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1. Let's Play - Capítulo 75

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Capítulo 75: 72

Solo… Dame una segunda oportunidad

En este juego no hay empate: o ganas todo, o pierdes más de lo que puedes soportar

Arabella se recuperó primero. No dudó en retomar sus movimientos, y esta vez la dejé apartarse de mí. Ella tenía todo el derecho de huir, de dejarme si quería, porque estar con un maldito adicto a tal punto entendía que para ella era tocar fondo.

Furiosa, saltó fuera de la cama y estuvo de pie en un segundo. Se cruzó de brazos, mirándome, asegurándose de que sus ojos, vidriosos por tanto llorar, no reflejaran el asco que sentía por mí. Estaba más que claro que no me encontraba preparado para esta conversación, que si fuera por mí la hubiese evitado por mucho más tiempo, pero la postura de Arabella no me daba escapatoria alguna. Tuve que incorporarme y sentarme en el borde de la cama, esperando a ver si ella decidía dar el primer paso o no.

—¿Qué?

«Bien. Paso dado».

Clavé los ojos en su rostro por mucho más tiempo del que ella aguantaría alguna vez de alguien, por la sencilla razón de qué no sabía como continuar con esto, cómo dejarle saber todo lo que le había ocultado, todo lo que no me molesté en decirle porque no podía, no me sentía capaz de hacerlo.

Y aún me sentía incapaz de pronunciar una sola sílaba, pero las palabras ya habían sido dichas, y si lo que yo quería era su perdón, si la quería de vuelta, todo lo que yo no sintiese “capaz” de hacer tenía que irse al carajo. Tenía que encontrar mis jodidas pelotas y ser el hombre que ella necesitaba, tanto por mí como por ella. Porque por más futuro que tuviera por delante, si la mujer de mi vida daba un paso en dirección a la puerta, dejándome aquí, habiendo tomado una decisión, ese futuro, por más brillante que fuera, no iba a significar una mierda. No iba a quererlo. No si Arabella no estaba en él.

Entonces, tragando en seco, me levanté de la cama y me planté delante de ella, dejando una distancia respetable entre ambos.

—Sabes lo que me causa verte —empecé, dejando caer una a una las barreras que me impedían contarle todo, a pesar de que cada una de ellas me gritaban que no lo hiciera—. Sé que sabes bien como Alexey se encargó de jodernos tanto física como mentalmente. Lo has visto, lo has vivido —Arabella solo me dio un gesto tenso con su cabeza, por lo que proseguí, exhalando todo el aire que mis pulmones permitieran—. Te he visto sufrir, princesa. También he visto cómo lo has enfrentado de manera tan abierta y te has redimido después de tanto esfuerzo de tu parte. Has tenido ayuda tanto de mi familia como de tus allegados, y aunque has tenido tus altibajos, has mantenido la cabeza en alto, demostrándome una y otra vez que puedes hacerlo todo por tu cuenta sin necesitarme en ningún punto —respiré hondo—. No me alcanzan las palabras para decir lo orgulloso que…

—No —alzó un dedo y me acribilló con la mirada—. No lo digas. Nada de mi mejora tiene nada que ver contigo. Nada. Lo hice por mí, para mí. No busqué, ni busco orgullo alguno tuyo por cada cosa que hice por mí, mucho menos palabras “bonitas” de tu parte. Sé las cosas que puedo hacer sin ti, Rush —dijo, su voz volviéndose cada vez más cortante—. Y sé que tú también las sabes. Toda tu palabrería no me dice una mierda más que recordarme que he podido sin ti y que puedo sin ti también —enfatizó lo último—. Así que ahórrate toda tu estupidez porque nada de eso me responde lo que te pregunté, ni mucho menos me lo aclara.

Asentí. Tenía razón, y lo sabía. Pero eso no hacía que fuese más fácil.

Le estaba dando más vueltas a todo esto más de lo necesario, enredándome como un maldito imbécil. Lo peor era que estaba consciente de ello. Sabía que estaba actuando como un marica, que estaba aplazando lo inevitable. Pero explicarle esto a ella, ponerlo en palabras frente a la única mujer que realmente me importaba… Era como arrancarme la piel con las uñas.

Reconocer que, por más que quisiera, por más que lo intentara, había una posibilidad de que no fuese suficiente para Arabella… Me mataba. Porque no solo se trataba sobre lo que yo sentía o deseaba. No era solo sobre el maldito peso de ser el hombre que debía sostenerla, protegerla, darle el mundo.

Era más que eso.

Era admitir que algún bastardo había logrado joderme de formas que ni yo mismo estaba listo para enfrentar. Que había grietas en mí que, por mucho que quisiera ocultar, aún no tenía las herramientas para repararlas.

Y verme débil frente a ella…

Eso era lo que me paralizaba. Esa maldita idea de que me mirara de otra manera, de que viera algo en mí que la hiciera cuestionar si realmente valía la pena. El miedo de no ser suficiente no me dejaba respirar. Nunca lo admitiría en voz alta, pero era la verdad.

Quizás todo se reducía a mi maldito orgullo. El mismo que había sido parte de mí desde que tengo memoria, el que me hacía caminar con la cabeza en alto, enfrentar todo y a todos sin titubear. Era lo que me había definido, lo que me había moldeado. No lo iba a negar: mi orgullo era parte de lo que me hacía invencible, de lo que me hacía ser yo. Pero en este maldito momento, también era lo que me estaba jodiendo, haciéndome retroceder en lugar de dar el paso adelante que sabía que tenía que dar.

Me estaba frenando, haciendo que cada palabra que necesitaba decir se quedara atorada en mi garganta como si escupirla me fuera a arrancar algo de mí. Algo que no estaba dispuesto a perder.

Entonces, lo entendí. A pesar de todos los pensamientos que me acribillaban la cabeza, entendí que había más ahí de lo que quería admitir. Porque no era solo por no querer verme débil. Era porque, desde siempre, yo había sido el tipo que lo resolvía todo solo, que no mostraba grietas. Pero ahora, frente a ella, sentía que cada maldita fibra de mí quería ceder, y eso… eso me carcomía.

Porque, ¿qué me quedaría si bajaba la guardia? ¿Si dejaba que ella viera todo el maldito caos que Alexey se había asegurado de dejar dentro de mí? Eso iba en contra de todo lo que era, de lo que siempre había sido. No era solo orgullo, era mi maldita naturaleza. No podía deshacerme de eso tan fácilmente, y por sobre todas las cosas, no quería que su visión hacia mí cambiara.

La miré por unos segundos, su expresión mezcla de confusión e impaciencia, esperando que yo hablara, pero aún me debatía.

Quería que me viera como siempre lo había hecho: invencible, sólido, el hombre en quien podía confiar sin dudarlo. Pero sabía que con cada segundo que pasaba, esa imagen se estaba resquebrajando. Y la verdad… La verdad era que ya no sabía cómo sostenerla.

Quería explicarle todo, que aun así, pese a todo lo que tenía encima, no había nada en este mundo que pudiera detenerme de estar ahí para ella. Pero la duda se enredaba en mi garganta como un nudo imposible de deshacer.

Respiré hondo, intentando ordenar mis pensamientos. Esto era una jodida lucha interna que no estaba seguro de ganar, y maldita sea. Quería darle la verdad, pero la verdad era añadir también que yo tampoco sabía cómo lidiar con esta mierda. Y mucho menos cómo explicárselo a ella sin sentir que estaba perdiendo todo lo que éramos.

Sin embargo, Arabella lo merecía. Merecía saber la verdad. Por eso apreté la mandíbula, tomé una corta bocanada de aire y, contra todo lo que me estaba impidiendo despotricarle cada cosa, abrí la boca.

—Alexey se encargó de joderme mucho más allá de lo que llegué a permitirle en mi vida, Arabella —solté entre dientes—. Él tomó lo que considero mi mundo, mi pedazo de cielo, y se aseguró de joderlo, de darle la vuelta y volverlo un infierno si alguna vez encontraba la forma de escapar de él —ella abrió la boca para interrumpir, pero no la dejé. No porque no quería escuchar lo que tenía para decirme, sino porque sabía que si la dejaba pronunciar una sola sílaba, iba a tragarme todo lo que estaba luchando por decirle—. Te conté que en los días que creí que estabas muerta, él se tomó la tarea de querer doblegarme, pero me guardé para mí mismo como aquello no le resultó fácil cuando entendió que ningún tipo de droga podía hacerlo, luego de descubrir que era inmune a cada invento que había sacado la ‘Ndrangheta desde sus comienzos. Quisiera decirte que ahí acabó todo, pero su obstáculo en el camino no le duró mucho tiempo.

Arabella, pese a que estaba tan tensa como una tabla, frunció el ceño y sus pequeños surcos en la frente lo dejaban claro. Era momento de seguir adelante. De contarle lo que no quería, pero tenía derecho a saber.

—Creó una droga nueva, Arabella. Él había trabajado en ella por mucho antes de que tuviera la oportunidad de colocar sus manos en mí, pero cuando tuvo la posibilidad, no perdió tiempo en probarla. Empezó con pequeñas cantidades que fue incrementando cuando me hizo creer que te había perdido. Aquellas cantidades crecieron y con su crecimiento fueron aumentando las dosis diarias, a tal punto que llegó a romperme —exhalé un suspiro largo, pasando una mano por mi cabello, incapaz de seguir con esto, pero llevándome al límite por ella—. Entonces, gracias a esa basura, sabes lo que me causa verte —repetí, otra vez, preparándome con todo lo que tenía para volver a retomar el punto de todo esto—, sabes que fue gracias a Alexey, pero no conoces con exactitud todo lo que hizo, por lo que aquí va: soy adicto.

Lo dije rápido, sin detenerme, sin darle rodeos. No fue necesario repetirlo. Ella lo había captado. Aunque salió entre dientes, supe por cómo sus orbes se oscurecieron a tal punto de no distinguir la pupila del iris, que lo había captado.

Entonces, continué, aún con la sensación de que todo me pesaba en el pecho.

—Debido a su dedicación, Alexey consiguió hacerme adicto a una maldita droga que juega con mi cabeza, que altera mi realidad de manera constante.

Cerré la boca ahí mismo. Tanto para tratar de calmar el dolor de cabeza que amenazaba con dejarme en el suelo —suponía que era un efecto secundario de tanta mierda que me metí—, como para darle un margen de tiempo para que su cabeza fuera entendiendo mi posición poco a poco.

Sólo pasaron seis segundos, pero parecieron eternos. Ella parpadeó dos veces, apretó los labios en línea fina, aún tensa. Dejó caer su espalda contra la columna que daba a la puerta del baño, y volvió a clavar esos ojos oscuros en mí.

Las lágrimas ya no estaban. La vidriosidad de su mirada tampoco. En su rostro sólo quedaban manchas rojas por tanto llorar, ira, dolor y millones de preguntas que no sabía ni por dónde empezar a responder.

Eso hizo que la daga que tenía enterrada en el pecho se multiplicara, como si se incrustara aún más en todo mi cuerpo, y la tortura solo empeoraba cuando el dolor y la rabia reflejada en sus ojos aumentaban con cada segundo. Esa mezcla de ira y dolor me carcomía. No sabía cómo seguir con esto, cómo enfrentar todo lo que había hecho. Pero cuando pensé que no podía dolerme más lo que mis acciones habían causado en ella, la culpa me derrumbó cuando vi ese atisbo de decepción en sus ojos. Un destello rápido, pero fue suficiente para destruirme.

Me partió. Me mató por dentro. Fue lo que bastó para sentirme peor de lo que me había sentido en toda mi maldita vida.

—¿Qué es lo que tiene que ver todo esto con que seas un bastardo? —cuestionó, cediendo ante su curiosidad, demandando mi atención, algo que, por algún motivo, me hizo tragarme una pequeña sonrisa por el matiz de brusquedad en su tono. El infierno sabía que merecía mucho más de eso y me alegraba que ella no se inhibiera en darmelo.

Respiré profundo, sabiendo que, si no lo hacía, me iba a romper a mitad de camino. Luego, me tomé el tiempo de explicarle con calma lo que había estado ocultando: qué era Triade Nera, cómo funcionaba, lo mucho que el maldito de Alexey se había encargado de arruinarme con esa mierda, y lo que había estado haciendo los últimos días para dejar de depender de esa basura. Pero sabía que aún me quedaba la otra parte de la verdad. Esa parte que describía mi comportamiento en las últimas semanas, mis acciones, y, sí, mi puta cobardía. Así que preferí dejarlo para lo último.

Arabella me otorgó su silencio a cambio de solo mirarme. No me interrumpió ni una sola vez en todo el tiempo que duré hablando, hasta que llegué al punto donde tocaba mencionar lo otro que había estado evitando.

Torcí el gesto.

—Si vas a contarme las cosas, abstente de saltarte las partes que no quieres decirme por quedar bien conmigo, Rush —dijo, volviéndose a cruzar de brazos—. Si por fin vas a soltar todo lo que tienes para decirme, que sea todo. No nada más las partes en donde me hagas sentir lástima por ti.

Resoplé, sintiendo la irritación subirme. Ya sabía que no me iba a dejar escapar sin que le soltara toda la verdad, pero eso no hacía que fuera más fácil.

—Te estoy diciendo cada cosa no porque quiero que sientas lástima por mí, Arabella —mi voz salió áspera, el cansancio metiéndose en mis palabras—. Estoy soltando todo esto contigo porque no mereces que…

—Estoy al tanto de lo que no merezco, Rush —me cortó, con mal humor—. Nadie mejor que yo lo sabe, pero no es eso lo que quiero escuchar de ti. Justo en estos momentos quiero la verdad, pero no me la darás nunca si te cuelgas por el tema de qué merezco y qué no. Así que, ve al punto. Pasar lo que resta de noche contigo en mi habitación no es algo que tenga en mi agenda.

El tono que empleó en sus palabras me hizo entrecerrar los ojos, molesto. Estaba consciente de lo cortante y mordaz que ella podía ser cuando quería provocar reacciones en los demás. Por ende, leí sus intenciones a kilómetros. Pero pese a que lo hice, eso no impidió que mi lengua picara, con ganas de recordarle que el lugar en donde estábamos era nuestra habitación. Y que si estar con la lengua de Riden en el fondo de su garganta era lo que encabezaba su maldita agenda, entonces mejor que empezara a descartarlo porque de aquí no iba a irse.

Sin embargo, no lo hice. Sabía que una reacción como esa era justo lo que ella esperaba obtener de mí, así que la dejé con la palabra en la boca. Pasé de eso y continué.

—Las cosas cambiaron al segundo que te vi —dije, deleitándome con gusto cuando ella, apenas, frunció su nariz al no conseguir lo que quería—. Creí que, en su momento, Alexey solo se había empeñado en hacerme adicto a una de sus porquerías, y aunque sí lo hizo, lo que él fue construyendo para romperme en pedazos cada día que me tuvo fue mucho más grande de lo que pensé.

»Entonces, Arabella, ahí es donde entras tú —seguí, sin apartar la mirada de la suya, incapaz de perderme una sola de sus reacciones. Como esperaba, no obtuve ninguna—. Alexey, además de hacerme dependiente a su mierda, jugar con mi cabeza y disfrutar cada gota de mi sufrimiento, también se aseguró de joder cualquier tipo de futuro para mí. Tan solo porque él es así; a él no le basta con prepararse para un futuro y ya. Él ve cada posibilidad de desastre en su camino y lo toma, garantizando que el golpe que vaya a dar tenga el impacto suficiente para que te quede en claro con quién te metiste, con quién jodiste.

»Y eso es lo que lo hace un severo dolor de huevos. Una rata demasiado inteligente para su propio maldito bien —murmuré entre dientes, odiando a ese bastardo cada vez más y más—. Pero por eso mismo, el golpe que me dio tiene sus repercusiones. El que se haya encargado de que lo que detone mi realidad seas tú es la más fuerte, y el que haya hecho que cada que estalle mi maldito problema sea revivir una y otra vez el momento donde fui el hombre más inservible del puto universo de manera más vívida cada que colapso, aunque haya sido por su suerte de mierda, es otra.

Fue en ese momento que Arabella reaccionó. Cerró y abrió la boca dos veces, como si intentara articular algo, pero las palabras nunca llegaron. En lugar de eso, frunció el ceño y apretó las manos, haciéndolas puños pequeños. El gesto me dejó claro que algo había calado, pero no estaba seguro de qué.

Me mantuve en silencio, dejando que la tensión se instalara entre nosotros.

—¿Yo? —farfulló, con una mezcla de incredulidad y enojo.

—Tú —repetí, asintiendo con la cabeza—. Por eso verte me mata, escucharte me consume y tocarte me envía directo a mi infierno de mierda —Arabella ladeó la cabeza, algo desconcertada, pero no me detuve. Si lo hacía, no sabía si podría retomar este maldito tema en otro momento—. Ahora te das cuenta de por qué tuve que tomar mi distancia. Estar cerca de ti era demasiado, princesa. Verte, escucharte, querer tocarte y no poder… te dije que era demasiado para mí. Y si le añades a eso que cada vez que siquiera te miraba de reojo caía en mi hueco infernal… —sacudí la cabeza, frustrado—. Bueno.

—Pero…

—Solo era contigo. Alexey se hizo cargo de que solo fuera contigo. Podía ver a Mila, a Riden, a Rise, incluso al maldito de Zacharias y nada pasaba —reprimí el impulso de caminar hacia ella y tomarla de las manos cuando un aire de dolor intenso cruzó por su rostro. El dolor que mostró me golpeó, pero no era el momento para caer en la desesperación de alcanzarla. Aquel no sería mi mejor movimiento, por lo que retomé mi objetivo inicial—. Princesa, sé que te causé mucho daño. Sé que te jodí mucho más de lo que jamás habías pasado, y…

—Es por eso que estabas detrás de Adalia, ¿no? Para evitarme —musitó, ajena a mi intento de disculpas.

¿Qué? No. Sacudí la cabeza con fuerza. Eso no era del todo cierto.

—Princesa, tienes que entender que cuando te vi el día del rescate, todo cambió para mí. Pero no cambió en el sentido que piensas. Cuando llegué al búnker, todo se desmoronó —de inmediato, torcí el gesto y chasqueé la lengua. «No. Eso no es del todo correcto tampoco»—. No, ni siquiera cuando llegué al búnker. Todo se derrumbó a mis pies en el momento en el que estábamos en el helicóptero y te vi. De verdad te vi.

No me detuve a recordar ese momento. Las cosas ya se me hacían lo bastante difíciles como para añadirle las sensaciones de ese día, por lo que proseguí.

—En ese instante supe que las cosas no iban a ser lo mismo para nosotros dos. Sin embargo, creí que me estaba adelantando a los hechos. No estaba seguro de nada. Necesitaba tomarme un tiempo, pensar. Pero al segundo en que estuve fuera del quirófano, metido en aquella habitación, al despertar y ver a Justine, en el momento en que ella mencionó tu nombre, la pesadilla cobró vida.

»Ella junto a Rise tuvieron que hacer de las suyas. Hasta el día de hoy no sé cómo ambos pudieron controlarme, dado a que ni yo mismo podía hacerlo —la imagen de aquel día fue la que traspasó mis barreras y se deslizó por mi mente, pero la sentía ajena, como su fuera otro Rush—. Lo que recuerdo, aunque distante, son los gritos, la rabia corriendo por mi sistema. Las ganas de acabar con todo, también. Sin embargo, todo lo que llegué a sentir desapareció en el momento en que Adalia entró por esa puerta —comprendí el por qué del resoplido casi inaudible que Arabella soltó, pero pasé de él. Necesitaba sacar todo de mi sistema y que ella entendiera—. Adalia solo pasó, y de repente, todo; cada sentimiento, cada pensamiento que tenía rondando en mi cabeza solo… se esfumó. Fue entonces que, contra todo pronóstico, vi la solución a mis problemas. Ahí fue donde entendí que no, no me había adelantado a nada. Alexey sí se había tomado la libertad de joderme mucho más allá de lo que creyó posible. Tomó a la única persona que me importaba lo suficiente para quemar el mundo, y la utilizó a su favor.

»Claro, también utilizó a mi familia, pero no los quemó tanto como lo hizo con el recuerdo tuyo —Arabella frunció el ceño, pero siguió sin interrumpir. Aún se mantenía atenta a cada palabra que salía de mi boca—. Había momentos en los que, al ver a Rise o escuchar a Mila reír por algo que alguien dijo, la grieta se abría. Esos gritos tuyos, los que quería enterrar en lo más profundo de mi mente, resurgían. Por eso, mi necesidad de estar al lado de Adalia se hizo mucho más fuerte cada vez.

Tuve que sentarme de nuevo en la cama para terminar de hablar. La cabeza estaba a nada de explotarme y mi cuerpo exigía que saliera de la habitación y le diera un descanso, pero no lo haría. Aún no.

Me froté la frente, tratando de reunir las fuerzas necesarias para seguir hablando.

—Creí que dejaría de necesitarla, princesa —continué, notando cuando Arabella movió los labios, como si intentara matarme con las palabras que iba a soltar—. A pesar de todo, te juro que pensé que dejaría de necesitarla, pero no pasó. Aunque su voz me irritaba, sus acciones no las soportaba y quería que esa maldita mujer estuviera lo más lejos posible de mí porque sabía lo que estaba haciendo, y tenía claro cuales eran sus intenciones, cada vez que intentaba alejarla, el suelo bajo mis pies se abría e intentaba tragarme.

»Las cosas continuaban complicándose cuando me percaté de que algo estaba pasando con ella —Arabella resopló—. No, princesa. Escúchame. Conozco a Adalia; su orgullo lo sobrepone ante todo. Siempre. Así que cuando le propuse… —mi voz se fue apagando, y callé de golpe.

Esa era otra parte que tenía que contarle, pero que no sabía cómo abordar sin que restara mucho más puntos con ella.

Pero Arabella no era estúpida. Ella ya había conectado los puntos. Sus ojos se entrecerraron, y supe que ya lo había entendido.

—¿Sí? —replicó, mordaz—. Continúa, imbécil. ¿Cuándo le propusiste que hiciera con nuestro vínculo lo que le viniera en gana, cuándo dejaste que me pasara por encima las veces que quiso y cuándo intentaste alejarme de ti usándola a ella, qué?

El nudo en mi garganta se hizo más fuerte, pero tragué en seco, maldiciendo internamente. No había forma de defenderme de eso. Pero tenía que seguir.

—El que Adalia aceptara mucho más rápido de lo que creí posible me hizo saber que había más ahí de lo que no me estaba contando. Y conociendo a su padre, estaba claro que las cosas que hacía conmigo tenían otro propósito. Uno tan grande como su orgullo —dejé escapar un resoplido, molesto, mientras mis dedos se apretaban contra las sábanas—. De ahí, sumar dos más dos se me hizo sencillo, pero tenía que estar seguro de ello. Entonces, no podía alejarla, no todavía. O al menos, no hasta que tuviera claro el juego que Blaz estaba jugando.

»No fue hasta que se tuvo la reunión con el consejo que estuve seguro de lo que Blaz tenía bajo la manga.

Al recordar ese día, una mueca involuntaria apareció en mi rostro. No solo el sabor amargo de la reunión en sí, sino también lo que vino después. En particular la noticia de la muerte de Kendall, que había llegado a mí pocas horas después de esa misma reunión.

De ahí en adelante, todo se desmoronó.

—Se lo dejé saber frente a todos los miembros, no le gustó, y desde casi ese mismo día, el apellido Schröder desapareció de mi mapa —tomé aire antes de continuar—. Entonces no, princesa. No solo estuve con Adalia para evitarte. Había otros propósitos escondidos ahí. Y sí, debí habértelo comunicado. O en todo caso, hacer que alguien te lo comunicara, pero… —negué con la cabeza—, compliqué las cosas mucho más de lo que me gustaría admitir, y lo siento. No me alcanzan las palabras para explicarte que tanto lo siento por eso, por todo. De verdad que no, princesa. Lo siento mucho.

Dicho eso, solo callé. La habitación se llenó de silencio luego de mis palabras. Ya no quedaba nada más que decir, ni justificaciones. Ya había explicado todo lo que tenía dentro.

Lo había dicho.

Todo.

No había casi ni un solo cabo suelto que no hubiese revelado, ninguna pieza que no hubiese encajado en este rompecabezas complicado entre nosotros.

Ahora, la pelota estaba en su campo.

Sería ella quien decidiera qué hacer con toda esta información. Si quería hablar conmigo. Si quería intentar arreglarlo. Y tal vez, solo tal vez, después de haber analizado todo lo que le dije, quisiera darme una oportunidad para pedir perdón, para intentar enmendar lo que había hecho mal.

Sabía que no iba a ser fácil. Lo tenía claro. Pero, de alguna manera, mantenía la esperanza. Era pequeña. Ligera. Casi inexistente, pero allí estaba. Algo por lo que aferrarme, por muy poco que fuera.

El silencio se prolongó un minuto exacto, y por primera vez en mucho tiempo, sentí como si algo pesado dejara mi pecho. Pasé los dedos por mis sienes, sintiendo la tensión irse. Respiré con más facilidad, como si, por fin, estuviera limpio de mentiras frente a ella.

Había sido una confesión difícil, pero significativa. Y aunque sabía que me quedaban muchas cagadas que limpiar, sentía un alivio por el hecho de haberme sincerado. Eso significaba mucho para mí, mucho más de lo que me atrevía a admitir en voz alta.

—Así que, ¿era eso? —levanté la cabeza para clavar mis ojos en ella cuando su tono perturbado me caló en la piel. La encontré arqueando las cejas, con su rostro contorsionado por la rabia creciente—. ¿Todo eso era lo que no me querías contar? ¿Era por eso que decidiste alejarme? ¿Que me hiciste sentir como la mierda por semanas? —continuó cuando entendió de que no tenía idea de lo que estaba hablando, logrando borrar el sentimiento de alivio previo de golpe—. ¿Por esto, Rush?

—Es…

No me dejó continuar. Rabiosa, encontró la manera de poner aún más distancia entre nosotros dos, clavándose en la pared más lejana del lugar.

—¡Eres un completo estúpido hijo de perra! —chilló, tomando y lanzando lo primero que encontró en mi dirección. Lo esquivé. Apenas. Consiguiendo que la pequeña maceta se estrellara contra la puerta—. ¡¿Por qué?! ¿Qué diablos fue lo te hizo creer que no iba a entenderte, que no iba a comprender cada cosa que me has dicho si eso era lo que necesitabas? ¡Pudiste hablarlo conmigo! ¡Pude haber comprendido todo, Rush!

—Ara…

—¡No! —gritó, y el volumen de su voz dejó en claro que estaba fuera de control.

Con una furia renovada, tomó otra maceta y la lanzó.

La esquivé también, y pude ver que eso solo la molestó el doble. Sus ojos, esos malditos ojos oscuros, estaban ardiendo. El fuego en su mirada era puro, crudo. Ahí solo podía entrever la rabia acumulada de días, semanas.

No podía culparla.

Lo que había hecho, todo este desastre, no tenía excusa.

—¡Pudiste haber tenido una sola conversación seria conmigo y te hubiese entendido, Rush! Si hubieses usado en todo este desastre el puto cerebro que empleas para cualquier maldita cosa que te convenga, lo hubieses notado. ¡Pero no! ¡No lo hiciste! ¡Y gracias a tu estupidez y a tu falta de cojones, hiciste esto todo mucho más grande de lo que debió haber sido!

—Princesa, estaba en el peor punto de mi maldita existencia —dije, con la voz quebrada, incapaz de articular una frase que tuviera la mínima esperanza de calmar la tempestad que ella había desatado—. Llegué a creer que no había solución para nada de esto, creí que…

—¡¿Qué, Rush!? ¡¿Qué otra mierda llegaste a creer?! —estalló, y su furia me golpeó como una ola, inundándome con su dolor—. Dime, imbécil, ¿¡dime qué mierda llegaste a pensar que sería una mejor opción que tan solo hablar conmigo!? ¡Semanas, Rush! ¡Semanas son las que llevas ignorándome y días fueron los que me pasé rogándote que te abrieras conmigo, dos veces pidiéndote que me contaras qué era lo que sucedía contigo porque sabía que estabas ocultándome cosas!

Todo lo que había hecho para evitarla, para evitar que nos hundiéramos más, parecía una estupidez comparado con el dolor que ahora llevaba en su voz. No había forma de contrarrestarlo. No había excusa que pudiera darle que no sonara vacía. Y aun así, seguía hablando, y cada palabra me desgarraba más de lo que ya lo hacía el simple hecho de verla tan perdida.

—E intenté entender por mi cuenta. Traté de ser comprensiva, te di tu espacio. Intenté callar, procuré evitar cada lágrima, cada mala mirada que pudiera mandarte al mismo infierno y me tragué mi orgullo. Me dije a mi misma que necesitabas tiempo, que no necesitabas de mí y que sabrías cuando buscarme. Pero no. En cambio, ¿qué fue lo que hiciste? Decidiste ocultarme todo, dejarme en las sombras e irte detrás de Adalia como un maldito cobarde. Optaste por darme la espalda, abandonarme, alejarme porque te resultó más fácil esconderte que darme la puta cara.

»¡Y como si eso no fuera el colmo, dejaste que Adalia barriera el piso conmigo al dejarla hacer y deshacer conmigo y con nuestra relación como le diera la gana! Y no te bastó con hacerlo una vez, sino que decidiste jugar al imbécil y dejar que repitiera el proceso una maldita vez más, Rush. ¡Y me jodió! ¿Sí lo entiendes? ¡Me jodió! ¡Cada vez que ella se hacía cargo de hacerme saber que podía tocarte, hablarte y quién sabe qué más, lo único que hizo fue joderme, lastimarme en lo más profundo! —tronó, sin siquiera derramar una sola lágrima. Todo lo que despotricaba lo decía con rabia. Sus palabras me estaban rompiendo mucho más de lo que ya lo estaba—. ¡Fue estúpido lo mucho que me dolió ver como ella era capaz de hacer lo que yo venía queriendo hacer contigo desde el maldito día que el psicópata de Alexey decidió jodernos aún más!

Cada puta palabra de su boca me alcanzaba de nuevo. Y aunque ya estaba del todo roto por todo lo que había hecho, escucharla con esa claridad, con esa rabia y ese dolor, era peor que cualquier otro golpe que pudiera recibir. No sabía cómo responderle. No sabía si lo que podía decir siquiera valdría la pena.

No pude decir una sola palabra. No podía defenderme. Mi respiración se aceleraba mientras la miraba, como si hubiera podido desaparecer de la habitación en ese instante, como si todo el dolor que había causado pudiera desaparecer también. Pero no, ella estaba ahí, con su rabia tan pura, tan real, que no dejaba lugar a excusas.

—Y ahora vienes, después de haber causado tal desastre, prometiendo cosas. Reclamando, soltando mierdas de las que no tienes derecho a decir, ¿y todo por qué, eh? ¿Piensas que al estar tan vuelta mierda por la muerte de mi mitad vas a poder hacer qué, Rush? ¿Desarmarme con la verdad? ¿Piensas que volveré a ti otra vez porque tan solo ahora sí tienes las malditas pelotas de abrirte conmigo?

Otra vez, no había una maldita respuesta. Estaba demasiado ocupado en las ruinas que había dejado a su paso para pensar en lo que ella esperaba de mí. No tenía derecho a nada. Tan solo la observé, sin poder moverme, sin poder decir nada más. No había nada que pudiera decirle para borrar cada día en que la hice sufrir, no había palabra para rebatirle cada oración dicha con toda la razón del mundo.

—Sí —siseó, incrementando aún más su rabia—. Eso pensé. Suponer fue tu primer error, Rush —espetó, lanzando el primer paso hacia mí con una lentitud calculadora.

No me moví, no me alejé.

Ya no tenía fuerzas para hacerlo, ya no tenía ganas de esquivarla.

Si lo que quería era meterme un jodido tiro por haber sido un idiota con ella desde hacía días, iba a dejarla. Si lo que quería era hacerme sufrir, hacer que pagara por lo que había hecho, sabía que lo merecía.

Dios sabía qué tanto lo merecía

—Pensar que no comprendería nada de lo que me hubieses dicho fue el segundo —dio tres pasos más, y su proximidad me hizo tragar saliva—. Y el tercero, maldito hijo de perra, fue llegar a aceptar que, por estar en tu “peor punto”, no había solución para nuestra relación cuando aún yo, en mis peores momentos, todo lo que quería era traerte de vuelta —concluyó, a unos escasos metros de mí.

El peso de sus palabras cayó sobre mí, pero era su cercanía la que me estaba destrozando. A unos escasos centímetros, ella me miraba fijamente, y en su mirada vi algo que jamás quise ver: nada.

Aquel vacío era peor que cualquier otro tipo de dolor que pudiera sentir. Era como si ya no hubiera algo de ella en esos ojos oscuros que tanto conocía. Como si, al final, el fuego que había consumido nuestra relación se hubiera apagado por completo.

No había odio.

No había rabia.

Y eso me asustó.

Esos ojos que habían reflejado tanto dolor, tanta ira, ahora estaban vacíos. Si no había nada ahí, era porque entonces ya había perdido. Ya era demasiado tarde para que pudiera perdonarme, para que pudiera recibirme de nuevo.

«Ella me había dejado atrás».

El solo pensarlo me hizo sentir como si todo mi cuerpo se estuviera desmoronando. El latido de mi corazón se aceleró, y podía sentir que me ahogaba en esa mirada que ya no me decía nada. Si me había perdido de esa forma, si ya no quedaba nada en ella, entonces era demasiado tarde.

Sin embargo, no podía aceptar que todo hubiera terminado. No podía rendirme. No iba a rendirme.

Permanecí allí, estático, sin saber qué hacer, pero con la certeza de que no podía dejar que todo se desvaneciera de esa manera. Ni ella, ni yo, ni todo lo que habíamos sido. No importaba lo que me dijera, lo que hiciera, no me iba a rendir.

Para mí, verla darse media vuelta y dejarme no me era factible.

—Princesa, escúchame.

—¿Para qué, Rush? ¿Para qué? ¿Para que vuelvas a suponer qué es lo mejor para mí cuando no tienes ni puta idea de qué es lo correcto para ti mismo? ¡No! —tronó, enojada. Dolida—. ¡Empieza a entender que estar roto no te da derecho a romper! ¡Qué, a veces, un maldito “lo siento” no arregla las jodidas cosas, Rush! ¡Menos un “princesa” que ahora no mueve una mierda en mí!

Su voz se quebró al final, pero no se detuvo. Se apartó un paso, pero no se alejó lo suficiente. Pude ver cómo la distancia entre nosotros aumentaba con cada palabra, con cada pedazo de dolor que me lanzaba al rostro. Aun así, me quedé ahí, parado, tragándome cada uno de sus reproches, sabiendo que los merecía todos.

—¡Dijiste que ibas a atraparme! ¡Dijiste que ibas a estar ahí y cómo idiota, cómo estúpida y pendeja, volví a caer!

Su voz, tan quebrada y llena de rabia, me atravesó. No tenía excusas. Sabía lo que estaba haciendo. La había fallado una y otra vez, y a pesar de todo, ella seguía aquí, aferrándose a algo que ni siquiera yo podía comprender en ese momento. Pero entonces, sus palabras fueron como un disparo directo a mi pecho, y no pude evitar interrumpirla.

—Sabías que…

—¡Sé cómo estabas! —me cortó, su voz temblando de furia, pero también de una tristeza desgarradora—, ¡ahora lo sé! ¡Comprendo lo jodido que estabas, entiendo lo mal que te encuentras y preveo toda la mierda que vas a decirme, ¿pero sabes qué más sé?! —no respondí, solo la miré—. ¡También sé que en el momento que decidiste hablarme, que decidiste volver a enfrentarme, que decidiste dejar ser un maldito cobarde y tener cojones no fue por cualquier mierda que hayas hablado con Dios! No fue porque una luz divina bajó y te iluminó el camino. ¡No! —volvió a dar pasos seguros hacia mí y golpeó mi pecho con su índice, sin apartar la mirada de mis ojos y masculló—: Fue por celos. Por jodidos celos. Porque viste en el momento exacto en dónde las cosas cambiaron para Riden, dónde las cosas dieron un significado más grande de lo que tú esperabas, y como detestas sentirte excluido, diste un paso al frente y hablaste.

Sus palabras me quemaron, pero, irónicamente, el fuego que me causaron se desvaneció tan rápido como llegó. ¿Qué se suponía que le contestaría? “¿No, eso no fue así?”. No podía. No podía negarlo. No podía tan solo soltarle que no era así, porque en el fondo, tenía razón. Había hablado con base.

Sí, la conversación con Rise me impulsó a acercarme, pero lo que me impulsó a hacer este maldito viaje hacia ella no fue solo eso. Lo que me convenció de mandar todo a la mierda fueron las acciones que mi hermano menor inició.

Tan solo por eso, me tragué las excusas que tenía para soltarle y mascullé:

—Lo siento, princesa.

Arabella, exasperada, negó con la cabeza y se apartó de mi cara sin darme la espalda. La distancia entre nosotros se hizo más palpable, y mi corazón golpeó más fuerte, como si estuviera siendo aplastado bajo el peso de mis propias palabras.

—¡¿Y crees, de verdad crees, que eso me sirve de algo?! ¿Qué después de tanto, de tanto, Rush, tus disculpas me sirven para algo?

No. Sabía que no. Sabía que un “lo siento” no bastaba. Lo entendía, aunque eso no me hacía dejar de intentarlo. No podía estar aquí y no decir nada, no podía quedarme callado mientras todo se desmoronaba. Así como tampoco podía estar recorriendo cada pasillo del búnker, cada sala, cada cuarto, sintiendo como si estuviera dejando que alguien más ocupara el puesto que por ley era mío cada vez que decidía colocar un metro más de distancia entre nosotros.

No podía.

No podía permitirme estar lejos de ella, no podía permitir que el amor de mi vida, la mujer que amaba, se fuera de mi lado por falta de mis acciones.

Entonces… actué por inercia. No pensé, solo lo hice. Desenfundé el arma que llevaba guardada en la parte baja de mi espalda y la dejé en el suelo con un sonido sordo, para luego, con la punta del pie, deslizarla hacia los pies de Arabella.

Después, contra todo lo que esperaba hacer en mi vida, caí de rodillas ante ella. No porque quisiera su lástima, ni porque me importara parecer un idiota. No. Caí así porque necesitaba que entendiera que estaba dispuesto a hacer todo, lo que fuera, para que me perdonara.

Arabella quizás no lo sabía, o quizás sí, pero tenía control total sobre mí. Desde aquel primer encuentro en la terraza de aquella maldita fiesta, supe que me tendría comiendo de la palma de su mano sin siquiera intentarlo. Y aquí estaba, de rodillas ante ella, sin ningún atisbo de vergüenza ni de arrepentimiento por lo que estaba haciendo, porque en este momento, era lo único que podía ofrecerle.

Con solo una mirada, ella podía tenerme por completo. Y si era necesario, me quedaría aquí, de rodillas, clamando por su perdón hasta que lo obtuviera. No me importaba el tiempo que tomara: días, noches, semanas, años… lo que fuera. No me levantaría hasta que me perdonara. Y mientras tanto, me quedaría ahí, avergonzado por mis acciones, por mis decisiones, por no haber sido el hombre que ella necesitó en su momento. No luché lo suficiente, no la protegí como debía, no estuve cuando me necesitó, y eso me quemaba por dentro.

Haría cualquier cosa por redimirme. Aceptaría cualquier orden y la cumpliría sin titubear. No me importaba lo que costara, no me importaba cuán humillado fuera. Pero lo que sí sabía, lo que sentía en cada fibra de mi ser, era que, una vez que tuviera su perdón de vuelta, no habría infierno que me hiciera repetir todo lo que había hecho. No volvería a dejar que se alejara de mí, ni siquiera un paso. No dejaría que nada ni nadie estuviera por encima de ella, ni siquiera mi propio orgullo.

—Dispárame.

El brillo de shock que destelló en sus ojos fue como un golpe directo. Arabella intentó mantener la calma, pero la tensión en su rostro era imposible de ocultar. A pesar de su frialdad, vi el destello de confusión, pero lo ocultó rápido, como si su enojo le diera fuerza para no ceder.

—Levántate, Rush —replicó, entre dientes con el tono de quien ya está al borde de la exasperación—. Déjate de estupideces y levántate.

No lo hice. No me moví ni un centímetro. En cambio, me aseguré de mirarla profundamente a los ojos, con una intensidad que trataba de comunicarle todo lo que sentía. Porque no solo estaba pidiendo perdón; estaba suplicando por una oportunidad para volver a ser el hombre que ella necesitaba, el hombre que merecía.

No había un solo pensamiento en mi mente más que ella, y no iba a levantarme hasta que me entendiera. Lo que fuera que ella quisiera darme, lo tomaría. Cualquier cosa. Todo menos el que quisiera dejarme por la sencilla razón de que mi vida carecería de sentido si no estaba la mujer de mi existencia en ella.

—Ódiame, princesa. Adelante. Detéstame, aborréceme, dame el trato más frío que tengas —dije con firmeza—. Mátame. Dispárame si es lo que quieres, desquítate todo lo que quieras conmigo, pero no me dejes. No puedo… —la palabra se me atascó en la garganta, y tuve que tragar con fuerza, intentando controlar la opresión en mi pecho—. Mi vida no tiene sentido alguno si tú no estás en ella, Arabella. De nada me sirve tener el poder por el que estamos peleando, de nada me sirve siquiera observar futuro alguno si tú no estás conmigo.

El nudo en mi garganta se hacía más grande, y mis palabras parecían perderse en el aire, ahogadas por la urgencia de mis emociones.

—Así que si quieres evitar que vaya detrás de ti, que luche por la pequeña posibilidad de tal vez, solo tal vez, volver a tenerte a mi lado, te saldría mejor que me metieras un tiro de una buena vez, princesa, porque te seguiría hasta el fin del mundo. Te pertenezco, Arabella, y así como te pertenezco, tú también me perteneces, lo quieras o no. Puedo soportar cualquier cosa que me quieras dar. Lo que sea. La distancia, el odio, la rabia. Puedo con eso. Lidiaría con ello. Pero no me dejes. Eso no lo soportaría.

Ella me miró con ojos entrecerrados, pero en su mirada había algo más allá del desprecio… y me aferré a eso con toda la fuerza que disponía.

—Rush.

—No, Arabella. No puedo. Y así como no puedo con eso, mucho menos si llegas a pedirme que no vaya detrás de ti, si lo que quieres es alejarte de mí, porque no lo haré. Te amo. Eres mi vida, la pieza que necesitaba para que mi existencia tuviera sentido. No puedo vivir sin eso, sin ti.

—Rush…

—Dámelo, princesa. Hazlo. Puedo soportarlo —insistí—. El maldito mundo puede caerme encima en este instante, la guerra puedo perderla, puedo renunciar a todo, incluso. Pero no a ti. Nunca a ti.

»Ya sé lo que se siente no tenerte y no puedo volver a pasar por eso. Te dejé ir demasiadas veces, te lastimé mucho más de lo creí posible, y lo acepto. Admito que soy un bastardo estúpido y orgulloso, que la cagué en demasiados aspectos, pero no por eso voy a rendirme contigo, con nosotros. No por eso voy a renunciar al amor de mi vida.

Cada palabra me pesaba como un yunque, pero necesitaba que lo entendiera. Ya lo sabía. De verdad sabía lo que era perderla, lo que era sentir ese vacío en el pecho al no tenerla, y no podía volver a pasar por eso. No podía.

—Puede que tú no lo desees, pero esto ya no se basa en lo que tú quieras, sino en lo que yo necesito —dijo ella, sin titubear, con una firmeza que no hacía más que destrozarme un poco más—. Y justo ahora, lo que necesito es espacio. De ti, de tus palabras, de las sensaciones que me produces. No estoy para esto, Rush. No justo ahora. Te tengo el suficiente rencor para odiarte después de mandarte a la mierda, Rush. No hagas que te lo demuestre.

Joder. Sus palabras dolían. Demasiado. Sin embargo, mi reacción fue inmediata, y a pesar de toda mi agonía, traté de mantenerme firme.

—Comprendo que nada de lo que elijas se basaría en mis necesidades, princesa, pero por favor, no me hagas esto —imploré, la voz rota, el corazón en la garganta—. No puedo vivir sin ti, Arabella. No soy capaz. Sé que no lo soy. Conozco mis límites y estar sin ti no es uno que pueda rebasar.

Mis ojos no dejaban de buscar los suyos, tratando de encontrar algo, cualquier rastro que me indicara que aún había una posibilidad. Que no todo estaba perdido. Pero ella me miraba, insegura, molesta, quebrada. La duda en su rostro me destrozó más de lo que imaginé.

—Rush… No… Yo… —sacudió su cabeza—. No lo sé… No puedo… Esto no creo que pueda volver a hacerlo.

Su inseguridad me atravesó como una flecha afilada. El dolor de verla tan rota, tan perdida, me hizo casi imposible respirar. Pero no iba a rendirme. No iba a dejarla ir tan fácilmente. Ella era mi todo. La mujer que amaba. No iba a permitir que el universo o las consecuencias de mis errores me la arrebataran.

Sin pensarlo, sin detenerme a analizar mis acciones, actué. Con rapidez me levanté, rodeé su cintura con mis brazos y la pegué contra mí, mis labios buscando los suyos con una urgencia desesperada. Necesitaba sentirla, necesitaba que sintiera lo que yo sentía. Saboreé el contacto de su boca, ese nirvana que me hacía olvidarme de todo lo demás.

Su boca no se movió los siguientes segundos que pasé aplastando mis labios contra los suyos, pero se rindió al momento de volver a tomarla, luego de repartir pequeños y ligeros besos por todo su rostro.

—No lo hagas —suplicó en un susurro roto, descansando su frente contra mi boca—. Por favor, Rush. No lo hagas. No lo soportaré. Te juro que no voy a ser capaz aguantar otra ronda de lo mismo. No me hagas creer que vas a estar para después irte, porque te juro que no iré detrás de ti y no aceptaré otra ridícula disculpa que no me va a asegurar una mierda.

Sus palabras me destrozaron. La desesperación en su voz, el dolor de su corazón roto, lo sentí como una carga pesada sobre mí. Y entonces, lo entendí. Supe que lo que estaba diciendo no era solo un rechazo hacia mí, era un rechazo a todo lo que le había hecho pasar. A todo lo que había dejado que sucediera.

Y me estaba matando.

—Tengo demasiado ahora. Demasiado, Rush. Demasiado para sostenerlo, para tratar de enfrentarlo. Siento como cedí ante todo y me rompí, hasta dejarme en pedazos que apenas consigo juntar. Así es como estoy ahora, Rush. Por esta razón… te suplico, te imploro, que no me termines de hacer polvo.

Apreté la mandíbula, furioso conmigo mismo por haberla empujado para que llegase a tal punto. Quise borrarlo todo. Cada maldita acción que la había llevado a ese punto. Si pudiera, borraría cada una de mis decisiones erradas, cada momento en que la dejé ir, cada herida que le causé. Me odiaba por haberla hecho sentir así. Pero no podía cambiarlo. No podía hacer que todo volviera atrás.

Todo lo que podía hacer era intentar enmendarlo ahora.

Podía intentar redimirme, luchar contra mi mierda, hacer lo que fuera necesario. Incluso, si era posible, mandar a vaciar cada frasco de Triade Nera que se pudiera inyectarme si con eso significaba no volver a separarme ni un segundo más de la mujer de mi vida.

Con esa única idea en la mente, decidí que no podía esperar más. Tomé su barbilla con firmeza y la obligué a mirarme. Lo que vi en sus ojos me destrozó aún más que cualquier palabra que pudiera decir. Sus orbes oscuros, vidriosos de tanta tristeza y tantas ganas de llorar, me golpearon con una fuerza que me dejó sin aliento.

—Entiendo tu falta de fe, princesa. También sé que me odias, sé lo mucho que te lastimé y sé que te herí hace menos de una hora, mi amor —musité cerca de sus labios, mi voz quebrándose un poco—. Pero créeme, por favor, créeme cuando te digo que mi intención nunca fue lastimarte. En mi cabeza las cosas funcionaban de manera distinta. Creí que podía protegerte y ahorrarte todo lo que te causé, pero lo jodí. Lo mínimo que quería era hacerte daño, pero lo hice igual. Cuando creí que podía con todo, que podía resolver toda mi mierda y estar a tu lado, las cosas… —suspiré y negué con la cabeza—, las cosas salieron de otra manera, y fue mi culpa. Justo por eso, por confiar en que podía evitarte todo este sufrimiento, por ocultarte las cosas es que la cagué.

Ella me miró, esa rabia y dolor en sus ojos me hizo querer deshacerme de todo. Sus palabras, aunque llenas de acusación, eran las mismas que me venían retumbando en la cabeza una y otra vez.

—Pudiste hablar conmigo, Rush. Pude haberlo entendido todo si tan solo te hubieses sentado a hablar conmigo.

—Lo sé, princesa. Ahora lo sé —mascullé, con voz ahogada al verme reflejado en sus ojos preciosos, pero rotos y llenos de dolor—. Dejé que mi orgullo se interpusiera entre nosotros y luego… luego dejé que el miedo se apoderara de mí, haciendo que cada acción mía cada vez tuviera peores repercusiones en ti.

—¿El miedo? —repitió, con su voz tan baja como la mía.

Asentí, luchando por mantener la compostura.

—Junto a la vergüenza —añadí. Arabella frunció el ceño, no entendiendo por dónde iba—. Cuando prohibí tu entrada a la habitación del área médica, princesa… me partió en dos. Lo que más quería era verte una vez más, abrazarte, asegurarme de que sí eras real, que de verdad estaba a salvo, de que estabas conmigo. Que por fin estabas conmigo. Pero lo que pasó en el helicóptero me golpeó tan fuerte, fue tan brutal el impacto, que tomé decisiones en automático. Cuando intenté reaccionar, ya era demasiado tarde. Te había hecho tanto daño, te había roto tanto, que se me hacía imposible siquiera poder verte a la cara.

»Te alejé porque pensé que estaba haciendo lo mejor para ti, porque el miedo me había devorado al darme cuenta de que no había nada que pudiera solucionar mi propio infierno. Dejé que la vergüenza se apoderara de mí cuando vi cómo mis acciones te habían afectado, y me quedé ahí, inmóvil, mirando qué tanto todo te había hecho daño.

Fue entonces cuando ella asintió con cuidado, procesando lo que le había dicho. Luego, habló, su voz temblando de esa mezcla de amargura y frustración.

—Estoy tratando de colocarme en tus zapatos para entender cada aspecto de lo que me acabas de decir, y no me es difícil comprender por todo lo que has pasado, Rush. Pero, ¿qué te costaba hacer lo mismo por mí? ¿Por qué te costó tanto tratar de suponer las cosas correctas? —arrastró un suspiro pesado, casi cansada—. ¿Por qué te tomó tanto tiempo venir a mí, sabiendo que, de todas las personas que tienes en tu círculo, a mí jamás me saldría una palabra para juzgarte? Estoy segura de haberte demostrado cuánto te amaba, lo enamorada que estaba de ti, Rush.

La sacudida fue tan intensa que me dejó sin aire, como si el suelo bajo mis pies se desplomara sin previo aviso.

El que me diera a entender que sus sentimientos por mí habían cambiado…

Ella…, yo… No.

No podía perderla. No, no podía…

Ella no podía dejar de amarme, no de esa manera, no así.

—¿Estabas? —logré preguntar, mi voz quebrada, casi como si cayera en el vacío que ella había abierto entre nosotros.

La angustia me ahogaba, el miedo a perderla era tan grande que me sentía como si el mundo entero estuviera desmoronándose a mi alrededor.

Los segundos que pasaron hasta que ella volviera a hablar fueron una tortura interminable. Mi corazón parecía querer escapárseme del pecho, mis manos sudaban y el dolor en el tórax era tan intenso que me costaba respirar. Dolía tanto que sentía que me asfixiaba.

¿Qué pasaría si ya estaba lista para irse? ¿Qué mierda quedaría de mí si ella decidía dejarme, sin mirar atrás, sin pensar en lo que habíamos sido? No podía imaginar mi vida sin ella, no podía. Y, sin embargo, ¿qué diablos iba a hacer conmigo mismo si la mujer de mi maldita vida había tomado la decisión que nunca en mi vida, desde que la conocí, había considerado posible de cumplir?

—Estoy —susurró al fin, con esa suavidad que me destruyó. Mi corazón dejó de latir por un segundo, para luego volver a golpear mi pecho con fuerza—. Estoy, Rush. Te amo, estoy enamorada de ti, ¿pero eso de qué me sirve ahora? ¿Qué me asegura que no vas a hacer lo mismo consciente o inconscientemente? No puedo, Rush. Te juro que no puedo.

Las manos me temblaban, mis pensamientos se amontonaban y, por un momento, el miedo me paralizó. Sabía que tenía que hacer algo, que no podía quedarme de brazos cruzados. No podía dejar que todo se viniera abajo, no sin luchar.

—Dame la oportunidad de demostrarte lo contrario, princesa —supliqué con rapidez, persiguiendo el destello de esperanza que la vida me estaba dando.

Ella entrecerró los ojos, desconfiada, y vi que trataba de negar, de apartarme.

Pero no la dejé.

Me acerqué y deposité un beso fugaz en su coronilla, lo suficiente para recuperar algo de mi coraje y enfrentarla de nuevo.

—¿No te sirven mis palabras? Está bien, mi amor, lo entiendo. No te voy a pedir que me creas tampoco. En su lugar, dame la oportunidad de demostrarte con actos que nada de lo que pasó volverá a ocurrir. Que si la vida me pone dos caminos, siempre elegiré el que te tenga a ti. Por favor, déjame demostrártelo, princesa. Es lo único que te pido.

Ella titubeó, y pude ver cómo luchaba contra sus emociones.

—Rush…

—Una sola oportunidad, Arabella —rogué, dejando que la desesperación se filtrara en mi voz—. Si no funciona, si vuelvo a herirte, por más pequeña que sea la causa, te juro que yo mismo daré el primer paso y me alejaré de ti. Te daré todo el espacio que quieras, y no volverás a saber de mí ni de mi familia si eso es lo que deseas, pero por favor…

Arabella se aseguró de que su cara reflejara la renuencia que sentía por los siguientes seiscientos dos segundos. A los seiscientos diez, su respuesta llegó, rompiendo el nudo en mi garganta y devolviendo algo de aire a mis pulmones. Mis ojos picaron con tantas emociones, acribillándome el corazón al momento en que ella me miró, y sentí que todo mi ser respiraba de nuevo.

«Dios, si me escuchas, jodidamente gracias. Gracias, maldita sea».

—Joder, princesa —mascullé, dejando que todo el peso de mis emociones se soltara. Corté los centímetros que me alejaban de ella, y la abracé con tanta fuerza que parecía que no quería soltarla nunca—. Gracias. Mierda, muchas gracias. No te vas a arrepentir. Te prometo que…

Pero ella me interrumpió. Se separó de mí con rapidez, y sus manos se posaron sobre mis labios, deteniéndome. Me miró con seriedad junto a una mezcla de emociones que no supe leer bien.

—Basta de promesas, de palabras carentes de sentido. No las quiero, ya no.

El cómo su tono de voz cambió y el cómo sus ojos brillaron con algo que sí logré comprender me acuchilló el corazón mientras entrecerraba los ojos. Besé sus manos con suavidad, y las quité de mi rostro, entrelazando sus dedos con los míos.

—No confías en mí.

No era una pregunta. Su postura, su mirada, y el hecho de que no hubiese rechazado la idea de golpe la delataban. Y en ese instante, me odié mucho más de lo que me había odiado en toda mi puta vida.

La había roto.

La había lastimado más allá de los límites imperdonables, y aunque me estaba dando una oportunidad más a pesar de que no la mereciera, dañarla así tenía sus consecuencias.

Que, por su parte, el vínculo de confianza se hubiese roto era una de ellas. Todo lo que había hecho, las suposiciones estúpidas, las mentiras, todo tenía consecuencias, y yo… las estaba comenzando a pagar.

—No —aceptó, apretando mis manos con más fuerza—. Sin embargo, eso no quiere decir que nunca lo haga de nuevo —suspiré, dejando que toda la frustración que sentía saliera de mí, pero nunca culpándola. Jamás echándole la culpa de los errores que yo había cometido. Todo lo que me quedaba era aceptar mi culpa y esperar que, tal vez, algún día, las piezas encajaran de nuevo—. Me lastimaste, Rush. Mucho.

Torcí el gesto.

—Lo sé.

—Las cosas no van a volver a ser las mismas.

—Estoy consciente.

—Tenemos un camino largo y arduo por recorrer si lo que queremos es mejorar esto.

—Lo tengo claro.

—Puede que no sea fácil —continuó con voz clara, mordiendo su labio inferior, lo que me hizo perderme en esa pequeña acción por unos segundos. Pasé las manos por su cintura, empezando a cortar la diminuta brecha entre ambos cuando parpadeé—. Incluso, puede que te deje saber lo mucho que te detesté por ser un hijo de perra imbécil, carente de sentido común por mucho más tiempo de lo que creí posible.

—No esperaba menos —musité, atrapado por su labio, observando cómo un pequeño diente lo sostenía mientras la tentación me consumía.

No me quedé con las ganas.

Pasé el pulgar por ese lugar, y una sonrisa involuntaria se formó en mi rostro.

—Rush…

El tono de advertencia que acompañó mi nombre me hizo levantar la vista lo suficiente para perderme en su mirada bañada en lujuria que estaba haciendo lo posible para vencer el pequeño campo de renuencia con el que ella estaba batallando.

No debería estar tomando ese curso disponible. Pero, jodánme, tenía muchas razones para saltarme unos cuantos escalones. Una de ellas era que la había extrañado como un maldito desquiciado. Y otra, mucho más urgente, era que no sabía cuánto tiempo me quedaba antes de que la maldita droga dejara de hacer efecto. Así que sí, jodánme si lo que quería era perderme en ella, escuchando cada uno de los sonidos que salían de sus labios.

Y jodánme si ella no quería la misma atención que yo me moría por darle.

—No será fácil —repitió al momento de contar con mi enfoque.

Me acerqué con lentitud, dejando un leve beso en la comisura izquierda de su boca, dejando que la suavidad de su piel se quedara en mis labios un instante más.

—Pero no imposible —susurré contra su boca.

—Pero no imposible —repitió en un hilo de voz, su aliento batiendo contra el mío, y vi cómo sus ojos se fijaban en los míos.

Sonreí cuando vislumbré el momento exacto donde el deseo venció su renuencia y actué de nuevo. El que ella cediera ante mí, deshaciéndose en mis brazos en el momento en que mi boca acaparó la suya en un beso necesitado, violento y frenético, reclamándonos el uno al otro, tal y como los viejos tiempos, hizo que mi cabeza sufriera algún tipo de cortocircuito.

Puedo jurar que no quería que las cosas tomaran ese camino con tal velocidad. La verdad quería aprovechar de hablar con ella, saber cómo se sentía, escucharla, estar ahí tanto como había querido desde que pisé el búnker. Sin embargo, mi subconsciente tenía otra cosa en mente, por lo que mis pensamientos se silenciaron de golpe, y en un abrir y cerrar de ojos ya no estábamos de pie en medio de la habitación.

Estábamos en la cama, sin ninguna barrera entre nosotros, consumiéndonos como debimos haber hecho al momento de vernos después de haber sufrido tanta mierda.

Mis manos recorrieron su cuerpo con ansias. Me centré en arrancarle gemidos tras gemidos porque cansarme de aquellos sonidos no me era una opción. Besé, chupé y mordí hasta perderme en las melodías que mi mujer creaba solo para mis oídos. Versos y gimoteos acompañaron a esas melodías cuando mi lengua encontró su camino al maldito nirvana que ella nunca dejó de ser.

—Maldito. Pedazo. De cielo —gruñí contra su coño más que empapado, gozando la bienvenida que este me daba y que soñé tener desde que me permití verla después de que llegué al maldito búnker—. Joder, princesa.

—Rush, no. Espera… —con todo el dolor en mi polla, de inmediato, cesé mis acciones, buscando sus ojos con la mirada. Pero, gracias al gruñido de inconformidad que soltó, tan solo sonreí y volví a mi trabajo—. Mierda. Rush, joder —gimió, restregándome mi pedazo de cielo en la cara—. Oh… Por favor, Rush. Por favor… Necesito…

—¿Qué, princesa? —saqué la cabeza de entre sus piernas nada más para dejarle un camino de besos en su vientre cálido y terso, mientras metía dos dedos en su entrada de golpe, arrancándole un grito. Mi polla se hinchó aún más cuando el interior de su coño atrapó mis dedos y se contrajo en ellos, abrazándolos con fuerza—. ¿Qué es lo que necesitas?

No respondió. Mi necesitada y excitada princesa se dio la tarea de moverse de arriba abajo, cabalgando mis dedos, soltando varias maldiciones en el proceso. Por primera vez, a pesar de todas las ganas que tenía de escucharla rogar, dejé que hiciera lo que le viniera en gana, ayudándola incluso a alcanzar lo que quería.

Claro que… las ganas de divertirme en el proceso no me las quitó nadie.

Con la cabeza entre sus piernas, volví a rozarle el hinchado clítoris con los dientes antes de chuparlo. Otro grito estridente abandonó sus labios y mi polla exigió atención, pero no. Ignoré lo que yo quería y me concentré en lo que ella necesitaba.

Repetí mis acciones. Entre eso y los dedos que le estaba enterrando, ella estaba chorreando hasta los muslos. Gimió cuando lamí cada gota derramada en ellos como un jodido hombre que no se había alimentado en años.

«Maldita sea ella y la facilidad con la que me tiene a sus pies», pensé, perdiéndome en el sabor y la textura del coño que había extrañado como un puto psicópata trastornado.

Arabella deslizó sus dedos por mi cabello, jalándolo con movimientos frenéticos, desesperados, y sus gritos iban escalando a medida que no dejaba un espacio sin devorar.

Así como cabalgaba mis dedos, montó mi cara, extasiada, hasta que no aguantó. Mordí su clítoris lo suficiente para que se arqueara en la cama y le metí los dedos más profundamente, arrastrándolos fuera y dentro con más rapidez. Mi princesa sacudió la habitación con un grito agudo y varias palabras que no logré entender debido a la rapidez con las que las balbuceó al correrse.

Lamí y bebí cada atisbo de fluido que derramó sobre mi cara, con mi polla a nada de reventar por cada sollozo y temblor que extraía de ella. Cuando no hubo más nada que lamer, no perdí tiempo en clavarme de una estocada salvaje en mi maldito pedazo de cielo, quien me recibió gustosa, exprimiendo mi verga con esmero.

—Mi turno —dije entre un gruñido, prendiéndome en las tetas que se cargaba y echaba de menos.

Era una puta delicia sentir como, después de haber dejado su coño seco por beberme hasta la última gota de su orgasmo, su vagina aún se dilataba, acomodándose a mi tamaño. Llegué a pensar que después de tantas folladas salvajes, mi princesa estaba más que acostumbrada a mí, pero me alegré de que no fuera así. De que ella aún tuviera que gritar que parara para que pudiera tomar todo de mí con más calma.

—Hoy no, princesa —dije entre dientes, inclinándome a morder aquellos pezones como piedras debido a su excitación mientras salía del cielo y volvía a entrar—. Hoy no va a haber tiempo de que te acostumbres. Hoy vas a ser una buena chica y abrirás aún más esas piernas para que pueda enterrarme en ti hasta que lo único que recuerdes al día siguiente sea cómo te corriste sobre mi polla todas las veces que te lo permití.

—Maldito hijo de perra ego…

De un movimiento, su culo terminó chocando contra mi pelvis y su cara enterrada en las almohadas, amortiguando lo que sea que iba a decirme. Tampoco esperé a que su lengua viperina volviera a repetirlo. Deslicé la polla fuera hasta que solo quedó la punta dentro, y volví a perderme en ella otra vez. Y otra. Y otra vez más.

Estaba caliente. Húmedo. Estrecho. Malditamente estrecho.

Establecí un ritmo rápido, profundo y brutal, estrellándole cada centímetro de mí, haciendo que su culo chocara con mis testículos con ímpetu y sus gemidos se convirtieran en gritos aún más agudos.

—Oh, maldita sea —gimió mi princesa, arqueándose una vez más contra mí—. Rush… ¡Sí!

—Así, princesa. Así —gemí en respuesta, perdido en cómo sus pechos le rebotaban con cada arremetida y sus caderas marcadas por mi agarre brusco. La imagen estuvo a punto de hacerme explotar.

Aferré mi agarre en sus caderas aún más. No. Aún no.

Llegados a ese punto, yo ya no era un hombre. No. Era algo más primitivo, algo oscuro, algo que ella misma había despertado con cada grito, con cada jadeo. Había cruzado esa línea donde el control se desvanecía para dar paso a un impulso visceral, salvaje, insaciable. Lo único que me guiaba era la necesidad de reclamar lo que me pertenecía, de marcar cada centímetro de su cuerpo hasta que no quedara ni un rincón que no llevara mi sello, hasta que incluso el aire que respirara tuviera mi nombre grabado.

Ella no entendía. No comprendía que pese al miedo que aun me apretaba la garganta por lo cerca que estuve de perderla para siempre, su cuerpo, su piel, su aliento… todo era mío.

Siempre lo había sido.

Y el que ella tuviera el descaro de desafiarme, de pretender que podía ser tocada por otros, que podía existir en un mundo donde no fuera del todo mía… La idea por sí sola era un veneno que me corroía desde dentro, alimentando un fuego tan intenso que amenazaba con consumirnos a ambos.

Mi mirada recorrió su figura sudada, devorándola, quemándola con una intensidad que ni siquiera sus palabras podrían apagar. Cada curva, cada imperfección que ella creía tener, cada centímetro de su cuerpo me gritaba que la tomara, que la rompiera. Que volviera a reclamar lo que era mío sin pedir permiso porque necesitaba entender a quién le pertenecía.

Y lo hice.

Al ver la visión de Arabella destrozada, tal y como debía estar, era un maldito arte que solo yo podía esculpir. Su exquisito cabello desordenado, su rostro hundido en las almohadas, su piel caramelo brillante de sudor, ardiente de la excitación que yo había provocado… Era la imagen perfecta de mi control absoluto, y el hambre que despertaba en mí era insoportable.

No lo dudé. Tomé su cabello en un puño firme, sintiendo cómo se enredaba entre mis dedos mientras ella soltaba un gemido entrecortado. De un tirón, levanté su rostro, obligándola a mostrarme lo que me pertenecía, a rendirse más allá de lo que ya había hecho. Sus labios estaban entreabiertos, sus ojos medio cerrados, y eso solo avivó el fuego dentro de mí.

Arrastré mi boca desde su cuello, sintiendo cómo su respiración se aceleraba contra mi piel, hasta alcanzar su oído. Mi voz salió baja, oscura, desbordando deseo en cada palabra al susurrarle lo que quería:

—Déjate ir, printsessa. Córrete otra vez para mí.

Me clavé en ella con la arremetida más brusca hasta ahora, y no tuve que esperar más para que estallara, con la boca abierta en un gemido inaudible mientras que las paredes de su coño me estrujaban la verga.

Dejé ir el cabello de Arabella al desplomarse sobre el colchón, su cuerpo inerte y tembloroso, hasta que recuperó el aliento. Una vez hecho eso, la volteé, sonriendo de soslayo cuando su mirada perdida y extasiada paró en mí.

Todavía no había alcanzado el clímax, y cada fibra de mi cuerpo era un cable tensado al borde de romperse. La necesidad era un tambor constante en mis venas, una presión insoportable que amenazaba con estallar en cualquier momento. Pero aún no. Todavía no.

—¡Rush! —jadeó, explayando los ojos, mientras deslizaba mi verga por sus pliegues empapados—. ¿De nuevo?

—Tu cuerpo aún me grita que te recuerde de quién eres —dije, antes de comerme su boca en un beso feroz, clavándome en su interior, disfrutando de sus jadeos—. Cumpliré con eso incluso hasta que no quede nada de ti por reclamar, cariño —mascullé contra sus labios, esbozando una sonrisa cuando soltó otro gemido.

No esperé que dijera palabra alguna otra vez. La tomé por su cintura, y de un solo movimiento, su cara estaba contra las almohadas de nuevo. Le abrí sus piernas lo suficiente, y de golpe salí y entré en su coño, embistiendo aún más profundo en su interior.

Tuve que apretar la mandíbula cuando Arabella gritó con tal fuerza para no correrme. Estaba a nada de explotar, pero aún tenía cosas por aclarar. Por eso, volví a hacer de su cabello un desastre en mi mano y jalé hacia atrás, disfrutando como sus ojos estaban vidriosos y su boca seguía soltando gemidos sin control.

—Eso, princesa. Sé una buena chica —gruñí, dejando que la parte animal tomara control de mí—. Se buena para mí y déjales saber a todos de quién eres —pasé la mano libre por su culo y no me detuve a pensar qué era o no apropiado en esos momentos. Lo azoté. Marqué mi mano en su glúteo izquierdo tan fuerte que el grito que salió de ella resonó por toda la habitación.

—¡Joder! —tronó, tratando de alejarse de mí.

No lo permití. Intensifiqué el agarre en su cabello y jalé un poco más. Lo justo para que su mirada estampara contra la mía mientras seguía embistiendo como enfermo.

—Solo tres —le informé, masajeando su nalga—. Solo serán tres, y así como serás buena chica, también las contarás para mí, cariño.

—Hijo de puta…

Se negó. O bueno, quiso hacerlo, pero su cuerpo habló también, contradiciendo sus palabras. Su cuerpo empezó a restregarse con rigor contra mi mano entre cada estocada que trataba de partirla por la mitad.

Entonces, sonreí.

Justo así la quería tener. Por lo que masajeé un poco más, y luego dije:

—Por dejar que alguien más te tocara —¡Zas!—. Empieza a contar, princesa.

—¡Joder, Rush! —gritó entre un gemido, pegando un brinco hacia adelante qué no llegó tan lejos—. ¡Uno, hijo de perra, uno!

—Por pensar en siquiera dejarme —gruñí, y ¡zas!

—¡Dos!

La frustración contenida por el acto que presencié al entrar a la habitación con mi hermano estaban reflejadas en su piel en tonos rojizos, así como la excitación que sentía por el arte que había creado, por el arte que ella era.

La amaba. La amaba tanto. Tanto que haría todo lo que pidiera si me daba la oportunidad de demostrárselo. Justo por eso, desistí. Al último momento me rendí ante lo que yo quería, y caí ante ella otra vez.

—Y esto, printsessa, es por darme otra oportunidad pese a que no la merecía.

Sin más, embestí con tal fuerza, con tal necesidad salvaje, agresiva, que me lancé de cabeza por el vórtice que siempre veía cuando estaba a nada de explotar. Me corrí con ella después de un fuerte gemido cuando el sonido de mi nombre en sus labios la rompió.

Ambos nos desplomamos. Ella en la cama, yo encima de ella, tratando de no dejar caer todo mi peso sobre su pequeño cuerpo. Nuestras respiraciones eran erráticas.

Incluso cuando salí de ella con una lentitud mortal para poder limpiar el desastre causado, mi corazón seguía repiqueteando de manera frenética. Pasé de mi reflejo en el espejo cuando entré al baño, buscando y mojando una toalla pequeña con agua caliente. Sabía cómo me veía: despeinado, emocionado, sudado y… esperanzado. Salí de ahí después de limpiar mi propio lío y sonreí cuando la figura aun desnuda de mi mujer me saludó.

—Sigo sin entender qué le ves de divertido a esto —la oí reprochar cuando me posicioné entre sus piernas, deshaciéndome de cada gota de nuestros fluidos.

—Cualquier cosa que termine o empiece con mi cabeza entre tus piernas, princesa, considéralo una jodida atracción principal para mí —respondí, abriendo sus pliegues con los dedos para una limpieza más profunda.

Arabella se estremeció bajo mi acción. Traté de reprimir otra sonrisita, pero no pude. En su lugar, le dejé un beso en la cara interna de su muslo y me retiré. Lancé la toalla a la papelera más cercana y luego volví a la cama. Sin esperar una palabra de su parte, la atraje hacia mi pecho, dejándola que escuchara los latidos irregulares de mi corazón.

Pasaron unos minutos para cuando pudimos calmarnos hasta convertirnos en algo parecido a personas normales. En todo ese tiempo, mis manos rozaron la piel expuesta de su cuerpo tembloroso enredado en sábanas oscuras, disfrutando cada segundo de su calidez embriagadora.

—Dije que iba a atajarte —musité contra su coronilla, mi voz baja, casi un murmullo, mientras subía la mano, acariciando su cabello.

—Tardaste demasiado —replicó. Me la imaginé rodando los ojos al momento que entrelazó sus dedos entre los míos.

—¿Te suena el “tarde pero seguro”? —sabía que no tenía que bromear con esto, pero, joder, era más fácil que ahogarme en el peso de lo que había hecho, en las decisiones estúpidas que había tomado, que entender que esas cosas no se arreglaban de un día para otro.

Su risilla emitida me hizo sonreír de soslayo. Me encontraba deslizando una mano por su melena brillante y sedosa, con los ojos cerrados, perdiéndome en ese momento, deleitándome cómo se sentía su rostro contra mi pecho cuando ella suspiró.

—Quiero estar ahí —dijo de repente.

Y así, de inmediato, lo entendí. Capté que ella quería estar conmigo en las sesiones de desintoxicación. Sesiones las cuales le había explicado que eran un proceso largo, doloroso, pero que me habían ayudado a mantener un poco más mi mierda, y que tenía que volver a tomar si lo que quería era dejar de depender otra vez de la basura que ahora nadaba por mi sistema una vez más.

Pero aunque sabía eso, no podía dejar de pensar que tal vez la mejor opción no era someterme a ese proceso, no si no podía estar así: acurrucado en mi maldita cama, con la mujer de mi vida, sin la amenaza de perderla. Y eso tenía que dejárselo saber.

Entonces, a pesar de que fruncí el ceño, no dejé de acariciar su cabello. Respiré hondo, preparándome para hablar, para compartirle las razones por las que estaba considerando otras opciones, a pesar de que sabía que una de ellas no era para nada buena idea si no se mantenía la mente abierta. Una parte de mí sabía que este momento era necesario, pero otra, más instintiva, trataba de esquivarlo.

—Princesa…

El que levantara su cabeza de mi pecho y me evaluara con esa mirada que no admitía juegos me dejó fuera de base por un momento.

—No estoy preguntando, Rush —dijo, con decisión brillando en sus orbes oscuros—. Te di todo el tiempo que creíste necesitar y más. Te di espacio y te comprendí aun cuando no tenía que hacerlo. Hice lo que tú creías que era correcto para ti más tiempo del que fui capaz de soportar, pero ya no. Me niego a seguir haciéndome daño por colocar tu comodidad por encima de mí una vez más. Tengo mis límites, Rush, y el que encabeza ahora la lista es que no me importa cuanto trates de apartarme, he tenido suficiente.

»No es un ultimátum, sin embargo, puede que suene como uno, y la verdad es que no me importa. Pero un alejamiento más, una petición de tiempo de tu parte u otro trato frío que termine en esconderse tras las faldas de alguien, y te juro, Rush, que el amor que tengo por ti no será suficiente para detenerme. Agarraré mis mierdas y me iré lejos, y ni tú ni nadie va a evitarlo porque no pasaré por esto de nuevo. No vas a pasar por encima de mí otra vez por la sencilla razón de que si es de elegir entre tú y yo, me elijo a mí. Y créeme, las ganas de colocarme a mí de primera en vez de pasar por el mismo infierno no son discutibles.

La mirada que me estaba dando no dejaba lugar a dudas, y a pesar de que mi corazón se saltó un latido, asentí, resoplando por debajo cuando ella esbozó una sonrisa ganadora, volviendo su rostro a mi pecho.

—Ibas a ir conmigo de todas formas —le dejé saber, mientras tomaba un mechón de su cabello entre mis dedos. Ella bufó—. Lo digo en serio. Si reanudaba las sesiones, ibas a ir conmigo de todas formas, princesa.

—¿Si reanudabas? —repitió, separándose otra vez para mirarme. Rocé la punta de su pequeña nariz con el pulgar cuando la arrugó de manera inconsciente—. ¿Qué quieres decir con eso?

—Mi estado físico al tomar las sesiones de desintoxicación es… mediocre —respondí, yendo con cuidado, sin querer alarmarla más de la cuenta—. Además, aún no estamos seguros de que el antídoto que construimos haga efecto alguno, por lo que estaba pensado en…

—Seguir dependiendo de la droga de Alexey —terminó ella, frunciendo el ceño, con un matiz de acidez en su voz.

—Sé que no es lo correcto, pero es la única cosa bajo la manga que tengo que me asegura poder seguir así contigo, princesa —nos señalé a ambos, esperando que pudiera comprender mi dilema—. He pasado demasiado tiempo sin esto, sin ti, y ahora que lo tengo… —sacudí la cabeza—. Digamos que no estoy dispuesto a soltarlo todo de golpe.

Ella arqueó una ceja, mirándome con fijeza, como si quisiera leer hasta el último rincón de mi alma. Pero entonces, soltó una risilla despreocupada que me tomó por sorpresa.

—¿Y yo sí? —dijo con una sonrisa burlona, y por un momento, no entendí si estaba bromeando o en serio. Me quedé quieto, ladeando la cabeza, tratando de entenderla—. Te acabo de recuperar, idiota. No te creas que sentir que volveré a perderte me encanta, pero a este punto, lo único que deseo es que vuelvas a ser tú mismo, Rush. Y por jodido que suene, que te estás drogando con algo que sabes que no te hace bien no es algo que haría el espécimen del que estoy enamorada.

Alzó un dedo, interrumpiéndome antes de que pudiera replicar.

—Nop, olvida eso. Hacer estupideces y empujar cada uno de los limites establecidos por el universo por estar conmigo sí es algo que el tonto espécimen haría —me regaló una sonrisa corta cuando rodé los ojos, pero no rebatí. Su mano se detuvo en mi mejilla, rozando sus dedos con lentitud por mi barbilla—. Sin embargo, al momento en que le dijera al espécimen que nada de lo que está haciendo es la forma correcta de proceder, él no dudaría en volver al camino correcto y tomar las opciones que éste le da, por muy a regañadientes que le disguste —sus dedos rozaron mis labios, y no pude evitar morder su índice con suavidad, disfrutando cómo su cuerpo se tensaba—. Entonces, ¿qué dices? ¿Tienes algo de sentido común del viejo espécimen o ya lo enterraste con todo y personalidad?

Entonces… era por eso. Justo por cada palabra dicha antes y ahora era que cada vez amaba a esa maldita mujer mucho más.

Claro que estaba dispuesto a darlo todo por ella, a dejar cuantos hábitos quisiera que dejara. Incluso estaba dispuesto a conseguirle la maldita luna si era lo que quería, pero eso… Eso no tenía que saberlo ahora, ¿o sí?

—Tengo bastantes cosas del viejo Rush, de hecho —dije cuando ella arqueó una ceja. Le regalé un guiño cuando jadeó al estar debajo de mí una vez más—. ¿Quieres comprobarlas? —pregunté, masajeando sus tetas, jugando al mismo tiempo con sus pezones ya duros como pequeñas piedras.

—No voy a dejar que me folles hasta que el buen sentido común se te cruce por la cabeza, Rush —replicó, tratando de reprimir un jadeo.

Esbocé una pequeña sonrisa, escondiéndola en su cuello al chupar un rincón con cuidado.

—Vamos a ver qué tanto te dura eso, princesa —mascullé contra su garganta, disfrutando el pequeño y corto gemido que me obsequió.

Estaba extasiado de creer que la noche sería larga y productiva.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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