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1. Let's Play - Capítulo 72

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Capítulo 72: 69

Un movimiento malditamente imperdonable

La rabia se convirtió en mi estrategia, un arma afilada que iba a usar para saciar lo que el dolor me había arrebatado

Rush

Las palabras del maldito hijo de puta se quedaron dando vueltas en mi cabeza, girando una y otra vez, haciéndome destrozarlas letra por letra en busca de algún indicio de mentira. Pero no lo había.

«No. No puede ser verdad».

Y, sin embargo, lo era. No había una pizca alguna de falsedad en su mirada, solo puro miedo. Zacharias sudaba a mares, apestando a terror en cada respiro. Cada poro de su piel dejaba escapar ese hedor, y cuando lo sujeté de su sudoroso cuello, noté cómo su asqueroso temblor se intensificaba. Lo llevé a uno de los despachos inutilizados del área médica, donde el bastardo seguía transpirando miedo, aunque intentara ocultarlo detrás de gritos y excusas que yo apenas podía escuchar. La ira me ensordecía.

Quería respuestas.

Quería saber cómo era posible.

Quería que me contara detalle por detalle.

Quería…

Maldita sea.

Pero el sonido de la puerta azotándose interrumpió sus intentos patéticos de hablar, y una pequeña y corta sonrisa de satisfacción se plantó en mi rostro después de notar el motivo del ruido y el jadeo asustadizo de Zacharias: Harrison. Su entrada furiosa hizo que el maldito se quedara sin aliento.

—¡¿Qué diablos hiciste?! —rugió Harrison, empujando el cuerpo de Zacharias al suelo con su zapato clavado en su pecho, y el cañón de su arma apuntando directo a su cabeza—. ¿Qué fue lo que hiciste con ella? ¡¿En dónde está?! ¿¡Qué fue lo que hiciste, joder!?

—Yo… Yo… —balbuceó, luchando para liberarse de Harrison—. Ella…

—¡¡Ella nada, maldita sea!! —Harrison dejó caer su zapato en el estómago de Zacharias, rabioso—. ¡¿Dónde está, pedazo de mierda?! ¿¡Dónde!?

Mi boca no se movió, por más que quería preguntar cómo se había enterado. Ni siquiera podía decir una palabra ante el asombro de verlo perder el control de esa manera.

—Ella… Nikolay…

Pensé que la rabia de Harrison no podía aumentar, pero me equivoqué. Y aunque me equivoqué, no moví un dedo. Dejé que el espectáculo corriera ante mis ojos, saliéndose de control con cada segundo que pasaba. Me quedé ahí, en silencio, inmóvil, observando como Zacharias me miraba con desesperación, pidiéndome ayuda a gritos mientras Harrison descargaba golpe tras golpe con el filo del cargador de su glock, cada impacto más salvaje que el anterior.

Quisiera decir que en ese momento mi mente se llenó de recuerdos de Kendall, como si algo de ella aún estuviera anclado en mí.

Quisiera decir que me atravesaron los momentos más sencillos y sarcásticos que compartimos, sus sonrisas breves y su mirada fija, que me clavaba sin importarle lo que opinara.

Pero estaría mintiendo.

Joder, incluso quisiera poder decir pude ver por última vez el cómo ella rodaba los ojos cada vez que yo estaba cerca, pero no pasó.

Ni una imagen, ni un solo gesto suyo se cruzó en mi cabeza, ni siquiera un instante de su risa burlona. Nada. Ni gestos, ni recuerdos. Solo un vacío.

Pero en ese vacío, alguien más decidió ocupar su lugar y no tuve el tiempo necesario para empujarla lejos. Cada detalle de Arabella se coló en mi mente, llenando esos espacios donde debería estar Kendall. La forma en que arrugaba su nariz cuando se enojaba, cómo revoloteaba sus pestañas con inocencia fingida cuando quería algo que se le había negado, su manía por pedir huevos en comidas donde no tenía que haberlos, solo porque sí.

Vi su sonrisa en mi mente, el suave roce de su cabello negro rozando mi nariz cuando dormía en mi pecho… Vi tanto.

La necesidad de tenerla en mis brazos se volvió tan insoportable como siempre, dejándome sin aire, y sin embargo, estaba perdiéndola, de nuevo.

Nunca pensé en lo que significaba realmente perder a alguien, a alguien que te importaba, que se había ligado a tu vida sin que tú tuvieras las intenciones de hacerlo. No hasta que tuve que perder a mi mundo no una, sino varias veces. En la última fue cuando pasé por el dolor, la ira, la negación y la depresión. Nunca alcancé la aceptación porque, para ser honesto, mi mente solo me llevaba a la venganza, a un vacío desesperado que se hacía más fuerte con cada momento que pasaba en mi mierda.

Siempre había creído que podía proteger a los míos, que mis acciones los mantenían seguros, a los pocos que realmente me importaban.

Hasta hoy.

Ahora me encontraba aquí, sin saber si debía llorar, maldecir o qué demonios hacer porque no comprendía este maldito vacío. Entonces, ¿qué se suponía que tenía que hacer con eso que me estaba oprimiendo el pecho? Era casi el mismo vacío oscuro que sentí aquella vez, colgado de las cadenas de Alexey, solo que esta vez, no podía ignorar la extraña sensación.

¿Era por Kendall? ¿Por perderla sin tiempo de resolver nada? ¿Así se sentía cuando te arrebataban a una persona sin aviso, sin siquiera una oportunidad para enmendar los errores que se cruzaron entre ambos?

«¿Esto es lo que se siente perder una amiga?».

Tenía pocas. De hecho, solo tenía una: Hannelore. Pero Kendall se había ganado ese título el día que no le había temblado el pulso para apuntarme la cabeza aquella vez en mi oficina cuando las cosas con Arabella se… descontrolaron. A su manera, fue una aliada, y aunque a veces no la soportaba, su lealtad era innegable. Kendall fue eso: una amiga. Alguien leal, importante, incluso admirada por mi hermano, que la veneraba casi tanto como yo veneraba a Arabella.

«Maldita sea. Rise».

Pensar en lo que sentiría mi hermano cuando se llegara a enterar de todo este desastre… Joder.

Y entonces, pese a que no quería, otro pensamiento se abrió paso en mi cabeza, uno que no pude reprimir por mucho que lo intentara.

Su voz, la de Kendall, retumbó en mi mente, espetándome que tuviera las bolas necesarias para aclarar toda mi mierda y que me centrara en Arabella.

Quise borrarlo, erradicarlo, sacarlo de mi cabeza porque, honestamente, este no era el momento de hundirme en un abismo más grande. Pero por mucho que intenté reprimir aquel recuerdo, la voz de Kendall se hacía más fuerte cada vez y, de no haber sido por los repentinos gritos, habría caído. Me hubiese perdido en ese jodido agujero negro, ese abismo formado por la pérdida punzante de una amiga y la pesadilla de enfrentar la posible pérdida del amor de mi vida. Otra vez.

—¿Qué…? ¿¡Qué diablos estás haciendo!?

La voz de Drake me escupió al presente. Parpadeé un par de veces, hasta que mis ojos enfocaron la escena ante mí, y lo que vi… me gustó.

Me gustó ver la cara de Zacharias desfigurada a golpes, hasta quedar irreconocible.

Me gustó el charco de sangre que Harrison había dejado a su alrededor.

Pero lo que más me gustó fue ver al pedazo de mierda enfrentarse al ultimátum del viejo.

Corta, precisa, letal, su voz tenía esa calma filosa que podía cortar el cuello de alguien y lo que le dijo a Zacharias fue lo bastante nocivo como para que él se encogiera del miedo, gimiendo palabras inentendibles que sonaban a unas patéticas disculpas, mientras que Drake se tensaba.

Harrison no lo pensó dos veces para salir del lugar, pero antes de salir, me lanzó una mirada. En esa fracción de segundo, vi todo en lo que se estaba ahogando. Le devolví un leve asentimiento, y lo que vi en sus ojos en ese momento…, fue un cambio. Un algo gélido, despiadado. El frío que me recorrió la columna fue tan fuerte que me encontré preguntándome si así era como del infierno resurgía aquel hijo de puta al que nadie osaba desafiar en sus años como brigadler y sotvenik ruso. El hombre con el que nadie jodía porque sabían que lo que Nikolay Nóvikov dejaba inconcluso, él lo terminaba. Y siete veces peor.

Drake intentaba ayudar a su basura de hermano a incorporarse cuando decidí que ya había tenido suficiente. Ya les había dado demasiado tiempo. Sin pensarlo, agarré la primera silla que encontré y la lancé en su dirección, viendo cómo tambaleaba hacia la puerta.

—Vete a la mierda, Rush —siseó Anderson, continuando su camino.

Otro maldito ángulo, entonces.

Con un movimiento rápido, saqué la beretta que descansaba en la parte baja de mi espalda, apunté, y solté el primer disparo. El aullido de Drake fue música para mis oídos.

—El que Harrison los haya dejado en manos de alguien más, no significa que no pueda divertirme con ustedes todo el maldito tiempo que me dé la gana —mi tono era plano, gélido, carente de cualquier emoción que no fuera un abismo profundo de desprecio—. Siéntalo en la puta silla, Drake. Y mientras lo haces, que empiece a contarme, detalle por detalle, todo lo que pasó, porque eso de que “ella murió a manos del bastardo de Nóvikov” no me es suficiente.

Mi mirada se movió entre los dos. No me perdí el rápido intercambio entre los hermanos: Zacharias le lanzó una mirada a Drake, como si esperara algo de él, y este le respondió con una confusión que solo incrementó mi irritación. Drake, haciendo lo posible por detener la sangre que brotaba de su brazo, me miró jadeando.

—¿De qué estás hablando? —balbuceó, luciendo perdido. Mi única respuesta fue señalar a Zacharias. Drake, aun sosteniéndose el brazo, giró hacia su hermano—. ¿Qué hiciste, Zach? ¿Qué fue lo que pasó?

Zacharias no habló. Por supuesto que no lo hizo. Él solo se recargó en la silla, con la mirada fija en el suelo, como si esa mierda de actitud pasiva fuera a salvarlo ahora. Su silencio se alargó más de lo que mi paciencia estaba dispuesto a tolerar, y si creía que iba a conmoverme con su dramatismo, estaba equivocado.

El siguiente disparo fue casi un reflejo de mi frustración contenida. Esta vez, la bala se alojó en el brazo derecho de Drake. Su grito desgarró el aire, pero no me inmuté. Mis ojos estaban clavados en Zacharias, y no me pasó desapercibida la mirada asesina que me lanzó, como si quisiera dispararme él mismo.

Lástima.

—Minutos que te tardes en contestar, balas que voy a depositar en tu hermano —dije con aplomo, acercándome un paso más—. Hombre paciente no soy, Zacharias. Así que empieza a hablar.

Él seguía callado, su boca cerrada como si estuviera deliberando si sus palabras valían más que la sangre de su hermano. Apunté a la rodilla de Drake, sin un ápice de preocupación por su movilidad futura. No iba a detenerme. Zacharias entendió eso. No bastó más para que su patética boca comenzara a moverse.

—Había escuchado lo que le habían dicho a Harrison en la sala de reuniones —comenzó con voz tensa, casi vacilante y a duras penas—. No necesité más para desarrollar todo e ir por ella. Kendall… Ella me preguntó si estaba seguro de lo que había oído cuando le solté todo, y… le dije que sí. Cuando entendió que no estaba bromeando, actuamos rápido. Cada que me preguntaba si Arabella estaría ahí, no la contradije. Mucho menos cuando llegamos al puerto. Si daba un paso hacia atrás, ella abandonaría todo, y yo no quería eso. Las cosas eran un caos en el puerto, y al colocar un pie en el punto del Boss se descontrolaron aún más. Lo siguiente que supe era que el Boss la había matado y yo… Salí de ahí en cuanto vi la oportunidad.

Cada palabra que salía de su boca era un incendio. Un humo rojizo de ira se alzaba en mi mente, nublando todo pensamiento racional. Tuve que hacer acopio de cada fragmento de autocontrol que me quedaba para no matarlo ahí mismo y poder pronunciar las preguntas correctas.

—¿Por qué? —logre decir, mi voz tensa, cada sílaba cargada de rabia contenida. Zacharias me miró, pero esa mirada… Esa mirada de incomprensión calculada solo sirvió para encender más mi furia—. Deja de mirarme como si no entendieras una mierda de lo que te estoy preguntando y responde, hijo de puta.

—¿Por qué qué, Rush? —replicó, su tono tan insolente como para hacerme considera mil formas de callarlo.

Fue en ese momento que Roelle y Justine entraron al lugar, sus rostros reflejando emociones encontradas. Supe que sabían lo de Kendall en el momento que miraron a ambos Anderson con desprecio. Quizás eso y su aparición salvó a Zacharias de recibir una docena de tiros por mi parte. Respiré hondo, obligándome a calmar la marea de ira que amenazaba con desbordarse.

—¿Por qué o qué diablos pasaba por tu maldita cabeza al llevártela a ella? —escupí, cada palabra tan filosa como una daga—. De todas las putas personas que tenías a tu maldito alcance, ¿por qué a ella? Y ya que estás en ello, aprovecha de explicarme cómo diablos es que saliste ileso de otro puto encuentro con el jodido Boss una vez más.

Zacharias me miró con un brillo de desafío en los ojos.

—Para responderte todo eso tengo que ponerte en contexto, Rush, y es lo mínimo que me apetece —dijo con evidente furia—. Así que te diré lo considere necesario, y entre eso sería que el Boss tiene algo que yo quiero recuperar. Sin embargo, no soy tan imbécil como para arriesgarme a recuperarlo por mi cuenta. Entonces, llevé a alguien más. Alguien que tiene más peso en la historia que yo para un intercambio que me permitió escapar cuando tuve oportunidad de hacerlo.

Justine estaba detrás de mí cuanto el hijo de puta soltó lo último, y aunque intentó sujetarme, no pudo detenerme. Me zafé con una facilidad ridícula. El cuerpo de Zacharias temblaba cuando me planté frente a él, y pese a que cada fibra de mi ser exigía matarlo ahí mismo, sabía que ese placer le pertenecía a Arabella. No era mío.

Así que me conformé con estrellar mi puño contra su mandíbula. Una, cinco, doce veces, hasta que el humo rojizo que empañaba mi vista disminuyó lo suficiente como para dejar que me deleitara con el rostro inidentificable del pedazo de mierda.

—De verdad espero que te pudras en el infierno por esto, Zacharias —le espeté con el último golpe, viendo cómo su cuerpo se derrumbaba contra el suelo, escupiendo sangre.

Me alejé de él, caminando hacia Roelle, quien se mantenía en un rincón, lejos del caos. Zacharias viviría, pero no lo suficiente si seguía estando cerca de mí.

—¡No fue únicamente su culpa! —la voz de Drake irrumpió con un ladrido, defendiendo a su hermano con la desesperación de quien sabe que está en la mira—. ¡Kendall no era ninguna estúpida! ¡Ella seguro estaba consciente en lo que se estaba metiendo, Rush!

El humo rojizo volvió a inundar mi cabeza, esta vez con más fuerza. El pulso me martillaba en los oídos, apagando todo, excepto la necesidad de silenciar a Drake.

Sabía que no tenía por qué dejarle a Drake vivo, pero ese sería mi regalo para ella, así que no lo maté.

En cambio, mi mirada cayó sobre la mesa más cercana, y sin pensarlo dos veces, la volqué, dejando que el vidrio estallara y se esparciera por el suelo. Sin embargo, como no me bastó, agarré y volví a depositarle otro tiro al otro hijo de perra en su pierna izquierda. Sus gritos entonaron otra maldita melodía para mis oídos.

—¿¡Te estás escuchando!? —troné, cada palabra cargada de rabia pura—. ¿Has siquiera escuchado lo que el imbécil está diciendo? ¡La engañó, Drake! ¡Tomó a la única persona que a Kendall le importaba lo suficiente para pasarse todo por el culo y lo usó a su favor! —mis ojos volvieron a Zacharias, mi voz goteando veneno—. ¡Si ella hubiese sabido que iban ciegamente en contra de Nóvikov, ella no hubiese aceptado porque es lo bastante inteligente como mandarte a comer mierda! Pero no, Zacharias. La usaste. Usaste ese pequeño cerebro inútil e hiciste que la mataran, junto a lo que sea que Novikov tenía de ti. ¿Estás orgulloso de eso, pedazo de mierda? ¿Eso era lo que querías lograr?

—¡No! —gritó Drake, su voz rota, desesperada—. ¡Ella sabía en lo que se estaba metiendo! ¡Zacharias lo supo y por eso hizo lo que hizo! ¡Él la amaba! ¡Él no haría tal cosa si no hubiese…!

—¡Que no, joder! —lo interrumpí, la furia en mi voz amenazando con consumirnos a todos—. ¡Ella no lo sabía y él estaba consciente de eso! ¡¿Por qué te cuesta tanto entenderlo?! Además, ¡eso no es amor, bastardo iluso! A este punto estoy seguro que lo que quería hacer tu estúpido hermano era suicidarse, porque eso es lo que sabe hacer mejor. Pero claro, hacerlo solo no era una maldita opción para él, y por eso se llevó lo que Arabella más amaba.

Drake negó con la cabeza, su mirada fija en Zacharias, buscando con desesperación algo que sabía que no encontraría.

—¡Dile que no es cierto, Zach! —suplicó—. ¡Dile que ella sabía y que por eso la llevaste! ¡Díselo!

No pude evitarlo. Solté a reír. Era una risa fría, cubierta de cinismo e incredulidad. ¿Qué mierda estaba esperando él? ¿Que, de repente, su hermano desarrollara remordimientos? ¿Que dijera algo que lo hiciera sentir mejor? ¿Por qué diablos le costaba tanto creer que Zacharias no era más que un pedazo de mierda inservible?

—Drake… —musitó Zacarias, pero su hermano no le dio oportunidad.

—¡No, Zach, díselo! —Drake insistió, su desesperación escalando, cada vez más cerca del borde—. ¡Dile que es mentira! ¡Dime que es mentira!

Por un momento, algo cruzó el rostro destrozado de Zacharias, un brillo fugaz que podría haber sido culpa, pero no pude leerlo bien. Drake, en cambio, parecía aferrarse a lo mismo que yo había visto con desesperación.

—Tuve que hacerlo —musitó Zacharias finalmente—. Era la única opción, Drake. El único camino viable, la distracción perfecta. Por ella es que estoy aquí, Drake. Yo… Kendall… No podía dejarte solo. Nunca me lo perdonaría, y ella sirvió para…

La furia me cegó. No hubo más palabras, solo el fuego abrasador que consumía cada pensamiento coherente.

Antes de darme cuenta, estaba sobre él de nuevo, mis puños estrellándose contra su rostro una vez más. Golpe tras golpe, cada uno peor que el anterior, mientras que Zacharias intentaba defenderse como podía. Lo agradecí; sus intentos solo alimentaban mi mierda.

—¿¡Para qué!? —vociferé, llegando a escuchar como mi voz había resonado en la habitación como un trueno— ¿Ella sirvió para qué? ¡¿Para qué, Zacharias?! ¿Para tu propio beneficio? ¿Por eso la dejaste morir ahí? ¿¡De qué mierda me sirve tenerte aquí cuando lo único que haces es cagarla una y otra vez!? ¡¡Ella lo valía más, mucho más que tú!!

—¡No me importa! —gritó él, su voz entrecortada por el dolor y los quejidos mientras la sangre caliente brotaba de su boca— ¡Era ella o yo, y no tuve opción, Rush!

Sus palabras desataron algo aún más oscuro dentro de mí. Estaba dispuesto a matarlo, a deshacerlo con cada maldito golpe. Pero las manos de Roelle y la técnica precisa de Justine me arrancaron de él, luchando para mantenerme inmovilizado.

—¡Vas a matarlo! —espetó Justine mientras forcejeaba conmigo, luchando por mantenerme en el suelo.

—¡Eso es lo que quiero, joder! —rugí, cargado de furia asesina.

—¡Roelle sácalos de aquí!

Justine se aferraba con fuerza, su llave perfecta, impidiéndome moverme sin romperle un brazo en el proceso. Pero no podía dejarlo ir. Mis ojos estaban clavados en Zacharias mientras que Drake, como podía, lo ayudaba a levantarse. Ambos estaban a punto de salir de la habitación, bañados en miedo, pero sin recibir castigo alguno suficiente.

«No».

Cada músculo de mi cuerpo luchaba contra el control de Justine.

Lo mataría.

Una vez de pie, lo mataría.

Los mataría.

A ambos.

Y después, cuando todo estuviera hecho, le explicaría a Arabella que había sido yo. Pero ahora… ahora solo necesitaba vaciar cada bala que tenía en los dos hijos de puta.

No dejaría que Drake se fuera sin antes ver a Zacharias muerto por mi mano, y no dejaría que Zacharias muriera sin haber escuchado los gritos de piedad que rasgarian la garganta de Drake en cuanto le pusiera las manos encima. No lo haría.

La vida, sin embargo, tenía otra jugada en mente. Mientras esa maldita necesidad de romperle los brazos a Justine se disipaba en un intento por calmarme, la puerta se volvió a abrir de golpe, trayendo consigo una tensión asfixiante y tres personas furiosas.

—¡¿Dónde está?! —rugió Arabella, después de haber azotado la puerta de una patada.

Por un segundo, todo el caos quedó en pausa. Saboreé el alivio momentáneo al verlos allí, en una sola pieza. Sí, los tres tenían heridas. Los tres cargaban una capa fina de sudor. Y los tres se habían pasado tanto las órdenes mías cómo las de Harrison por dónde más les apeteció, pero estaban bien. Se encontraban bien y eso era lo que me importaba en ese maldito momento.

Con la velocidad con la que me había interceptado, Justine se me quitó de encima para ir a tratar de calmar a Arabella. La interrupción me sacó de mi inspección rápida, y aunque las ganas de matar a ambos Anderson estaban lejos de irse, me levanté del suelo, centrándome en los pedazos de basura una vez más, dejando que el sentimiento de que iban a estar muertos pronto calara en mis huesos.

—Bells… Yo… —balbuceó Zacharias, retrocediendo con cada palabra, su miedo casi palpable, apestando a desesperación.

Antes de que alguien pudiera reaccionar, Arabella cortó la distancia entre ellos, agarrándolo del cuello de su chaleco y estampándolo contra la pared más cercana de golpe.

Justine y Drake —pese a las balas que él tenía en su cuerpo— fueron rápidos al acercarse a ella, pero Rise fue quien se interpuso en un abrir y cerrar de ojos, levantando su ametralladora en dirección a ambos. Su expresión oscura y cargada de rabia era suficiente para dejar clara la advertencia: un solo paso más y los esparcía por las paredes.

Arabella aprovechó el escudo, dirigiendo su mirada helada a Zacharias, quien se retorcía en su agarre.

—Habla, y esta vez enuncia, Zacharias —siseó, con una furia calculada—. Tu maldita existencia depende de la respuesta que vayas a darme, así que escúpelo. ¿Dónde está ella?

—Kends… —empezó él, pero Arabella le apretó la garganta antes de que pudiera pronunciar su nombre completo. Él no fue estúpido, y al ver su vida pendiendo de un hilo, cambió de táctica—. Bells, yo… Te juro que yo…

—Tus juramentos de porquería y tus promesas vacías me importan tanto como tu vida, hijo de perra: nada —espetó Arabella con un tono que helaba la sangre—. Me importa ella. Solo ella. Así que te lo repetiré solo una vez más: ¿dónde está y qué mierda fue lo que hiciste?

—Kendall está muerta, Arabella —intervino Drake, su voz cortante. Al escuchar sus palabras, vi cómo Rise y Arabella compartieron una rápida y peligrosa mirada—. Las cosas tomaron un rumbo diferente y Zach intentó…

Antes de que pudiera procesarlo por completo, el sonido ensordecedor de dos ráfagas de disparos simultáneos retumbó por toda la habitación. Las balas impactaron con precisión, arrasando con los cuerpos de ambos Anderson.

Uno de ellos me perforó los oídos con sus gritos, pero el otro no tuvo ni tiempo de emitir sonido alguno.

En un instante, el suelo se tiñó de sangre, y al ver cómo el cuerpo moribundo de Zacharias se bañaba en ese líquido espeso y escarlata, una sensación se apoderó de mí y sonreí.

Arabella, por otro lado, se agachó junto al cadáver con asco.

—Mereces que te quite dedo por dedo, extremidad por extremidad. Merezco escuchar tus gritos, ver cómo tus ojos se llenan de miedo, cómo estás a la expectativa de cuál sería mi siguiente movimiento contigo para sólo después observar cómo, después de haberme regodeado de todo tu dolor, la vida abandona tu patético cuerpo. Pero para tu suerte, carecí de paciencia y, bueno, tuve ayuda. Nos vemos en el infierno, Zach. Salúdame a tu hermano de mi parte, si es que llega a arder contigo.

Dicho eso, ella se levantó y salió por donde había entrado, no sin antes darle una mirada llena de millones de emociones que quise borrar a Rise, quien le devolvió la mirada, seguido de un corto asentimiento.

Quería ir tras ella, quería abrazarla y consolarla, pero verla así me abrió la maldita grieta que venía acompañada con pesadillas e hizo que el suelo bajo mis pies tambaleara, por lo que me tuve que quedar en mi lugar.

—¡No lo dejen ahí! —gritó Drake, su voz rasposa, temblorosa, pero no logró más que arrastrar su última bocanada de aire antes de que la sangre comenzara a brotar de su boca.

Estaba seguro de que, si pudiera, diría más, pero la cantidad de sangre que estaba brotando por su boca hizo de las suyas, desmayándolo al instante.

Roelle, por mucho que trató de mantenerse en su posición, su juramento la corroyó. La vi caminar sin mirar a nadie, con pasos rápidos y vacíos mientras buscaba una camilla. Depositó el cuerpo inconsciente de Drake en ella y salió tan rápido como Arabella lo hizo, sin mirar atrás.

El silencio que quedó luego de que se fue caló en mis oídos, profundo y pesado. Pero antes de que pudiera procesar lo que había sucedido, escuché el asqueroso sonido de huesos y carne siendo…

—Rise, no… —la voz de Riden salió con un matiz de incredulidad, de desconcierto.

Mi hermano dejó escapar un gruñido bajo, gutural. Lo suficientemente grave y amenazador para que Riden entendiera que no debía meterse en dónde no lo habían llamado. Rise, como si el mundo entero fuera su enemigo, continuó con lo suyo.

Quedarme a mirar cómo las extremidades de Zacharias eran desmembradas una a una por mi hermano, cumpliendo así con la amenaza de Arabella, no era mi intención. Pero verlo a él tener su navaja en mano, y hacerlo con un enfoque aterrador, movimientos calculados, ejerciendo cortes minuciosos, me dejó sin palabras.

Nunca había visto a Rise hacer algo así. No es que la sangre le molestara, no. Eso tenía que ser su fuerte. Era hijo de Alexey, después de todo. ¿Pero la tortura? ¿La desmembración?… Eso no era él. Ni siquiera era una faceta de él. No al menos hasta ese maldito instante.

Verlo ahí, sentado a un lado del cuerpo sin vida de Zacharias, concentrado en cortar los dedos de una mano y luego pasar a la otra, empapándose de sangre mientras más partes cortaba, sin efectuar mueca alguna de asco o disgusto, era como ver otra versión de mi hermano. Un Rise que parecía estar infectado por el sadismo que caracterizaba a cada hombre que llegó a portar el apellido ‘Ndrangheta.

Estaba viendo a mi hermano convertirse en algo más, algo que no quería reconocer. Estaba tomando una vida con la misma facilidad con la que tomaría una taza de café, pero de una manera más fría, más calculada.

Rise le estaba haciendo honor al apellido, y si Alexey lo estuviera viendo, estaba malditamente seguro de que se sentiría orgulloso. Y Beniamino, el mismo maldito viejo estúpido, también lo estaría.

Mi hermano estaba perdiendo un pedazo de su humanidad, y ver esa transformación era tan doloroso como ver a alguien hundirse en la oscuridad sin poder hacer nada para detenerlo.

Exigirle que dejara de mancharse las manos de esa forma estaba en la punta de mi lengua, pero la rabia en esos cortes, el dolor en cada gruñido involuntario que salía de él… Eso fue lo que me impidió formular cualquier oración. Él necesitaba soltar todo lo que lo atormentaba, y aunque sabía que eso no le sería suficiente, una parte de él estaría bien si permitía que las emociones que lo consumían fluyeran sin restricciones.

Justo por eso, pese al tiempo que pasó y lo que me desgarraba ver a Rise de esa manera, me quedé con él. Lo observé romperse en pedazos cuando la navaja pasó por el estómago de Zacharias, abriéndolo de par en par, desatando una oleada de sangre espesa.

Vi cómo Riden estuvo a punto de intervenir, de decir que era ya suficiente, pero logré detenerlo a tiempo.

—No está en sus jodidos cabales, Rush —siseó, con la preocupación evidente en su rostro, sin apartar la vista de Rise—. Es demasiado. Él no necesita…

—Lo necesita —respondí con firmeza—. No le será suficiente, nunca lo será, pero lo saciará por ahora. Le arrancaron una parte de él, Riden. Le quitaron a alguien que amaba, a la persona por la que hubiera dado todo sin pensarlo dos veces. Puede que no entiendas nada de lo que te estoy diciendo, puede que no comprendas el sentimiento, pero Rise… lo que él perdió…

—Sí —susurró mi hermano, y me sorprendió la manera en que sus palabras resonaron en el aire, como un eco de algo roto—. Sí lo entiendo —sacudió la cabeza cuando sintió mi mirada fija en él, y con un suspiro casi inaudible, se adelantó, comenzando a caminar sin darme tiempo a decir nada—. Iré a verla —dijo, anticipándose a cualquier pregunta—. No lo dejes solo.

Pese a su actitud y a unas cuantas preguntas que generó el que no me permitiera verle la cara, hice lo que me pidió. No había forma en que dejara a Rise en su estado. Sabía que necesitaba soltar todo lo que le escocía por dentro, pero no por eso lo dejaría solo. Fue cuando sus ojos se encontraron con los míos que su mirada me partió en dos, y las lágrimas que brillaron en sus ojos me devastaron por completo.

Estaba cortando la distancia que nos separaba, pero negó con la cabeza y volvió su atención al desastre que había creado.

—Bolsas —exigió con voz áspera—. Bolsas, hojas y un marcador.

—No pienso dejarte aquí.

—Entonces manda a alguien a conseguir lo que te estoy pidiendo, Rush.

—Rise, ¿qué…?

—Consígueme mi mierda —espetó mi hermano, sin dejarme terminar.

Él introdujo la navaja en el cuello de Zacharias Anderson, rajando la carne con precisión y sin el más mínimo remordimiento, importándole menos la sangre o los sonidos repugnantes que el cuchillo hacía contra la piel mientras tajaba milímetro por milímetro. No había ni el más mínimo rastro de humanidad en su rostro, solo la concentración de alguien que ya no era capaz de detenerse.

Me tragué un suspiro pesado mientras observaba como la cabeza desmembrada del bastardo rodaba unos centímetros por el charco descomunal de sangre que se había formado, su cuerpo ahora un estropajo de restos y carne. Sentí una maldición formarse en mi garganta cuando vi cómo Rise tomaba la región atómica del cadáver, levantándola con la misma indiferencia con la que uno podría levantar una prenda cualquiera. Él se levantó después, caminando hacia la salida, su rostro completamente vacío, con la cabeza entre sus manos, como si fuera una mercancía olvidada.

—Espero, joder, que lo que sea que tengas en mente sea suficiente para mantenerte cuerdo por ahora, Rise —dije a sus espadas. Pero no estaba seguro de que ninguna de mis palabras pudiera penetrar su mente.

—Cuerdo me mantendría tenerla a ella conmigo —respondió, sin detenerse, con dolor goteando en cada palabra—. Pero por ahora, algo de provecho tendré que sacar al escuchar los gritos del otro maldito hijo de puta en cuanto reciba mi presente.

Torcí el gesto.

—Rise… Yo… Yo de verdad lo sien…

—Ni se te ocurra decirlo, Rush —cortó, con un tono rabioso, ladeando la cabeza para regalarme una mirada fugaz antes de volver a mirar el desastre que había hecho, como si fuera incapaz de apartarse de lo que había causado. Luego, reanudó su caminata sin detenerse—. Quiero todo lo que queda en el suelo en bolsas negras en la sala de control para hoy. Dedos en una bolsa, manos en otra, brazos en otra, piernas en otra, pies en otra, torso en otra y lo que está fuera del torso en otra.

Lo miré con los ojos entrecerrados, contemplando lo que restaba de Zacharias, y me sentí impotente ante la situación.

—¿Piensas atormentar a Drake hasta que se muera de un infarto?

—Mientras esté vivo, lo que pienso hacer no rasga la superficie del verbo —dijo, su voz llena de frialdad y odio, antes de azotar la puerta al salir con un golpe seco que resonó en las paredes.

Maldije entre dientes al quedarme solo. Sabía con exactitud lo que Rise haría, y no había ninguna razón para seguirlo. Lo mejor que podía hacer era ocuparme de la tarea que había dejado, así que llamé a alguien para que encargara de ello, dejando todo detallado antes de salir de ahí y concentrarme en la necesidad arrolladora que tenía por ver a Arabella, pese a que con tan solo pensar en su nombre hacía que mi cabeza se sumiera en un patético, humillante y doloroso hueco abismal.

Claro, mi suerte no duró mucho. Después de pasar por la plaza en busca de Riden, las hermanas Schröder aparecieron con maletas en manos justo antes de subir las escaleras. Adalia fue quien me interceptó cuando pensaba que podía pasar de largo sin más.

—¿No piensas preguntar por qué? —preguntó, haciendo una mueca llena de histeria que no logró ocultar.

Contuve una maldición entre dientes.

«Bien».

Me apoyé en el barandal y las miré a ambas.

«Acabemos con el circo de una maldita vez».

—Blaz es un bastardo orgulloso, y por como es un bastardo orgulloso, al ponerle las cartas sobre la mesa se ofendió. Requirió la presencia de las dos para darme una “lección” y ahora cree que, al verte dejar, por fin, mi jodido espacio, te rogaré para que te quedes luego de haber reconsiderado las cosas —solté, sonando lo más aburrido posible. Las fosas nasales de Adalia se expandieron tanto que me dio un parecido familiar al de un toro—. ¿Exageré algo, toqué alguna fibra sensible o acerté? —pregunté, con una sonrisa que no ocultaba ni un poco el desdén.

—Lo de nosotros…

Chasqueé la lengua.

—Desde un principio te dije por qué te necesitaba cerca —corté, yéndome por ser un hijo de perra—. Aceptaste con tal de ayudarme y cumplir con la tarea de tu padre, porque le tienes el miedo necesario para seguir sus mierdas ya que quedarte sin herencia no lo consideras una opción. Pero no contenta con cumplir con lo que pensabas que yo no tenía idea, también decidiste meterte en mi relación, aprovechando tu posición, Adalia. Fue mi culpa, claro está. Lograste alejarla con tus estupideces y no te tengo rencor alguno porque eso fue exactamente lo que quería que hicieras, pero el que llegaras a un punto de creértelo, aún cuando te repetí infinidades de veces que no tenía interés alguno en ti… —negué con la cabeza—. Bueno, eso sí es tu culpa.

—Tú sabes que lo de nosotros pudo funcionar, Rush.

Resoplé. Claro que Adalia me había funcionado para lo que necesitaba, y quizás, si yo no tuviera al amor de mi vida presente, si las cosas hubieran sido distintas, tal vez Adalia y yo hubiéramos podido formar un buen lazo. Uno seguro, poderoso y político. Pero las cosas no eran así.

Para su desgracia, ni ella ni su padre contaban con tanta suerte. Además, desde que Arabella se había cruzado en mi camino, mi única preferencia femenina era ella: morena, orgullosa, con carácter, persistente, sin miedo alguno de mandarte a la mierda cuando quería, y con un punto de vista malditamente afilado que no cambiaba por más que le rogaras en hacerlo.

Curioso que todas esas cualidades estuvieran dentro de un cuerpo letal y sexy como el infierno, pero… ¿qué más daba?

—El que pienses así admito que también fue mi culpa —reconocí, sacudiendo la cabeza—. Dejé que hicieras y deshicieras a tu antojo con mi relación, y eso te llevó a creer que, por obra de lo divino, todo lo que hicieras en contra me llevaría a ti, cosa que no pudiste errar más —dije, observando su cara, que en ese momento se volvió el mejor poema que había visto en mucho tiempo—. Pero así como fue mi culpa y acepto mis errores, tú también tienes que aceptar que te dejaste engañar por Blaz una vez más, y que no eres más que una de sus estúpidas marionetas que utiliza a su antojo.

—Yo no…

—Te utilicé. Y lo hice sin esforzarme, Adalia. ¿Crees que tu padre no ha hecho lo mismo? ¿Crees que a él le cuesta mangonearte a su antojo después de lo mucho que te jactabas de que ya no podría hacerlo porque poco te importaba quedarte sin nada? —sus ojos brillaron con rabia, y no pude evitar sonreír ante su reacción—. Pese a todo eso, debo decir que fue, por primera vez, un placer volver a verte. Sin embargo, espero no volver a hacerlo en mucho, mucho tiempo.

Adalia estaba furiosa, sus puños apretados, y el veneno en sus ojos estaba a punto de desbordarse. Viveka lo notó y la tomó del brazo para irse de una buena vez, pero su hermana se zafó del agarre como si estuviera defendiendo su última pizca de dignidad. Adalia me miró furiosa y me señaló con un dedo.

—Tú y yo pudimos tenerlo todo —siseó, casi ahogándose en su propia frustración—. Pudimos haber sido una pareja magistral. Pudimos, una vez tomado el control total de la pirámide, reparar los eslabones codo a codo. Pudimos haber hecho tantas cosas, Rush, pero no. Tú solo quieres hundirte en la miseria por una maldita loca y…

No pude evitar que mi boca se torciera en algo que no era precisamente una sonrisa, más bien un reflejo de la absurda paciencia que me estaba pidiendo la situación.

Di un paso hacia ella, suficiente para cerrar la distancia y que mis palabras pesaran más. Su rostro se congeló al instante, y sentí la presencia de Viveka a mi lado, pero me sabía a mierda. A esa mujer, con todas las probabilidades a mi favor, podía pegarle un tiro y entregársela a Blaz en partes, y aún así importarme menos las consecuencias de mis actos.

—Una palabra más en contra de mi mujer, Adalia, y no tendré ningún maldito problema en hacer que te quedes lo suficiente para que aprendas a cuidar cada sílaba que sale de tu maldita boca —mi tono fue más frío que agresivo, cargado de la indiferencia que sabía que le carcomía—. Te creí más inteligente. Pero esta es la segunda vez que te lo advierto. Sabes que no amenazo en vano —la vi tragar en seco, y aunque intentó ocultarlo, el leve movimiento de su garganta fue una victoria demasiado sencilla para disfrutarla—. Sácate de la cabeza cualquier jodida fantasía que tengas de “tú y yo”. No va a pasar. Fuiste un medio, Adalia. Un medio necesario para un fin, pero que como no completó su cometido, ahora es un medio prescindible del que me libro con alegría.

A pesar de que su rostro había abandonado rastro de color alguno, su boca volvió a abrirse, ya que resistir la necesidad de soltar su ultima mierda no era algo que ella hiciera.

—Papá tenía razón. Vas a terminar sin nada por una mujer que no lo vale.

Reí bajo, un sonido más seco que genuino, y negué con la cabeza con lentitud, mirándola como si estuviera explicándole algo obvio a un niño terco.

—¿Eso es todo? ¿Repetir las palabras de un hombre que lo único que sabe hacer es plantear problemas que vengan desde su orgullo y engañar a su esposa con tantas mujeres que hasta perdí la cuenta? Creí que podías hacerlo mejor.

Su rostro se tensó, pero no se rindió.

—Está más que comprobado que mi papá puede ser un maldito estúpido orgulloso, ¿pero tú? Tú no eres más que un ególatra ingenuo que piensa más con la polla que con la cabeza fría, Rush. Estás tan ensimismado en ella que no te das cuenta de los riegos que estás a nada de cometer.

Ahí estaba. El mismo guión, la misma frustración reciclada. Las mismas palabras de su padre, pero ahora en su boca.

—¿Todo este espectáculo porque no terminé atado a tu dedo meñique, Adalia? ¿Es en serio? —suspiré, cansado del intercambio—. No me sirves. ¿No lo entiendes? Lo hiciste por un tiempo, luego ya no. Incluso si no le hubiese dejado entrever a Blaz que sabía lo que estaba haciendo contigo por debajo de la mesa, yo mismo te hubiese puesto en el primer avión a Alemania en los siguientes días porque, te lo repito, dejaste de servirme. Métete eso en la cabeza, grábatelo bien, entiéndelo, y lárgate de una buena vez.

Con eso dicho, rodeé a ambas y las dejé en la punta de las escaleras. Una histérica, la otra resignada. No tenía tiempo para seguir con ese circo.

Bien no había empezado con lo fuerte, pero ya era hora de arreglar mi mierda.

Vi de primera mano como el tiempo no tenía piedad de nadie, por ende, gastar un segundo más fuera del alcance de mi mundo no me lo iba a permitir. No podía seguir haciéndolo y estaba seguro de que Kendall me doblaría las pelotas desde donde sea que estuviera si llegaba a continuar con esto.

Mínimo se lo debía.

A ella y a la razón de mi patética existencia.

♦ ♦ ♦

Arabella

Cada paso que di al alejarme de esa maldita habitación, cada paso que se sintió como un golpe directo al pecho con un horrible, horrible yunque. Me sorprendí de mí misma cuando, sin saber cómo, llegué al lugar que no tenía planeado pisar en lo que restaba de mi vida si era posible. Había creado un mapa en mi cabeza justamente para evitar este rincón con toda la intención de alejarme del dolor, y sin embargo, allí estaba, buscando algo que no sabía que necesitaba. Lo más extraño fue que, en lugar de sentir la urgencia de salir corriendo, me invadió una calma profunda, una paz que traía una añoranza tan dolorosa que casi me rompió en dos.

Pasé todo de largo y me dejé caer en el centro de la cama, arropándome con lo primero que encontré. Al instante, el olor que me envolvió fue el de ella. Recordé cómo, cuando el frío me calaba hasta los huesos cada que me quedaba a dormir a su lado, ella siempre me lanzaba esa misma cobija en la cara para que dejara de temblar cual pingüino. Pero esta vez, en lugar de consuelo, su aroma fue el detonante que derrumbó cada defensa, cada barrera, cada sistema de blindaje al que me estaba aferrando, que había construido para resistir el dolor. Todos los muros, cada escudo que había erigido desde que Harrison habló, cayeron al suelo con el peso de lo inevitable.

Sentí.

No quería. No quería malditamente sentir. Maldije cada partícula de mí misma por permitirlo. No quería nada que tuviera que ver con la palabra “sentimientos”. Nada. No quería recordar. Porque si lo hacía, si me permitía caer en ese abismo que la realidad me ofrecía, entonces debía aceptar que lo que acababa de suceder era real. Que cada palabra, cada lágrima y cada instante de dolor no eran solo una puta pesadilla absurda de la que podía despertar en cualquier momento.

Así que inhalé. Junté los pedazos y me aferré a lo que necesitaba para sobrevivir: repetir que ella no se había ido. Me dije que todo había sido un mal sueño. Solo eso. Un juego retorcido de mi mente. Todo lo que había pasado, cada palabra, cada imagen, no era más real que un espejismo.

Ella no podía haberse ido.

En cualquier momento entraría por esa puerta y me abrazaría hasta asfixiarme, regañándome por haber siquiera permitido escuchar al otro hijo de puta soltar factos sin evidencia. Me repetiría que no me dejara llevar por rumores, que ella estaba conmigo. Que todo estaría bien. Porque así era como debía ser, como lo había sido siempre.

«Ella vendrá. Me abrazará y todo estará bien. Todo».

Me repetí esa idea hasta que se convirtió en un mantra, aferrándome a ella como a un salvavidas. Cuando escuché la puerta crujir al abrirse, no me moví. Una chispa de esperanza prendió en mi pecho, segura de que era ella. No me molesté en asomar la cabeza desde la cobija, porque lo sabía, ella vendría. Sabía que me abrazaría, que hablaría con esa voz que, aunque a veces me exasperaba, era la única que lograba calmarme.

Pero entonces, sentí el peso en la cama, el brazo que buscaba envolverme y… algo estaba mal.

No se sentía como ella.

Mis ojos se cerraron con fuerza, y, cuando esa voz suave y burlona me alcanzó, quise desaparecer.

No era la voz que quería escuchar.

No era ella.

Quería que fuera ella.

Porque si él estaba aquí, eso significaba que…

—¿Debo sentirme mal por haber sido rechazado? —dijo, notando cómo me encogía y el dolor me marchitaba por dentro—. ¿Bells?

Empecé a sacudir la cabeza.

No.

No era a él a quien quería, no era su abrazo lo que necesitaba.

Quería a mi mejor amiga, a mi hermana, la única persona que nunca se callaba cuando tenía algo que decir.

La necesitaba.

La necesitaba tanto que era como si una parte de mí estuviera muriendo con cada respiro que daba.

—No es real.

La frase se escapó de mis labios antes de darme cuenta. Al escucharla, Riden se tensó, sus brazos apretándose alrededor de mí. Repetí esas palabras una y otra vez, como si al decirlas lograra detener la verdad, ahuyentarla. A la trigésima octava vez, Riden se rindió. Apartó la cobija de mi rostro, intentando que lo mirara. Me refugié en su pecho, negándome a dejarlo ver lo rota que estaba, lo vacía que me sentía.

Sin embargo, él me alejó. Me puso a un lado y siguió buscando mi mirada.

—Bells…

Seguí negando, una y otra vez, como si con cada palabra pudiera cerrar el abismo que se había abierto bajo mis pies. Mi pecho ardía, como si cada intento de respirar solo avivara el fuego que se expandía dentro de mí, y las palabras de Riden eran brasas que se clavaban en mi piel.

—No es real —insistí—. No es real, nada de esto es real. No puede ser real. No lo es.

—Cariño, yo…

—No, Riden —mi voz tembló—. No lo es. Sabes que no lo es. Lo sabes. No lo es.

No lo era. No podía serlo. Me aferraba a esa idea como si fuera otro salvavidas, aunque sabía, en algún rincón de mi mente, que estaba ahogándome. Él intentó buscar mis ojos, pero no lo permití. No podía. Si lo hacía, si lo miraba, algo dentro de mí se rompería, algo sabía que no podría arreglar nunca más.

Pero entonces lo hizo. Con una firmeza que no supe si detestar o agradecer, tomó mi barbilla y me obligó a enfrentarlo. Sus ojos marrones, tan llenos de preocupación y disgusto, se clavaron en los míos. Parpadeé rápido, desesperada por disipar las lágrimas que amenazaban con caer, pero su mirada no se movió. No desapareció.

—Bells, cariño, yo… de verdad, lo siento tanto.

No quería sus disculpas, ni su compasión, ni siquiera quería escuchar su voz. Sin embargo, fueron esas tres últimas palabras. Solo tres palabras. Tres estúpidas, pero sinceras palabras, fueron todo lo que necesité para perderme en el dolor. En contra de mi voluntad, la última puerta de mi infierno se abrió después de rendirse ante el peso.

El llanto llegó como un torrente, arrancándome el aire, las fuerzas, todo. Fue un sonido tan desgarrador, uno que ni siquiera reconocí como mío, pero que hizo que Riden me envolviera en sus brazos, atrayéndome hacia su pecho con una fuerza que no supe rechazar.

Ahí, en ese refugio temporal, lloré. No lágrimas contenidas ni sollozos tímidos. Lloré como si pudiera vaciar todo el dolor, pero cada lágrima solo parecía alimentar el abismo en mi interior. Supliqué entre jadeos, murmuré plegarias rotas, pedí en susurros que todo esto no fuera real, que me despertaran, que me devolvieran a la persona que había perdido.

El dolor me consumía, una ola tras otra, cada una más grande que la anterior, arrastrándome al fondo del abismo sin promesa de retorno. Apenas si podía aferrarme a las palabras que Riden susurraba en mi oído, suaves y dulces como si pudieran detener la tormenta. Pero no lo hacían.

Porque el dolor era demasiado. Demasiado grande. Demasiado abrasador. Y yo, perdida en ese mar de miseria, solo quería que todo se detuviera. Que todo desapareciera. Que yo desapareciera.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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