1. Let's Play - Capítulo 80
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Capítulo 80: 77
Ajustes de último segundo
En cada partida hay segundas oportunidades, pero también hay jugadores que casi nunca fueron honestos. A este punto, me considero una de ellos
Arabella
Mentirle en la cara a alguien era mi pan de cada día. Harrison se había encargado de desarmarme y armarse hasta que eso estuviera arraigado en mi sistema como el hecho de respirar. Camuflarme, sacar información, matar… todo estaba en mi código, en mi sistema, lo tenía encriptado. Me sentía bien con ello, jamás me había quejado o intentado hacer lo contrario.
Pero todo eso empezó a cambiar cuando el hijo del bastardo que encabezaba el primer puesto de mi lista “hijos de perra por matar” se cruzó en mi camino. Mis ganas de sangre seguían intactas, ardían con la misma intensidad de siempre, pero lo que ya no era igual era la facilidad con la que mentía. Me costaba. Mentirle a cualquiera que no fuera Harrison o Kendall se había vuelto un desafío. Mucho más cuando esas personas en particular no eran simples aliados, sino una parte de mí. Mi familia.
Por eso, cuando Rise, con esas esmeraldas preciosas que brillaron casi del mismo modo en que lo hacían antes de que le arrebataran su luz, me preguntó qué rayos estaba mal conmigo, me sentí como la peor persona del universo al mentirle. Y ese sentimiento no me soltó ni un segundo, incluso cuando, horas después, estuve en la sala de comandos con Riden.
Me preguntó lo mismo luego de que la conversación hubiese dado un giro más personal en algún punto, lo suficiente como para hacerme llorar un poco cuando intentó agradecerme por encaminar al “estúpido de Rise” al camino correcto. Porque eso de que “estuviera siendo un maldito cadáver viviente” ya era demasiado para él.
Le respondí lo mismo que a su hermano mayor, pero, por la mirada que me lanzó, no me creyó ni una puta palabra. Me dejó ir después de darme un abrazo fugaz y una mirada inquisitiva que me hizo sentir aún peor.
Las siguientes horas fueron una tortura. Fingir que estaba bien ante todos, cuando en realidad lo único que quería hacer era terminar de tirarme de un maldito puente, era agotador. Más aún cuando no había nada en mi estómago que me ayudara a aguantar las miradas de algunos integrantes de los equipos élites que, desde luego, no estaban de acuerdo con el mandato reciente del espécimen.
Entre las mentiras, las hormonas recién descubiertas —esas que hacían su maldito trabajo demasiado bien para tener horas de realización en mi sistema— y mi estómago vacío, iba a explotar en cuestión de segundos y a nadie le iba a gustar.
Ni siquiera pude relajarme ni un ápice cuando estuve sentada en la oficina de Harrison, escuchándolo explicarme paso a paso lo que tenía que hacer una vez que él estuviera en Moscú.
—Te ves como si te hubieses saltado la comida —su mirada afilada me hizo resoplar—. Otra vez.
—Harrison, solo pasa de mí —murmuré, subiendo los pies en el sofá de cuero negro—. Te lo suplico.
Sus zafiros azules centellearon con una mezcla de estrés y resignación, pero, por mi paz, dejó estar el tema y se enfocó en lo que realmente importaba.
—Mi viaje a Moscú sólo durará un par de días.
—Es lo que tienes previsto, sí —asentí, sin demasiado ánimo.
—No me debería tomar tanto tiempo —se apoyó en el respaldo de la silla—. Pero con Gretzky nunca se sabe.
Fruncí el ceño.
—¿Está comprobado?
—¿Para qué crees que voy? —resopló—. Puede que sea uno de mis mejores hombres, pero, a estas alturas, cualquiera puede estar soltando mierdas importantes y aún así voy a verificar cada palabra. Una cosa es jugar con la mafia italiana y con el payaso a nada de estar muerto que tiene como líder, Arabella. Otra muy diferente es jugar con el maldito bastardo inteligente que es Nikolay Nóvikov y en eso tocarle los clanes de su cadena.
—Lo sé —suspiré, ladeando un poco la cabeza, pensativa—. ¿Pero qué te hace creer que sea esa persona quién esté de bocazas? Aún me suena… Descabellado. Es decir, de todas las que conforman el consejo, ¿esa? ¿Por qué? ¿Qué gana?
—Eso es lo que voy a averiguar en cuanto pise la mansión —respondió, tan perdido en sus pensamientos como yo—. Pero tiene que ser algo que asegure su cabeza. Que le dé la seguridad que no siente estando con Rush —sacudió la cabeza con ligereza y me miró de nuevo—. Aún así, espero que eso no tome muchos días para comprobarlo.
—¿Jugamos con la paciencia o puedo hacer lo que se me dé la maldita gana una vez que lo tengas? —cuestioné, mi voz bajando un par de octavas.
Tenía demasiadas cosas en las que ocuparme, demasiada culpa en la que restregarme, pero cuando se trataba de Kendall, cuando se trataba de saldar cuentas, todo lo demás pasaba a un segundo plano. Mi sed de venganza tomaba el control, dándole rienda suelta a la vena rencorosa que me distinguía como mujer rota.
Por eso, mi cabeza dejó atrás todo lo que me atormentaba y se dedicó a dibujar escenarios en los que los responsables de la muerte de Kendall pagaban.
Estaba disfrutando la parte de los gritos cuando Harrison reclamó mi atención. Su semblante, estaba segura, igualaba al mío en cuanto a rabia y venganza se trataban.
—En el momento que lo tenga y que me suelte las razones, después de tantos años, volverás a pisar Moscú.
Una sonrisa maliciosa se apoderó de mis labios mientras que mi cuerpo vibraba por la excitación de lo que sabía que me iba a provocar la escena.
Iba a disfrutarlo.
Malditamente demasiado.
Para cerrar el asunto, discutimos un par de cosas más y, luego de unos momentos, me dejó ir.
Cuando salí de ahí, mi estómago rugía. Traté de ignorarlo lo más que pude, enfocándome en tomar una ducha rápida al llegar a mi habitación y colocándome lo más cómoda posible para mi “reunión” con Jus. Sin embargo, mientras caminaba por los pasillos —estrictamente vacíos por el nuevo horario para ser las once de la noche—, no aguanté más y me desvié hacia la cocina del comedor.
Agradecí a todo lo sagrado que la puerta estuviera abierta y que todo estuviera apagado, recogido y solitario. El olor característico a desinfectante de limón me recibió al entrar, limpio y estéril, sin rastros de comida reciente. Pude inhalar profundo sin preocuparme de que lo poco que tenía en el estómago terminara en el suelo.
—Solo es una parada rápida —mascullé, abriendo una de las enormes neveras plateadas, metiendo la cabeza de lleno para inspeccionar su contenido tras encender una de las luces.
Me guardaré para mí, solo para mí en lo que me restara de vida, el hecho de que olí cada recipiente después de abrirlo, asegurándome de que su contenido no me revolviera el estómago. Parecía un maldito golden retriever, olisqueando cada cosa con el mayor cuidado posible hasta que finalmente estuve segura de que los arándanos en el tupperware más grande que había visto en mi vida no me generarían esa acidez en la garganta que todo lo demás sí.
El pollo, la carne, piña, cambur, el coco, la fresa y la naranja fueron lo primero que pasé por mi nariz y casi, casi me iba en vómito. Así que en cuanto el aroma de los arándanos acarició mis fosas nasales, paré ahí. Tenía una vena masoquista, sí, pero no me llegaba tan lejos.
—De todas las cosas que pensé que me pasarían… —negué con la cabeza, buscando un tenedor en las gavetas cercanas con una mano libre, mientras que con la otra sostenía el tupperware y con el pie terminaba de cerrar la nevera—. Esta estaría en el fondo de la lista.
Pinché el primer arándano cuando tuve el tenedor entre los dedos, frunciendo la nariz al ver aquella cosa pequeña y morada.
—Dios mío, ¿por qué? —me quejé, observando la fruta con cierto asco.
La verdad, jamás había sido fan de los arándanos. Ni de las uvas. Ni de cualquier otra cosa que no se pudiera comer con un par de huevos fritos y tocino. Pero las situaciones desesperadas requerían decisiones aún más desesperadas. Así que, en contra de todo lo que consideraba sabroso, llevé el tenedor a mi boca y…
—No puede ser —murmuré incrédula, metiendo arándano tras arándano en mi boca de una forma casi que… inquietante, mientras el sabor dulce se apoderaba de mi paladar—. Me niego a que… —dos arándanos más—. Por el amor a lo bendito, ¿es en serio? —me atraganté con otras cuatro frutas moradas más—. Estoy jodida.
Porque lo estaba.
Después de vaciar en un respiro una cantidad desconcertante de frutos pequeños, redondos y morados, beberme un vaso de agua y caminar hacia mi cita con Jus —tras dejar la cocina como la había encontrado—, supe que de verdad estaba jodida.
Es decir, si no me hubiese dado cuenta a tiempo, si Jus no se hubiese dado cuenta a tiempo… ¿Cómo se suponía que iba a explicarlo? ¿Cómo iba a siquiera ocultarlo? Los cambios, el nuevo menú que un estómago lleno y aliviado me estaba exigiendo que armara…
Dios santo.
Agradecía no tener que seguir preocupándome por eso. Sí, sonaba horrible, pero lidiaría con mis culpas más tarde. Estaba muy segura de que preferiría tener eso sobre mis hombros antes que traer al mundo algo que… No podría mantener a salvo, que no podría proteger por más que lo intentara.
Tuve que mantener ese pensamiento con un megáfono en la cabeza con cada paso que daba, ahogando la sensación de que me estaba convirtiendo en la peor mujer del mundo.
Sirvió.
Un poco.
Al menos hasta que llegué a la oficina de Justine y la vi sentada en su escritorio, con la vista fija en mí desde el momento en que crucé la puerta.
Cerré tras de mí e iba a encaminarme directo a la camilla, la misma que había visto miles de veces en mis visitas al ginecólogo, pero Jus decidió intervenir.
—Ven y siéntate conmigo primero, Bells.
Suspiré e ignoré su petición. Me senté en todo el borde de la camilla y la miré. No tenía tiempo para eso.
Había estipulado una hora máxima para el procedimiento, de la cual había perdido ya diez minutos al desviarme a la cocina. Rush llegaría a la habitación quince minutos después de esa hora y, si no me veía ahí y aparecía después, las preguntas se iban a hacer y yo no sabría cómo contestarlas.
—Justine, si vamos a hacerlo, vamos a hacerlo ya. Bastante nos estamos arriesgando por algo que sólo tomará unos quince minutos.
—Tomará más que eso, pero si insistes.
Jus asintió con lentitud, se levantó de su silla y tomó una pequeña caja blanca con letras de color azul, junto con sus clásicos guantes habituales. Luego, se volvió a dejar caer en su banquillo con ruedas.
Tuve que bajar la cabeza para sostenerle la mirada.
—Son cuatro pastillas —comenzó a explicar mientras sacaba el blíster de la caja—. Cuatro pastillas que pondré en el espacio entre tus mejillas y las encías, dos en cada lado. Deben permanecer ahí unos treinta minutos. No puedes masticarlas ni tragarlas, ¿entiendes?
«¿Por qué el lugar se siente tan asfixiante de la nada?».
—Sí —dije, de repente con la garganta más seca que el desierto del Sahara.
—Pasados los treinta minutos, puedes tragar cualquier residuo que te haya quedado en la boca con esto —alzó una pequeña botella de agua—. ¿Planeaste estar en tu habitación después de terminar con esto? —Asentí. No tenía otro lugar más al que ir—. Entonces me autofelicito por haberle dicho a Rush que te quedarías conmigo hasta tarde arreglando unos informes médicos de tus equipos.
Eso me tomó fuera de base.
—¿Qué?
—No puedes salir de aquí, Bells. Una vez que las pastillas lleguen a tu estómago, debes esperar un rango de tres a cuatro horas para que hagan efecto.
—Jus, bien puedo esperar en cama y…
—¿Sí? ¿Entonces le explicarás muy bien por tu cuenta a Rush el sangrado repentino entre tus piernas? ¿Los cólicos salidos del más allá? —abrí la boca, pero la cerré al instante. Nunca me había molestado en revisar los síntomas de un aborto porque, en mi vida creí, que pasaría por eso, pero ahora que me encontraba en esa situación… Mierda—. Eso pensé.
No respondí. Lo único que hice fue asentir con la cabeza cuando Jus hizo un ademán para que le confirmara que seguía adelante. No dijo nada más, pero me lanzó una larga mirada inquisitiva antes de bajar la vista y empezar a sacar pastilla por pastilla del blíster.
Fue al terminar de sacar la cuarta cuando el tiempo, para mí, se recalentó.
Los movimientos de Jus se volvieron más lentos, su respiración más pesada. O quizá solo era mi percepción, porque mi corazón se disparó como si estuviera en medio de una emboscada y mis pensamientos dieron un giro de ciento ochenta grados.
Lo que trataba de mantener en mi cabeza con el megáfono a todo volumen se esfumó.
Gotas de sudor, que no tenía idea de dónde habían salido, se acumularon en la parte baja de mi nuca. Mi respiración se volvió superficial y, de la nada, mi cuerpo empezó a temblar.
Escuchaba las instrucciones de Justine, pero como si vinieran de muy lejos. Sus lentos apretones en mis piernas, que supongo que intentaban reconfortarme, no sirvieron de nada.
Empecé a asustarme cuando intenté moverme y no pude. Mi cuerpo no respondía.
¿Ese era el karma?
¿A eso tenía que enfrentarme por hacer todo a mi manera?
¿Por creer que lo que estaba haciendo era lo mejor para todos, para mí?
Millones de pensamientos se arremolinaron en mi cabeza, golpeando con fuerza, chocando entre sí, hasta que, como si hubieran llegado a un consenso, todo se redujo a un solo punto.
Y lo supe cuando la mano de Justine quedó a milímetros de mi boca con la primera pastilla.
No podía hacerlo.
Dios, no podía hacerlo.
Me incorporé de golpe, lista para dejárselo muy en claro a Justine, pero en cuanto vi sus ojos agrandarse, comprendí que la había asustado.
—¿Bells? ¿Qué…?
Levanté un dedo para callarla justo cuando mi espalda tocó la puerta del lugar. La culpa me asfixiaba. Me dejé caer con lentitud hasta quedar sentada en el suelo helado, abrazando mis piernas contra mi pecho y apoyando la cabeza sobre mis rodillas, dándole el lugar necesario para reposar.
Tomé varias respiraciones largas y profundas, pero el dolor en mi pecho se hizo más puntiagudo. Me costaba respirar.
¿Qué diablos estaba mal conmigo?
Estuve a punto de hacer algo que nunca en mi vida…
Mierda, mierda, mierda.
Cerré los ojos con fuerza, negándome a ceder. No podía dejar que las lágrimas tomaran el control. Tenía que dejar de malditamente llorar. Las lágrimas no resolverían ninguno de mis putos problemas. Ninguno.
—No puedo hacerlo —mascullé por cuarta vez, estremeciéndome al sentir las manos de Justine en mis brazos—. No puedo, Jus. No sé por qué, pero simplemente no puedo —mi voz apenas era un susurro, desgastada por el peso de lo que casi había hecho—. Me siento la peor persona del jodido planeta tras siquiera haber pensado en eso, por haberles mentido en la cara a las personas que me importan —tragué saliva con dificultad—. Nunca me he odiado por ninguna de mis acciones en el pasado, ¿pero hoy? Maldita sea, Jus. Y-yo… Yo solo… —sacudí la cabeza, sintiendo cómo el nudo en mi garganta se hacía insoportable—. No puedo. Te juro que no puedo.
Justine apretó mis brazos con suavidad.
—Bells, está bien. ¿No quieres hacerlo? Está más que bien. ¿Lo quieres hacer, pero necesitas un tiempo para pensarlo bien? Eso también está bien. No tienes que odiarte por tener opciones y tratar de elegir la mejor. Creíste que no estabas lista para la responsabilidad que llevas dentro de ti, así que tomaste la decisión que te pareció correcta. Y no fue por razones egoístas. Pensabas en ti, en el futuro de ese bebé, y eso está más que bien.
—Pero Rush…
—Son tus decisiones —su interrupción fue suave, pero tajante—. Sí, él es el papá y tiene voz en esto, pero no voto. Al final del día, es tu cuerpo. Él tendrá que respetarlo, sin importar si odia o ama lo que has decidido. Y por suerte para él, has decidido seguir con esto.
Levanté la cabeza lentamente y me encontré con la ternura en sus bonitos ojos. De pronto, sus caricias lograron lo que creí imposible: mi garganta se aflojó, y el aire entró con un poco más de facilidad en mis pulmones.
—Seré una mamá horrible —murmuré, dejando escapar un miedo que ni siquiera sabía que tenía—. Y lo que sea que esté dentro de mí tendrá una vida espantosa.
Justine me regaló una sonrisa y negó con la cabeza.
—No te negaré que el camino que tienes por delante será fácil, Bells. Tampoco te diré que todo acerca de la maternidad será color de rosas. Pero hay algo que sí te puedo asegurar —esperé pacientemente, y su sonrisa se hizo más grande—. Serás la mejor mamá que tu bebé podría haber tenido jamás.
Me pellizqué la pierna derecha con la fuerza necesaria para alejar las horribles lágrimas que estaban a punto de salir. Quería rebatírselo, quería negarlo, porque sabía que no era cierto. No sería la mejor mamá del mundo. Joder, ni siquiera pude ser la mejor amiga del mundo. Kendall había muerto por lo que yo había hecho. No pude protegerla, cuidarla. Me la arrebataron por razones que solo el infierno sabía, y ahora tendría que cargar con el vacío que dejó por el resto de mi vida.
Estaba sobrellevándolo. Estaba tratando de seguir adelante, de superar el duelo y todas sus malditas etapas. Y lo había hecho bien, con altibajos, sí, pero bien. Sin embargo, había momentos en los que… pensar que ella ya no estaría más conmigo me mataba. Ese sentimiento ocupó parte del día de hoy, cuando creí que las cosas no se podían poner peor.
Aunque había aceptado que sus acciones no habían sido mi culpa, aun quedaba ese rincón en mi mente donde, si no tenía cuidado, la culpa se filtraba y me susurraba lo contrario. Que por mucho que Rush, Harrison y los demás lo negaran, lo que pasó había sido culpa. Y si le daba suficiente tiempo, me convencía. Me hacía creer que no valía la pena discutirlo con nadie, porque nadie me daría la razón.
Entonces, si tenía momentos en los que me hundía al aceptar que la persona que consideraba mi hermana murió por mí, ¿qué le esperaba a lo que crecía dentro de mí? ¿Qué vida podría ofrecerle? ¿Qué futuro?
Mi vida estaba construida sobre sangre, secretos, armas, peligro y traiciones constantes. ¿Eso era lo que le daría? ¿Dónde quedaban el amor, las risas, la protección? No podía brindarle nada de eso. No era apta. Nunca lo había sido. Solo tenía que repasar mi pasado para darme cuenta de que era la verdad.
No había protegido a Kendall y, como consecuencia, había logrado destruir a Rise en mil pedazos, convirtiéndolo en alguien irreconocible, una sombra vacía de lo que una vez fue.
Mi relación con Rush había sido un desastre de altibajos, dejándonos en un futuro incierto.
Yo misma no estaba bien. Por más que intentara recomponerme, todavía tenía mis propias caídas, mis propios demonios.
Entonces, no. Nada en mí garantizaba que lo que crecía en mi vientre tendría algo seguro, algo estable.
Estaba a punto de decirle todo eso a Justine, de soltarle cada pensamiento atormentado que se arremolinaba en mi cabeza, pero… su mirada me hizo tragar en seco.
No.
No su mirada.
Fue la seguridad que brillaba en sus ojos lo que me detuvo.
Había una certeza absoluta en su expresión, una convicción tan firme que, por mucho que yo creyera que iba a fallar en cada jodida tarea que la vida me pusiera enfrente, me hizo reconsiderar si quizás… solo quizás… no todo estaba perdido.
La mirada de Justine no desestimaba mis miedos, pero tampoco los alimentaba. Ella los comprendía, los abrazaba, los escuchaba, pero no dejaba que la consumieran. Nada de lo que yo estaba sintiendo la hacía cambiar de opinión.
«Quizás… Quizás puedo…».
No terminé el hilo de mis pensamientos.
No pude.
Porque de un momento a otro, un calor extraño me recorrió de pies a cabeza, y lo siguiente que creí haber escuchado me dejó tiesa e hizo que las lágrimas que trataba de mantener a raya se deslizaran como si una bendita cascada se trataran.
No. No podía ser cierto. Tenía que estar volviéndome loca para siquiera creer que…
—Estarás bien, Bells —no supe en qué momento Justine se había sentado a mi lado, pero cuando sus brazos me envolvieron, solo pude aferrarme a ella con todas mis fuerzas—. No te voy a prometer nada, pero verás que estarás bien —murmuró—. Cuentas con personas que te ayudarán y estarán contigo en cada momento. Las cosas saldrán bien. Claro, habrá algo de turbulencia en el vuelo, pero… ¿en qué vuelo no las hay?
Mientras trataba de respirar hondo, me concentré en repetir las dos palabras que creí haber escuchado y por un momento, quise tatuármelas.
Las dejé correr en un bucle infinito hasta que mi pecho se hinchó de una forma extraña y hermosa. Una paz inesperada me recorrió, calándome hasta los huesos, como si ella hubiera encontrado la forma de encajar esa pieza que llevaba meses perdida dentro de mí.
Segundos pasaron hasta que decidí no rebatirle nada a Justine. No había encontrado las palabras para hacerlo y aún si las hubiese encontrado, no sería capaz de enunciarlas porque por primera vez en días, tal vez en meses, me encontraba segura de que quizás todo saldría bien.
Ella me había dado la confirmación necesaria. Lo que quizás necesitaba —y no sabía que lo hacía— para continuar con todo, incluso para superar la última etapa de mi duelo sin recaer.
Mi sistema colapsó.
Solo lloré.
Lloré hasta que no quedó nada dentro de mí.
¿Durante cuánto tiempo? No lo supe.
Lo único que supe fue que, cuando las lágrimas dejaron de rodar, mi pecho ya no dolía tanto como antes. Mi corazón ya no se sentía pesado. Y el peso que me había estado destrozando los hombros se había aligerado.
«Quizás… Quizás sí puedo con esto».
El pensamiento me recorrió con una calidez inesperada, como un rayo de sol filtrándose entre las grietas.
—¿Jus? —mi voz sonó rasposa, apenas un susurro, pero me obligué a hablar.
—¿Sí?
Tragué saliva.
—Voy a seguir con esto.
Sentí cómo sonrió antes de responder:
—Lo sé.
—Pero no quiero que nadie lo sepa —su cuerpo se tensó de inmediato. Supe que su sonrisa se esfumó y que no estaba de acuerdo con lo que había dicho, pero continué antes de que pudiera interrumpirme—: se lo diré. Te prometo que sí. Pero necesito hacerlo a mi ritmo. Déjame al menos acostumbrarme a esto primero. Es demasiado para procesar y…
—Bells, no…
—Prometo que se lo diré —insistí, levantando la cabeza de su hombro para mirarla directamente—. Más pronto que tarde, pero por favor, dame tiempo. Incluso te tendré a mi lado para que lo compruebes por ti misma.
Justine entrecerró los ojos en mi dirección por varios minutos hasta que se rindió. Lo supe en cuanto pequeñas arrugas se hicieron visibles en su entrecejo.
—Bien —suspiró con cansancio—. Te dejaré ir a tu ritmo… si me dejas hacer algo primero para cerrar el trato.
Fue mi turno de entrecerrar los ojos, recelosa.
—¿Qué es? —cuestioné con cautela.
—Tienes que aceptar primero.
Dejé pasar unos diez segundos, sopesando su petición. Al final, tarareé en aceptación, aunque sin dejar de mirarla con desconfianza. Jus me sonrió y, en cuanto vi sus ojos chisporrotear con la promesa de “diversión” en mayúsculas, quise arrepentirme de inmediato.
Se levantó con rapidez y me ayudó a incorporarme también, solo para ordenarme que me quitara cualquier rastro de ropa de la cintura para abajo y que, una vez desnuda, me acostara en la camilla, colocando mis piernas en los soportes. Lo hice con el ceño fruncido, sintiéndome ridícula. Justine desapareció por unos minutos y, cuando volvió a aparecer en mi campo de visión, traía consigo una máquina más grande que ella misma. Quizás estaba familiarizada con el aparato, pero en ese momento no recordaba una mierda.
—Justine, Jesús Bendito, ¿qué diablos estás haciendo? —pregunté sin quitar la mirada de aquella cosa blanca con negro.
Jus no respondió. En su lugar, sonrió aún más, dejó la máquina a mi lado y buscó su banquillo con ruedas. Se sentó en él, lo bastante cerca de mí, a mi lado derecho, y se colocó un nuevo par de guantes negros.
—Bien, ahora estate quieta —abrí la boca para volver a preguntar qué demonios planeaba, o al menos para quejarme del bendito frío, pero ella me cortó antes de que pudiera emitir palabra—. ¿Confías en mí o no? —asentí a regañadientes—. Entonces, quédate quieta, Bells. Piensa que esto es lo único que te pediré a cambio de mantener la boca cerrada si se te hace difícil hacer lo que te pido.
Le lancé una mirada de muerte, pero aun así traté de reprimir los escalofríos espontáneos por el frío en la oficina. Justine sonrió, satisfecha al notar mi forzada quietud.
—Bien —su voz subió un par de octavas—. Dos cosas: la primera es que espero que no hayas hecho pipí en un buen rato. Y la segunda es que puede que sientas algo de frío por esto —antes de que pudiera preguntarle de qué estaba hablando, de la maquinaria tomó una varita enorme junto a un envoltorio que sí reconocí de inmediato.
Me tragué la avalancha de preguntas que amenazaban con salir cuando la vi abrir el paquete plateado, sacar un condón y deslizar el látex por la longitud de la varita blanca. Mi incomodidad creció cuando me miró directamente, como si examinara mi entrepierna con demasiada atención. Quise cerrar las piernas, pero la curiosidad me picaba demasiado. Así que, cuando me preguntó con señas si podía introducir el artefacto en mí, asentí con un leve movimiento de cabeza.
Un siseo escapó de mis labios en cuanto el frío del aparato contrastó con mi interior. Estaba segura de que había odiado mucho aquella acción, pero no recordaba en dónde diablos.
—Lo siento, pero te aguantas —murmuró sin un atisbo de arrepentimiento—. Vas a sentir una leve presión, pero no te preocupes. No duele. Ahora, lo que te acabo de introducir es una sonda que tiene en la punta un transductor que emite ondas sonoras y capta los ecos que… —la varita mágica dejó de hundirse en mi interior tan solo para empezar a moverse un poco, logrando que la enorme pantalla diera imágenes extrañas—. Sé que es temprano, pero aun así estoy cruzando los dedos para que…
Entonces, un sonido débil, casi imperceptible, llenó la oficina. Un pequeño golpeteo acelerado, similar a un “tic-tic”.
Justine esbozó una enorme sonrisa victoriosa.
Y mi corazón dio un vuelco.
—¿Eso…? ¿Eso es…?
Jus señaló la pantalla. Su dedo índice descansó sobre una mancha borrosa, como una sombra en blanco y negro que no tenía ningún sentido para mí. Debió notarlo, porque soltó una risita antes de empezar a explicar.
—Ese es tu saco gestacional, Bells —su tono fue más bajo, casi como si pronunciara algo sagrado—. Por lo que veo y por lo que mide, estás aproximadamente en tu quinta semana —sus palabras flotaron en el aire, como si mi cerebro se negara a asimilarlas—. Para cada quien el crecimiento es diferente, pero me asombra que en tu cuerpo no se vea reflejado nada en lo absoluto del embarazo. Ni siquiera una tripita —sus ojos recorrieron mi figura de arriba abajo, evaluándome con curiosidad.
Pero yo apenas podía prestarle atención.
Estaba tan absorta con el repentino sonido, que no pude contestar nada o recordarle que el embarazo sí había hecho de las suyas, jodiéndome el menú alimenticio con náuseas caprichosas y antojos absurdos. Las palabras se atoraron en mi garganta.
—Debido al tiempo, es normal que no se note el embrión todavía —continuó Justine, ajena a mi desconcierto—, pero eso no quiere decir que no esté ahí. Esa cosita es demasiado diminuta, apenas del tamaño de una semilla, y se irá notando con el tiempo.
—Pe-pero… Lo que sonó… Lo que está sonando…
Justine me miró con suavidad. Sus ojos brillaban cuando asintió con calma.
—Sí. Esos son los latidos de tu bebé —se mordió el labio, emocionada, con una sonrisa que delataba su fascinación—. Bastante temprano para escucharlos, pero ahí están. Esos son.
El silencio entre nosotras solo fue interrumpido por aquel leve “tic-tic” que seguía llenando la habitación.
Ella no habló por un rato, como si quisiera alargar el momento.
—Para ser honesta, me sorprende mucho —murmuró en voz baja—. Puedo contar con los dedos de mis manos las veces que he llegado a escuchar el latido de un bebé con tan solo cinco semanas.
No respondí. De hecho, ni siquiera la escuché del todo aunque siguió hablando. Mi mente se había desconectado de cualquier otra cosa que no fuera ese sonido. Ese leve “tic-tic” acelerado que parecía resonar dentro de mí. Mi pecho se sintió demasiado pequeño para contener todo lo que estaba sintiendo. Lo único que realmente escuchaba eran los latidos de… él. De mi bebé.
Un tsunami de emociones barrió conmigo, arrasando todo a su paso. No tenía ni idea de cómo sentirme, qué hacer o qué pensar. Pero, con cada latido que sonaba a través de la máquina, la confusión se disipaba poco a poco, dejando espacio para algo más. Algo cálido, envolvente y aterrador en igual medida. Asombro. Amor. Felicidad. Histeria.
Todo se hinchó en mi pecho al mismo tiempo, tan fuerte y desbordante que sentí que me faltaba el aire.
Eso estaba pasando. Eso de verdad estaba pasando.
Tenía algo en mí. Algo que era de Rush y mío. Creciendo en mí.
«Oh. Dios. Mío».
La euforia subió como un chispazo recorriéndome las venas, dejándome al borde de soltar un chillido que ni siquiera sabía que estaba conteniendo.
Pero entonces, el sonido desapareció.
Parpadeé, confundida. La repentina ausencia del latido me golpeó más de lo que esperaba, como si me hubieran arrancado algo sin mi permiso.
Fruncí el ceño y levanté la vista hacia Justine, que me observaba con una sonrisita y la varita mágica en la mano.
—¿Por qué…?
—Porque, por mucho que me encante ver tu cara rebosante de felicidad y que me fascine escuchar los latidos de mi pequeño sobrino, hay que hacerte un plan de vitaminas y suplementos que tendrás que empezar a tomar de manera diaria, y una dieta rica en nutrientes para que te empieces a zambullir hasta el fondo de tu garganta —señaló el reloj analógico colgado en la pared, justo encima de la puerta. Una y cinco de la madrugada—. Además —continuó, dejando la varita mágica en su lugar antes de lanzarme mi ropa—, me quedan poco más de diez minutos para que Rush venga a exigirme que te deje para que te vayas a dormir, así que lo mejor será que te vistas de una vez.
No quería. La verdad quería seguir escuchando ese hermoso sonido un rato más, absorber cada pequeño latido que llenaba la habitación y dejar que me envolviera la realidad de lo que acababa de descubrir. Pero, una vez más, Justine tenía razón. Así que, a regañadientes, hice lo que me ordenó.
Una vez lista, me acomodé en la silla frente a su escritorio, que estaba repleto de papeles. Eché un vistazo rápido a los documentos y fruncí la nariz al reconocer de inmediato los nombres. Eran informes de cada soldato bajo mi mando. No tenía cabeza para eso ahora. Dejé los papeles a un lado y, en su lugar, me dediqué a observar cómo Jus iba y venía por la oficina, guardando cualquier objeto que pudiera incriminarnos.
Para cuando por fin se sentó, la puerta sonó un par de veces antes de abrirse sin la invitación de nadie.
No aparté la vista de los informes, pero el aroma familiar que invadió la habitación fue suficiente para que mi pulso se acelerara de forma casi ridícula. Un repiqueteo extraño me llenó el pecho, algo entre nervios y un miedo que no terminaba de apaciguar.
—¿No te han dicho que es de mala educación entrar sin ser invitado? —pregunté en voz alta, ganándome un bufido de Justine.
—¿Qué te hace pensar que él y la palabra “educación” van de la mano? —resopló con naturalidad, dejando uno de los informes sobre la mesa.
—Veo que la hora las hace a ambas bastante ingeniosas.
¿Era normal que su voz sacudiera cada parte de mi sensatez y que, de repente, babeara por querer seguir escuchándola?
Sonreí cuando lo sentí detrás de mí, y sonreí aún más cuando sus manos se deslizaron por mis hombros, apretándolos con la fuerza justa para darme un masaje que, maldita sea, estaba demasiado bueno.
—Por mucho que me encante seguir escuchándolas, tú y yo tenemos una cama en la cual dormir.
—Y por más que a mi me gustaría ir contigo, tengo mucho tra…
—No —me cortó de golpe—. He escuchado esa maldita palabra más de lo que puedo recordar el día de hoy. No pienso, ni quiero, escucharla más por lo que me resta de noche —dejé caer la cabeza hacia atrás para mirarlo, encontrándome con esa mirada intensa que me ponía a temblar las piernas—. Eso quiere decir que tampoco la quiero escuchar salir de tu bonita boca, princesa. Mucho menos verte ejerciéndola a altas horas de la madrugada, así que nos vamos.
—Pero…
—Oh, Dios. Tan solo ve con el pobre hombre —gimió Justine con dramatismo. Clavé la mirada en ella, intentando ocultar una sonrisa—. El infierno sabe que es capaz de sacarte de aquí a rastras si no aceptas. Solo ve. Podemos terminar esto mañana temprano. Vete.
—Dijiste que esto era…
Rush soltó un gruñido bajo, y en menos de lo que logré procesar, el idiota ya me tenía entre brazos, tal cual como un bebé.
—Nos vamos —zanjó, caminando con decisión hacia la puerta por la que había entrado.
—¡Rush! —chillé, fingiendo molestia mientras me removía en su agarre, apegándome a mi papel con todo el dramatismo del mundo.
—Grita todo lo que te dé la maldita gana, no me importa —replicó sin inmutarse, saliendo conmigo de la oficina de Justine y cerrando la puerta de un portazo, cortando cualquier oportunidad de despedirme—. Desperdicié semanas sin estar a tu lado. No pienso hacerlo nunca más en lo que me resta de vida, así que si te digo que nos vamos a dormir, jodidamente nos vamos a dormir.
Me tomó solo un par de segundos rendirme a la risa y apretujarme contra su pecho, disfrutando de su calor, de su presencia, de él. Eso pareció gustarle porque no dijo palabra alguna y siguió llevándome así hasta llegar a nuestra habitación.
Lo último que recuerdo de esa noche fue la suavidad del colchón cuando me dejó sobre él y su silueta alejándose para entrar al baño. El sonido del agua corriendo fue un arrullo lejano, y cuando por fin salió, con el cabello húmedo y un pantalón de pijama, apenas si tuve tiempo de notar su presencia antes de que se abalanzara sobre la cama, se acomodara entre las sábanas y me arrastrara con él, colocando mi cabeza sobre su pecho.
Caí en los brazos de Morfeo mucho antes de lo que quería, y lo último que sentí fue el roce de sus labios en mi coronilla, seguido de un suave y susurrado:
—Buenas noches, princesa.
♦ ♦ ♦
Levantarme, para mi sorpresa, no fue lo peor del día. De hecho, rodar en la cama hasta quedar en los brazos del espécimen y juguetear con él hasta que el ambiente se calentó fue increíble. Tanto, que me dejé arrastrar por el cambio de aire, ganándome los tres orgasmos más alucinantes de mi vida. Debo decir que la mirada atónita de Rush ante mi repentino consentimiento, combinada con esa hambrienta y excitante expresión al abrirle las piernas, fue lo mejor de todo el calenturiento desastre.
Por eso, salir de la cama para darme un baño rápido, en el que los jadeos y gemidos fueron el hilo conductor de la “ducha”, terminó siendo otro de los puntos altos de mi día.
Estaba frente al lavamanos cuando él decidió que aún no había tenido suficiente.
—Tengo entrenamientos que asistir, Rush —dije, tratando de reprimir una sonrisa cuando sus manos volvieron a posarse en mis caderas desnudas y sus labios dejaron un rastro de besos húmedos en mi espalda. Solté un gemido alto y claro, cosa que a él le pareció fascinarle porque continuó con ellos—. Además, tengo que terminar de revisar las cosas con Jus antes de ir con el plato fuerte. Voy a llegar tarde.
—Prometo que será el mejor retraso de tu vida, princesa —murmuró contra mi hombro derecho—. Estoy seguro de que querrás reportarte enferma si me dejas enseñarte el porqué… otra vez.
Sus manos, grandes y cálidas, se deslizaron desde mis caderas recorriéndome con una lentitud desesperante, deteniéndose justo sobre mis senos. No le bastó con arrancarme otro gemido. Él quería escuchar varios, y lo dejó claro cuando me sentó en el borde del lavabo, ubicándose entre mis piernas más que abiertas.
El camino de besos desde mi rodilla hasta la cara interna de mi muslo derecho fue tan exquisito como inevitable.
—Voy a llegar tarde —gemí, esta vez sonando menos convincente.
—¿Qué son un par de horas más?
Su aliento chocó caliente contra mi coño empapado, y el estremecimiento involuntario que recorrió mi cuerpo fue la confirmación que necesitaba para reducir mi renuencia a nada. Tenía un punto que probar, y lo hizo con creces.
Y, en efecto, llegué tarde. Quince minutos, por lo menos. Si le hubiese dado la oportunidad, estaba segura de que serían más, pero logré mantener a la bestia a raya, prometiéndole cosas nocturnas a cambio de dejarme sola en el baño. Cedió a regañadientes después de que mi lengua acariciara su glande hinchado, dándole una probadita de lo que le esperaba más tarde.
Ya a solas, en la comodidad de las cuatro paredes cubiertas de vapor por la ducha más entretenida que había tenido en mucho tiempo, mi reflejo en el espejo captó mi atención. Sin embargo, lo primero que en realidad llamó mi interés fue la sensación que recorría mi cuerpo, electrizándolo todo, erizando cada centímetro de mi piel, reflejándose en mis ojos.
Mi cuerpo seguía igual. Para tener un mes y algo de embarazo, no había cambiado en absoluto. No me malinterpreten, estaba agradecida con la vida por ello, pero aunque me viera igual, no me sentía así.
No sabría explicar con exactitud qué era lo que sentía, pero se sentía… bien.
Y entonces, cuando pasé —en realidad, revoloteé— las manos por mi vientre, todo cobró sentido.
La sensación fue tan abrumadora que le dio rienda suelta a las demás, invadiéndome de golpe. La culpa desapareció. Lo mal que me había sentido por mentirle en la cara a todo el mundo se esfumó. Las dudas, los temores… todo. Tan solo se desvaneció, dejándome a solas con mi reflejo y las emociones bonitas que me envolvían.
—¿Eso lo produces tú? —solté en un jadeo tembloroso, sin detener los movimientos ligeros de mis manos sobre mi abdomen—. ¿Puedes…? ¿Puedes hacer eso? ¿En serio?
Anonadada y sobrepasada por todo, ni siquiera me di cuenta que estaba llorando. Pero por primera vez en semanas, no eran lágrimas de dolor o amargura; eran de felicidad.
Yo.
Llorando.
De felicidad.
¿En qué mundo eso…? ¿Es que siquiera era normal? ¿Podría considerarse normal?
Supuse que sí, porque en el instante en que lo acepté, otra sensación —esta vez de amor puro, cálido y embriagador— se apoderó de cada uno de mis sentidos. Era tan potente, tan precioso, que podía compararlo por lo que sentía al estar cerca de Rush… de Kendall, de Harrison.
Incluso podría decir que lo superaba. Porque era una clase de amor tan… inocente, tan instintivamente protector, que…
—¿Entonces así es cómo se siente amar algo de forma tan… sana? —murmuré, clavando la mirada en mi vientre—. ¿Me estás enseñando cosas siendo tan diminuto?
Estaba a nada de desarmarme, de rendirme ante la corriente y abrazar el momento más bonito de mi vida… pero unos golpecitos en la puerta rompieron el hechizo.
Reaccioné al instante. Con la máxima rapidez posible, abrí el grifo del lavabo y borré con agua y jabón cualquier rastro que pudiera delatar mi escena de llanto.
—En esos quince minutos que llevas ahí, mínimo te hubieses corrido en mi boca unas ocho veces, princesa —la voz de Rush, profunda y entretenida al otro lado de la puerta, espabiló mis sentidos—. ¿Estás tomándote el tiempo para reconsiderar ofertas?
¿Era posible sonreír después de haber sido una catarata andante? Sí, lo era.
—¡Eso quisieras! —reí, envolviéndome en la toalla que él había lanzado lejos la primera vez.
Tras otro vistazo rápido en el espejo para asegurarme de que no quedaban rastros de mi momento, salí del baño.
No alcancé a dar dos pasos antes de toparme con una pose bastante sugestiva y unos ojos plateados que me devoraban con descaro.
—Una pena que me hayas puesto como organizadora de todo un operativo, ¿verdad? —dije burlona, pasando de largo como si su presencia desnuda no me afectara.
—Qué bueno que ese detalle me sepa tan a mierda como tus próximas quejas, mi amor.
No tuve tiempo de procesar sus palabras antes de que mi espalda chocara contra el colchón y…
Bueno, ¿ya dije que llegué algo tarde a mi cita con Justine?
Gracias a la vida que peinarme no era un problema con el cabello aún húmedo y que mi ropa estaba a la vista. Estaba segura de que, de haberme puesto a dar más vueltas por la habitación con Rush ahí, tal y como el infierno lo había dejado en el mundo y sin intenciones de vestirse, hubiese terminado pisando los alrededores del área médica mucho más tarde de lo previsto.
Jus levantó la vista de sus papeles cuando entré en su oficina.
—Me encantan las miradas satisfechas —rió, sentada detrás de su escritorio con varias hojas regadas sobre la superficie blanca de madera.
—Y a mí que me dejen satisfecha —respondí burlona, dejándome caer en una de las sillas frente a ella—. Buenos días, Jus.
—Te pediría detalles, pero mi imaginación es enorme —solté una carcajada—. ¿Qué se siente tener sexo después de mantener la fabrica cerrada?
Justine era una de las pocas personas —si no la única— que sabía con exactitud lo que pasaba conmigo. Ser mi psicóloga y mi amiga tenía sus ventajas, y ella sabía aprovecharlas todas.
—Estimulante. Caliente. Fantástico —sonreí, apoyando los codos sobre la mesa—. Puedo continuar. La lista es larga.
—Lo noto —sacudió la cabeza, bastante divertida con eso—. Pero, por otro lado, ¿cómo te sientes? Sé que no han pasado más de ocho horas, pero… ¿cómo estás? Con lo de anoche y eso.
«Uh, sí».
—Es… —hice una pausa, buscando la palabra correcta—. Raro.
—¿Raro?
—Quiero decir, por un lado, tengo todo este torbellino lleno de mierda que quiere destruirme si le doy la mínima oportunidad. Pero por el otro… Está esto —mis manos fueron a mi vientre de manera automática, tocándolo con la misma felicidad embriagadora que había sentido en el baño—. Entonces lo miró, lo tocó o pienso en algo relacionado con él, y todo lo demás desaparece. Sé que la culpa sigue ahí. La tristeza, mis inseguridades y mis traumas también. Incluso las ganas de vengarme. Sin embargo, algo las empuja lejos. Como si nunca hubiesen existido.
Pese a que Jus me dio una bonita sonrisa, se fue con todo.
—Cuando te refieres a “culpa”, ¿es por no decirle a Rush o hay algo más?
—Eres buena —acepté con una pequeña sonrisa—. La culpa abarca todo. Tanto mentirle a las personas que quiero como el suceso de ayer y…
—Por lo último no hay que sentir culpa, Bells.
Resoplé.
—Justine, yo casi…
—Pero no lo hiciste —me cortó con un tono que mezclaba amabilidad y firmeza—. Y si lo hubieses hecho, tampoco deberías sentirte mal por ello —fruncí la nariz, pero ella suspiró antes de continuar—. Arabella, escucha. El aborto es un tema delicado, uno que despierta innumerables opiniones y creencias en millones de personas. Pero también es un derecho, una opción que puedes ejercer sin que sea necesariamente un último recurso. No es una decisión que debas tomar a la ligera, así como tampoco es una que debas tomar por desesperación, mucho menos como método anticonceptivo por motivos irresponsables. Sin embargo, es una decisión personal e íntima que debe ser respetada. Nadie tiene derecho a juzgarte o hacerte sentir culpable por ello. Así que no te castigues por haber considerado todas tus opciones y que al final hubieses llegado a esa. Es tu derecho, y lo importante es que tomes la decisión que sea mejor para ti, sin presiones ni juicios externos.
No pensé que en algún momento de mi vida necesitara escuchar esas palabras, pero fue increíble cómo gran parte del peso que cargaba sobre mis hombros desapareció al oírlas.
Porque sí, podía decir que me sentía extrañamente feliz con algo creciendo dentro de mí. Pero la culpa me golpeaba cuando menos la necesitaba, solo por haber considerado otro camino.
«Dios, cómo amo a esta mujer».
—Eres increíble, ¿sabías eso, no? —susurré, con el corazón apretado.
—Mucha gente no estaría de acuerdo contigo —rió. Abrí la boca para rebatir eso, pero un gesto suyo me mantuvo en silencio—. Y está bien, Bells —continuó—. No porque alguien no comparta mi punto de vista significa que voy a odiarla por eso. Las personas tienen sus ideales, yo tengo los míos. Y eso está más que bien. Si ellos respetan los míos, yo los suyos —se encogió de hombros—. Así es como deberían hacerse las cosas. Todos tenemos nuestras propias creencias y valores, pero eso no nos da derecho a imponerlos a los demás.
—Contigo como presidente de la nación las cosas serían mucho más fáciles para todos —dije, encantada con sus palabras.
—No estoy segura de poder mantener ese trabajo con las conexiones que tengo bajo la manga, pero sí tú lo dices, lo tomo —me guiñó un ojo, haciéndome reír. Luego su expresión cambió, volviéndose más inquisitiva—. Ahora, cambiando de tema, ¿hay algo más de lo que quieras desahogarte? ¿Kendall? ¿París? ¿El sexo estimulante con Rush? ¿Rush en sí?
Sacudí la cabeza.
No. Aunque repasé mentalmente cada opción, no había nada que me inquietara en ese momento.
Lo de Kendall lo estaba manejando bien, para mi sorpresa. París… era algo que quería olvidar, dejarlo en el infierno si era posible. Pero aunque sabía que tenía más tela que cortar en ese tema, no era algo que quisiera tratar ahora.
No cuando lo del sexo con Rush estaba… más que bien, en realidad. Era muy capaz de decir incluso que lo necesitaba, pero si iba por el camino de mis malditos traumas, estaba segura de que la fábrica se cerraría por mucho más tiempo en cuestión.
No quería eso. No cuando todo estaba yendo relativamente bien. Entonces, el problema lo dejaría para la siguiente sesión, dónde de seguro lloraría, maldeciría y añoría que el maldito cani se estuviese quemando muy bien en el maldito infierno.
Y sobre el espécimen en cuestión, no tenía nada que decir. Estaba haciendo que las cosas funcionaran entre nosotros, me daba mi espacio, era comprensivo… No había nada de lo que quisiera hablar con Jus sobre él. No por ahora.
La culpa y las mentiras ya eran terreno conocido para ella, así que… nope. Nada.
—Bien. ¿Podrías contestarme unas preguntas, entonces? —su sonrisa tenía un matiz que no alcancé a descifrar.
Me recliné hacia atrás y crucé las piernas.
—¿Cómo cuáles?
—De esas que suelen hacerse cuando tu ginecóloga-obstetra necesita armarte una dieta, ya sabes.
—¿Dieta? —me di un rápido vistazo, luego la miré, confundida—. ¿Estás segura de que necesito una dieta?
—No te voy a hacer perder peso, Bells —se rió, levantándose para rebuscar a sus alrededores—. Menos cuando ganarlo es justo lo que necesitas. La cuestión es que alimentarse solo de huevos por lo que resta del embarazo, aunque tiene proteínas, no cubre todos los minerales que necesitas.
Tarareé en respuesta. Jus volvió a mí, con un cuenco de… ¿yogur?
—Yo no…
—Nunca te lo he visto comer, es cierto —asintió—. Pero después de que anoche, curiosamente, desapareciera una cantidad considerable de arándanos de la cocina, me pareció que quizás alguien estaba en busca de algo que no la hiciera vomitar.
Oh. Sí. Eso.
Le di una mirada que estaba segura de que destellaba vergüenza. Jus chasqueó la lengua, divertida.
—Asumí la culpa, no te preocupes. Además, Helena es un ángel caído del cielo que tomó la iniciativa de hacerme un cambio completo de menú. Así que, mientras te empinas eso, dime: ¿qué más no toleras tener cerca?
—¿Dejando de lado a los idiotas? —removí el contenido del cuenco con cierto desagrado, pero sonreí al ver los pequeños, redondos y morados frutos dentro. Jus resopló y volvió a sentarse—. No pude oler mucho, pero el huevo encabeza mi lista. Seguido de lo que sea que venga de la vaca, res, conejo…
—Venado, hombre de las nieves —completó con ironía—. Sí, lo capto. Pollo y carnes fuera. ¿Qué más?
—Eh…
El explosivo sabor que me invadió el paladar en cuanto la cucharilla llena aterrizó en mi boca me distrajo por un segundo. O varios, en realidad.
Regresé a la tierra cuando Jus rió entre dientes después de que yo soltara un largo gemido de satisfacción.
Ni siquiera había notado que cerré los ojos, pero no me importó.
El placer de comer algo nuevo y que mi estómago no rechazara era algo que nadie me iba a quitar.
—Lo siento —carraspeé, saliendo de mi trance—. Ehm… frutas como el coco, la piña, el cambur, la fresa y la naranja también tienen un lugar en mi lista.
—¿Crees que puedas tomarlas en jugo?
Torcí el gesto mientras tragaba otro pedazo de cielo.
—Dudo mucho —dije, con la boca llena—. Olí la naranja de la jarra.
—Bien, entonces nada de eso —su frente se llenó de pequeñas arrugas al levantar la mirada de su libreta—. Puedo tener algo para ti aquí siempre que vengas, pero…
—Lo sé.
El agobio que creí haber dejado a un lado desde la madrugada volvió a instalarse en mi sistema con mayor intensidad.
Iba a ser un problema. Era consciente de ello. Comer huevos era mi pan de cada día: en la tarde, noche, madrugada, mañana. A la hora que fuese. En frente de quien sea. Ahora, explicar por qué no quería ni olerlos me iba a resultar complicado, además de que haría sonar las alarmas de todo el mundo. Sobre todo, en Rush.
—Sin embargo, no será imposible —tarareé, no muy convencida. Fingir estar bien delante del espécimen no era algo que se me diera bien—. Se nos ocurrirá algo, Bells. Verás que sí.
—Si tú lo dices… —me encogí de hombros y volví la vista al plato casi vacío.
—Bells —levanté la mirada al notar el cambio en su tono—. Puede que se nos ocurra algo, ¿pero sí entiendes que será mejor tarde que nunca el momento en donde le digas Rush lo que pasa, no?
Solté un suspiro largo y pesado.
Lo sabía. Dios, claro que lo sabía. Pero ¿cómo se lo diría?
El espécimen tenía suficiente encima como para agregarle esto. El operativo en Calabria estaba a días de ejecutarse, los planes aún no estaban del todo armados, había cabos sueltos por todas partes. Estábamos en la cuerda floja, protegiendo con uñas y dientes cada minúscula información por el topo que había entre nosotros.
La caza del Boss, mis problemas, sus problemas.
Demasiadas cosas.
Darle una noticia así a Rush, aunque estaba segura de que sería más que feliz, significaba ponerle otra carga igual de pesada sobre los hombros. No podía hacerle eso. Y así como no podía hacerle eso, tampoco estaba lista.
Apenas había pasado un día desde que me dejaron caer la bomba de que tenía algo creciendo dentro de mí. Todavía no me acostumbraba a la idea, aún tenía los nervios de punta. Apenas podía procesar mis propios sentimientos, ¿cómo se suponía que compartiera esto con él cuando ni yo misma sabía qué demonios sentir?
Necesitaba tiempo.
Tiempo para asimilarlo, para entender qué significaba para mí antes de involucrarlo. No quería lanzarle con mis propias incertidumbres y miedos sin control. Porque sí, claro que tenía miedo.
Miedo de no proteger lo que crecía en mí.
Miedo de no ser suficiente.
Miedo de fallar.
Miedo de que algo saliera mal.
De que la felicidad se desvaneciera tan rápido como había llegado.
—Dime algo que no sepa —murmuré, empujando a un lado el cuenco vacío antes de dejar caer la frente sobre el borde del escritorio.
—No hay nada que pueda decirte sobre eso que no sepas ya —su mano pasó por mi cabello en una caricia reconfortante—. Pero lo que sí te puedo asegurarte es que, cuando se lo digas, te sentirás mucho mejor, Bells.
Solté un gemido bajo. Porque tenía razón. Pero, aunque sabía que debía hablar con Rush, aunque entendía que no podía postergarlo demasiado, algo dentro de mí me impedía abrir la boca. Algo más grande que la simple idea de no estar lista. Algo que aún no podía descifrar del todo.
—Mírame, pasemos de tema —pidió Jus, su tono cambiando de condescendiente a divertido.
Poco a poco despegué la frente del escritorio.
Fue entonces cuando noté ciertas hojas frente a mí y otro cuenco lleno de yogur. No dudé en zambullirme en él, devorando la mitad del plato mientras mi mirada se posaba con curiosidad esos documentos.
Uno en particular llamó mi atención más que los otros.
Algo pequeño, cuadriculado, en blanco y negro, decorando el borde de una de las hojas.
Dejé el yogur a un lado y tomé la foto. Mis ojos se nublaron al instante por las lágrimas que aún no caían.
—Oh, cielo. No tienes idea de lo mucho que amo a tus hormonas en estos momentos.
—Eso… ¿Eso es…?
—¿Tu primera ecografía? Sí —chilló, tan emocional como yo—. La saqué justo cuando escuchamos los latidos —su dedo señaló la imagen: un espacio vacío, negro, ocupando casi toda la foto—. Eso que ves, sin embargo, no es tu bebé. Es su saco gestacional.
—Pero… los latidos… Nosotras…
—Sí, los escuchamos alto y claro, pero la máquina de aquí no es tan buena para capturar esos detalles en una imagen. Además, como te dije anoche, está chiquito. Enano, Bells. Es casi imposible captar a un bebé de un milímetro en una fotografía.
Sorbí por la nariz y me limpié las lágrimas con rapidez, sin dejar de mirar aquella mancha borrosa, vacía… y mía.
—Es… muy bonito —sollocé, sorprendiéndome de soltar un siseo bajo y amenazador cuando Jus me arrebató la imagen.
—Tranquila, mamá osa —alzó las manos en un ademán tranquilizador, con una sonrisa divertida—. Solo la guardaré. Te juro que no hay nada más que quiera ver por el resto del día, pero tú tienes que seguir con tu horario estipulado, y yo terminar de armarte un plan de nutrición prenatal con la nueva información que me diste.
—Pero…
—Lo sé, Bells. Te entiendo, pero si lo que quieres es mantener este asunto fuera del radar de todo el mundo, vas a tener que hacer lo que te digo —antes de que pudiera rebatir de nuevo, sacó algo de su gaveta. Tres frascos distintos de pastillas y una botella de agua aparecieron frente a mí—. Ácido fólico, vitamina D y calcio son cosas que empezarás a tomar desde hoy —destapó cada frasco y sacó los suplementos necesarios—. Hay varias cosas más, pero esto es lo principal. El ácido fólico y la vitamina D vas a tomarla ahora que desayunaste y el calcio en la noche, junto con la cena.
—Lo de la cena presiento que va a estar un tanto… complicado —murmuré, tragando las primeras pastillas.
—Si tú vienes aquí, claro —me tendió la botella de agua una vez que la destapó—, pero si yo voy hacia donde estás tú, no creo que haya tantos inconvenientes —aún así, fruncí el ceño, sin estar del todo convencida—. Tú no te preocupes —insistió—. Confía en mí. Tenemos a nuestro favor que todo el mundo está ocupado con todo el movimiento en el búnker, así que estaremos bien.
No discutí. La verdad sonaba como un buen plan, y si Jus decía que nadie se daría cuenta… Pues, bueno. Empujé mis renuencias al fondo de mi cabeza y terminé por vaciar la botella de agua.
—Sé que estarás con las élites toda la mañana, ¿pero después?
Hablando de eso…
Lancé mi cabeza hacia atrás y fijé la vista en el reloj sobre la puerta. Mierda. Estaba llegando tarde.
—Estoy con Riden después del almuerzo, y quizás con Rise también —informé, incorporándome de golpe, lista para salir corriendo.
Jus asintió.
—Te veré en la cena, entonces. Sé reconocer cuando el territorio es riesgoso, así que me mantendré tan alejada de esos dos como sea posible.
—Bien por mí —estaba a punto de salir cuando una pregunta me asaltó la cabeza de último minuto. Giré la cabeza y miré a Jus—. Eh, ¿Jus?
Ella levantó una ceja.
—¿Sí?
Dudé un segundo antes de soltarlo.
—¿Es normal que las sensaciones se agudicen cuando…?
—¿Tienes sexo y estás embarazada? —su sonrisa burlona fue inmediata—. Oh, cariño, no tienes idea. Más bien me sorprende que estés aquí cuando tienes una habitación y ese pedazo de hombre dentro de esas cuatro paredes. Con un poco más de un mes de embarazo, tu apetito por el sexo debería ser…
—¿Insaciable?
—Imparable —asintió con total seguridad—. Pero conociéndote, y viendo cómo todo lo que estudié sobre embarazos parece no aplicar en ti… —señaló mi vientre plano—, tu cabeza está más enfocada en las responsabilidades que tienes por delante que en Rush y su enorme polla.
Solté a reír con ganas.
—¿Cómo diablos sabes que es grande?
Ella arqueó las cejas como si la pregunta fuera absurda.
—Chica, ¿has visto a tu hombre? Nada en él apunta que su verga sea pequeña. Eso de “ego grande, cosa pequeña” no aplica con él, estoy del todo segura. Además, dudo que tuviera la cantidad de almas femeninas y unas cuantas masculinas babeando por él si la tuviera diminuta.
—También tiene unas nalgas preciosas —comenté al salir por completo de la oficina, dejando la puerta abierta.
—¡Cumple el sueño de todas y pellízcaselas, por el amor a todo lo que más quieras! —escuché su grito mientras me alejaba por el pasillo.
Me reí en voz alta, negué con la cabeza y seguí mi camino. Me tomó un par de minutos llegar a la sala de entrenamientos, extrañándome de encontrarla del todo vacía.
—¿Llegué temprano? —musité en voz baja, avanzando hacia los cuadriláteros también desolados—. No puede ser.
Recorrí toda la sala en busca de aunque fuera una sola alma, pero cuando volví a la entrada, el panorama seguía igual.
Levanté la mirada hacia el enorme reloj que decoraba la pared. Nueve y tres.
—Deberían estar aquí ya —mascullé, comenzando a enfadarme.
Sabía que había llegado algo tarde, pero eso no les daba el derecho para agarrar sus mierdas e irse, pasando de mí como si nada.
Estaba a punto de emprender un recorrido de búsqueda en todo el jodido búnker si era necesario cuando escuché pasos resonando en el lugar.
Me giré y vi a un integrante del equipo de Liam caminando hacia mí. Desde donde estaba, el hombre tenía su encanto: cabello castaño, alto, facciones marcadas y una postura relajada. Su nombre estaba en la punta de mi lengua, pero antes de que pudiera poner a mi cerebro a trabajar más rápido, él llegó y habló.
—Arabella, ¿no? —preguntó.
Entrecerré los ojos en su dirección, notando que tenía los ojos de un azul bonito, y fue ahí cuando el nombre llegó a mi mente.
«Durance Faith».
Asentí, algo confundida, mientras él esbozaba una sonrisa.
—Todos estos meses y aún no nos hemos presentado bien. Me llamo Durance.
Alias, líder del equipo de La Niebla Siniestra.
—Sé quién eres —respondí. No intenté sonar cortante, pero lo hice de todos modos. Ignoré el detalle y volví mi vista al lugar vacío—. ¿Dónde están todos?
—Haciendo una clase de huelga —contestó sin inmutarse.
¿Recuerdan esa parte en dónde les dije que levantarme no había sido la peor parte de mi día? Pues, si quitábamos de la ecuación al espécimen y la linda ecografía en manos de Justine, mi punto de vista sería muy distinto.
Tomé una respiración profunda.
Sabía que la mayoría estaba en desacuerdo con lo que había dicho Rush. Me lo esperaba. No hacía falta ser una experta en leer gestos para notar la inconformidad reflejada en sus posturas ayer. La mayoría de los grupos élite estaban conformados por hombres. Estúpidos hombres machistas que les jodía la idea que una mujer ocupara un puesto que, en sus mentes retorcidas, solo ellos podían desempeñar.
No iba a meter a todos en la misma bolsa. Había algunos con los que había hablado y que se me hacían bastante amables. Emilia Tal, la mujer que encabezaba el equipo de Diego, estaba en el top de mi lista. De ahí incluía a Situ, Noam y… tal vez, si me daba el tiempo de conocerlo mejor, Durance.
Pero el porcentaje restante… Esos ni los topaba, y recibía el mismo trato por su parte.
Le daba gracias a todo lo bendito que quienes se encargaban de su entrenamiento diario eran Harrison o Rush. No obstante, ahora no había nadie más para encargarse de ellos, solo yo. Y, para la desgracia de cada equipo estúpido, aprendí rápido que las hormonas hacían que mis estados de humor dieran un vuelco cada que respiraba. A veces buenos, a veces malos.
Lástima que su pequeño acto ridículo logró irritarme en sobremanera.
—¿Dónde están? —repetí, girándome hacia Durance mientras caminaba hacia la salida, dejando que cada pizca de enojo se apoderara de mí.
Era muy temprano para esa clase de mierda. Lo sabía. Pero, ¿qué diablos se le hacía? La gente tenía una maldita habilidad para joder justo cuando las cosas no salían como querían.
El hombre de sonrisa fácil no se despegó de mí ni cuando irrumpimos en la plaza central del búnker.
—Dijeron algo sobre boxeo, tatami y pesas. Lahsen propuso la idea.
La tercera sala de entrenamiento. Piso cuatro. Pasillo dos, dos giros a la derecha.
«Bien, lo tengo».
Estaba encaminándome hacia allá cuando algo picó mi curiosidad. No disminuyó mi trote, pero sí lancé una pregunta al aire.
—¿Por qué no estás con ellos? —lo miré de reojo.
Durance solo se encogió de hombros.
—No tengo el ego ni tan pequeño ni la autoestima tan dañada, caporegime —casi se me escapaba una sonrisa con el tono que usó—. Usted ha demostrado que no es una mujer a la que se le pueda pasar por encima. Se ha ganado el respeto de muchos, así como el cariño. Además… —me dio un vistazo rápido, tal vez inseguro de cómo continuar, pero lo hizo de todas formas cuando quizás estuvo seguro de que no le iba a hacer nada—, estuve en su rescate de Londres. No me lo tome a mal, pero quedé bastante asustado con usted y cómo… bueno, cómo Kendall hizo de las suyas para lograr que diera dos pasos en dirección a la puerta.
Por un momento, quise sonreírle. O abrazarlo. De verdad que sí. Pero solo seguí caminando, subiendo los tramos de escaleras que daban al tercer piso, luego de darle un leve asentimiento con la cabeza mientras me mordía el interior de las mejillas para mantener las lágrimas a raya.
Ese recuerdo lo tenía lejos, se me hacía difícil alcanzarlo, al igual que todas las memorias que navegaban por mi cabeza cuando mi oscuridad se encargaba de tragarme y escupirme cuando le daba la gana, pero aún así las emociones no se desvanecían.
Recordar lo que sentí cuando Kendall me sacó de mi infierno era una de esas emociones que no iba a olvidar nunca. Le debía la vida por eso y estaría en deuda con ella por toda mi existencia.
Gratitud e irritación comenzaron a mezclarse, casi como si estuvieran a punto de formar una hermandad. Estaba segura de que iban a convivir juntas sin problemas. Pero la voz de Lahsen interrumpió la creación de ese vínculo con su sarta de estupideces en voz alta.
Ni siquiera había dado la segunda vuelta al pasillo cuando capté su mierda.
—Puedo hacer que se calle, si es lo que desea, caporegime —murmuró Durance con el ceño fruncido, sin molestarse en disimular su desagrado cuando llegamos.
—No. Déjalo que hable —respondí con calma, aunque la mordacidad se filtró en cada palabra—. A los inseguros les gusta creerse importantes de vez en cuando. Por eso gritan, aunque nadie se moleste en escucharlos.
Mi comentario le arrancó una risotada, lo que atrajo la atención de unos cuantos idiotas. La sala estaba llena, repleta de integrantes de sus respectivos grupos. En total tendrían que ser ochenta y cuatro sujetos, de los cuales siete eran sus líderes, pero con una rápida inspección noté la ausencia de Emilia, Situ y Noam, así como las de sus hombres, incluyendo los de Durance.
Lo que significaba que tenía frente a mí treinta y seis imbéciles con problemas de autoestima.
«Fantástico».
—¡No entiendo cómo Rush pudo hacer tal estupidez! —bramó Lahsen, su patético intento de rugido apenas resonando sobre el ruido del entrenamiento.
Me quedé en la entrada, apoyándome contra el marco, sin hacer el menor esfuerzo por ocultar mi presencia. Lahsen tenía la mitad de su cuerpo recostado en la plancha mientras ejercitaba su minúsculo ego con las pesas.
—Mizrahi era la mejor opción para ocupar el lugar. Tiene la experiencia, la inteligencia y el respeto de todos, ¡trayectoria! Joder, incluso al menor de los ‘Ndrangheta se le ve madera para dirigir todo. Pero no. Seleccionar a zorras endebles parece ser el nuevo estándar —soltó, su rostro estaba contorsionado por el esfuerzo, pero sin perder el ritmo de sus palabra—. ¿Qué sigue? ¿Poner a un niño a dirigir la seguridad? ¿O tal vez a un perro a cargo de las reuniones?
Algunas risas no tardaron en surgir.
Pero no de todos.
Los que guardaron silencio lo hicieron porque ya me habían visto, no porque no estuvieran de acuerdo con el vómito inseguro de Lahsen. El nombramiento de una mujer en un puesto de liderazgo había desafiado su visión del mundo, y ahora, al encontrarse cara a cara con una que estaría más que feliz de quitarles la cabeza mientras escuchaba la mierda que soltaba ese idiota, hacían lo único que sabían hacer cuando se sentían amenazados: quedarse callados.
O asustarse.
—Rush es un maldito idiota —concluyó él, dejando caer las pesas con un ruido sordo—. Esta decisión nos costará caro. Se los aseguro.
—Dame tu arma —siseé, muteando de golpe las voces que se alzaban en concordancia.
Durance me lanzó una mirada reacia, pero no dudó en entregarme su pistola cargada. Sonreí para mis adentros.
«Buen chico».
No esperé dos segundos para apuntar a mi objetivo y disparar. Esbocé una sonrisa corta cuando el estruendo rebotó en las paredes y, en cuestión de un instante, todos los ojos estaban sobre mí. Seguido, por supuesto, de las maldiciones en voz alta del imbécil que ahora se retorcía en el suelo.
Un poco más y los discos le habrían impactado en el pecho, haciéndome un favor.
—Lo voy a decir solo una sola maldita vez, y espero que nadie me interrumpa —hablé con voz alta, clara, firme y cabreada. Las miradas furiosas no abandonaron mi rostro—. Me vale tres quintales de mierda cada uno de ustedes y sus percepciones machistas. El infierno mismo sabe que no estoy en el lugar donde estoy por jugar a la niña bonita, mucho menos por ser la jodida monedita de oro para…
—Estás donde estás porque te la pasas follando con…
El grito que se desgarró en la garganta de Lahsen fue una puta melodía. Me deleité con cada segundo que duró.
—¡Hija de perra!
Sonreí a medias al verlo hincarse en el suelo, la sangre espesa y caliente escurriendo entre sus dedos mientras intentaba frenar la hemorragia en su pierna.
—Dije que no quería interrupciones, Lahsen —le regalé un guiño.
—¡No puedes hacer…! —otro disparo. Brazo izquierdo—. ¡Eres una…! —ni lo dejé terminar. El disparo en la mano que cubría su pierna lo cortó y el gruñido furioso que soltó fue un placer.
Sin embargo, no era tan estúpido. Usó sus dos neuronas restantes y dejó de hablar, aunque me miraba con un odio que casi me daba risa.
Pasé de él y barrí la estancia.
—Desperdiciar mi tiempo en estupideces no es lo mío. Tampoco lo es escuchar cómo cada uno de ustedes se llena la boca de mierda, rebajándome a puta cuando bien podría matarlos a todos si me da la maldita gana.
Apunté sin prisa y disparé sin dudarlo a uno de los hombres de Çelik en el hombro, quien estaba listo para abrir la boca y hacerme repetir todo el jodido discurso.
—El que estén de acuerdo o no con lo que Rush ordenó, no es mi problema. Dios sabe cuánto no quería trabajar con ninguno de ustedes, pero heme aquí. Cambiando planes que tenía con mis propios equipos porque tener la cabeza de Alexey Montalbano es un asunto que requiere mayor prioridad.
»Pero en lugar de colaborar y pensar, ¿qué tengo enfrente? Treinta y seis imbéciles con el ego destrozado, soltando pendejadas en vez de acatar la orden de la futura cabeza de la pirámide, solo porque les duele en las bolas que una mujer, con más que la capacidad suficiente, les diga qué hacer.
Hice una pausa, recorriéndolos con la mirada.
—Por una parte lo entiendo. —Asentí despacio—. Si yo tuviera una verga pequeña y la masculinidad tan frágil como ustedes, también me costaría aceptarlo. Pero, para desgracia de ustedes, no cuento con ninguna de las dos. Lo que sí tengo son dos ovarios bien puestos y cero problemas en acatar órdenes, vengan de quien vengan, siempre que sepa lo que hace. Porque a diferencia de ustedes, entiendo que las posiciones de poder no se ganan metiendo vergas en coños ni coños en vergas, sino con trabajo y capacidad.
»Así que, si ninguno de los líderes aquí presentes quiere que termine matando a todo su equipo, les sugiero que empiecen a moverse. Ahórrenme tiempo, muchachos. Dejen de joderme. No tengo tiempo para sus inseguridades ni paciencia para sus mierdas. Quiero todos y cada uno de sus asquerosos culos machistas e inseguros de vuelta a la sala de entrenamiento de la primera planta. Hay planes que necesitan ser revisados y habilidades que necesitan ser probadas.
Suspiré cuando después de unos segundos, nadie se movió.
Sin más, descargué dos tiros en cada uno de los tres hombres incompetentes que no habían seguido mis órdenes, no abriendo la boca para que sus pupilos empezaran a malditamente moverse. Sus gritos ahogados y el eco de los disparos fueron suficiente incentivo para que el resto empezara a reaccionar.
—¿Cuántos tiros tengo que dejarles para que entiendan de que lo quiero para ya?
Entre gruñidos y maldiciones dirigidas hacia mí, les tomó poco más de dos minutos salir de ahí. Inhalé hondo, exhalé con calma cuando la sala quedó vacía y me giré hacia la puerta. Le dediqué una sonrisa rápida a Durance.
—Presiento que los siguientes días serán divertidos.
Me lanzó una mirada burlona y se hizo a un lado para dejarme pasar.
—Se podría decir que sí.
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