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1. Let's Play - Capítulo 74

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Capítulo 74: 71

Cuando la mente toma el control

No hay salida en este juego; solo queda el dolor de cada movimiento y la desesperación de saber que no hay final feliz

Rush

Traté. Juro que intenté estar ahí para ella. El día en que el apellido Schröder desapareció de mi puta vista, aunque solo fuera por un respiro momentáneo, me encaminé hacia la habitación que solíamos compartir. Aunque, si éramos honestos, hacía tiempo que esa habitación ya no era nuestra. Era de Arabella. Lo único que quedaba ahí de mí era el eco de todo lo que no supe hacer bien.

Iba decidido, con los dientes apretados y toda la convicción que pude reunir, como si con eso bastara para borrar días de distancia y vacío. Era lo que necesitaba hacer. Lo que Arabella merecía, aunque cada paso hacia esa puerta se sintiera como si arrastrara cadenas atadas en los malditos tobillos.

Descarté cada excusa, cada intento de escapar. Me tragué mi mierda. Porque eso era lo que hacías cuando eras un hombre de veintisiete años. Un hombre que, aunque estaba roto, sabía que no podía seguir huyendo de las consecuencias de sus actos.

Llegué a la puerta. Por debajo de la misma me aseguré de que las luces siguieran encendidas. Y sí estaba. Había iluminación, y por un segundo, un estúpido segundo, pensé que eso era buena señal. Como si aquello pudiera arreglar algo. Entonces, abrí de golpe, listo para lo que fuera, y me encontré con la misma maldita nada que había estado sintiendo desde hacía tiempo.

Las luces seguían encendidas, sí. Tal y como ella solía dejarlas antes de salir del baño, pero el resto de la habitación estaba vacía. Ella no estaba. Solo el frío silencio que parecía burlarse de mí.

Entre dientes, respiré hondo. ¿Qué más podía hacer? Me senté al borde de la cama, aferrándome al único impulso que me quedaba contra todo pronóstico: esperar. Porque si no podía hacer nada más, al menos podía estar ahí cuando volviera.

Y volvió. Horas después. Pero no como me lo había esperado.

Arabella llegó dormida. En los brazos de Riden.

Mi pecho se tensó, un dolor sordo que no supe si era rabia, celos o simple miseria. Tal vez las tres. Él también me vio. Por un instante, sus facciones mostraron sorpresa, como si no se esperaba verme ahí. Una pausa, un momento de impresión que se disipó tan rápido como llegó. Porque él, a diferencia de mí, entendía a la perfección qué debía hacer.

La sostuvo con esa facilidad que solo alguien que había estado ahí para ella, realmente ahí, podía tener. Y yo… Yo tan solo observé. Inmóvil, mudo, como el maldito espectador de mi propio fracaso.

Dejé que la acomodara en la cama. Dejé que se encargara. Porque, ¿qué más podía hacer? Arabella estaba dormida, tranquila, y lo último que merecía era despertarse para ver a un hombre que había pasado semanas fallándole una y otra vez.

«—¿Te vas a quedar? —preguntó Riden, tajante, mientras terminaba de cubrir a Arabella con la cobija.

Sus palabras llegaron como un golpe seco, pero no levanté la mirada de ella. Ni siquiera cuando lo sentí girarse hacía mí. Él no esperaba una respuesta, porque ya sabía lo que iba a hacer

—No puedes seguir así, Rush. Ella lo que necesita en estos momentos es estabilidad, y tú no la tienes. Si no vas a ser un jodido adulto que pueda brindarle eso, entonces enciérrate en el laboratorio hasta que juntes toda tu mierda y seas lo que necesita.

Tampoco le respondí. ¿Qué podía decir? Las palabras eran inútiles. Solo lo miré de reojo por un momento, luego volví la vista hacia Arabella. Me enfoqué en su rostro y me obligué a memorizar cada detalle, como si el observarla con detenimiento pudiera darme las respuestas que necesitaba.

Pero solo encontré lo que ya sabía: líneas de tristeza enmarcando su rostro, unos labios agrietados y nariz roja que hablaban de todo lo que había llorado, unos ojos hinchados que incluso cerrados contaban las batallas que peleaba sola.

Quería desviar la mirada.

Fingir que no lo veía.

Pero no pude.

Cada detalle quedó tatuado en mi mente, apretándome el pecho hasta hacerme doler mucho más de lo que ya hacía. Era como si mi cuerpo decidiera acompañar a mi cabeza en esa guerra perdida que llevaba tiempo librando.

Riden salió después de darse cuenta de que no iba a contestarle. Me dejó ahí con ella, como si fuera fácil. Como si la solución estuviera al alcance de la mano y yo simplemente no la viera.

No sé cuánto tiempo estuve así, estático, clavado en el maldito cuarto mientras mi cabeza seguía atormentándome con preguntas sin respuestas. ¿Cómo iba a arreglar esto ahora? ¿Qué era lo que iba a hacer con ella? O, mejor aún, ¿cómo demonios podía ayudarla cuando ni siquiera podía con mi propia mierda?

Cerré los ojos un momento, dejando caer la cabeza hacia adelante. Solté un gruñido bajo. Porque ahí estaba la verdad: no podía. No ahora. No cuando siquiera tenía el valor de sostenerle la mirada sin sentir que le estaba fallando.

Entonces comenzó a moverse. Mi corazón dio un vuelco, pero no fue alivio lo que sentí. No. Fue puro pánico. Sus labios comenzaron a balbucear algo, palabras ininteligibles que apenas rompían en silencio, pero me atravesaron como si fueran gritos.

Mi instinto no fue quedarme.

Fue correr.

Podría mentirme a mí mismo diciendo que luché, que traté de quedarme, de ser el hombre que ella necesitaba. Pero no lo hice. Antes de darme cuenta, ya me encontraba caminando por el pasillo, alejándome de ella.

Un cobarde. Eso era. Un maldito cobarde que no podía sostenerle el peso a sus propias palabras.

Vi a Riden al final del pasillo, apoyado en el barandal de las escaleras. Su mirada me atravesó cuando me acerqué, pero no dejé que me detuviera.

—Cuídala —gruñí, sin detenerme. Ni siquiera lo miré a los ojos cuando lo dije. No podía soportarlo.

Pasé de largo, directo al laboratorio. Ahí al menos podría fingir que estaba haciendo algo, aunque fuera inútil. Ahí podría torturarme en paz. Porque, al final, no había lugar más adecuado para alguien como yo que uno lleno de fracasos y promesas rotas.»

Después de eso, no volví a siquiera mirar de reojo el marco de aquella habitación. No podía. No tenía la fortaleza necesaria para enfrentarme a esa puerta, a ese espacio que antes era nuestro y ahora se sentía como un jodido mausoleo de lo que alguna vez tuvimos.

Sin embargo, alejarme no hizo que mi maldita suerte mejorara. Porque, aunque evitaba cruzarme con Arabella, aunque me negaba a ver siquiera su sombra, los demonios que cargaba me perseguían con la misma intensidad. Ya no era solo su presencia la que desencadenaba los episodios con los que luchaba de forma constante. No. Ahora me encontraba atrapado en mis pesadillas incluso en momentos donde se suponía que podía respirar mejor.

Cuando mis ojos se cerraban por voluntad propia, forzándome a tomar un descanso, sus gritos pidiendo que todo parara me asaltaban. Cuando mi mente divagaba por cualquier tema, todo terminaba llevándome de vuelta a aquel maldito día. Sus gritos, las risas de cada uno de los bastardos de los que me había asegurado de mandar al infierno, la sangre… Todo se volvía un eco incesante que retumbaba en mi cabeza, haciéndome imposible escapar de la realidad a la que me estaba aferrando con todo lo que tenía.

Justine lo notó, por supuesto. Era difícil esconder un colapso tan intenso de alguien que se la pasaba observando cada uno de mis movimientos con una mirada mezcla de lástima y preocupación que me desgraciaba la vida. Su preocupación fue evidente, tanto que terminó llevándosela a Riden. Y si había alguien que sabía como hacerme la vida aún más miserable, era él.

El resultado fue predecible. Las horas en el laboratorio se convirtieron en un castigo autoimpuesto aún más severo. Agujas perforaban mis brazos con una frecuencia enfermiza. Cada vez que cerraba los ojos, veía fórmulas y números danzando frente a mí, burlándose de mi agotamiento. El sueño era un lujo del que carecía. Las comidas, una necesidad que había dejado de importar. Si algo no tenía que ver de manera directa con una reunión con el consejo, bien Justine tenía ordenado encargarse de eso.

Estaba exhausto.

Mi estado físico era un puto asco, pero mi mente… mi mente era un lugar aún peor. Lo sabía, lo sentía, y, aun así, no me importaba. A los demás sí, claro. Quienes tenían la confianza suficiente para dirigirme la palabra no dudaban en recordarme mi condición cada vez que podían, exigiendo que bajara el ritmo, que me tomara las cosas con calma, pero la verdad me importaba una mierda. “Calma” era algo con lo que no contaba.

No cuando tenía que crear algo, cualquier cosa, que pusiera fin a la grieta que se abría bajo mis pies cada vez que pensaba en Arabella. Necesitaba ese “algo” que me permitiera ser el hombre que ella merecía. Porque, aunque nunca lo admitiría en voz alta, la idea de que mi hermano menor estuviera ocupando mi lugar me generaba dolor de cabeza. Era un tortuoso recordatorio constante de lo que yo no podía darle.

Porque sí. Aunque sabía que mi vida estaba en manos más que capaces, que quienes ella les había brindado la oportunidad de acercársele estaban ahí para sostenerla en cada paso que daba, para lidiar con todo lo que ella exigía, me carcomía por dentro que no fuera yo. Que fueran ellos… que fuera él quien le ofreciera apoyo, fuerza, empatía. Que fuera él quien estuviera ahí para secarle las lágrimas mientras yo me escondía detrás de fórmulas, buscando un propósito que ni siquiera sabía si llegaría.

Que fuera Riden quien ocupara ese lugar que yo habría matado por llenar.

Que fuera él quien estuviera con ella a pesar de tener millones de cosas de las cuales encargarse y pasar la mayoría de su tiempo en el laboratorio, creando soluciones con un deplorable intento de hombre.

Es decir, conmigo.

La cabeza no me daba tregua con ese pensamiento. El maldito eco me reventaba las pelotas, convirtiendo cada momento de inactividad en un campo de batalla interno. Y, para no terminar odiándolo —porque Riden no tenía la culpa, y lo sabía—, me obligué a distraerme. Fue una decisión más instintiva que consciente, una medida desesperada para prohibirle a mi mente divagar y evitar cerrar los ojos, donde las pesadillas me aguardaban con los brazos abiertos.

A regañadientes, empecé a participar en entrenamientos con Justine, algo que ella aprovechó más de lo que me habría gustado. También tomé control del interminable papeleo que llevaba días acumulándose, documentos que, aunque tediosos, me mantenían enfocado. Asistí a muchas más reuniones con el consejo, algo que habría evitado en cualquier otra circunstancia, y me forcé a rondar las actividades de uno de mis hermanos por día, solo para recordarme que aún era capaz de mantener el maldito control de algo.

Mila fue la primera en mi lista. Tal vez la única que disfrutó de mi compañía, y la única que no buscaba excusas para evitarme. En cuanto me vio por primera vez en días, me arrastró a un absurdo maratón de compras navideñas. Todo para una fiesta navideña que insistió organizar para cerrar el año de mierda que habíamos tenido. ¿Qué podía decirle? Que era una mala idea. Y se lo dije. A ella le importó una mierda. Me convenció con hacerme saber que Rise no la estaba pasando bien, y mucho menos Arabella.

Esas palabras me golpearon más de lo que quise admitir. Mi pecho se apretó como si alguien hubiese puesto un maldito yunque encima. Ya lo sabía, claro. No necesitaba que me lo recordara, pero oírlo de su boca hizo que el peso de todo lo que estaba fallando cayera sobre mí como una tormenta. Sin embargo, no cambié de idea, pero Mila pasó de mí como siempre y siguió con lo suyo. Ella realmente se esforzó porque todo quedara decorado y “agradable”.

La mayoría de mi personal pareció disfrutarlo cuando el día llegó. Risas, conversaciones, el típico jolgorio que se daban en las fiestas navideñas. Pero todo se vino abajo para mi hermana cuando, apenas dos horas después de que la fiesta comenzara, Rise desapareció junto con Arabella, dejando a mi hermana consternada.

Fui testigo de cómo cualquier rastro de felicidad genuina se desvaneció del rostro de Mila. Esa chispa que siempre mantenía encendida, incluso en los peores momentos, desapareció en un parpadeo. Lo fingió bien, sí. Sonrisas que no llegaban a sus ojos, conversaciones neutras que eran tan vacías como el año que estábamos dejando atrás. Pero cuando me abrazó segundos después de la medianoche, ahí fue cuando cedió. Sus lágrimas me empaparon la camisa, y por un momento, me sentí más inútil de lo que ya me sentía.

Intenté hacerle entender que nada de lo que había pasado había sido su culpa, que Rise y Arabella necesitaban un respiro, un momento para ellos y que no podía cargar con el peso de sus decisiones. Pero las palabras se sintieron huecas incluso mientras las decía, y aunque Mila me escuchó, no estaba seguro de si me creyó. Quizás lo hizo, quizás no. Desde ese día, no volvió a mencionar lo que ocurrió. Siguió como si nada hubiese pasado, como si no estuviera arrastrando su propia frustración, pero era mi hermana. La conocía demasiado para su propio bien y sabía que las acciones de Rise y Arabella le habían dolido.

Así que, por más que intentara convencerla de lo contrario, no había nada que pudiera hacer para cambiar cómo se sentía. Lo único que me quedaba era estar ahí para ella, aunque Mila me dejó claro que no lo necesitaba. Mantuve un ojo en ella, siempre atento por si algo iba mal, de la misma forma que lo hacía con Rise, Arabella —de manera indirecta, porque no me quedaba de otra— y con cualquiera que necesitara de mí. Incluso Harrison, aunque él lo odiaba.

¿Me drenaba mucho más de lo que podía manejar? Claro que sí. Pero era eso o dejar que mi mente me arrastrara de vuelta a mi infierno. Ese insufrible hueco donde las voces no dejaban de repetirme todo lo que no podía arreglar, todo lo que me había fallado. Así que me aferré a cualquier cosa que pudiera mantener mi cabeza ocupada, abrazando cada tarea como una maldita sanguijuela, sin importarme si me estaba desgastando en el proceso.

Y eso hasta hace dos días. Dos miserables días en los que estuve a un paso de dejar que todo me consumiera. De dejar que esas voces lo tomaran todo y me tiraran a la deriva. Estaba al borde, listo para rendirme a esa maldita oscuridad que llevaba persiguiéndome, cuando algo, por primera vez en mucho tiempo, cambió para bien.

Habíamos logrado lo que parecía imposible. Después de innumerables intentos fallidos, y noches en vela, habíamos logrado desarrollar una formulación experimental. Algo que, al menos en teoría, podía ser la llave para acabar con la miseria que me había estado carcomiendo desde dentro. Algo que podía, si no arreglarme, al menos contener las grietas que me estaban destrozando. Fueron días de mierda, pero logramos superar las primeras pruebas con resultados que apenas y daban espacio para respirar.

Por cada uno de mis brazos pasaron agujas. Agujas que dejaron rastros de su insistencia en mi piel. Pero, joder, cada una de esas marcas valió la pena. Porque por primera vez, las grietas dejaron de expandirse cada vez que parpadeaba. Por primera vez en lo que se sentía como siglos, dormí. Cuatro horas seguidas. Sin ninguna maldita pesadilla de por medio.

Por un instante, pasé de largo los efectos secundarios tanto de la abstinencia como del nuevo experimento. Todo quedó en un segundo plano cuando sentí cómo una parte del peso que cargaba sobre mis hombros se disipaba poco a poco. Era mínimo, una migaja en el desierto, pero era suficiente para que, por primera vez en demasiado tiempo, respirara. Y esa jodida sensación… fue un maldito milagro.

—Pareces gente —saludó Roelle cuando notó mi presencia, con un atisbo de alivio al percatarse de que, por fin, pude cerrar los ojos a mi voluntad al ella dejarme en mi oficina.

—Es increíble lo que una buena ducha y un par de horas de sueño pueden hacer con alguien —agregó Justine, desde su rincón, levantando la vista del papeleo que cubría el escritorio frente a ella. Su sonrisa se sentía fuera de lugar, considerando el caos en el que seguíamos hundidos.

Ignoré sus comentarios y fui directo a la silla más cercana. No tenía tiempo para bromas ni conversaciones innecesarias. Mi prioridad en ese momento era completar la segunda administración del cóctel experimental. Hacía poco habíamos pasado las tres etapas críticas de las pruebas sin que mi cuerpo mostrara reacciones contraproducentes, lo cual contaba como otro maldito milagro. Cinco compuestos, administrados con la precisión y velocidad que caracterizaba a Roelle, y yo podría seguir funcionando.

Estaba más que conforme con los resultados. Cada dosis funcional me ahorraba horas en el laboratorio, tiempo que podía emplear en asuntos más urgentes por tratar. Como, por ejemplo, regresar a la sala de comandos con Liam para abordar los problemas que no dejaban de acumularse. Todo era más importante que detenerme a escuchar cuán jodido había estado desde que llegué al maldito búnker.

—Para haber tomado una siesta y parecer gente, tu humor sigue siendo el mismo —chasqueó Roelle mientras se acercaba. Ella esperó a que me quitara la chaqueta y remangara la camisa. Roelle ató el torniquete con la eficiencia de siempre, y pronto sentí los cinco pinchazos consecutivos en mi brazo cuando mi vena se dignó en aparecer—. Listo —dijo, deshaciendo el lazo con un suspiro—. Puedes salir de aquí y seguir dándole tu humor de mierda a todo el mundo, si eso es lo que quieres.

No respondí. Me coloqué la chaqueta mientras inhalaba profundo, intentando controlar el malestar que acompañaba esas sesiones. La bilis subió por mi garganta de golpe, pero desapareció tan rápido como llegó.

Arrugué el gesto, fastidiado. Detestaba cada uno de los jodidos efectos secundarios del tratamiento, pero los prefería mil veces antes que volver a depender de aquella puta droga que, aunque me mantenía de pie, también me hundía más con cada dosis.

—¿Náuseas esta vez? —cuestionó Roelle, colocándose frente a mí con un semblante preocupado. Yo solo asentí, haciéndola suspirar—. No sé si debería tranquilizarme porque solo sean náuseas o preocuparme porque las cefaleas, las confusiones temporales o los flashbacks no sigan apareciendo —negó con la cabeza, frunciendo el ceño—. De igual forma, estamos trabajando en eso. No te preocupes.

Otra vez asentí, ignorándola por completo mientras me encaminaba hacia la salida del laboratorio. Tenía una lista interminable de cosas pendientes y una guerra que estaba exasperándome cada vez que respiraba. Mucho más ahora que, como por arte de magia, se desconocía el paradero del maldito de Alexey.

El bastardo no solo se había esfumado, sino que había decidido multiplicar mis problemas. Al parecer había decidido desaparecer de golpe, asegurándose de aún así dejar un rastro de caos que parecía extenderse cada vez que intentaba cerrarlo. Al mismo tiempo, los Schröder y Drake Anderson habían tenido la brillante idea de esfumarse también.

¿Casualidad? No. Eso no existía en mi juego. Conociendo mis cartas y el resultado de algunas jugadas previas, sabía que las cosas podrían complicarse mucho más si ciertas familias bocazas seguían sueltas.

No podía permitirlo.

No estando tan cerca de clavar la maldita cabeza de Alexey en una pica, de cobrarle cada deuda, cada herida y cada lágrima que había causado. Así que quedarme en el laboratorio no era una opción. No hoy. No con el dolor de bolas que me esperaba afuera.

Oí los comentarios burlones de Roelle y Justine cuando dejé el laboratorio. Algo sobre mi humor de mierda y mi incapacidad para responder. No les presté atención. Mis pasos ya estaban dirigidos hacia donde Liam me esperaba, con una lista de problemas que resolver. Tenía el camino trazado, los próximos movimientos en mente.

Pero algo cambió.

Fue sutil, apenas un murmullo en mi cabeza. No era parte de la estrategia, pero tampoco podía ignorarlo. Pasé de largo el camino hacia la sala de reuniones, las escaleras y los pasillos llevándome a un lugar que no había planeado visitar. Me detuve frente a una puerta que significaba más de lo que debería.

Sabía lo que era. Entendí que se trataba de mi subconsciente tomando las riendas, decidiendo por mí lo que tenía que hacer como un jodido hombre, pero que no podía porque me consideraba un cobarde. Porque, claro, era más fácil ignorar ciertas cosas. Más fácil fingir que no había tomado esa decisión como un marica.

Por eso, debí haber esperado que mi cuerpo reaccionara en contra de mi voluntad, actuando antes que mi mente, haciendo que mis nudillos golpearan el frío acero de la puerta sin pedirme permiso.

No esperé una respuesta.

Mi paciencia ya había sido desgastada por el día, así que tomé el control, giré la perilla y entré.

Rise estaba de espaldas, hurgando en su clóset con la misma indiferencia que había decidido cargar a raíz de su pérdida. Cerré la puerta cuando no volvió a mirarme.

—Ya me disculpé con Mila, si es para eso que viniste —dijo, sin dejar de hacer lo que estaba haciendo, su tono seco, pero con una ligera aspereza que dejaba entrever su molestia.

Suspiré. Claro que pensaría que estaba aquí por eso. No había pasado mucho tiempo desde el incidente tampoco, así que lo entendía.

—Bien —decidí decir—. Hacerla llorar momentos antes de que todo concluyera no era algo que quería apreciar.

—El que me arrastrara a mierdas a las que sabía que no quería ir tampoco era lo que yo tenía previsto en mi calendario, Rush —resopló de mala gana.

—Mila solo quería…

—Sé lo que ella trataba de hacer —me interrumpió, aún sin verme—. Sin embargo, no hacía falta.

Aquello era mierda. Él sabía que una distracción, la que fuera, le hacía falta.

Luego de lograr que Drake desapareciera del búnker con sus mórbidas acciones, Rise había recuperado algo de su calma, pero no lo suficiente como para volver a ser el mismo de antes. Seguía siendo una sombra de quien era, con esa personalidad hueca y vacía que arrastraba. No podía ni iba a culparlo. Nadie podía. Lo que él, Harrison y Arabella estaban pasando era un infierno que habría quebrado a cualquiera.

Por eso, cuando Mila se ofreció a sacarlos a los tres de sus cuevas, había sido un gesto más significativo de lo que ella misma entendía. Que dos de tres hubieran aceptado y salido, aunque fuera por un rato, tenía que ser una victoria en su libro. Había sido una agradable respuesta por parte de ellos, aunque mi hermana no lo viera así.

Ojalá eso le hubiese servido a Rise como una distracción suficiente para… Joder, para no hundirse mucho más en la miseria que ya lo ahogaba. Sin embargo, no funcionó. Sabía que necesitaba algo que lo ayudara a enfocar su mente en algo distinto, algo que lo alejara del suplicio que lo consumía poco a poco. Pero, ¿qué podía decirle yo ahora que no volviera a sonar como un sermón vacío para él? No era el momento para discutirlo, ni tenía la energía para hacerlo.

Para ser honesto, tampoco sabía por qué diablos estaba aquí. Mi subconsciente me había arrastrado hasta su puerta, obligándome a cumplir con tareas pendientes, ¿pero cuáles de tantas? ¿También quería hablar con él? ¿Sobre qué? Ya había hablado con él antes. Sabía lo mal que estaba, lo que le dolía la pérdida, cómo recordaba cada cosa y cómo le hervía la sangre por no haber hecho más o evitado tal suceso.

Así que… ¿qué? ¿Qué era lo que quería? ¿Qué era lo que estaba esperando de estar aquí? ¿Quizás un resumen de Arabella? ¿Saber cómo estaba? No hacía falta. Lo sabía. Sabía cómo estaba cada vez que Riden salía del laboratorio o deambulaba por los pasillos del búnker con ese aire de agotamiento mezclado con determinación. Arabella demandaba atención, y mi hermano se encargaba de dársela siempre que podía. Él la cuidaba, se aseguraba de que no tocara fondo. Sabía que estaba mal, que cargaba con un dolor que no podía expresar en palabras, que estaba rota. En un lugar peor que el de Rise.

Sabía todo eso.

Sabía también que no podía verla, no todavía. No hasta que lo que estaba en marcha estuviera en su punto óptimo, sin riesgos, sin que tuviera que enfrentar ningún efecto secundario que pudiera hacerla sufrir más. Y aun así… aquí estaba yo, buscando algo que ni siquiera podía nombrar.

Entonces, ¿por qué estaba aquí? ¿Qué esperaba de esa conversación? ¿Qué era lo que mi subconsciente necesitaba de Rise?

Mientras mi mente se sumía en ese torbellino de preguntas, Rise se dio cuenta de algo. Lo vi en su mirada cuando finalmente se giró hacia mí. Fue un vistazo breve, perspicaz, pero suficiente para atravesarme. Como si hubiera leído cada pensamiento que había intentado enterrar. Apenas pasaron un par de segundos antes de que sacudiera la cabeza, como si ya hubiera llegado a una conclusión

—Nada de lo que te diga te va a gustar —dijo, sentándose en el borde de su cama.

Ah.

La herida en mi pecho se expandió, profunda y punzante. Sentí cómo algo dentro de mí se quebró un poco más, y en ese instante lo entendí.

¿Por qué estaba aquí? Porque era un maldito masoquista. Porque, de algún modo, necesitaba escuchar lo que no quería oír. Porque a mi subconsciente no le parecía suficiente con que yo mismo me autodestruyera, que quería que otra persona se encargara de recordarme cosas que no necesitaba escuchar de alguien más que no fuese yo.

—Lo sé —musité, cruzándome de brazos como si ese gesto pudiera protegerme de lo que estaba a punto de venir.

Rise asintió, y sin más preámbulos, comenzó a soltar las palabras que ya conocía, pero que, por algún motivo autodestructivo, necesitaba escuchar en voz alta.

—Ella se va a elegir a sí misma por encima de toda tu mierda y te va a dejar al segundo que le des la oportunidad. Porque todo lo que ha hecho, desde que apareciste, ha sido necesitarte. Y tú, por tu maldita estupidez, la has dejado de lado una y otra vez, cada vez que ella, por alguna razón que ni el infierno puede entender, te ha dado la oportunidad de asumir tu papel.

Torcí el gesto, sintiendo cómo sus palabras cortaban más profundo de lo que esperaba.

Está bien. Lo que él estaba diciendo puede que fuese peor de lo que yo mismo me estuve repitiendo desde hacía semanas.

Intenté abrir la boca para replicar, pero él siguió.

—Estás jodido. Lo sé, Rush. No hay alma en este maldito lugar que no lo sepa. Y no hace falta ser un genio para ver qué tanto estás luchando. Estás haciendo todo lo posible por volver a su lado, pero no es suficiente —sus ojos verdes, hace tiempo llenos de un carisma burlón, se oscurecieron con una intensidad que me hizo desear no haber entrado aquí. Cada palabra salía con una precisión maldita, arrancándome las capas que intentaba usar como escudo—. ¿Sabes por qué no es suficiente?

—No creo que quiera saberlo —murmuré, más como una súplica que como un reproche, y con el estómago hecho un nudo.

—Porque Alexey no solo te jodió a ti, Rush —soltó él, pasándome de largo—. También lo hizo con ella. Y lo estás olvidando.

Entonces, con eso sentí como si me hubiera clavado un cuchillo directo en el pecho. Una oleada de rabia recorrió todo mi cuerpo, golpeándome con una fuerza que apenas podía controlar. Mi mirada se clavó en él, intensa, letal, y tuve que recurrir a todo mi autocontrol para no estallar. ¿Cómo podía atreverse? ¿Qué carajo le hacía pensar que yo había olvidado?

¿Que había olvidado cada grito?

¿Cada lágrima?

¿Cada mirada perdida que Arabella había dado, cada fragmento de su dolor?

¿Qué le hacía pensar que, de un momento a otro, había apagado mi cerebro y decidir, sin más, que ya nada de lo que ella había pasado no importaba?

Ese recuerdo me perseguía, me atormentaba, consumía cada rincón de mi mente cada vez que la veía, cada vez que la grieta en mi pecho se abría de par en par, tragándome y escupiéndome de vuelta a ese maldito día, una y otra vez, sin tregua.

—Te dije que no iba a gustarte nada de lo que iba a decirte —suspiró, sacudiendo la cabeza.

Respiré entre dientes, luchando con cada fibra de mi ser por no cruzar el límite, para no dejarlo aquí e irme por donde había venido. Para no perderme en la furia que me estaba invadiendo. Pero él no se detuvo.

—No minimizo lo que pasaste, Rush. Jamás haría algo así, porque solo tú sabes qué tanto sufriste y cada persona de aquí lo ve. Todos sabemos que estás lidiando con las cicatrices de tu propio infierno. Pero así como no minimizo lo que viviste, tampoco minimizaré lo que ella vivió —se inclinó un poco hacia adelante, sus palabras se clavaban como puñales—. Sí, tú y ella vivieron ese infierno juntos. Pero el tiempo que estuvieron separados, Rush… ¿te has detenido a pensar en eso? ¿En cómo lidió ella con sus cicatrices? ¿En cómo ella llegó aquí? ¿En cómo la encontramos? ¿En el tiempo que pasó ahogándose en su oscuridad, matando a quien se le atravesara, tan solo para salir de aquí y encontrarte? ¿Todo lo que nosotros sufrimos al no poder ayudarla porque ella no aceptaba nada? ¿Sí entiendes todo con lo que ella tuvo que batallar porque todo lo que quería, lo único que la mantenía en pie, era volver a ti, Rush?

Mi garganta se cerró. No quería escuchar más, pero no había escapatoria. Mis pies no se movían de donde estaban, y yo… Yo solo estaba ahí, con mi cuerpo obligándome a escuchar. Obligándome a ser masoquista.

—Rush, a ella la violaron —mis pulmones dejaron de funcionar por un segundo y el nudo en mi garganta se hizo mucho más grande. Joder—. Por el daño provocado, puedo decirte con seguridad que ella pasó por manos de más de cinco hijos de perra, tal vez más. Solo tú y ella saben la cantidad exacta. Y no pienso preguntar. Pero lo que sé, y lo que no puedes ignorar, Rush, es que Arabella sufrió. Sufre —quería decir algo, cualquier cosas, pero no encontraba las palabras debido al puto dolor—. Esas cicatrices no desaparecen de la noche a la mañana. Y pese a que está hablando con alguien capacitado, Justine no era esa persona que ella necesitaba para sobrellevar su dolor, imbécil.

»Arabella te necesita, Rush. Bien nosotros pudimos haber sido tu reemplazo por un tiempo, pero eso no basta. Sí, nos ama, así como nosotros a ella, ¿pero lo que ella siente por ti? —Negó con la cabeza, para luego mirarme como si fuese el mayor idiota del planeta, lo cual así me sentía—. Por si no te has dado cuenta, maldito imbécil, eso es una clase de amor diferente. Un tipo de amor que estás a punto de perder. Una forma de amor que estar dejando ir porque estás tan atrapado en tus mierdas que no te das cuenta de cuánto está sufriendo la mujer que dices que es “el amor de tu vida”.

El silencio que siguió fue largo y ensordecedor. Cada palabra de Rise se quedó flotando en el aire, como si el espacio entero se hubiera congelado, forzándome a quedarme ahí, enfrentando cada verdad que ya se había instalado en mi pecho como una bomba de tiempo, listas para estallar en el momento menos esperado.

Mi cabeza se llenó de imágenes. Imágenes de Arabella. De cómo la había visto rota, destrozada, con la mirada apagada y esa furia fría que nunca había visto, prometiendo muerte en cada parpadeo que daba después de que el mundo le hubiese arrebatado cada grito que rasgó su garganta. Podía verla luchando a través de aquel infierno, con cada movimiento más cargado de sangre, con cada aliento más pesado de dolor. Podía recordar su rostro, endurecido, consumido por una oscuridad que ni siquiera yo había sido capaz de tocar, de entender… de evitar.

La respiración me salió entrecortada, el pecho subiendo y bajando como si me hubieran golpeado directo en el corazón. Y lo habían hecho. Porque, ¿qué clase de hombre decía amar a una mujer, pero era incapaz de sostener su dolor junto al suyo? ¿Qué clase de idiota se encerraba en sus propios demonios, dejándola sola a enfrentar los suyos?

“Arabella te necesita”.

Esas palabras se repetían como un mantra, clavándose una y otra vez en mi mente, perforando cada excusa que alguna vez me dije para justificar mi distancia, mi incapacidad de ser lo que ella merecía. La veía en mi cabeza, luchando, resistiendo, sobreviviendo, todo mientras yo estaba demasiado consumido en mi mierda como para verla realmente.

La culpa me golpeó como un tren. Una ola sofocante de emociones se apoderó de mí, haciendo que quisiera gritar, que quisiera arrancarme de la piel todo ese peso, todo ese asco por mí mismo. Pero, sobre todo, quería retroceder en el tiempo.

Quería detener cada instante en el que no estuve allí para ella, cada momento en el que no fui suficiente. Porque Rise tenía razón. Jodidamente tenía razón, y dolía más de lo que jamás podría haber imaginado.

¿Cómo había llegado a esto?

«¿Cómo había permitido que mi dolor se interpusiera entre nosotros, que se convirtiera en un muro tan grande que ella tuviera que treparlo sola?».

Podía imaginarla, con sus manos ensangrentadas, sus rodillas desgarradas, su mente fracturada, escalando sin ayuda porque yo, el que debía estar allí para sostenerla, había decidido quedarme atrapado en mi propio pozo.

«Ella me necesitaba, y yo no había estado».

El nudo en mi garganta creció. La ira que había sentido hacia Rise se evaporó, transformándose en algo mucho más corrosivo: desprecio hacia mí mismo. Porque ahora que lo pensaba, ahora que sus palabras habían arrancado esa venda, lo veía todo con claridad. Cada vez que Arabella buscó mi mirada y yo no estuve presente. Cada vez que ella intentó abrirse y yo, sin darme cuenta, le había cerrado la puerta.

Ella había sufrido. Ella estaba sufriendo. Y lo peor de todo era que parte de ese dolor, parte de esas cicatrices, las llevaba porque yo no había sido suficiente para protegerla.

«¿Quién era yo para decir que la amaba, si no podía soportar el peso de su dolor junto al mío?».

Sentí el ardor detrás de los ojos, pero no lo dejé salir. No podía. No me lo permitía. Pero por dentro, algo se rompió. Algo que había estado agrietado desde hacía tiempo finalmente cedió, y con ello resonó la verdad más brutal de todas: si no hacía algo, si no cambiaba, iba a perderla.

No porque no la amara, sino porque no había sabido demostrarlo. Y eso, eso era un pecado que no me iba a perdonar.

Porque Arabella me lo había dado todo. Su amor, su lealtad, todo. Y yo, ¿qué le había dado a cambio? Una sombra de lo que alguna vez fui, un hombre roto que ni siquiera había tenido la decencia de sostenerla cuando más lo necesitaba.

El pecho me dolía, pero no era suficiente. Ningún dolor que sintiera ahora sería suficiente para igualar lo que ella había pasado.

Y con esa verdad aplastándome, supe que tenía que cambiar. No por mí. Por ella. Porque si algo era seguro, si algo sabía con certeza en este jodido desastre que llamábamos vida, era que Arabella merecía algo mejor. Merecía todo. Y yo iba a dárselo, aunque tuviera que reconstruirme desde las cenizas para hacerlo.

Pero primero, tenía que enfrentarme a mí mismo. Y joder, no estaba seguro de cómo hacerlo sin destruirme en el proceso.

Rise fue el primero en romper el contacto visual, girando apenas la cabeza cuando el sonido de la puerta abriéndose irrumpió en el ambiente tenso de la habitación. Su reacción fue inmediata: un resoplido molesto al reconocer quién había entrado.

—¿Los modales los tienen de adorno o qué mierda? —bufó, levantándose de la cama con un movimiento seco.

—Sé más agradecido conmigo —replicó Justine, sosteniendo una bandeja con demasiada comida para una sola persona—. Helena me pidió que te trajera tu cena porque, al parecer, estabas muy ocupado para irla a buscar por tu cuenta.

Rise chasqueó la lengua, negándose a moverse siquiera un centímetro hacia ella. Jus frunció el ceño y se unió a mi suspiro exasperado, largo y pesado.

—No pasaremos por esto otra vez, Rise. Necesitas comer y yo necesito dejar de recibir tu mirada de mierda cada vez que te sostengo para inyectarte sueros por desmayarte gracias a tu falta de alimentación —espetó, dejando dos platos de comida en la mesa de noche vacía sin darle opción de réplica.

El gruñido de reprobación de mi hermano fue la única respuesta que obtuvo, un sonido seco y cargado de desdén que Justine ignoró por completo.

—¿Para quién es lo demás? —pregunté, teniendo la certeza de que sabía la respuesta cuando el olor de huevos me llegó a la nariz, mientras trataba de evitar una conversación que no iría a ningún lado.

Por supuesto, Justine me ignoró. Ella nunca había sido del tipo que me otorgara demasiada importancia cuando estaba concentrada en su objetivo, y en ese momento, su atención estaba fija en Rise.

—Sabes que concuerdo con Harrison a estas alturas, Rise. Matarte no sería la solución a tus problemas —le dijo, molesta—. Cobrar venganza, sí. Pero para hacer eso necesitas estar en tu mejor punto. Así que, o empiezas a reprimir tus pensamientos suicidas y les das el cambio necesario para convertirlos en pensamientos homicidas, o te juro por Dios que no me costará nada llamar a Harrison para que tenga otra “charla” contigo. Tú decides.

Traté de mantener mi expresión neutral, pero incluso yo sentí un atisbo de ese retorcido sentimiento agridulce al recordar cómo había terminado la primera y única “charla” entre el viejo y él después de lo de Drake. Solo unos pocos sabíamos los detalles, pero la tensión que flotó en el aire durante semanas fue suficiente para llenar los huecos.

Palabras frías y directas que habían escalado hasta convertirse en un intercambio de golpes, odio visceral y, para sorpresa de todos, lágrimas al finalizar. Era el tipo de recuerdo que ni siquiera a mí me gustaba traer a la superficie.

Rise lo entendió. Lo vi en la manera en que sus labios se tensaron y el ligero resoplido que dejó escapar, como un acto reflejo. Pero al final, cedió. Lo único que hizo fue asentir una vez, un movimiento escueto, pero suficiente para Justine.

Ella no esperó más. Quitó la mirada de él, satisfecha, y la enfocó en mí. Sus ojos tenían un brillo de triunfo que me obligó a resistir el impulso de rodar los míos.

—El resto es… para Bells —me respondió con lentitud, midiendo mi reacción—. No ha comido en un buen rato. Riden está preocupado por eso y mandó a pedir todo esto.

Observé a Rise rodar los ojos al tiempo que murmuraba algo ininteligible entre dientes. Capté el “por supuesto” y el “cómo no”. Aquello no lo pasé por alto; el sarcasmo en sus palabras me hizo querer archivar lo que dijo para diseccionarlo más tarde, mientras le rogaba al maldito infierno que me diera el tiempo suficiente para ponerme de rodillas y suplicarle una décima vez… Mierda, ni sabía ya cuantas oportunidades ella me había dado. Y porque, siendo honestos, analizar a mi hermano requería más tiempo del que estaba dispuesto a invertir justo ahora.

—Déjame ir primero —dije, caminando hacia la salida—. Te llamaré al segundo después de haber terminado.

No esperé una respuesta, porque no la necesitaba. Me bastó ver el fugaz gesto de incredulidad en su rostro para saber lo que pensaba, pero no me importó. Guardé la pequeña sonrisa irónica que se formó en mis labios y caminé hacia el lugar que, en los últimos días se había convertido en el epicentro de todo mi maldito caos interno.

Una vez frente a la puerta, el aire se volvió denso, opresivo, como si cada molécula me recordara que estaba a punto de cruzar una línea que podría joder todo mucho más de lo que ya estaba. Mi pecho ardía, como si el simple hecho de estar parado ahí fuera una tortura. Reuní todo lo que tenía, que en ese momento no era mucho más que mis dos bolas, y toqué dos veces con firmeza.

Silencio.

A la tercera vez, con ese malestar carcomiéndome vivo, decidí que no iba a esperar más. Lo que ella opinara, si quería verme o no, me era irrelevante. Necesitaba entrar, hablarle. Resolver el desastre que yo mismo había provocado… o al menos, quemarme en el intento.

Giré el pomo y entré, sin pensar en las consecuencias, sin prepararme para lo que encontraría al otro lado.

El impacto fue inmediato.

Decir que cada músculo de mi cuerpo se tensó al percatarme de la inesperada escena que Arabella y Riden compartían sería minimizarlo de una forma patética. Era como si el aire se hubiese evaporado del cuarto, reemplazado por un calor abrasador que comenzó a hervir mi sangre.

Mis ojos se clavaron en ellos, en sus movimientos, en cómo Riden devoraba la boca de mi mujer con una devoción inquietante. En como Arabella le respondía con movimientos desesperados, casi frenéticos, y sus cortos gemidos se enterraban en mi pecho como unas malditas dagas.

Me dije que solo estaban jugando, que nada de aquello era serio, que no era la primera vez que presenciaba algo así. Pero en el momento en que vi a Riden recorrer su cuerpo con esa adoración —una que jamás vi en él, ni siquiera en su edad más temprana con Roelle—, algo se rompió en mí. O mejor dicho, algo encajó.

La pieza del rompecabezas que ni sabía que me faltaba había caído en su lugar.

Las imágenes en mi mente comenzaron a ensamblarse solas: las miradas que le daba, las palabras, su actitud. Todo tomó sentido de golpe, como un rompecabezas que me golpeaba la cara con cada recuerdo. Y antes de que pudiera procesar algo con claridad, vi rojo.

El resto fue un borrón.

No recuerdo qué era lo que había dicho o había hecho. Lo único claro en mi cabeza fue el peso del impacto, el silencio que se formó cuando finalmente el pequeño bastardo había salido de mi habitación, dejando tras de sí una tensión palpable. Mi corazón aun latía con violencia, y el eco de mi arrebato vibraba en cada rincón del cuarto.

Pero cuando mis ojos volvieron a posarse en Arabella, todo cambió.

No había más pensamientos, ni rabia, ni lógica. Solo ella. Solo el deseo irrefrenable de reclamarla, de recordarle que era mía, que nunca había dejado de serlo. Antes de que ella pudiera continuar mandándome a la mierda, mis labios chocaron contra los suyos con una ferocidad que la desarmó, cortando cualquier sentimiento de renuencia por su parte.

Y joder, aquello se sintió malditamente magnífico.

Ella no me había rechazado. Me había dejado entrar una vez más, me permitió tomar lo que creía perdido. Cada beso, cada susurro, cada roce me llenaron de una esperanza casi irreal, como si el universo estuviera dándome otra oportunidad para hacer las cosas bien. Era todo lo que siempre quise, todo lo que nunca creí que volvería a tener.

Por un momento, me atreví a imaginar que podría funcionar. Así que quise disfrutarlo más, ahogarme en esa sensación hasta que la tierra decidiera dejar de girar.

Pero claro, la maldita vida me tenía preparada otra jugada.

La hija de puta me hizo entender a las malas que las cosas jamás me saldrían como yo quisiera, mucho menos con la mujer de mi vida por más que rogara. Me bastaron los siguientes segundos que me dio para darme cuenta que la realidad estaba ahí, acechando como una bestia en la oscuridad. La vida me demostró que todo lo que creí haber conseguido, todo lo que sentí, no era nada más que pura mierda.

Así que ahora me encontraba corriendo por los pasillos del búnker como el maldito cobarde que tenía días siendo, dejando que mis pies lideraran el camino. Dejé atrás a la mujer por la que daría la vida, rota y hecha pedazos, seguramente maldiciéndome mientras yo me sentía como la mismísima mierda, hundiéndome en el peso de mis promesas rotas y mis errores imperdonables.

—¿Otra vez? —cuestionó Justine con preocupación apenas crucé el umbral de su despacho, cerrando la puerta de un portazo.

Mi subconsciente me había llevado directo a ella. Me sabía sus horarios de memoria, así que sabía que la encontraría ahí. Pero, aún así, no dije ni mierda. No podía. En cambio, me dejé caer en la silla que, con el tiempo, se había convertido en mi segunda puta cama y cerré los ojos, buscando cualquier vestigio de calma. Traté de convencerme de que nada de lo que martillaba en mi cabeza era real. De que ella se encontraba a salvo. Conmigo. De que casi todo había terminado y, en algún momento, estaríamos bien.

De que…

—Rush.

La escuché, claro que la escuché, pero aún así ignoré su voz. Porque si no lo hacía, si le daba cabida en mi maldito desorden, terminaría cediendo ante todo. Y si cedía, no estaba seguro de que esta vez pudiera volver a flotar. Así que, por mi propio bien solo apreté los ojos con mucha más fuerza de la necesaria y enterré su voz en el fondo de mi mierda, junto a todo lo demás que me estaba destrozando.

Tenía que calmarme. Para poder enunciar una sola puta sílaba, tenía que malditamente calmarme.

Primero, la calma. Luego, el dolor. Y de último, la rabia. Podía lidiar con el dolor si me lo proponía, aunque estuviera ahí, amenazando con tragarme entero. Pero la rabia… esa era otra historia. Esa quemaba, arrasaba, y no dejaba nada más que cenizas donde antes había algo que podía llamarse lógico.

Aun así, una vez enfrentado cada paso, con gusto podría venirme abajo.

Cedería ante la presión en la que nadaba.

Caería en cuenta que, en efecto, Alexey había usado todo su maldito arsenal para joderme con ganas. Él se había asegurado de que por más que yo luchara contra lo que me había hecho, nunca encontraría cura para esto. Se había encargado de darme en donde más me dolía, y lo había hecho de manera calculadora, metódica. Golpeó justo donde más dolía. Donde sabía que me haría mierda. Aprovechó cada jugada y las utilizó a su favor. Justo por eso era que la rabia hervía, arrasando con cada razonamiento sensato que me quedaba, con cada afirmación positiva que me mantenía a flote.

Eso quebró cada una de mis defensas. ¿Qué tan jodido podía estar para que, incluso sabiendo lo que pasaba, no pudiera detenerlo? Porque eso era lo peor: saber. Saber que el hijo de perra me había dejado roto. Saber que no importaba cuanto luchara, él ya había ganado.

Respiré profundo, una, dos, ocho veces. Me forcé a hacerlo, aunque cada aliento fuera como una maldita daga clavándose más hondo. Pero no sirvió de nada. Porque, al final, no fui más fuerte que la mierda que él había implantado en mí.

Caí.

Pese a que no cedí a la primera, de que luché con uñas y dientes contra cada pensamiento nocivo, caí.

Inevitablemente sucumbí ante la necesidad corrosiva que el bastardo se había tomado su tiempo en crear en mí con cada dosis que me había administrado, logrando que, en contra de lo más quería, la necesidad de volver a tener aquel veneno en mi sistema bombeara por mis venas, nublándome los sentidos, despojándome de toda esperanza.

Y ya.

No había más por hacer. Estaba jodido y nada de lo que hiciera cambiaría esa situación. No había lugar a dudas, pero a pesar de eso, había una cosa de lo que también estaba seguro: Arabella no caería conmigo. Podía estar destruido, roto hasta el punto de no poder repararme, pero no iba a arrastrarla conmigo. No volvería a lastimarla. No volvería a fallarle. Mucho menos dejarla de lado, ya no.

Había solo una forma de evitar tal cosa. Iba en contra de todo lo que había hecho hasta ahora, pero tomaría el riesgo. Abrazaría las consecuencias con los ojos cerrados. Porque ella lo merecía, lo valía. Siempre lo había valido.

Entonces, tomé mi último recurso.

«Al diablo con todo esto».

—Dame la droga.

Sí.

Lo dije.

Pero no lo dije por la necesidad que me estaba consumiendo, por la maldita presión que estaba aumentando con cada segundo sin la droga en mi sistema, a pesar que los dolores de la abstinencia abrupta estuvieran aullando de alivio en cuanto esas palabras salieron de mi boca.

No.

Lo dije porque sabía que, para hacer lo que tenía en mente, esa era la única forma. Esa era mi única opción.

Lo dije sabiendo lo que iba a traer, con toda la carga que venía con ello. Y, en cuanto lo dije, pude ver la reacción de Justine. Observé su postura tensarse, noté sus ojos abiertos bañados en completa conmoción.

—¿Qué?

—Dame. La. Droga —repetí, enfatizando cada maldita palabra.

Su expresión pasó de la sorpresa a la incredulidad. Su voz titubeó, pero insistió.

—Pero la dosis de…

—No funciona.

—¿Qué? No. Sí lo hace, Rush. Sí funciona —balbuceó, las palabras saliendo a la velocidad de la luz—. Lo hiciste. Pudiste estar con Arabella mucho más tiempo de lo que has estado en semanas, con tan solo tres dosis de prueba. Si seguimos por ese camino, si le dieras el tiempo que requiere, estoy segura de que…

«“Tiempo” una mierda».

—No funciona, Justine —repetí, a duras penas, entre dientes.

Ella no cedió. No podía. No lo entendía.

—Rush, no puedes decir eso. Apenas estamos comenzando con las pruebas —dijo, empleando un tono calmado. De esos que me daba cuando no estaba en mis cabales para soportarlos—. Y, sin embargo, mira lo bien que te está resultando. Te lo repito, pudiste estar en una misma habitación con Arabella después de un largo tiempo sin colapsar al segundo de haberlo hecho. Ve eso, Rush. Eso es un paso enorme para tan solo tener tres dosis circulando en tu sistema.

Pero esas palabras no eran suficientes. Las palabras de Justine se arrastraban como una maldita película de terror, cada frase más tediosa que la anterior. No me importaba lo que estuviera diciendo. Lo que estaba balbuceando no me daba lo que necesitaba. No podían devolverme a Arabella, no podían devolverme a mí. No iba a arreglar lo que Alexey me había hecho.

Mi mente ya había decidido lo que tenía que hacer. Sus palabras solo me atormentaban más.

—Tienes que ser paciente. Esto es un proceso exigente que nos ha demandado paciencia. Quiero decir, no hace mucho pudimos dar con los componentes necesarios, y aún así, el proceso nos está dando frutos en un período de tiempo mucho más corto de lo que teníamos en mente —yo ya no podía escucharla. El ruido en mi cabeza se estaba volviendo insoportable—. Estamos haciendo todo lo posible, Rush. Las cosas están yendo bien para solo haber pasado tres días. Si tan solo le dieras algo de tiempo para que pudieran desarrollarse…

No pude soportarlo más. La explosión salió de mis labios sin previo aviso, un rugido de frustración.

—¡No me queda más maldito tiempo! —exploté, plasmando las manos en el escritorio con tal fuerza que las palmas palpitaban de rabia—. ¡No cuento con eso! ¿Qué tanto te cuesta entender eso? No. Tengo. Más. Tiempo. Justo ahora ella está hecha pedazos, rota en una cama enorme, pensando en el infierno sabrá qué mierda, sintiéndose culpable, ¡y todo eso es por mi maldita culpa! ¡Otra vez, Justine! ¡Otra puta vez! No puedo seguir haciéndole esto. No puedo seguir haciéndome esto. A nuestra relación. ¡No otra vez! Suficiente daño le he hecho ya como para seguir aumentando esa maldita cuenta.

El silencio que vino después de mi grito fue un vacío enorme, pero no me dio respiro. Justine decidió romperlo, con una voz más pacífica que la anterior, exasperándome a tal punto de querer emplear las cosas por mi cuenta.

—Rush, si le explicaras las cosas, si te sentaras con Arabella, confío en que ambos podrían solucionar las cosas —dijo, su mano posándose sobre mi hombro. No la aguanté ni un segundo, y con rapidez la aparté. Su toque me irritaba más de lo que ella creía que ayudaba. Justine suspiró, y el sonido me raspó la garganta—. Estás tomando el camino que no es, Rush, y no eres así. ¿Qué más hay ahí? ¿Por qué…?

Solté un gruñido. Bajo, gutural, de advertencia. No estaba allí para tener una maldita charla sobre cómo estaba lidiando mi mierda. No me había arrastrado hasta aquí mucho menos para hablarle de la escena que había protagonizado mi maldito hermano hace no mucho en la boca de mi mujer. Estaba aquí, cediendo todo por lo que había trabajado en los últimos días, por una puta solución. Una salida rápida que me permitiera encerrarme con el jodido amor de mi existencia hasta que la humanidad dejara de existir si era posible.

¿Habría repercusiones? Sí. ¿Me importaban? No. Si esta solución me daba lo que estaba buscando, entonces después me ocuparía de lo que sea que mis acciones acarrearan. Pero sería después. Después de que tuviera mis años con mi mujer, después de perderme en ella como si el tiempo no existiera, joder, incluso después de arrodillarme y rogar por perdón si era lo que necesitaba para redimirme por haber sido un completo imbécil. Pero no ahora. Ahora no trataría con las consecuencias de mis actos.

Justine no entendía una mierda de lo que estaba pasando, y yo no estaba de humor para explicarle cómo el que Riden le hubiese metido la lengua hasta el fondo de la garganta de Arabella y que ella le respondiera con el mismo afán fue lo que impidió que la grieta de mi mierda se abriera en dos. No la maldita dosis en la que me estaba partiendo el culo por hacer efectiva, llevando así semanas en un estado físico deplorable.

—La droga, Justine —repetí, cortante, volviendo a sentarme. Clavé la mirada en ella—. No me hagas volver a repetirlo.

—Pero, el proceso…

—¡Me importa una mierda el maldito proceso! —escupí con rabia—. ¡Dame la puta droga, Justine! ¡¡Ahora!!

Fue entonces cuando, gracias al maldito infierno, ella empezó a moverse. Justine era muchas cosas, pero suicida no era una de ellas. Ya sabía que ya había cruzado mi límite, que me encontraba al borde del abismo, así como también sabía que no debía seguir empujándome porque amable no me iba a comportar.

Solo bastaron un par de minutos para que ella estampara un pequeño frasco con un líquido de un color azul más oscuro del que el jodido perro que debía de estarse quemando en el infierno me había mostrado cuando tuvo la oportunidad. Miré por una fracción de segundo ese recipiente para después mirar a Justine y negar con la cabeza. Su mirada se suavizó al instante de ver ese gesto.

—Me alegra de que…

—Eso no me es suficiente —corté su patético intento de consuelo con rapidez. Su rostro palideció en un parpadeo cuando entendió lo que le estaba diciendo—. Necesito más.

—No —respondió casi sin respirar—. Rush, no. Eso no…

—No estoy pidiéndote tu maldita opinión —gruñí, deshaciéndome del abrigo que me estaba ahogando, listo para vaciar todo el líquido posible que pudiera soportar—. O lo buscas tú, o lo hago yo. No tengo ningún jodido problema.

Ella se quedó quieta, sus ojos llenos de dudas, de palabras no dichas, de algo que no se atrevía a poner en voz alta. Eso me hizo hervir la sangre. Me estaba hartando el que no entendiera que no tenía tiempo para explicaciones, ni para palabras vacías. Necesitaba la solución ahora. Todo en mí estaba en ebullición. La situación no era negociable.

Lo que decía era en serio. Así como un frasco no iba a bastarme, el que Arabella se siguiera quedando al margen tampoco lo iba a seguir permitiendo más. Lo que le había dicho, mientras extinguía cualquier rastro de Riden y cualquier duda que pudiera haber en su cuerpo, iba malditamente en serio. Todo lo que le había susurrado, lo que le había mostrado, no era para ser olvidado. Lo iba a recordar cada maldito segundo, cada maldita vez que quisiera derraparse hacia el abismo. No iba a dejarla caer; la iba a llevar a lugares tan altos que ni siquiera recordaría cómo se veía el suelo, y si algún día ella quería ir y caer, la iba a atrapar cuantas veces fuera necesario.

Arabella iba a estar conmigo. No importaba qué. No tenerla a mi lado no era negociable, no me era una opción. Verla conmigo, en mi futuro, era mi maldito juego. Mi prioridad. Ella era mía. Así tuviera que recordárselo a punta de embestidas, no me importaba, era mía. Ella misma lo había aceptado y gracias a Dios que el sentido auditivo no era algo de lo que yo careciera. Y, aunque ella no hubiese enunciado aquellas palabras, la respuesta natural de su cuerpo hacia mí era todo lo que necesitaba para sellar las cosas, si es que eso no estaba más que hecho.

Arabella era mía. Mi vida, mi mujer, la razón de mi patética existencia. Y si lo que quería el maldito universo era que me arrodillara, le suplicara por perdón y luego de eso le pusiera un jodido anillo en su dedo anular para que aceptara que me pertenecía, entonces iba a hacerlo. Le compraría el anillo más grande, ostentoso y costoso de todo el maldito mundo, le exigiría su mano e iría a cambiarle el maldito apellido por el mío al segundo de que ella dijera que sí, pero nadie iba a rebatirme ni una mierda.

Yo sería el hombre que Arabella necesitara. Yo. No Riden, no quién sea que quisiera intentar quitarme el puesto. Pero el tiempo no estaba de mi lado, entonces tenía que hacerlo cooperar.

—Rush, yo no… —La mirada asesina que le lancé a la jodida mujer debió de ser suficiente para que cerrara la boca y aceptara mi mierda, volviendo a moverse hacia uno de sus estantes.

Esta vez, ocupó un par de segundos para depositar frente a mí cuatro frascos más, junto a lo que necesitaba para empezar con el proceso. Apreté la mandíbula al ver la cantidad insípida de recipientes de cristal, pero no dije nada. Eso tendría que bastarme. Haría que me bastara, lo haría funcionar. Así que, en cambio, estiré el brazo, dándole la señal que ella necesitaba para que comenzara a hacer su trabajo.

En seguida, empezó a negar con la cabeza.

—Puedo cumplir tus órdenes, Rush, pero no me voy a quedar aquí viendo como te matas por conseguir algo que puedes obtener con tiempo —dijo con firmeza, dando pasos hacia atrás.

Bien. No tenía problema con eso. De hecho, admiraba cuando las personas tenían claro sus líneas, sus límites. Entonces, empecé a hacer el trabajo de otros.

—Cierra la puerta al salir —le solté, mientras agarraba el lazo de goma y lo enredaba en mi brazo izquierdo, haciendo un torniquete, terminándolo de atar con los dientes.

Pensé que ya no diría nada más, que se iría, pero no. Justine tenía que abrir la boca una vez más, tratando de joderme, no sabía ni con qué propósito.

—Rush, en serio no….

—¡Termina de irte, joder! —espeté entre dientes, tomando el primer frasco pequeño, vaciando todo su contenido en el interior de la jeringa.

Respiré hondo cuando las manos de Justine me arrebataron mi jodida solución, pero antes de que pudiera decirle algo, su mirada cayó en mi brazo y, mucho antes de que me lo esperara, la aguja se hundió en una vena. Justine no perdió el tiempo en vaciar el contenido y el ardor familiar se esparció por mi cuerpo como veneno.

Gracioso, porque eso era lo que era esa maldita cosa.

Apreté los dientes cuando la siguiente aguja se clavó, luego otra, y otra más. Después de haber vaciado los cinco frascos, aunque la cabeza me daba vueltas y que el cuerpo me exigía que me quedara quieto, me levanté y salí del despacho sin dirigirle una segunda mirada a una mujer que se sudaba en culpabilidad. Me dirigí directo a la habitación de la que nunca debí haber salido.

Miles de pensamientos rondaban por mi cabeza, pero los ignoré todos, así como también ignoré el dolor que se esparcía por mi cuerpo con cada paso que daba hacia el lugar de donde no saldría hasta arreglar las cosas. Me dolía cada parte del cuerpo; sentía que el jodido brazo se iba a desprender de mí en cualquier momento, y maldita sea, estaba asustado por eso, pero no arrepentido.

Nunca estaría arrepentido de tomar las cosas y empujarlas hasta el límite por ella. Jamás.

Agradecí que fuese lo bastante tarde para no toparme con nadie a mitad de la plaza o los pasillos. Mientras, le recé a cualquier deidad que ella no se hubiera ido de la habitación, complicándome aún más las cosas si se le llegaba a pasar por la cabeza quedarse con Rise o… Riden, en todo caso. Ninguno de los dos me impediría llevarme a la cama lo que era mío, pero pelearme con ellos para conseguirlo no era lo que me entusiasmaba. Además, no sabía cuántas horas podía soportar con tanto veneno en mi sistema antes de colapsar.

Me quedé quieto al estar frente a la puerta cerrada de la habitación. Conté hasta quince, luego algunos números más, esperando la reacción en cadena que siempre me provocaba la vista de su habitación, pero no llegó. Lo único que sentía era que el corazón iba a estallar de mi pecho, que las manos me sudaban y que el cuerpo me pedía a gritos un descanso, pero nada más.

Entonces, pude respirar hondo. Aún cuando tomé el pomo, lo giré y abrí la puerta con suavidad, el aire que inhalaba seguía sintiéndose ligero. Sin embargo, si pensaba que todo seguiría así, estaba siendo un estúpido. Es decir, no esperaba verla con una sonrisa de oreja a oreja, pero por lo menos desearía haberla visto enojada, furiosa conmigo, con la vida en general.

En lugar de eso, lo que encontré fue lo que terminó de enterrar la cuchilla que ni siquiera sabía que estaba en mi tórax. El corazón se me apretó tanto al verla hecha un ovillo en la cama, de espaldas a mí, aferrada a varias almohadas, y se hizo trizas al ver cómo su cuerpo se estremecía con cada sollozo ahogado que soltaba, vistiendo solo el suéter que había mandado a volar hacía no mucho.

No lo pensé dos veces. Cerré la puerta con cuidado, me quité los zapatos y me lancé a la cama, apretando su espalda contra mi pecho. Por segunda vez en demasiado maldito tiempo, tenerla cerca no me lanzó de golpe al borde de mi mierda. Agradecí tanto eso que las lágrimas empezaban a picar las comisuras de mis ojos. Esa picazón se intensificó más cuando sentí cómo ella se tensaba al colocar su espalda en mi pecho, y me jodió aún más notar cómo intentaba alejarse de mi toque. Lo quisiera ella o no, me aferré a su cuerpo con mucha más fuerza cuando empezó a removerse con intensidad, intentando quedar fuera de mi alcance.

No la solté. No iba a desperdiciar este momento. Ni en sus malditos sueños.

—No —advertí, cuando sus movimientos se fueron intensificando.

—Suéltame —siseó, furiosa.

«Eso. Ódiame, princesa. Puedo con eso».

—No —repetí, manteniendo mi agarre—. O te acoplas a esto por tu cuenta, o hago que lo hagas, pero no te vas a alejar de mí y mucho menos yo de ti.

Eso no aminoró sus intentos de zafarse.

—¿Ahora sí? ¿Después de decirme que no huirías de mí? ¿Después de asegurarme que iba a sostenerme cuando cayera? —espetó, en un susurro rabioso—. Pues adivina qué, maldito imbécil: caí. Caí tan fuerte que duele, Rush. Así que suéltame y vete de una puta vez, para así poder superarte, para así poder hacer todo lo que esté en mi poder para odiarte y sepultarte con cada respiro que dé, porque por esto no vuelvo a pasar más nunca.

Sentía que me quedaba sin oxígeno, que la habitación se hacía cada vez más pequeña, pero no me iba a dar por vencido.

—No me voy a ir a ninguna parte —aseguré—. Me quedaré aquí, rogándote si es necesario para que vuelvas a perdonarme, pero no me iré, Arabella. A ningún lado. Perdí demasiado tiempo. No volveré a hacerlo.

Sus movimientos no cesaron.

—¿Por qué ahora sí, hijo de perra? ¿Por qué no cuando te rogué porque no lo hicieras? ¿Por qué no semanas atrás? —cuestionó entre cada patada que daba por salir de mi alcance—. ¿Por qué no la primera vez que abriste tus patéticos ojos? ¿Por qué no hace horas? ¿Por qué no…?

—Porque en ninguna de esas ocasiones me había drogado tanto como para que mi mundo no se tambaleara al verte, Arabella —mi boca se movió sola, soltando aquel vómito de palabras.

Junto a ella, me quedé inmóvil al registrar lo que había dicho en contra de mi voluntad.

Ya está.

Lo había dicho.

Había destapado parte de mi mierda sin haberlo querido, y ahora las cosas tomarían un camino sin retorno, uno que no estaba seguro de poder pisar.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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