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Capítulo 79: 76

El peso de quien ya no está

Me dieron otra ficha, otra oportunidad, pero mis manos siguen temblando por la última jugada

Rise

Calculé una cuenta regresiva de treinta segundos. No llegué ni a quince cuando Rush cruzó la plaza con un semblante imperturbable, de la mano de Arabella, quien casi compartía su expresión.

Respiré mejor.

No porque me sintiera aliviado, sino porque aún podía hacerlo.

No iba a cargar con todo otra vez. Me parecía bien. No tenía ánimos para escuchar lo que ya sabía, para que me recordaran en qué punto estábamos o cuánto quedaba por hacer. Iba a irme por la tangente, a recortar cualquier conversación innecesaria. Corto, rápido y preciso. No era el método favorito de muchos, pero me sabía a mierda.

—Al menos ya no te toca lidiar con el consejo por tu cuenta —comentó Riden a mi lado sin despegar la vista de su computador, terminando de afinar unos detalles para la videollamada.

No le respondí. No veía el caso. Lidiar con ellos no era asunto mío, sino de él. Yo estaba aquí porque no tenía otra opción. Porque, por más que intentaba alejarme, siempre había alguien jalándome de vuelta, como si quedarme al margen fuera un maldito pecado capital.

En cambio, seguí con la mirada a la pareja que se reunía con Grant Harrison en el otro extremo de la pantalla gigante, sin prestarle atención a nada más. O eso creí hasta que Arabella, ajena a mi mirada, barrió la multitud con un vistazo rápido. Por un segundo, la máscara de imperturbabilidad que traía se quebró, dejando entrever algo parecido a… inquietud.

Por inercia, imité su acción. No porque quería, sino porque mis instintos aún no se habían apagado del todo. La reunión estaba por comenzar, así que supuse que su inquietud tenía que ver con asegurarse de que todo estuviera como debía: los soldatos en sus respectivas filas, los equipos élites de cada eslabón que conformaba el consejo visibles en las primeras hileras, y un par de personas clave en sus lugares pertinentes, como Liam y su esposa, que había llegado al búnker no hace mucho.

La plaza estaba llena. Todo en orden. Todo en su lugar. Incluso Riden ya se había relajado en su posición tras dejar en pantalla el tiempo restante para el inicio de la asamblea.

Pero Arabella no era fácil de calmar. No cuando quería que todo saliera bien, que todo le resultara a Rush mucho más sencillo de sobrellevar.

Por eso, después de sonreírle a Rush y apretar los labios en una fina línea cuando Grant Harrison demandó su atención para comunicarle algo, los dejó atrás para reunirse con Mila, Justine y Roelle al final de la plaza. Estaba bastante seguro que era para chequear todos los preparativos otra vez, porque, al parecer, las casi seis horas que le dedicó en la mañana no le bastó.

Pasaron muchas cosas desde que desperdicié la oportunidad de matar al maldito de Drake Anderson. Admito que no fue mi mejor movimiento dejarlo caminar por ahí tanto tiempo, pero en mi defensa, mantuve un ojo en cada paso que dio después de huir como la rata que era de Escocia.

Sí, sé que la rabia me cegó mucho más de lo que debía, que el dolor tomó cada neurona de mi cerebro, reemplazándolas con un veneno que me carcomía desde adentro. Pero, ¿cómo no hacerlo? Darle caza al último miserable de la dinastía Anderson era lo mínimo que podía hacer para acallar el sufrimiento del daño que dejó su partida, para no pensar. Para no sentir. Porque enfrentarme a la ausencia era peor. Asfixiante. Insostenible.

Sin embargo, la distracción no duró mucho. No duró ni un jodido mes.

Creí que el imbécil sería inteligente, que se cerniría a mi advertencia. Que desaparecería. Pero no. Le dio igual. Y por darle igual fue que terminó muerto a mano de Rush, quemándose en el mismo infierno que compartía con el otro maldito idiota.

¿Respiré mejor con él fuera de mi mapa? No.

Nada cambió. Nada mejoró.

La agonía se encargó de masticarme y escupirme, como si de comida vencida me tratase. Los días eran eternos. Las noches, insufribles. La pérdida me estaba matando. No sabía cómo sobrellevarla.

Porque la amé, maldita sea.

La amé, y la seguía amando con una intensidad que me rompía por dentro, que me quemaba con cada maldito respiro, que me hacía sentir vivo y muerto al mismo tiempo.

¿Cómo se podía llegar a amar a una mujer en tan poco tiempo? ¿Cómo es posible que alguien se convirtiera en tu todo en cuestión de días, de horas, de miradas?

Pregúntenle la misma mierda a Rush, y luego de que él les conteste, vengan a joderme con ese discurso de mierda de “es que no estaba destinado a funcionar por lo poco que se conocían”. Porque eso era: pura mierda. Una excusa barata para justificar algo que ni siquiera entendían.

Un vínculo con una persona no se medía en malditos días, meses o años. Porque, ¿de qué servían los años si lo que sentías por alguien desaparecía en un instante, dejándote vacío? Había relaciones que duraban décadas y no significaban una mierda. Farsas. Carecían de profundidad y significado. Pactos de conveniencia disfrazados de amor.

Pero lo que sentí por ella… eso fue real. Tan real que dolía recordarlo.

El tiempo era un espejismo. Lo único que importaba era la conexión. La verdadera medida de un vínculo radicaba en la conexión que surgía desde el primer momento, en esa chispa que te prendía fuego por dentro, que lo cambiaba todo, que te hacía sentir vivo, como si el mundo entero girara alrededor de esa única persona. Era como si dos almas se reconocieran. Como si encajaran, sin importar las diferencias. Como si el universo entero hubiera girado solo para que se encontraran.

Y eso fue lo que pasó con ella.

Desde el primer instante, supe que era diferente. Que ella era diferente.

El tiempo, en cambio, podía mentir. Podías compartir toda una vida con alguien y nunca conocerlo de verdad. Podías dormir junto a una persona durante años y seguir sintiéndote como un extraño. Porque el tiempo podía disfrazar la soledad, pero nunca podía forjar un vínculo si ese vínculo no existía.

Sin embargo, con ella sí existió. Con ella todo encajó.

Porque a pesar de que nuestros caminos tardaron su tiempo en cruzarse, cada jodida pieza de mi vida, cada grieta, cada puta sombra… Todo tomó sentido cuando la conocí. Como si fuera la respuesta a una pregunta que ni siquiera sabía que estaba haciendo.

Pero ahora… ahora solo quedaba el vacío.

Un vacío que me devoraba por dentro, que me recordaba, una y otra vez, que a ella me la habían quitado. Y al hacerlo, se llevaron todo lo que hacía que la vida valiera la pena.

Así que no me vengan con esa mierda del tiempo.

El tiempo no importaba. Lo que importaba era lo que sentí, lo que perdí… el dolor que me destrozaba al saber que nunca la tendría de vuelta.

Y así me encontraba. Roto. Destruido. Aguantando las miradas de preocupación y compasión, miradas que solo me daban ganas de romper algo, de romperme más. Odiaba esas expresiones. Odiaba lo que me hacían sentir. Y más que nada, me odiaba a mí mismo por causarlas.

No merecía la compasión de nadie.

Eso podían dejárselo a Arabella, puesto a que si bien yo estaba hundido, ella lo estaba el triple.

Para Arabella, ella había sido su mitad. La única persona que logró traerla de vuelta cuando nadie más pudo. La única persona que la sostuvo cuando todo amenazaba con consumirla. Esa persona que, cuando nos la arrebataron, solo nos dejó un abismo. Un abismo tan profundo en el que era imposible respirar. A ella nos la arrancaron de raíz, y con eso se llevaron todo: la luz. El calor. Incluso el sentido de seguir adelante.

¿Cómo podía saber todo lo que Arabella estaba pasando? ¿Cómo podía suponerlo? La respuesta estaba de más, pero aún así se las daría: porque estábamos pasando por lo mismo. Arabella había perdido a su mitad, y yo a la mujer que consideraba el puto sol de mi vida.

De ahí nuestra conexión.

De ahí nuestra manera de entendernos sin hablar, de percibir la agonía del otro, solo con una mirada.

No obstante, Arabella había encontrado la manera de seguir, de sobrellevarlo. Ya comía. Ya salía de su habitación. Ya había dejado que Rush se arrastrara por su perdón. Sonreía de vez en cuando. Interactuaba con los demás una que otras veces. Yo, en cambio, me retraía, me aislaba, me hundía más. Fuese en la sala de comandos, en la sala de control, en mi maldita habitación, me mantenía lejos. Lejos de las miradas. Lejos de los sermones de mierda que no quería escuchar.

¿Hacía que los demás se preocuparan? Sí. Claro que sí, me lo demostraban a diario. Lo veía en Rush, revoloteando sobre mí cuando podía, tratando de disimularlo. Lo escuchaba en Riden, diciéndomelo a la cara sin rodeos. Lo sentía en Roelle, volviéndome loco con miradas estúpidas. Y lo sufría con Justine, esperándome cada maldita vez que me encerraba en mi habitación, con sueros listos para mantenerme en pie porque la comida me resultaba imposible de tragar.

La única que no hacía nada de eso era Arabella.

Y Grant Harrison.

Arabella, porque entendía lo que necesitaba.

Grant Harrison, porque le valía una gran cantidad de mierda lo que pasara conmigo luego de tener la primera y única conversación en dónde sus sentimientos junto a los míos salieron a la luz.

—¿Vas a quedarte toda la maldita tarde ahí de pie cómo el imbécil que eres o te vas a mover? —espetó Riden con el tono de pocos amigos al que ya me había acostumbrado en los últimos días.

Suspiré hondo y me moví con él hacia dónde Rush y los demás estaban, posicionándome al lado de Arabella justo cuando la pantalla dejó ver a los siete líderes que encabezaban oficialmente al comité piramidal.

La tensión que cayó de repente era una jodida presencia física en el aire.

Cada soldato lo sintió.

Cada líder lo supo.

La presión que cargábamos no era una simple expectativa: era una carga real, tangible, que caía sobre nuestros hombros con el peso de la recta final de este desastre. Y la información que estaba a punto de ser revelada sólo hacía que todo se sintiera aún más denso.

Rush lo notó.

Y lo usó.

Como buen ‘Ndrangheta que era, lo aprovechó, utilizándolo a su favor.

Dio un paso al frente y su voz se alzó con la misma naturalidad con la que un depredador se imponía en su propio territorio.

—Vamos a hacer esto breve porque verles la cara a todos por más tiempo del que tengo previsto no es algo que quiera hacer.

Ni una sola voz se alzó.

Solo miradas clavadas en él. En la futura cabeza de la pirámide.

Cada soldato, cada líder, cada persona presente lo escuchaba con la atención de quien sabía que su siguiente movimiento dependía de esas palabras.

—Desde que esto empezó, hemos perdido tanto como hemos ganado —continuó. Su tono no temblaba, no flaqueaba. Golpeaba—. Pero para desgracia de todos, estoy harto de que la palabra “ganar” siempre venga acompañada de “perder”.

No hizo falta que lo enfatizara.

El significado estaba claro.

El desastre que se estaba desarrollando frente a nuestras narices y que estaba a nada de acabar no estaba equilibrado. No mientras la victoria siguiera teniendo el precio de la pérdida.

Rush siguió moviéndose entre sus soldatos, sus ojos barriendo el lugar con la misma intensidad con la que Katherina lo hacía en sus mejores días. Recorrió el espacio con su postura relajada y su mirada implacable.

—Por eso, empezamos con la siguiente fase. Y necesito que todos ustedes tengan dos dedos de frente para entender qué tan seria es y qué tanto nos conviene si queremos ganar esta jodida guerra de una vez por todas.

Y así, sin rodeos, la reunión había empezado.

Los soldatos continuaron sin apartar la mirada. Ni siquiera cuando Rush se desplazó entre sus filas, observando a cada uno con esos ojos que compartía con la maldita de su madre.

—Sin embargo, han habido rumores nuevos —continuó, su tono más bajo, más medido—. Especulaciones que me gustaría aclarar antes de seguir —giró un tanto la cabeza y señaló la pantalla—. Y una de esas se las presento ahora —todas las miradas se dirigieron a la imagen proyectada. Rostros conocidos. Rostros que siempre habían tenido un lugar, un peso específico en la pirámide, inconformes con el orden establecido por Alexey, y que ahora querían un cambio—. Ese —señaló con la barbilla— es el nuevo consejo piramidal. La estructura que, por una maldita vez, va a hacer que el control y la paz entre cada uno de los eslabones que conforman la pirámide sea factible.

Paz.

Un concepto frágil en este mundo.

Uno que, a estas alturas, todos entendíamos que no era más que una estrategia. Aquella palabra en la boca de Rush tenía el mismo filo que la hoja de un cuchillo.

No era una promesa.

Era una advertencia.

Rush continuó, enumerando cada nombre con precisión:

—Ante ustedes está cada líder que ahora se tiene como aliado: Asaf Kaya, cabeza de la mafia turca. Hannelore Nostravik, mafia alemana. Feiyu Da y Li Jie Da, mafia china. Kaela Mizrahi. Diego Cruz, mafia mexicana. Farid Dalil, mafia palestina.

Cada nombre vino acompañado de aplausos de sus respectivos grupos de élite. Una formalidad más que otra cosa que Rush ignoró. Ni siquiera se molestó en hacer una pausa antes de seguir.

—Quienes nos acompañan físicamente ya los conocen. Pero igual los presento: Liam y Romane Cote, cabezas de la mafia canadiense.

Más aplausos, esta vez de La Niebla Siniestra, grupo élite del Cártel del Golfo. Pero lo que todos esperaban era lo que venía después, un rumor particular que corría por el búnker desde que ellos desaparecieron de la faz de la tierra. Quizás era un tema que a la mayoría le interesaba saber y Rush lo sabía. Por justo eso, no lo adornó.

—Ahora, la mayoría se estará preguntando qué diablos pasó con el comité alemán —silencio, expectativa—. Para eso solo tengo una palabra —sus ojos se entornaron apenas—: traición.

Frío.

Preciso.

Definitivo.

Así era el lenguaje de su antigua persona, y no dudó en dejarlo salir una vez más, demostrándole a todos que con él no se jodía tan fácil. De ahí, por esa actitud, por esa personalidad tan meticulosa, fría, analítica y maldita Alexey lo tenía en el altar que le había construido. En el lugar en que, después de Riden, Beniamino lo había puesto.

—Fácil, sencillo, rápido —prosiguió, su tono seco—. No hay más que indagar ahí, así que denle descanso eterno a esas putas bocas que se mueven por los pasillos contando mierdas que no son —y entonces, con la misma naturalidad con la que había comenzado, volvió a colocarse delante de la pantalla—. La bienvenida correspondiente al consejo se la darán una vez esté en con la cabeza de Alexey Montalbano en mis manos, del resto, no hay demostración.

El mensaje quedó en el aire. Pesado, indiscutible. Y aunque la mayoría procesaba las palabras, un ligero sonido captó mi atención. Si no era porque había afinado el oído, me hubiese perdido la risilla ahogada que mi cuñada soltó a mi lado. Giré un poco la cabeza hacia ella y seguí la dirección de su mirada, por lo que no tardé en ver el por qué.

Farid Dalil.

La mueca en su rostro hablaba por sí sola. Entendí también su gesto. El que Rush hubiera ignorado uno de los protocolos que se manejaba cada que a los soldatos se les presentara alguien importante no le había gustado. Lo consideró una “falta de respeto” que Rush ignoró a propósito.

—El tipo va a ser un maldito dolor de culo —murmuré, recordando las últimas dos reuniones del consejo y su tendencia a soltar ideas que nadie quería escuchar.

Arabella reprimió una sonrisa.

—Se nota.

No era el único con esa percepción, por lo menos. Y eso solo hacía más evidente que Farid iba a intentar algo.

Rush, en cambio, siguió sin prestarle atención.

—Llegados a este punto —continuó, su tono más serio—, también aclararé las especulaciones que algunos de ustedes han estado haciendo por el repentino movimiento de soldatos claves en el búnker: sí, tenemos la ubicación de Alexey Montalbano, y sí, estamos haciendo lo posible para sacarlo de su maldita cueva —El ambiente se tensó aún más. No porque fuera una sorpresa, sino porque ahora era real, y con lo real venía el costo—. Así como también nos estamos encargando de Nikolay Nóvikov y sus incesables ataques hacia nuestros territorios.

»No a todos se les ha convocado a cada operativo de alta importancia por el simple hecho de que no veo en casi ninguno de ustedes el potencial para enfrentarse nada más y nada menos contra el Boss de la Bratva Rusa —el golpe fue certero, seco, directo. Y sí, también hirió un par de egos. Desde mi posición, pude notar los músculos tensándose en más de uno. Algunos tragándose el orgullo. Otros, conteniéndose de abrir la boca. Rush, por otro lado, no se detuvo en nimiedades—. Tráguense eso como es y dejen de llenarme la maldita oficina con quejas estúpidas, porque no tengo ni la paciencia ni el más mínimo interés en seguir leyendo sus idioteces —el eco de sus palabras quedó flotando en la plaza. Y antes de que alguien pudiera hacer o decir algo más, cerró el tema con un cambio de turno—. Dicho eso, le cedo la palabra a Kaela Mizrahi.

En el cuadro inferior, donde estaba ubicada la cabeza de la mafia israelí, una mueca que intentaba ser una sonrisa llamó la atención de todos mucho antes de que se enfocaran en su rostro.

La mujer empezó con un saludo, un par de agradecimientos a Rush y unas cuantas formalidades más en las que me disocié. Ni su voz ni la del resto del consejo era algo que tuviera ganas de escuchar a tales horas de la tarde. No cuando había cosas más importantes que hacer que perder el tiempo en discursos baratos de “solidaridad” y todas esas mierdas ridículas que daban antes de que el ambiente volviera sumirse en tensión por la psicología que le metían a sus palabras.

Consiguió captar mi atención de nuevo cuando se dejó de pendejadas y habló de lo que realmente exigía mi presencia.

—Aclarado eso, quiero reafirmar que nuestro primer objetivo en la lista es acabar con la vida de Alexey Montalbano —dijo sin una pizca de sonrisa en el rostro—. Mantener una orden de captura contra él sería una pérdida de tiempo, así que nos apegaremos a lo que nos funciona: su cadáver.

»Sin embargo, para lograrlo, todos están obligados a poner de su parte. No importa en qué equipo estén: búsqueda y reconocimiento, ejecución, logística y suministros, seguridad interna —la pausa que hizo fue mínima, pero estratégica—. No nos interesa. Cada uno de ustedes están obligados a dar el cien por ciento para garantizar que la captura de Montalbano sea un éxito.

Al igual que las palabras de Rush, lo que salía por boca de Kaela se recibía como un recordatorio y una advertencia al mismo tiempo. Nadie quedaba fuera, no importaba el rol. El objetivo final exigía la entrega total de cada uno de ellos, les gustara o no. Y no les dejó tiempo para procesar nada. Ella solo soltó la última parte, aumentando la tensión y rigidez de los soldatos por las nubes.

—Y, una vez con Montalbano fuera, iremos el Boss —pese a que Kaela no estaba presente, pude deducir que ella también sintió el cambio en la atmósfera, porque su tono se suavizó apenas pronunció la última frase—. No obstante, hay que ir paso por paso, porque correr antes de siquiera gatear no es algo que nos guste aplicar en situaciones como estas.

—Lo que sí nos gusta aplicar es orden, presión, letalidad —continuó Li Jie—. El compromiso también es importante, pero nada de eso vale si no hay lealtad. Ese es el eslabón más importante de nuestra nueva pirámide, y quien se niegue a cumplirlo… Así como no les tembló el pulso para cometer traición, a nosotros no nos temblará el pulso para matarlos.

—Ojo por ojo y diente por diente ha sido un dicho muy bien aplicado en los últimos siglos, muchachos —siguió Han, manteniendo una sonrisa educada—. Y no ha sido en vano. Por favor, ahórrennos trabajo y hagan el suyo bien. Demostrarles que podemos seguir durmiendo como bebés luego de decorar el suelo con sangre no es precisamente una opción que nos resulte atractiva.

—En serio, en serio que amo a esa mujer —masculló Arabella, sin apartar la vista de Hannelore.

Esbocé una corta sonrisa. Sí, Han tendía a causar eso en la gente, de la misma forma en que mi cuñada también lo hacía. Por eso, y otras cosas adicionales, es que ambas se llevaban tan bien.

—Están conmigo —la voz de Rush resonó con firmeza en la estancia—. Y al estar conmigo, significa que se rigen por mis reglas. Para ser más claros, se rigen por mis códigos, y uno que aceptaron desde el segundo en que ingresaron a mis filas es la omertà. Respiran, comen, follan, duermen, sueñan y despiertan a base de lealtad. Rómpanla, y de sus consecuencias me encargaré personalmente… con mucho gusto.

—¡Sí, capobastone! —entonaron los soldatos al unísono, obteniendo apenas un asentimiento por parte de Rush.

—Bien. Retírense. Ya están informados de todo por hoy.

Agradecí al infierno que a Rush le gustaran las cosas tan simples, directas, precisas y concisas como a mí. Por eso, cuando los soldatos rompieron filas, despejando la plaza sin la necesidad de una segunda orden, exhalé una bocanada de aire puro.

Solo quedaba un punto más. Luego de eso, me iría a la mierda.

Los únicos que permanecieron en su sitio fueron los equipos élites, esperando a que sus respectivos líderes dieran la orden para retirarse. Y, claro, no lo hicieron. Todavía teníamos asuntos pendientes por discutir. Lo que se haría en un par de días, por ejemplo, era el tema principal.

Rush esperó a que la plaza estuviera vacía por completo antes de hablar de nuevo.

—Cómo se dijo, la captura de Alexey es mi prioridad, pero voy a ser claro y confirmar que no me importa en lo más mínimo que me lo entreguen muerto —su tono no dejó margen a interpretaciones—. Es justo por eso que no voy a esperar un día más —aunque el ambiente ya estaba cargado de tensión, la confusión no expresada de los presentes se hizo palpable—. Gracias al equipo de búsqueda y reconocimiento, tenemos información confirmada: Alexey aterrizará en Calabria en cinco días. No sabemos por qué, no sabemos para qué, pero lo que sí sabemos es que es nuestra oportunidad.

—¡¿Y discutes con nosotros esta información ahora?! —exclamó Farid, siendo el primero en alzar la voz, molesto.

—Tenemos cinco días para planear cómo me tendrán la cabeza del hijo de puta en una maldita pica si es posible —Rush lo ignoró por completo, lo que solo avivó la rabia de Farid. Su rostro se contrajo con furia momentánea—. Y porque no quiero errores y disponemos poco tiempo, quien se encargará del plan de ataque será mi mujer.

La estancia se volvió un vacío tan absoluto que estaba seguro de que, si afinaba bien el oído, podía escuchar las respiraciones forzadas tanto de algunos miembros de la élite como del consejo.

—Movimientos, armamentos, dudas, preguntas… Todo lo que tengan con respecto al operativo, lo hablan con ella. Las decisiones las toma ella, los equipos los conforma ella. No pasan por mí. No pasan por nadie más.

Decir que la tensión y la sorpresa inundaron aún más el lugar sería quedarse corto. Tensión entre algunos conformantes del consejo, sorpresa entre el personal restante… incluida Arabella.

Estaba claro que nadie se esperaba esa decisión.

Quizás algunos, los menos allegados a ella, pensaban que formaría parte del operativo. Tal vez otros asumieron que no, dados a los últimos acontecimientos, por cómo había estado desde el suceso. ¿Pero liderarlo? ¿Armarlo? Eso ni el consejo, mucho menos Arabella, lo vieron venir.

Lo más lógico habría sido que Kaela estuviera a cargo. Incluso el propio Rush. Habría sido lo más predecible, lo que todos esperarían… pero a Rush nunca le gustó seguir las reglas establecidas en la partida.

Debo admitir que hasta yo mismo me sorprendí con su decisión, aunque en retrospectiva tenía sentido. Analizándolo de la manera más fría posible, Arabella tenía todo lo necesario para encargarse de eso y mucho más. Después de todo, Grant Harrison se había asegurado de entrenarla desde el momento en que él comenzó a joder con los negocios de Alexey.

Por eso creo que al viejo lo vi sonreír de soslayo mientras que su pupila palidecía, cargando con el peso de todas las miradas en su cabeza. Sin embargo, no refutó. No dijo una palabra. Mantuvo la boca cerrada y solo asintió una sola vez. Aceptó la orden como buena chica.

—Recuérdame agarrarte en guardia baja cuando quiera que aceptes algo —solté, intentando aliviarle un poco la tensión.

No respondió. Pero la rigidez de sus hombros se disipó apenas un poco. Eso hasta que Farid empezó a ladrar mierda.

—¿Qué? —espetó, ganándose la peor mirada de casi todos—. ¿Eso no es algo que tengas que discutir con todos antes de tomar la decisión? ¿Es que estamos pintados en la pared para ti, Rush? ¿Para qué diablos, si vas a hacer exactamente lo que Alexey hacía, fue que formaste un maldito consejo? ¿Para pasártelo todo por las bolas nada más porque quieres hacer feliz a tu pequeña puta y al jodido anciano que…?

La mirada de Rush estuvo sobre él tan rápido y tan feroz que incluso Farid cerró la boca de inmediato.

—Vuelve a decirlo —lo retó, su tono frío y amenazante helando el aire—. Abre la maldita boca y vuelve a señalar lo que dijiste de mi mujer, Farid. Hazme los honores una vez más, imbécil. Dame una jodida razón válida para poder meterte un tiro entre ceja y ceja cuando te tenga de frente. Hazlo.

—Por si no te has dado cuenta, las cosas se están discutiendo, hijo de perra —intervine antes de que el idiota pudiera decir otra palabra. Todas las miradas que estaban en Arabella ahora estaban en mí. Las aproveché para tomarme mi tiempo y caminar hasta donde Rush estaba—. Con cinco días de antelación, si puedo agregar.

Dejé que la frase se asentara antes de continuar.

—Ahora, si no te gusta cómo se están haciendo las cosas, bien puedes agarrar tus mierdas e irte al infierno de la misma manera en que todo el clan Schröder hizo —la mirada rabiosa de Farid cayó sobre mí y solo sonreí—. Solo ten en cuenta de que, en el momento en que decidas abdicar, mi parte favorita va a ser perseguirte por todo el maldito globo terráqueo si con eso logro mantener tu asquerosa boca cerrada. Porque si hay algo que detesto más que perder tiempo en mariconadas, es a un intento de hombre que no supo en qué momento callarse.

No dijo nada. Para mi desgracia, fue listo. Cerró la boca, apretó la mandíbula y desvió la mirada, jodiéndome la tarde y, seguramente, lo que me quedaba de noche.

—Si alguien tiene un puto problema con que mi mujer se encargue de la cabeza del bastardo de Alexey, háganme el favor y empiecen a soltar buenas razones de por qué diablos no —resopló Rush, dejando que su mirada recorriera la pantalla, deteniéndose en Farid y luego en Feiyu, cabeza de la mafia china, quien compartía el mismo semblante con Farid—. Porque hasta donde recuerdo, lo único que querían hace tiempo era que ella encabezara las respuestas a los ataques que Nóvikov nos estaba lanzando.

Hizo una pausa, dejando que sus palabras calaran hondo antes de continuar con la misma frialdad:

—Por otro lado, si los demás alzan la mano y son mayoría, entonces me paso sus razones por el culo. No tengo toda la jodida tarde. Así que, ¿la mayoría está a favor, sí o no?

Como era de esperarse, Liam, su esposa, Hannelore, Diego, Asaf, la esposa de Feiyu y Kaela alzaron la mano. Mientras tanto, Feiyu y Farid destilaban puro descontento e ira, aunque ninguno de los dos abrió la boca. Solo se limitaron a seguir fulminando a Arabella con la mirada.

—Eso creí —zanjó Rush, serio, antes de volver al tema que realmente importaba—. Retomando Calabria, la salida de aquí se haría el mismo día en que él despegue de San Petersburgo. Según la información que pudimos obtener, su vuelo sale después del medio día, por lo que debemos estar antes.

—La cuestión es que será difícil —intervine cuando Rush me hizo un leve ademán para continuar—. Calabria se ha vuelto impenetrable, y mucho más cuando Alexey pisa el territorio. Se ha estado trabajando para deshabilitar las murallas de reconocimiento de la provincia. Ha tomado tiempo, pero se espera que todo esté listo antes del día previsto.

—¿Y si no funciona? —cuestionó Hannelore sin matiz alguno de malicia, solo con pura curiosidad.

—Por las malas no lograremos nada, e ir de forma impulsiva tampoco nos servirá en lo absoluto —habló Riden, posicionándose al lado izquierdo de Rush—. Lo mío no es depender solo de un plan de respaldo, pero como apuntan las cosas, no nos queda de otra.

—¿Entonces es así? ¿Solo disponemos de una oportunidad? —preguntó Farid con el ceño fruncido.

—Hemos pasado meses sin siquiera conseguir una oportunidad como esta, Farid —replicó Riden, con la paciencia justa—. Si tienes algo mejor, por favor, compártelo con la clase.

—Solo digo que es arriesgado.

—¿Y qué te hace creer que no se sabe eso ya? ¿Que no hemos tomado cada medida posible para evitar una pérdida de hombres sin sentido? —dije, cruzándome de brazos—. Sin embargo, es lo que tenemos. Así que, nos aferramos a eso, o pasamos otro maldito año tratando de conseguir una oportunidad como esta. Pero esa vendría con el jodido Boss incluido.

Respiré mejor cuando nadie intentó rebatirme el punto.

—Además, en Sicilia se logró entrar —añadió Riden—. Tenían un sistema de seguridad similar. Era más pequeño, pero se logró derribar el edificio completo, pudiendo colocar a Alexey contra la espada y la pared. El de Calabria puede que sea más sofisticado, que cubra más espacio, pero si se pudo con Sicilia, se puede con la provincia.

—Sigue siendo arriesgado —secundó Feiyu, reacio.

—Y sigue siendo nuestra única oportunidad, Feiyu —replicó Rush sin un atisbo de paciencia—. Se les está aclarando que se está trabajando en la infiltración, estableciendo un margen de tiempo lo bastante preciso para que al otro pedazo de mierda no le dé tiempo de reaccionar. ¿Es ambicioso? Lo sabemos. Pero vamos a tomar esta oportunidad porque me niego a seguir dándole cuerda a esta maldita guerra. O la gano en cinco días, o no la gano nunca, y eso no va conmigo. No después de todo lo que se hizo, de todo el terreno que se recuperó, de toda la gente que se perdió en el proceso.

Hizo una breve pausa antes de soltar, con la voz cargada de determinación:

—El puesto de Alexey es mío. Me gasté unos jodidos nueve meses para conseguirlo. No voy a sumarle otro a la lista. Suficiente tuve con todo esto. Así que se acoplan a la única opción que nos queda, les guste o no.

El consejo quedó en un silencio tan espeso que Rush se tomó la libertad de voltear hacia las filas delante de él.

—Los que no quieran participar, bien pueden irse a la mierda —espetó, seco, sin molestarse en disimular su desprecio—. Ahórrenme los lloriqueos, las quejas y las habladurías por debajo si lo único que tienen una masculinidad frágil, al igual que Farid y Feiyu, que están en desacuerdo porque una mujer, que sin dudar les puede patear las pelotas en un abrir y cerrar de ojos, está al mando del operativo más importante de toda la nueva organización.

Señaló las escaleras que daban al pasillo del ascensor.

—La puerta es pequeña, pero ahí está. Bien abierta para cada uno de ustedes.

El silencio se extendió. Pasaron cinco largos minutos, pero nadie se movió. Rush volvió su atención a la pantalla, enfrentando al consejo.

—Con eso claro, no tengo nada más que discutir con ninguno de ustedes. Kaela, te veo dentro de cuatro días. Los demás, esperen noticias mías dentro de tres.

Riden se apresuró a cortar comunicación con cada uno de ellos, dejando a Farid de último.

—Espero que hayan pensado en las consecuencias del posible suicidio en el que se están metiendo —soltó antes de que la pantalla se apagara por completo.

Rush volvió a enfocarse en los grupos, pasando del comentario estúpido del otro idiota.

—A ustedes los veo mañana después del mediodía en la sala de comandos —dicho eso, la plaza se despejó en completo silencio, dando por acabada la estresante asamblea—. Cabrón —escuché a Rush mascullar por lo bajo al quedarnos solos.

—Desde que Blaz dejó el consejo, el hijo de puta me está crispando los nervios más de la cuenta —dije, compartiendo el sentimiento.

—Farid siempre ha sido un hijo de perra molesto que irrita con tan solo abrir la boca —coincidió Grant Harrison, acercándose con Arabella a su lado—. Con o sin Blaz, siempre ha sido así.

—¿Entonces por qué demonios lo sugeriste? —replicó Rush, irritado.

—Porque, por si de la nada presentas amnesia, maldito estúpido, en ese momento no tenías a nadie en concreto de tu lado y era mejor empezar con un patético gusano que no tener nada entre manos —el ex sotvenik le lanzó una mirada de muerte, una que Arabella había adoptado como propia. Rush lo observó carente de emoción alguna, y Arabella trató de disimular una sonrisa ante eso—. Sin embargo, sacarte estupideces obvias no era lo que iba a decirte.

Eso hizo que Rush frunciera el ceño y que a mí no me gustara hacia dónde iba la conversación.

—¿Qué quieres decir?

—No voy a estar presente en el operativo —respondió sin rodeos—. Hay cosas en Moscú que necesitan mi atención y no puedo dejarlas a cargo de nadie.

—¿Cuando te vas? —me encontré preguntando.

—El domingo.

—Dime, por el amor al infierno, que vas a llevarte a la otra mierda contigo —soltó Rush, haciendo suspirar a Arabella.

Ese gesto me dejó ver la cantidad de veces que habían tenido esa conversación, pero siempre había salido ganadora mi cuñada.

—No —tajó Grant Harrison—. Levine es alguien que Arabella necesita de manera constante. Tú no me sirves como receptor por tus mierdas complicadas y nadie de aquí es capaz de seguirle el ritmo a mi chudovishche —Arabella sonrió ante el apodo, pero Rush y yo por otro lado…—. Así que no. Levine se queda, te guste o no.

—Como quieras —accedió mi hermano a regañadientes… Para luego esbozar una sonrisa maliciosa—. Pero no me hago responsable en el estado en que lo encuentres cuando regreses.

—Rush —advirtió Arabella, dejando claro su desacuerdo

El ex sotvenik chasqueó la lengua.

—Mientras le siga funcionando a ella, por mí puedes quitarle un dedo de cada extremidad y me seguiría dando lo mismo, chico —Arabella resopló y él la miró por un segundo—. Sabes que me da igual —antes de que ella pudiera replicar, él se le adelantó—. Pasate por mi oficina más tarde, hay algo que tengo que discutir contigo.

Dicho eso, se dio media vuelta y salió de nuestro campo de visión sin decir algo más.

—Siempre es un placer hablar con él —suspiró ella, negándole el abrazo a Rush cuando él estiró los brazos—. Ni por el coño.

Rush frunció el ceño.

—¿Me estás negando algo? ¿A mí? ¿Por qué, princesa?

—Por ser un imbécil que le encanta tomarme desprevenida todo el maldito tiempo.

—¿Y ahora qué se supone que hice? —replicó él con un tono… que se podría considerar gracioso.

—El simple hecho de que preguntes me estresa el doble, idiota —siseó Arabella. Rush rió—. ¡Deja de reirte, Rush! —se quejó, golpeándolo el pecho antes de que él la tomara del antebrazo y la aplastara contra sí—. ¡Lo digo en serio! Vaya forma de hacer que el consejo tenga una buena impresión de mí, estúpido. Se suponía que quien se encargaría de eso serías tú… O en todo caso, Kaela. ¿Por qué diablos me metiste ahí de último minuto?

—Porque puedo, princesa —plantó un beso en su frente cuando ella se dignó a sacar la cabeza de su pecho—. Además, puedes con eso. Entre el consejo y tú, quien tiene más trayectoria siguiendo los pasos de Alexey eres tú. Sabes cómo funciona su cabeza gracias a Harrison, incluso puede que mejor que yo. Estarás bien, lo harás genial.

—Concuerdo con eso —dije, cruzándome de brazos. Ambos me miraron un tanto sorprendidos por oírme, suponía—. Prefiero que estés tú a cargo que Kaela, si me preguntan. Desde que los últimos operativos han sido un asco al mando de cualquier persona en el consejo, respiraré mejor si alguien de nosotros se encarga de algo así de importante.

—¿Sí sabes que voy a necesitarte a ti también para cuando se dé el momento, no? —señaló Arabella, girándose entre los brazos de Rush para observarme mejor.

Debí contestar de inmediato, pero la imagen me golpeó más fuerte de lo que estaba dispuesto a admitir. Es decir, no era que no me alegrara de que ambos por fin hubieran arreglado sus mierdas, y que Arabella disfrutara cada segundo de la arrastrada que mi hermano se encargó de cumplir por una mujer que la tenía más que merecida, ganándose incluso el perdón de Riden. Pero eso no quitaba que escociera ver algo que pude haber tenido… si no me hubiesen arrebatado sin consentimiento alguno a la mujer que amé.

Sin quererlo, quedé atrapado en un torbellino de pensamientos que llegó de golpe, arrastrándome de vuelta a momentos que creía enterrados. Recuerdos que compartimos, de la felicidad que llegamos a sentir, de lo que pudo haber sido. Y justo por eso, la jodida injusticia de la situación me golpeó con más fuerza, trayendo consigo el ardor de la impotencia. Un pasado que se dignaba a perseguirme en mis malditas pesadillas, burlándose de mí cada vez que intentaba enterrarlo.

La voz de Riden me sacó de golpe de ese pozo, llamando a Rush para algo que ni siquiera llegué a escuchar. Mi hermano le dejó un beso corto en la coronilla a mi cuñada antes de irse, no sin antes lanzarme una mirada comunicativa que ni por el coño entendí.

Presumí que quería que le sacara tema de conversación a la mujer terca que ahora tenía frente a mí, así que intenté hacerlo, a pesar de que lo último que quería era seguir plantado en una plaza medio vacía cuando tenía otro tipo de cosas importantes por hacer en la sala de comandos.

—¿Y bien? —solté, fijando la vista en ella. Sus ojos oscuros me observaron por un instante antes de desviarse hacia donde mi hermano acababa de desaparecer. Luego, arqueó una ceja expresando una pregunta no verbal—. ¿Emocionada por tu nueva tarea?

—Tanto como se debería, supongo —respondió, encogiéndose de hombros—. Es raro volver a armar algo.

—Te hará bien.

—A ti igual, pero prefieres hacerle creer al mundo que estás fantástico cuando en realidad te estas muriendo por dentro, cariño —resopló, dándome una sonrisa corta.

No. No me iba a meter en esa mierda de conversación.

—Tú…

—Yo dejé que todo el mundo viera por lo que estaba pasando, precioso —me cortó—. Todos supieron cuánto me dolía, cuanto aún me duele. No me retuve a mostrarlo porque me sabía a mierda. Tú, en cambio, lo ocultas bajo toda esa máscara fría y despiadada que, aunque debo admitir que tiene su… toque interesante, no te ayuda en nada.

Abrí la boca para rebatir, pero me frenó de nuevo.

—No hace falta que me digas nada, Rise. Cada quien vive el duelo como mejor le convenga. Yo la lloré, me bañé en venganza y odié a todos, incluso a quienes no debía. ¿Eso me ayudó? A sobrellevarlo, quizás… Por un tiempo. Pero luego tus palabras quedaron flotando en mi cabeza cuando pasó lo de Drake, y aunque te odié con mi alma, tenías razón.

»Kendall no hubiese querido que me destruyera así por ella. No hubiese querido que pasara por todo lo que pasé, por el simple hecho de que si yo hubiese muerto en su lugar, tampoco hubiese querido que ella se ahogara en culpas y decisiones que yo tomé. Que cazara uno a uno a los malditos que me la quitaron de mi lado, seguro, ¿pero sucumbir ante acciones que cualquiera de nosotros hubiésemos hecho por ella? No. Eso no.

»Ahora, te haré un favor y aceptaré que me odies por lo que te diré, pero es que me niego a seguir viéndote tan… vacío, Rise.

Sus ojos se clavaron en los míos. Respiró hondo y soltó algo que me golpeó con la misma crudeza con la que, en su momento, se lo dije a ella sin pensar en las consecuencias.

—Kendall primero se cortaría un brazo antes de dejar que sigas así: matándote con lo que sea que tengas a la mano, asfixiándote en mierdas que ni siquiera tienes por qué, precioso. Y aunque le excitaría verte de este modo —soltó una risa amarga—, odiaría verte perder el brillo estúpido de esas bonitas esmeraldas que tienes por ojos.

Sentí aquello meterse por los resquicios de mi alma como una puñalada. No dolió. Quemó.

No quería que sus palabras me removieran, pero lo hicieron. Deseé con todas mis fuerzas que sus palabras no me afectaran, pero lo hicieron, y ese hecho sólo intensificó el odio que sentía hacia mí mismo. Porque tocaron el puto vacío que tenía donde antes había un corazón, y lograron que ese músculo muerto palpitara otra vez. Me hicieron sentir cosas que… Joder. Despertaron en mí sentimientos que creí haber enterrado junto a ella, emociones que creí haber apagado cuando me apagué a mí mismo.

Pero ahora no era el momento, no podía permitirme sentirlo. No podía permitirme sucumbir a esos sentimientos. No allí. No delante de nadie.

Si iba a hacerlo, si iba a derrumbarme, a encargarme de encenderme de nuevo, lo haría a solas. En mi habitación. Encerrado. Preparándome para enfrentar de nuevo el maldito dolor que me asfixiaba, el mismo que me destrozaba por dentro cada vez que abría los ojos en una realidad donde ella ya no existía. Estaría listo para llorar como pendejo por la pérdida de la mujer que amaba y quien no… Quien no estaría orgullosa de mí en ningún puto sentido.

Allí me preguntaría, una vez más, cómo algo que se sintió tan real, tan intenso, pudo desvanecerse y convertirse en una sombra persistente que amenazaba con quebrarme. Cómo alguien a quien amé con cada fibra de mi ser pudo desaparecer y dejarme así: roto, miserable, consumido por una rabia fría que ardía en mi pecho.

Pero no aquí. No ahora.

Tenía que mantener la compostura, ocultar el torbellino de emociones que amenazaba con desbordarse. Tenía que encontrar la manera de seguir, de encontrar un propósito en una vida que de repente estaba vacía y sin sentido.

Y aunque el dolor era insoportable, sabía que tenía que encontrar la manera de superarlo. Tenía que aprender a vivir sin ella, a aceptar que se había ido y que nunca volvería. Tenía que encontrar la manera de reconstruirme, de encontrar la mínima felicidad que ella me dio en otras cosas, en otras personas.

Pero en ese momento, todo lo que podía hacer era respirar, aguantar hasta que llegara a las cuatro paredes que estaban esperando ansiosas a que me derrumbara.

Tragué en seco, apreté la mandíbula y hablé, enterrando el peso en lo más profundo.

—Estás más…

—¿Sabia? ¿Inteligente? ¿Intuitiva?

Me lanzó una sonrisa burlona y revoloteó las pestañas, como si no acabara de desgarrarme desde adentro. Eso casi me arrancaba una sonrisa.

—Fastidiosa que de costumbre —terminé, jodiéndola.

Porque joderla era mejor que demostrarle lo que de verdad estaba pasando dentro de mí.

La mirada de mala muerte que me lanzó fue lo que sí terminó por hacerme sonreír. De oreja a oreja. Cosa que, al parecer, a ella le dio donde era, porque sus ojos se aguaron al instante antes de que me saltara encima en un abrazo.

Sí.

Ella.

Arabella.

Me estaba abrazando mientras luchaba, con todas sus fuerzas, por no sollozar.

—¿Se murió tu perro? —solté, agarrado fuera de base, mientras le correspondía el abrazo imprevisto.

—Déjate de estupideces —masculló contra mi pecho—. Solo te extrañé. A ti y a esa estúpida sonrisa que moría por ver desde hacía rato.

—¿Y por eso vas a llorar? ¿Te sientes bien?

No respondió enseguida. O, por lo menos, no de manera verbal. Solo se separó lo justo para darme otra mirada de muerte mientras parpadeaba con rapidez, intentando alejar las lágrimas.

—Uno tratando de ser comprensivo y empático, y tú me sales con mierdas que ni al caso. Imbécil —hipó.

Reí entre dientes y meneé la cabeza.

—No me malinterpretes, preciosa. Tú…

Callé en el acto. Porque sus ojos volvieron a llenarse de lágrimas. Y eso, aunque me sorprendió, también me jodió. Me apretó el corazón de maneras que no quería sentir.

Dios mío, ¿tan fuera de mí había estado todo este tiempo para que ella se comportara así?

Por instinto, fui yo quien la atajo en un abrazo esta vez. Un movimiento rápido. Natural. Casi desesperado. Dejé un beso en su cabeza y ella, en respuesta, se desarmó por completo. Sollozó contra mi pecho, aferrándose a mí como si yo fuera lo único que la mantenía de pie.

—Ya, Bells, deja la regadera para otro momento —murmuré, tratando de aligerar el ambiente—. No estoy muerto, estoy aquí, enferma. Además, no te queda eso de ser comprensiva o empática. Lo tuyo es ser una hija de puta, no vomitar mierdas sentimentales.

—Cierra el jodido pico y déjame disfrutarlo, ¿quieres?

—Sentimental de mierda —reí, apretándola más contra mí.

—Bastardo insensible —replicó, sin apartarse.

Y nos quedamos así. En silencio. Aferrándonos el uno al otro como si en ese momento fuéramos lo único sólido en medio del vacío, hasta que ella se sintió lista para soltarme. Con el dorso de la mano, se limpió las mejillas rojas y luego me regaló la sonrisa más bonita y cálida que alguien me había dado en la puta vida.

Me atrapó.

Por un instante, sentí que su fuerza gravitacional tiró de mí y caí en su órbita mucho antes de que me diera cuenta qué era lo que estaba pasando. Así que parpadeé, carraspeé y me forcé a mirar hacia otro lado.

—Ya vuelvo a tener claro porque pones a todos de rodillas —mascullé. Arabella me dio una mirada confundida, pero pasé de ella. No quería contestar eso. La maldita se aprovecharía más de todos si siquiera supiera qué tan rápido podían cambiar de opinión si ella sonriera así más seguido—. Entonces, ¿qué tal se siente entrar de nuevo a la rutina? —balbuceé la pregunta, más para distraerme que por otra cosa.

—Bien, supongo.

El que su semblante hubiese dado un giro de noventa grados, más que su humor hubiese decaído un poco, me hizo entrecerrar los ojos.

—¿Por qué me miras así, idiota? —preguntó, luego de varios segundos sosteniendo mi mirada.

«Porque tu repentina actitud no me termina de cuadrar en lo absoluto».

—Deberías estar feliz. Dirigir misiones, sacarle la mierda a un nuevo equipo que te subestima… Eso es algo que te emociona, te mantiene como un perico hablador —dije en su lugar—. No hace que de la nada te retraigas.

—¿No me noto emocionada lo suficiente para ti o qué? —replicó con un tono mordaz.

—Me suenas a la defensiva.

Arabella sacudió la cabeza con un suspiro.

—Me suenas a que te estás volviendo loco, Rise.

Pero entonces me dio esa mirada.

La misma que siempre le daba a Riden y Rush cuando no quería abrirse lo suficiente para no llorar enfrente de ellos.

—Estoy emocionada, solo que… son muchas cosas. Y creo que… No lo sé. Supongo que tengo que procesarlo. Puede que mañana me levante mejor y vea las cosas de otra manera.

«No me lo termino de tragar».

Podía decir que la entendía, porque sí, comprendía mejor que nadie sus emociones. Pero no. Algo solo… No me parecía bien. Por lo que podía ver en sus ojos, había más. Algo que no quería compartir, podía decir incluso que era algo que la tenía tan inquieta como cuando llegó.

—¿Lo has hablado con Rush? Creo que eso te ayudaría más que dormir.

—Quizás —volvió a suspirar, desviando la mirada hacia Rush, pasando de mí sin esfuerzo—. Pero no es algo que valga la pena. No ahora, por lo menos. No con tantas cosas encima.

Ahora, eso me sorprendió un poco más.

—¿Sí sabes que él dejaría todo para prestarte la atención que necesitas, verdad? —Arabella volvió a mirarme con ciertas emociones en sus ojos oscuros que no supe interpretar, pero que encendieron aún más alarmas en mi cabeza—. Lo ha hecho antes, Bells. Volvería a hacerlo. Te lo ha demostrado.

—Lo hablaría con él si valiera la pena hablarlo, Rise. Esto no vale la pena. Solo son más cosas del montón.

—¿Estás segura de eso? —pregunté, recorriéndola con la mirada en busca de algún indicio de mentira.

—Tengo que irme —respondió en cambio al volver a ver por encima de mi hombro—. Tengo solo unas cuantas horas para poder armar un plan decente, así que aprovecharé a Riden. No te importa que te lo acapare por un rato, ¿cierto?

Me mordí la lengua. A mí la verdad me sabía a mierda, pero dudaba que al pequeño bastardo también. Estar encerrado en un lugar solo con ella, luego de que las cosas con Arabella terminaran extrañas y sus sentimientos hechos una mierda, no era algo que seguro Riden quisiera hacer.

—En lo absoluto —contesté con sinceridad. Ella asintió e iba a pasar de mí, lista para largarse. Pero no dio ni dos pasos antes de que la atajara por la muñeca—. ¿Estás segura de que estás bien? ¿De que no hay nada que pueda hacer para ayudar?

Arabella solo negó con la cabeza al segundo de que terminé de hablar. Luego, se zafó de mi agarre con facilidad y me dio una sonrisa completa. De esas que siempre terminaban desarmando a Rush para ceder ante los deseos de su… Bueno, ante los deseos del amor de su vida. De esas que desarmarían a medio mundo si ella supiera.

Sin embargo, hubo algo que me impidió creerle, algo que no encajó. Fue una acción. Algo que me llamó la atención mucho más de lo que debía. Un detalle mínimo.

Arrugó la nariz.

El gesto fue pequeño, casi invisible, pero ahí estuvo.

Eso me bastó. Me dio lo que necesitaba para entenderlo todo. Porque había ciertas ocasiones cuando Arabella hacía eso. Después de tanto tiempo a su lado, de haberla visto en tantas situaciones, no podía no notarlo.

O estaba molesta, o algo no le gustaba, o…

«Me mintió».

Me había mentido.

Ella se tomó la molestia de haberme mirado a la cara y soltarme una mentira limpia, bien construida, asegurándose de que yo lo creyera.

Pero no lo hice.

¿Por qué? Esa era la pregunta. ¿Qué era lo que no quería decirme? ¿Por qué no quería siquiera decírmelo? Entendía que no se lo quisiera contar a Rush por todo lo que el imbécil había cometido con anterioridad. Pero, ¿a mí?

Nah, a mí no me ocultaba una mierda. No algo tan grande como para que me negara y me mintiera en la cara, por lo menos. No algo que se esforzara tanto por ocultar que hasta la mentira le salió creíble. Bien ensayada. Y ella era una terrible mentirosa cuando no tenía misiones encima.

Así que, suponía, que eso de encerrarme en mi habitación y dejarme caer en el hueco iba a tener que esperar. Por lo menos ahora que tenía otro propósito en la cabeza.

Bien podría ser que ella no estuviera aquí para cuidarla, pero… Podía hacerlo por ella. Ocuparme de la persona que consideraba su mitad mucho más de lo que había hecho hasta ahora podía hacerlo por ella.

Eso podía, creía yo, mantenerme cuerdo lo suficiente para no ceder ante mis ganas de seguir cazando motivos ante su muerte sin sentido.

Sí. Tocar fondo podía esperar.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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