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1. Let's Play - Capítulo 71

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Capítulo 71: 68

Jugadas que nadie vio venir

Jugarlo todo tiene un precio, pero el dolor imprevisto demuestra que siempre se subestima el costo

La ansiedad se transformó en una presión aplastante ahora en mi pecho, pero aun así no me detuve. La busqué frenéticamente, barriendo cada pequeño espacio con la mirada en busca de cualquier señal, cualquier destello de su melena negra que pudiera indicarme que estaba bien. El estrés era palpable, y el miedo comenzaba a hacerse un hueco en mi estómago, mezclándose con la jodida culpa que me corroía la sangre.

«Debí, jodidamente debí, dejarla encerrada en algún maldito lugar del jet. Así me hubiese evitado todo ese dolor de cabeza innecesario, joder. ¿Por qué diablos creí que se tomaría las cosas con calma? ¿Por qué le di el beneficio de la duda? ¡Debí encerrarla bajo llave!».

Una figura captó mi atención a metros de mí. Aunque pude respirar mejor cuando vi que se trataba de mi hermano, la culpa no se disipó y el maldito miedo tampoco. Riden corrió a mi lado, cubierto de manchas negras y con una mirada que ardía de furia y que decía más que mil palabras. En su mano sostenía un pequeño dispositivo que hizo que mi corazón volviera a latir, mientras que mi mente se inundaba con ocho mil formas de matar a Arabella.

—Ella…

Riden estampó un puñetazo en todo mi ojo izquierdo a la par de que me lanzaba el localizador en el pecho.

—¡Una sola cosa te pedí y te la pasaste por las malditas bolas, hijo de perra! —bramó, sin darme tiempo a reaccionar—. ¡Te dije que era arriesgado para ella, te advertí que haría lo que le viniera en gana y jodidamente te pedí que la mandaras de vuelta a Escocia! ¡Pero tú no escuchas! ¡Dejaste que ella hiciera contigo lo mismo que hace con Rush y ahora por tu culpa se lanzó de cabeza hacia los brazos del maldito Boss solo por demostrarle una mierda a la maldita de Kaela, Rise!

Su vómito de palabras resonaban con un peso que me aplastaba. Cada sílaba estaba bañada en razón. Sabía que era mi culpa, que si algo le pasaba a esa mujer, yo cargaría con todo el peso. Pero que te lo sacara en cara tu hermano, hirviendo de ira, mientras te palpitaba el ojo por el dolor del golpe e intentabas ver por encima del dolor qué diablos estaba haciendo Arabella, hacía que mi cabeza pensara en mil mierdas y no dijera ninguna.

—Yo sé que…

—¡No me digas una mierda! —espetó, furioso, dejando caer otro golpe en toda la boca de mi estómago—. ¡Si ella muere aquí, Rush no será el mayor de tus problemas, maldito bastardo!

Debía molestarme con él por los golpes recibidos, pero lo único que mi cabeza estaba pensando ahora que estaba en el suelo jadeando por aire, era que en qué momento los sentimientos de Riden se habían intensificado tanto por la novia de mi hermano. Si Riden seguía por ese camino…

—¡No estamos en la posición más cómoda para peleas familiares! —la voz de Kaela se filtró por mis oídos, junto a las botas negras que llenaban mi campo de visión y el gruñido rabioso de Riden—. Arabella está en la base ahora mismo. Tenemos que regresar a los helicópteros antes de que todo este puerto se hunda.

«¿Dijo “todo el puerto”?».

—¿Cómo que todo el puerto? —siseó Riden.

Unos brazos me rodearon el cuerpo, tratando de levantarme. Me afinqué en ellos y le agradecí a Jules entre dientes y como pude, encarando a Kaela.

—La mitad de mi entrega la destrozaron esas malditas cucarachas rusas —replicó, molesta—. No haré nada enviando solo una parte. Querían el producto completo para dentro de dos días y el envio dura justamente eso. No puedo simplemente cambiarlo. Así que, si yo no puedo enviar nada, el hijo de puta del Boss tampoco lo hará.

—¿Arabella sabe? —fue lo único que logré articular a duras penas.

—Es una chica lista. Sabrá eso cuando tenga la oportunidad. Además —se sacó un pequeño control de su traje y se lo lanzó a mi hermano—, Arabella solo tiene que dejar los paquetes. Tu hermano se encargará de darle el tiempo suficiente para que ella logre salir de la base y luego volará todo.

Las palabras de Kaela no hicieron nada para calmarme. De hecho, solo expandieron, si es que era posible, cada partícula de rabia que ya estaba hirviendo en mí. La respiración errática de Riden me dejó claro que él sentía lo mismo; no podía culparlo. La maldita mujer había mandado a Arabella a ciegas a los brazos de Nóvikov, sabiendo desde el principio que iba a retirarse. ¿Y lo decía tan calmada? ¿Tan tranquila?

Fue una vibración violenta en el suelo lo que nos impidió soltar el veneno que teníamos guardado para ella. No tuvimos tiempo de mandarla a la mierda, pues sus gritos comenzaron a resonar, movilizando a los soldatos que quedaban, anunciando la retirada.

A pesar de nuestra pelea, miré a Riden. La rabia era palpable en sus ojos, pero también había resignación, como si supiera que no había más que hacer. Lanzarnos a buscar a Arabella sería suicidio; lo mejor que podíamos hacer era ayudarla desde una mejor posición.

—Llámalos —aceptó él de mala gana, lanzándose a correr lejos del caos, con varios hombres de Kaela tras él.

Dejé escapar el aire que no sabía que tenía retenido y, justo después de que él partió, me lancé a correr. Dejé atrás a la maldita mujer israelí me costaba, pero no había otra opción. Me puse en contacto tanto con Nathaniel como con Alex.

Todos nos agrupábamos en el extremo más alejado que el puerto disponía para cuando los helicópteros llegaron, con las cuerdas listas, a la vista de todos. De más de cien personas que habían estado con nosotros, apenas veinte quedaban, lo que hizo que la retirada fuera lo bastante rápida. Una vez en el interior, tratamos de liberar la adrenalina que nos consumía.

Los soldatos se dividieron en los tres helicópteros como pudieron. Mi hermano y yo quedamos en uno. Nathaniel lo estaba pilotando sin ayuda, pero Riden tuvo que tomar asiento al lado del soldato, moviendo la nave rápido para colocarnos encima de la base del Boss, lo cual fue un maldito martirio. No llevábamos ni dos minutos sobrevolando el lugar cuando la lluvia de balas empezó a impactar en el exterior del helicóptero.

Habíamos perdido la conexión con el comunicador con Arabella en su momento, pero me había encargado de eso al segundo de que mi culo tocó el fuselaje del helicóptero. Ahora contaba con su molesta y cansada voz, resonando en mis oídos mientras que exigía que voláramos el lugar de una buena vez. Lástima que sus peticiones también me las pasaba por el culo.

—¿Dónde estás? —cuestioné con rapidez, tratando de ver la pequeña base de cuatro pisos a través de la ventanilla.

—¡Joder, Rise! —gritó, los disparos escuchándose de fondo—. ¿¡Cuánto más lo tengo que repetir!? ¡Exploten el jodido lugar!

La furia de Arabella quemaba. Ella se había dado cuenta que no era capaz de activar los explosivos por su cuenta, y eso la tenía furiosa.

—¡¿Dónde estás?! —repetí, alzando la voz, sintiendo el estrés escaparse de mi control—. Me sabe a mierda lo que quieras, ¡no se va a volar nada hasta que vea tu maldito cuerpo colgando del arnés, Arabella!

—¡Está en ti, Nathaniel! —gritó Riden, saliendo de la cabina, llegando a mi altura, arrebatándome el dispositivo de localización.

En mi vida había visto a Riden teclear en su dispositivo con tal furia mientras maldecía entre dientes, y aunque quise decirle que se calmara, las palabras se me atragantaron.

Todo esto estaba pasando por mi culpa. Había creído que por primera vez en su maldita existencia Arabella iba a cumplir parte de lo que prometió, pero me cagaba en todo con esa jodida mujer y sus ganas de pasarse siempre todo por el coño.

—Está en el tercer piso —siseó Riden, irritado—. Ella…

—¡Vuélenlo! ¡Ahora! —rugió ella por el micrófono.

—¡Hasta que tu no estés dentro del helicóptero no pienso hacer una mierda, maldita psicópata! —respondió él, fúrico—. ¡Llevas casi una hora tratando de colocar el segundo explosivo en ese piso! ¡Saca tu culo de ahí y deja esa mierda así, Arabella!

Implementar cámaras en cada equipo táctico como pequeños rastreadores luego del desastre que se tuvo con ambos dolores de cabeza había sido un trabajo arduo, así como también una idea bastante práctica. Sin embargo, ver a Arabella seguir corriendo y disparándole a cada bastardo que se le cruzaba para jugar con los límites de mi cordura mientras que Nathaniel trataba de mantener el helicóptero estable sin ayuda, pese a que seguían soltando tiros al aire, era la cosa más estresante que había tenido la desgracia de presenciar.

—¡Jodida mierda, Arabella! ¡No estoy para tus malditos juegos, sal de ahí! ¡Ya! —vociferé, peor que Riden.

—¡Si no lo explotan ustedes, voy a ver cómo diablos lo hago yo, así me hunda aquí! —me gritó de vuelta. Vi como subía un par de escaleras manteniendo el explosivo que le quedaba en su pecho—. ¡¡Con su ayuda o sin ella, pero cuales sean sus órdenes me las paso por el culo con tal de dejar esto en escombros!!

El aire se llenó de una sarta de maldiciones por parte de mi hermano y mías, pero aunque ella las escuchó todas y cada una de ellas, siguió moviéndose, corriendo por un pasillo que, según el detector de calor, guardaban varios hombres del Boss a su izquierda. Riden lo vio y con su voz contenida se lo informó.

—Ocho más están al doblar el pasillo.

Arabella corrió por el pasillo y cuando dobló a la izquierda, se topó con cada uno de ellos. Cargó la ametralladora y dejó que las balas impactaran en cada cabeza que vio. Una vez en el suelo, corrió hasta otras escaleras y las subió de tres en tres.

—Está cerca —murmuré, apretando los dientes, yendo a tomar el mando del lugar vacío que dejó Riden al lado de Nathaniel—. Detrás de los contenedores, Nathaniel.

Él siguió al pie de la letra lo que le quise decir y sobrevolamos el lugar, tratando de esquivar a como diera a lugar los proyectiles que los bastardos del Boss estaban lanzando para intentar derribarnos.

—¡Vuélalo! —ordenó de nuevo.

—¡No pienso volar una maldita cosa hasta que tu condenado culo esté en el helicóptero, maldita sea! —oí a Riden gruñir.

No supe que estaba pasando con Arabella. Lo único que podía escuchar era su respiración agitada y varias maldiciones por debajo a la vez que colocamos el helicóptero justo por encima de la salida del último piso de la base, dejando el arnés a la vista.

—¡¡¡Manda a volar ésta mierda o te juro Riden que tendré la punta de mi bota en tus bolas!!! ¡Vuélalo! —chilló una vez más—. ¡YA!

—¡Hazlo! —le ordené a Riden, al tiempo que veía a duras penas a la maldita mujer lanzarse al arnés, colocándoselo para luego jalonear la cuerda—. ¡Súbela de una buena vez y explota esa mierda, Riden!

Treinta segundos.

No habían pasado más de treinta segundos cuando, luego de asegurarme que Arabella estuviese guindada en el arnés para alejarnos del jodido lugar, la explosión llegara. La dimensión de la explosión fue tan grande que sacudió furiosamente el helicóptero, sacudiéndonos a todos en el proceso. Aún así, no esperé a que el fuego empezara a esparcirse detrás de nosotros cuando salí de la cabina justo para verla y matarla.

Su cuerpo llegó al tope del interior y se las tuvo que arreglar para terminar de subirse ella sola porque ni por el coño alguno de nosotros la íbamos a ayudar en una mierda. Al estar dentro, esos ojos negros me reflejaron varias posibles muertes para mi persona.

—¡No te atrevas a soltar una puta palabra! —rugí antes de que pudiera abrir la boca, furioso. Di pasos rápidos y largos hacia ella. Luego, la tomé por la barbilla, obligándola a mirarme a los ojos—. ¡Hiciste lo que te dio la gana! ¡Otra vez! ¡Me diste tu palabra, Arabella! ¡Ibas a morirte! ¡Y más atrás yo por dejarte cometer semejante estupidez!

Apenas me dedicó una sonrisa burlona, como si mis palabras no le importaran en absoluto.

—Rush no tiene que enterarse de esto si es lo que te preocupa, Rise —dijo con desprecio, como si estuviera tomando esto como un simple juego.

«Maldita mujer».

La solté de golpe, apretando el puente de mi nariz, maldiciendo para mis adentros. Sí, ella estaba bien, con varios rasguños, moretones en la cara, y bañada en cenizas. Pero maldita sea, se había arriesgado. Se había pasado todo por el culo y se arriesgó por mierdas que no tenía porqué haberse arriesgado, y todo por culpa de la maldita de Kaela.

Yo también cargaba con la mayoría de la culpa, lo sabía. Pero si no hubiese sido por esa jodida bomba de humo, nunca le habría permitido alejarse de mi lado. Podría soltarme lo que quisiera, pero le hubiese pegado ese maldito tiro en la pierna antes de que diera un solo paso fuera de mi radar.

Rush me sabía a mierda. Para ser honesto, sus preocupaciones por Arabella me importaban tanto como le importó a él pasar sus días con su novia para estarlos pasando con Adalia. Que Arabella llegara con algunos rasguños ante él, me daba igual. ¿Pero que se presentara con un solo pelo fuera de lugar ante Kendall? Ahí las cosas tomaban un cariz completamente distinto.

—¡Lo que Rush opine me importa una mierda, Arabella! —grité, girándome hacia ella con la rabia a flor de piel—. Todo el maldito búnker debe saber a estas alturas que tú no estás allá. ¡Lo que me importa es que te arriesgarse y desobedeciste por una estupidez! ¡Te dejaste provocar por Kaela y casi arriesgas tu vida en el proceso! ¡Fuiste estúpida! Por eso y por más razones de las que no soy capaz de formular, por mí de ahora en adelante te quedas bajo llave en cualquier baño del búnker —ella frunció el ceño—. ¡No vuelves a salir conmigo! ¡No vuelves a salir del búnker!

—¡Sé defenderme muy bien sola, Rise! —replicó, la rabia en sus ojos igualando la mía.

—¿¡Y yo estoy diciendo lo contrario!? —le espeté, sacudiendo la cabeza—. ¡Sé mejor que nadie lo letal que eres, así como sé que eres capaz de cuidarte sola! Pero eso no significa que siempre pienses antes de actuar. ¡No te quiero conmigo en ninguna otra misión, no porque no puedas aligerarme la carga, sino porque siempre eliges proteger a los demás antes que a ti misma! ¡Y eso es lo que me exaspera, Arabella! ¡Por eso mismo es que te quedas en Escocia hasta que el infierno deje de arder!

—¡No puedes mantenerme…!

Avancé dos hacia ella, hasta que estuve frente a frente. Arabella tuvo que alzar la barbilla para sostenerme la mirada.

—¿Segura? —siseé entre dientes—. ¿Quieres probarme? ¿De verdad quieres hacerlo?

Ella no respondió. Sus ojos ardían con furia, pero no dijo ni una palabra. Nos miramos por lo que pareció una eternidad, hasta que finalmente me di la vuelta y me alejé, incapaz de soportarlo más, volviendo a estar de lado de Nathaniel, tratando de distraerme con el cielo crepuscular ante mí.

Intenté distraerme, sofocar la tensión de toda esta mierda, pero las voces que empezaban a sonar detrás de mí eran imposibles de ignorar. El zumbido de los motores era lo único que llenaba el silencio, por ende, las voces se escuchaban aún así no quisiese. Me negaba a hablar con Nathaniel en mi estado; sabía que Riden ya se había desquitado con él, y si lo hacía yo también, no me iba a conformar con un solo ojo morado.

—Si te digo que aprietes ese puto botón, lo aprietas y reduces todo a escombros, ¿sí estamos? —escuché su tono enfadado—. Esté o no esté yo adentro, vueltas toda esa mierda.

«Por supuesto».

—No puedo —admitió Riden, en voz baja.

—¡Puedes! —terció ella—. Si es elegir entre ustedes o yo, siempre los voy a elegir a ustedes. No dejes que mi decisión se desperdicie por excusas sin sentido, Riden.

«Maldita».

—¡No son excusas sin sentido, psicópata! —siseó mi hermano con hostilidad—. Yo… ¡Rush no podría vivir sin ti y yo no podría mirarlo a la cara y decirle que te dejé solo porque tú me lo ordenaste! ¿Cómo diablos crees que me sentiría diciéndole eso?

—Es mi decisión.

—¡Decisión que nos afecta a todos! Deja de ser tan malditamente independiente y entiende que te necesitamos con nosotros. Deja de colocarte a la primera muerte que veas cerca y piensa en cómo, si te mueres, nos afectaría a todos.

No me tuve que voltear para saber que la había dejado sola. Sentí su hostilidad en mi espalda. Tampoco tuve que levantar la cabeza para decirle con la mirada que todo lo que había dicho…

—Guárdatelo. Por Dios, guárdatelo —musitó detrás de mí, sin haberle bajado una pizca a su enojo.

Negué con la cabeza, sintiendo que todo esto estaba desmoronándose junto a otro mal sabor de boca que no dejaba de incomodarme desde momentos antes de que el puerto explotara en pedazos. Y Riden no ayudaba en absoluto si seguía hundiéndose por una mujer que estaba más que reclamada.

—O te entierras en un coño o empiezas a perderte en los ojos de Roelle, Riden —susurré en respuesta, manteniendo la vista fija en el horizonte—. Porque cualquiera que sean los escenarios que te hayas creado con ella, todos ellos tendrán el mismo final, y los vas a odiar. Páralo, Riden. Lo digo en serio. Nada de esto va a terminar bien para ti si te sigues hundiendo.

Pero lo que más deseé con fuerza fue no haber escuchado esas tres palabras que soltó después.

Deseé que nunca se hubieran deslizado de su boca.

Joder, lo deseé con ansias.

Sin embargo, ya estaba dicho y yo no sabía qué responder ante eso salvo por una sola cosa:

—Estás jodido.

Desde ese momento, creí que las cosas iban a bajar su intensidad, pero no fue así. Apenas llegamos al aeródromo, Kaela ya había desaparecido, sin dejar ni una sola pista. Todo lo que quedó de ella fue un mensaje escueto que dejó con uno de mis soldatos: “gracias”.

Solo eso.

Un jodido “gracias”.

Me tragué cada maldición que me quemaba la lengua, cada insulto que quería lanzarle. Tenía que seguir. Aún faltaban diez personas que quedaban de mi equipo por abordar el jet, y además, estaba la despedida con Alex, más por compromiso que por otra cosa. Cuando todo estuvo listo, Nathaniel y Riden se encargaron de llevarnos de vuelta a Escocia.

Esta vez me tocó quedarme con Arabella.

A pesar de estar a mi lado, algo apartados de los demás soldatos visiblemente cansados, no emitió ni una palabra. Se recostó en el asiento, cerró los ojos y no los abrió hasta que el jet aterrizó en el helipuerto del búnker. Agradecí al infierno por eso. No había espacio para discusiones ni reproches, y aunque el silencio entre nosotros era denso, cargado de todo lo que había pasado, hablar no iba a hacer nada más que llevarnos de cabeza a las discusiones acaloradas.

Cuando la puerta se abrió, dejé que los soldatos descendieran primero y cuando estuvo vacía, Nathaniel los siguió, y Riden nos esperó en toda la puerta con cara de pocos amigos. Me había preparado para el dolor de cabeza que se suponía me iba a encontrar una vez que llegáramos, pero suspiré de alivio cuando bajamos del jet y nadie nos recibió en la plataforma, en la entrada del edificio que el ex sotvenik tenía como fachada, ni mucho menos en el pasillo del búnker cuando las puertas del ascensor se abrieron. Aún así no me confié. Ninguno de nosotros lo hizo.

Seguimos caminando hasta dar con la plaza principal, y respiré hondo al encontrar todo normal; soldatos de un lado a otro, ruido y risas. Sin embargo, por más que quería evitarme todo este martirio, tenía que hacerme cargo de mis mierdas y Arabella también. Un escarmiento más no le haría daño alguno, así que le tomé el brazo antes de que pudiera desaparecer de mi vista.

—Hay que hablar del asunto con los demás —dije cuando alzó la vista hacia mí—, y vienes con nosotros.

—No iba a irme para ningún lado, idiota —musitó, frunciendo la nariz.

Claro quise decir, pero tanto de Riden como de mí lo único que salió fueron un par de gruñidos por lo bajo que ella ignoró. Me armé de paciencia una vez más mientras me mentalizaba otra vez para la bomba que iba a explotar y, de nuevo, nos empezamos a mover.

—Mierda —exhalé al cruzarme con Grant Harrison justo al pie de las escaleras que llevaban a la sala de comandos.

Era como si la atmósfera misma hubiera cambiado al verlo. Su rostro, comúnmente estoico, ahora estaba distorsionado por una rabia ardiente, un dolor arrollador, tangible, que se cocinaba con cada paso que dábamos hacia él.

Cuando al fin estuvimos lo bastante cerca, nos atravesó con una mirada que podría haber pulverizado montañas. Arabella se tensó, esperando lo que sea que él le iba a gritar. Riden soltó un suspiró pesado y yo solo me crucé de brazos, esperando a que todo esto terminara rápido.

Pero entonces, lo dijo.

De toda la retahíla de mierdas que salió de su boca, solo una me arrasó como un puñetazo en el estómago.

Solo una desgarró el aire a mi alrededor, desgarrando cada fibra de mi ser.

Solo una palabra hizo temblar las bases de mi mundo.

Un calor abrasador subió desde mis entrañas, trayendo consigo algo que nunca había conocido antes: rabia pura, cruda, que me estranguló el pecho.

Mi corazón empezó a latir con una furia descontrolada, el aire me faltaba y mi mente quedó atrapada en el maldito nombre que logré captar.

Todo en mí no solo gritaba venganza. Gritaba algo más primitivo, más sucio. Algo que me carcomía las entrañas y que exigía que lo dejara salir.

Ese nombre no solo había despertado mi rabia. Había encendido un fuego que me quemaba por dentro, tan feroz que supe, en ese momento, que no habría retorno para lo que él mismo se había buscado.

Y me alegré, pese a todo lo que me consumía, me alegré. Me alegré de que no fuera el único. Me alegré de que ella también lo hubiera escuchado, de que ella también lo sintiera, llevándolo mucho más allá.

Vi en sus ojos algo que me dio una perversa satisfacción: ella estaba dispuesta a quemar el mundo por esto. A arrasar con todo, tal y como yo, empujando todo, superando cada uno de los límites. Excediendo todas las expectativas.

Y estaba bien. Porque sabía que iba a disfrutar cada maldito segundo de la caída del bastardo.

Cada.

Maldito.

Momento.

«Maldito Zacharias».

♦ ♦ ♦

Zacharias

Horas antes.

“El Boss está liderando el ataque”.

Esa frase, escuchada al pasar por el pasillo, me hizo detenerme. Aquello no era cualquier información; era una pista valiosa. Me quedé a un lado de la puerta, asegurándome de que mis sospechas eran correctas, de que lo que había escuchado era cierto.

Sí lo eran. Eso, más el que dijeran que Arabella había salido de este sucio agujero subterráneo, era todo justo lo que necesitaba escuchar para poner en marcha mis planes.

Mi mente comenzó a trabajar en maquinaciones rápidas, una habilidad que había cultivado a lo largo de los años. Sabía la ubicación, conocía los lugares y tenía todo a mi favor. Esta era mi única oportunidad para poner en marcha todo.

Con eso en mente, salí en busca de la única persona que haría lo que fuera por Arabella —la única persona que se saltaría las reglas por ella—, y sonreí de soslayo al encontrarla. Era casi predecible que estuviera rodeada de un montón de gente buscando su atención. Ella era el centro de atención en la plaza, sentada en una de las bancas, parloteando sin parar mientras los demás reían ante cualquier cosa que soltaba Kendall. Era un pequeño espectáculo, sin duda, pero eso no me detendría.

Me acerqué, vomitando internamente por lo penoso que se veía la escena. Carraspeé aun cuando ella me ignoró de manera voluntaria, exigiendo su atención. A su alrededor, el murmullo se apagó, dejando una tensión en el aire que sabía cómo aprovechar.

Finalmente, Kendall giró su cabeza hacia mí, y la sonrisa fácil que había tenido un momento antes desapareció, reemplazada por un mohín que me decía que había dejado de encontrarme gracioso.

—Necesitamos hablar —fui directo al grano.

—Estoy ocupada, Zacharias —me respondió, señalando a su séquito.

—Es importante —dije, pasando de las miradas inquisitivas.

La incomodidad se volvió palpable, pero después de un momento, Kendall frunció los labios en una línea delgada y asintió.

Había sido un camino complicado entre nosotros, pero tras el rescate de Arabella, las cosas se habían vuelto más manejables. El trato se había vuelto más fácil de llevar. Sin embargo, había una tensión subyacente que nos recordaba que nada volvería a ser como antes.

Esperé a que se levantara y saliera de su círculo de seguidores. La tomé del brazo, alejándola de aquel grupo de garrapatas, aunque se liberó de inmediato al estar lo bastante lejos. Aún así, me miró con esa expresión que solía tener, como si nada de lo que dijera le importara.

—¿Qué es tan importante? —preguntó, exhalando un suspiro mientras apoyaba las manos en su cintura.

—El Boss tiene a Arabella —dije, y no me tomé la molestia de darle más vueltas al asunto.

Esperé que una ola de arrepentimiento me invadiera tras soltar esa mentira así como así. Pero no llegó. En su lugar, respiré con calma, manteniendo los ojos fijos en ella. La mentira formaba parte del plan, y aunque había supuesto que sentirme mal por ello era una obligación, el hecho de que no lo hiciera me dejó una sensación de satisfacción. Kendall no había sido una mala persona conmigo, incluso habíamos compartido buenos momentos. Pero luego llegó un Massey y decidió arruinarlo todo, porque eso era lo que hacían cada uno de ellos: joder y arrasar con todo a su paso sin importarles las consecuencias de sus actos.

Kendall, por supuesto, fue lo bastante astuta como para no creerme a la primera. Levantó una ceja y me lanzó una mirada que intentaba desafiarme. Era interesante; jugar con la percepción de los demás era otra de las cosas que había aprendido a hacer con el tiempo.

—¿No es muy bajo venir con esto para llamar mi atención, Zach?

No. No era bajo. Era inteligente.

—Acabo de escuchar a Harrison decírselo a Rush en la sala de comandos —insistí, dándole tiempo para que procesaran la noticia. Noté cómo su expresión se oscurecía poco a poco. «Eso»—. ¿Por qué mentiría sobre algo así?

—Porque eres un mentiroso compulsivo que no piensa en nadie más que en sí mismo —dijo, aunque todavía parecía estar asimilando la información.

Esbocé una media sonrisa, más por costumbre que por otra cosa.

—No dices lo mismo con ninguno de los Massey, Kends, ni siquiera con Harrison —me crucé de brazos—. ¿Padeces de un síndrome o algo para siempre terminar con los mentirosos compulsivos?

—¿Dijiste que acabas de escucharlo? —me interrumpió, ignorando el comentario. Asentí—. Pero eso significaría que…

—¿Que tu amiga estúpida se lanzó al operativo de Kaela donde son los hombres del Boss los que se están encargando de que su entrega no se lleve a cabo? Sí, puede que sí —dije, viendo cómo su rostro se endurecía con cada palabra.

Kendall cerró los ojos, soltando un gruñido bajo y contenido.

—Maldita seas, Arabella —masculló entre dientes antes de mirarme—. Vienes conmigo. Vamos a alistar el helicóptero.

La miré, fingiendo sorpresa, como si no fuera exactamente lo que había buscado desde el principio.

—¿Vamos? —repliqué, haciendo como si dudara.

—Vamos —afirmó, tomándome del brazo y dirigiéndose hacia las escaleras—. Dudo que tengas algo mejor que hacer de todos modos —añadió en voz baja.

Nos tomó sólo un par de minutos prepararnos y salir al exterior, lejos del infierno bajo tierra que era el búnker. Al llegar al helipuerto, nos encontramos con Durance Faith y una aeronave que, debo admitir, no había visto antes. Kendall, en silencio durante todo el trayecto, no había hecho una sola pregunta sobre la ubicación dónde se encontraba la cabeza de la mafia israelita, lo que me llevó a suponer que ya tenía todos los detalles, probablemente porque su nuevo novio ya le había dado un repaso antes de irse.

Por mí estaba bien. Repetir indicaciones no era lo mío.

—Creí que se habían llevado cada aeronave que se tenía disponible —comenté, más por hacer conversación que otra cosa, mientras caminábamos por el helipuerto del edificio que hacía de tapadera del búnker.

—Se llevaron las más grandes —respondió mientras se ataba el cabello en una cola alta—, no todas.

Dicho eso, cortamos la distancia y nos adentramos a la extraña aeronave, sin pasar por desapercibida la mirada de Durance.

—¿Estás segura de qué…? —dejó de hablar cuando Kendall se sentó a su lado, colocándose el pequeño casco con el micrófono incluido, maniobrando los botones de panel como si fuese algo que hiciera todos los días—. ¿Sabes pilotar también? —preguntó, sorprendido.

—Harrison no deja las cosas a medias —tajó, irritada—. ¿Vas a seguir parloteando estupideces o nos vamos de una buena vez?

Me acomodé en el asiento más cercano, reprimiendo una sonrisa. Durance no dijo nada más, y en cuestión de minutos estábamos en el aire, volando por el cielo oscuro.

—¿Zacharias? —la voz de Kendall me llamó la atención. Saqué la vista de la ventanilla para observarla. Ella no despegó la mirada del frente—. Ni una palabra de esto a Harrison.

—Cómo quieras —contesté, encogiéndome de hombros.

“Ni que fuese estúpido” fue lo que quise decir, pero mejor prevenir que lamentar.

El ambiente estaba cargado de tensión, sin embargo, eso no me preocupaba. Todo se estaba alineando según mis planes, y eso era lo único que me importaba. El Boss estaba ahí, junto con una de sus bases menos concurridas, Kaela estaba en el juego, y habría suficiente caos como par que pasáramos desapercibidos.

Si la suerte seguía de mi lado, regresaría al búnker con exactamente lo que estaba yendo a buscar.

El vuelo transcurrió rápido, tan rápido que apenas me di cuenta de cuando estábamos encima del estrago que había en el puerto sino hubiese sido por el fuego inminente que se esparcía por la mitad del puerto y el sinfín de gritos, a pesar de que estábamos lo bastante lejos de todo el caos. Kendall, en contraste, se movió con agilidad.

—Mantente cerca, Durence —tuvo que alzar la voz para hacerse escuchar por encima del ruido que se alzaba desde abajo. Salió de la cabina, tras dejarle un comunicador a Faith, tomó dos bolsos negros y me lanzó uno—. Espero que tu papá también te haya enseñado a cómo aterrizar con un paracaídas.

Atajé la bolsa, guiñándole un ojo antes de ponerme la mochila.

—Hay muchas cosas que pueden seguir sorprendiéndote de mí.

Alzó la comisura de su boca en una diminuta sonrisa, negando con la cabeza.

—Gracias a los cielos por no permitirme seguir contigo para descubrirlas —musitó, dándome en el ego.

Antes de que pudiera replicar, ella abrió la puerta de la aeronave, y el aire nos golpeó con fuerza de manera imprevista, amplificando el estruendo del puerto. Kendall saltó sin vacilar, y segundos después, la seguí. La distancia entre la aeronave y el puerto era corta, y gracias a los contenedores apilados, nuestro aterrizaje fue eficaz.

—Tenemos el tiempo contado —dijo al quitarse la mochila en un movimiento rápido, armándose después—. Hay que regresar antes que los demás y mucho antes de que Harrison se dé cuenta de que no estoy, así que hay que movernos, Zach.

Fruncí el ceño. Una hora no me serviría para lo que tenía en mente; necesitaba al menos dos, pero ya no podía dar marcha atrás.

—Una hora es muy…

—Es lo justo —cortó, lanzándome una mirada asesina—. Sacar a Arabella no me tomará más que eso si aprovechamos todo el caos. Se nota que los hombres del Boss están esparcidos por todos lados y logré ver que la base está…

—Esa no es —dije sin pensarlo, con la fría certeza de que el tiempo se me estaba acabando mucho antes de que siquiera comenzara.

Kendall no quitó su vista de mí.

—¿Disculpa?

«Mierda».

—Lo escuché de Harrison —mentí con una naturalidad ensayada—. Él le dijo a Rush que tenía que avisarle a los demás que no es la base del centro dónde la tienen sino en la segunda, cerca de los barcos.

—¿Una segunda base? —repitió incrédula—. ¿Estás seguro que dijo eso?

—Eso fue lo que escuché.

Kendall dejó caer la cabeza, mirando al cielo por unos cortos segundos antes de volver a mirarme con un semblante más decidido.

—Será tomar el riesgo —suspiró por fin—. La segunda base está más cerca, así que nos tomará menos tiempo entonces.

Que la segunda base estuviera cerca no significaba que nos tomaría menos tiempo, pero no dije nada. Ella lo entendería en cuanto pusiéramos un pie a veinte metros del lugar. Como no rebatí, Kendall se lanzó hacia adelante sin más, aterrizando de una manera bastante elegante en el suelo.

«Está loca».

No iba a seguirla. Desde dónde se había lanzado eran unos buenos metros hasta llegar al piso. Y yo, que aún no quería morir, tomé el camino más seguro, que incluían escaleras, llegando a su posición sin perder un pie en el intento.

—Y por eso es que fallaste cada simulación del C8 —murmuró divertida al momento que me tuvo enfrente—. Por marica.

—Lo que tú digas —musité, igual de divertido que ella, aunque la irritación comenzaba a bullir bajo la superficie.

Por un instante, las ganas de arruinar la determinación de Kendall me invadieron. Sin embargo, su impulso era el combustible que necesitaba para acercarme cada vez más a la base, así que no lo hice. Quemé esa parte de mí que deseaba desenmascarar la realidad y dejé a la otra que sabía que su pasión era un arma poderosa se convirtiera en mi aliada. Kendall se echó a correr sin perder más tiempo, y yo la seguí, impulsado por la adrenalina que bombeaba en mis venas.

Atravesamos los laberintos del puerto a toda velocidad. Los disparos resonaron a nuestro alrededor, y las balas dejaban huecos en los caminos, pero no era algo que me preocupara.

—¡A la izquierda! —gritó Kendall, señalando un pasillo entre los contenedores.

La seguí sin pensarlo dos veces. La distancia entre nosotros y el centro del desastre se acortaba. Cubría su flanco, disparando a quemarropa contra los hombres que intentaban tomar posiciones, apareciéndose de la nada. Kendall hacía lo mismo; sus balas encontraban su objetivo mientras se movía como un rayo, esquivando el fuego enemigo con movimientos felinos. Saltaba sobre los escombros y se deslizaba bajo los contenedores.

«Es increíble».

Pero podía detenerme a admirarla. Los hombres se multipicaban y la presión aumentaba.

Una explosión retumbó cerca, haciendo temblar el suelo bajo nuestros pies y arrojando fragmentos por los aires. Unos hombres salieron disparados, y en un abrir y cerrar de ojos, Kendall se encontraba ya contra uno de ellos, propinándole una patada que lo hizo caer de espaldas, dándole a ella el tiempo suficiente para dispararle en toda la cabeza.

La sangre salpicó su rostro cuando un segundo tipo se abalanzó sobre ella. No lo pensé; apreté el gatillo, la bala atravesó su cráneo, y se desplomó con un golpe sordo. Aún quedaba más por hacer.

—Sigue, vamos —le dije, apremiándola mientras nos abríamos camino entre el caos.

Kendall reanudó la carrera, y yo fui detrás. La verdad es que me había sorprendido la cantidad de estragos que rodeaban incluso las partes más alejadas del centro de la acción. Cada esquina que doblábamos mostraba sangre en el suelo, cuerpos apilados y contenedores fulminados de balas. Pisar casquillos se estaba haciendo una costumbre, y disparar a quemarropa también.

Seguimos corriendo y disparando hasta que logramos acortar la distancia que nos separaba de la base. Pese a que veníamos luchando con una cantidad aceptable de hombres, al llegar a la base, todo estaba vacío. Iluminado, pero vacío y silencioso.

No me dio buena espina y estaba seguro de que a Kendall tampoco, por lo que me ofrecí a entrar primero.

—Déjame ir pri…

Me ignoró. Así de simple. Sin dejar caer el arma de su mano, se adentró con un sigilo digno de admirar, y me apresuré a seguirla, tratando de copiar sus pasos, aunque por dentro, la idea de que se adelantara sin escucharme comenzaba a fastidiarme. Pero me lo guardé. Había más en juego.

El interior era un asco. Aunque era extenso, las botellas de cristal cubrían el suelo, las paredes de concreto estaban llenas de manchas negras, y las luces apenas iluminaban lo suficiente para considerarlo “decente”.

«Qué irónico», pensé.

Incluso los almacenes de él eran más pulcros que esta pocilga. Sin embargo, no me importaba lo miserable que fuera el lugar; era el escondite perfecto para rehenes. No iba a perder tiempo criticándolo.

Limpié el lugar con Kendall hasta que lo único importante que logré conseguir fueron las escaleras que daban al segundo piso. Algo en mi interior me decía que estábamos cerca. Lo sentía. Esta era mi oportunidad.

—¿No hay nada? —Kendall sonaba confundida—. ¿Esto es todo?

—Harrison mencionó que en el segundo piso… —traté de decirle, pero ella ya estaba encontrando las escaleras, subiéndolas de dos en dos conmigo detrás.

«Impulsiva. Perfecto»

—Kendall, espera…

No se detuvo. Corrió sin pensar, y yo detrás, movido por una mezcla de irritación y determinación. Nos adentramos en un piso oscuro, apenas iluminado. El aire denso y la tensión me dejaban claro que algo estaba por suceder. El peligro era real, contundente, lo sentía. Pero Kendall no paraba. Incluso aunque también lo sintiera, no dejó de moverse. Se movía con una precisión inhumana, saltando entre los escombros que apenas podía evitar yo mismo.

El corazón me latía con fuerza, y el miedo comenzaba a colarse entre la adrenalina. Pero no podía permitirme detenerme. No ahora. Estábamos tan cerca, lo sabía. A pesar de que mis pulmones ardían por aire, demandando un descanso, sabía que estábamos cerca y aquí no podía detenerme. No hasta irme con ellos porque debían estar aquí. Mi plan estaba a punto de realizarse, no había vuelta atrás.

—¡Abajo! —gritó Kendall, reanudando los disparos, lanzándome al suelo de una patada.

Caí lo suficiente para mitigar el dolor y luego comencé a disparar, apuntando a lo que Kendall estaba atacando.

Al principio, me costaba verlos. Tuve que entrecerrar los ojos, pero los vi. Se camuflaban bien en la oscuridad, sus trajes negros absorbiendo las sombras, pero esas líneas rojas en sus uniformes se hacían visibles bajo los destellos de nuestros disparos.

Los habíamos despertado.

Aunque desplomamos a muchos, ellos solo seguían multiplicándose a tal punto que en minutos nos tuvieron rodeados, apuntándonos con cada cañón de arma que poseían, gritándonos que nos pusiéramos de rodillas.

Kendall, por supuesto, siguió peleando. A su manera, era admirable, pero en ese momento era más un obstáculo que una aliada. Siguió disparando y atacando hasta que varios de ellos se acercaron, le arrancaron el arma y, con unos golpes precisos, la dejaron en el suelo con la nariz rota.

«Predecible».

Conmigo fue diferente. Sabía cuándo rendirme. Este no era el momento de luchar; era el momento de sobrevivir. Dejé de disparar en cuanto comprendí que no teníamos oportunidad contra una cantidad tan grande de hombres. Solté mi arma con calma, mis movimientos calculados mientras empezaban a gritar órdenes en ruso. Ya me lo esperaba, sin embargo, esto solo era un pequeño obstáculo más que iba a superar porque no me iría sin ellos.

—¿¡Qué diablos estás haciendo, Zacharias!? —bramó Kendall, siendo sujetada por dos hombres, removiéndose con brusquedad del agarre.

Así como no me puse de rodillas, tampoco me molesté en responderle. No valía la pena, ella no lo entendería. Mi vista se fijó en el tumulto de hombres que se acumulaban cada vez más a metros frente a mí y esperé. Los gritos de Kendall quedaron como ruido de fondo, su voz se desvaneció mientras el aire a nuestro alrededor se volvía denso, sofocante. Respirar empezaba a costarme, pero lo ignoré. La tensión no me incomodaba; había aprendido a vivir con ella, a usarla como combustible.

El estallido de esa tensión llegó cuando lo hizo él. No fue necesario que se anunciara. Lo noté en los hombres frente a mí, en cómo sus posturas cambiaron al instante, en cómo sus miradas se fijaba en un solo punto, evitando cruzarse con la suya. Ninguno se atrevía a darle una segunda mirada, solo respeto absoluto. Un respeto alimentado por el miedo, la supervivencia, tal vez incluso por lealtad.

El silencio que se instaló en la sala era espeso, impenetrable, como una cortina de sombras que engullía todo rastro de ruido. Cada golpe de sus botas resonaba en el suelo con una cadencia precisa, firme, calculada. Era como si midiera cada paso, como si su mera presencia fuera una advertencia. Las sombras se alargaban a su paso oscureciendo aún más la entrada. Él era una sombra viviente, una entidad que proyectaba peligro con cada movimiento.

Su mirada era fría. Vacía. Sus ojos eran pozos sin fondo, reflejaban una ausencia total de humanidad. Letalidad pura. Recordaba la primera vez que conocí a Arabella, esa misma fuerza arrolladora en su presencia, aunque ella no estaba ni cerca de tener el mismo peso. Tal vez por eso no supe quién era en realidad al principio. No había forma de que él pudiese engendrar a una mujer como ella. Y sin embargo, lo había hecho.

Él y yo habíamos cruzado caminos demasiadas veces. Tantas, que me resultaba imposible contarlas sin sentir un nudo de rabia en el estómago. Nunca fue un placer verla la cara. Pero aquí estamos, otra vez, atrapado en este maldito círculo y no me quedaba más opción que soportarlo.

Por ellos.

Porque si bien había entrado a la boca del lobo, no podía irme con las manos vacías. No después de todo lo que había hecho para llegar hasta aquí. Aún así lo único que deseaba en su presencia era apuntar, meterle un tiro y acabar con todo de una vez por todas.

Llevaba un abrigo largo, tan oscuro como el vacío de su mirada. No había nada en sus ojos. Solo un recordatorio constante de lo que me había arrebatado.

Mi vida.

Mi tiempo.

Mi felicidad.

Mi familia.

Pero eso último… eso no lo había hecho solo. Cada uno de los Massey le había facilitado la vuelta. Cada uno de ellos había contribuido a convertir mi vida en un maldito infierno, y a ninguno les importó, ninguno se detuvo a pensar en las consecuencias. ¿Por qué deberían? Solo velaban por sus intereses.

A ellos no les importaba nada ni nadie. Se protegían mutuamente, dejando el resto fuera, a la deriva. Mi familia fue uno de esos desprotegidos. Tanto por las acciones de Harrison como por mano de cada uno de los Massey, mi familia ahora se encontraba en manos del hombre que tenía al frente. Harrison, con su falsa promesa de protección, nos había traicionado como todos los demás. Me mintió. Nos mintió.

Drake y yo habíamos sido ingenuos, confiando en sus palabras, creyendo que el respeto a lo sagrado, a nuestra familia, era algo que no quebrantarían. Nos equivocamos. Apenas dos semanas después, el mensaje llegó. No necesitó palabras, solo una foto que lo decía todo.

Nos reímos al principio, convencidos de que era una fanfarronada, una amenaza vacía. Harrison nos había asegurado que todo estaba bien, que nuestra familia estaba a salvo. Pero cada nuevo mensaje destrozaba más esa mentira.

La primera advertencia fue una pequeña caja negra que noté cuando salí de clases en el asiento de mi auto. En el exterior solo llevaba una nota, tres palabras, que ignoré tanto como lo que sentí al tener la caja en mis manos. Pero al abrirla… vomité en el acto. Drake, al ver ese dedo cuando llegué a casa, se quedó sin habla, aunque intentó aferrarse a la idea de que todo era solo una mala jugada. Sin embargo, cuando nos llegó la segunda advertencia de dos dedos en el buzón, y luego una mano en su apartamento, la verdad se hizo innegable.

El golpe final fue el pie. No cualquiera, sino el de Lainey, con la marca de nacimiento que solo ella tenía, grabada en la planta. No era ninguna maldita broma. Aquello lo cambió todo. Llamé al número que venía en la nota, con una rabia contenida que amenazaba con desbordarse en cualquier momento. Drake me acompañó al lugar de encuentro, pero apenas llegamos, apareció él, como si fuera un mero trámite que tenía que cumplir. No hubo palabras innecesarias, ni siquiera golpes. Una amenaza seca, directa, y una simple petición que de no cumplir, lo siguiente que recibiríamos no sería solo pequeñas extremidades en cajas negras.

Nóvikov quería a su hija, y nosotros a nuestra familia viva. Aceptar el trato parecía lógico, por mucho que a Drake le repugnara. Pero aunque le disgustó la idea, mi hermano se tomó las cosas de una manera más personal, como si cada obstáculo que le ponía a Nóvikov fuera una forma de desquitarse. Arabella era su amiga, pero para él, hacer que su propio padre pelease por ella era la venganza perfecta.

No me agradaba.

No me gustaba cómo ponía en riesgo el plan, pero lo dejé ser. De algún modo, entendía su lógica; era su forma de lidiar con la desesperación, con el hecho de que cada día que pasaba recibíamos más “recuerdos” de nuestros familiares.

Las cosas empezaron a torcerse. La respuesta para Nóvikov fue lenta, más de lo que me habría gustado. Arabella no era una presa fácil. Sacarla del búnker sola era prácticamente imposible, siempre tenía a uno de los Massey encima, y Rush era un maldito dragón cuando de su seguridad se trataba. Él vigilaba su seguridad con una intensidad que me enfermaba. Sabía que, con él en la ecuación, acercarse a Arabella sería inútil.

Y todo el tiempo, el Boss seguía respirándonos en la nuca. No dejaba que olvidáramos lo que estaba en juego, enviando pequeños “recuerdos” a casa de lo que aún nos quedaba por perder. No tuve elección. Me vi obligado a trabajar con alguien con quien jamás hubiera querido volver a cruzar caminos. Convencer a Drake fue una tarea infernal, casi tan difícil como convencerle de que entregar dos cabezas por el precio de una era la única opción. Pero lo hizo. A regañadientes, pero lo hizo.

Arabella no nos lo puso difícil. Después de todo, la niña quería salir y olvidarse de todo por un segundo en Chicago. El plan salió bien, al menos en ese momento. Alexey la tomó lo que le dejamos en ese club, y pensé que con eso Nóvikov cesaría sus malditas amenazas. Pensé que, con Arabella al alcance de sus manos, finalmente recibiríamos lo que nos habían prometido. Pero me equivoqué.

Incluso con Arabella casi que en sus garras, no obtuvimos nada. No hubo noticias de nuestra familia, ni respuestas, ni las promesas que nos habían asegurado. Pasaron los días, y la misma sensación de impotencia me devoraba. La ausencia de señales, la incertidumbre, el vacío que llenaba cada uno de esos días me confirmó lo que ya sabía en lo más profundo: en este lado del juego, no había lugar para la confianza. Las palabras eran veneno, mentiras arrojadas como trampas.

«Promesas vacías».

Entonces, no me quedó otra opción más que buscar por mi cuenta. Había estado haciéndolo desde el primer día en que vi el panorama claro, desde que comprendí que, si quería recuperar lo que me habían arrebatado, tendría que hacerlo solo. Y aunque era consciente de que estaba jugando con fuego, no lo hice solo. A pesar de mi desconfianza, tuve ayuda, una ayuda que nunca esperé. Fue esa misma ayuda la que me trajo hasta aquí, la que me permitió coordinar cada uno de mis movimientos, hasta este maldito momento.

Y ahora que estaba aquí, no podía irme sin ella. Porque no había venido por otra cosa.

Mi objetivo no era Alexey, ni Nóvikov, ni las malditas promesas rotas.

Era mi familia.

La había venido a buscar, y no me iría sin ellos. No importaba el precio, no importaba quién se interpusiera en mi camino, porque ya había cruzado esa línea, la línea donde la moral y el deber se desdibujan.

—Cada vez que pienso que no harás algo más estúpido, vienes y respiras —exhaló despacio, su voz impregnada de veneno, gruesa por su acento marcado, tan letal como él.

Su mirada no se despegó de mí, ni siquiera cuando Kendall, furiosa, gruñía al ser contenida por aquellos hombres. A él no le importaba. Nada lo hacía.

—¡Dispárale! —chilló Kendall, rabiosa—. ¡Dispárale, Zacharias!

Entonces él ladeó su cabeza, curioso, sus ojos entrecerrándose mientras la observaba, analizándola como si intentara desentrañar algo que solo él podía percibir. Lo encontró. Un segundo después, una mueca se formó en sus labios, negando con la cabeza.

—Vy yego glaza —le dijo, y ella se quedó congelada—. Chto diamant delayet zdes’? Ya ne mogu videt’ stsenariy gde on khotel by vy i ya peresech’ snova.

Eres sus ojos. ¿Qué hace un diamante aquí? No puedo ver un escenario en el que él quisiera que tú y yo nos cruzáramos de nuevo.

No entendí nada de lo que dijo, pero no hacía falta ser un experto para notar que esas palabras tenían un significado profundo para ella. Kendall respondió con otro gruñido, tal vez acompañado de algunas palabras amargas en el mismo idioma.

—On khorosho vospital tebya. Ochen’ zhal’ —continuó él, sacudiendo su cabeza y luego enlazando su mirada con la mía, una chispa peligrosa destellando en sus ojos—. Quien sea que te haya dicho que lo que viniste a buscar estaba aquí, te mintió. Ahora, ahórrame los balbuceos de mierda y dime quién fue.

Él te crió bien. Es una gran lástima” o “Es una verdadera pena

—On zdes’ radi menya, pridurok —espetó Kendall, sin captar la tensión creciente.

«Él está aquí por mí, imbécil».

Nóvikov la ignoró por completo.

—No sé porque piensas que, solo por el simple hecho de que te he permitido respirar, crees que estarás un paso más adelante que yo, bastardo imbécil.

—Yo… —intenté responder, pero las palabras se quedaron atoradas en mi garganta.

—¿Quién? —preguntó de nuevo, su voz aún más baja y amenazante.

—¿Quién qué? —logré musitar, apenas un hilo de voz.

Sus ojos vacíos me escrutaron, intentando leerme, hasta que un brillo calculador surgió en ellos, haciéndome tragar saliva. Soltó algunas palabras en ruso y dos hombres abandonaron la sala de inmediato. El miedo arrasó conmigo tanto por las acciones de sus hombres, como por ver la calma con la que sacaba una pistola de su abrigo, deslizaba el seguro y me apuntaba directamente.

—¿Mi familia está bien? —cuestioné, logrando que no me temblara la voz. Si iba a morir aquí, al menos tenía que asegurarme de algo.

De reojo, vi cómo la expresión de Kendall se descomponía, finalmente entendiendo hacia dónde se dirigía todo. Nóvikov lo notó, esbozando una pequeña sonrisa apenas perceptible, pero llena de una frialdad inhumana. La presión en la habitación creció cuando sentí la mirada de Kendall clavada en mí. Nóvikov sólo inclinó la cabeza, con el arma aún firme en su mano, y apuntó hacia ella.

—Oh —murmuró, su tono cargado de una calma maliciosa—. No se lo has dicho, ¿verdad?

Respiré mejor sabiendo que Kendall ahora estaba fulminando al padre de su mejor amiga, pero eso solo hizo que Nikolay sonriera aún más.

—¿Decirme qué? —siseó, su rabia apenas controlada.

—Tu pequeño gusano hacía meses que accedió a venderme a Ekaterina solo porque tengo a su familia —su tono no cambió, pero cada palabra caía como un golpe seco, como si fuera consciente de que cada sílaba rompería algo dentro de Kendall—. Estúpido, ¿no? —continuó, indiferente.

—¿Qué? —la palabra salió de Kendall como un gruñido, dirigido a mí, pero yo no podía apartar la mirada de Nóvikov.

Había venido por mi familia, y no iba a irme sin ellos, y si eso significaba dejar a… Dejarla en el proceso, pues estaba más que abierto a hacerlo.

Nóvikov no necesitó más. En un abrir y cerrar de ojos, la tensión en el aire se materializó en un único disparo. El estruendo llenó la estancia y el mundo pareció detenerse. El frío recorrió mi columna, el aire dejó de entrar en mis pulmones. Mis manos se movieron de manera automática, recorriendo mi cuerpo en busca de sangre, en busca de una herida porque sabía que por la adrenalina no sentiría nada, pero no encontré nada.

—Para alguien que se cree tan inteligente, no eres más que solo un niño cagado —su voz resonó con un hastío implacable, sin una pizca de emoción. Cuando lo miré, sus ojos vacíos no estaban puestos en mí. Estaban sobre ella—. Me toca lidiar con un problema a la vez y, para tu suerte, tú eres el menor de ellos.

Me negué a mirar lo que él estaba mirando, pero mi cabeza giró por su cuenta, forzándome a enfrentar la verdad. El vómito me quemó la garganta mientras la imagen de Kendall, inmovil en el suelo, me atravesó.

«No. No, no, no. Ella… Esto… No».

Nóvikov chasqueó la lengua con desdén, su rostro curvado en una mueca de disgusto.

—Vete —ordenó, con un matiz de asco en su voz, goteando desprecio, como si tan solo estuviera apartando un obstáculo molesto.

Intenté hablar, pero solo pude sentir el temblor en mis labios. Vacilé, levantando la vista después de vaciar el contenido de mi estómago sobre el suelo.

—Mi…. mi fa…

No dejó que terminara. Su mano se movió rápido, golpeando mi sien con tal fuerza que el dolor me arropó y me derrumbé en el suelo.

—No sé quien es más estupido: si Ekaterina por venir aquí, creyendo que no me daría cuenta, o tú por creer todo lo que oyes —siseó, lanzando una patada en mi estómago que me quitó el aliento—. No dejas de tocarme las narices con tu mierda y estoy cansado. Sin embargo, necesito que hagas una cosa por mí y eso es solo lo que te mantiene respirando.

—Yo no… —intenté explicar, pero otro golpe en el estómago me cortó de inmediato

—No te estoy pidiendo si lo quieres hacer o no —Nóvikov se agachó, sus dedos aferrándose con una brutalidad casi metódica en mi cabello. El dolor me recorrió el cuero cabelludo, pero más hirientes fueron sus ojos, pozos oscuros que me devoraban con calma desquiciada. Su mirada se afianzó en la mía, sus labios se torcieron en una sonrisa cargada de algo más peligroso que cualquier palabra pudiera decir. Su voz, apenas un susurro, goteaba malicia—. Te irás. Saldrás de aquí y le dirás a todos que ella —inclinó mi cabeza sin cuidado hacia el cuerpo sin vida de Kendall, ahora rodeado de un charco creciente de sangre— es la primera advertencia de que mi paciencia se está agotando.

Y con eso, me soltó. Me soltó con desdén, como si dejarme caer al suelo fuera su manera de demostrar que yo no era más que un desperdicio de su tiempo. La siguiente patada en mi espalda fue como un cierre de un acuerdo, una sentencia de muerte que no se ejecutaba aún. El dolor me recorrió de manera abrumadora, pero más fuerte que el dolor físico era el abismo que se abría dentro de mí.

Me quedé en el suelo mientras que en mi cabeza se repetía el mismo pensamiento: «podría quedarme aquí… Podría dejar que todo esto terminara, quedándome aquí hasta que mi mera existencia lo hartara y me eliminara a mí también». Mi respiración era un jadeo entrecortado, mi cuerpo una masa casi quebrada. Pero entonces, escuché sus pasos retroceder, su voz siseando órdenes en ruso.

De la nada, unas manos me tomaron, me alzaron y me sacaron de la base, arrojándome al suelo como si fuera un despojo sin valor. El exterior me golpeó con el caos de las explosiones, los gritos y el repiqueteo de las balas. Aun así, todo sonaba distante, distorsionado, como si estuviera atrapado en una pesadilla que no podía abandonar por más que quisiera. Mis piernas vacilaron, casi colapsando bajo el peso de todo lo que había hecho.

«Levántate», me dije, pero parte de mí no quería. Una parte de mí consideraba quedarse ahí, acabar con todo esto de una vez.

Pero tenía que levantarme, tenía que irme. Tenía que ir por Drake y dejar todo atrás.

«Teníamos que huir».

El miedo me atravesó como un latigazo. No por mí. Por él. Si me quedaba, si lo perdía, entonces todo lo que había hecho… No. No podía permitírmelo. Me tambaleé hacia adelante, sintiendo que mis movimientos eran casi automáticos, como si mi cuerpo supiera lo que tenía que hacer aunque mi mente estuviera a un paso del abismo. Las sombras de mis decisiones me seguían, pero el miedo por Drake seguía empujándome.

—¡Faith! —grité por el comunicador, mi voz saliendo más desesperada de lo que pretendía—. ¡Durance!

—¡Estoy a metros del lugar en dónde los dejé! —su respuesta llegó unos segundos después—. ¿Dónde están?

—Estoy en camino —respondí, lanzándome a correr por los pasillos del puerto.

Cada paso era un recordatorio de lo frágil que se había vuelto mi control. Lidiar con esto… Con su muerte… Hablarlo con Arabella, con Rise… Joder, con Harrison… Ellos no lo entenderían. Me matarían al segundo de saber la verdad. Y no solo a mí. A Drake también. Ya estaba a nada de perder a toda mi familia, no podía perderlo a él también.

Llegué al punto de encuentro rápidamente. No había muchos hombres por el lugar, por lo que pude llegar sin mucho ajetreo. No perdí tiempo. Me lancé al interior de la aeronave, donde Faith me esperaba con la puerta abierta, encima del montón de contenedores.

—¿Dónde…?

—¡Vámonos! —grité entre jadeos, con una urgencia que apenas podía controlar.

—¿Pero Kendall…?

—¡Con Rise! —Solté, casi sin pensar—. ¡Ya tienen a Bells! ¡Nos dijo que nos adelantemos así que vámonos!

Faith pareció aceptar mi intento de excusa y despegó sin más. Con cada segundo en el aire, mi pecho se comprimía.

«¿Por cuánto tiempo más podré mantener mi mierda?».

No lo sabía, pero no tenía opción. Necesitaba salir de ese infierno subterráneo. Rápido.

Pero para mi desgracia, cuando quería que el vuelo fuese lento, avanzó aún más rápido, y cuando no quería a alguien en el helipuerto, Rush estaba ahí, con un semblante de querer asesinar gente.

«Mierda».

Faith tragó saliva al segundo de verlo e iba a salir primero, pero lo detuve. No podía dejar que hablara. No ahora. No después de lo que acababa de suceder. Quién sabía lo que diría si le daba la oportunidad de comunicarse.

—Voy yo —gruñí entre dientes, ignorando sus intentos de protestar.

Rush me observó mientras descendía de la aeronave, su mirada examinándome con una intensidad que me crispaba los nervios.

—¿Dónde estabas? —su voz contenía era pura rabia contenida, pero sabía que no era conmigo. Aún así, alcé una ceja, cosa que lo enfureció más—. Cada salida con cualquiera de las naves se reporta, Zacharias. No te hagas el estúpido.

«Mantén la calma».

—No sabía que tenía que avisarte de cada paso que daba, Rush —respondí con un desdén gélido que no necesitaba fingir. Odiaba al tipo.

—Desde que por tu culpa estamos como estamos, tengo que revisarte hasta las respiraciones que das. Mucho más si esas incluyen salidas no autorizadas con naves que ni siquiera tú sabes manejar.

Resoplé, tratando de no mostrar la tensión que hervía en mi interior.

—Lo siento, señor —repliqué con mordacidad—. La próxima vez le avisaré cuando a mi hermano y a mí nos dé por salir.

Él entrecerró los ojos, su mirada perforándome con dureza.

—¿Tú y tu hermano? —repitió con tono helado—. ¿El mismo que me acabo de cruzar hace diez minutos, preguntándome por ti y por Kendall? ¿Ese hermano?

Se me hizo un nudo en toda la boca del estómago. ¿Drake estaba aquí? ¿Cuándo había regresado? El golpe de incertidumbre y el temor empezaría a apretarme el pecho. Maldita sea. Todo se estaba cayendo a pedazos y necesitaba hacer algo para detener la avalancha que iba a ahogarme.

—¿¡Llegó!? —la voz de Harrison me sacó de mis pensamientos. Apareció como si hubiera salido de las sombras, dirigiéndome una mirada llena de asco cuando notó mi presencia—. ¿Dónde está Kendall? —preguntó en cuanto notó que una nueva nave estaba a metros de él.

«Mantén la calma. No muestres nada. No ahora».

—¿Qué tal si le preguntas a otra persona? —repliqué, dejando que mi mal humor traspasara en el tono—. ¿Qué diablos voy a saber yo? La última vez que hablé con ella, Levine la estaba llamando. ¿Le has preguntado?

Harrison también entrecerró los ojos, evaluándome. Sabía que no confiaba en mí, y su gruñido bajo lo confirmó antes de darme la espalda. Pero era Rush el que aún me retenía con su mirada fija. No decía nada, solo observaba. Evaluaba.

Estaba a punto de pasar de él, harto de la tensión que se acumulaba a mi alrededor, cuando su voz me detuvo en seco.

—Me estás mintiendo.

Mi cuerpo entero se tensó, pero intenté mantener la fachada.

—Yo no…

—Escúpelo, Zacharias —siseó, acercándose, su rostro volviendo a entrar en mi campo de visión—. Te conozco lo suficiente para saber cuándo la cagas, cuándo mientes y cuándo hiciste algo más estúpido de lo normal. Le mentiste a Harrison. No sé cómo se lo tragó, pero…

—Deja de joder, Rush —lo interrumpí, intentando, de nuevo, pasar de él.

Pero su mano se cerró sobre mi hombro como un hierro candente, brutal y sin vacilar. El dolor me recorrió la columna, pero lo ignoré, intentando no mostrar debilidad.

—O empiezas a hablar, o te saco la información a golpes —dijo con un tono bajo y amenazante, su agarre tensándose aún más—. De verdad, no me interesa cuál de las dos sea primero. Tengo demasiada mierda acumulada, y tú estás justo en mi camino. Habla, Anderson. Acelérame el proceso.

El miedo que me recorría era sutil, pero punzante, como una corriente helada bajo la superficie.

«No puedo perder el control ahora».

Pero sentía la presión aplastándome, obligándome a actuar. No podía permitirme errores, no con Rush enfrente. Si se enteraba de la verdad, todo estaba perdido. Para mí. Para Drake.

Pero era difícil. Rush no me quitaba la vista de encima, su mirada penetrante buscando cualquier señal de debilidad, cualquier grieta en mi fachada. Sabía que lo único que lo mantenía de no destrozarme era su necesidad de respuestas, pero esa misma necesidad lo hacía más peligroso, más impaciente.

—No tengo nada que decirte —respondí, obligando a mi voz mantenerse firme, aunque la sombra del pánico se extendía por mi mente.

El agarre de Rush en mi hombro se volvió insoportablemente fuerte, el dolor irradiando como un recordatorio de que no tenía control sobre la situación. No desde que pisé el helipuerto. No desde que Kendall…

—No me hagas perder el tiempo, Zacharias —su voz era fría, calculadora, pero el trasfondo de violencia estaba ahí, latente—. Corta tu mierda. Me harás llegar al punto dónde tendré que sacártelo a golpes, y no hay nada que me joda más que descubrir algo que me pudieron decir con tan solo una conversación civilizada. Habla de una puta vez.

Mi mente corría en todas direcciones. ¿Cuánto podría decirle realmente? ¿Qué podría inventarle? No podía permitirme una sola palabra equivocada. Aún así, un escalofrío me recorrió la espalda. Lo que tenía que ocultar era demasiado grave como para dejar que alguien lo descubriera. Si abría la boca, no solo yo caería.

Sin embargo, si tenía que elegir entre él o Arabella, Rush era la decisión acertada. Él había lidiado con mis errores antes; sabía qué esperar de mí. Podría limpiarlo. Podría tratar de arreglarlo un poco… Quizás hasta podría cubrirme.

Por eso, finalmente me rendí.

Dejé que el miedo tomara el control y abrí la boca, soltando lo que temía más sin imaginarme lo que vendría después.

—Kendall… Ella… El Boss… Él la mató —dije en un susurro, sintiendo cómo esas palabras desataban una tormenta que no podía contener.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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