1. Let's Play - Capítulo 78
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Capítulo 78: 75
En efecto, bonito catorce de febrero (nótese el sarcasmo)
Algunas segundas oportunidades no parecen regalos, sino juegos macabros del destino
Aceptar, finalmente, que era hora de darle un duelo sano a alguien que significó el mundo para ti conllevaba muchas cosas. Entre ellas, atravesar las cinco etapas del proceso.
Sí. El luto era algo extraño.
Digamos que ya había completado y pasado —con varios baches en el camino, si se me permite agregar— por cuatro… Bueno, tres y media etapas del duelo. Me había negado, la ira me había devorado, la negociación había logrado que la ira me escupiera, pero la depresión le complicó tanto el trabajo a la negociación que me frenó antes de siquiera tocar el camino de la aceptación.
En consecuencia, ahora me encontraba —una vez más— entre el limbo de la depresión y la aceptación. Y debo de decir que pese a que estaba orgullosa de mantener mi palabra e intentarlo por ella, había momentos en los que el dolor me golpeaba mucho más de lo quería, arrastrándome de nuevo a mis lugares oscuros. Porque algunos días me levantaba bien: mantenía comida en mi estómago, ayudaba en los entrenamientos, trataba de buscar tanto respuestas como la fuente de tantas filtraciones de nuestros planes con Harrison y me encargaba de prestar atención en cada cosa que hablara el maldito consejo. Pero otros días, la depresión me tomaba por los pies y me hacía su perra; odiaba al mundo, lloraba por horas, y lo mínimo que quería hacer era salir de mi habitación.
A veces sentía que no le agradecía lo suficiente a lo que sea que fuera sagrado por haberme enviado a un hombre imbécil —bueno, que en su momento fue imbécil— para cuidarme. Con todo lo que teníamos encima y con lo mucho que yo le agregaba más estrés al día, dependiendo de cuándo la depresión decidía hacerme trizas, el hecho de que Rush tomara un momento y mandara todo a la mierda la mayoría del tiempo por mí significaba mucho más de lo que podía describir.
El espécimen había vuelto a aprender cómo llevarme, y con el paso de los días yo había aprendido a cómo soltarme más a su alrededor, dejando de esperar el golpe que quizás no llegaría otra vez. Cuando lloraba, solo estaba ahí, consolándome en silencio. Cuando odiaba al mundo, se aseguraba de que nadie jodiera conmigo. Cuando no quería comer, se las ingeniaba para que aunque sea la mitad del plato reposara en mi estómago. Y así, él se adaptaba a todo lo que podía y no podía soportar mientras yo me ajustaba a esta nueva fase de nuestra relación.
Rush no presionaba ni obligaba. Si quería estar sola, lo entendía. Si lo que necesitaba era un momento de paz, también lo entendía. Supo que cederme el control de mi dolor no significaba que no lo quería presente ni que esperaba que él lidiara con todo. Comprendió que quería sanarme por mí misma, apoyándome en él cuando lo necesitara para lograrlo.
Desde el incidente con lo que quedaba del apellido Anderson, cuando al día siguiente pude volver a mi habitación después de pasar la noche bajo el escrutinio de Jus, creí que todo apuntaba a un buen camino de luz y maravillas. Estaba dispuesta a intentar cumplir la última voluntad de Kendall y reencontrarme conmigo misma poco a poco. Pero en cuanto toqué mi cama, todo se vino abajo.
¿Fue momentáneo? Sí. Aunque lloré y quise volver a mi encierro emocional, aislando todo excepto la ira y la venganza, pude controlarme. Pude darme ese respiro y aceptar la realidad. Pese a que ella no volvería, si jugaba bien mis cartas, podía tenerla presente tanto en mi vida como quisiera con solo hacer una cosa: recordándola como el jodido sol que había sido, honrándola como se merecía. Porque, sin ella en los momentos que más la necesité, estaba segura de que no seguiría en este mundo como lo estaba ahora.
Sin embargo, aunque iba avanzando paso a paso, las cosas no se me hacían fáciles todavía. La depresión me alcanzaba en los momentos más inoportunos, recordándome todo con una fuerza brutal, haciéndome sentir como la persona más mierda del universo por haber desencadenado lo que ocurrió en el puerto de Londres. Pero, de nuevo, ahí estaba Rush, colocándome poco a poco en los carriles de la aceptación con la paciencia de un santo.
El día de ayer había sido una prueba clara de ello. El espécimen me atiborró de toda su paciencia para calmar mis incontrolables balbuceos y llantos que me comprimían el alma porque, al parecer, incluso después de casi dos meses de su partida, mi corazón seguía creyendo que no había sufrido lo suficiente.
Como decía, era difícil. El luto tenía sus altibajos. Pero no era imposible. Sabía que sanar no era imposible. ¿Complicado? Dios, sí. ¿Imposible? No cuando se trataba de Kendall.
Y fue justo con ese pensamiento que el despertar de hoy se me hizo más liviano. Puesto que después de la llorada monumental de anoche —de esas que te desgarran el alma y se llevan consigo la poca estabilidad y cordura que lograste conseguir—, levantarme, bañarme, comer algo e ir a la oficina de Harrison no se sintió agotador. Eso lo consideraba un gran avance. Significaba que podía seguir. No como si nada hubiese pasado, pero podía seguir manteniéndome de pie.
El día de hoy se basó en eso. En mantenerme, a duras penas, de pie. Recorriendo los pasillos para intentar asaltar el comedor sin sufrir ningún tipo de malestar por el pequeño espectáculo que el jodido Anderson disfrutó haciendo con mi cabeza no hace más de un mes, pero ahí íbamos.
Si las cosas se estaban alineando a nuestro favor, ¿entonces por qué yo no podía? Desde que el entorno empezó a moverse más rápido de lo habitual y el estrés lo teníamos hasta el cielo con la ubicación de Alexey confirmada por el equipo de Riden y Rise, todo indicaba que sí, que las piezas por fin estaban cayendo en su lugar. Más aún cuando empezamos a movilizar cada equipo élite, trazando planes para acorralar al hijo de perra en Calabria, ahora que la noticia de que había estado escondido todo este tiempo en los límites de San Petersburgo, sin un solo hombre del Boss a la vista para terminar su miserable vida, había llegado a oídos de todo el personal del búnker.
Fue una sorpresa para todos tener conocimiento de tal situación, así como un trago amargo para mí y el resto del equipo principal, porque el hecho de que ese bastardo hubiera permanecido tanto tiempo en Rusia, siquiera respirando el aire de las tierras del Boss, solo significaba una cosa: ambos estaban trabajando juntos.
Era confuso. Mucho más para Rush y Harrison. Una alianza de tal calibre jamás hubiese pasado desapercibida. Sí, puede que nadie la hubiese confirmado y que nosotros solo estuviéramos soltando teorías al aire sin base alguna para respaldarlas, pero entonces, ¿cómo se explicaba el que el líder de la pirámide, el idiota que mantenía una vendetta con Nikolay desde tiempos inmemorables, estuviera en el territorio enemigo? ¿Escondiéndose en tierras que no tenía permitido ni siquiera pisar? No tenía sentido. Menos cuando la cabeza de Alexey aún no decoraba la pared de la casa del Boss como trofeo.
Ese sería uno de los puntos que se terminaría de discutir en lo que esperaba fuera la última reunión a las cinco de la tarde con todos y… Sí, consejo. Sería la asamblea más grande, y podría decir que la más importante que el búnker tendría, integrando por primera vez y de manera oficial al consejo que el espécimen había armado en cuanto todo se puso serio. Por eso los pasillos estaban llenos de soldatos; todos intentaban despejar sus agendas antes de la hora anunciada.
Al igual que ellos, yo también tenía tareas pendientes, pero había escuchado y pronunciado la palabra “consejo” tantas veces hoy —ayudando a Mila y Levine (raro, lo sé, pero él había estado a cargo de mis entrenamientos desde que se lo pedí días atrás, como en los viejos tiempos) a ultimar los preparativos del evento—, que si volvía a decirla una vez más, la cabeza me iba a reventar. Así que, para evitar eso —y quizás también un humor de perros—, decidí darle un descanso a mis oídos, visitando un lugar que había dejado un tanto olvidado. Tanto por el desastre que había pasado con Drake —que, la verdad, era lo de menos—, como por el hecho de que, cuando estaba cerca, mi estómago decidía comportarse de forma… extraña.
Aún así, decidí ignorar todas esas sensaciones por una sola razón: Helena.
Podría ser la mujer que llevara la batuta en la cocina desde nos instalamos en el búnker, pero con su metro sesenta de altura, su cabello rubio con reflejos grises recogido en un moño que ocultaba bajo su bonita malla azul —que hacía juego con sus ojos zafiros—, y ese carácter particular que la caracterizaba, se había ganado mi cariño desde el momento en que me cocinó el mejor omelette de la historia, conquistando así una parte de mi estómago también.
Fue Mila quien, en el trayecto de la mañana, me dejó saber lo preocupada que esa mujer había estado por mí desde el incidente en el comedor y lo mucho que le había rogado por una visita mía.
Así que ahí iba, pasando de largo el comedor lleno de soldatos hambrientos y apurados, abriendo las puertas de la cocina para encontrarme con una de mis personas favoritas del lugar, abrazando el olor a papas y pollo frito que decoraba el aire.
—Signorina! —exclamó la mujer, sin dudar en envolverme en un abrazo con sus brazos regordetes, llenos de emoción. Su efusividad arrancó pequeñas sonrisas a las demás cocineras, quienes continuaron con sus labores sin interrumpir el momento—. ¡No vuelva a desaparecer por tanto tiempo!
«Misión cumplida».
—¡Bells, Helena! —reí cuando me alzó del suelo y me giró un par de veces en el aire con esa fuerza suya que nunca dejaba de sorprenderme—. ¿Cuántas veces más vamos a pasar por esto? Puedes llamarme Bells.
—No —respondió, señalándome con su espátula en cuanto me dejó de vuelta en el piso—. Siempre signorina para mí, y usted tiene que aceptarlo también. ¿Qué es eso de que la esté llamando por su nombre? Me parece una falta de respeto. Al signore también le digo lo mismo y él no se queja tanto como usted.
—Eso es porque el idiota creció con esos títulos, cariño. Yo no —reí al ver cómo abría los ojos, sorprendida por mi respuesta—. ¿Qué?
—Esa no es manera de dirigirse a su esposo, signorina —me regañó, frunciendo el ceño. Ahí fue mi turno de verla como si le hubiesen nacido un par de orejas de conejo en la cabeza. ¿Mi… qué?—. Oh, no me mire así. Todos saben que es cuestión de tiempo para que usted tenga un bonito anillo decorando su dedo anular —resopló con total seguridad, encogiéndose de hombros antes de girarse hacia la mesa que el espécimen mandó instalar para que el personal de la cocina comiera cuando el comedor estaba lleno. Me señaló el asiento vacío y como pude —en shock y algo más—, hice caso y me senté.
Helena sonrió con aprobación mientras sostenía una bandeja entre sus manos.
—Supuse que, por como no la vi en la mañana y nadie vino a buscar su desayuno, su estómago debe de estar más vacío que los pasillos en las tardes, por lo que…
Depositó la bandeja frente a mí y, antes de que pudiera preguntar algo, la destapó, revelándome un plato tradicional turco que había tenido el privilegio de probar solo tres veces en mi mísera existencia.
—Oh, Helena, dime que no es… —empecé a balbucear cuando el vapor del plato me acarició el rostro.
—¿Çilbir? —terminó por mí, con una sonrisa de oreja a oreja al ver mi expresión—. El signore fue quien me dio la idea anoche. Incluso compró lo que hacía falta para preparar el plato esta mañana. Sabía que usted no había logrado cenar ayer, y por su horario tampoco podría desayunar hoy, así que le armó esto. ¿Qué opina?
¿Qué opinaba? ¿Me lo estaba preguntando en serio?
Luchaba con sus propios demonios en las sesiones de desintoxicación. Reuniones casi tres veces al día, todos los días. Asistía entrenamientos con más de cinco equipos diarios. Se la pasaba metido de cabeza en el laboratorio con Riden cada vez que tenía un respiro. Y aún así, aún así, lograba sentarse conmigo en su oficina para que ambos pudiéramos pasar tiempo juntos, hablando sobre cualquier nimiedad porque quería ponerse al día conmigo.
Aún así, tomaba el poco tiempo que le quedaba en las noches para dormir conmigo.
Aún así, se había tomado el atrevimiento de, pese a que hoy era un día en el que su agenda no daba para más, salir del búnker y comprar los malditos artículos para prepararme un plato que llevaba años anhelando.
Y, aún así, ¿me preguntaban qué opinaba?
Quizás era ingenuo de mi parte. Quizás solo estaba intentando compensar todo el daño, equilibrar la balanza después de haberme tratado como un hijo de perra tanto tiempo, como me susurraban mis inseguridades. Pero, después de todo lo que había pasado, tenía derecho a emocionarme. A desear más.
Mi confianza en él no era la misma que antes. No como lo había sido desde que comenzamos con todo esto. Reconstruir lo que teníamos llevaría tiempo. No iba a suceder de la noche a la mañana. El daño era profundo y las cicatrices aún estaban frescas. Pero, a pesar de todo, tenía derecho a esperar que esta vez fuera diferente. Que esta vez, sus intenciones no se verían aplastadas por su repentino alejamiento. No ahora cuando me estaba adaptando a tenerlo de nuevo a mi lado. No ahora cuando abrirme y relajarme con él se me hacía más fácil cada vez.
—Que más vale que el anillo me lo entregue más pronto que tarde —musité, tratando de tragarme las lágrimas que estaban a nada de salir.
«Jesús, ¿desde cuándo era una persona tan jodidamente emocional?».
—Eso creí —Helena dejó los cubiertos al lado de la bandeja, con una sonrisa satisfecha en el rostro—. Ahora coma. No sabe tan bien cuando se enfría.
A eso iba. Pinché la primera yema del huevo, dejando que el amarillo se expandiera sobre la comida. Ya casi podía saborearlo. Pero justo cuando estaba a nada de babear, inhalé.
Solo fue una respiración superficial, una de esas que das cuando estás a punto de devorar la comida sin remordimientos, y si queda, repetir. No obstante, fue suficiente.
De la nada, un ardor abrasador se instaló en mi garganta. La bilis subió sin previo aviso, quemando con cada centímetro que avanzaba. Un mareo repentino me golpeó, acompañado de una punzada aguda en la cabeza.
No estaba consciente de qué cosa era peor que la otra.
Mi expresión debió delatarme, porque la voz preocupada de Helena hizo eco en mis oídos casi de inmediato.
—Signorina? ¿Se siente bien?
Sí, quise mentir. Decir que estaba bien. Pero, aunque quise, la bilis subiendo por mi garganta no me lo permitió.
«¿Qué diablos…?».
No fue hasta que Helena retiró mi desayuno/almuerzo de enfrente que pude tomar una bocanada de aire fresco y llevarme el vaso de agua a los labios que esa mujer me había colocado enfrente de golpe, bebiendo de una vez para bajar las ganas de vaciar el estómago ahí mismo.
Un suspiro tembloroso escapó de mi boca cuando apoyé la cabeza en mis manos.
—¿Arabella? —la preocupación en Helena era palpable—. Está pálida, signorina. ¿Quiere que le llame al signore…?
—No —negué de inmediato. Dios sabía que Rush se encontraba bastante ocupado con todo lo que tenía encima como para añadirle otra migaja al día. Ladeé la cabeza y le dediqué una sonrisa a Helena—. No pasa nada, Hel. Estoy bien. De verdad. Es solo el cansancio y…
—Y que no ha comido muy bien en todos estos días que digamos —me riñó ella, frunciendo el ceño—. Cambio de planes. No va a comer çilbir, signorina. Sé que el signore quiso hacer un gesto bonito, pero un plato así no llena nada, signorina. Le preparé algo más completo. Tiene que alimentarse bien.
Mi sonrisa se convirtió en un mohín.
Dios sabía lo mucho que había estado babeando por comer un buen çilbir, y que el espécimen tuviera el detalle de consentirme con eso había sido fantástico. Pero discutir con Helena era una batalla perdida desde el inicio. Así que asentí.
—Bien, bien. Aceptaré lo que sea que me des, pero por favor, guárdame el çilbir. No quiero… dejarlo así —mascullé, volviendo a colocar la cabeza entre mis manos hasta que un pensamiento me cruzó la mente. Un pendiente que arrastraba desde hace trece días, para ser exacta, pero que por el poco tiempo que disponía me era imposible realizar—. Avísame cuando esté listo, Hel. Tengo que hacer un par de cosas más antes de poder disfrutar lo que sea que me des.
Me puse de pie cuando estuve segura de que el contenido de mi estómago no iba a terminar decorando el suelo.
—Espero que no me haga buscarla como tiene la costumbre de hacerlo, signorina —suspiró, tomando una sartén y señalándome con ella—. Tendré que recurrir al signore Rush como mi último comodín si se vuelve a saltar la comida.
—Lo prometo —me acerqué y le di un beso en la mejilla antes de salir del comedor.
Respiré mucho mejor en cuanto dejé atrás los olores a comida. Subí varios pisos y crucé varios pasillos sin dedicarle una segunda mirada a nadie hasta que llegué al lugar que quería pisar desde hacía tiempo. No tuve que buscar mucho a la persona con quien quería hablar. Ella estaba justo en la recepción relativamente vacía, con la vista fija en unas carpetas que sostenía entre las manos.
Sin anunciarme, me encaminé hacia su lugar, sonriéndole y guiñándole un ojo a una de las enfermeras que me miró divertida, captando mis intenciones.
—Justo a ti te estaba buscando.
Mi sonrisa se hizo más grande cuando Justine pegó un pequeño brinco mientras soltaba una maldición entre dientes y alzaba sus bonitos ojos hacia mí.
—Un día de estos vas a matarme de un infarto —jadeó asustada, dándome un abrazo rápido—. Espero que me extrañes cuando eso pase.
—Lo que tú digas —reí cuando me soltó.
—¿Qué te trae por acá, Parca? ¿El infierno se congeló acaso?
Pese a que negué con la cabeza ante su nuevo apodo, reacomodé mis gestos.
—Necesito hablar contigo —abrió la boca para decir algo, pero la interrumpí—. En privado —añadí.
Dirigí una rápida mirada a unas cuantas enfermeras que se acomodaron en el recibidor. Aunque trataban de disimularlo, su curiosidad era evidente. Aun así, eran lo bastante educadas como para devolverme una sonrisa en lugar de quedarse fisgoneando… De manera directa.
Justine alzó sus cejas. Casi me arrancaba una pequeña sonrisa cuando la curiosidad brilló en sus ojos y sin dudar entrelazó su brazo con el mío, dirigiéndome a su oficina.
—Bien, ¿qué es? —preguntó al tiempo que me hacía pasar y cerraba la puerta detrás de nosotras—. ¿La cabeza? ¿Necesito coserle alguna otra herida a Mila sin que los perros del infierno se den cuenta otra vez? ¿Quieres una coartada? ¿Drogamos a Harrison? ¿Levine te hostiga más de lo normal? Porque si es eso último, tengo lo que necesitas para dejar al imbécil dos días en coma.
Aunque sonreí por lo último que dijo, pasé de largo y me dejé caer en la camilla que tenía para sesiones privadas.
Era el mismo lugar donde, de vez en cuando, me administraba los multivitamínicos cuando las migrañas a las que estaba acostumbrada desde pequeña me atacaban sin previo aviso. Nunca me gustó que esas cosas fueran de conocimiento público… Aunque de nada servía cuando todo el búnker sabía cada cosa que estaba mal conmigo antes que yo misma.
—Nada de eso, en realidad.
Ahora entendía por qué había postergado esto durante tanto tiempo. No era solo por la falta de respiro entre todas las tareas que tenía encima. El problema estaba en que admitir que algo andaba mal conmigo no era lo mío. Hacerlo significaba atención, cuidados, miradas inquisitivas… todo lo que evitaba a diario. Pero ya llevaba días sintiéndome de la mierda, y eso empezaba a preocuparme. Mucho más ahora cuando los jodidos síntomas estaban metiéndose de lleno con mi comida y… mi ciclo menstrual.
Justine arrastró su banquillo rodante, se sentó frente a mí y frunció el ceño.
—¿Entonces?
Inhalé y exhalé despacio antes de soltar mi lengua.
—¿Recuerdas cuando me dijiste que los antibióticos para tratar enfermedades de transmisión sexual podían cambiar mis estados de ánimos y, por ende, joder conmigo y mi ciclo menstrual?
—¿Sí? —Justine enarcó una ceja, sin duda desconcertada.
—Pues estoy un noventa y tres por ciento segura de que eso es lo que me está pasando —murmuré, dejando caer la cabeza contra el respaldo de la camilla.
—¿Y eso lo dices por qué…?
—Porque tiene sentido. El cuatro del mes pasado las puertas rojas debían abrirse, pero nunca pasó. No me preocupé porque me dijiste que serían síntomas normales ante los antibióticos, pero… ¿también son normales los mareos repentinos, quedarme dormida en lugares que ni al caso, este dolor infernal en la parte baja de mi espalda que ya no soporto, y el hecho de que hace un par de días descubrí que algunos olores en el comedor me dan ganas de dejarlo todo en el suelo? ¡Incluido el çilbir! ¡El çilbir, Jus! Algo que llevaba años babeando con comer y que, cuando al fin tuve la oportunidad de hincarle los dientes… —solté un resoplido disgustado—. Ni siquiera pude probarlo.
El silencio que siguió a mi pregunta se alargó tanto que tuve que abrir los ojos para verificar que Jus seguía conmigo y no me había dejado sola. Pero no, seguía frente a mí… con una expresión de shock que removió cosas que no me gustaban.
—Jus…
—N-no —tartamudeó, con la mirada fija en mí—. Es… Es decir, sé que te comenté sobre los síntomas, pero no… No así. ¿Casi cinco semanas y media? E-eso no… No. No puede ser. Aún faltan semanas para la siguiente inyección. Podría decir que más de un mes. Tú no puedes estar…
Tardé ocho segundos. Ocho malditos segundos en los que mi corazón cayó directo al estómago y la sangre dejó de fluirme cuando entendí por dónde diablos iba con eso.
—¡No! —jadeé incrédula—. Dios, no. Justine, esto no tiene nada que ver con embarazos. No. He sido fiel con los chequeos y constante con cada cita que me pides. ¡Descarta eso! Estoy bastante segura de que es cualquier otra cosa menos eso. Cualquier otra jodida cosa.
Justine frunció sus labios en una fina línea antes de que mis ojos se cerraran por voluntad propia una vez más. El ajetreo de los últimos días me estaba pasando factura, y mi cuerpo actuaba por sí solo cada vez que se encontraba cómodo en cualquier superficie.
—Arabella… —su voz sonaba incierta, pero supo recomponerse cuando soltó un suspiro largo y tembloroso—. Los antibióticos para la sífilis y la clamidia te los dejé de administrar en cuanto tus exámenes confirmaron que estabas limpia. Y de eso ya hace casi que dos meses.
«Oh, mierda, no».
Justine debió notar el desconcierto que se me había estampado en la cara, porque volvió a hablar.
—¿Desde cuando te…? ¿Fue después de tus puntos en la cabeza? —como pude, asentí, tratando de no perder su voz entre los murmullos que me estaban ahogando la mente—. Oh, Bells. ¿Por qué rayos no viniste al segundo que te empezaste a sentir así? —ella misma supo la respuesta a su pregunta al instante, porque torció el gesto y me miró con exasperación—. Olvídalo. No hace falta que me respondas una mierda.
Pasé de su resoplido irritado y me centré en lo importante. Dios sabía lo mucho que necesitaba una respuesta.
—Entonces… ¿mi retraso no es normal?
—¿Es que esto acaso te ha pasado antes para que siquiera me lo preguntes? —Rebatió, perpleja.
Sí. La verdad era que sí, ¿pero lo demás? ¿El cansancio, los mareos, las náuseas…? Joder, no. Es decir, sí, pero… No así.
—Jus, mis ciclos menstruales han sido locos desde que el DIU apareció en mi vida, aunque lo que resta…
Ante mi respuesta, Justine se removió en su lugar, incómoda. Mierda.
—Te haré un par de exámenes. Dependiendo de lo que arrojen, veremos qué haremos después, ¿te parece?
Asentí, batallando con mis párpados para mirarla. Logré enfocarla justo cuando se levantó del banquillo y empezó a moverse por su oficina, buscando y colocando un par de cosas con las que ya me había familiarizado a mi lado. Antes de que me lo pidiera, cambié de posición, sentándome para que tuviera un mejor acceso a mi brazo.
Siguiendo con el procedimiento, se colocó sus clásicos guantes negros, amarró la liga entre sus manos en mi brazo y esperó hasta que mi vena se hiciera visible. Sin dudarlo, tomó la aguja intravenosa y la insertó con cuidado.
En un abrir y cerrar de ojos, ya había sacado la sangre que necesitaba.
—Dame un par de horas y te llamaré cuando tenga los resultados —dijo, retirando la aguja de mi brazo.
Moví la cabeza de arriba abajo, dándole la afirmación que necesitaba. Eso iba a ser todo, pero había algo más que decirle, aunque supiera que estaba de más añadirlo.
—Eh… ¿Jus? —ella retiró la mirada de los dos tubos de sangre y me observó—. Rush no tiene por qué saberlo.
Aquella mujer me dio una corta sonrisa, pese a que su semblante demostraba lo preocupada que estaba.
—¿Crees que no lo sé? El pobre hombre te mantendría encarcelada si se llegara a enterar que algo va mal contigo. Otra vez —dijo, con un toque divertido, antes de salir de la oficina.
Iba a levantarme también, pero mi cuerpo decidió por mí. Sin pensarlo, me acosté de nuevo en la camilla, tratando de no darle más vueltas a lo que podría estar mal conmigo. Enterré el pensamiento después de un segundo suspiro y me obligué a concentrarme en otros asuntos. Tenía que hablar con Rise sobre algunos puntos de la corta reunión con el consejo del día anterior.
Debo añadir que no sé en qué momento mis ojos decidieron cerrarse por completo. Solo supe que el sueño me venció.
Tuvo que haber sido cuestión de minutos, porque cuando una sacudida suave en mi pierna me despertó, sentí que no había dormido nada.
Con rapidez, parpadeé un par de veces y, al enfocar la vista, me encontré con la mirada incrédula de Justine. El sueño abandonó mi sistema con la misma rapidez con la que había parpadeado.
Me incorporé en la camilla, sintiendo el corazón martilleándome el pecho a mil por segundo.
—¿Qué? ¿Por qué me miras así? ¿Qué es?
Balbuceé las palabras tan rápido que tuve que repetirlas para que Justine dejara de verme como si me hubiese crecido una segunda y tercera cabeza. Funcionó. Pero ahora era ella quien estaba balbuceando.
—Arabella… Y-yo… —negó con la cabeza y fijó la vista en el techo por unos buenos diez segundos antes de volver a mirarme—. No lo entiendo —susurró—. Faltan semanas para tu siguiente inyección. Semanas. Y aun así…
Su voz cargada de shock iba a matarme. Mucho más cuando sus palabras encendieron una alarma en mi mente, rellenando los espacios en blanco con posibilidades que no quería considerar.
Dios, no.
Joder. No.
Mi estómago se hizo un nudo inmediato, uno que apretó tan fuerte que me costaba respirar. La presión en mi pecho aumentó cuando Justine me extendió los papeles que tenía en la mano. Como pude, los tomé, y a duras penas deslicé la mirada en las letras negras y pequeñas.
Había un sinfín de pruebas, cada una arrojando un negativo en negritas… hasta que mis ojos llegaron a las últimas cinco hojas.
El corazón dejó de latirme en cuanto enfoqué la última página.
«¿Qué?».
Volví a repasar los exámenes. Una, dos, seis, diez veces más.
Las manos me temblaban mientras los recorrían una y otra vez, pero por más que forzara la vista, por más que mi cerebro intentara reescribir lo que estaba impreso en esas hojas, el maldito resultado no cambiaba. Seguía ahí. Siendo el mismo.
No.
No podía ser.
«Mierda, ¡no! No».
—Esto… Es-to es… No. Justine, no —mi voz apenas salió en un hilo quebrado.
Levanté la mirada de los exámenes con un esfuerzo titánico y me encontré con los ojos de Justine. Su expresión reflejaba el mismo aturdimiento que yo sentía.
—Estás embarazada, Arabella.
«Oh, mierda. No».
¿Algo se había quedado en mi estómago desde ayer? ¿Sí? ¿No? No lo recordaba. Solo sabía que lo sentía subir por mi garganta.
El cubo de basura apareció frente a mí justo cuando las violentas arcadas sacudieron mi cuerpo.
¿Justine se había movido? ¿Cuándo? No lo había notado. Mi cerebro iba a mil por hora, pero eso no impidió que mi cuerpo reaccionara con la fuerza de un choque frontal.
—Yo no puedo… —arcada—. Maldita sea, Justine…. Yo.. y-yo n-no puedo estar —otra arcada—. ¡Jo-der! —más arcadas, acompañadas por lágrimas calientes que resbalaban por mis mejillas.
—Bells, necesito que respires —pidió, su voz suave pero firme.
Sostenía mi cabello en un moño desordenado entre sus dedos mientras que con la otra mano acariciaba mi espalda en un intento de… Dios, de no sé qué. De consolarme, de sostenerme, de evitar que me rompiera más de lo que estaba haciendo.
—Necesito que respires, te calmes y me escuches.
Solo cuando mi estómago quedó vacío pude incorporarme poco a poco. Pero para mi desgracia, las lágrimas no se habían ido con lo poco que había comido. Seguían ahí, resbalando por mi rostro, ardiendo como fuego líquido.
Lloré. Lloré hasta que mi cuerpo se sintió seco por dentro. Lloré en los brazos de Justine hasta que ni siquiera me quedaron fuerzas para sollozar.
¿Cuánto había pasado ya? ¿Una hora? ¿Dos? ¿Rush estaría buscándome?
—No puedo, Jus. Yo no puedo estar embarazada. No puedo.
Cada palabra arañó mi garganta como si estuviera hecha de vidrio molido. Mi pecho subía y bajaba con dificultad, como si me estuviera asfixiando dentro de mi propio cuerpo. Justine me apretó más contra su pecho, su calor manteniéndome anclada a la realidad por unos segundos, pero solo eso: segundos. Luego se separó y atrapó mi mirada con la suya.
—Hay que hacerte un ultrasonido para confirmar la edad del feto, pero por cómo te ves, supongo que no estás lejos de tener casi las tres semanas, Arabella —algo cruzó por su rostro, un pensamiento fugaz que apagó sus ojos por un instante. Iba a preguntar qué pasaba, pero antes de que pudiera hacerlo, volvió a hablar—. Bells, aún estás a tiempo de hacerte un aborto. Nadie lo sabrá. Te lo prometo. Ni siquiera Rush.
Me tensé. Mi mente se quedó en blanco, vacía, como si cada pensamiento hubiese sido arrancado de raíz. Tuve que parpadear varias veces, intentando procesar sus palabras. Las repetí en mi cabeza una y otra vez hasta que el significado se drenó y mi cerebro pareció reaccionar. Justine no titubeó al decirlo. Aunque el brillo en sus ojos aún no estaba, su voz era firme, segura. Pero yo… yo no sentía ni un ápice de esa seguridad.
Esa sería una opción. Claro que sí. Una opción sensata, rápida y segura. Así era como pensaba ella, y… así era como debería pensar yo. No dejando que los nervios y el miedo tomaran control de mí. No. Debía pensar con calma, con seguridad. Tenía que ser racional. Fría.
Por un instante, me permití considerarlo.
Me arrepentí al segundo.
Mi mente despertó como si alguien hubiera encendido un interruptor, disparando pensamientos sin control.
«¿Eso es lo que quieres? ¿De verdad? ¿Puedes hacer tal cosa sabiendo que este bebé no es solo tuyo? Lo creaste con Rush. Es suyo también. De los dos. ¿Vas a hacer esto? ¿Eres capaz?».
—Prepáralo —las palabras salieron antes de que pudiera detenerlas. Fueron suficientes para acallar todas las voces al instante—. No quiero fisgones. Y lo quiero para hoy. Después de la reunión. No puedo… Yo no puedo hacer esto.
No fue mi intención, pero mi mano se deslizó sobre mi vientre, un gesto casi instintivo, casi… protector.
Mierda.
Retiré la mano enseguida y la apreté en el borde de la camilla con fuerza, rezando para que Justine no lo hubiese notado.
Cuando alcé la mirada hacia ella, supe que la suerte no me había acompañado tan lejos.
—Arabella, si no estás segura de esto podemos…
«No».
Segura no estaba. De nada. Pero tampoco podía darme el lujo de un maldito embarazo con toda la mierda que teníamos encima. Lo que se estaba gestando en mí no sobreviviría a nada de esto. No lo haría. De eso sí estaba segura.
—No estoy lista. Y esto tampoco lo está —solté, sin adornos ni rodeos—. No en este momento.
Justine no apartó la mirada de mí. Por cómo frunció sus labios, estaba segura de que iba a decir algo más, pero, gracias a Dios, no lo hizo. Solo asintió y empezó a recoger los papeles desperdigados en el suelo.
—Quemaré esto —dijo, levantando los exámenes—, y te avisaré cuando tenga todo preparado. Hay que esperar que la marea baje luego de lo que se tiene con el consejo para que puedas perderte por varias horas, y así yo pueda tenerte en observación —se detuvo en la puerta y me miró con seriedad—. Sal de aquí y continua con tus actividades. Es lo mejor que puedes hacer y lo mejor que puedo recomendarte mientras me ocupo de lo demás. Rush no te ha visto desde hace un par de horas y estoy segura de que está preguntando dónde andas.
Solté un suspiro tembloroso y asentí sin decir ni una palabra. De igual forma dudaba que me saliera alguna.
—Nos vemos en unas horas —se despidió, saliendo de la oficina y dejándome sola.
Me quedé ahí, inmóvil, sintiendo el peso de todo sobre los hombros. Por un segundo, solo un segundo, quería no existir. Si respirar significaba que cada cosa que hiciera bien me saldría otra peor, entonces quería morirme.
Pero quedarme tirada en la camilla pensado en como desaparecer del puto mundo no era una opción. No otra vez, por lo menos.
Conté los minutos en mi cabeza, esperando lo suficiente para recomponerme, y cuando sentí que podía caminar sin delatarme, salí de la oficina. Recorrí el mismo camino por el que Justine me había traído y alcancé la salida del área médica sin toparme con nadie.
Agradecí al cielo por eso mientras le pedía la hora a una de las chicas en la recepción.
Cuando escuché su respuesta, mi estómago se hundió.
«Cuatro de la tarde».
¿De verdad llevaba casi cuatro horas encerrada en una oficina? Mierda. Me había perdido tanto un entrenamiento por eso como el almuerzo de Helena. Me encontré cruzando los dedos para que ella no hubiese recurrido a Rush por saltarme una vez más el almuerzo mientras me encaminaba hacia la sala de tiro. Contaba con otro entrenamiento al que estaba llegando quince minutos tarde, y por más asustada que estuviera, perderme otra práctica iba a alzar las sospechas del espécimen, si es que Helena no las había alzado ya.
—Caporegime —Anna me saludó en cuanto crucé la puerta del campo de tiro. Si hubiera parpadeado, me hubiese perdido el rápido escaneo que me hizo de arriba abajo, ceño fruncido incluido. «¿Tan de la mierda me continuaba viendo?»—. Pensé que no iba a venir.
Le regalé mi mejor sonrisa.
—Un contratiempo no va a detenerme de corregir sus mierdas, Anna —el comentario logró sacarle una sonrisa—. ¿Puedes buscar a los demás?
La sala estaba vacía, lo cual me resultaba extraño. Por lo general, mi equipo me esperaba así me retrasara horas.
—Rush se hizo cargo de esta clase también, caporegime. Me dejó aquí por si usted aparecía para informarle.
Esta vez sonreí de verdad. El espécimen a veces…
—Oh, bien. Entonces buscaré a Rise. Puedes irte, Anna. Gracias.
Anna asintió y, con otra corta sonrisa, desapareció de mi vista. Me quedé ahí unos segundos, sin moverme. Luego, decidí que no iba a buscar a nadie. Mis pies se dirigieron de manera automática hacia donde estaban las siluetas de tiros. De la pared trasera tomé la primera arma que mis dedos rozaron, la cargué y encendí el mecanismo que hacía que las siluetas empezaran a moverse solas sobre la repisa.
Apunté y relajé mi postura.
Con la Sig-Sauer P-226 entre las manos, disparé, disfrutando del sonido. Cada tiro encajó en la cabeza de cada silueta, sin margen de error. Solté la Sig, tomé otra arma, recargué, cambié las siluetas, apunté, relajé mi postura y disparé.
El olor de pólvora que me llenó las fosas nasales era, gracias al cielo, un maldito olor que podía disfrutar sin sentir que quería dejar lo poco que mi estómago almacenaba en el suelo.
Repetí el proceso por Dios sabía cuánto hasta que mis manos no dieron más. Cuando los músculos de mis brazos protestaron, dejé las armas en su sitio y me dirigí al área de boxeo porque no me bastaba. Las emociones que había tratado de reprimir después de haber estado con Justine, lo que había intentado sofocar con racionalidad, mi mente lo lanzó por la borda, dándole vía libre a cada jodida emoción contenida.
La ansiedad, el estrés y el jodido miedo me impulsaron a recogerme el cabello en una coleta alta, tomar los guantes de boxeo y quedar frente a frente con el saco, alias el señor Receptor de Mierdas.
Al principio, los golpes fueron controlados, mecánicos: crochet, swing, uppercut, hook. Una y otra vez, en la misma secuencia, hasta que la histeria se filtró en cada movimiento, extendiéndose por mi pecho como un veneno.
«Un bebé».
Un pequeño ser humano estaba gestándose en mi vientre.
Algo que Rush y yo habíamos creado.
En otra vida, tal vez hasta habría sonreído con la noticia. Quizás, incluso en esta. Pero la realidad era que no me veía como madre. No podía serlo. Todo lo que tocaba terminaba jodido, destruido o muerto.
Y aun así… algo dentro de mí —algo irracional, estúpido e incomprensible— me decía que, si había algo en este mundo que merecía una oportunidad, era ese algo pequeñito con dos piecitos, dos manitos y cinco diminutos dedos en cada extremidad.
Pero, ¿justo ahora?
Justo ahora estábamos a nada de conseguir la cabeza de Alexey y hacerlo quemarse en el infierno.
Justo ahora estábamos a nada de tomar el control total de la pirámide.
Justo ahora estábamos a nada de hacer pagar a todas las asquerosas ratas que llegaron a subestimarnos y a traicionarnos.
Justo ahora teníamos tanto entre manos que asfixiaba.
Sabía que el aborto no era un tema que podía tomarse a la ligera ni ser considerado en momentos de presión justo como yo lo estaba haciendo. Pero, honestamente, no podía traer a un bebé a esto. No cuando sabía que no iba a poder mantenerlo a salvo porque ni siquiera pude mantener a salvo a la persona más importante de mi vida.
«Patada frontal. Patada circular. Swing. Crochet. Repetir».
Las lágrimas empezaron a picarme los ojos mientras cambiaba la serie de golpes. Estaba encaminándome otra vez al camino de la depresión, joder. Necesitaba a Rush para no caer ahí de nuevo. Ese maldito hueco era horrible, y yo ya no me quería sentir de la mierda. Además, estaba empezando a creer que era una mierda hormonal relacionada al jodido embarazo porque jodidamente no podía estar llorando tanto y caer de cabeza a la depresión no debía doler tanto.
Intenté pensar en otra cosa. Disfrutar de los golpes que el saco estaba recibiendo. Pero la cuarta etapa del duelo ya me tenía agarrada de los pies, lista para hacerme su perra, arrojándome pensamientos en los que no debía detenerme.
«Kendall».
No pude proteger a mi mejor amiga.
No pude llegar y salvarla.
No pude asegurarle una mejor vida.
No pude decirle que iba a ser tía… aunque solo fuera por un día.
Ella sabría cómo aconsejarme. Ella me diría qué mierda debía hacer con todo esto. Ella… joder, ella me habría apoyado. Y le hubiese contado todo a Rush en cuanto le soltara la noticia, porque no sabía cómo mantener su jodida boca cerrada.
«Pero la vengaste», la voz del espécimen retumbó en mi cabeza, ronca, firme.
Pateé el saco con fuerza.
Sí, la vengué.
La vengué, pero no como quería.
La rabia me cegó. Terminé matando a Zacharias más rápido de lo que el bastardo se merecía. Y, gracias a eso, Drake logró desaparecer junto con cada integrante de la familia Schröder —que hasta el sol de hoy no había ni rastro— y reapareció solo para reventarme la cabeza seguido de recordarme lo maldita que había sido.
Lo último me importaba tres hectáreas de mierda.
El que su vida hubiese acabado por haberse querido pasar de listo me era insignificante.
Sin embargo, el día que decidió desaparecer junto con el comité alemán, las alarmas nunca dejaron de sonar en mi cabeza. Ellos sabían demasiado. Demasiado sobre los planes que habíamos armado con anterioridad. Y si por bocazas abrían el pico con cualquiera de los enemigos que nos cargábamos, lograrían jodernos. Mucho más ahora que el comité se había desligado de cualquier cosa que tuviera que ver con el golpe de la pirámide.
Esa mierda era una espina que no podía sacarme de la cabeza. Nadie podía, de hecho. Pero no había logrado hablarlo con nadie más que con Harrison en particular, puesto que el ambiente ya estaba lo bastante tenso como para añadirle otra cosa más de la que seguramente todos ya tenían entre ceja y ceja.
«Patada en salto, hook, cross, patada en rodilla, uppercut».
El uppercut que le había dado al Receptor fue tan fuerte que el impacto resonó por todo el lugar. Estaba sudando, pero mi crisis se hacía cada vez más grande. Así que seguí lanzando golpes al saco, ensimismándome aún más en mis pensamientos. Porque, ¿por qué no? ¿Por qué no lanzarme de cabeza a otro abismo que mi mente mantenía abierto siempre que perdía la cordura?
Así que, entonces, ¿le diría a Rush que alguna vez llegué a tener un bebé suyo?
«No».
Por supuesto que no.
Eso lo iba a enterrar conmigo.
Sabía que nunca podría mirarlo a la cara y decirle, de la forma más cínica posible, que había llevado un bebé suyo en mi vientre, y luego tuve que hacer cosas para no tenerlo porque sabía que no era el momento adecuado para traerlo al mundo.
Ese era un tema delicado de tratar, y bien sabía que yo no era una persona para nada delicada, así que no. De mi boca no saldría nada. Podía confiar en Justine también. Ella, pese a que podía no estar segura de la salida que me había ofrecido, estaba consciente de que no era el mejor momento para traer a un bebé al mundo. No con la caza del Boss aún en mi trasero —cosa a la que Kaela y Riden le estaban manteniendo los ojos encima para evitar cualquier tipo de… desastre—. No con Alexey a punto de ser desvivido. No con la responsabilidad que conllevaba tomar el control total de la pirámide y de las mafias restantes. No con todos los malditos traumas —hablados en terapia, resueltos y algunos no resueltos— que me cargaba encima, para no decir menos.
Entonces, si sabía que en definitiva no estaba en mis mejores momentos, ¿por qué mierda me sentía tan asqueada conmigo misma? ¿Por qué sentía tanta presión en el pecho? ¿Por qué sentía que estaba más que mal lo que estaba a nada de hacer? ¿Por qué…?
—¿Princesa? —la voz lejana del espécimen hizo eco en mis oídos, distante, como si mi cerebro se negara a procesarla, aún sin estar listo para sacarme de mi hueco depresivo.
«Oh, mierda. Genial».
Seguí golpeando el saco, ignorando la presencia que ardía detrás de mí hasta que la mirada penetrante de Rush se hizo imposible de ignorar. Con un último swing que impactó con fuerza en la parte lateral del Receptor, inhalé todo el aire que pude y me obligué a girarme para encararlo.
Estaba de brazos cruzados, con miles de preguntas nadando en su rostro.
—Oí por ahí que tomaste a mi equipo bajo tu ala —dije, fingiendo una sonrisa mientras me quitaba los guantes.
Las comisuras de su boca se elevaron apenas en una sonrisa fantasma.
—Tan solo porque no apareciste cuando tenías que hacerlo —descruzó sus brazos y los abrió en una señal clara. Quería un abrazo.
—Estoy terriblemente sudada —le advertí, ajustando mi coleta.
—Me importa una mierda.
Rodé los ojos, riendo bajo, y me acerqué. No opuse resistencia cuando me dejó atrapada en un abrazo asfixiante.
—No me has visto en un par de horas, Rush —mi voz sonó encajonada contra su pecho—. No es el fin del mundo.
—Lo es cuando he pasado más tiempo sin ti de lo que he podido soportar —masculló contra mi coronilla. Sonreí sin quererlo, sintiendo cosas que debían ser apagadas en una habitación a puerta cerrada—. ¿Cómo te fue con Justine?
«¿Eh?».
Sin quererlo, juro que fue sin quererlo, mi cuerpo quiso tensarse al instante. Logré disimular la metida de pata con un largo resoplido.
—Por supuesto —suspiré, intentando mantener a raya los latidos inestables de mi corazón—. ¿Cómo sabías qué…?
—Ella me lo dijo —interrumpió, dejando un beso en mi frente—. ¿Necesitaba ayuda con algo?
«Oh, bueno».
—Unas cuantas planillas —mentí sin pestañear—. No sabía qué me iba a tomar tanto.
—Todo con Justine toma mucho —rió, separándome de su pecho. Sus ojos grises chocaron con los míos, y su sonrisa se desvaneció al escanearme de arriba abajo—. ¿Qué pasa? ¿Crucé la línea encargándome de tu equipo?
Maldije las lágrimas que amenazaban con salir y las retuve con uñas y dientes. Negué con la cabeza antes de que otra cosa les diera la ventaja.
—No te preocupes por eso, cariño —susurré, mirando a todos lados menos a él.
—Princesa, ¿qué es? —su mano atrapó mi barbilla con suavidad, obligándome a devolverle la mirada. Y ahí, las malditas lágrimas vieron su oportunidad. Rush se tensó al instante, sus alarmas encendiéndose de inmediato. «Malditas hormonas de mierda»—. Arabella, me estás preocupando.
—Es solo… —mi voz se quebró—. Es que solo la extraño.
Aquello no tenía que ver con nada, pero tampoco mentía. Todo lo que estaba pasando, todo lo que tenía en la cabeza, nada de eso quitaba el hecho de que de verdad extrañaba a mi mejor amiga.
Rush no dijo nada. No tenía que hacerlo. Tan solo me rodeó con sus brazos una vez más, sosteniéndome del mismo modo en que lo hacía cuando mis crisis amenazaban con derrumbarme y consumirme.
Dios mío… Si no iba a quemarme en el infierno por tomar la justicia en mis manos, en definitiva iba a terminar ahí por sentirme tan bien entre sus brazos, usando su consuelo como un escudo para tapar mi propio descaro.
—Lo sé, mi amor. Lo sé.
Nos quedamos así por varios minutos: él abrazándome y yo dejando caer todas las lágrimas que podía antes de que el infierno decidiera abrir sus puertas para mí por saber cómo utilizar todas las cartas a mi favor. No fue hasta que no me quedó nada más por soltar que Rush me separó apenas lo suficiente para que mis ojos chocaran con el plateado de los suyos que me ponían a mil.
—¿Qué es lo que quieres hacer? —fruncí el ceño, tratando de entender su repentina pregunta—. ¿Dormir, estar en cama, programar otra clase? La reunión comenzará en diez minutos, pero si lo que quieres es saltártela, puedo decirle a Rise que me cubra y…
Negué de inmediato, cayendo en cuenta de todo. Él dejaría de lado una responsabilidad por mí. Otra vez. Por una mujer mentirosa que, a sabiendas de que iba directo al infierno, seguía dejándose envolver en sus brazos sólo porque tenía el corazón destrozado y estaba llorando a moco suelto por culpa de las malditas hormonas.
Dios mío.
Sorbí por la nariz y me limpié el resto de lágrimas con el dorso de la mano.
—Tienes que dejar, en serio, de estar mandando todo a la mierda por mí, Rush —dije, agarrando los guantes de box para guardarlos. Me giré justo para verlo rodar los ojos—. Lo digo en serio, idiota. Esta reunión es importante, la más grande incluso. No te la vas a saltar por mí, y mucho menos voy a dejar que lo hagas. Estoy bien. Puedo hacerlo. Tú no…
—El que me pidas que deje de preocuparme por ti no va a cambiar nada, princesa —me interrumpió, tomando mi mano y guiándome hacia la salida—. Todas las reuniones con el maldito consejo son importantes, pero no más que tú. Nada, a este punto, está por encima de ti. Mil veces prefiero escucharte a ti todas las veces que me lo permitas ante que a un montón de imbéciles que no se pueden poner de acuerdo en nada.
Mientras mi corazón se calentaba, me salté la parte en la que me sentía como la mierda por hacer cosas a sus espaldas y solté una risa corta.
—Le diré a Hannelore lo que dijiste.
Rush me respondió con una sonrisa ladina.
—¿Me venderías? ¿Hoy? ¿En el día de los enamorados?
Aquello me agarró en guardia baja.
«¿Hoy era qué?».
¿Olvidar que estábamos a catorce de febrero me hacía mal novia? Maldita sea. Aparte de mentirosa, era un asco con las fechas. Fantástico.
—Primero que nada, feliz día, espécimen —balbuceé con rapidez, quizás colocándome roja cuando me lanzó un guiño bastante… sugerente—. Y segundo, ¿por sólo ver cómo esa mujer mastica tu cabeza? Dios sí —contesté, entrando en los pasillos que llevaban al ascensor.
Con otra risa por su parte, dejé que tomara el control de mis pasos mientras trataba, con todo lo que tenía, de no caer de nuevo en un hueco aún más profundo por mis acciones, olvidándome de todo e importancia del día.
«Sonríe y respira. No lo sabrá».
Mi mente repetía esa frase una y otra vez, como un disco rayado, y cada repetición me hacía sentir peor. Por un lado, existía la posibilidad de que él nunca descubriera lo que había hecho; podía guardar mi secreto y seguir adelante como si nada hubiera pasado. Pero, por otro lado, yo siempre lo sabría. Y ese conocimiento, esa carga de culpa, era una losa pesada que amenazaba con aplastarme.
Me debatía entre dos opciones, y ninguna de ellas era buena.
Podía fingir que no pasaba nada, bromear con él, actuar como si mi corazón no estuviera a nada de volverse trizas. Pero, ¿cuánto tiempo podría mantener esa farsa? ¿Cuánto tiempo podría soportar la agonía de estar cerca de él sin decirle, sin que la culpa me ahogara?
¿O debería alejarme? ¿Romper lo nuestro antes de que mi secreto nos destruyera?
¿Podría soportar perderlo una vez más, sabiendo que mis acciones podrían acabar con lo que teníamos si llegaban a la luz?
La incertidumbre me atormentaba, y la culpa me corroía por dentro. No sabía qué camino tomar, qué decisión dolería menos. Me sentía atrapada en una telaraña de mi propia creación, y cada movimiento que hacía solo me enredaba más.
«Bonito catorce de febrero».
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