1. Let's Play - Capítulo 73
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 73: 70
El olor de lo irreversible
Se juega con la precisión de quien no teme a la derrota, pero, ¿qué queda cuando el precio del juego es más alto de lo que se puede pagar?
Drake
Diciembre, 28
El sentido del olfato fue lo primero que se me despertó, aunque desearía que no lo hubiera hecho. El hedor era tan intenso que sentí como si me abofeteara, obligándome a toser y abrir los ojos de golpe. La cabeza me daba vueltas y el cuerpo me dolía como si hubiera sido golpeado sin piedad, pero ese malestar quedó relegado al fondo de mi mente. El dolor, la fatiga, el cansancio… Todo lo demás desapareció frente al olor, una fetidez tan insoportable que me arañaba la garganta y me apuñalaba los sentidos.
Parpadeé repetidas veces, cegado por la cantidad absurda de luz en la habitación. Era blanca, fría, inhumana. Intenté moverme, pero la cama en la que estaba parecía diseñada para alguien más pequeño. Esta no era mi habitación. No tenía luces tan deslumbrantes, ni máquinas que pitaban con un ritmo constante y monótono, como si marcaran la cuenta regresiva hacia algo que prefería no imaginar.
Mi cabeza quería analizar en dónde estaba, pero otra ola de ese hedor me cortó la respiración, obligándome a enfocarme en una sola cosa: ¿qué diablos era lo que olía tan mal?
Intenté buscar la fuente, pero fue inútil. La luz era demasiado intensa, y gracias a la nula cooperación de mis ojos, todo se veía borroso.
—¿Qué rayos es lo que huele así de…?
No terminé. Una voz profunda, rasposa, cargada de veneno interrumpió mi pensamiento, helándome la sangre con una sola palabra:
—Finalmente.
El sonido me atravesó como una hoja afilada, inundando mi cabeza con una película de recuerdos: Zach y Rush, Kendall, Bells y Rise, disparos, gritos, amenazas… Las alarmas en mi mente se encendieron y por fin entendí en donde, quizás, me encontraba.
Gracias a la voz, mi cabeza giró hacia donde creía que provenía. En una esquina de la habitación, más allá del alcance de la luz, había un rincón oscuro. Un vacío tangible que parecía absorber todo a su alrededor, un vacío que te gritaba que miraras hacia otro lado. E intenté hacerlo. Traté de apartar la vista, pero no pude.
Clavé la mirada, tratando de enfocar, de ver más allá de la nula luminiscencia que tenía ese espacio. Tardé más de lo esperado, pero aun así lo conseguí, y desearía no haberlo hecho. Había sido un error de mi parte. Lo único que quería saber era quién había hablado, pero mientras más miraba, más esos ojos me consumían.
No sé si fue el pitido incesable del monitor cardíaco lo que lo hizo sonreír como si estuviera a punto de despellejar a su presa, o que mi olor a miedo absoluto y paralizante le dio todo lo que necesitaba para disfrutar su papel de cazador, pero eso fue todo lo que necesitó. Salió de las sombras con una calma que hizo que mi corazón se encogiera. Se inclinó sobre el extremo inferior de la camilla, sus manos firmes, como si reclamara el espacio.
—Rise —casi que escupí su nombre, odiando cada segundo de cómo no pude disimular el miedo en mi voz.
Su sonrisa se ensanchó. No quería hacerlo, pero entre más tiempo pasaba mirándola, más me daba cuenta que aquello no era una sonrisa, no realmente. Sus labios se habían curvado, sí, pero no había nada detrás de ese gesto. Era un abismo abierto, vacío y hueco, carente de cualquier chispa que alguna vez podría haber sido humana.
Sentí como si me estuviera tragando.
—No hubiese estado oliendo así hace casi dos días. Me hiciste esperar bastante. —Hizo un gesto con su cabeza hacia su derecha, manteniendo ese tono venenoso pero despreocupado en su voz, como si no estuviera haciendo otra cosa que comentar el clima.
Esperé, aunque no estaba seguro de qué. Tal vez de que Rise mostrara una pizca de humanidad, o que algo en su semblante me asegurara de que todo esto era un malentendido. Pero no, bastaron milésimas de segundos para que notara el desconcierto en mi rostro.
—No te preocupes, no fue tanto. Aún así, puede que valga la pena —volvió a señalar algo con la cabeza—. Dame el gusto, Anderson.
Su voz me heló la sangre, pero entonces, muy en contra de hacer lo que él me estaba pidiendo, la curiosidad, o quizás el puro instinto de apartar la mirada de esa sonrisa vacía, me venció. Seguí su gesto con la mirada, aunque cada célula de mi cuerpo gritaba que no lo hiciera. Mi visión todavía era borrosa, pero no lo suficiente para no enfocar lo que señalaba: siete bolsas negras, de distintos tamaños, regadas y apiladas a cierta distancia.
Un escalofrío me recorrió al instante, pero no fue eso lo que me detuvo. Lo que realmente me golpeó fue algo mucho más macabro.
Cuando barrí la habitación para ubicarme, mi mirada se encontró con algo a mis pies. Algo que no debería estar ahí. Algo que no podía estar ahí.
«Eso… Eso no puede ser… ¿eso es…?».
La cabeza de mi hermano.
De inmediato, el aire abandonó mis pulmones, dejándome vacío. Mis ojos ardieron con lágrimas que no se atrevían a caer, atrapadas en un dolor tan desgarrador que mi cuerpo entero se paralizó.
—No… —La palabra apenas salió de mi garganta, rota y ahogada, mientras el mundo se derrumbaba a mi alrededor.
El horror me aplastaba, pero no tanto como la rabia que comenzó a bullir en mi interior. Quería gritar, golpear, arrancarle esa maldita sonrisa de la cara. Pero mis piernas no se movían, mi cuerpo estaba clavado en el lugar, al igual que cada aguja enterrada en mis brazos, por el miedo paralizante que emanaba de cada fibra de mi ser.
Entonces el grito salió de mí, desgarrando cada cuerda de mi garganta.
—¿¡Qué hiciste, maldito hijo de puta!?
Intenté moverme, pero cada músculo temblaba con una mezcla de furia y desesperación. Mi cuerpo se negó a obedecer, fijo al lugar como si el peso del miedo, la rabia y la desesperación fueran más grandes que mi voluntad. Mi mente estaba demasiado nublada para pensar en otra cosa que no fuera el rostro de mi hermano.
Rise, sin embargo, no me dio tiempo para nada. Con una calma despreocupada, tomó la cabeza de Zacharias en sus manos, girándola como si fuera un objeto inerte.
—Patético —murmuró, antes de dejarla caer en mis piernas con un desinterés escalofriante.
El impacto fue demasiado. Mi instinto me traicionó, y en lugar de agarrar lo que quedaba de mi hermano, retrocedí. La cabeza cayó al suelo con un golpe sordo, seguido de otro grito de incredulidad que escapó de mis labios.
Eso solo hizo reír a Rise.
Su risa era peor que el hedor, peor que la luz cegadora, peor que cualquier cosa en esa habitación. Era el sonido de alguien que disfrutaba mi sufrimiento, y cuando volví a mirarlo, deseé no haberlo hecho.
La camilla bajo mi espalda pareció volverse de hielo, el frío metal drenando cada rastro de calor de mi cuerpo mientras esos ojos me perforaban.
Sus ojos… Dios, sus ojos.
Alguna vez los había visto llenos de rabia, de determinación, incluso de ese destello burlón que le daba vida cuando quería bromear conmigo o Zach. Pero ahora… Ahora no eran nada de eso.
Eran un par de pozos oscuros, vacíos, carentes de cualquier vida o humanidad. Verde profundo, pero tan muerto como su sonrisa. Esos ojos no tenían fondo ni reflejo; tan solo me miraban como si yo no fuera más que una presa asustadiza. Y había algo allí, profundo y roto, como si cada parte de su humanidad se hubiera desintegrado y lo que quedara fuese una carcasa.
—¿Cómo pudiste? —mi voz tembló, rota, apenas un eco de mi rabia contenida—. ¿¡Cómo pudiste!? ¡Era mi hermano, Rise! ¡¡Mi maldito hermano!! —Mi grito salió con toda la fuerza que me quedaba, acompañado de una furia desesperada que quemaba cada parte de mí—. ¡Vas a pagar! ¡Tú, la maldita que seguro te ayudo con esto, todos! ¡Cada uno de ustedes va a pagar por esto!
Las lágrimas finalmente cayeron, quemando mi rostro mientras el odio y el dolor se mezclaban en mi pecho como un huracán. No sabía si era mi rabia, mi desesperación o el simple hecho de que ya no podía soportar más. Tampoco sabía si mis palabras tenían peso para él. Era probable que no. Pero necesitaba decirlo, gritarlo, hacérselo saber. Necesitaba que lo supiera. Que entendiera que alguien más estaría ahí, en las sombras, contando las horas hasta verlo caer. A él, a su familia, a cada maldito cómplice que lo rodeara. Alguien que no descansaría hasta verlo sufrir peor de lo que me estaba haciendo sufrir a mí.
Quería que mis palabras lo atormentaran, que le pesaran, que le carcomieran la mente. Pero supe que no había logrado nada cuando sus ojos vacíos volvieron a mirarme… aunque nunca dejaron de hacerlo.
—Bastó cada hora —suspiró con una felicidad hueca, que se sentía más como un eco de algo muerto. No había emoción en su voz.
Nada en él tenía emoción. No había rabia, ni satisfacción. Solo ese vacío abismal que me aterrorizaba como nunca antes. Nunca lo había visto así. Nunca había sentido un miedo tan visceral, tan absoluto.
Lo odiaba. Lo odiaba con cada célula de mi cuerpo, con cada respiración que me obligaba a mantenerme consciente. Pero por más que quería hacer algo para vengar a mi hermano, no podía moverme. No podía enfrentarlo sin temblar porque sabía, con cada puto instinto que tenía, que si él decidía terminar conmigo lo que empezó con Zacharias, no habría nade que lo detuviera.
—Pero exprésalo mejor, Anderson —dijo con una calma gélida—. Dime qué se siente que te arranquen una parte de ti, qué lo hagan sin haberte dado el tiempo de evitarlo. Sin haberte dado la oportunidad de ofrecer tu vida antes que la de la persona que amabas.
Quería gritarle, escupirle las palabras que se amontonaban en mi garganta, pero el aire no salía. Solo lo miré, con odio puro, caliente, espeso. Odio que casi me quemaba por dentro.
Pero a él no le importaba. Ni un ápice.
—El grito me sirvió —continuó, con ese tono helado que me atravesaba—, pero ahora quiero que articules.
Quise responder, pero las palabras se ahogaron en mi garganta. Solo el silencio llenó el espacio entre nosotros, opresivo, un hueco palpable. Sus ojos seguían igual: carentes de cualquier rastro de humanidad.
Y entonces lo odié aún más.
Pero también, por un instante que odiaría recordar, me odié a mí mismo. Porque por maldito segundo, un ápice de compasión cruzó por mi mente. No debía estar ahí. No después de todo lo que había hecho. El odio tenía que ser mi único aliado, mi único refugio. Pero esa chispa persistió, traicionera. Porque, en el fondo, sabía que lo que Zach había hecho, por más que buscara el bien de nuestra familia, no había sido lo correcto.
Kendall no debió…
—Guárdate tus patéticas emociones, hijo de perra, porque no me importan —gruñó con una voz cortante, más helada y cruel de lo que jamás había escuchado, incluso de Rush. No debería sorprenderme. Todos ellos eran unos jodidos psicópatas. Pero verlo a él así, verlo de esta manera… era diferente—. Tampoco te hagas el sorprendido. Tú y el maldito de tu hermano hicieron lo necesario para joderme, y ahora es mi maldito turno.
Claro. Ahora era nuestra culpa. Siempre lo era. Cuando se trataba de ellos, siempre había alguien más a quien culpar. Ellos nunca cargaban con nada. Demasiado egocéntricos, demasiado ensimismados como para reconocer sus propios errores.
Zach trató de advertírmelo, pero no lo escuché. Ignoré cada palabra que salió de su boca porque yo tenía mi confianza puesta en ellos. Creía en ellos. Y aunque las acciones de Zach no eran nada éticas ni confiables, creía que estaba siendo justo al ignorarlo.
Ellos, por otra parte, habían hecho las cosas bien. Sin escrúpulos, sí, pero bien. Me demostraron una y otra vez que podía confiar en ellos. Eran mis amigos. Los consideraba parte de mi familia, a pesar de todo lo malo que habíamos pasado juntos.
¿Pero eso de qué me servía ahora?
Tenía a mi hermano frente a mí. Muerto. Tenía a toda mi familia muerta también. ¿Y de quien era la culpa?
¿Mía, por haber confiado de manera tan ciega en ellos? ¿O de ellos, por no importarles nada más allá de su maldito ego?
La respuesta se formó en mi mente como un grito.
—No sabes nada de lo que nosotros pasamos por culpa de ustedes —escupí con rabia, aferrándome a esa segunda opción como si fuera mi única verdad—. Nada, Rise.
—Y me importa una mierda —replicó, su tono lleno de un desdén gélido que me quemó más de lo que debió—. Una cosa era tener que lidiar con nosotros por lo que sea que pasó. Otra, muy diferente, querer tomar venganza con una persona que no tenía nada que ver en esos problemas.
—Kendall…
No pude terminar.
Así como Rush, Rise se movió.
Fue un borrón, un destello oscuro y repentino que apenas lo registré. Antes de que pudiera procesarlo, sus manos estaban en mi garganta, aplastándome contra la camilla con una fuerza brutal.
El aire desapareció de mis pulmones.
Mis manos intentaron alcanzarlo, débiles, temblorosas, inútiles contra su fuerza. No podía soltarme. Ni siquiera podía luchar.
Y, aun si hubiera podido, no lo habría hecho.
Su mirada… esa mirada, feroz, volátil, aterradora, me congeló por completo. Era como un animal salvaje, una bestia sin rastro de humanidad. Su furia no solo se veía en sus ojos; la sentí atravesándome, envolviéndome como un frío helado que hacía que su agarre en mi cuello pareciera aún más letal.
No podía moverme. Ni siquiera podía respirar.
Lo único que podía hacer era odiarlo.
A él.
A mí.
A todo.
—No. Te. Atrevas —gruñó, cada palabra cargada de veneno—. Fueron ustedes quienes la arrebataron de mi lado, fueron ustedes quienes me jodieron de la peor manera. Así que no te atrevas a decir en voz alta o a siquiera pensar en su maldito nombre porque no vives para repetirlo una segunda vez, Drake.
Su voz me atravesó, más mortal que sus manos en mi cuello.
Jadeaba por aire, pero él no aflojó su agarre. No todavía.
Supuse que era mi hora de morir.
Y, en ese momento, estaba bien.
Había llegado a mi límite. No me quedaba nadie. Solo un vacío que pesaba demasiado. Ya no quería seguir cargando con las repercusiones de los demás, de sus decisiones, de sus malditos errores.
Pero alguien más decidió por mí.
—Así como no me importó desmembrar, parte por parte, cada extremidad del hijo de perra al que considerabas tu hermano, tampoco me importaría hacerlo contigo ahora mismo —susurró con una calma que helaba aún más que su ira.
Su agarre se aflojó, y mis pulmones hicieron lo posible para recolectar cada bocanada de aire que podían. Pero el alivio duró un segundo.
—Pero… —continuó su tono suave mientras me miraba como si ya estuviera muerto—, ¿qué tendría eso de divertido?
—¿Qué…? ¿Qué qui-quieres…? —logré balbucear, la garganta quemándome con cada palabra.
Rise me respondió con una sonrisa que se hundió en lo más profundo de mi ser, fría y perturbadora.
Un escalofrío desagradable recorrió mi columna, como si hubiera estado desnudo frente a una tormenta invernal. Su mirada… tan vacía, tan carente de vida, hacía que mis pulmones volvieran a cerrarse, aunque ya no estuvieran sus manos en mi cuello.
—Desmembrar a tu hermano no me bastó, Drake —me interrumpió con suavidad aterradora, casi íntima—. No sació nada de mí. No lo disfruté. Pero eso no quiere decir que contigo pase lo mismo, ¿verdad que no?
El miedo me golpeó en oleadas, rápido, abrasador. Tragué con fuerza, intentando mantener el control, intentando ocultarlo, pero fue inútil.
Lo vi en su rostro.
Esa sonrisa se ensanchó aún más, se retorció en algo triunfante, casi festivo.
Y supe que lo había visto. Supe que me tenía exactamente donde quería.
—Tú no… —intenté protestar, pero mi voz no salió como quería, ni siquiera para confrontarlo.
Rise tarareó en burla, una melodía siniestra que no me gustó. Sacudió su cabeza con un aire despreocupado, como si todo esto fuera un juego y él fuera el único jugador con las reglas claras.
—Tienes una hora para cambiarte y desaparecer de mi radar, Drake —dijo, dándome la espalda con una calma que parecía diseñada para desquiciarme aún más—. Al segundo en que salgas de aquí, vive tu vida. Sé feliz. Cásate con alguien, ten hijos, disfruta —abrí la boca para interrumpir, para gritarle, pero él siguió como si no existiera—. Sin embargo, también cuídate. Nunca se sabe en qué momento las cosas puedan… cambiar.
Y así, simplemente, desapareció de mi vista, como una sombra que se desvanecía con la luz.
Fue entonces cuando mis ojos se posaron en lo que él había dejado atrás.
La cabeza de mi hermano estaba a mis pies, inmóvil, con la expresión de terror que había llevado hasta su último aliento grabada en sus golpeadas facciones.
El resto de su cuerpo estaba desperdigado a mi alrededor, en descomposición.
El aire se volvió irrespirable. La habitación parecía cerrarse sobre mí.
Pero nada de eso se comparaba con la amenaza de Rise.
Había calado profundo, desgarrando algo dentro de mí que nunca antes había sentido.
Porque supe, sin lugar a dudas, que él hablaba en serio. No era un acto. No era un juego.
Esa amenaza era real. Pesada. Definitiva.
Y me perseguiría por el resto de mi existencia.
Pero también había algo más.
Algo que comenzó como un pequeño fuego en mi interior y que creció con rapidez, alimentado por el odio y la desesperación.
Para su desgracia, mi amenaza también tenía peso.
Y como le había dicho antes, no iba a descansar hasta vengar a mi familia, hasta mi último aliento.
Eso él y cada uno de los suyos podía asegurarlo.
Para mí, eso era una promesa.
Y yo las promesas no las tomaba en vano.
♦ ♦ ♦
Arabella
Enero, 03
Actualidad.
Siete días. Había pasado una semana entera desde que mi vida se había detenido, como un reloj sin pila, mientras el vacío se instalaba con comodidad en cada rincón de mi existencia.
La gente decía que el tiempo volaba cuando estabas en el infierno del duelo, pero déjenme decirles algo: no tienen ni puta idea de lo que hablaban. Los días no pasaban rápido. Eran lentos, agónicos, un desfile interminable de horas que se arrastraban con la crueldad de alguien que disfrutaba verte hundida.
Perder a tu persona no te convertía en un guerrero motivado a honrar su memoria; te dejaba hecha un despojo, incapaz de lidiar con el peso que se te incrustaba en el pecho y te asfixiaba. El dolor era un parásito, alimentándose de cada maldito respiro que daba.
Me despertaba sin ganas de existir, y dormir era un acto de supervivencia que solo conseguía llevarme de vuelta a la pesadilla del día siguiente. La cama se había vuelto mi prisión y mi refugio, pero ni eso lo consideraba mío.
Lo peor eran los discursos. Esa absurda mierda de “sigue adelante, hazlo por ella”. Cada palabra me caía como un puñal oxidado, cortando partes de mí que ya estaban hechas pedazos. No me interesaba seguir adelante. ¿Para qué? ¿Para quién?
Las miradas de lástima eran igual de insoportables. Esas caras cargadas de pena, como si tuvieran la autoridad de mirarme como un caso perdido, me daban ganas de arrancarles los ojos. Pero no lo hacía. En cambio, las aceptaba con una especie de sonrisa, de esas que no llegaban a ninguna parte, mientras planeaba cómo vomitar la próxima cucharada de comida que me forzaban a comer, solo para que cerraran el puto pico.
¿Quería morir de hambre? No. Pero tampoco estaba dispuesta a jugar el papel de sobreviviente ejemplar. Así que, tan pronto como Mila, Harrison, Justine, Riden o Roelle me dejaban sola, iba directo al inodoro y me deshacía de la comida. Luego me quedaba ahí, en silencio, volviendo a mi rutina de miseria.
Sí, viví así durante esos siete días. Pero entrar en detalles sería abrir un abismo del que no estaba segura de querer explorar. Prefería quedarme en el ahora, sollozando una vez más mientras estaba tendida a horcajadas sobre un cuerpo que no era el mío, buscando algo, cualquier cosa, que me distrajera de lo que ya no tenía.
El calor debajo de mí era lo único que parecía mantenerme en este plano de existencia. No sabía cómo o por qué había terminado así desde el día uno, pero para él, dejarme sola en mi habitación no era una opción, y el que me torturara yendo al lugar en dónde me abordaba una paz amarga, tampoco. Así que aquí estaba, una vez más, permitiéndome existir en la cercanía de otro ser humano, aunque cada segundo me hiciera sentir más vulnerable, más rota.
Respiré hondo, intentando detener las lágrimas que seguían brotando como un torrente incontrolable. Pero la respiración me falló, y en su lugar, un puñado de espasmos recorrió mi cuerpo. Creí, ingenuamente, que me había vaciado de todo ese dolor, que después de haber pasado el día entero en lo mismo ya no quedaba nada más.
Fui estúpida.
Volver a inhalar era como tragar un millón de agujas, perforándome desde dentro. Mis ojos se llenaron de nuevo, sin control, y las lágrimas cayeron, implacables.
No podía controlarlas. No podía controlarme a mí misma.
Agradecí, sin decir una sola palabra, que Riden se hubiese acoplado tanto a nuestra rutina para saber que no tenía que decir nada. Él tan solo me rodeó con sus brazos, dejando pequeños besos de vez en cuando en mi coronilla, tan ligeros que apenas los sentí, pero lo suficiente como para mantenerme anclada. Lloré, sollocé e hipé hasta quedar ronca, hasta que mi cuerpo decidió rendirse, pero nunca tan incómoda como para cambiar la posición en la que estaba.
Cada lágrima dolía como si mi cuerpo estuviera hecho de cristal, rompiéndose con cada maldito sollozo que daba. Cada lamentable gemido que escapaba de mi garganta ardía, dejándome exhausta. El peso de mi pérdida me aplastaba, clavándose en mi pecho como una piedra tras otra, cada día más grande, cada día más insoportable.
La realidad era una maldita hija de puta. Ella no estaba aquí. Nunca más estaría aquí.
Y me estaba matando.
No era una metáfora ni una exageración; era como si algo estuviera consumiendo mi alma, dejándola en cenizas. No podía aceptar que esto era real. No podía comprender cómo el mundo seguía girando cuando el mío había dejado de hacerlo en el momento en que ella se fue.
En mi vida nunca había imaginado un futuro sin ella. No lo había. Ella era mitad, mi hermana, mi mejor amiga, mi lugar seguro, mi… mi persona.
Y sin ella, no sabía cómo seguir existiendo.
—Llevas así horas, Bells —dijo Riden, rompiendo el silencio con esa voz firme que había aprendido a usar cuando quería sacarme de mi burbuja. Aunque esta vez no había burbuja. Solo una niebla densa de dolor que ni siquiera él podía atravesar—. Necesitas comer algo, cariño.
Lo miré de reojo, o al menos creí hacerlo. Quizás solo fue un resoplido, seco y vacío. Porque él también resopló antes de apartarme del calor de su cuerpo. Un frío repentino se coló entre nosotros, y no pude evitar hacer una mueca.
—Cinco horas —reprochó—. Añádele las cuatro y media en las que estuviste dormida porque colapsaste, y los quince minutos que pasaste por manos de Justine y Roelle para poder bañarte y cambiarte. Estamos hablando de casi diez horas sin haber tocado un plato de comida decente, Arabella.
Aunque agradecí mentalmente que ambas doctoras se hubiesen tomado el tiempo de lidiar conmigo inconsciente otra vez, envolviéndome en ropa más cómoda, como si con eso pudieran arreglar algo, no me importó nada de lo que dijo Riden. Las palabras tan solo rebotaron en mi mente, sin encontrar lugar donde quedarse.
Lo último que quería era comer. O salir. O ver a alguien.
Ya había hecho mi parte hace cinco días atrás, en esa pequeña y estúpida fiesta de Año Nuevo que Mila organizó como si pudieras ponerle un moño bonito al desastre. Fingí que estaba bien, incluso soporté una “tarde de chicas” con ella, porque esos ojos suyos tan verdes como los de su hermano mayor, cargados de esperanza, podían atravesar hasta mis defensas más altas. Pero odié cada maldito minuto.
La única salvación fue Rise. Cuando también se hartó de tanta mierda en la plaza, se fue, y lo seguí sin pensarlo. Él ni siquiera tuvo que decir nada; simplemente me acompañó hasta mi habitación, y se quedó. Al llegar la medianoche, cuando el reloj marcó el inicio del nuevo año, ninguno de los dos pudo soportarlo más. Lloramos juntos, en silencio, limpiándonos mutuamente las lágrimas como dos almas rotas que no podían hacer otra cosa. Luego dormimos, porque no había nada más que hacer.
No hacía falta ser un genio para notar que el mayor de los Massey estaba tan destrozado como yo. Sin embargo, Rise tenía el lujo de resaltar su miseria de manera abierta. Nadie lo juzgaría por eso; todos lo entendían. Él tenía ese respaldo, un crédito silencioso ganado por haber demostrado su peor faceta antes, una que yo nunca había visto y por la que me arrepentía de haberme perdido.
Saciar mi rabia con haber descargado mis balas en Zacharias no había sido suficiente. Pero, tal vez, si hubiera estado presente para ver cómo Rise dedicaba tiempo a cortar extremidad por extremidad del maldito hijo de perra… Quizás eso me habría calmado.
Pero no sucedió. Y como no sucedió, mi rabia seguía ahí, ardiendo en mi sangre, insaciable.
Yo solo quería a mi mitad de vuelta. La quería aquí, conmigo, pero como no la tenía, solo quedaba hundirme en esta mierda. Consumirme en el vacío de su ausencia. No quería seguir lidiando con la pérdida, pero tampoco estaba lista para enfrentar las miradas de lástima y los suspiros cargados de compasión que me esperaban si salía otra vez. Quedarme aquí, atrapada entre estas cuatro paredes grises, parecía la única opción soportable.
Salir significaba aceptar que todo había terminado. Y aunque nadie se había atrevido a contarme la historia aún, yo sabía que todo había sido por mi culpa.
Entonces, negué con la cabeza. No solo para dejarle claro a Riden que no quería nada, sino también para detener la oleada de culpa que me amenazaba con aplastarme. Mi mente era un estadio lleno de voces, todas gritando lo mismo, cosas que ya sabía, cosas que no podía soportar oír.
Mis ojos se encontraron con los suyos cuando dejó escapar un suspiro largo, cansado. Bajé la cabeza, dejándola caer sobre su barbilla. Me gustó y me alivió mucho sentir cómo me recibió con un beso en la frente antes de volver a abrazarme.
—Tienes tres minutos más para gritarme todo lo quieras antes de que Justine entre por esa puerta con el plato más resuelto de comida que vas a comer —dijo, como quien no quiere la cosa. Gruñí—. Aprovéchalos.
Salí de sus brazos, aunque más por inercia que por decisión. La verdad es que quería mandarlo a la mierda, pero no tenía fuerzas suficientes para eso. En su lugar, lo miré. Sus ojos me atraparon, y aunque compartían emociones similares a las mías —cansancio, estrés, preocupación—, lo que hizo a mi corazón saltar en emociones que ni al caso fue la ausencia total de lástima. Esa falta de compasión vacía logró sacarme una sonrisa, aunque breve.
—Te estoy dejando que descargues lo que quieras conmigo, pero en cambio recibo una sonrisa —dijo, negando con la cabeza antes de devolverme una versión aún más corta de mi propia sonrisa—. Tu cabeza funciona de maneras muy extrañas, cariño.
Levanté una ceja.
—Y aun así, eso no explica que hayas estado mucho más cariñoso conmigo que de costumbre —dije, con esfuerzo. La voz era algo que casi no tenía gracias a las noches interminables de llanto.
—Nadie te lo creerá si llegas a presumirlo —replicó con un encogimiento de hombros.
—No creo que les sea tan difícil de tragar, pero no te preocupes. Mis labios están sellados.
Hice el gesto de cerrar mis labios con un candado imaginario y tirar la llave lejos. Sus ojos bajaron a mis labios, siguiéndolos con una atención que no pasó desapercibida. De ahí, recorrieron con lentitud mi rostro antes de volver a detenerse en mi boca. El aire en la habitación se volvió más pesado, cargado de algo que había estado ignorando durante días.
Debido a la rutina que habíamos armado, no era la primera vez que lo veía mirarme así. Y aunque había hecho un esfuerzo por ignorar cada una de esas miradas sugestivas, una parte de mí quería responderle, seguirle el juego tan solo por ver qué sucedía.
—Si quieres que te bese, solo dilo, Riden —bromeé, intentando aligerar el ambiente.
Por un momento, creí haberlo conseguido cuando una de las comisuras de su boca se alzó en una sonrisa arrogante. Pero entonces sus manos se deslizaron bajo mi camisa holgada, deteniéndose en mis caderas con una firmeza inesperada.
Admitir que ese estúpido gesto desencadenó un torrente de sensaciones que no quería explorar, pero tampoco podía ignorar, sería algo que se quedaría en mi cabeza hasta el día en que muriera. Sin embargo, Riden no era estúpido; sabía perfectamente lo que había provocado en mí.
—¿Y eso de que no estoy en tu radar por ser menor dónde queda, Bells? —preguntó, con una voz ronca que envió una descarga eléctrica a mi sistema moribundo.
«Atrás. Retrocede, Arabella. Da un paso atrás y piensa bien en qué diablos vas a decir porque…».
Pero en lugar de hacer algo de eso, mis palabras salieron sin filtro, cargadas de una certeza que no planeaba admitir:
—Puede que me encuentre haciendo otra excepción.
La rapidez con la que entendió que hablaba en serio no me sorprendió en absoluto. Lo que sí me tomó desprevenida fue el destello en sus ojos, algo de lo que no estaba segura de estar interpretando bien. Y entonces, en un movimiento cargado de intenciones apenas disfrazadas, sus labios rozaron con los míos, un contacto tan inocente como cargado de intenciones que me gritaban que las sacara de contexto.
Por un segundo, puede que me haya permitido perderme en sensaciones que…
—Hijo de puta —murmuró Riden entre dientes, antes de que su boca capturara la mía en un beso que no tenía nada de inocente, y mucho menos de apropiado para alguien de su edad.
Gemí. Un gemido escapó de mis labios antes de que pudiera detenerlo, y la vergüenza quemó al instante. Quise apartarme, creyendo que aquello lo detendría, pero lo siguiente que sentí fue su mano abandonando mi cadera para sujetar mi garganta con firmeza. Exigió entrada con su lengua, y yo, ignorando todas las alarmas que me gritaban detenerme, se la di.
Abrí y le di el acceso que me estaba reclamando. La efusividad con la que exploró mi boca me hizo olvidar cualquier pensamiento lógico, y vi las malditas estrellas cuando su lengua chocó con la mía. Mis manos, incapaces de quedarse quietas, se deslizaron por su torso, explorando cada línea del cuerpo que tanto me había dedicado a observar en otras circunstancias. Y sí, maldita sea, otro gemido se deslizó entre nosotros, esta vez más fuerte.
Había toqueteado a Riden. Había tenido la oportunidad de verlo sin camisa, de apreciarlo en boxers más veces de las podría admitir sin sonrojarme, y había convertido cada oportunidad en un desfile de burlas y comentarios mordaces hacia él. “No apto para los ojos de simples mortales”, nos decía a su hermana y a mí con ese humor seco suyo. Mierda, incluso había tenido el corto placer de haberlo besado. Sin embargo, aquel “beso” no podía considerarse como tal porque no había sido ni lo caliente que este lo estaba siendo. Este beso era otra cosa. Era un incendio descontrolado, y yo no estaba segura de querer apagarlo.
Sabía que esto estaba mal. Sabía que había riesgos, mucha mierda de la que seguramente me arrepentiría, que había una maraña de complicaciones esperando del otro lado. Pero me convencí, al menos por un instante, de que eso podía esperar. Lo dejaría para más tarde.
Porque sí. Quise decir eso. Más tarde. Mucho más tarde porque no había forma en el infierno que, con todo lo que tenía encima, dejara esto a mitad de camino. Mi cerebro llevaba días gritándome que necesitaba una distracción, algo ardiente, sarcástico y con tres años menor que yo para silenciar el dolor que me consumía. Y hoy, Riden parecía encajar a la perfección.
Me apreté más a él, cerrando cualquier espacio restante entre nosotros. Quise que me disgustara lo fácil que cedí a esto, pero en cambio, me gustó. Así como me encantó el retorcido placer de sentir cómo la sonrisa del imbécil crecía contra mi boca justo cuando su mano en mi garganta apretaba un poco más, mientras la otra ascendía con lentitud por mi abdomen, como si cada centímetro de piel que tocaba mereciera toda su atención.
Con cada roce que intensificaba mis ganas de devorarlo y perderme en él, me obligué a bloquear todo lo que sabría que me retendría al segundo de clavar mi mirada en la suya: la culpa, el dolor, mis pensamientos, y, sobre todo, a él. Pero, para mi desgracia, no fui lo bastante rápida. En algún rincón oscuro de mi mente, la culpa hacía acto de presencia. Me susurraba que esto no estaba bien, que estaba traicionando algo, a alguien. Pero esa voz, ese eco de culpabilidad que me susurraba traición, apenas tuvo tiempo de asentarse antes de que lo aplastara con cada beso, con cada roce que me llevaba más lejos de lo que debía.
No consideraba esto como una venganza, al menos no en el sentido tradicional. Pero si Rush había ignorado mis sentimientos, si había podido ignorarme por Adalia cada vez que le dió la maldita gana, si me había dejado fuera de su vida desde hacía meses, entonces, ¿por qué yo no podía hacer lo mismo? Si él podía desecharme cuando se le daba la gana, ¿por qué no podía tomar lo que necesitaba, sin remordimientos, de alguien más?
Estuve a nada de comprobar ese punto, de dejarme llevar por completo, pero el sonido proveniente de un carraspeo rompió el hechizo, congelando cada uno de mis movimientos futuros.
«Maldita sea mi suerte de mierda».
Solté un suspiro exasperado y dejé caer mi frente contra el pecho de Riden, buscando algo de aire mientras el pulso me seguía martillando en los oídos. Su maldición, baja pero algo audible, vibró en su pecho. Contra mi mejilla, su respiración acelerada reveló algo que, en otras circunstancias, me habría arrancado una sonrisa de pura ironía: el pequeño Massey estaba nervioso.
Si no hubiésemos tenido audiencia en ese momento, me hubiese burlado de aquello en su cara ahí mismo. Es decir, ¿Riden nervioso? Jamás había apostado por ello.
—Bueno, vaya —la voz cargada de sarcasmo de Rush resonó y cortó mi pequeño momento, arrastrándome sin piedad al presente.
Mi deseo de desaparecer era tan fuerte que casi podía saborear la tierra tragándome.
—Se suponía que sería Justine —la respuesta calmada de Riden, firme y casi indiferente, contrastaba por completo con el caos palpable de la situación. Su tono no reflejaba el nerviosismo que sus latidos; era controlado, calmado e incluso diría que hostil.
—Mi habitación, mi cama, mi maldito entorno, Riden —por otro lado, la voz de Rush no era más que una aglomeración de matices amenazadores y territoriales—. Puedo ir y venir cuantas veces me dé la maldita gana y aun así, no tendría por qué estarte explicando nada.
—Claro. —El bufido despectivo de Riden no necesitó más para encender la chispa.
No tuve que despegarme del pecho de Riden para saber que Rush estaba haciendo lo posible para no dejarse llevar por las ganas que tenía de matar a su hermano. Él estaba al borde de explotar. Había un límite para lo que podía contener y esto…
—Vete. —La orden de Rush fue directa, cargada de hielo.
—No —respondió con una simpleza que no dejaba espacio para negociación.
—Saca tus malditas manos de mi mujer y vete, Riden. Ahora.
El énfasis de Rush al llamarme suya endureció la postura de Riden. Fue en ese momento cuando supe que esto no iba a terminar bien, no sin intervención, pero Riden tomó la delantera.
—¿Para qué, Rush? ¿Qué demonios quieres hacer? ¿Ahora sí se merece tu atención? ¿Ahora Arabella sí es importante para ti, después de días? ¿Luego de que te hayas deshecho de Adalia? —se detuvo, dejando escapar un chasquido de fastidio—. Qué conveniente para ti.
Debería haberme sentido culpable por estar causando todo este desastre. De hecho, estaba comenzando a hundirme en el vacío de mierda otra vez. Pero la repentina certeza de que Adalia Schröder estaba, por fin, fuera de la maldita ecuación, hizo que todo peso que me cargaba por su mera presencia desapareciera en un abrir y cerrar de ojos. Por primera vez en semanas, podría decir que tomé una bocanada de aire puro.
«Dios mío, sí».
—Riden. —El tono de advertencia de Rush era una cuerda tensada al límite.
Pero Riden no mostró señales de rendirse.
En lugar de responderle, él pasó de Rush sin atisbo alguno de remordimiento y me separó de su cuerpo lo justo para así volver a mirarme. Quise hablar, decir algo, cualquier cosa que aliviara la situación, pero no me dejó. Antes de que pudiera articular una sola palabra, su boca reclamó la mía de nuevo, y yo… Lo dejé. No hubo dudas, no hubo titubeos. Cada mordida, cada roce, borró cualquier atisbo de lógica y culpa, al menos en ese momento, que pudiera haber quedado en mí.
Sus manos siguieron explorando, subiendo por mi cuerpo con una mezcla de fiereza y deseo. Pero cuando estuvieron a punto de pasar por mis senos, la explosión llegó.
El portazo retumbó en la habitación como un trueno, seguido por las pisadas furiosas de Rush. Sin más, el momento que Riden y yo habíamos creado había terminado.
Riden, después de recibir otro pequeño gemido de mi parte, se apartó justo a tiempo, dejando mi cuerpo ardiendo y mi mente hecha un caos. Me obligué a calmarme y a tragarme una sonrisa al verlo. Sus labios estaban enrojecidos, hinchados, maltratados, y me encantó saber que yo había sido la causa.
«Maldición, Arabella. ¿Qué diablos es lo que está mal contigo?».
No tuve tiempo de recriminarme como debía, ni de buscar una pared contra la cual reventarme la cabeza por haber sido estúpida y haberme dejado llevar por las ganas, porque Riden, con una suavidad sorprendente, me retiró de su regazo y se levantó de la cama. Enfrentó a Rush de inmediato, quedando cara a cara con él.
Ambos eran casi igual de altos, y aunque sus posturas eran opuestas —una calma provocadora contra una furia latente—, el choque de miradas fue suficiente para llenar el aire de promesas de desastre. Sabía que no terminaría bien si esto continuaba. Pero, ¿intervenir? Ni hablar. El momento para que yo intentara intervenir había pasado. Ahora ya no tenía ni fuerzas ni ganas de mediar en algo que, al final, yo había provocado.
El ambiente se cargó aún más cuando Rush, con la intención grabada en cada músculo tenso, proyectó todas las ganas de matar a su hermano. El efecto fue inmediato: cualquier rastro de tensión sexual entre Riden y yo se desvaneció, reemplazado por la promesa de que esto podría acabar muy mal.
Sin embargo, en un giro inesperado, Riden, tras unos segundos de batalla silenciosa, decidió ceder. Con una calma que solo buscaba provocar, retrocedió un par de pasos, dejando a Rush echando humo. Luego, lo rodeó y se marchó sin siquiera mirar atrás.
No me molestó que se fuera. Lo que realmente me enfureció fue que me dejara a solas con el hombre que justo ahora no quería ni ver en pintura.
No planeaba quedarme a averiguar si iba a explotar o a sermonearme. Me levanté de la cama, encontré mis botas y saqué un abrigo holgado del armario. Mientras me vestía, mi mente repetía un solo pensamiento: viviría mi dolor en otro lado si era necesario, pero no con Rush.
No con él.
No con quien había contribuido a la mitad de la miseria que me consumía, solo para regresar después de meses de silencio con reclamos y palabras que no tenían sentido ni derecho.
Abrí la puerta con demasiada fuerza, el sonido del golpe hizo eco en mis oídos, así como el golpe de la misma azotándose con ahínco. La acción me hizo arrugar la nariz y maldecir entre dientes, pero me negué a girarme. No iba a mirarlo. No se lo merecía, y yo no quería.
—Mírame —su orden, fría y dura, me cortó el aliento.
—Vete a la mierda —mi voz salió como un siseó venenoso, mientra mi mano volvía a tomar el pomo para largarme de allí de una buena vez.
—Dame la cara, Arabella —no cedió, su mano fuerte plasmada en la puerta, manteniéndola cerrada—. Lo mínimo que puedes hacer después de haber presenciado tal espectáculo es…
Y ahí estaba. La maldita rabia que tanto había intentado contener se liberó, mandando al carajo mis deseos de ignorarlo. Me giré con brusquedad, cortándole su maldito sermón, y nuestros ojos chocaron como un rayo contra el acero.
Las ojeras marcadas y la barba creciente me golpearon primero, pero no tanto como el impacto de esa mirada. Esa mirada cargada de intensidad, de preguntas no formuladas, de una fuerza abrumadora que no podía ignorar. Entonces me golpeó su cercanía, su calor, ese aroma tan familiar que se aferraba a mi memoria como una droga, debilitándome, confundiéndome, borrando cualquier pizca de juicio racional.
—¿Lo mínimo que yo puedo hacer es qué, Rush? —solté con tono gélido, cada palabra cargada de un veneno que buscaba herir—. ¿Aclararte lo que acabas de ver? ¿Inventarte excusa alguna por cómo me estoy comportando? ¿Detallarte el por qué besé a Riden? —Mi ronca voz se elevó, cada sílaba saliendo con desdén afilado como un puto cuchillo—. Si eso es lo que quieres, ¿por qué debería? ¿Por qué debería darte algún tipo de explicación cuando tú no has tenido la decencia de aclarar qué demonios pasa contigo? ¿Por qué debería ser yo quien se arrastre por ti y te suplique perdón cuando eso no…?
Mis palabras murieron en mi garganta. Se quedaron atoradas, atrapadas en el momento en que sus labios chocaron contra los míos con un hambre feroz e insaciable, como si quisieran borrarlo todo: las palabras, la rabia, las dudas.
Quise resistirme. Quise empujarlo lejos, gritarle, maldecirlo, mandarlo al quinto círculo del infierno por cada mentira y daño ocasionado. Pero mi cuerpo, mi jodido cuerpo, tenía otros planes. Traicionándome, respondió a su toque, a su hambre, al fuego arrollador que me envolvió como un huracán.
Cuando me pegó contra la puerta, cuando su boca se abrió paso para reclamar cada parte de mí, lo supe: estaba perdida. Intenté que la culpa se filtrara en mis pensamientos, intenté recordarme que hacía apenas unos minutos había estado en una situación similar con su hermano. Pero no pude. No era lo mismo.
Riden había encendido algo en mí, algo que nunca pensé que podría arder con tanta fuerza. Pero Rush… Rush lo estaba extinguiendo. Lo consumía todo con su propio fuego, uno avasallador e imparable, y lo hacía con tan solo un puto beso.
Y se sentía bien.
Condenadamente bien. Y lo odié por eso.
Lo odié porque no tenía derecho. Porque no podía sentirse así de bien después de todo lo que me había hecho. Después de ignorarme, herirme y mantenerme lejos como si no significara nada cuando todo lo que yo había hecho era necesitarlo como imbécil.
—Te odio —mascullé contra sus labios con una vehemencia que no se reflejaba en la traición de mi cuerpo.
Y entonces mi mente me apuñaló con un recuerdo: Roma, su penthouse, y esas mismas palabras saliendo de mis labios. La ironía me golpeó con fuerza, pero no pude evitar tragármelas junto con la maldita sonrisa que amenazaba con asomarse.
—Bien. —Su respuesta llegó como un rugido bajo, grave y lleno de intención, mientras su aliento rozaba mi piel. No vaciló, atrapando mi labio superior entre sus dientes, mordiendo con una dureza que arrancó un gemido involuntario de mi garganta. Su voz resonó como un eco ardiente cuando deslizó sus labios por mi cuello, dejando un rastro de besos que quemaban tanto como sus palabras—. El odio es un sentimiento intenso, printsessa. Arde, consume, impregna cada fibra. No desaparece de la noche a la mañana —sus dientes se hundieron en mi piel, dejando marcas que no ocultó. Besos duros. Territoriales. Rush mordía y chupaba con una intensidad que decía más que cualquier advertencia. Con cada chupetón que hacía, más claro me quedaba que él me estaba recordando a quién le pertenecía. A él no le importaba si las marcas quedaban visibles, ineludibles; y, siendo sincera, a estas alturas, a mí tampoco—. Si sientes eso por una persona, significa que aún te importa a pesar del pronóstico, y que tiene la oportunidad de cambiar aquel sentimiento por algo más —su tono se volvió más bajo, más íntimo—. Así que, si eso es lo que sientes por mí, printsessa, entonces sigue ardiendo, sigue quemándote de odio. Porque si hay algo que disfruto, es ver cómo me deseas incluso en el fuego del desprecio. Y si eso es todo lo que tienes para mí, milaya, bien. Me gusta. Puedo vivir con ello.
Un segundo después, el suéter que llevaba quedó en el piso junto con todo lo que había debajo. Mis piernas envolvieron su cintura en un reflejo que ya no podía controlar cuando me alzó entre sus brazos. Rush no perdió tiempo en llevarme hasta la cama, dejándome caer con una brusquedad que me arrancó el aire, para luego besarme con una posesividad que consumía cada pensamiento coherente que intentaba aferrarse a mi cabeza.
Y gustosa le respondí.
No pude evitarlo. Había caído. Cada muro que había levantado contra ese hombre, cada barrera que había construido para protegerme de él, se redujo a escombros. Sus palabras, aquellas que pronunció con una posesividad devastadora en mi idioma natal… Sus manos, cada exquisito apretón que reclamaba cada parte de mi cuerpo… El fuego que encendía a su paso… Cada acción suya se encargaba de devolverme a casa. A ese lugar del que nunca debí haber salido.
Por un instante, el sentimiento me envolvió. La sensación de que volvíamos a ser él y yo contra el mundo regresó, tan intensa y embriagadora que me aterrorizó. Quise dejar que se expandiera dentro de mí, que me consumiera como solía hacerlo, pero me forcé a detenerlo.
Porque sabía que solo un rechazo más, un gesto de indiferencia, otra dosis de su distancia helada, bastaría para destrozarme. Y esta vez sería diferente.
Esta vez, si me rompía, no quedaría nadie capaz de recoger los fragmentos. Quedaría tan destruida que hasta el eco de lo que fui desaparecería por completo.
Ese era el lado maldito de amarle. Porque, mientras otros hablaban de un amor que sanaba, que construía y enriquecía, ese tipo de amor parecía estar reservado para quienes habían conocido la calidez desde siempre. Personas con bases firmes en las que apoyarse. Pero para quienes jamás habíamos conocido un amor así, el amor se convertía en una cadena, en una rica y obsesiva prisión que nos hundía más con cada latido.
Podía intentar convencerme de que era independiente, de que no había espacio para nadie más en el primer plano de mi vida, pero sabía que me estaba mintiendo.
Para quienes nunca habíamos conocido el amor sano, este se convertía en una maldita droga. Una vez dentro, no había escape. No existía la opción de priorizarnos. No había instinto de supervivencia que nos protegiera. No. Para nosotros… No, para mí, el amor era algo oscuro, algo tóxico y obsesivo. Posesivo.
Y era así porque él lo hacía de esa manera. Rush no solo lo consideraba el amor de mi vida o mi refugio; era mi tormenta, mi herida y mi cura. Me envolvía en una pasión arrolladora, casi destructiva, y aunque sabía que ese tipo de amor podía consumirlo todo, no podía resistirlo.
Con él, aprendí que amar dolía, que amar consumía aún más. Así cómo también aprendí que el amor, para mí, no era suave ni gentil; era una marca ardiente, una promesa que valía mucho más de lo que quería aceptar, una guerra constante entre la adoración y la devastación de todo lo que creía conocer. Y, al final, estaba dispuesta a perderme en esa guerra. Porque, aunque quizá algún día me costara todo, él era quien había definido para mí lo que significaba amar. Él era la única manera en que mi corazón sabía hacerlo.
—Hazlo, princesa —susurró en mi oído, y aunque quise preguntarle a qué se refería, no me dio tiempo. Su voz, grave y envolvente, continuó—. Déjate ir. No lo retengas, cae conmigo.
Mi corazón latía con tal fuerza que era imposible que él no lo sintiera también.
—Rush…
—Déjame entrar, printsessa —murmuró contra mis labios su aliento cálido haciéndome temblar—. Permíteme estar a tu lado de nuevo. Concédeme la confianza suficiente para que, cuando caigas, sepas con cada fibra de tu ser que estaré ahí para sostenerte, sin importar qué.
Con una facilidad casi insultante, apartó mis piernas de sus costados, deshaciéndose de la tela que aún quedaba entre nosotros.
—Cae conmigo.
Cuando nuestros ojos se encontraron, las bragas que aún llevaba no parecía ser más que un detalle insignificante para él, un obstáculo que poco a poco iba perdiendo sentido. Intenté hablar, pero sus labios reclamaron los míos, mordiendo y chupando cada centímetro de piel expuesta. Y entonces los gemidos comenzaron a rasgarse de mi garganta, uno tras otro.
No debía hacerlo. Lo sabía. Lo que él me estaba pidiendo era demasiado, un riesgo que ya había tomado dos veces antes, y las consecuencias habían sido devastadoras. Me había roto, quebrado cada vez, una peor que la otra. Me había abandonado, olvidado y posiblemente hasta mentido, ocultando cosas que él sabía que tenía que contarme. Pero, aún así, mi mente, alma y cuerpo pedían hacerlo. Ellos me gritaban que volviera a darle una oportunidad, me imploraban que lo dejara entrar, que confiara en él, que dejara de rehusarme.
Pero entonces, antes de que yo me pusiera a contar más los contras que los pros de la lista tan larga que tenía armada para hacerles saber que una terrible idea, antes de que pudiera detenerme o razonar contra el caos de emociones, mi cuerpo decidió actuar por su cuenta una vez más. En un parpadeo, yo ya no estaba debajo de él; estaba sobre él. Mis muslos rodearon sus costados, y mis manos se posaron en su pecho firme.
¿Cómo diablos él aún seguía con cada prenda de su ropa puesta? No tenía ni idea, y tampoco me iba a enfrascar en ese pensamiento. No cuando mi boca fue a parar en su rostro bañado en lujuria, dejando besos húmedos y ardientes por toda su mandíbula con una lentitud intencionada, casi provocadora.
—¿Vas a atraparme? —me encontré preguntando con voz ronca y cargada de necesidad.
Dios, esto está mal, lo sabía. Pero cualquier atisbo de renuencia quedó pulverizado cuando él gruñó bajo su respiración, dejándome claro que lo lento no era su fuerte, sin embargo, ni a mí cuerpo ni a mí nos importó una mierda. Si él solía demostrar conmigo sus puntos a través de sus acciones, ¿por qué no podía hacer lo mismo?
—Es una simple pregunta de sí o no, mi amor. Contéstala, y tal vez…
Mi frase quedó inconclusa cuando, en un movimiento brusco, me giró con facilidad. Solté un grito ahogado al encontrarme de nuevo bajo su peso, sus ojos fijos en mí con una intensidad que me quemaba por dentro. La maldita vista que me estaba dando era algo de lo que no me iba a cansar nunca.
La presión de sus manos al sujetar mis muñecas por encima de mi cabeza me arrancó un suspiro cargado de deseo. Había extrañado esa sensación con una necesidad casi enfermiza.
—“Tal vez” una mierda, princesa —gruñó, devorando mi boca con un hambre primitiva.
Su lengua buscó la mía en un beso que no dejó espacio para dudas ni resistencias. Gruñó de nuevo, el sonido profundo reverberando a través de mi cuerpo.
Era imposible ignorar cómo mi piel respondía a su toque, cómo su contacto incendiaba algo que había creído perdido, mojando partes que creí que nunca estarían así de nuevo. Quizás él también lo percibió, porque al separarse apenas unos milímetros su mirada cambió. El plateado de sus preciosos ojos se oscureció con un deseo que parecía capaz de consumirnos a los dos.
—Mía —murmuró entre otro gruñido con la respiración entrecortada—. Hoy, mañana, dentro de tres años. Esté o no esté a tu lado, sigues siendo mía. Jodidamente mía. Y que Dios me ayude si decides cometer otra estupidez como la de hace rato con…
—Dijiste que no importaba si…
—Eso fue antes de que los sentimientos se vieran implicados, Arabella —interrumpió sin titubear, su voz cortante. No había espacio para negociaciones—. Ya no. Ni con él ni con nadie. ¿Está claro?
Mis pulmones parecieron olvidar cómo funcionar mientras las palabras retumbaban en mi mente, llenando cada rincón de mi cuerpo con un peso y una certeza que no podía ignorar.
—Esté o no esté a tu lado, mía. Maldita sea. Dilo.
Intenté procesar lo que acababa de escuchar, pero entrecerré los ojos cuando su “dilo” rebotó en mi cabeza. Y sí, puede que me arrepintiera de haberlo hecho, pero, ¿cuándo he sido de las que daban marcha atrás? Su mirada resplandecía con rabia pura, esa que debería haberme asustado, pero lo único que hizo encenderme más.
—No tengo por qué decir algo cuando tú ni siquiera te has dignado a responder mi pregunta —solté, clavándole una mirada que buscaba atravesarlo.
¿Una maldición entre dientes podía encender más a una mujer? ¿O el límite llegaba cuando sus dedos se aferraban a tu garganta y sus otros dedos te los clavaba en tu barbilla, obligándote a sostenerle la mirada? Maldición, probablemente ambas.
—Respondiéndola o no, te jodes —dijo, cada palabra marcada por una resolución feroz—. Desde que entré en ti y te deshice a puntas de embestidas, te reclamé como mía. Pero si lo que quieres oír es la maldita respuesta, pues aquí está: te atraparé, printsessa. Te haré subir tanto como yo lo haga y te atraparé todas las malditas veces que sean necesarias porque dejarte caer otra vez no me es factible. Ni hoy ni nunca.
No.
El límite de una mujer para encenderse y mojarse hasta gotear no estaban en las caricias correctas. Estaban en las palabras benditamente correctas. Y que Dios bendiciera al hombre que tenía encima de mí por decirlas con tal convicción, con ese tono que impregnaba cada sílaba de manera que no quedaba espacio para la duda.
Rush lo sabía. Sintió el momento exacto en que me había dejado caer, y me atajó al permitir que yo volviera a quedar encima de él y aplastar su pecho contra el mío, cerrando el espacio entre nosotros. Me mordí el labio inferior, conteniendo la sonrisa que no podía evitar mientras buscaba mi boca, rozando su nariz contra la mía.
—¿Cómo puedo explicarte que del lugar en el que tenía nunca saliste? —murmuré cerca de su oído, mi voz temblando entre la emoción y el deseo—. Pese a todo, tú siempre tendrás parte de mí, aunque no lo quiera. Para mi desgracia, soy tuya, Rush. Dudo que algo cambie eso. Ni siquiera el tiempo.
Lo miré directamente, queriendo que entendiera cada palabra. Vi como sus tormentas brillaban con algo que me llenaba el corazón de un modo peligroso, y eso solo alimentó más el fuego que me devoraba. Mi mente y alma se habían rendido. Mi cuerpo ya había perdido la batalla, mi coño mojado y mis bragas empapadas lo confirmaban. Él también se dio cuenta de eso. Su gruñido llegó bajo, profundo, como una advertencia, mientras su propia reacción se hacía evidente.
Ya no había juegos. Me incliné hacia él, dispuesta a arrancar la tela que aún nos separaba y reclamar lo que volvía a ser mío. Sin embargo, cuando intenté hacerlo, su agarre firme en mi muñeca me detuvo. La fuerza y la brusquedad de su acción hicieron que un escalofrío recorriera mi espalda, pero también alimentaron el deseo que me cargaba.
—¿Quieres hacerlo tú? —bromeé, aunque la insolencia murió en mi garganta al ver su rostro—. ¿Rush? ¿Qué…?
«Dios, no. Por favor, que no sea lo que estoy pensando, por favor. Por favor, por favor».
—Yo…
No terminó la frase.
Apartó la mirada y soltó mi muñeca tan rápido como si le quemara. El vacío en mi pecho se hizo tan grande que mi corazón cayó directo en él, y el miedo se coló en mi piel como un escalofrío helado.
Su silencio, sus malditas acciones, me daban la respuesta que temía.
«Maldita sea».
—Rush, no —le advertí, mi garganta cerrándose con cada sílaba—. No. Por Dios, no. Mírame. Estoy aquí. No es real. Nada de lo que está pasando por tu cabeza es real. Escúchame. Mírame —rogué, la desesperación empujando mi voz hacia el borde—. Rush, por favor, no.
La mirada del espécimen cayó en mí.
Había creído que había logrado despejar su cabeza cuando lo hizo, pero sus tormentas no me reflejaban otra cosa que no fuese que todo esto había sido un error. Y yo… yo quería morir. No iba a soportar esto una vez más. Dios, no. No podría. No después de esto.
Le había dado todo de mí, otra maldita vez más. No podía hacerme esto. Él no…
—Dame… Yo… —susurró, su voz rota, mientras cambiaba nuestras posiciones, haciendo lo posible por evitarme como su tocarme fuera pecado—. Princesa, yo solo… No.
No dije nada. No pude. Tan solo cerré los ojos con fuerza, tragándome cada palabra que quería gritarle, cada lágrima que amenazaba con traicionarme. No supe cuanto estuve así, con el dolor encajado en el pecho, pero cuando los abrí, él ya no estaba.
Al encontrarme sola, desnuda y con un repentino frío insoportable calándome los huesos, las lágrimas cayeron, y sentí como si mi corazón se hubiera lanzado desde lo más alto de un rascacielos, destrozándose aún más pequeños de los que había sentido antes.
¿Lo peor de todo?
No hubo nadie para atajarlo.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com