedo seguir así, Rise. Me niego a seguir así. Quiero sonreír porque de verdad lo quiero, no porque estoy obligada. Quiero reírme a carcajadas porque así lo siento, no porque el momento lo requiera. Quiero que las lágrimas se detengan. Quiero que la sensación de estar esperando algo que al parecer no va a llegar se extinga. Quiero poder dormir al momento de que mi cabeza toque la almohada, en lugar de esperar a que Rush venga a disculparse por ser un cretino conmigo. Mierda, Rise, quiero…

No la dejé terminar. La agarré y la alcé sin esfuerzo, colocándola a horcajadas sobre mí, envolviéndola en un abrazo. Las lágrimas que había visto tantas veces en las últimas semanas comenzaron a fluir de nuevo, y sabía que lo necesitaba. Sabía que necesitaba desahogarse, y así como sabía que necesitaba soltar eso, también entendí a la perfección cada palabra que dijo.

Ella había estado esperando algo, aferrándose a esa mínima esperanza, al igual que yo lo había hecho, esperando cada cosa que dijo por mucho más tiempo del que me daba vergüenza reconocer de personas de las que no debía estar esperando ni las gracias.

Y, para ser sincero, era agotador.

Desgastante.

Era extenuante ver a alguien como ella, siempre tan llena de vida y con esa chispa que encendía millones de luces, desmoronarse de esa manera. Arabella no era el tipo de persona que se rendía tan fácil, pero lo que estaba pasando con Rush la estaba destruyendo por dentro, y no podía culparla por querer huir. Yo mismo hubiese hecho lo mismo si estuviera en su lugar. La presión, las emociones reprimidas, todo lo que conllevaba estar con alguien tan dañado como Rush en estos momentos… nadie debería cargar con tanto.

Ella temblaba en mis brazos, y su llanto se hacía más fuerte, más desgarrador. Por mucho que quisiera decir algo para calmarla, no había palabras que pudieran aliviar el peso de lo que estaba sintiendo. Así que solo la sostuve, dejándola descargar todo lo que llevaba dentro, sabiendo que lo único que necesitaba en ese momento era alguien que estuviera allí, que no la dejara caer.

Después de lo que parecieron horas, su respiración comenzó a calmarse, y el temblor en su cuerpo se fue apaciguando.

—Lo siento —susurró, con la voz rota—. No debí…

—No tienes que disculparte, preciosa. No conmigo.

Con lentitud, levantó la cabeza, y aunque sus ojos seguían hinchados y enrojecidos, el caos en su mirada seguía ahí, acechando en el fondo. Sabía que no se había ido del todo. Era solo cuestión de tiempo antes de que volviera a surgir, pero por ahora ella lo estaba guardando para sacarlo de manera más destructiva si no se tomaba un respiro.

Arabella tragó saliva, y por un segundo pensé que iba a empezar a llorar de nuevo, pero se contuvo. Me quedé observando, esperando a que dijera algo, pero el silencio continuó. Con un ligero apretón, la solté por completo, dejándola procesar lo que quisiera decirme.

—¿Mejor? —musité, apartando con cariño las hebras de cabello que tenía en su cara. Asintió, aunque su expresión seguía siendo la de alguien al borde de la desesperación. Sorbió por la nariz, haciendo un pequeño puchero—. Bien. Ahora, Bells, te prometo que te entiendo, te juro que sí, pero estamos en…

Antes de que pudiera terminar, comenzó a sacudir la cabeza con fuerza. Me tragué una maldición, sabiendo exactamente a dónde iba esto.

—No me devuelvas, Rise —sus ojos volvieron a empañarse, y su voz se quebró con la súplica—. Por favor, por favor, no lo hagas. Por favor, no puedo. No puedo lidiar con él justo ahora. No puedo, Rise.

«Me cago en todo, maldita sea».

—Bells, entiende que es mi responsabilidad asegurar que sigas respirando para…

—No me importa —sollozó, destruyendo la poca empatía que sentía por Rush en milisegundos—. Prometo que me quedaré y…

Me reí sin ganas, interrumpiéndola antes de que continuara con su sarta de mentiras.

—No me prometas una mierda, preciosa. Sabes tan bien como yo que no vas a cumplir nada que salga de tu bonita y mentirosa boca. Ahórrame el cuento, ¿sí?

Verla fruncir la nariz y apretar los labios con fastidio, como si la hubiesen pillado en medio de una travesura, mientras bajaba la mirada para no asesinarte, era una de las cosas de las que nunca me cansaría de apreciarle.

Aquello me sacó una sonrisa momentánea, pero aún así, negué con la cabeza y quise golpearla con el umbral de la puerta repetidas veces por lo que estaba a punto de decirle. Sabía que me iba a ganar un problema monumental por esto, pero…

—Te aclaro dos cosas —dije, captando su atención al instante—. La primera es que te estoy dejando porque sé que, si no vas conmigo, irás sola y eso no puedo permitírtelo. La segunda…

—Es que me quede a tu lado, sí, lo tengo —recitó tal cosa como si se lo supiera de memoria.

Cosa que sí era así, porque el otro bastardo se lo repetía hasta el cansancio y bien que ella se lo pasaba por el culo cada vez.

Bells levantó una de las comisuras de su boca en una fugaz sonrisa y descansó su cabeza en el arco de mi cuello.

—De verdad no entiendo por qué siempre me lo dicen.

—¿Sí, verdad? —bufé, arrancándole una risa suave—. Pero, aunque pueda parecer eso, la segunda no va por ahí —sentí cómo suspiraba en mi cuello, sin embargo, no me miró—. El Boss estará ahí.

No había terminado de pronunciarlo cuando su cuerpo se tensó como una cuerda a punto de romperse. Sabía que soltarle la noticia así no era la mejor idea, pero se iba a enterar tarde o temprano. Y con Riden respirándome en el cuello por siquiera dejarla aquí en vez de enviar su trasero de vuelta a Escocia, se lo diría sin dudarlo. Además, la quería prevenida. Era mejor eso a que me la agarraran de sorpresa.

Pasados un par de minutos, su silencio me estaba empezando a poner en guardia. Tuve que incorporarla para poder ver qué diablos estaba pasando por su cabeza. De todas las cosas, toparme con una cautela creciente en sus ojos no era algo que esperaba ver.

—¿De verdad estará ahí? —entonó cada palabra con sumo cuidado, como si no lo creyera del todo. Por un minuto me pareció incluso que el miedo le recorrió la mirada.

Asentí e iba a explicarle todo con más detalle, pero la voz de Nathaniel resonó por los altavoces del jet.

—Dos minutos, caporegime.

Arabella se levantó al instante que Nathaniel dejó de hablar, como si la noticia que acababa de darle no hubiera dejado cicatriz alguna. La debilidad emocional que me había mostrado hacía unos momentos se evaporó, reemplazada por una ferocidad calculadora y un semblante de determinación pura. Esa habilidad suya para cambiar en segundos siempre era adictivo de observar, pero sabía que también la podía llevar a hacer pendejadas descomunales.

—Por más que me encante ver cómo te transformas en ti en un abrir y cerrar de ojos —dije, poniéndome de pie y bloqueándole el paso—, renuncia a cada jodido pensamiento suicida que te esté rondando la cabeza. Venimos a respaldar a Kaela, Bells, no a acabar con el Boss.

—Pero…

Negué con la cabeza.

—Si por casualidad de la vida alguien llega a darle un disparo al hijo de puta y acaba con su vida, fantástico. Un dolor de cabeza menos. Pero nuestra prioridad es asegurar que Kaela no pierda más entregas de las que ya ha perdido por culpa de sus hombres. Así que, si lo que quieres es hacer algo, entonces empieza con dirigir tu ferocidad y tus infalibles tiros a cada bastardo que se te cruce al momento de colocar un pie en ese puerto.

Pese a que se congeló al escuchar lo último que dije, nada en su semblante cambió.

—¿Puerto?

La recorrí con la mirada, asegurándome de no pasar ninguna expresión por alto.

—Puerto —afirmé.

—¿Vamos a París?

Su pregunta me dejó con una sensación amarga, sin embargo, estar desinformada era completamente su culpa. Porque aunque entendía todo lo que la estaba consumiendo, tomar la primera salida que le ofreciera la vida no era algo típico de ella. Ni siquiera colarse a un jet sin siquiera informarse primero de cómo iban a ser las cosas.

—Me estás haciendo difícil que te deje ir, Bells —suspiré, ya empezando a irritarme de nuevo. Ella parpadeó un par de veces, sin decir nada—. El mero hecho de que consideres siquiera de que te permitiría volver poner un solo pie en ese lugar me enerva. Súmale a eso el hecho de que te lanzaste a una misión sin molestarte en conocer los detalles, y entonces estamos hablando de que ya sobrepasaste todos mis límites, Arabella.

Ella siguió sin decir nada. Permaneció en silencio, pero sabía que estaba procesando cada palabra. No pude evitar sacudir la cabeza con frustración.

—Camina —ordené con firmeza—. Te iré explicando los detalles en el helicóptero.

Arabella no perdió tiempo. Se zambulló de cabeza en el angosto pasillo y saludó a cada soldato que exigía su atención cuando llegamos al fuselaje del jet. Incluso se sentó a hablar con algunos cuando Nathaniel les indicó que se abrocharan los cinturones para aterrizar. La dejé estar y me metí a la cabina con Nathaniel para lograr un aterrizaje decente.

Pese a que tenía en mente masacrar a Nathaniel por ser tan malditamente estúpido, lo dejé como pendiente cuando mi mente decidió vagar al estar frente al cielo nocturno.

Siempre me había fascinado volar. Desde aquella noche en que Rush y yo nos escapamos para dar una vuelta en el helicóptero de Alexey a nuestros quince años, descubrí un nuevo amor por el cielo estrellado. Recuerdo que, de niño, quería ser astronauta. Claro, eso no sucedió, pero aquella aventura con Rush me dejó una sensación de libertad que no había experimentado antes. Rush fue quien pilotó esa vez, y aunque el regaño le cayó con fuerza cuando aterrizamos, la emoción de estar allá arriba me había dejado marcado.

Con el tiempo, volar se volvió más que una simple afición. Aprendí a manejar las cosas por mí mismo, y pilotar se convirtió en mi manera de escapar. El aire, el silencio de las alturas, todo me daba paz. Era mi refugio cuando las cosas abajo no salían como esperaba. Pero ahora… ahora el vuelo no me brindaba la misma sensación. Cruzar el cielo junto a Nathaniel, pilotando el jet esta vez, ya no me llenaba de esa libertad que tanto solía disfrutar. Quizá porque París, Londres, Sicilia, esos lugares que solían ser algunos de mis destinos favoritos, ahora solo me traían malos recuerdos luego de todo el fiasco que Arabella y Rush pasaron por culpa de dos hijos de puta enfermos.

El aire que antes era una ligera brisa fría, ahora se sentía denso, difícil de respirar. Tratar de calmarme parecía lo más sensato. Después de todo, yo no había pasado por lo que Bells había soportado, ni por el infierno que fue para Rush en manos de Alexey. Así que, no tenía derecho a dejar que mis pensamientos me consumieran en momentos así, mucho menos cuando tenía a una de las víctimas de abuso casi que soldada a mí por lo que restaba de noche.

Entonces, me concentré.

Arrimé todo mi caos hacia atrás y me enfoqué en lo que debía: la misión.

Así pues, una vez que se aterrizó en el aeródromo, mi equipo bajó del jet en cuanto se les ordenó y esperó varios minutos en la pista de aterrizaje, acumulándose en el hangar cuando el equipo de Riden llegó.

Para mi sorpresa, fue él quien salió primero, liderando el grupo con un semblante de querer matarme en cuanto observó a Arabella guindada en mi brazo porque permitirle que hiciera y deshiciera a su antojo, tomando un helicóptero por su cuenta para cometer una idea arriesgada no era lo mío.

«Dios sabe que ella haría eso y más».

—¿Por qué sigue aquí? —habló él entre dientes, ignorando por completo el mohín que su nuevo interés le colocó.

Le di una mirada severa de advertencia.

Aquí no íbamos a tener esta conversación y mucho menos delante de Arabella. No beneficiaría a ninguno de los dos y Riden lo sabía. Por eso gruñó por lo bajo y se dio la media vuelta luego de mantenerme la mirada por varios minutos, dando largas zancadas en dirección al hangar.

Juro por Dios que había visto mi muerte en cuatro maneras diferentes reflejadas en sus ojos mientras apretaba la mandíbula antes de irse.

—¿Crees que, si espero a que se le pase el enojo, me dé tiempo para disculparme? —murmuró Bells, sin despegar la vista de la espalda de mi hermano.

Negué con la cabeza y revolví su cabello con mi mano libre.

—No hacer nada suicida es tu mejor opción. Me la estoy jugando por ti, Bells. Así que mantén esa vena suicida a raya o seré yo quien te encierre con Mila y su interminable clóset cuando regresemos al búnker.

Gimió en respuesta, con ese tono que solo utilizaba cuando estaba frustrada.

—¿Es una amenaza? —preguntó con fastidio, suspirando.

—Es una promesa —repliqué, esbozando una pequeña sonrisa, mientras nos poníamos en marcha.

Acomodar a treinta personas en dos helicópteros lo suficientemente grandes resultó ser más complicado de lo que imaginaba, a pesar del espacio que ambas naves surtían. Aun así, me tomó menos tiempo del que creí posible cuando Arabella y Riden decidieron ayudar a punta de gritos y malas caras.

No pensé en debatir sus maneras.

Todo el jodido mundo se encontraba moviendo el culo, por lo que dejé que ambos continuaran y montaran a cada uno de los soldatos en sus respectivos lugares hasta que en cuestión de minutos ya estábamos en el cielo de nuevo. Riden se fue con Nathaniel esta vez, mientras a mí me tocó estar con Alex; un señor canoso que trabajaba para Harrison desde que Jesucristo decidió resucitar y desaparecer del mapa, piloteando el helicóptero.

Sin embargo, el señor era una agradable compañía. No hablaba y se comunicaba entre gruñidos para negar o asentir a cualquier pregunta que se le hacía. Aún no entendía porque Riden había decidido irse con Nathaniel cuando tenía tal compañía. Eran jodidas almas gemelas.

—¿Qué tanto crees que Riden esté asesinando a Nathaniel por él dejarme aquí en primer lugar? —la voz de Bells llenó mis oídos en un tono preocupado.

A ella, luego de haberle explicado lo que se suponía se tenía que hacer en cuanto pusiéramos un pie en el puerto, le había dado el casco que contaba con línea directa a mí, solo por si quería hablar de algún tema que no requiriese de oídos curiosos. Me autofelicité por eso al mismo tiempo en que sacudía la cabeza ligeramente, entendiendo ahora el porqué del arrebato de mi hermano. Por supuesto que sabía.

—Veremos si le quedan ganas de seguir de niño bonito contigo luego de que pase por mí y por Rush —mascullé, irritado.

—¡Oye! Él solo…

—Mientras más te esfuerces en defender lo indefendible, más mierdas le voy a colocar, Arabella.

—Creí que eso de ser mezquino era solo parte de Rush y Riden —resopló, indignada.

—Eso reside en cada Massey, preciosa —reí por lo bajo—. Solo no te has dado cuenta.

No dijo nada más, pero me la imaginé frunciendo la nariz y colocando los ojos en blanco. Bastante divertido, si me lo preguntaban.

El vuelo continuó en silencio, roto sólo por los gruñidos esporádicos de Alex y el rugido constante de los motores. Las luces del puerto empezaron a parpadear a lo lejos, y antes de darme cuenta, el caos se desplegaba debajo de nosotros. Los disparos resonaban, intercalados con gritos y explosiones iluminaban el aire nocturno. Desde mi posición, todo lo que veía eran destellos y sombras moviéndose entre los contenedores. Los helicópteros no tocaban el suelo, no había tiempo para eso y no era parte de lo que habíamos coordinado, por eso los arneses estaban colgados a los lados de la puerta, listos para que cada soldato bajara.

—Mantenlo estable, Alex —ordené, quitándome el casco, saliendo de la cabina de mando, moviéndome hacia el fuselaje con los demás—. ¡De acuerdo! —grité, asegurándome de captar su atención por encima del rugido del helicóptero—. Ninguno sabe en qué posición se encuentra Kaela, pero cada uno de ustedes conoce la marca que distingue a sus hombres de los demás. ¡Esa es la precisión que necesito de ustedes ahora! Kaela no puede permitirse más bajas, y el Boss no puede seguir ganando terreno. ¡¿Está claro?!

—Sí, caporegime —dijeron todos al unísono.

—Tan sencillo como es infiltrarse, neutralizar a los enemigos y asegurar los almacenes, así de sencillo quiero que sea esta operación. No estoy dirigiendo un puto grupo de amateurs. Los seleccioné a ustedes específicamente para llevar a cabo la misión de apoyo más sencilla que van a encontrar.

»Pero no se confundan; eso no significa que puedan tomarse esto a la ligera. La Bratva Rusa está ahí abajo, ¡y no duden que van a hacer todo lo posible por complicarnos las cosas! Manténganse enfocados y no subestimen una mierda de lo que estamos por enfrentar.

La primera ráfaga de tiros contra el exterior del helicóptero cortó cualquier intento de respuesta. No hubo tiempo para gritar órdenes, así que las señas fueron mi mejor recurso. En cuestión de segundos, las armas estaban listas y, de tres en tres, se deslizaron por las cuerdas que sobresalían de la nave, sin titubear ni mirar atrás.

Arabella, Anna y yo fuimos los últimos en bajar. Las balas nos silbaban a los lados, pese a que estábamos descendiendo lo más rápido que las cuerdas nos permitían, pero aun así logramos evitarlas. El aire estaba cargado de pólvora y humo, y cuando mis botas tocaron el suelo, sentí la vibración de una explosión cercana.

El caos que reinaba en el cielo no se comparaba con lo que nos esperaba en tierra. El puerto era un desastre: disparos por todos lados, gritos, sombras moviéndose rápido entre los contenedores, algunos cayendo con un disparo en la cabeza o el pecho antes de siquiera saber qué les había pasado. Todo se movía tan rápido que no me dio tiempo para asegurarme de que el equipo de Riden también había llegado al suelo. No obstante, no pude darme el lujo de perder tiempo.

—¡Empiecen a moverse! —grité, y el equipo se desplegó. En grupos de cinco, comenzaron a avanzar por el intrincado laberinto de almacenes. Sabían lo que tenían que hacer.

Los disparos seguían resonando por todos lados mientras que los hombres de Nóvikov se esparcían, multiplicándose por todos lados, llevando el mismo uniforme que los hombres de Kaela. Hubiese sido un dolor de bolas diferenciar a cada bando sino fuese por las pequeñas motas verdes que los hombres del Boss portaban en sus uniformes, esas que estaban en los viejos diseños de Kaela y que el ex sotvenik le había mandado a cambiar en nuestra penúltima reunión para evitar justo esta complicación.

Me agaché tras un contenedor, disparando hacia el grupo de rusos que intentaba acercarse. Uno cayó de inmediato, el cuerpo retorciéndose en el suelo antes de quedarse inmóvil. Otro disparo, otro cuerpo en el suelo. Sangre, disparos, el eco de las balas rebotando en el metal de los contenedores. No me daba tiempo para pensar en algo, solo para moverme.

—¡Bells, cubre la derecha! —le ordené a la mujer que antes de que tocara el suelo, lo único que había hecho era descargar disparos a diestra y siniestra.

Obedeció, apuntando su ametralladora hacia la derecha, abriendo fuego mientras limpiaba el flanco.

Los hombres de Nikolay no se detenían. Por cada bastardo que caía, otro hijo de perra ocupaba su lugar. El sonido de las balas zumbaba cerca de mi oído, pero me mantuve enfocado. Cada movimiento tenía que ser calculado, cada paso, cada disparo. Estábamos rodeados, perder parte de los refuerzos que habíamos traído no podía ser una opción.

Una explosión más fuerte sacudió el suelo, haciéndome tambalear, pero no nos detuvo. Un grupo del Boss apareció de repente, gritando mierdas en su idioma que apenas y entendía por el interminable ruido mientras disparaban. Me lancé tras otro contenedor con Bells, Anna y Jules detrás, disparando dos veces. Uno cayó, luego el otro. La sangre decoró el suelo, pero no dejé de moverme.

—¡Necesito que agilicen esas piernas, carajo! —les grité a los imbéciles que flotaban a mi alrededor, más confundidos que otra cosa.

Aún teníamos trayecto que recorrer si Kaela estaba dónde Grant Harrison me había supuesto que estaba.

Gracias a Dios que ellos empezaron a moverse más rápido, avanzando con precisión, cubriéndose entre los contenedores. Cada ráfaga de tiros cumplían con su objetivo. Los cuerpos se acumulaban, sin embargo, el caos no disminuía.

Seguí adelante, con Arabella a mi derecha, Anna a mi izquierda y Jules detrás, asegurando que nadie quedara vivo a nuestras espaldas, pero la situación se tornaba cada vez más densa.

—¡Mierda! —gruñí mientras una ráfaga de balas perforaba el metal a mi lado, rozando mi brazo. Sentí el ardor, pero lo ignoré.

—¡Rise! —gritó Bells al verme, pero negué con la cabeza. No era grave. Solo un rasguño. Ella lo notó y, aunque le costó, siguió disparando sin tomarse un descanso.

Se había coordinado que el centro del puerto era nuestro objetivo por el contenedor de Kaela, pero pese a que cada uno de mis soldatos se había memorizado el mapa del lugar en el jet con apenas el tiempo suficiente, las cosas se estaban complicando. Sabíamos hacia dónde movernos, qué rutas tomar, pero lo que no sabíamos era qué zonas evitar. Entonces, cada paso que dábamos era un paso a ciegas y yo no tenía tiempo para esto.

El aire olía a sangre y a pólvora, y el sonido de las balas rebotando en los contenedores era ensordecedor. Mi equipo seguía avanzando, cubriéndose unos a otros. Cada disparo que hacíamos se cobraba una miserable vida, pero los hijos de perra seguían multiplicándose como ratas, como animales que no sabían cuándo rendirse.

—¡Necesitamos ayuda en el flanco sur, caporegime! —pidió Gabriel por el comunicador.

Mierda, mierda. ¿No era ahí donde Riden había aterrizado?

—¡Equipo alfa, equipo delta, Anna y Jules, muévanse al flanco sur! —ordené sin despegar la vista de las malditas ratas.

—Pero, caporegime…

—¡Ahora! —corté el parloteo de Anna.

Bien podía apañármelas con Arabella a mí lado. La mujer era una maldita máquina, a pesar de todo.

La mitad de mi equipo se desplegó, dejándome solo con tres soldatos más, entre ellos, Bells. Una nueva ráfaga de disparos cruzó el aire, y vi a uno de mis soldatos caer, la sangre brotando de su cuello antes de que su cuerpo golpeara el suelo.

«Maldita sea».

—¡Caporegime…!

—¡Sigue avanzando, Bernie! —demandé, sin mirar atrás.

No tenía tiempo para lamentaciones, y menos para perder un puto segundo revisando un cadáver que sabía que ya estaba más que muerto. Lo que restaba del equipo pareció entenderlo al instante y nos lanzamos hacia adelante sin detenernos.

No tenía ni idea de cómo había pasado, pero de un momento a otro, Arabella se encontraba unos pasos más adelante, y para mi maldita frustración, la vi actuar sin pensarlo dos veces, disparando y avanzando como si todo lo que le había dicho en el jet jamás hubiese salido de mi boca.

No quería, pero en momentos así, entendía por qué Rush tenía la jodida idea de encerrarla bajo llave. Y lo entendí aún más al darme cuenta de que ella había visto la granada que algún bastardo había lanzado, pero en vez de agacharse, la maldita mujer decidió vaciar el cargador completo en los cuatro hombres del Boss que teníamos a solo metros.

—¡Arabella, cuidado! —le advertí, pero se pasó esas dos palabras por el culo.

Ella saltó detrás de un contenedor justo cuando la granada explotó muy jodidamente cerca de su posición. El fuego iluminó el aire y el estruendo sacudió el suelo bajo mis pies. El corazón se me detuvo por un segundo, pero volvió a latir desbocado cuando ella salió de las sombras, ilesa. De no ser porque otra explosión sacudió el puerto, le hubiese arrancado la cabeza después de asombrarme por lo mucho que Jesús la quería para mantenerla en una sola pieza.

Mi equipo se agachó mientras los escombros de esa explosión caían a nuestro alrededor. El aire se llenó de polvo, y mis ojos se movieron rápido, buscando a la maldita mujer entre el momento de confusión. La vi moverse hacia adelante, cubriendo la retirada de los soldatos, disparando sin parar.

—¡Joder! —siseé, corriendo tras su culo para cubrirla.

Los rusos no paraban.

Varios aparecieron a la izquierda, y Arabella se encargó de eliminarlos antes de que siquiera pudieran levantar sus armas. Las balas atravesaron sus cuerpos y cayeron como sacos, algunos con los ojos abiertos, otros maldiciéndola mientras se desangraban en el suelo.

Ella continuó, arriesgándose demasiado junto a mi escasa cordura. Vi cómo se lanzó a la derecha, hacia un grupo de hombres que intentaron flanquearnos. Me moví rápido detrás de ella, mis disparos resonaban en el aire. Uno, dos, tres. Todos cayeron con la misma facilidad que cortando papel, la sangre salpicando los contenedores mientras sus cuerpos colapsaban.

—¡Joder, Arabella, no te adelantes! —gruñí cuando siguió varios pasos delante de mí, cubierta de sudor, con una mirada peligrosa.

«¿Por qué no simplemente até su culo a la cama de servicio y la mandé de vuelta a Escocia, maldita sea?», pensé a regañadientes, siguiéndola.

La presión aumentaba con cada segundo. El centro del puerto estaba cerca, pero la respuesta de las malditas ratas era más intensa. Las explosiones seguían sacudiendo el terreno, y los gritos de dolor se mezclaban con el ruido de las balas.

Me agaché, disparando a otro que se había atrevido a acercarse demasiado. La rata apenas tuvo tiempo de ver lo que estaba pasando antes de que mi bala le atravesara la cabeza. La sangre salió disparada como una fuente y el cuerpo cayó sin más.

El fuego cruzado era cada vez más brutal.

Sentí otra bala rozar mi brazo y gruñí por el dolor, pero volví a ignorarlo, yendo detrás de la maldita mujer con vena suicida al verla lanzarse hacia una barricada, cubriendo a dos de los soldatos que estaban bajo fuego intenso. La cubrí, hasta que ella no tuvo más remedio que retroceder y cubrirse detrás de un contenedor a regañadientes debido a la cantidad de balas que volaban sobre nuestras cabezas.

«Gracias a Dios por los cartuchos de más».

Estábamos cerca del centro, pero con cada paso que dábamos, peor se colocaba la situación. Aun así, en medio del caos, de pronto, entre la densa nube de humo y la carnicería que nos rodeaba, una figura apareció corriendo hacia nosotros. Mi corazón dio un vuelco al reconocer la silueta del bastardo que no se había dignado a darme señales de vida, teniendo un puto comunicador a tu merced.

Riden estaba cubierto de polvo y sangre pero seguía de una pieza, con menos de los soldatos que había mando para socorrerlo. A pesar de que maldije para mis adentros, no me hacía falta que dijera nada para saber que la situación no había salido como esperábamos.

—¿¡Te costaba mucho asegurarme de que seguías respirando, hijo de perra!? —grité, abriendo camino entre los disparos, cubriendo su flanco con una ráfaga de balas.

Él llegó hasta mí, jadeado por el esfuerzo y la tensión, pero sus ojos mantenían ese brillo furioso con el que me vi muerto una docena de veces.

No me importó.

El alivio de verlo entero lo continué disfrutando.

—Los jodidos imbéciles fueron más rápidos. Masacraron a casi todos en donde caímos —dijo entre dientes, sin siquiera molestarse en echarle un vistazo a Arabella cuando ella se adelantó un paso, con la preocupación y el alivio pintados en el rostro.

—¿Estás bien? —preguntó ella, tratando de encontrarle algún detalle fuera de lugar sin tocarlo.

Riden la ignoró, como si no hubiera pronunciado palabra alguna. En lugar de eso, sus ojos volvieron a los míos, furiosos.

—Vi a Kaela, no está lejos. Está resistiendo cerca de los contenedores grandes, pero están rodeados, y la Bratva está ganando mucho más terreno del que pensábamos. Si ellos siguen así, todo esto habrá sido una pérdida de tiempo.

Asentí, procesando la información lo más rápido que podía. No era sorpresa que los del Boss estuvieran moviéndose más rápido de lo que habíamos anticipado. Estábamos jodiendo con la Bratva, después de todo. Pero Kaela seguía viva, y si alguien sabía cómo resistir mierdas, era ella.

—Bien —respondí mientras escaneaba el entorno. Era arriesgado moverse con tan solo diez personas, pero había que llegar a Kaela—. Nos movemos hacia ella. Permitir que la jodan ahora no es una opción.

Reorganizar el grupo fue rápido. Se cambiaron formaciones y se empezaron a cubrir direcciones claves. Sabíamos dónde estaba Kaela, y no íbamos a perder tiempo.

Los disparos seguían sonando por todas partes, y el suelo a nuestros pies temblaba con cada explosión cercana. Mis músculos estaban tensos, el sudor se acumulaba en cada parte de mi cuerpo, pero seguí trotando. Mi equipo avanzaba en dos flancos, disparando con minuciosidad, cubriendo cada ángulo mientras nos deslizábamos entre los contenedores.

El aire estaba tan cargado de tensión que parecía a punto de estallar. A medida que nos acercábamos al centro, el fuego enemigo se intensificaba. Cada segundo, una nueva ráfaga de disparos, y cada bala que atravesaba el aire parecía traer consigo una nueva mancha de sangre. Algunas de las ratas caían antes de poder vernos, otros gritaban en el suelo, retorciéndose mientras sus cuerpos eran atravesados por las balas.

—¡Cúbreme! —le grité a Riden mientras me agachaba tras una barricada improvisada.

Mi ametralladora rugió, y a la rata a la que apuntaba cayó como un saco de carne. La sangre brotó de su cuello, manchando el suelo mientras su cuerpo se desplomaba entre los escombros.

—¡Arabella, ni lo sueñes! —grité furioso, notando cómo intentaba ocupar mi lugar una vez más—. ¡Quédate en tu maldita posición!

Ella me lanzó una mirada que me decía todo lo que necesitaba saber. Pero me sabía a mierda. Me sorprendía que hasta ahora nadie la hubiera notado. Pero no me confiaba. Nóvikov no era ningún imbécil. Si él lograba ponerle las manos encima en el momento menos oportuno, por estar yo de idiota confianzudo, estaba jodido. Y me negaba a permitirme esa clase de errores.

Los minutos pasaron en un borrón de disparos y gritos hasta que, por fin, la figura de Kaela apareció en medio del caos. Estaba en el centro de una verdadera zona de guerra, su equipo atrincherado tras una pila de contenedores, disparando de manera frenética para mantener a raya a la Bratva. El suelo a su alrededor estaba cubierto de casquillos y sangre, y los cuerpos enemigos yacían esparcidos por todas partes.

—¡Kaela! —grité, abriéndome paso entre el infierno para llamar su atención.

Ella giró la cabeza hacia mí, su rostro empapado en sudor, cubierto de polvo, pero sus ojos seguían brillando con la misma ferocidad que en cada videollamada. Asentí hacia ella, y mi equipo se desplegó a su alrededor en una formación automática, construyendo una línea defensiva más sólida.

Sin embargo, lo primero que salió de su boca no fue un saludo.

—¿¡Por qué diablos ella está aquí!? —rugió, sin dejar de disparar, lanzándole a Arabella una mirada fugaz llena de reproche—. ¡Las cosas se van a complicar más una vez que se den cuenta que la hija del hijo de puta está aquí!

Arabella ignoró el comentario, pasando de ella. No dejé de seguirla con la mirada cuando, en un movimiento fluido, salió de mi línea de visión.

En cuestión de segundos, había acabado con el cuarteto de hombres que Kaela apenas lograba contener. Las pequeñas dagas volaron con la precisión y mortalidad que la definía, y en menos de un pestaño, los cuerpos de los hombres de Nóvikov se desplomaron al suelo, inmóviles.

Reprimí una sonrisa cuando Kaela bajó su ametralladora y resopló por lo bajo. No quitó la mirada de Arabela, ni cuando el charco de sangre a sus pies comenzó a crecer con cada hombre que doblaba la esquina y caía a manos de Bells.

—No estoy más feliz que tú, pero es lo que hay —replicó mi hermano de malas, disparando sin pausa para limpiarle el camino a Arabella desde la distancia—. ¿Dónde está la entrega?

—El que siempre hagan lo que esa niña quiera les va a traer problemas a futuro —murmuró Kaela, apenas audible, pero con suficiente veneno como para que Riden apretara la mandíbula.

—Nadie te pidió el consejo, Kaela —espetó Riden. La israelí lo fulminó con una mirada de muerte, pero Riden no se amilanó—. ¿Dónde está la entrega? —repitió, con un tono que dejaba ver la poca paciencia que se cargaba.

Kaela apretó los labios antes de responder, sin apartar su vista de las ratas que no hacían más que salir y salir.

—Tres contenedores adelante —respondió, tan arisca como Riden—. Hemos intentado acercarnos, pero Nóvikov tiene una base aquí, y sus hombres son como malditas cucarachas; mientras matas a dos, ocho más aparecen.

De inmediato mi mirada viajó a Bells y maldije internamente al ver la rigidez en sus movimientos. Ella lo había escuchado. Había escuchado cada palabra de Kaela soltó, y no era de extrañarse. La maldita mujer no se había molestado en ser discreta. Y, aunque Bells se encontraba de costado, no necesitaba ver su rostro para saber que ya estaba pensando en lanzarse de cabeza contra el maldito enjambre.

—Hay que volarla —dijo mi hermano, sin dejar de disparar.

La risa seca de Kaela hizo que Arabella tomara un respiro y volviera a mi lado, solo para masacrar con su mirada a la prima de otro imbécil.

—No es un mal plan —refutó ella.

Aproveché su ausencia en la esquina del contenedor para cubrir el flanco junto a Riden y lo que quedaba de mi equipo. Los disparos silbaban a mi alrededor, pero una parte de mí no dejaba de vigilarla de reojo.

—¿Estoy diciendo que sí lo es? —replicó Kaela, su voz cargada de mordacidad, el tono que sabía que a Bells le enervaría—. Escucha, niña, ¿qué crees que hemos estado haciendo aquí las últimas dos horas? ¿Jugar a ver quién aguanta más?

—No. Creo que lo único estuvieron haciendo fue absolutamente nada —respondió Arabella, cruzándose de brazos. Vi su gesto por el rabillo del ojo y, sin girarme, supe lo que venía—. Si hubiesen hecho algo útil, este desastre habría terminado hace horas. Lo único que veo es que están jugando a ser soldados, Kaela. Presumes de que tus hombres son competentes, pero lo único que he visto desde que pisé el puerto ha sido un camino de sus cadáveres en el suelo. Y tú, ni siquiera pudiste acabar con cuatro hombres, los cuales me tuve que encargar porque a kilómetros se te notaba lo mucho que te estaba costando. Serán duros, te lo concedo, pero no son más que juguetes para Bratva.

El aire se cargó aún más de tensión. El tipo de tensión que hace que hasta las balas se sientan más pesadas al cruzar el aire. No tuve que apartar la vista de mis objetivos para saber que las cosas entre esas dos mujeres estaban a nada de estallar.

—¿Te crees que es tan sencillo? ¿Qué es solo mandar a un puñado de hombres directo a la boca del lobo, colocar los explosivos y volarlo todo? —Kaela volvió a soltar una risa amarga, sin ningún rastro de diversión—. ¿En qué demonios piensas, niña?

—Dame los explosivos, y con mucho gusto te muestro lo sencillo que es barrer la basura cuando sabes cómo…

Solté una negativa mucho antes de que ella terminara, y Riden me secundó de inmediato.

Joder, en serio, ¿en qué momento había olvidado todo lo que le había dicho antes de pisar toda esta locura? Sentí cómo me quemaba con la mirada, pero no iba a dar mi brazo a torcer. No iba a ceder esta vez. Y agradecí que Riden estuviera a mi lado, porque en cualquier otra circunstancia, Arabella me habría soltado un drama monumental por no dejarla hacer lo que se le diera la regalada gana.

Kaela, por su parte, disfrutaba cada palabra que soltaba, provocando con cada maldita sílaba. ¿Qué ella no acababa de acusar la presencia de Arabella aquí?

—Hablas de habilidades, y sin embargo ni siquiera puedes decidir por ti misma. Tienes niñeros para eso —se burló, con una sonrisa venenosa que me crispaba los nervios—. Eso da mucho de qué hablar, niña.

—Dámelos —interrumpió Arabella, ignorando el gruñido de advertencia de Riden.

El infierno se desató en mi cabeza. Bajé el arma y la encaré, dejando que la rabia me llenara de pies a cabeza.

«Maldita mujer terca».

—He dicho que no —le agarré el antebrazo con fuerza, pero no me bajó la mirada. Al contrario, me destrozaba con ella—. O aceptas mi maldita decisión, o te pego un tiro en la pierna. Pero de aquí no sales, Arabella. Punto.

Su mirada ardía con una furia que podía duplicar la mía, pero daba igual. Ella no iba a alejarse de mi lado, mucho menos a un lugar donde estaba nada más y nada menos que el jodido Boss.

Matar a sus hombres era una cosa, estar frente a él, sabiendo que en cuestión de segundos podía raptarla era muy malditamente diferente. ¿¡Por qué mierdas no lo entendía!?

—Dispara, entonces.

Esperaba sarcasmo o esa jodida sonrisa desafiante, pero ella sí estaba hablando en serio. Maldije.

—No vas —repetí en un gruñido.

Arabella miró hacia a Kaela, que sostenía dos pequeños explosivos en ambas manos con una mirada retadora. Luego volvió a mirarme con esa expresión de desafío que me ponía los pelos de punta.

—O me disparas o ve que haces para detenerme, Rise, pero…

Una granada más una bomba de humo estallaron a unos metros de nuestra posición, interrumpiendo a la maldita mujer terca. El estruendo fue ensordecedor, y el humo negro se extendió como una maldición, tragándoselo todo. Volví a maldecir en voz alta cuando la imagen de Arabella se distorsionó ante mí, desapareciendo en cuestión de segundos.

—¡Joder! —solté, respirando con dificultad mientras intentaba salir del humo denso que me cegaba.

—¡Rise! —Riden me gritó al oído junto a un montón de voces más. ¿Pero saben de quién no escuché ni una palabra? Sí, exacto.

«Hija de…».

Moví mis piernas lo más rápido que pude, tratando de escapar de la nube negra que me impedía hacer lo único que quería: matar a la maldita mujer que había decidido, una vez más, hacer lo que le daba la gana.

—¿¡Dónde está!? —rugí por el comunicador, tratando de ver algo, lo que fuera—. Riden, ¿¡en dónde mierda está!?

—¡Dame un maldito momento, hijo de puta! —lo oí jadear, furioso.

Resoplé, sintiendo como la cabeza me daba vueltas por tanta mierda y la ansiedad hacia un nudo enorme en mi estómago.

—¡No disponemos del maldito tiempo, Riden!

No respondió.

Me tragué con retahíla de maldiciones y continué buscando algo de claridad en medio del humo, moviendo las piernas hacia donde vislumbraba una ligera apertura. Tras lo que me parecieron horas, logré salir, justo detrás de una fila apilada de contenedores que no hacía más que recibir cientos de balas a cada segundo.

El caos había alcanzado niveles insostenibles; el desastre era aún peor. La pila de contenedores que había funcionado como trinchera ya no existía, mi equipo se había esparcido por el área, tratando de cubrirse mientras los disparos aumentaban. Contenedores ardiendo, cenizas cayendo del cielo, más gritos resonando, escombros volando por todos lados, y explosiones surgiendo cada vez más, sacudiendo el suelo bajo mis pies. Los silbidos de balas atravesaban el aire, y mi corazón se aceleraba con cada eco, cada vibración del piso.

Pude visualizar a Kaela, a Anna, a Jules y varios más en el centro de la acción, disparando sin cesar. Kaela mantenía una sonrisa desafiante en su rostro mientras disparaba, y eso no me daba paz alguna. Menos cuando me di cuenta de que no podía encontrarla a ella, cuando no veía a Arabella por ningún lado.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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