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1. Let's Play - Capítulo 77

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Capítulo 77: 74

Estoy bien (mentira número setenta y cuatro)

Al final, el juego siempre termina, pero la culpa… quizás esa nunca se retire de la mesa

La luz blanca fue lo primero que me quemó los ojos al abrirlos. Los cerré al instante en que la cabeza me martilló por la acción y siseé una maldición entre dientes. Lo único que se escuchaba a mi alrededor eran los pitidos constantes del monitor cardíaco que estaba segura que tenía incrustado en el cerebro, y nada más, dándome así la respuesta necesaria para saber en dónde rayos me encontraba.

Quise suspirar de irritación al siempre, cada vez que me sucedía algo no tan grave, terminar dentro de las cuatro paredes de un cuarto en el área médica en vez de, no sé, mi habitación, por ejemplo. Pero la acción quedó estancada en mi garganta al escuchar la puerta abrirse y cerrarse con un excesivo cuidado.

—Veinte minutos —escuché sisear a Harrison, furioso. Fue sorprendente que, por primera vez en lo que llevaba con él, no levantara la voz ni una octava. Aunque, de nuevo, el tema era Harrison. Él era consciente de que no necesitaba levantar la voz para transmitir su enojo—. Desaparece de mi vista por solo veinte malditos minutos y mira como la encuentro. ¿Estás de adorno cuando de la seguridad de ella y el maldito búnker se trata o qué mierda?

—Desde que el culo de Drake Anderson se plantó en Escocia una vez más, he verificado cada uno de sus putos movimientos, Harrison —replicó Rush, tan molesto como él, manteniendo su voz a raya—. Se suponía que iba a tener una conversación conmigo fuera del búnker anoche, pero se pasó por las bolas esa petición y apareció aquí sin ser invitado. Las alarmas no sonaron, los soldatos de guardia no lo vieron entrar y las cámaras ni siquiera captaron su presencia. ¿Cómo diablos quieres que esté pendiente de alguien que parece un fantasma cuando le da la gana y encima tiene ayuda de alguien de aquí adentro?

Ahora, esa era información nueva. ¿Por qué Rush tenía que hablar con el jodido Anderson? ¿De qué? ¿De eso era lo que quería hablar conmigo anoche?

«Maldita sea».

Debí luchar más contra el sueño que se apoderó de todo mi cuerpo al segundo de que toqué la cama. Es decir, ¿qué otra cosa estaba mal conmigo? Podía aguantar muchos más días sin dormir de los que ya traía, entonces, ¿por qué ahora me desplomaba en cualquier rincón del búnker como si fuera un maldito peso muerto?

—Tenías que…

—¿Hacer qué? ¿Magia? ¿Verificar todo por una puta bola de cristal? Métete en la cabeza que estamos tratando con algo que se nos escapa de las manos, con alguien que quiere vernos jodidos y está utilizando a los jugadores que sobran para hacerlo, Harrison. Drake fue una de sus cartas. Lo utilizó y nos dejó ver que tanto poder tiene sobre nosotros al hacerlo aparecer sin levantar ni una puta alarma. ¿Quién crees que sigue? ¿Blaz? ¿Sus hijas? Quien sea que está haciendo todo esto no es un idiota. ¿Moviendo a la gente como le da la gana? —Rush chasqueó la lengua—. No estamos tratando con una persona estúpida.

—Pero al parecer yo sí —resopló mi jefe de mala gana. Rush bufó—. ¿Qué hay de él?

—Los hombres de Kaela se hicieron cargo —respondió, su voz sonando más cerca de mí.

—¿Está muerto?

—Tanto como su pulso y tres disparos más lo demostraron.

Presentía que Harrison diría algo más, pero el sonido de la puerta volviéndose a abrir sin el más mínimo cuidado lo interrumpió, seguido de varios pasos más. Entre el golpe agudo que sufrió mi cabeza por el estruendo de la puerta contra la pared y el aire cargado que se instaló entre Harrison y Rush, comprendí que las cosas se saldrían de las manos.

Porque ese cambio en la atmósfera, en mi lenguaje, significaba aún más problemas. Muchos más de los que estaba dispuesta a soportar en el estado en que estaba si decidían escalar con rapidez.

—Al segundo que apareció debiste haberme llamado, hijo de perra —soltó Rise, sin esperar saludos de nadie, la verdad.

—Rise —reprendió una voz cantarina que no había escuchado desde hacía tiempo.

—Cállate —le siseó él a su hermana—. ¿Dónde está?

—Muerto, imbécil —respondió Riden, sonando más enojado de lo habitual—. Si me hubieses dejado hablar, te lo habría dicho, pero ahora resulta que se te hace más fácil actuar que pensar con el maldito cerebro que te gastas.

—Quiero asegurarme de eso por mi cuenta —dijo Rise, seguramente dirigiéndose a Rush—. ¿En dónde está?

—Maldito idiota —murmuró Riden. Lo oí a mi lado derecho, sintiendo como tomaba mi mano. Apreté la suya y repetí el gesto para dejarle saber que tenía que mantener la boca cerrada.

Quería escuchar.

Sabía que esta conversación no la tendrían si estuviera despierta, puesto que “alterarme” más no era una opción para nadie en particular.

—¿Una sí, dos no? —susurró con una tonalidad jocosa en su voz.

—Rush, no me hagas repetirlo dos veces —la voz baja y peligrosa de Rise me apretó el corazón.

Ese no era él, y me dolía. Sin embargo, cada quien llevaba el dolor a su manera. Yo no contaba con voz ni voto en eso, dado que yo misma estaba llevando mi desgracia de la manera más… poco saludable que podía. Por ende, Rise tenía derecho a sobrellevar la suya como pudiera.

—Si quieres saber eso, habla con Kaela, no conmigo —suspiró Rush, sonando cansado—. Sus hombres fueron quienes se encargaron del jodido desastre, porque si no te has dado cuenta, tuve que encargarme de cosas mucho más importantes que un puto cadáver, Rise.

Solo tomé dos respiraciones superficiales antes de que el ambiente volviera a cambiar. Esta vez, gracias a la actitud afligida del Massey mayor.

—¿Cómo está? —preguntó después de unos minutos en silencio, más mesurado.

—Cinco puntos entre la parte parietal y occipital —creo que fue lo que pude entender del espécimen. Había hablado demasiado bajo y entre dientes, pero eso explicaba mi severo dolor de cabeza—. Tuvo suerte. Un poco más y tendría una hematoma subgaleal en vez de varias conmociones cerebrales.

—¿Presenta contusiones? —intervino Harrison.

—Solo una —dijo la voz de mi doctora favorita, entrando a mis cuatro paredes infernales—. Por suerte, solo una —el jefe aun así maldijo, insultando con palabras nada educadas a Drake Anderson. Estuve de acuerdo con cada palabra que salió de su boca. Si las cosas para mí eran así de serias, no había cabida ni en el infierno que dejara de tener personas rondando alrededor de mí como buitres—. ¿Aún no ha despertado?

—No desde que…

—Di buenos días, Bells —interrumpió Riden a su hermano, acabando con mi fiesta antes de tiempo.

Quedé inmóvil por unos segundos, junto a la respiración de casi todos en la habitación hasta que Riden apretó mi pie derecho en busca del punto exacto donde sabía que tenía cosquillas. Entre el gruñido que di, el pequeño salto que pegué por él haber tocado la zona sensible y los millones de martillazos en la cabeza, no sabía qué era peor de sentir. Pero lo que sí supe fue que tenía que matar a ese pequeño traidor cuando tuviera la oportunidad de colocar mis manos en su cuello.

—Hijo de puta —mascullé a regañadientes, abriendo poco a poco los ojos, enfocándome en otra cosa que no fuera la puta luz cegadora.

La primera cara que vi fue la del espécimen. Estaba borrosa y distorsionada, como si estuviera mirando a través de una ventana empapada en lluvia, pero estaba ahí. Un par de parpadeos más y aquellos rasgos que amaba comenzaron a agudizarse, encontrándome mirando a un par de tormentosos ojos grises llenos de preocupación.

Decir que se veía preocupado era poco. Ocupando un banquillo a mi lado, tan cerca de mí como la camilla lo permitía, su frente se mantenía fruncida, sus cejas juntas. Aunque hacía un esfuerzo notable para que nada de eso destacara, su postura lo delataba: hombros tensos, espalda rígida, cada músculo en su cuerpo gritando lo preocupado que estaba. Verlo así no me gustó en lo absoluto, por lo que saqué la mirada de él y la enfoqué en el resto.

Y ni para qué hacerlo. Todos reflejaban el mismo estado de preocupación que Rush, cosa que odié.

—¿Serían capaces de dejar de mirarme como si hubiese muerto? —mi voz salió baja, pero aún así tuvo el impacto que quería: sacarlos de las casillas.

Harrison murmuró unas cuantas maldiciones en alemán, Rise me miró como si quisiera arrancarme la cabeza, Rush soltó un suspiro exasperado, Riden solo rodó los ojos, y solo Justine y Mila compartieron unas muecas a las que yo consideraba una sonrisa a medias, que sólo reprimían porque había gente que podía arrancarles la cabeza si consideraban mi situación actual graciosa.

—Sigue siendo la misma —dijo mi Massey favorita, levantándose de un pequeño sillón en la otra esquina de la habitación solo para acercarse y dedicarme una bonita sonrisa—. ¿Cómo te sientes, cielo?

—Cómo si hubiese sido golpeada hasta quedar inconsciente —contesté, manteniendo la voz tan baja como pude. El hablar alto y yo no nos llevaríamos nada bien hasta que mi cabeza dejara de retumbar como un maldito tambor.

—¿Que la gente te destroce la cabeza hasta casi matarte te vuelve más ingeniosa que de costumbre? —espetó Rise, apoyado en la pared, con el mismo aire de quien aún no ha descartado la idea de matarme él mismo.

Entrecerré los ojos en su dirección.

Estaban dándole demasiada atención a algo que ya había pasado cuando teníamos que enfocarnos en cosas más importantes. Como Alexey y el maldito de Nikolay, por ejemplo. No en mí. No en algo que podía superar en unos cuantos días, sino en algo que, si le dábamos más días, las repercusiones iban a ser peores para nosotros.

Estaba a nada de hacérselo saber, pero él se anticipó, dándome todo su mal humor.

—A lo que llegues a decir que estoy “exagerando”, te juro por Dios que voy a degollarte yo mismo, Arabella.

Mantuvo la mirada fija en mí. Firme. Dura. Tanto hasta que estuvo seguro de que no iba a replicarle una mierda. Error.

—Dramático —murmuré al instante que desvió sus bonitos y apagados ojos verdes a Rush. No parpadeé ni dos veces cuando lo tuve observándome de nuevo.

—Estúpida —replicó.

—Idiota —contraataqué.

—Suicida.

—Fastidioso de cojones.

—Impulsiva.

—Temperamen…

—¡Bueno, basta! —soltó Justine, entre hastiada y divertida.

Me guardé la sonrisa que amenazaba con dibujarse en mi rostro cuando ella se acercó para revisar los goteros que colgaban de las bolsas a una distancia prudencial de mí. Pero mi corazón no pudo hacer lo mismo. Porque al ver aquel ínfimo brillo jocoso en los ojos esmeraldas del idiota que tanto había extrañado, se derritió un poco.

Y no fui la única en notarlo. Sus hermanos debieron verlo también, porque de repente, el ambiente se hizo más llevadero que antes. Menos sofocante. Casi, casi normal. Rush dejó de parecer una estatua de mármol con el peso del mundo sobre los hombros. Su postura se relajó, y en sus labios apareció un atisbo de lo que, con mucha imaginación, podía llamarse sonrisa. Se podría decir que Riden estaba igual.

Mila, por otra parte, ni siquiera trató de ocultar lo que sentía. La felicidad y el alivio estaban ahí, reflejados en los ojos que compartía con su hermano mayor, centelleando con una pizca de esperanza.

Y así como a ellos, a mí también me sirvió. Era una pequeña prueba de que, con el tiempo, el mayor de los Massey volvería a ser el imbécil risueño que todo el mundo extrañaba.

Solo había que darle eso: tiempo.

—Vas a tener que quedarte aquí hoy, Bells —informó Justine, atrayendo mi atención.

Fruncí la nariz, mostrando mi desacuerdo.

—Fueron solo un par de golpes, estoy bien —me quejé—. Puedes monitorearme desde mi cuarto, si eso te hace estar más tranquila, Jus, pero no tengo nada que hacer aquí.

—Un par de golpes que requirieron puntos de sutura, además de conmociones y una contusión que tengo que estar vigilando en cada espacio que tenga libre de lo que resta de día, Arabella —difirió con firmeza—. No pienso jugar contigo el tira y afloja esta vez. Lo que tienes es serio, y si no se le mantiene un ojo encima, puede convertirse en algo más grave de lo que es. Así que te quedas en observación.

—Están haciendo de esto más grande de lo que en realidad es —refuté, mortificada.

—No. Sabes que no —su mirada volvió a la carpeta que tenía entre manos—. Además, así aprovecho a inyectarte sueros que bien que te hacen falta. Estás muy por debajo del peso que deberías de estar.

Solté un gruñido frustrado, fuerte y claro.

—¿Ahora también eres nutrióloga?

—Arabella —me riñó Harrison.

—No hace falta tener un título que abarque ese puesto cuando cualquiera puede ver lo mucho que luchas en el día a día para que el pantalón que llevas puesto no se te caiga, cariño —Justine levantó la mirada de la carpeta solo para regalarme un guiño, ignorando mi mal genio—. Ahora, si me disculpan, tengo otras cosas que hacer. Volveré en un par de horas, Bells.

Dicho eso, salió por donde había entrado, dejándome a solas con gente que no quería a mi alrededor en estos momentos porque sabía que no perderían tiempo para…

—La primera guardia la hago yo —suspiró Riden, dejándose en el sillón donde había estado su hermana.

Exacto. Hacer justo esto.

—Serviré como relevo —dijo Mila, regalándome otra bonita sonrisa que ahora no quería.

—Estaré aquí tan pronto haya terminado la reunión con el consejo, por lo que no creo que haga falta, Mila —intervino Rush.

Su hermana frunció los labios.

—A ti lo que te hace falta es una siesta —el espécimen abrió la boca para oponerse, pero Mila prosiguió—. No estoy diciendo que no vengas, hermanito. Solo estoy diciendo que puedes echarte un sueñito en el sillón mientras Bells y yo nos ponemos al corriente de todo, ¿cierto, Bells?

—Cinco puntos. Solo tengo cinco putos puntos en la cabeza y ya todos ustedes me están tratando como una jodida discapacitada. ¿Es en serio? ¿Qué les pasa?

El bufido proveniente del menor de los Massey me tocó un nervio, y de repente quise mucho, demasiado tener algo para lanzarle.

—¿De verdad crees que todos estamos aquí solo por lo que pasó con Drake, Arabella? —tomé una respiración profunda y cerré los ojos. No tenía ganas de escuchar esto—. No comes, abundas en mareos repentinos, casi ni duermes y hoy estuviste a nada de tocar las puertas del jodido cielo. Lo último es lo de menos; normalmente casi estás tocando el cielo todo el tiempo, ¿pero lo demás?

—La lástima no te queda bien, Riden —musité entre dientes.

—¿Cuándo te he tenido lástima, estúpida? Te estoy señalando hechos tangibles de cómo te has descuidado a tal punto de llegar a parecer una momia viviente. No es mi culpa que no sepas afrontar ni diferenciar la preocupación genuina de la lástima inservible.

—¿Llamas “preocupación genuina” a la gran cantidad de hipocresía disfrazada en esas palabras?

—Ekaterina —Harrison volvió a reprenderme, siendo el primero en entender mis palabras.

—¿Qué? ¿Ahora ya tampoco se me permite hablar?

No era culpa de nadie. De nadie.

Pero la lástima, preocupación, o como quisieran llamarlo, y yo nunca fuimos compatibles. Me ahogaba, me hacía difícil respirar. Súmale que estuve bajo demasiada presión y que un puto dolor que no abandonaba mi pecho desde… ese suceso, y estaba a nada de desencadenar una reacción en cadena donde empezaría a soltar palabras que herirían a cualquiera que estuviese alrededor de mí, importándome menos cualquiera de sus reacciones.

He ahí el por qué Harrison trataba de atarme la lengua. Porque me conocía. Y por como me conocía, mandó a desalojar la habitación en cuanto pudo. Cabe destacar que ninguno de los Massey se movieron de sus posiciones los primeros segundos, pero fue Mila quien, luego de soltar un suspiro pesado, accedió.

—Basta de asustarnos así —pidió ella, pasando una mano fría por mi frente de manera cariñosa—. He pasado por suficientes pérdidas, no quiero otra.

Lo que dijo caló hondo en mí tan fuerte y tan repentino que no pude replicar.

Mila vio eso y, con un beso rápido en mi mejilla, abandonó el lugar antes de que las lágrimas que trataba de aguantar se deslizaran por sus bonitos ojos verdes.

—¿Puedes tratar de no matarte mientras se hace el esfuerzo de cuidarte, o eso es demostrarte mucha “lástima” de mi parte?

La voz de Rise tajó las lágrimas que demandaban salir de mí por las palabras de Mila.

—Deja de decir pendejadas —gruñí—. Me estás viendo en una sola puta pieza. Estoy bien, ahórrate la sarta de tonterías y déjame en paz.

—Cuando puedas mantener la vista fija en el espejo por más de diez segundos seguidos, podrás abrir la maldita boca y refutarme algo, Arabella.

«Bastardo hijo de…».

—De todas las personas, hijo de perra, tú no tienes moral alguna para…

—No, no tengo y dudo que en algún punto la tenga, te concedo eso —me cortó él, caminando hacia la puerta sin dedicarme una segunda mirada—. Pero de entre todos los que estamos aquí, tú eres la única que aún no entiende que te estamos tratando de ayudar porque sabemos que ella primero se cortaría un brazo antes de dejar que sigas así: matándote con lo que sea que tengas a la mano, asfixiándote en mierdas que ni siquiera tienes por qué, Arabella.

Dicho eso, salió de mi campo de visión, cerrando la puerta con demasiada delicadeza para lo que me acababa de decir.

El silencio que le siguió a sus palabras fue lo bastante largo para que ellas se atascaran en mi cabeza, y el que nadie, ni siquiera Harrison, contradijera lo que el mayor de los Massey había dicho dolió mucho más de lo que pensé que dolería.

Porque ahí, en medio de la nada en la que mi mente decidió encerrarme por unos minutos, sin distracciones, ni ruido, no hubo escape. No había nada que bloqueara la realidad que llevaba evitando desde el momento en que escuché las palabras que me arrancaron el aire de los pulmones por unos buenos largos cinco malditos segundos, antes de que la rabia se apoderara de mí y exigiera venganza.

Mi garganta se cerró y sentí la presión en mi pecho subir de golpe, pero no era nada nuevo. Era lo mismo de siempre, el mismo maldito vacío que me acompañaba desde ese día. El mismo que había tratado de llenar con ira.

Con venganza.

Con la idea obsesiva de que, si hacía lo suficiente, si los destruía a todos, si derramaba suficiente sangre, si lograba hundir mis manos en la carne de los responsables hasta que no quedara nada de ellos, entonces tal vez… solo tal vez… esa presión cedería.

Pero como era lo bastante inútil en estos momentos, sabía que nada lo aliviaría. Nada la traería de vuelta. Y la jodida impotencia de eso me estaba devorando viva. Así que sí, tal vez desaparecer yo era más fácil que seguir lidiando con la mierda que me comprimía el cuerpo cada que su recuerdo flotaba por mi cabeza. Tal vez sería más sencillo dejarme caer, dejar que el vacío me tragara de una vez en lugar de seguir navegando en esa agonía sin final.

Que era todo. El. Maldito. Tiempo.

Y ahora Rise tenía la jodida audacia de decirme que me estaban tratando de ayudar porque sabían que ella no estaría contenta con nada de lo que estaba haciendo para mermar el dolor.

Como si no lo supiera.

Como si no pudiera escuchar su voz en mi cabeza, gritándome, maldiciéndome, arrastrándome de vuelta como siempre hacía cuando quería sacarme de mi mierda personal. Ella no se habría quedado de brazos cruzados mientras me consumía. Me habría arrastrado de vuelta a la vida a la fuerza si era necesario, con esa bendita boca que nadie podía mantener cerrada. Me habría obligado a levantarme, a seguir adelante, a dejar de revolcarme en la culpa y desesperación, y hacer algo más que destrozarme a mí misma en el proceso. Con sus regaños, con su manipulación tonta, con su paciencia infinita cuando nadie más la tenía.

Pero ella no estaba aquí.

Yo seguía respirando y ella no.

Y eso enterraba los puñales una y otra vez en cada rincón de mi cuerpo.

Rise tenía razón. Lo sabía. Sabía que mi manera de actuar no era sostenible. Lo veía en los ojos de todos, en su preocupación disfrazada de enojo, en sus intentos de hacerme reaccionar antes que terminara de destruirme a mí misma. Y, sin embargo, no podía detenerme. Porque si paraba, si soltaba el odio, la rabia y la desgana, solo me quedaría el dolor.

Y el dolor… el dolor era insoportable. Eso se sentía como si estuviera cediendo. Como si estuviera aceptando, por fin, su ausencia. Y, joder, no podía. Aún no me sentía lista.

Pero, de nuevo, eso sería algo que ella quería que hiciera. Y no estaba segura de afrontarlo. Había llorado. Había dejado mi alma pegada en la almohada, ¿pero lo había afrontado? Llorar a mi mejor amiga era una cosa, ¿pero afrontar su pérdida? ¿Darla por sentado?

¿Podía ser capaz de hacer eso? ¿De hundirme mucho más de lo que ya había hecho para después salir a la superficie con otro punto de vista?

Apretando los dientes, me pasé una mano por la cara, sintiendo la quemazón en mis ojos, el ardor en mi garganta.

Quizás… tal vez, por ella… Por Kendall…

Quizás podría intentarlo.

—Volveré dentro de poco —murmuró el espécimen contra mi frente, trayéndome de regreso a la tierra—. Trata de descansar, princesa. Te amo.

Exhalé con fuerza como respuesta, tan solo porque sabía que si hablaba, lloraría. Aún así, mi respuesta le sirvió para entender que no estaba de humor para nada más que no fuese silencio y lágrimas. Él y Harrison salieron del cuarto, no sin el último darme un vistazo rápido, mirándome tan imperturbable como siempre.

Dejé caer la cabeza hacia atrás, cerrando los ojos cuando me quedé “sola”. Riden no volvió a dejarme saber lo que pasaba por su fantástica cabeza, y gracias a Dios por eso. Cuando de los Massey se trataba, él era el mejor en saber respetar mis deseos, y en esos momentos solo necesitaba una cosa.

Silencio.

Y justo por eso, lo único que volví a escuchar proveniente de él fue el sonido del cuero del sillón cuando se removió ahí, y nada más, otorgándome la quietud necesaria para que los medicamentos que corrían por mi sistema hicieran su trabajo y me mandaran a los brazos de Morfeo después de haber dado varias respiraciones profundas para mantener las lágrimas a raya.

♦ ♦ ♦

Sabía que había pasado horas dormida cuando, luego de que la cabeza me martillara sin cesar al abrir los ojos, me percaté de tener mi manta favorita encima, así como noté que el sillón que tenía enfrente de mí estaba vacío y quienes estaban ocupando las sillas en mis flancos eran Mila y Rush. Uno estaba recostado con la cabeza hacia atrás y los ojos cerrados, y la otra estaba con la mirada sumergida en una revista de Elle Decor que traía entre manos, pasando las páginas con calma.

Fue el movimiento involuntario de mi mano lo que llamó la atención de Mila. Sus bonitas esmeraldas se posaron en los míos con una sonrisa leve, cálida, pero no lo suficiente para distraerme del dolor que me taladraba el cráneo.

—¿Agua? ¿Tienes hambre? ¿Quieres algo? —cuestionó con voz clara, dejando la revista a un lado.

Solo mencionarlo fue suficiente para que mi estómago gruñera con una intensidad imposible de ignorar. Mila frunció el ceño con curiosidad y, antes de que pudiera abrir la boca, reaccioné tan rápido como pude. Intenté negar con la cabeza, pero el dolor fue tan agudo que apenas logré articular una negación. En su lugar, murmuré el nombre de Justine.

Lo que necesitaba era analgésicos. Algo. Lo que fuera para calmarme el puto dolor. Luego, ya vería qué hacer con el vacío que tenía en el estómago. Después de todo, si había logrado sobrevivir mi duelo sin dar una puta queja por tanto tiempo, podía aguantar un poco más.

Porque, a pesar de que dormí mucho más tiempo del que recordaba haberlo hecho en semanas por mi propia voluntad, las palabras ácidas de Rise aún se repetían en mi mente como un exhaustivo disco rayado.

Sí, ya Harrison me lo había dicho. Rush, Riden, incluso Justine y la menor de los Massey, junto a Roelle, pero mi cerebro seguía negándose a aceptarlo.

Yo seguía negándome a aceptarlo.

Aceptar que la mitad de mi vida se había ido por algo que no fuera más que mi culpa era un peso imposible de soportar. Porque ella había ido al puerto por mí. Se saltó las normas de Harrison por mí. Lo hizo por mí.

Pero, al mismo tiempo, sabía que no podía cargar con cada decisión que tomó como si fuese mía. No podía seguir apropiándome de cada acto y abrazarlo como como un castigo autoimpuesto.

«No fui yo quien lo hizo. No fui yo quien dio el último paso».

Y, sin embargo, eso no cambiaba la realidad.

Así que quizás era tiempo de aceptarlo.

Me dolería. Me lanzaría de nuevo a la marea alta que me quería ahogar. Pero era eso, o seguir restándole importancia a lo que ell… Kendall quería.

Y yo podía hacer muchas cosas, pero faltarle el respeto a la última voluntad que ella quería que cumpliera no iba a estar en mi libro de idioteces.

Era eso. Era lo que ella hubiese querido.

Aceptar la verdad. Dejar de esconderme en la rabia, en la venganza, en el odio que me quemaba por dentro. Soltarlo. No porque yo quisiera, sino porque Kendall no lo habría permitido.

Mi pecho se contrajo y mi mandíbula se tensó con fuerza, como si mi propio cuerpo se resistiera a ceder. Porque hacerlo significaba enfrentar el vacío que había dejado. Significaba reconocer que no iba a verla de nuevo, que su risa no volvería a llenar el espacio a mi lado, que su terquedad insoportable ya no estaría ahí para arrastrarme de vuelta cuando quisiera hundirme.

Significaba aceptar que se había ido.

Mis manos temblaron sobre la manta que me cubría. Todo en mí quería aferrarse al odio, a la ira que me había mantenido en pie hasta ahora, pero… ¿qué sentido tenía si con ello la traicionaba?

Porque Kendall no querría verme así.

No querría que me destruyera en su nombre.

No querría que su muerte se convirtiera en el peso que me hundiera hasta el fondo.

Y yo… yo no podía seguir deshonrándola de esta manera.

La presión en mi pecho se intensificó hasta volverse insoportable, pero no la ignoré esta vez. La dejé estar. Dejé que se asentara en mi interior, porque significaba que estaba empezando a aceptar lo inevitable.

Que estaba cumpliendo su última voluntad.

Un suspiro tembloroso escapó de mis labios, y aunque las lágrimas exigían salir, las contuve. No porque no quisiera llorar, sino porque Mila no me dio tiempo. En cuanto escuchó lo que necesitaba, salió disparada de la habitación, regresando minutos después con mi doctora favorita —a la que le debía una disculpa—, quien traía el ceño fruncido y la mirada cargada de preocupación.

«Gracias, Jesús».

No me hizo falta decir nada. Justine fue directo al gotero, ajustó Dios sabía qué, y en cuestión de treinta parpadeos, mi cabeza dejó de latir como si me estuvieran golpeando con una maldita batería.

—¿Mejor? —preguntó, reprimiendo una sonrisa al notar al espécimen dormido a mi lado. Asentí poco a poco en respuesta—. Bien. Volveré en un momento. Helena está esperando que recoja tu cena.

No esperó respuesta, pero antes de que alcanzara la puerta, la llamé.

—¿Tiene algo de huevos en él? —me encontré preguntando, con un hilo de voz.

Jus me regaló una sonrisa bonita.

—Sí. Hay huevos —respondió, con un tono diferente, más suave—. ¿Quieres algo más en el plato?

—Tocino —dije luego de pensármelo un poco y de que mi estómago rugiera por siquiera pensarlo—. Y jugo. Si es de naranja, mucho mejor. Aunque si hay de limón, no me quejo.

Ella y Mila compartieron una mirada que no supe leer antes que Justine asintiera y saliera con una velocidad sorprendente. Quizás por miedo a que me arrepintiera en el último segundo y terminara vomitando todo en el inodoro.

—Bueno… —la bonita Massey volvió a ocupar su silla, esta vez otorgándome toda su atención—. Hola, Bells.

—Antes de que me empieces a echar tus cuentos, solo déjame disculparme primero.

—¿Disculparte?

—Por lo que pasó en la fiesta de fin de año.

—Oh, Bells, no tienes por qué.

—Sí, sí tengo. Fui una asquerosa compañera cuando solo intentabas animarme, y desaparecí de la fiesta como una perra ingrata cuando, aunque no son lo mío, la organizaste para que todos intentáramos olvidar y pasar un buen rato —hice una pausa, respirando hondo antes de continuar—. Y no sólo por eso. Estoy segura de que has pasado por muchas cosas, pero como ha estado el ambiente, te las has guardado para no preocupar a nadie. Te has sentido asfixiada y no has podido contar con nadie para recibir algo de ayuda, Mila, y lo siento muchísimo por eso.

—Bells, tú tienes mucho más que…

—Así como tú —la corté con una mezcla de suavidad y seriedad que necesitaba el momento—. Estoy sufriendo, Mila, sí, pero eso no resta el dolor, la preocupación o los sentimientos que te abruman. En tu vida, por muy jodido que se vea todo, pongas los sentimientos de otros antes de los tuyos porque así como son importantes los de los demás, también los tuyos, ¿me entiendes?

Su mirada se nubló con sentimientos que no pude descifrar, pero no le di la oportunidad de interrumpirme.

—Por otra parte, prometo que me tendrás detrás de tu bonito culo, atosigándote con preguntas y todo lo que quieras por todo el tiempo que necesites, si es lo que deseas, para cubrir mi cuota de haber sido una completa perra maldita contigo —Mila quiso replicar, pero me adelanté—. No. Sácate de la cabeza que lo haré solo por cómo me comporté. Lo haré porque me importas, porque en cuestión de poco tiempo, así como tus hermanos, te has convertido en alguien muy importante para mí —tragué saliva y le sostuve la mirada—. Te veo como una hermana pequeña, cariño. Una que tengo que proteger, aconsejar y cuidar porque te amo. Y porque te has ganado una parte de mi corazón, haré lo que dije.

Miles de emociones recorrieron los ojos de esa mujer, así como millones de sensaciones recorrieron mi pecho. Sin embargo, me quedé con la suave aceptación que ella soltó, haciendo lo posible por no ceder ante sus lágrimas no derramadas.

—Bien, ahora que tenemos todo claro, cuéntamelo todo. ¿Cómo van las cosas contigo y mi piloto favorito? No lo he visto tanto como he querido —el ligero fruncimiento de su ceño y la forma en la que desvió la mirada me dijeron todo lo que necesitaba saber—. Bueno, eso no me lo esperaba.

—¿Eh?

Chasqueé la lengua con evidente fastidio. Ella sabía que por idiota no debía hacerme pasar, mucho menos hacerse pasar. El papel de estúpida no le quedaba nada bien. No conmigo, por lo menos.

—Nope. Yo no soy ninguno de tus hermanos que, aunque pueden leerte tan bien como yo, no se meten en lo que sea que estés haciendo con la amiga que tienes entre las piernas. Tú y yo ya pasamos esos límites de confianza hace mucho, así que dime, ¿qué pasó?

Mila desvió la mirada hacia su hermano, luego volvió a mí varias veces, como si buscara algo que solo ella sabía. Hasta que, finalmente, se quedó observándome un largo rato. Cuando estuvo segura, sus labios dibujaron la sonrisa más triste y preciosa —¿qué en ella no lo era?— que me había dado.

—No es la gran cosa —se encogió de hombros tras soltar un suspiro pesado y lamentable—. Él tenía planes, yo otros. Decidimos dejarlo todo por la paz, y que cada uno siguiera su vida.

Fue mi turno de fruncir el ceño ante aquel intento asqueroso de dar el tema por zanjado.

—Ustedes se querían. A leguas se podía contemplar eso. Incluso a los tres guardianes del infierno que tienes como hermanos les agradaba. ¿Qué tipo de planes no concordó con ninguno de los dos para “terminar todo por la paz”?

—A veces “quererse” no es suficiente, Bells —dijo, atrayendo sus piernas hacia su pecho, depositando la barbilla en sus rodillas—. Eso no evita que me asuste ante cualquier tipo de relación que implique “exclusividad” y “compromiso”.

A ver, de verdad estaba perdida. ¿Qué diablos quería decir con eso? ¿Por qué siquiera decidí sacar el tema a la luz? ¿En qué estaba pensado? Las conversaciones sentimentales y yo no nos dábamos la mano. Eso iba mejor con mi mitad. Ella siempre era quien se encargaba de sacarme esos temas a la fuerza, puesto que yo ni por muy ebria que me encontrase diría algo sobre relación alguna.

Y por eso, tratar de comprender a la bonita pelinegra me estaba costando. Mucho.

—¿Puedes simplificarme las cosas? —estaba cruzando los dedos porque sí.

—Lo de nosotros, pese a que no lo creas, no era algo serio, Bells —respondió, segundos después de darme una risita—. Desde que tengo uso de lo que tú llamas “amiga que tengo entre las piernas”, ninguna de mis relaciones han ido más allá que de sexo contemporáneo y bueno. Justo por lo mismo: no era nada serio. Se suponía que con Nathaniel sería igual, pero él decidió alterar el trayecto cuando empezó a proponerme cosas para las que no estaba lista.

—Ah.

Ahora sí estaba entendiendo.

—Sí —frunció el ceño—. Lo que tenga que ver con compromisos amorosos y yo… Creo que nunca estaremos en la misma página.

—¿Traumas?

—Terror —se sinceró—. Puedo ver las relaciones de lejos, admirarlas y quizás querer las mejores para mí, ¿pero cuando estoy en el centro y viene mi turno? Les huyo. Consciente o inconscientemente, les huyo. Por eso mismo los tres idiotas hicieron la regla de “nadie mire a hermana” —rodó los ojos con fastidio—. Acepto que hice un par de estragos en Chovert, pero no fue para tanto.

—Claro —reí, sin creerle ni una palabra. Con un cuerpo como el suyo, “estragos” estaba escrito en su frente con mayúsculas y en rojo—. ¿Y no crees que debes explicárselo a él también? Porque muy bien qué te estás enterrando en…

—¡No! —chilló, avergonzada—. Después de eso nosotros no…

—A otra persona con esas mierdas —tajé, haciendo que se sonrojara más—. Si aún no estuviesen tirando, a ti no te estaría doliendo tanto.

—Yo…

—Deberías hablarlo con él —terminé por la pobre—. Creo que pueden tomarse unos minutos en medio de la situación en la que… bueno, comparten fluidos, para aclararse las dudas —el que Mila no dijera nada me hizo sonreír… con malicia—. Y hablando de dudas, ¿cómo es él en esas situaciones? ¿Tocas las puertas del cielo o…?

—Basta —gruñó Rush por fin, con voz ronca. Mila abrió su boca, más allá de lo avergonzada, y yo solo me tragué una carcajada al girarme para verlo. Sus gestos me hacían más difícil eso de no reírme—. Puedo escuchar cualquier tipo de mierda, pero no lo que sea que ella haga con el otro pendejo en una puta habitación —su mirada alternó entre Mila y yo, claramente irritado—. Tengan esa conversación cuando no esté presente o cuando, por lo menos, el imbécil no esté en el mismo recinto que yo. Sé inteligente, princesa. Así no es como evitas un asesinato innecesario.

—¿Estabas despierto? —balbuceó su hermana, más roja que una patilla.

—¿En serio creíste que me dormiría cuando la tengo así? —negó con la cabeza, señalándome y estirándose en el proceso—. Ni siquiera cuando a ti te dio tu primera borrachera pude pegar un ojo, ahora piensa cómo diablos creíste que tomaría una “siesta” cuando mi mujer está aquí por culpa de un bastardo estúpido.

Escuché como Mila se quería morir en voz alta mientras que su hermano se levantaba del banquillo.

—Chismoso —me burlé, sonriendo cuando me besó la frente.

—No se me puede decir así cuando una de las partes sabía que estaba despierto —dijo, divertido, justo su hermana se atragantó con su propia saliva.

—¡Pero si yo no lo sabía! —se quejó ella.

—No estoy hablando de ti —replicó el espécimen, mirándome a mí.

—¿¡Tú sabías!? —volvió a chillar la bonita pelinegra, causándome un dolor de muerte en el cerebro.

Aún así, divertidísima con todo eso, me encogí de hombros.

—Puede que tuviera un pequeño presentimiento.

—¡Joder, Bells! —protestó Mila, también levantándose del banquillo—. Mucho cotilleo por hoy para mí. Me voy. Por lo menos por diez minutos, hasta que decida si puedo volver a verle la cara a mi hermano en algún momento de la noche por tu culpa.

Sin esperar respuesta de nadie, la pobre mujer salió de la habitación, perseguida por una risa entre dientes del espécimen.

—Iré a buscar algo más cómodo para que puedas terminar de pasar la noche —Rush volvió a verme mientras se encaminaba a la puerta—. ¿Tienes alguna prenda en mente?

—Las que tú quieras —dije, sincera. Con tal de que fuera otra cosa más suave la que cubriera mi cuerpo, no tenía quejas.

—Lo que yo quiera, ¿eh? —el estremecimiento que me reparó el cuerpo cuando sus malditos ojos se oscurecieron al mismo tiempo que alzaba las comisuras de sus labios para darme una sonrisa torcida hizo que mi sistema entrara en cortocircuito—. No vayas por ahí, princesa —su voz bajó un par de tonos, deslizándose como un maldito veneno por mi piel—. Puedo tomarme eso muy literal y decirte que lo que yo quiero es verte desnuda, montándome tal y como solo tú sabes.

Era absurdo lo rápido que sus palabras tuvieron un efecto en mí, y él lo sabía. Fue por eso que se fue sin decir algo más, dejándome encendida como cuando el cielo alumbraba con fuegos artificiales.

Odiaba cuando hacía eso.

Mucho más cuando la última vez que se había enterrado en mí había sido hace cuatro días, y de ahí para acá, quien se había cerrado a la idea de tener sexo había sido yo por mis jodidas inseguridades reflejadas en el cuerpo que si bien habitaba, no sentía como mío.

«Dios mío, me odio».

Sin embargo, no me habían dado ni quince minutos para sumergirme en mis propios pensamientos de venganza hacia el idiota por dejarme así y hacer un repaso del día de mierda que tuve cuando volví a ver a Jus.

Para cuando ella entró, el espécimen aún seguía fuera y Mila también.

—Bueno, ¿cómo estamos? —preguntó, ocupando una mesilla con ruedas que dejó frente a mí con una charola tapada—. ¿Del uno al diez qué tanto te duele la cabeza?

«Para serte honesta, aún andamos de la mierda», era lo que quería decir, pero en cambio pasé de la primera pregunta y dije:

—Ocho —musité, siendo honesta mientras destapaba el plato de comida.

De nada me servía mentir a este punto.

De decir un número bajo, me harían exámenes interminables, y de decir un número muy alto, requeriría más días en observación, por lo que lo único que me quedaba era decir la verdad.

Las tripas hicieron un movimiento extraño en mi estómago que me llenó de acidez al recibir el saludo de la tortilla de huevo con trozos de tocino encima.

Fruncí la nariz.

No se me había quitado el hambre, pero algo en ese plato no me llamaba la atención.

—Diría que comer te hará sentir mejor, pero conociendote, dirías algo como que salir de aquí sería mucho mejor.

—Qué bien que me conoces —dije, dejando la comida a un lado. Jus me lanzó una mirada de reproche—. Tengo hambre —le dejé saber antes de que dijera algo más—, solo que esto ya no me provoca.

Eso la hizo alzar una ceja.

—¿No te provoca un plato de esos que te zampas siempre que tienes la oportunidad? ¿Segura? —no respondí ante eso y ella suspiró—. ¿Quieres que te traiga frutas? No es lo mejor que vayas a comer, pero es saludable y te caerá bien para ser la primera vez que comes algo decente.

La idea no me repugnaba en absoluto, por lo que asentí como pude.

—Si puedes cambiar el jugo de naranja por agua también te lo agradecería.

Dejé caer la cabeza y cerré los ojos cuando volvió a lanzarme una mirada de confusión. Supuse que se había ido cuando la puerta volvió a abrirse, pero la presencia del espécimen me respondió.

—¿De nuevo? —cuestionó él en voz baja, quizás creyendo que caí en coma.

—Para mi sorpresa, no —respondió Jus—. Solo quiere algo más… ligero.

—¿No quiere… eso? —respiré profundo al escuchar el mismo desconcierto que Justine de seguro mantenía en su rostro—. ¿En serio?

—No voy a comer ni mierda si siguen con sus estupideces —dije, molesta.

Me bastó con respirar dos veces para tener al espécimen a mi lado y escuchar la puerta cerrarse una vez más.

—¿Debo preocuparme?

Soltando un suspiro ruidoso, abrí los ojos tan solo para encontrarme con sus tormentas plateadas observándome con cuidado y una mota de algo que no supe interpretar.

—¿De qué?

—De que así como estés cambiando de menú, también dejes de querer mi verga.

No quería reír. Joder, ni siquiera quería sonreír porque no me consideraba aún dispuesta para volver a mis cabales, pero… Rush era Rush. Y puesto que él siempre conseguía lo que quería, me encontré soltando carcajadas sin restricciones algunas.

Eso le bastó para darme ese tipo de sonrisas que eran mis favoritas y había extrañado tanto mientras me hacía a un lado en la camilla y se recostaba conmigo, cuidando de no hacer movimiento brusco alguno.

Entonces, dejando de un lado mi humor, me acomodé en él, recostándome en su pecho.

—Eres idiota.

—Sí. Así como también estoy tan loco por ti que ni siquiera necesito tu permiso para seguir estándolo, printsessa.

Su voz profunda y ronca resonó cerca de mi oído, enviando un escalofrío agradable por mi espalda. Sus palabras tontas hicieron que mi corazón latiera con fuerza contra mi pecho.

No hacía falta ir y verme en un espejo. Sabía que mis mejillas estaban rojas como tomates maduros por sus estupideces. A pesar de ello, no me cansaría nunca de escucharlas. Y fue por eso que volví a reír, incapaz de contener los sentimientos que burbujeaban en mi interior. Me acurruqué más cerca de su cuerpo cálido, inhalando su aroma reconfortante, y me permití ser feliz en ese momento, disfrutando de la paz que me brindaban sus latidos constantes y relajantes.

Cerré los ojos una vez más, sintiendo cómo el sueño se apoderaba de mí. El calor de su cuerpo, el sonido de su respiración, la sensación de su brazo rodeando mi cintura, me arrullaban hacia los brazos de Morfeo por segunda vez en el día. Me dejé llevar por la corriente, sabiendo que estaba segura en mi lugar favorito. Y así, con una sonrisa suave en mis labios, me quedé dormida al instante.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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