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Capítulo 76: 73

Inconvenientes. Sí. En general

No hay reglas cuando la ambición devora y la rabia dicta cada jugada

Harrison

Reconocí su poder, su ambición. Sus putas ganas de romper, deshacer y reconstruir la cadena a su manera

Nunca lo subestimé.

Le enseñé desde cero.

Lo entrené desde el principio.

Lo ayudé cuando lo necesitó.

Me conozco sus malditos pasos.

Siempre tuve claro cómo funcionaba su retorcida cabeza.

Y aún así, el hijo de puta consiguió joderme. Me dio justo en las únicas tres cosas que más me importaban, haciéndome comer mierda.

E iba a pagar.

Lento.

Con calma.

De la manera más calculadora posible.

Me las iba a cobrar, y el muy maldito lo sabía.

Claro que lo sabía.

Si no lo supiera, ¿qué necesidad habría tenido de arrebatarme lo que más me importaba? ¿De tocarme los malditos huevos incluso cuando teníamos nuestra maldita guerra fría vigente?

Pero ahora me tocaba a mí.

Y esta vez sería quirúrgico. Me tomaría mi tiempo para hacerle entender que conmigo no debió joder. E iba a disfrutar de su caída. Porque cuando comprendiera que, de todas las personas, yo era el menos indicado para tocarle los cojones, ya cuando se diera cuenta de que conmigo no, toda su maldita cadena estaría ardiendo en el noveno círculo del infierno, con él incluido.

El muy hijo de mil putas no iba a esperarse el golpe. Porque lo conocía. Yo lo había construido, lo había guiado.

Y así como lo formé, como me tomé el tiempo de instruirlo, lo iba a arruinar. Pieza por pieza. Justamente porque sabía como el maldito funcionaba.

Quemaría todo, pero no empezaría desde abajo. No. Haría que todo quedara en cenizas desde la cima, desde su maldita posición, mientras yo me sentaba en su puta silla y veía cómo su mundo ardía bajo mis pies.

Pero antes…

Antes de ejecutar mi estrategia, antes de desatar el infierno sobre él, tenía que asegurarme de que la única persona que sabía que ejecutaría cada orden estuviera lista para lo que seguía.

Sabía que ella estaría a bordo de todo lo que tenía en mente, pero primero tenía que comprobarlo, y si veía que no, la sacaría a la fuerza porque ya había tenido suficiente de todo.

Entonces, como si el mismísimo infierno quisiera que la sacara de una puta buena vez de ahí, me la encontré. Estaba en la plaza, apoyada en una de las columnas, dándome la espalda. Era la primera vez desde lo que pasó que me cruzaba con ella. También, era la primera vez que se había dignado a dejar su habitación. Lo sabía porque Arabella no respiraba sin que yo estuviera contando cuántas veces.

La observé de arriba abajo, mientras cerraba distancia. Hacerlo me hizo apretar los dientes. Incluso envuelta en esa maldita manta oscura que la cubría casi por completo, incluso con la pobre iluminación de la madrugada, era imposible no verlo.

La falta de alimentación.

La ausencia de ganas de seguir respirando.

La rabia que le hervía bajo la piel, palpable incluso a kilómetros.

Sin embargo, algo en ella había cambiado. Pese a estar arruinada, había algo… que me hizo rodar los ojos en cuanto supe qué era. No me gustaba. No me servía. Pero si era lo único que la mantenía de pie, ¿qué diablos?

Al llegar a su altura, carraspeé, demandando su atención. Ella cambió de postura y se volteó.

—Harrison —masculló al cruzar miradas conmigo.

—Ekaterina —respondí, pasando de largo su repentina tensión.

No desvió la mirada, pero tampoco mostró ademán de querer seguir hablando.

Lástima.

Le había dado suficiente tiempo para que se revolcara en culpas que no tenía, que no le correspondían, pero que había tomado como que sí. Para seguir hundiéndose en esa mierda de autodestrucción que, para ser franco, ya me tenía hasta los huevos. Ahora ya no quería ver eso; lo rota, vacía y culpable que se sentía, pese a todo lo que necesitaba de ella, me estaba afectando mucho más de lo que le iba a admitir jamás, por lo que ya había tenido suficiente de ello.

—Me han informado qué…

—Harrison, no —me cortó, aún más tensa, negando con la cabeza. La cáscara vacía en la que Arabella se había convertido me crispaba los nervios. Y el hecho de que ni siquiera por el hijo del maldito bastardo de Alexey hubiese salido de ese estado tampoco me agradaba—. Yo no… No estoy lista. No puedo con eso ahora mismo.

—Me importa una mierda con qué puedas o no —espeté de mala gana—. Has hecho con todos lo que te ha venido en gana, y cada uno de ellos te lo han permitido. Yo no. Permití que te hayas encerrado, dejé que lo sufrieras e incluso que te privaras de hambre, pero no más.

—Harrison…

—No discutas —la corté sin tacto alguno, con la voz afilada como una puta navaja. Su espalda se puso aún más rígida—. Te di mucho más de lo que le he dado a nadie, Ekaterina. No me exijas más, porque eso no va a pasar.

—Harrison, entiéndeme —masculló en un hilo de voz, quebrada, golpeándome directo en el hueco que tenía por corazón—. No puedo.

«Sí, sí puedes, joder».

—Zacharias Anderson tenía otro objetivo al llevarse a Kendall consigo —la vi congelarse. Ignoré el vuelco que dio su rostro. La vi desmoronarse, pero no aparté la mirada. Si lo hacía, si me permitía despegar los ojos de los suyos, haría lo que todo el mundo hacía con ella: subestimarla. Creer que porque estaba hecha pedazos, porque estaba vulnerable y destruida, ya no tenía las fuerzas necesarias para pelear con uñas y dientes, colocándose por encima de dolor, cuando ella podía hacer eso y mucho más—. Resulta que Nikolay logró capturar a su familia en Moscú —seguí, sin dejarle espacio para respirar—. Les ofreció un trato tanto a él como a su hermano.

El cambio en sus facciones fue inmediato; la rabia, confusión e indignación fueron unas de las tantas que casi me hicieron sonreír.

Porque ahí estaba.

Como había dicho, ella podía con todo. Tener entre ceja y ceja la duda de porqué no teníamos más a Kendall entre nosotros era una de las razones por las que podía con cada obstáculo.

—Pero ellos… Ellos estaban bajo tu protección —trató de decir, intentando no ceder ante su enojo.

—Lo estaban —concedí, sin rodeos—, hasta que a Daniel Anderson le dio por sacar a su familia de la mansión para meterlos en una pocilga que ellos consideraban más “segura”, alegando que yo ya estaba enterado de cada cosa.

—No lo estabas.

Asentí, mostrando mi concordancia.

—Cuando me avisaron, uno de mis equipos ya estaba tras ellos, asegurando cada paso que daban, importándome menos si lo querían o no —continué, con el malestar a flor de piel—. Me reportaban cada respiro que emitían, pero dejaron de hacerlo al momento del desastre en Chicago. De un instante a otro, se esfumaron —hice una pausa, conteniendo la frustración que me quemaba por dentro—. No disponía del tiempo para atender tal mierda, por lo que puse a Levine en ello.

Arabella no reaccionó, pero sentí como su tensión se incrementaba.

Maldije tantas veces esa decisión cuando tuve la oportunidad, que aún lo seguía haciendo. Mandar a basuras inservibles a hacer el trabajo de uno era un error de novatos. Algo que no hacía, mucho menos que recomendaría, pero estaba hasta el cuello con tanta mierda que no le vi otra opción. Ese había sido el cuarto error de mi maldita vida.

Y justo me había costado mucho más que cualquier otro. Nikolay no tardó en aprovechar mi desliz y joderme de maneras inigualables, utilizando, por supuesto, al imbécil que había comenzado con todo este desastre.

—Pero no me dijiste nada —replicó Arabella, tan molesta como yo.

—Primero, porque no era de tu maldito interés. Y segundo, porque no te consideraba apta para saber tales noticias debido a cómo te encontrabas, Arabella —solté sin titubeos. Ella endureció la mandíbula, sus ojos relampagueando con rabia. Le dirigí una mirada impasible—. Nikolay aprovechó la sensibilidad del infeliz y actuó bajo su propio interés.

El silencio que me otorgó fue pesado. Sabía que su cabeza estaba funcionando a toda velocidad, dándole vueltas a cada palabra. Y supe con certeza que había captado en el momento en que su nariz se frunció, seguido de una mirada perdida, observando más allá de mi cabeza. Pensando, asimilando… Calculando.

—Entonces todo fue…

—Un intercambio —terminé por ella, con la mandíbula apretada. Ella volvió a mirarme—. Todo fue un intercambio —me forcé a decirlo con la voz firme, aunque la presión en el pecho amenazaba con estrangularme—. El hijo de puta se la dio a Nikolay a cambio de lo que restaba de su intento de familia.

No importaba cuántas veces lo repitiera, no dejaba de sentirse como un golpe directo al estómago. Se me había comprimido el pecho al decirlo en voz alta, de la misma forma en que se me compactó cuando la noticia llegó a mis oídos, pero aún así tragué. Apreté los dientes y tragué grueso, dejando que el peso del arma en la parte baja de mi espalda me recordara que aún podía hacer algo al respecto. Pero no aparté la mirada de Arabella.

Quise hacerlo en cuanto vi reflejado en sus ojos lo mismo que yo sentía.

Quise retroceder el tiempo y… hacer tantas cosas. Pero sabía que no podía. Él mismo me había enseñado que las cosas no se acoplaban a lo que uno quería por más que las obligara. Sin embargo, lo que sí podía hacer —lo que él también me enseñó— era que podía dirigirlas a la dirección que deseaba. Y si no me entrometía demasiado, si dejaba que las cosas fluyeran como debían, entonces todo se acomodaría tal y como yo necesitaba.

—Eso quiere decir… —la vi luchando por enunciar las palabras. Le dolía. Le dolía tanto como a mí. Pero ella no había sido responsable de eso. Aunque no lo sintiera así—. Eso quiere decir que ella sí murió por mí —terminó diciendo, en un hilo de voz.

—No murió por ti, Arabella. Kendall murió gracias al bastardo que mandaste al octavo círculo del infierno —mi respuesta fue tajante, sin margen para que intentara culparse. El dolor que ella emanaba se vio aplastado por la rabia momentánea que sabía que aún tenía arraigada en su interior—. Por Zacharias. Por su culpa. Lo que él hizo no tuvo nada que ver contigo, conmigo o cualquier otra persona que no fuese él.

—Yo fui…

—Sí —la corté sin paciencia, porque sabía lo que iba a decir—. Te pasaste mis órdenes por el coño, hiciste lo que te dio la gana —no necesitaba recordármelo—. Me desobedeciste tanto que no me da el tiempo para matarte por ello, pero las decisiones que tomó ella, las acciones que realizó, lo que hizo, pese que fue para recuperarte porque fue engañada… —hice una pausa, clavándole la mirada—. No tienes que tomarlas bajo tu responsabilidad, porque no lo son.

Al instante, por mucho que trató de evitarlo, sus ojos se volvieron a llenar de lágrimas.

—Maté a mi mitad, Harrison —replicó, enjugándoselas con furia, molesta consigo misma por siquiera derramarlas—. Fue lo que hice. Fue mi culpa. Si yo nunca hubiese ido a ese maldito puerto, ella aún estaría aquí. La tendría aquí.

—Mi hija no murió a manos tuyas, Ekaterina —mascullé, tan molesto como ella, porque no lo entendía.

Kendall era una mujer grande. La había criado bien, la había educado bien. Kendall sabía que cada acción que tomara, pensada o no, tenía sus consecuencias. Ella tomó la decisión que creyó correcta en su momento, sabiendo el peso que cargaba, porque así había sido como la había criado.

A sacrificarse por su familia cuando no hubiese otro camino si la situación lo ameritaba.

Y lo hizo.

Y lo haría de nuevo, por Arabella o por mí, sin pensarlo dos veces, porque así como lo era para mí, para Kendall, nosotros lo éramos todo.

No había forma de sacarle ese chip de su maldita cabeza por más que alguien tratara de hacerlo. Y, de nuevo, estaba bien. Puesto que yo mismo le había enseñado cada cosa, Kendall entendía que nada valía en cuanto a familia se trataba. No valía pensar con la cabeza fría, no valían planes, no valían excusas.

Por la familia, por quienes de verdad estuvieron contigo en los momentos que más se les necesitó es que uno se lanzaba de cabeza sin pensar nada, consciente sólo del peso de sus decisiones. Y eso fue lo que mi hija había hecho.

Y aunque ahora mi maldita vida tuviera un vacío mucho más grande de lo que podía soportar, aunque todo lo que sentía fuera una rabia embriagadora, aunque lo único que quisiera fuera venganza y nada más, jamás le reprocharía lo que hizo.

Nunca.

Porque lo que hizo sería algo que, con los ojos cerrados, Arabella y yo haríamos por ella.

—Puedes culparte todo lo que te de la maldita gana. Llorarlo, sentirlo, odiarlo. Pero tarde o temprano tendrás que aceptar que lo que Kendall pasó no fue culpa de nadie más que de Zacharias Anderson, por ponerla en una situación donde, si hubiésemos estado en su lugar, hubiésemos hecho exactamente lo mismo.

Sus ojos rebosaron aún más en lágrimas, pero antes de que dijera algo, Arabella se me lanzó encima.

Podía contar con los dedos de una puta mano las veces que nos habíamos abierto lo suficiente como para permitir las muestras de afecto. Sin embargo, si otra cosa que me había enseñado la vida era nunca desperdiciarlas. Así que la rodeé con mis brazos, apretándola contra mí sin dudarlo, dejando caer su manta al suelo.

Sus sollozos encajonados removían en mí sentimientos que llevaba enterrados desde hacía mucho, demasiado tiempo.

—No puedo privarte de sentir cada cosa, chudovishche, así como tampoco puedo convencerte de que todo lo que ella hizo fue porque así lo quiso. Pero lo que sí puedo hacer es asegurarte que, como su padre, lo último que ella quería que sintieras era culpa. Rabia, dolor, venganza… Eso sí. ¿Pero culpa? ¿Remordimiento? ¿Cargar con la responsabilidad de sus actos? No. No, Arabella.

—Es que duele, Harrison —se rompió contra mi pecho—. Duele.

—Lo sé —dije, aferrándome a lo que me quedaba de cordura para no hundirme con ella. Aún no tenía tiempo para eso—. ¿Pero qué te he enseñado hacer para cuando algo escuece así de mucho?

Su respuesta llegó unos minutos más tarde. Pero cuando finalmente la escuché intentar articular con claridad, intentando sonar fuerte, el pecho me pinchó con orgullo.

—Bol’ — eto nozh; libo on rezhet tebya, libo ty uchish’sya im pol’zovat’sya.

«El dolor es un cuchillo; o te corta o aprendes a usarlo».

La separé para encararla. Tomé su barbilla entre mis dedos cuando se negó a mirarme, aún derramando lágrimas.

—Te necesito fuerte, Arabella. Para lo que sigue, te necesito concentrada, resistente e implacable, ¿me entiendes?

—Yo…

—Me arrebataron una hija, chudovishche. No van a arrebatarme otra.

Mis palabras solo hicieron que ella soltara todo lo que aún tenía comprimido. Arabella lloró en mis brazos tanto como se lo permití, hasta que sus sollozos quedaran en hipidos que luchaba por controlar. Cuando solo quedaban exhalaciones leves rompiendo el silencio, se separó. Limpió las comisuras de sus ojos con el dorso de la mano y luego me miró una vez más, el brillo asesino de la curiosidad resplandeciendo en esos ojos oscuros.

—Estoy dentro de lo que tengas en mente, Harrison. Eso lo sabes mucho antes de que me hubieses dicho cualquier cosa, pero necesito saber algo —su voz se oía cansada, pero con ese atisbo de decisión que era parte de ella.

Moví la cabeza una sola vez, dándole a entender que respondería.

—¿Por qué ella? ¿Por qué no solo matar a Zacharias? ¿Cuál era la necesidad de Nikolay por matarla? Estoy segura de que él no la conocía. Segura de que tú nunca la dejaste estar en una misión donde él fuese el objetivo. Entonces, ¿por qué? Si Zacharias la llevó engañada para intercambiarla, ¿qué le hacía creer que ella valía lo suficiente como para que Nikolay aceptara y le entregara a su familia?

Era una buena pregunta, le iba a conceder eso. Pero el hecho de que aún no hubiera llegado a la respuesta por sí sola me decía que seguía con la cabeza en las nubes.

—Sabes la respuesta a eso, Arabella. Y si no es así, estás siendo más estúpida de lo que creí posible.

Sus ojos se explayaron al instante en que comprendió lo que estaba implicando.

—¿Él acaso sabía también que…?

—Nikolay y yo tenemos demasiada historia. Él sabe cosas, yo sé otras. Eso nos convierte en personas inteligentes que trabajan codo a codo para hundirnos uno a otro cuando se diera la oportunidad, pero con astucia —dije en un tono tajante que no admitía preguntas.

No iba a responderle más. Primero, porque sabía que se desviaría del tema. Segundo, porque la conocía. Le gustaba meter las narices donde nada se le había perdido.

Arabella frunció los labios, pero volvió a abrir la boca segundos después con una pregunta más interesante.

—Bien. Nikolay podía saberlo, ¿pero y Zacharias? ¿Cómo sabía él qué tipo de parentesco compartías con ella? —abrí la boca, pero solo para cerrarla de inmediato. Ella tenía un puto punto—. Solo unas pocas personas saben eso, ¿no es así? Tienes contadas con los dedos de una sola mano quienes tienen acceso a esa información, y apuesto lo que sea que el hijo de perra de Zacharias Anderson no ocupaba ningún dedo tuyo.

De hecho, de mi lado, solo cuatro personas estaban al tanto de esa información, y dos de ellas estaban muertas. Una a manos de la Bratva. La otra, una sobredosis bien disfrazada que llevaba el sello de Nikolay.

Entonces, solo quedaba el ‘Ndrangheta mayor y el maldito de Nóvikov, cosa que le daba a Arabella un buen punto porque ni siquiera ella sabía, por parte de Kendall o mía, cuales eran nuestros lazos.

Al no recibir respuesta de mi parte, continuó con su análisis.

—Ella cometió el desliz de confiárselo a Cox —aquel nombre pronunciado me hizo arder la garganta, pero Arabella no me dio tiempo para hablar—. Y yo ya los había observado lo suficiente como para darme cuenta. Así qué, de nuevo, ¿cómo Zacharias lo sabía? Dudo mucho que por observador. El imbécil mantenía su distancia para conservar su cuello intacto —masculló lo último con una mezcla de ironía y rabia, perdiéndose en sus propios pensamientos.

Otro punto más para ella.

Había esperado ver el shock abarcando su rostro cuando solté mi declaración. En cambio, sólo siguieron las lágrimas. Eso me indicaba que sabía mi mayor secreto, cosa que me hizo preguntarme cómo diablos lo sabía… pero, una vez más, subestimar a Arabella era algo que había tachado de mi lista hacía tiempo.

¿Pero el miserable de Anderson? No. Por muy inteligente que se la diera, él nunca hubiese deducido algo así de grande por su cuenta. Ese imbécil solo sabía cómo hacer para preparar su suicidio una y otra vez, además no levantaba la cabeza si algo no le interesaba, por lo qué…

Eso solo nos dejaba una cosa.

Arabella también debió llegar a la misma conclusión, porque su mirada se estampó con la mía al instante, brillante por la deducción a la que acababa de llegar.

—Hay un topo —dijimos al unísono.

—Pero no puede ser —soltó con rapidez, impidiéndome hablar una vez más—. Rise, Zacharias, seguramente Drake, y yo somos quien tenemos esa información. Rush no lo sabe, Riden tampoco —su mente trabajaba rápido, tirando posibilidades como si fueran cartas en una mesa que ya tenía planeadas—. De tu parte… No tengo ni puta idea, pero dudo que hubiesen abierto la boca. Mucho menos Nikolay. No sí es consciente de que tú también puedes abrir la tuya para hundirlo —apretó los labios, con la frustración filtrándose en cada palabra—. ¿Cómo diablos puede haber un topo? ¿Y aquí? ¿Quién?

Cada pregunta que lanzaba al aire, cada cosa que me pondría a examinar al momento de salir de su presencia porque me era imposible entender cómo se estaba ventilando información que yo mantenía encerrada en una puta caja fuerte.

Había alguien investigando mucho más de lo necesario, tocando puertas que no tenía porqué abrir e iba a asegurarme que entendiera el porque diablos debía dejar las cosas enterradas, le gustase o no, porque conmigo no jodían.

Miré a Arabella, quién volvía a tener la mirada perdida, estando en sus propios pensamientos. Cuando sintió el peso de mi mirada, me observó y calló.

Algo en mi pecho se alivió al ver que en sus ojos, gracias al infierno, había algo más que la marea destructiva que la ahogaba.

Sí, seguía rota.

Aún le dolía.

Estaba furiosa.

Pero ahora estaba de pie ante mí y tenía un propósito: venganza.

Y justo por eso era que estaba agradecido con el infierno.

Me había devuelto parte de mi chudovishche.

Parte de esa mujer letal, analítica, peligrosa, fastidiosa, impertinente y habladora que había criado, educado y… amado, convirtiéndola en la única familia que me quedaba y debía cuidar.

—Me pondré a investigar eso —ella asintió una sola vez—. Mientras, necesito que tú te mantengas fuerte. Empieza a digerir un puto bocado, vuelve a tus entrenamientos, has de tu cabeza algo impenetrable, contrólate —sus ojos, pese a que se volvieron vidriosos por las lágrimas no derramadas, irradiaron aceptando cada requerimiento en respuesta. Le di una sonrisa corta, borrándola a los segundos para mirarla con seriedad—. Pueden haber miles de cabos más sin atar, pero nada de eso cambia que haré arder toda la maldita cadena de Nikolay, haya abierto la boca o no. Me quitó algo preciado, Arabella. Haré la misma mierda, golpeando cuatro veces peor.

♦ ♦ ♦

Riden

Cuando el viejo Grant Harrison se dio la vuelta, dejando a Arabella sola, supe que era mi señal para largarme. No tenía por qué estar ahí. Sin embargo, los ojos ágiles de Arabella captaron mis movimientos de salida y me exigieron quedarme con nada más que una mirada.

No quise. De verdad, no quería. Pero negarle algo a ella se me estaba haciendo imposible, mucho más si me miraba así.

—No sabía que espiarme también era una de tus cualidades —me saludó, con una fugaz sonrisa mientras levantaba una larga cobija oscura del suelo y se la echaba sobre los hombros.

Cuando nuestras miradas volvieron a chocar, me dieron ganas de dar media vuelta, dejarla ahí e irme. ¿Por qué? Porque, a pesar de lo rota que aún estaba, de lo frágil que seguía pareciendo, el aire de vulnerabilidad que la envolvía desde lo de Kendall ya no tenía la misma fuerza de antes.

Eso sólo podía significar dos cosas: o Grant Harrison la había hecho entrar en razón, o… Rush ya no era un maldito imbécil.

Y, llámenme un maldito egoísta, no me importaba, pero no me alegraba por ninguna de las dos.

Porque si Harrison había hecho su trabajo, eso significaba que Arabella no iba a necesitarme más. Y si Rush había dejado de jugar al idiota, significaba que la oportunidad que mi jodida cabeza había creado con ella dejaba de existir.

No era ciego. Nadie en este puto lugar era ciego. Todos sabían que Rush solo tenía ojos para Arabella, así como también sabían que ella tenía ojos solo para el imbécil.

Por eso, aquello escocía.

Sabía que me había ganado que mi corazón doliera a pulso. Sabía que dejar que ella se arraigara en mi maldito pecho me traería problemas. Pero con ella… Con Arabella era inevitable no caer.

Desde el primer momento supe que lo que estaba haciendo no era correcto. Que no tenía porqué siquiera intentarlo, que lo mejor era mantenerme al margen. Por lo menos, no con ella. No con alguien que ya había sido reclamada. Y menos si era por mi hermano.

Por eso traté de enmendar mi mierda.

Le di a Rush la provocación suficiente para que espabilara de una maldita vez, para que dejara de comportarse como un imbécil. Y aunque hacerlo me jodió más de lo que debía, sabía que era lo correcto. Así que, una vez cumplido mi objetivo, salí de esa habitación sin mirar atrás; sin mirarla a ella.

Me encerré en la sala de control, quemándome los ojos mientras intentaba rastrear la ubicación de otro hijo de puta que no hacía más que esconderse como marica al entender que ya no había más nada que hacer por su jodido cuello. E iba a quedarme ahí. Solo. Encerrado en el único lugar que me transmitía paz. O, si me sentía lo bastante masoquista, podía ir al laboratorio a terminar de freírme el cerebro con la cura de Rush.

Pero estaba haciendo todo lo posible para mantenerme alejado de ella de una buena puta vez.

Palabra clave aquí: intenté.

Entendía que dejarla de lado no iba a ser fácil, pero maldita fuera ella y su jodida fuerza gravitacional con la que me tenía amarrada las pelotas.

Apenas habían pasado unas cinco horas. Cinco putas horas. Ni siquiera había llegado a medio día y yo ya estaba destrozándome la cabeza preguntándome qué carajos había pasado entre ella y Rush y cómo el hijo de puta la había dejado.

Fueron los últimos diez minutos que se me hicieron eternos donde no soporté más; salí de la sala de control, solo para buscarla. Me importaba una mierda la hora.

La búsqueda se detuvo en cuanto la vi con Harrison. Observarla se había convertido en un maldito hábito, así que no interrumpí la conversación. Me limité a recorrer cada facción de su rostro, leyéndola como si estuviera programado para hacerlo, anticipándome a lo que quería demostrar antes de que ella misma lo supiera, aún así no estuviera lo bastante cerca para escuchar la conversación.

Sí. No cabía duda de que estaba hundido.

—Solo quería ver cómo estabas —dije, cruzándome de brazos y fijando la vista en sus ojos, obviando cualquier otro tipo de distracción.

—Claro —suspiró, con un matiz burlón en la voz.

En efecto, verme la cara de estúpido era algo que siempre le alegraba el día. Y el que mi corazón se saltara latidos por ella era lo que siempre arruinaba el mío.

—¿Has comido algo? —pregunté, solo para acallar el caos en mi cabeza. Arabella no hizo ni un maldito movimiento, cosa que tomé como negación. Bufé, molesto por su falta de cuidado—. Supongo que no —resoplé, encogiéndome de hombros antes de bajar la vista a sus labios. Error. Porque de golpe mi cabeza quedó en blanco, y lo único en lo que podía pensar era en quedarme y comerme a esa maldita mujer a besos. Apretando la mandíbula, desvié la mirada—. Aprovecha que Helena te dejó la comida en la nevera. Necesitas algo en tu estómago. Buenas noches.

Dicho eso entre dientes, estaba a nada de ir a encerrarme en el laboratorio, listo para golpear mi cabeza contra cualquier cosa mientras me quemaba las pestañas buscando maneras de erradicar los efectos secundarios de la cura. Todo para salir de su vista. Todo con tal de dejar de pensar en cosas que no iba a tener.

Pero Arabella no lo quiso así.

—Riden

Me detuve en seco, cerrando los ojos con fastidio, maldiciendo internamente antes de voltearme para encararla.

—¿Qué?

Ella titubeó.

—Yo… Ehm… Gracias.

Aunque su balbuceo me pareció estúpido, fruncí el ceño.

—¿De nada?

De ella burbujeó una risa corta y sacudió la cabeza.

—Por haber estado conmigo, idiota —aclaró, manteniendo una sonrisa pequeña en sus labios—. Por haberme escuchado, por estar ahí a pesar de que no quería a nadie, y sobre todo, por nunca haberme mirado con lástima cuando así me sentía. Te debo una.

—No me debes nada —rebatí, tratando de no perderme en esos ojos que resplandecían en agradecimiento puro y sincero—. Cualquiera hubiese hecho lo mismo.

—A ti las mentiras no te quedan —ladeó la cabeza, borrando un poco aquella sonrisa—. Ambos estamos conscientes que nadie hubiese hecho lo que tú hiciste por mí. No sin antes haberme ahogado en pena primero.

Rodé los ojos, pero no discutí.

Porque tenía razón.

Si Mila, Rise o cualquier otro que no fuese Grant Harrison hubiese ocupado mi lugar, la hubieran subestimado. Hubieran asumido que lo que necesitaba era palabras condescendientes, algún discurso vacío de aliento. Cuando la verdad era todo lo contrario.

Si miraban más a fondo, si la leían bien, sabrían que Arabella podía soportarlo todo, menos la compasión extenuante.

Ella era fuerte, se valía por sí misma. Por eso odiaba que la gente pensara que lo que necesitaba, por la muerte de su mejor amiga, eran palabras cargadas de lástima, cuando lo que realmente necesitaba era que la dejaran sacar todo lo que la estaba asfixiando.

Pero no. No se habían tomado el tiempo necesario para entenderla. Y lo detestaba.

Odiaba que la gente tuviera la jodida manía de confundir su dolor con debilidad, porque no era así.

Y entonces…

De repente, todo a mi alrededor se volvió pesado, espeso. Un ambiente denso en donde costaba adaptarme. Mucho más cuando ella decidió contemplarme con esos malditos ojos de ciervo pequeño.

La electricidad… La vulnerabilidad que emanó…

Me iba a volver loco.

Y entonces lo hizo.

Mi mundo se fragmentó en el segundo exacto en que la sentí rodearme la cadera con sus brazos, atrapándome en un abrazo.

«Joder, nena, no. Eso no».

Mi boca se abrió para decirle que las muestras de afecto eran para los imbéciles, que ni tenía por qué hacerlo. Pero para mi maldito martirio, no salió nada. No pude. Me quedé ahí, estático, de pie como un puto idiota.

Hasta que Arabella recostó su mejilla en mi pecho, apretándome más contra ella.

—Aún así, sigues sin deberme nada —mascullé, por fin correspondiendo al maldito abrazo, aunque lo último que quería en ese momento era darme a entender que la necesitaba de esa manera. La repentina tensión que se creó en ella al pensar que no le iba a responder el gesto abandonó su cuerpo con una rapidez casi que graciosa—. Lo hice porque lo necesitabas. No espero nada a cambio de eso, porque sé que tú hubieses hecho lo mismo por mí.

—Y más —confirmó contra mi pecho, su voz rasposa, a punto de quebrarse en lágrimas.

—Mentirosa —respondí, con una pequeña broma, tirándole del cabello, debido a que la situación estaba dándome mucha más tragedia de la que podía digerir.

Su risa, aunque no logró disipar el aire denso entre nosotros, fue suficiente para hacerme desear escucharla una vez más.

—Resolví… Las cosas con Rush se resolvieron —susurró de la nada.

«Maldita sea».

Lo sabía, claro que lo sabía, era obvio. Pero aún así… que me lo confirmara con esa voz… Mierda, un balazo en la pierna dolería menos.

¿Pero qué podía hacer?

Aunque la quería, ¿qué diablos podía hacer? Ella no me correspondía. No era mía para hacerlo. Y lo entendía, pero joder, ardía.

—Se nota —respondí con lentitud, tragando grueso, intentando mantener el control de mis emociones.

—Pero también las quiero resolver contigo.

Mi corazón se saltó dos jodidos latidos.

¿Era posible que ella hubiese visto ese beso cómo algo más? Claro que sí. No era estúpida. Sin embargo, una parte de mí, la más pequeña, esa que pensaba con claridad y racionalidad, quería que no se hubiese dado cuenta. Acarrear con el drama no era algo que disfrutaba, menos si sabía que me iba a explotar en la cara por hacer cosas que no debí haber hecho.

—No hay nada que resolver conmigo, Arabella.

Ella resopló, se apartó de mi pecho y me miró de frente. Odié la frialdad que trajo consigo su gesto. Esa sensación de vacío me taladró, y no me gustó.

—¿No? —frunció su nariz, repentinamente irritada—. ¿Entonces el beso no significó nada? ¿Leí mal tus sentimientos acaso? ¿Lo que me reflejaste en la habitación entonces fue mi imaginación hablando?

—No malinterpretaste nada, ridícula —tajé de mala gana, admitiendo lo que ya se sabía—. Todo lo que creíste ver, eso era. La cuestión aquí es que soy una persona que detesta el maldito drama, por ende, no hay nada qué solucionar conmigo porque las cosas van a seguir igual.

—Riden.

Su mirada más el cómo el sonido de mi nombre al salir de su boca me apretó el pecho, me gritó tantos sentimientos que eran difíciles de pasar por alto. Pero como había dicho, nada de lo que se hiciera iban a cambiar las cosas y ambos sabíamos eso.

—No hay nada que solucionar —repetí, negando con la cabeza—. El que me gustes, el que esté enamorado de ti no va a cambiar lo que sientes por Rush. Lo sabes, y yo también lo sé. ¿Fue estúpido de mi parte aún así caer por ti, sabiendo que no me corresponderías? Sí, Arabella, lo fue. Pero, ¿te has visto? Eres increíble, fuerte, independiente, hermosa. Todo de ti exige atención. Cada paso que das demanda que sea visto. ¿Cómo mierdas no iba a caer por eso? ¿Por ti? Explícame, Arabella, cómo no iba a enamorarme de ti cuando cualquier persona que cae en tu órbita es justo lo que hace.

»Exactamente por eso, no hay nada que tengas que hablar conmigo. Porque aunque te mostré lo que sentía por tí, lo mucho que moría por besarte, lo mucho que quería que, por un instante, fueses mía en esa maldita habitación, nada de eso iba a pasar.

A este punto, me concentré en dejar que las palabras salieran sin filtros. Necesitaba dejar morir esta conversación lo más pronto posible y seguir con mi puta vida, lejos del hecho de lo que imaginé tener con ella si me daba la oportunidad.

Estaba enunciando las palabras molesto, lo sabía, pero no estaba enojado con ella, ni mucho menos. Estaba molesto conmigo mismo por haber caído en su maldito hechizo, por creer que las cosas podían ser diferentes, por haber creído en cuentos estúpidos, por lanzarme de cabeza al caos con los ojos cerrados, sabiendo muy bien cómo mierda terminaría todo.

—No eres propiedad de nadie, Arabella. Estoy consciente de ello. Pero, aún así, tu cuerpo, alma y mente le pertenecen a mi hermano, así como cada centímetro de él te pertenece a ti. ¿Formo yo parte también de la fila interminable que tienes detrás de ti, de los que matarían por rellenar el puesto de Rush? Joder, sí.

»Hago parte de esa fila desde que entendí que te estaba viendo con ojos con los que no tenía por qué verte. Pero, ¿qué puedo hacer? Devolver el tiempo no es una elección que pueda tomar y, aunque no lo creas, desenamorarme de ti tampoco. Así que lo que me queda es aprender a vivir con ello y ya está. No es lo que quiero, ¿pero cuando consigo algo que mate por querer?

El shock en su rostro era evidente, incluso para alguien que no la conociera como yo. Y aunque una parte de mí quería reírse de lo jodida que era la situación, lo único que logré fue respirar un poco mejor, aunque el pecho me doliera como si me hubieran clavado un maldito cuchillo. Porque, pese a que sabía que podía meter mi verga en cualquier coño que me diera la puta gana, enamorarme de cualquier otra persona y todas esas mierdas asquerosas y cursis que conllevaba eso, también sabía —y esto era lo que de verdad me jodía— que para mí no habría alguien que se asemejara a la estúpida que tenía enfrente.

Porque esto no había sido un capricho, un enamoramiento de mierda que se desvanecería con el tiempo. No había caído por lo hermosa que era, o por lo fácil que se le hacía mandarte a la mierda cuando no aportabas nada en su vida.

No.

En ella había más.

Yo vi más.

Vi fuerza. Vi resistencia. Vi esas ganas enfermizas de quemar el mundo y poner las cenizas bajo sus pies si era lo que le costaba conseguir lo que quería. Vi resiliencia, bondad, gracia. Vi a alguien que lucharía con uñas y dientes para proteger lo que quería. Me enamoré de su jodido egoísmo, de esa necesidad suya de mantener la felicidad de todo el mundo antes que la suya misma.

Caí ante ella cuando entendí que cruzaría cualquier línea, rompería cualquier regla, haría lo que hiciera falta con tal de mantenerse en la cúspide si eso sería lo que le aseguraría un buen futuro.

Sucumbí ante la mujer que tenía enfrente cuando vi con mis propios ojos cómo se colocaba ante todo, asegurándose de que los suyos estuvieran bien antes que ella misma. Y lo peor de todo era que ella lo disfrutaba. Y lo volvería hacer con los ojos cerrados porque así era como funcionaba el mundo en su cabeza.

El murmullo de mi nombre y su voz balbuceando el infierno sabía qué cortaron mis pensamientos de raíz. Alcé la vista hacia su rostro, notando cómo sus labios se movían a la velocidad de luz, sin darle tregua a mi paciencia. Exhalé con brusquedad y, sin pensarlo demasiado, los atrapé con mi mano, cerrándolos del mismo modo en que ella lo había hecho conmigo en la sala de comandos de Miami.

—¿Será que me permites hablar y dejas de ser una dramática de mierda? —pregunté, hastiado de su parloteo ininteligible.

Arabella parpadeó, sorprendida, y asintió con la cabeza, tragándose su verborrea. Solté un suspiro y quité la mano de su boca, pero antes de que siquiera pudiera decir una palabra, ella se apresuró.

—Lo siento mucho, Riden. De verdad, de verdad lo siento tanto. Yo… Mi intención no era… Yo no sabía que tú…

—Oh, por el amor a lo que sea, ¡cierra el jodido pico, Arabella! —espeté, perdiendo lo que me quedaba de paciencia. Sujeté su cara entre mis manos, cerrando la distancia entre nosotros para clavar mi mirada en la suya—. Estaré bien, ¿si entiendes? Estás haciendo de esto un puto drama más grande de lo que debería ser por algo que voy a superar con el tiempo. Déjate de idioteces, ¿puedes? Esto es demasiado jodido drama para estas horas, por Dios.

—¿Estarás bien? —repitió, confundida y abatida, después de que las palabras entraran en su cabeza.

Casi me río.

—Soy un chico grande, Bells —incliné el rostro y besé su frente, dejando que el contacto se prolongara unos segundos antes de alejarme lo justo para mirarla de nuevo—. Estoy feliz por ti y toda la mierda que quieras, pero no es la primera vez que me rompen el corazón, y te aseguro que no será la última.

—¿Te rompí el corazón? —balbuceó, con los ojos llenos de culpa.

Ahí sí le devolví una sonrisa sesgada, cargada de ironía.

—No te atribuyas todo el mérito, nena. Yo te dejé entrar sabiendo que podías destrozarlo.

—Lo siento mucho, Riden —murmuró de nuevo, evitando mi mirada como si su vida dependiera de ello.

Mis dedos atajaron su barbilla en un parpadeo, obligándola a enfocarse en mí. Tan cerca, mis labios hormigueaban por besarla, pero hice acopio de toda mi fuerza de voluntad y me quedé clavado en esos ojos oscuros cargados de arrepentimiento.

—No tienes por qué, Bells. Lo que siento por ti fue algo que yo elegí sentir. Las consecuencias de esos sentimientos son a base de las decisiones que tomé. No te arrastres en culpas que no te corresponden.

—Pero…

—No te ahogues en eso —repetí, besando su frente de nuevo, esta vez más tiempo. Lo suficiente para que mi mente me gritara que ya era suficiente. Me separé un poco, aunque la distancia entre nosotros seguía siendo mínima. Al notar una chispa de curiosidad en su mirada, solté una risa corta—. ¿Qué es?

Arabella mordió su labio inferior y desvió la mirada.

—¿Me prometes que estarás bien?

—Sabes que sí —murmuré, arrastrando el pulgar por ese mismo labio que estaba mordiendo, incapaz de resistir los impulsos que me estaban asfixiando. Ella volvió a mirarme—. Pero por más que me guste confirmarte las cosas que ya sabes, algo me dice que no es eso lo que querías preguntarme.

—No, no lo es.

—¿Entonces?

—Yo… Solo… —soltó un bufido gracioso y, con un toque de frustración, escupió lo que realmente tenía en la cabeza—. ¿De verdad estás feliz por mí?

Le sostuve la mirada sin una puta emoción en el rostro. Me di de cara con la jodida pared que tenía como decoración mi nombre cada vez que hablaba sin pensar.

—¿Qué?

—¿Tú…? ¿Crees que perdonarlo fue una buena idea? ¿Piensas que volverá a huir en cuanto tenga la oportunidad? ¿Estás feliz por mí? ¿Feliz de que poco a poco voy… sanando?

«Lo que me faltaba». Estar respondiendo preguntas maritales que ni me competían ni quería contestar.

—¿Por qué siquiera piensas que contestaré algo de eso? Jesucristo, Arabella —resoplé incrédulo, ya de muy mal humor, con la paciencia por lo suelos—. De todas las personas… ¿yo? ¿Me elegiste a mí para responder eso?

—¡Bien! —exclamó, imitando mi tono—. No contestes nada si eso es lo que quieres, ¡pero sería lindo que como amigo me dieras tu punto de vista, idiota! ¡Por lo menos asegurame que de verdad estás feliz por mí una vez más!

—Aparte de dramática, loca —me masajeé las sienes, dejando que el tiro se ajustara en mi pecho al escuchar la palabra “amigo” brotar de sus labios—. Bonito de quien me vine a enamorar.

—¡Riden! —chilló, molesta.

—Arabella, no me jodas —gruñí, exasperado—. ¿Cuál es la maldita necesidad de jugar a ser masoquista?

—Es solo…

«Sí, sí».

—Curiosidad —terminé por ella. Sacudí la cabeza cuando asintió, como si le pesara. Otro silencio de mierda se instaló entre nosotros hasta que decidí romperlo, soltando lo que no quería decir, en contra de todo lo que mi instinto me gritaba porque sabía que traería consigo mucho más drama—. No.

—¿No? ¿No qué? ¿No vas a responderme nada o…?

—No —reiteré, cortante, deteniendo en seco su estupidez—. Mentirte no es algo que me guste hacer, ¿así qué qué quieres que te diga? No estoy feliz por ti.

—Pero dijiste…

—Sé lo que dije —la interrumpí, molesto—. Y en parte es cierto, estoy feliz de que hayas podido solucionar las cosas con el estúpido de Rush, pero no estoy feliz con los resultados, Arabella. No obstante, el que esté o no esté feliz por eso no cambia nada. Él es tuyo, así como tú de él. Y justo por eso es que estoy dejando que todo pase —respiré hondo, sintiendo como el puto peso en el pecho me apretaba más de lo necesario—. Soy consciente que me costará sacarte de mi corazón —solté, manteniendo la mirada fija en ella—. Pero no es nada que el tiempo no solucione. Como te dije, no es la primera vez que me rompen el corazón, ¿de acuerdo? Acepta eso como es, recibe la jodida respuesta que te estoy dando y deja morir el puto tema.

Me pasé la mano por el rostro, ya sin ganas de seguir con esto.

—Me exaspera que te disculpes. Me jode que pienses que todo lo que estoy sintiendo por ti es tu culpa, cuando tú no me colocaste una pistola en mi cabeza obligándome a sentir todo esto. El único culpable de todo este desastre soy yo. No hay más. Fui yo quien se lanzó de cabeza ante la situación, imaginando cosas que sabía que no iban a pasar porque soy un imbécil, Arabella. Ahora, deja de joder. Sé feliz con lo que te estoy contestando y deja de tocarme las narices con el mismo tema para que así te supere más rápido, por el amor a Dios.

Silencio. Un puto silencio le siguió a lo que había dicho por varios minutos que se sentía como una tortura. Solo ella y yo, mirándonos de manera fija hasta que decidió volver a hablar.

—Entonces… —murmuró—, ¿eso dónde nos deja?

Tomé aire, pasé una mano por mi cabello y solté con el cansancio pegado a la voz:

—En donde siempre, Bells. En donde siempre.

Y entonces, antes de soltarla por completo, barrí mis labios con los suyos. Fue un roce. Apenas se le podría llamar beso a eso, pero era todo lo que podía tomar de ella sin sentirme como la peor basura culpable después.

—Puedes tener un beso de despedida, si eso es lo que buscas —susurró con un hilo de voz al alejarme definitivamente—. Él lo entendería. Yo también.

Esbocé una sonrisa corta, amarga.

—Lo sé.

Dicho eso, estampé mis labios una vez más en su coronilla y salí de la maldita plaza mucho peor de lo que me había sentido en toda mi jodida vida.

♦ ♦ ♦

Arabella

El descontrol en mi cabeza era una marea imparable, una corriente que me arrastraba hacia el fondo sin intenciones de soltarme. Estaba segura de eso. Lo sentía. Porque, pese a que volví a los brazos de Rush —que se sintió extraño, por cierto—, el torbellino dentro de mí no cesó.

Le conté todo.

Al segundo de quedarme sola en la plaza, volví a la habitación con el pecho hecho nudos y me tomé el tiempo de contarle todo lo que había pasado. Lo de Harrison, sobre Riden, todo. Me había convencido de que decirlo en voz alta haría que el caos en mi pecho se disipara, pero no pasó. La tormenta seguía ahí, encajando sus garras cada vez más hondo, aferrándose a mí, haciéndome pedazos con cada jodido día que pasaba.

Podía haber bajado su intensidad, sí. Pero eso no significaba que hubiera desaparecido. Seguía dentro de mí, desgarrándome por dentro, consumiéndome en tres frentes distintos.

El primero era Rush. Y es que después de todo el desastre que habíamos pasado, tenerlo en la misma cama, sentir su respiración en mi cuello al dormir, verlo cada mañana, tocarlo y comprobar que era real aún lo sentía irreal. Una parte de mí seguía convencida de que si cerraba los ojos más de lo debido, él desaparecería. Me dejaría una vez más. Y yo quedaría hecha polvo.

Lo estuve esperando. Los primeros tres días, al menos. Contaba las horas, los segundos, esperando el golpe. Pero no llegó. Lo único que conseguí hacer con eso fue que Rush fuera extra cuidadoso conmigo, a pesar de que pasábamos parte del día juntos.

Él trataba. De verdad que él lo había intentado todo para que me sintiera cómoda a su alrededor. Hacía mucho más de lo que debía, pero no conseguía despejar las inseguridades que me carcomían, cosa que él detestaba. Odiaba no poder quitarme ese sentimiento. Y yo… Yo estaba golpeando mi cabeza contra la pared por no facilitar sus intenciones cuando lo que más quería era volver a estar como antes.

El segundo frente era Riden. Entendía que él me había obligado a dejar estar todo el tema de sus sentimientos hacia mí por la paz de todos, pero la culpa seguía sobre mi pecho, punzando cada vez que lo veía. No le había prestado atención suficiente. Me había saltado las señales. No entendí nada hasta que ya era tarde. Y por más que lo pensara, por más que intentara racionalizarlo, la verdad aún seguía ahí: si hubiera prestado más atención, si no me hubiera saltado la lectura entre líneas, quizás todo el desastre se habría evitado antes de que me explotara en la cara.

No obstante, Riden me tenía de manos atadas. Desde que empecé a salir más de mi habitación, a reconectarme con el mundo subterráneo que era el búnker y su gente, él solo decidió actuar como si nada hubiese pasado. Me saludaba con la misma facilidad de siempre, me hacía sonreír una que otras veces, se sentaba conmigo y con Rush a la hora del almuerzo e incluso me explicaba como funcionaba cada punto del tratamiento que el espécimen estaba recibiendo en el laboratorio, como si lo de hace cuatro días jamás hubiera ocurrido. Como si su herida no existiera. Como si yo no la hubiera causado.

Y eso me jodía bastante. Pero no podía hacer nada, porque él no quería.

Así que lo enterré. No porque quisiera, sino porque no me quedaba otra opción.

Me esforcé en centrarme en lo que tenía delante: la recuperación del espécimen. Porque sí, Rush había cumplido con parte de su promesa, volviendo a las secciones de desintoxicación tan pronto como la alarma sonó, apenas unas horas después de nuestra reconciliación. Claro que, cuando me llevó al laboratorio, tuve que presenciar una pelea larga y llena de insultos entre Riden y él, al enterarse que Rush había hecho con el proceso de su cura lo que le había dado la gana al intentar arreglar las cosas conmigo. Pero después de ese percance y que todos quedaran en paz, Riden siguió con lo suyo, reconciliándose incluso con Rush, momentos después de tener una conversación a la que no asistí porque, para ser honesta, mi corazón ya tenía suficiente mierda encima como para agregar más.

El que Riden lo estuviera manejando tan bien no sabía cómo tomarlo. Me descolocaba. Y, por eso mismo, me costaba mirar a Roelle a los ojos. Sí, estaba al tanto de que lo suyo con Riden no era más que sexo ocasional, pero aún así… La culpa me estaba sofocando. Impidiendo que actuara como una maldita adulta y dejara correr las aguas.

Y, por último, aunque no menos importante, estaba Harrison.

Esa conversación con él fue el último clavo en mi ataúd. Como si me hubieran empujado más allá del límite, hasta un punto en el que el cansancio ya no importaba. Si antes mis horas de sueño eran escasas, ahora eran inexistentes. Mi cuerpo solo funcionaba por inercia, a base de siete tazas de chocolate caliente diarias, y mi cabeza no hacía más que rastrear pistas en su maldita oficina y en la sala de control. Pistas que no nos llevaban a un maldito lado y me tenían con un humor de mierda.

Seguíamos en el jodido punto muerto. Por un topo. Por un puto topo que nos estaba vendiendo. A estas alturas, ni más ni menos.

No importaba cuanto lo analizara, cuánto repasara cada detalle con Harrison y Rush. Los tres lo sabíamos. Cada movimiento que hacíamos, cada paso que dábamos, alguien lo susurraba al oído del Boss y de Alexey antes de que pudiéramos siquiera verlo venir. Nos estaban vigilando. Nos estaban cercando. A estas putas alturas, joder.

Y yo estaba perdiendo la paciencia.

Porque esto ya no era solo un juego de información filtrada. No cuando el consejo había sido el único en saber sobre el cargamento enorme que teníamos en camino. No cuando Alexey trató de hacerlo volar antes de que llegara al punto de entrega que estaba bajo territorio mexicano. Y no cuando, al final, Nikolay se adelantó, volándolo en mil pedazos antes de que nadie siquiera pudiera ponerle las manos encima.

Habíamos perdido tres de cinco envíos importantes con demasiado NCT-Θ17 y SVA-R01, en menos de dos semanas.

Yo estaba más allá de lo harta.

Entre las filtraciones, el caos con Riden, el duelo que se negaba a dejarme respirar, y la sed de venganza que me carcomía las entrañas, estaba segura de que iba a explotar. Y cuando lo hiciera, no iba a ser bonito.

Debían alejarse. Todos. Al menos dos putos kilómetros de distancia. Pero ninguno lo hacía. Me dejaban respirar cinco minutos antes de volver a la carga, preguntándome cómo estaba o si había encontrado algo nuevo. Como si no vieran que mi paciencia era un hilo que estaba a punto de romperse.

Rush fue el único que tuvo algo de sentido común, guiado por las acciones de Riden.

Previniendo muertes prematuras, me sacó de la oficina de Harrison sin darme opción, arrastrándome al comedor vacío, salvo por algunos pocos soldatos. Me sentó en nuestra mesa habitual, con nuestro grupo usual, como si eso fuera a evitar que estallara.

No lo hizo.

Por más que aprecié el gesto, la rabia seguía bullendo dentro de mí, oscura, caliente, hirviente. Y no tenía hambre. La comida frente a mí me era indiferente, un montón de mierda sin importancia. Solo revolvía el arroz con pollo, empujándolo de un lado a otro con el tenedor, como si con eso pudiera organizar el caos en mi cabeza. Como si pudiera ordenar las estrategias que quería discutir con Harrison y con Rush antes de la siguiente reunión con el consejo.

Pero nada encajaba.

Cada vez que intentaba trazar un plan, cada vez que buscaba un punto débil en la red del jodido Boss y en la concretación de la ubicación del cabrón de Alexey, la rabia volvía a escalar, entorpeciéndome, nublándome la vista con el mismo deseo que no me había soltado desde la primera vez que ambos decidieron arrebatarme algo. Porque si algo tenía claro desde hacía años, era que quería devolverle los golpes que nunca se cansaron de enviarme.

Los quería hacer mierda. Ahora más que nunca.

Con la misma fuerza con la que Nikolay nos había hecho volar cada cargamento que movíamos, con la misma indiferencia que tuvo al quitarme algo que valía mucho más que su asquerosa vida. Con el mismo desprecio con que Alexey me jodió, tomando lo que Rush más adora, convirtiéndome en una persona vacía que intentaba no caer en las oscuridades de su pozo en el maldito proceso.

El plato, insípido y más aburrido que nada, parecía burlarse de mí. Sabía que dos bocados al menos me evitarían escuchar a Riden y Rush lanzándome sermones, como lo habían hecho cuando notaron que saltarme las comidas aún seguía siendo mi pan de cada día desde que abandoné las cuatro paredes de mi habitación.

Apenas levanté la mirada y vi a Rise a un corto metro de mí, igual que yo, perdido en su plato. Riden lo miraba con preocupación disfrazada de desaprobación, y algo tenía listo para soltarle, pero se lo tragó cuando Rise, sin más, se levantó y salió con esa misma cara que yo estaba segura de cargar.

Ganas no me faltaron para imitar sus acciones, pero la mano de Rush en mi brazo me mantuvo clavada en el asiento.

—Ni en tus malditas pesadillas —murmuró tan bajo con la intención de que solo yo pudiera oírlo—. A él lo está esperando Justine con una bandeja de comida en su habitación y tres bolsas de sueros listas para inyectarle a la fuerza si hace falta. Atrévete a dejar el comedor sin haber vaciado el maldito plato y a mí no me temblará la mano para drogarte y repetir el mismo procedimiento contigo, princesa. ¿Estamos claros?

Lo amaba con cada fibra de mi ser, pero eso no impidió que lo maldijera mil veces internamente hasta el cansancio. En este momento lo único que quería era aceptar su propuesta de hace cuatro días atrás y meterle un jodido tiro en la cabeza para que me dejara en paz de una bendita vez.

—Ahórrate los comentarios llenos de odio y empieza a comer —añadió con el mismo tono, sin soltarme—. Remover la comida no la hará desaparecer, y tenemos cosas que hacer después de esto.

Gruñí, ignorándolo, y continué con mi ritual de revolver la comida. Sabía que tenía que comer. Sabía que mi cuerpo estaba al límite, que los días sobreviviendo a base de agua, chocolate caliente y alguna fruta forzada ya habían dejado huella. Lo veía en la forma en que la ropa me quedaba más suelta, en la manera que mi energía se drenaba demasiado rápido, en los malditos susurros preocupados cada vez que alguien creía que no estaba escuchando.

Pero me importaba una mierda. Pese a que le prometí a Harrison que volvería a mis hábitos saludables, me importaba tres hectáreas completas de mierda.

Comer, mantenerme en forma, evitar el semblante que preocupaba a todo el mundo… no me importaba nada de eso. Nada de esto lo hacía. Ni los entrenamientos en los que tenía que ayudar, ni las reuniones a las que tenía que asistir. Eran insignificantes. Porque en mi cabeza solo había espacio para una cosa: venganza.

Necesitaba respuestas tanto como quería desquitarme, ver a los traidores pagar con cada gota de sangre posible.

Porque lo que había hecho con el bastardo de Zacharias no me había sido suficiente. Ni siquiera había arañado la superficie del odio que me quemaba la piel. Necesitaba más. Quería arrastrarlos a todos por el infierno que los culpables habían desatado para mí. Y ahora que entendía que Zacharias no había actuado solo, que no era más que otra carta dentro de un juego más grande, no podía quedarme quieta.

Necesitaba una lista completa de nombres.

Motivos.

Una razón que me explicara por qué alguien decidió abrir la puta boca y así arrancarme a la mitad de mi vida.

Harrison y yo coincidíamos en eso. Y si bien yo no servía para hacer una mierda aún, con él como mis ojos, mis oídos y manos, me bastaba.

La muerte de ella me quemaba la garganta, y cuando tuviera a los culpables, iba a jugar con cada maldito cuerpo hasta que mi dolor estuviera reflejado en ellos. Hasta que entendieran lo que era arder en un infierno sin salida.

Nada de esto iba a quedar impune.

Ni para mí. Ni para Rise, a quien, llegado el momento, pensaba hacer parte de mi propia cruzada. Mientras tanto, mi propia existencia se hacía más y más hueca por mucho que me esforzara en parar todo eso, en establecer límites, en seguir cada consejo que había salido por boca de Harrison.

La repentina atmósfera hostil en la mesa fue lo que me llevó de regreso a la realidad, haciendo que las manos me picaran al ver a Drake Anderson avanzando hacia mí con una expresión dura, la mirada fija en mí.

Sí. Drake Anderson.

El mismo intento de ser humano del que creí haberme librado luego de lo que sea que Rise hubiese hecho con él, ya que para mí, él había dejado de existir en el momento que maté a su hermano.

Y ni siquiera me molesté en darle explicaciones cuando intentó defenderlo.

Porque cuando lo hizo, fue él mismo quien recibió dos tiros en el pecho de mi parte.

Aborrecía tenerlo cerca.

Su sola existencia me parecía patética, solo un lazo de sangre con un cadáver al que le había dedicado diez disparos… y aún así me parecía poco.

Había escuchado por boca de Rush que Drake había desaparecido por las acciones no dichas de Rise. Luego me enteré, por boca de Justine, que en los días que desapareció, se había dedicado a organizar un funeral “decente” para Zacharias.

Al escuchar eso, mi primera reacción fue una fantasía de venganza más visceral.

¿Funeral decente?

Hubiera dado cualquier cosa por volar hasta su tumba, desenterrar cualquier extremidad que quedara de él, y dejar que el sonido de cada nuevo disparo borrara hasta su último rastro. Porque los diez tiros que le había dado no. Me. Bastaban.

—Fantástico. Lo que me faltaba —escuché murmurar a Riden con evidente fastidio.

—Riden —Roelle lo reprendió, pero él ni siquiera le prestó atención.

Su mirada, helada y cargada de desprecio, se clavó en Drake justo cuando este estaba a punto de sentarse.

—¿Qué? ¿Te faltó otro órgano de tu hermano por recoger o solo viniste a amargarnos el maldito día, Drake? —su voz rezumaba veneno.

Drake siseó, la rabia tensando cada músculo de su rostro mientras lanzaba su charola de comida sobre la mesa con un golpe seco.

—Métete en tus propios asuntos, hijo de perra.

Riden sonrió de esa manera corta y burlona que solía poner cuando las cosas se estaban dando como él quería, y Roelle no pudo evitar rodar los ojos, pasando su mirada de mí a Drake varias veces, visiblemente nerviosa.

Él ocupó el puesto de Rise, quedando frente a mí, y aunque el peso de su presencia era innegable, mi único deseo era que desapareciera de mi vida para siempre. No había forma en el infierno en la que una “amistad” con él pudiera recuperarse, y si la había, no me interesaba. Por mí estaba más que bien no tener nada que ver con ese maldito apellido nunca más.

Ignoré la presencia de Drake, desconectándome de la mesa incluso cuando las alarmas en mi cabeza gritaban que cobrara con él lo que con su hermano no me bastó. Sin embargo, por mucho que quisiera, no lo hice. ¿Por qué? Solo Dios lo sabía. Tan solo me dediqué a ignorar la discusión que empezó a subir de tono entre él y Riden. Pero cuando Rush, harto, intervino, arrastrando la mirada de todos hacia él, mi atención regresó.

—Demasiada mierda por hoy —dijo, apoyando sus codos en la mesa y silenciando a su hermano con una sola mirada—. ¿Qué quieres, Anderson? Rise dejó en claro que tu estadía aquí no es bienvenida y estuviste más que bien con eso. ¿Por qué mierda estoy viendo tu cara aquí una vez más cuando tienes claras las repercusiones de tu estupidez?

Drake respiró hondo, tratando de controlarse.

—Solo quiero saber algo. Aclárenmelo y desapareceré de una buena vez —apenas murmuró.

Sentí cómo su mirada, ardiente y cargada de rencor, se fijaba en mí como una advertencia, hasta que, con fastidio, alcé la cabeza y lo enfrenté.

Rush chasqueó la lengua.

—Lo que tú quieras saber a estas alturas me sabe a mierda, Drake, y estoy seguro de que a ella también.

Más silencio nos rodeó.

Con el rabillo del ojo, vi a Riden deslizar las manos poco a poco bajo la mesa y cómo Rush entrecerraba los ojos.

Solté un suspiro, y ya que nadie parecía dispuesto a romper el estúpido silencio, decidí tomar la iniciativa.

—Estoy con él en esto, Drake. La verdad es que cualquier cosa que tú quieras saber me trae sin cuidado —sin más, tomé una cucharada de la insípida comida a mi boca y tragué con desgana—. Vete a la mierda.

Sus ojos azules chispearon con furia y eso casi me arrancaba una sonrisa. Casi.

—¿Cómo siquiera te atreves a…?

—¿A qué? —lo interrumpí sin un atisbo de interés—. ¿A mirarte a los ojos después de mandar a tu hermano a pudrirse en el infierno? ¿A decirte que disfruté cada maldito segundo de verlo desangrarse en el suelo? —mi sonrisa se ensanchó cuando su expresión se endureció con cada palabra—. ¿A qué me atrevo, Drake? Adelante. Soy toda oídos.

—Eres una maldita —siseó, su voz envenenada de rabia.

Sí, ¿y entonces?

—¿Y la sorpresa? —le dediqué mi sonrisa más impertinente antes de soltar un suspiro burlón—. Debo decir que malgastaste tu tiempo si eso era todo lo que querías saber, Drake. Sabes que disfruté cada segundo, ¿qué creías? ¿Que iba a arrepentirme?

—Princesa —intervino Rush, su tono severo.

No me molesté en mirarlo; por hoy ya había tenido suficiente. Empujé el plato al centro de la mesa y me levanté, encaminándome hacia la salida, harta de este patético intento de escándalo.

—Vete antes de que Rise culmine contigo lo que empezó con tu maldito hermano, Anderson —le oí decir Rush mientras avanzaba hacia las puertas abiertas del comedor—. ¡Anderson!

No tuve tiempo de reaccionar. Lo siguiente que sentí fue un tirón brutal en mi cabello que me hizo caer hacia atrás, golpeando la cabeza contra la mesa vacía a un costado. Apreté los labios, negándome a soltar un solo gemido, pero una sonrisa amarga se dibujó en mi rostro al enfrentar de nuevo su mirada.

Su mano izquierda se cerró con fuerza en torno a mi cuello mientras la derecha tiraba de mi cabello, golpeando mi cabeza repetidas veces contra la mesa. Y, aun con el dolor vibrando en mi cráneo, le devolví una sonrisa desafiante, una clara burla de: “¿eso es todo lo que tienes?”.

La violencia de los golpes se detuvo en seco cuando un disparo y jadeos conmocionados resonaron en el comedor. Drake soltó un grito ahogado, pero su agarre no aflojó; de hecho, apretó con más fuerza y continuó estrellando mi cabeza contra la mesa, incrementando la potencia, como si el eco del balazo no lo amedrentara. Un segundo disparo resonó poco después, acompañado del sonido metálico de un arma siendo desbloqueada.

Entreví el cañón de un arma presionando en la sien de Drake, pero mis ojos empezaban a cerrarse por el dolor, apenas logrando mantenerse abiertos, por lo que no pude ver quién se había unido a la fiesta.

—Van dos —la voz de Rush, fría y cortante, llenó el tenso aire—. Hazlo de nuevo, Anderson, y no me importa regalarte el tercero.

Una pausa.

Densa.

Amenazante.

—Te unirás a Zacharias en el noveno círculo del infierno si no terminas de soltar a mi mujer de una puta vez y desapareces de mi maldita vista.

—Y hazlo bien esta vez —añadió Riden, su tono grave, casi sacándome una sonrisa—, porque al cruzar los límites del país, buscarte y encontrarte será mi pasatiempo favorito, hijo de perra.

Drake, en medio de una mezcla de ira y patetismo, alzó la voz.

—¿Cómo pueden defenderla? ¡Mató a mi hermano!

—¿Y qué esperabas? —replicó Riden, imperturbable—. Él iba a morir tarde o temprano, por Alexey o por Nikolay. Agradece que se aceleraron las cosas y que se hizo frente a tus jodidos ojos. Al menos tuviste extremidades que enterrar.

—¿Agradecer? —Drake repitió, horrorizado, mientras su mano se aferraba con más fuerza a mi cuello, robándome el aire—. ¡Él era lo único que me quedaba! ¡Lo único! ¿Y tengo que agradecerle a la maldita que me lo arrebató por un arranque de rabia?

Conseguí abrir los ojos, sosteniendo su mirada, que destilaba una mezcla letal de ira, decepción y odio.

—Tienes cinco segundos, Drake —la voz de Rush era una sentencia—. Suéltala y lárgate, o te vuelo los sesos.

La presión en mi cuello no aflojó; al contrario, aumentó, y el pensamiento de que iba a quedar marcada por él encendió algo en mí. Hundí el dolor en los rincones oscuros de mi mente y, con un movimiento calculado, lancé una patada directa a su entrepierna. El hijo de perra soltó un gemido entre dientes y su agarre aflojó lo suficiente para liberarme. Sin dudar, aproveché y me aparté de él, inhalando bocanadas grandes de aire.

Algunos presentes, incluyendo a Roelle y a ambos Massey, me dedicaron su completa atención, pero los pasé de largo. Pese a que me ardían los pulmones, me concentré en la ira que llevaba tiempo hirviendo en mi interior, lista para salir a la superficie sin restricciones.

Drake cayó de rodillas, dejándome apreciar la sangre que brotaba de su pecho. Iba a morir pronto si no se hacía algo para tapar aquellas heridas, pero no me importó. Me agaché frente a él, sosteniendo su mirada con una calma casi aterradora.

—Me alegra que tu hermano esté muerto, Drake, y aún más haber ayudado a enterrarlo a doce metros bajo tierra. Él se merecía una muerte lenta, pero en ese momento no lo pensé —murmuré con suavidad, viendo cómo sus ojos se encendían con puro odio. Bien—. ¿Por qué tanto odio? ¿No era eso lo que querías oír? ¿No viniste aquí buscando una respuesta?

—¡Maldita! —rugió, temblando de furia—. ¡Lo mataste! ¡No dejaste que se explicara! ¡Su muerte es tu maldita culpa!

Sin titubeos y con brusquedad, tomé su cabello entre mis dedos, obligándolo a mantener los ojos en los míos. El pavor que le provocó esa cercanía se reflejó en la tensión de su cuerpo, y eso me complacía de una forma casi malsana.

—¿Explicarse? —mi tono salió bajo, peligroso, una amenaza latente en cada palabra—. ¿Qué iba a decirme, Drake? Zacharias no era más que parásito egocéntrico y egoísta que nos arrastró una y otra vez a este ciclo de mierda, algo que al parecer decidiste olvidar —sus labios se cerraron en una línea furiosa, su mandíbula apretada, pero no discrepó—. Entiende esto: lo disfruté. Y que te quede en la cabeza que si repetir ese espectáculo pudiera devolverme a mi mitad, no dudaría en hacerlo una y otra vez. Su vida, créeme, valía mil veces más que la de un miserable suicida, ¿lo captas?

Contuve las palabras que aún querían salir de mi boca, sabiendo que cada frase resonaba con suficiente intensidad. En lugar de continuar, me permití una sonrisa que hablaba de advertencias no pronunciadas, una sonrisa que sabía que podía asustar a cualquiera.

—Tienes veinticuatro para desaparecer del mapa, Drake. Muévete y escóndete lo suficiente para que yo, no Riden, no Rush, no Rise, sino yo misma no pueda encontrarte. Porque te juro, que si nuestros caminos se vuelven a cruzar, el menor de tus problemas va a ser el odio que me tienes —me incliné un poco más cerca, dejándole ver lo que sus propias emociones le habían cegado: me había tocado los ovarios una vez más y esta vez no iba a salir con solo dos malditos tiros como recordatorio—. Voy a cazarte, y será lo mejor que me haya pasado en meses. Por siquiera defender a tu maldito hermano, voy a asegurarme de que sufras el doble. Y esta vez, contigo va a ser lento, Drake. Vas a temerme. Y entonces entenderás por qué no se puede jugar conmigo. Entenderás por qué no puedes joderme. Entenderás por qué, para mí, mi círculo es intocable —sus ojos traicionaron el miedo que trataba de disimular, y no pude evitar disfrutar esa reacción—. Cuando entiendas todo eso, vas a rogarme por una salida que no llegará —me enderecé, lanzándole una última mirada de advertencia—. El tiempo corre, Drake. Te aconsejo que te muevas.

Dicho eso, salí del lugar de una vez por todas.

Diecisiete pasos tuve que dar en dirección a la sala de comandos para que el dolor que no había sentido en el comedor me explotara por todo el cuerpo. Supuse que había sido por la adrenalina del momento, porque de un segundo a otro, la vista se me nubló, la cabeza me martilló y la galaxia se hizo presente en mis ojos, impidiéndome dar otro paso más. Después de ahí, todo pasó muy rápido y lo último que sentí antes de que mis ojos se cerraran por completo fue otro golpe punzante en toda mi cabeza.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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