1. Let's Play - Capítulo 81
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Capítulo 81: 78
Ábranme las puertas del infierno y déjenme ahí si era lo que querían
En este juego, las reglas cambian con cada mentira, pero se tiene que seguir apostando como si fueran verdad
Rush
Quería que se acabara. Solo necesitaba un puto control remoto que adelantara todo el dolor de cabeza que me estaba consumiendo y lo hiciera explotar justo mañana en Calabria, en el momento en que tuviera la cabeza de Alexey en mis manos. ¿Era mucho pedir? ¿Por qué la vida se empeñaba en lanzarme estrés tras estrés, seguido de personas incompetentes que parecían rogar por un tiro entre ceja y ceja? Primero los imbéciles de la élite, ahora Farid.
No tenía tiempo ni paciencia para sus idioteces y sus berrinches sobre por qué mi mujer hizo qué, así que ignoré la llamada tantas veces como hizo falta, hasta que mi computador estuvo apagado junto con cada maldito aparato electrónico a mi alcance.
Arabella tenía todo el derecho de haber hecho lo que hizo, y mucho más. Si Farid no quería aceptar la mierda como era después de tres jodidos días, era su puto problema, no el mío.
Nadie más estaba quejándose de cómo manejó la situación porque todos sabían que lo hizo bien. Incluyéndome. Aunque yo hubiese sido más extremo, ella controló todo a su manera, dejándoles claro a esos bastardos ególatras por qué estaba dónde estaba, sin la ayuda de nadie.
—Hazme el favor y o terminas de matar a Farid o enciendes tu puto teléfono, Rush —gruñó Rise, sin apartar la mirada de sus monitores, justo cuando su propio celular vibró por sexta vez en menos de cinco minutos.
—O puedes apagar el tuyo y todos respiramos paz —replicó Riden, con su vista fija también en sus monitores con los planos abiertos que compartía con Arabella.
Mi día había comenzado dentro de las cuatro paredes de la sala de control, y estaba seguro de que iba a terminar en el mismo maldito lugar. Se sintió como la mierda no despertar junto a un cuerpo caliente y un ingenio afilado que soltaba comentarios agudos antes incluso de abrir los ojos. Arabella tenía esa jodida habilidad de hacerme sonreír en las mañanas con su sola existencia. Pero el operativo más importante que armaría la nueva pirámide se ejecutaría en menos de veinticuatro horas, y repasar cada detalle, asegurando que todo estuviera en su punto, no era algo que pudiera delegar ni posponer, por más que quisiera.
Sin embargo, eso no quitaba las ganas que tenía de mandar todo a la mierda y estar con mi mujer hasta que el mundo decidiera que era suficiente y, aún así, seguir ahí.
—Tenemos que verle la cara por más tiempo del que soporto, y ahora también tengo que aguantar sus putas llamadas porque te la das de ciego y no quieres lidiar con él —Rise me dio una mirada de reojo—. ¿Dónde quedaron tus bolas?
Sonreí de soslayo. No iba a responderle, pero tampoco iba a dejar que el bastardo me arrebatara el alivio de verlo así. Después de tanto tiempo, por fin notaba una gran mejoría. El que estaba hablando ahora era mi hermano, el mismo imbécil irónico y payaso que siempre aprovechaba cualquier oportunidad para joderme.
Sí, todavía quedaban rastros de su personalidad vacía, y no, aún no se había abierto del todo. Había un largo camino por recorrer, pero ahí estaba, dándome suficientes vistazos de su regreso para que la diferencia fuera evidente.
Amaba cada día más a la mujer que lo había traído de vuelta. Y estaría en deuda con ella hasta que el infierno viniera a reclamarme, por todo lo que había hecho y conseguido con mi familia. Arabella también había avanzado, incluso mucho más que Rise. Reía, sonreía, hablaba. Había recuperado algo de peso, su ingenio, su esencia. Ya no costaba hacerla comer, y hasta dormía seis horas seguidas.
Adoraba verla rebosante de felicidad y energía, incluso cuando gastaba parte de ella en cosas que me encantaba hacerle a puertas cerradas. Mi princesa me había alzado la bandera verde, concediéndome el permiso que necesitaba para estar entre sus piernas tanto como yo necesitaba perderme en ella.
Por fin, después de haber pasado por un maldito infierno, las cosas se estaban alineando como quería. Pero aún no iba a cantar victoria. No hasta poder respirar tranquilo con la cabeza decapitada de Alexey en mis manos y su compañía. Compañía que incluía al Boss, pero de ese nos ocuparíamos cuándo termináramos con la otra molestia en el camino.
—Al lado de las tuyas, decorando una anticuada repisa cada vez que dejas que una cara bonita haga contigo lo que se le antoje —replicó Riden al ver que no le contesté a Rise, apoyando los codos sobre la mesa con su mejor mirada maliciosa plantada en el rostro.
Quise sonreír. Reírme, si era posible. Pero temí que mi hermano hubiese tocado una tecla que no debía con Rise. Sin embargo, este despegó su mirada de lo que estaba haciendo y me alzó una ceja.
Esta vez, no reprimí la sonrisa y asentí.
El tema que estaba a punto de tocar el idiota para mí estaba más que cerrado y sabía que para Riden también. Aún le afectaba, pero no tanto como antes. De lo contrario, él estaría a mil metros fuera del alcance de Arabella y todo lo que ella representaba. Incluyéndome.
—¿Quieres ir por ahí, Riden? —Rise se guardó una sonrisa.
De inmediato, el rostro de Riden se endureció. Resopló y volvió a sus asuntos.
—Vete a la mierda —masculló.
—Eso creí —se burló Rise, haciéndome reír.
Estaba seguro de que iba a decir otra cosa, pero el zumbido de su celular vibrando contra la mesa una vez más, lo interrumpió. La vibración duró varios segundos antes de cesar. Rise puso los ojos en blanco.
—Vuelve a llamar y te juro por Dios que no te gustará la respuesta que le daré —me miró con cara de pocos amigos.
Me encogí de hombros, dejándole claro que me daba igual. Rise solo gruñó y se ensimismó en lo que tenía frente a él. Lo imité. También tenía planos por revisar y permisos por comprobar.
La paz y el silencio se mantuvieron hasta que el maldito aparato volvió a vibrar.
—¿¡Qué, joder!? —tronó mi hermano, furioso. Su rabia no duró tanto como esperaba. En lugar de mandar a la mierda a Farid, se masajeó las sienes y suspiró—. Lo siento, Bells —arqueé una ceja, manteniendo a raya mi curiosidad—. No, no es eso. Es solo que el pendejo de tu… Sí, eso —Rise casi sonríe. Tanto a él como a Riden y a mí nos causaba una cierta satisfacción que Arabella pudiera leernos sin problema alguno, casi del mismo modo en que nosotros la leíamos a ella—. Yo le digo. No te preocupes.
Dicho eso, colgó y lanzó el celular lo más lejos posible que la mesa le permitió.
—¿Mató a alguien esta vez o aún no? —cuestionó Riden, irónico.
—Avisa que Harrison está a nada de irse —su mirada chocó con la mía—. Pregunta si hay algo de lo que quieras terminar de cuadrar con él antes de que se vaya y que, si es así, tienes cinco minutos antes de que despegue.
Empecé a incorporarme de la silla. La verdad era que no tenía una mierda de qué hablar con el viejo. La única razón por la que me encaminaba hacia la salida era porque quería ver a mi mujer desde ayer, y ahora tenía una oportunidad perfecta.
—Aprovecha y quédate ahí —dijo Riden antes de que terminara de cruzar la puerta. Giré la cabeza, lanzándole una mirada interrogativa—. El helicóptero de Kaela tendría que estar aterrizando minutos después de que Harrison parta, y estoy demasiado ocupado como para hacer de guía de bienvenida.
Asentí sin decir nada más, dejándolos a ambos atrás. Tampoco tenía ganas de tomar el rol de anfitrión, pero, para mi desgracia, aquello venía de la mano con mi trabajo cuando nadie más estaba disponible.
Entablé camino hacia el ascensor más cercano en un pasillo lleno de soldatos con la cabeza metida en sus propios asuntos. La mayoría no se dignó a darme una segunda mirada, pero quienes sí se animaron a dirigirme la palabra, puedo decir que quedaron algo fuera de base cuando les respondí el saludo sin la frialdad acostumbrada.
Una vez dentro del elevador, no pasó mucho para que las puertas se cerraran y luego se volvieran a abrir en el helipuerto del edificio. Fueron las corrientes de aire, seguidas de los rayos de sol, quienes me recibieron primero.
Salí, cubriéndome los ojos un instante por la luz repentina. Esperaba, al menos, un abrazo como bienvenida, pero cuando mi vista se ajustó, me quedé observando por un instante la escena que Harrison y mi mujer estaban protagonizando.
El hecho de que el viejo tuviera un semblante vacío con las manos sobre Arabella me alertó lo suficiente para cortar la distancia que nos separaba.
Sin embargo, antes de que pudiera siquiera terminar de llegar, él se dio la media vuelta, adentrándose de golpe a su helicóptero, despegando en un tiempo récord.
El torrente de aire agresivo que dejó tras de sí hizo ondear el cabello de Arabella, que seguía ahí, más allá de lo desconcertada, incluso cuando la atraje a mis brazos.
Tardó, pero al final me correspondió, relajando su postura después de inhalar profundo. Disfruté del gesto lo más que pude antes de separarla de mí lo suficiente para perderme en esas piscinas oscuras que amaba más que nada en el mundo y hablar sin tener que romper el contacto físico. Solo que, esta vez, ella se adelantó.
—Hola —musitó con una sonrisa breve pero profunda—. Te extrañé anoche.
—Antes de que nos enfrasquemos en una conversación de quién extrañó más a quién y que termine ganando yo, ¿puedo preguntarte por qué el viejo se te quedó mirando como si le hubieses pisado su corbata favorita? —pregunté, atrapando mechones rebeldes de su cabello y acomodándoselos detrás de sus orejas lo mejor que podía.
Su sonrisa volvió a surgir mientras negaba con la cabeza.
—Porque, al parecer, ahora es nuevo para él que le demuestre lo mucho que quiero que regrese a verme sano y sin una cana fuera de su lugar.
Reí entre dientes.
—A veces quisiera meterme en su cabeza y ver si tiene algo más ahí adentro aparte de ideas para degollar gente.
Arabella resopló, divertida.
—Te aseguro que solo encontrarás palabras groseras en alemán y cincuenta formas distintas de cómo esconder un cadáver —besé su frente para esconder una sonrisa—. Por mucho que disfrute sentir el sol quemándome la piel y respirar aire fresco, tengo que irme —dijo, rozando sus labios con mi barbilla—. Tengo que buscar a Mila y Anna para terminar de cuadrar unas cosas con el armamento y luego tengo que ir con Jus para otros informes, pero ¿nos vemos en el almuerzo?
Antes que pudiera decirle que sí, el sonido de otro helicóptero sobrevolándonos captó su atención. Alcancé a escuchar su curiosidad escapando de sus labios, pero su pregunta quedó a la mitad cuando la alejé conmigo, dejando libre la plaza para la nave de Kaela.
Contuve un suspiro pesado al verla salir del helicóptero apenas aterrizó, con el mismo imbécil pisándole los talones: el que tuvo la suerte de salvarse cuando Kaela decidió embarcarse en su plan suicida en sus tierras. Zem, creía que se llamaba.
—Bueno, esto es… acogedor —decidió decir al estar a nuestra altura, justo cuando las hélices dejaron de rugir.
Ojalá su actitud reflejara el significado de sus palabras.
—Apenas has pisado el helipuerto, Kaela. Guárdate las miradas de asco para cuando estés adentro —repliqué con sequedad.
No respondió, pero se dedicó a masacrarme con la mirada. Me importó una mierda. Pasé de ella, al igual que ella de mí, para enfocarse en Arabella. Apreté el botón del panel del ascensor con movimientos fluidos, impaciente. Una conversación entre ellas era lo último que quería. Después de lo de Jerusalén y Londres, mantener a Arabella lejos de Kaela se había vuelto una prioridad. Esa devoción enfermiza que la Mizrahi tenía por mi mujer nunca me había dado buena espina.
Sin embargo, por mucho que lo intenté, la velocidad del ascensor no estuvo de mi lado. Pasó lo inevitable.
—Arabella —saludó Kaela, con una sonrisa que no me gustó—. ¿Me darás el recorrido tú?
Arabella alzó una ceja al prestarle atención y negó con la cabeza.
—Tengo cosas que hacer, pero estoy segura que Rush podrá ajustarse a tus perspectivas.
Kaela tarareó, tratando de ocultar el descontento que las palabras de Arabella le provocaron.
—Oí que ya tuviste tu primer problema con la élite.
Mi princesa se encogió de hombros.
—Nada que una charla no pudo solucionar.
Kaela esbozó una sonrisa irónica.
—Por lo que escuché, esa “charla” no fue nada educada.
—Nunca dije que lo fue.
Si no la conociera tanto, habría pasado por alto esa mota de mordacidad en su voz. Pero Arabella era un maldito libro abierto para mí. No quería seguir con esa conversación, y Kaela lo captó, lo cual jugó a mi favor. No preguntó estupideces innecesarias, y cuando las puertas del ascensor se abrieron, nos adentramos sin más.
Tal vez, con algo de suerte, el recorrido previo no sería tan insoportable después de todo.
♦ ♦ ♦
Arabella
La mañana había sido productiva. Para ser honesta, de verdad creí que lo que restaba de día también lo sería. Y en parte lo fue. Cherv’ —señores, sean amables. No me juzguen por cómo decidí llamar a la minúscula cosa que habitaba dentro de mí. Razones de sobra tengo, gracias— se había despertado de buen humor, impidiendo que las náuseas matutinas tomaran control de mí como lo hacían en cuanto Rush dejaba la habitación.
Desayuné con Justine en un comedor atiborrado de soldatos, sin rastro de la triple amenaza en ningún lado —lo que significaba que no tendría que lidiar con preguntas incómodas sobre mi nueva dieta—, pasé parte de la mañana con la élite e incluso pude picar algo ligero antes de la hora del almuerzo al lado de mi doctora favorita, quien me vigilaba como un halcón. Luego, fui con Riden a quemarme el cerebro con los planos casi finiquitados para mañana.
Bien no pude ver ni al Massey mayor ni al otro tonto al que estuve tratando de localizar con el aparato que Riden me había regalado durante los últimos veinte minutos antes de que Harrison desapareciera de las profundidades de la baticueva por quién sabía cuánto tanto tiempo, pero al menos había podido disfrutar de una mañana libre de drama.
Eso hasta que llegó el momento de despedirme de mi jefe.
Se suponía que sería rápido. Siempre era rápido. Nuestras despedidas consistían en mí observándolo subirse a su helicóptero tras recordarle que llamara en cuanto llegara y que me mantuviera al tanto de todo, mientras disfrutaba del sol y de la corriente de aire fresco que desprendía la nave al despegar, todo desde una distancia segura.
Pero, para mi desgracia y rareza, no fue así. O bueno, no del todo.
Casi seguimos la rutina al pie de la letra. No obstante, algo cambió.
Fue extraño. La sensación de que algo iba a salir mal se apoderó de mí sin previo aviso, y antes de darme cuenta, ya estaba aferrándome a Harrison en un abrazo inesperado, tratando de contener la repentina ansiedad que se instaló en mi pecho. Lo sostuve con tanta fuerza que lo sentí ponerse rígido al notar que, por alguna razón, aún no pensaba soltarlo.
—Arabella —alzó la voz, luego de llamarme tres veces sin obtener respuesta.
Pero yo solo dejé que mi corazón repiqueteara con fuerza contra mis costillas y no dije nada. No sabía por qué. No sabía qué diablos me pasaba, pero algo no se sentía bien. Algo dentro de mí gritaba que no lo dejara ir, que lo mantuviera conmigo.
Por supuesto, Harrison no lo sintió de la misma manera. Solo intentó apartarse, sin éxito. Cuando se dio cuenta de que no tenía intención de soltarlo por más que se moviera, simplemente se quedó quieto.
—Ekaterina, ¿qué…?
Sacudí la cabeza. De golpe, un ardor se instaló en mi garganta, y mis emociones —o más bien, mi lado hormonal— exigieron salir, nublándome la vista. Para mi sorpresa, mi jefe pareció entenderlo y, en un gesto que removió cada fibra de mi cuerpo, apoyó sus labios en mi coronilla en un gesto tan paternal que casi me derrumbé.
—¿Qué es, chudovishche? —preguntó en voz baja.
—Nada. Sé que es nada. Es solo que… —Me mordí la lengua, tratando de evitar la explosión inevitable de agua que amenazaba con desbordarse. Negué con la cabeza y, elevando la voz tanto como las hélices del helicóptero me permitieron, murmuré contra su pecho—: Solo prométeme que vas a volver. Tan pronto como termines allá, prométeme que volverás. Estaremos en Calabria en esos momentos, pero no me importa. Prométemelo.
Harrison suspiró, y con un poco de fuerza, logró apartarme lo suficiente para tomarme por la barbilla y obligarme a mirarlo. Sus ojos azules brillaban con una renuencia evidente.
—¿Qué es lo que no me estás diciendo, Arabella?
Uh.
Con esa simple pregunta, casi exploté. Fue como un choque de trenes, un impacto tan brutal que el peso sobre mis hombros se volvió insoportable de cargar. Las mentiras, las hormonas, el gran secreto, la culpa repentina… Iba a detonar antes de que pudiera siquiera poner en orden mi mierda.
Y Harrison lo vio venir.
Me leyó como siempre lo hacía
—¿Me crees idiota? ¿Ciego como el otro imbécil? Puedo tener miles de cosas encima, pero siempre mantengo un ojo en ti, Arabella. ¿Crees que no he notado tus cambios? Lloras, comes cosas que nunca te he visto comer, tus humores cambian tanto que quienes te rodean apenas tienen tiempo para…
Las palabras para desestimar sus acusaciones se me quedaron atoradas en la garganta justo en el momento en que lo vi enlazar cada cosa. Juro que pude escuchar cómo las piezas en su cabeza encajaban una tras otra, y en cuanto ató todos los cabos sueltos, su mirada se oscureció.
El aire pareció detenerse cuando su mano libre se deslizó sobre mi vientre. La dejó ahí, inmóvil, el tiempo suficiente para que su expresión cambiara por completo. Su rostro, a menudo impasible, se tensó con un reconocimiento abrumador.
—No.
El latido frenético de mi corazón y la bilis subiéndome por la garganta fueron detalles insignificantes comparados con el pánico que se apoderó de mí. Hubo muchas más reacciones en mi cuerpo, pero mi cabeza solo se enfocó en balbucear palabras sin sentido, tartamudeando incluso antes de que Harrison retirara la mano de mi vientre.
—Ekaterina, tú no…
Respiré hondo varias veces, tratando de anclarme a la realidad, mientras observaba algo que jamás creí posible: Harrison, incrédulo. Por primera vez en mi puta vida, su máscara imperturbable, aquella que lo distinguía de todo el mundo, se resquebrajó ante mí.
—¿Crees que te gustaría que te llamaran abuelo? —balbuceé en un hilo de voz, sin apartar la mirada de la suya. Porque ya no había forma de ocultarlo. Lo sabía.
Creí que no me había escuchado, pero su mano alejándose con lentitud de mi vientre me dijo lo contrario. La incredulidad seguía ahí, mezclada con algo más que no supe descifrar. Milisegundos después, sus manos se posaron con firmeza en mis hombros, como si necesitara asegurarse de que estaba diciendo la verdad, como si la estabilidad del mundo dependiera de ello.
Millones de emociones atravesaron su mirada en cuestión de segundos. Algunas me derritieron el corazón, otras, a pesar de lo mierda de persona que me sentía por añadir otra persona que sabía del secreto a la lista, casi me hicieron reír. Casi.
Sin embargo, cualquier atisbo de humor se desvaneció al sentir una presencia a mi espalda.
El cambio en Harrison fue inmediato. Su mirada se deslizó entre la figura detrás de mí y mi rostro. Tragué en seco cuando vi una de sus cejas blancas elevarse apenas un poco. Su pregunta estaba implícita en ese gesto.
Negué con la cabeza.
Harrison resopló.
—Volveré antes —dijo entre dientes antes de girarse y subir al helicóptero sin más preámbulos.
No me dio ni un segundo para reponerme. Y menos cuando, apenas se marchó, sentí los brazos de Rush rodearme.
Tuve que forzarme a reaccionar. Por suerte, Rush no sospechó nada. Ni siquiera cuando nos reencontramos en su oficina, después de dejarlo con una inexpresiva Kaela junto a Riden y Rise en la sala de control. Me enfoqué en lo que tenía que hacer, en mis labores, en lo que me correspondía.
La hora que restaba para el almuerzo pasó rápido luego de que nos pusiéramos al día como él siempre hacía cuando no pasaba tiempo conmigo suficiente. Y, aunque la ansiedad y la histeria me acompañaron durante el resto de la mañana —primero por el encuentro con Harrison, luego por las reuniones y la presión de liderar un operativo que estaba a unas horas de ejecutarse—, sentí un pequeño alivio cuando, por fin, llegó la hora de comer.
O bueno, eso creí.
Porque apenas me senté en una mesa vacía al final del comedor repleto, un plato aterrizó frente a mí. No un lindo bol de arándanos servido por Justine, como esperaba, sino un montón de huevos revueltos con tostadas y tocino, cortesía del Massey mayor.
Quise morirme.
El vómito me subió por la garganta en cuanto el olor de los huevos me golpeó la nariz. Intenté disimular mi expresión de asco, pero fue inútil. Sentí miradas inquisitivas sobre mí, seguidas de preguntas que no quería responder.
—¿Qué mierda te pasa? —Riden con asco cuando mi mano voló a cubrir mi boca—. ¿Por fin le agarraste asco a los huevos o qué?
Fingí una sonrisa al negar con la cabeza y, con cuidado, tragué el ácido que tenía retenido en la garganta. Sin pensarlo demasiado, empujé la bandeja lejos de mí con rapidez.
—¿Desde cuándo no te gustan los huevos revueltos, Bells? —siguió Rise, volviendo a colocar la comida frente a mí. Mierda, mierda. Las arcadas volvieron con más fuerza—. ¿Pillaste un virus o algo?
Sí. A ese virus se le llamaría “enfermedad del karma”, supongo.
Respiré por la boca en pequeños retazos de aire, agradeciendo con todo lo que tenía que Rush aún no hubiera aparecido en el comedor. Pero eso no significaba que la situación fuera mejor. No cuando tenía a dos sabuesos del infierno mirándome como si fueran a destriparme en cuanto olieran sangre.
Debí hacerle caso a mi intuición.
Debí quedarme con Mila y Anna en el quinto piso hasta que fuera lo suficientemente tarde para que Jus me pasara buscando y termináramos almorzando en su oficina como habíamos hablado.
Pero no.
Tuve que adelantarme porque cherv’ demandaba algo para comer, considerando que el desayuno y la pequeña merienda no habían sido suficientes.
«Dios, solo llévame y termina con esto, ¿quieres?».
—¿Cómo vamos con Kaela? —musité, cambiando de tema tras tragar otra vez lo que sea que se me había subido por la garganta.
Mientras que Rise arqueaba una de sus cejas, Riden resopló.
—Sigue quejándose de lo poco que le gusta cualquier cosa que esté rodeándola.
—Sin embargo, unos arreglos más y estaremos listos para volar a Calabria mañana —continuó Rise, manteniendo sus esmeraldas fijas en mí—. Come, Arabella. Creí que habías terminado con lo de saltarte comidas.
Fruncí la nariz con desagrado.
—Dejé de saltarme cualquier cosa que tenga que ver con alimentarme, Rise —él levantó una ceja y me señaló la charola—. Comí demasiado en el desayuno. Incluso hasta piqué algo en la cocina con Helena —mentí… no del todo—. Estoy hastiada de comida por ahora.
Rise tarareó. No pregunten cómo, pero estaba segura de que no se había tragado ni una sola palabra de lo que dije. Así que no debió sorprenderme cuando volvió a acercarme el plato.
—Desayunaste a las seis y media, y supuestamente picaste algo como a las nueve —entrecerré los ojos con su declaración. ¿Él también me estaba espiando o qué diablos?—. Son casi las dos de la tarde. Debes de tener hambre. Come.
Ni a cherv’ ni a mí nos gustó su tono de mierda, así que pasé de él y me enfoqué en su hermano. A este punto, todavía seguía respirando por la boca.
—¿Actualizaste las listas que te di? —pregunté, ignorando la mirada de Rise.
Riden, divertido con la conversación, asintió.
—Los chalecos están listos, las municiones restantes están siendo trasladadas al aeródromo y el equipo de comunicación está a nada de quedar listo —aseguró—. Sigo trabajando en el tiempo de la caída de las barreras, pero no es nada que en un par de horas no pueda solucionar.
—Bien. De igual forma tengo que pasar en un rato por la sala de control para terminar de cuadrar las divisiones de los equipos y…
—Él sabe toda esa mierda —interrumpió Rise—. Y bien puedo encargarme de las divisiones yo mismo, pero tú no vas a salir de aquí hasta que hayas dejado el plato limpio —abrí la boca para refutar, pero se adelantó—. No, no me termina de convencer eso de que estás “llena”. Aún si tu estómago estuviera a punto de reventar, estarías aventándote otro plato de huevos porque para ti no es suficiente. Así que, o me estás mintiendo, o…
—O nada, Rise —gruñí, ya de malas. Alejé la bandeja de mi vista y, con suerte, también de mi olfato. Inhalé un poco, tratando de mantener la calma—. Comí. Estoy llena hasta más no poder. ¿Quieres preguntarle a alguien? Ve con Helena. Joder, incluso puedes hablar con Justine. Ella estuvo conmigo a la hora de desayunar —el cómo frunció el ceño me hizo replantearme varias cosas, por lo que sonreí con suficiencia—. ¿Qué? ¿El escuadrón que tenías vigilándome no te dio el informe completo? —mi sonrisa se hizo más grande cuando no contestó. Aprovechando mi pequeña victoria, me incorporé con pereza—. Me voy. Estaré con Jus hasta que pases a buscarme —miré a Riden y le dediqué un guiño rápido. Él ladeó la cabeza, y el gesto despertó mi curiosidad—. ¿Qué?
—Si vas a estar con Justine, eso significa que sabes dónde está, ¿cierto? —cuestionó, con su mejor sonrisa burlona. Pese a que asentí, algo me dijo que estaba a nada de hundirme—. ¿Segura? Porque creo que la estoy viendo comer plácidamente a tres mesas de nosotros —con su barbilla, señaló detrás de mí.
Con toda la lentitud del universo, giré la cabeza para ver si era cierto y… Jodida mierda, lo era. Mi doctora favorita se hallaba comiendo el bol que se suponía que era para mí si me hubiese esperado. Y como si tuviera un maldito radar, la pobre mujer alzó su cabeza justo cuando mis ojos aterrizaron en su frente.
Sus bonitos ojos brillaron con una disculpa muda cuando notó con quiénes estaba atorada. Aunque quise pedirle ayuda, solo le di una sonrisa corta, dejándole claro que nada de eso era su culpa.
—Como ves, no te necesita. Y dudo que alguien, en plena hora de almuerzo, te necesite en estos momentos —sentenció Rise—. Hazme el favor de sentarte de una puta vez y comer, Arabella. El día de hoy no está para que te saltes las comidas.
Quería salir corriendo del maldito comedor, esa era la verdad. Sin embargo, la voz de Rise no admitía un no por respuesta. Así que, muy a mi pesar, volví a sentarme, rogando a todo lo sagrado que no me hiciera vomitar mi mierda cuando la jodida bandeja apareció frente a mí una vez más.
—Rise, te dije que ya comí —repliqué entre dientes, justo cuando el olor me golpeó de lleno y la bilis volvió a subir.
—Y yo te dije que no te creo —se acomodó en su silla, cruzándose de brazos frente a su charola vacía. ¿En qué momento siquiera había comido?—. Para haber comido, tu humor no estaría tan de la mierda, lo que me deja…
—¡Estoy estresada porque no dejas de ordenarme mierdas sin sentido como si fueras papá mío, idiota! —exploté, sintiendo cómo mi temperamento se me escurría de entre las manos.
—¡Pues no estuviese dándote órdenes si tan solo comieras la maldita comida! —replicó, igual de frustrado que yo—. Detesto tratar con tu maldito humor de mierda, por lo que tan solo dame el puto gusto y come, joder. ¿Desde cuándo diablos peleas tanto por el simple hecho de tragar algo?
Iba a responderle.
De hecho, estaba a nada de arrancarle la jodida cabeza testaruda que tenía para hacerle entender que no quería comer una mierda. Pero justo cuando abrí la boca para despotricar contra él, un olor familiar golpeó mi nariz, haciéndome callar de inmediato y esbozar una sonrisa minúscula.
Dios sabía cuánto lo había extrañado anoche y lo poco que nuestra hora juntos me había compensado por no tenerlo a mi lado el día anterior. Pero él había tenido reuniones pendientes todo el día, y yo, un sueño que no pude controlar cuando llegó la noche. Por eso, me quedé dormida en la habitación, extrañándolo de todos modos. Cuando desperté, supe que no había pasado la noche conmigo porque la toalla estaba seca cuando salí de bañarme. Seca y en su sitio, si se me permitía añadir.
—Sí, tampoco me es suficiente —saludó mi espécimen cuando llegó a la mesa. Alcé los brazos tal cual como niña pequeña, esperando que su rostro apareciera en mi campo de visión con una sonrisa—. Te amo —murmuró antes de depositar un casto beso en mis labios y sentarse a mi lado.
—Ugh —musitó Riden con repulsión marcada en esas tres letras—. Me voy. No puedo con esto —se levantó de la silla. Casi suspiraba de alivio al verlo incorporarse, pero antes de irse, me señaló y miró a su hermano—. Suerte con hacerla comer.
Dicho eso, se alejó de la mesa con más diversión de la que merecía la situación, en especial cuando recibió mi mirada de pocos amigos.
—¿Hacer comer? —repitió el espécimen, pasando su mirada de mí al hermano que quedaba presente.
—Sí. A la mujer jodidamente terca que tienes al lado. Ella quiere saltarse el almuerzo, y yo no puedo lidiar con las consecuencias de eso después.
En cuanto el semblante de Rush mostró signos de alerta, gruñí.
—¡Estoy hastiada de comida! —repetí por no sé qué vez. Mirándolo, solté la explicación más rápida que pude entre balbuceos estúpidos—. No me estoy saltando el almuerzo, mi amor. La cuestión está en que el imbécil de tu hermano no acepta que desayuné y luego comí de más en el transcurso de la mañana. ¡Y él lo sabe porque tiene ojos en mí desde no sé cuando!
Por regla general, el hecho de que los cuatro hermanos compartieran gestos me resultaba atractivo, incluso adictivo de ver cuando estaban todos reunidos, ¿pero hoy? ¿Justo ahora? No. El que ambos pendejos me vieran como el payaso más gracioso del estadio me enervó tanto que los asesiné con la mirada.
—Rise, si ella te dice que comió… —comenzó Rush sin borrar la sonrisita risueña que tenía.
—Es mierda —resopló el otro, con un tono entre burlón y estresado—. Las cámaras no muestran eso. Ni siquiera la muestran a ella en un rango decente alrededor del comedor.
«¿Dijo… qué?».
—¿¡Cámaras!? —chillé, sin poder creérmelo. Mi estómago se hundió como si le hubiesen dado una patada con todas sus fuerzas. ¿Qué mierdas hacía él viéndome a través del circuito cerrado? No, mejor aún, ¿por qué carajos siquiera estaba haciendo tal mierda? ¡¡¿Desde cuándo, por Dios?!!—. ¿¡Estás espiándome por las cámaras!?
El muy desgraciado ni siquiera se inmutó ante la acusación. Casi me daban ganas de dispararle. Incluso mi espécimen lo miró con escepticismo.
—Rise…
—No me lo discutas —bufó—. No estoy haciendo algo que tú no hayas hecho ya.
La incredulidad no desapareció de mi rostro cuando miré a Rush. Él solo sonrió de soslayo antes de dejar un leve beso en mi mejilla.
—Pese a que verte es adictivo, eso solo lo hice cuando no podía hablarte —masculló en mi oído.
—¿Por qué diablos…?
—Quería asegurarme de que estabas bien —como pude, arqueé una ceja. “Bien” era lo último que estaba en ese momento—. Era obvio que no lo estabas, pero aún sabiéndolo, no podía dejar de verte —admitió antes de volverse hacia su hermano—. Tuve mis razones para hacerlo, ¿tú por qué decidiste invadir su privacidad de esa manera, Rise?
«Sí, eso. ¿Por qué, Rise?».
El muy imbécil sonrió con autosuficiencia.
—¿Tú puedes “invadir su privacidad” para asegurar su bienestar, pero yo no puedo hacer lo mismo?
Antes de que Rush pudiera responder o de que yo le arrancara la cabeza a su hermano, una de las asistentes de cocina se abrió paso hasta nosotros. Dejó la bandeja de Rush frente a él con un breve “buen provecho” antes de marcharse.
Iba a seguir sumida en mi desesperación por las acciones de Rise y a exigirle saber desde cuándo carajos me estaba espiando por las malditas cámaras, pero entonces… El aroma de los waffles de avena con miel, aguacate y arándanos horneados me golpeó como una bola de demolición, haciéndome babear sin que lo quisiera.
Fue automático.
Mi mirada cayó en el plato y, si no fuera porque tenía audiencia e información que aún necesitaba procesar, la comida ya habría desaparecido.
Escuché la risa ronca de Rush, pero no le presté la más mínima atención. Ni a eso ni a lo que dijo después. Mi interés estaba fijado en los waffles.
—¿Qué dices, princesa? —fue lo único que medio entendí mientras él cortaba un pedazo del waffle y lo empapaba con más miel—. ¿Estás dispuesta a probar?
—Sabes que a ella ni porque la obliguen comería algo que tuviese que ver con avena —objetó su hermano, algo molesto—. Ni siquiera le gusta el aguacate y mucho menos los arándanos.
—¿Sí has escuchado la frase “segundas oportunidades”? —creí articular. No estaba del todo segura. Mi vista seguía fija en ese jodido plato que gritaba mi nombre.
—Puede que su menú haya innovado —escuché al espécimen decir. No lo miré. No miré a ninguno de los dos. De verdad, mi vista seguía fija en el plato de Rush, como si de alguna forma pudiera poseerlo solo con la mirada—. Abre la boca, princesa.
El tenedor voló a mi boca cuando la abrí de par en par.
El gemido que escapó de mis labios no pudo haber sido mío. No, imposible. Tuvo que haberlo construido y enviado cherv’ porque no había otra explicación para soltar semejante sonido delante de una multitud hambrienta. Igual de improbable era que hubiese aceptado tal bocado con dos guardianes del infierno vigilándome.
Y sin embargo, ahí estaba, con los ojos cerrados, del todo perdida en el maldito paraíso explosivo de sabores.
—¿Me estás jodiendo?
De inmediato, abrí los ojos y enfoqué a Rise.
El mayor de los Massey me miraba con total incredulidad, pero lo que más me alarmó fue el brillo de confusión en su mirada.
«Oh, oh».
—¿Quieres cambiar de plato? —inquirió el espécimen con una sonrisa de satisfacción plasmada en su rostro, justo cuando me atragantaba con las excusas que pensaba darle a su hermano.
Cherv’ no dejó que respondiera. A él le gustó lo que su papá preguntó porque tomó el plato de huevos, lo empujó hacia Rush y se adueñó de la bandeja de waffles sin esperar a que el espécimen dejara el tenedor cerca de mí.
Mis manos se movieron sin permiso, agarrando el recipiente de miel que Jolie también había dejado en la bandeja. En cuestión de segundos, la mitad del contenido ya estaba sobre los waffles.
Con las manos nuevamente libres, tomé uno de los tres waffles apilados y lo metí en mi boca de volada.
Esta vez, quien cerró los ojos fui yo.
Dios bendito, qué explosión de sabores. Fantaseé con comer así todos los malditos días sin tener que sufrir náuseas matutinas. Y maldita sea, qué bien se sintió solo imaginarlo.
Por lo menos, hasta que abrí los ojos y me di cuenta de que ya había devorado la mitad del waffle.
Cherv’ dio un paso atrás, permitiéndome vaciar lo que quedaba de miel sobre los waffles restantes. En menos de cinco minutos, el plato estaba vacío e impecable, como si jamás hubiese contenido comida.
Alguien —bendito sea— había dejado un vaso con zumo morado en la mesa. Sin siquiera mirarlo, lo tomé y bebí el contenido de un solo trago.
Casi salté de felicidad cuando el sabor de los arándanos se deslizó por mi garganta.
—Desde luego que me tienes que estar jodiendo —resopló Rise, matando mi escasa felicidad de un solo golpe, haciéndome caer en un hueco hondo.
Jesús.
«¿Qué rayos hice?».
No podía arreglarlo. No con él. Rise me conocía. Sabía qué me gustaba, qué no. Y el espécimen también. Me había confiado demasiado, aprovechando la escasa atención que los tres guardianes del infierno me habían ofrecido desde que decidí continuar con todo esto. Me había excedido. Y por eso Harrison se había dado cuenta. Por eso Rise no tardaría en hacerlo también.
La lista de personas conscientes de mi secreto estaba creciendo demasiado… y lo peor de todo es que Rush aún no formaba parte de ella. Y me sentía como la mierda por ello. Porque él no era cualquier persona. Él era la jodida figura paterna que se estaba desarrollando dentro de mí. ¿Cómo podía permitir que todos lo supieran antes que él? ¿Cómo podía seguir dejándolo fuera?
El espécimen, en el momento que se enterara de ese detalle, iba a matarme.
Sabía que si les pedía a Jus y a Harrison que guardaran silencio, lo harían sin dudar. Sin embargo, yo lo sabría. Yo cargaría con ese peso. Y lo peor era que ya no había forma de que pudiera mantenerlo enterrado. El programa de ocultarle secretos a Rush estaba oficialmente colapsando.
Cristo…
Es que ni siquiera estaba segura de cómo diablos haría para limpiar el desastre que acababa de dejar a la vista de esos dos. Pero tenía que intentarlo. Tenía que dar un paso atrás y controlar mi ansiedad.
Así que, segundos después de partirme la cabeza con toda esa mierda, forcé la mejor sonrisa que pude.
Había dicho que existían las segundas oportunidades, ¿no? Bueno, tenía que aferrarme a ese intento de excusa tanto como pudiera. Incluso mientras el sudor comenzaba a escurrir por mi espalda cuando Rise entrecerró los ojos en mi dirección.
—Te acabaste esa mierda en menos tiempo del que yo tardaba en obligarte a comer, Arabella —su tono era filoso, inquisitivo—. ¿Desde cuándo te gusta algo de lo que estaba en ese plato?
—Desde que existen las segundas oportunidades —respondí con naturalidad fingida, encogiéndome de hombros para restarle importancia.
Desvié mi mirada de Rise y me enfoqué en el espécimen, dispuesta a venderle mi repentino cambio de gustos. Pero, para mi sorpresa, no fue necesario.
Rush me miraba con esa sonrisa que tanto me encantaba, del todo convencido de mi excusa. Y aunque su expresión logró derretirme por dentro… También quise morirme por ser una perra tan cínica y maldita.
—Perdón por dejarte sin desayuno —musité.
—Nah. Nunca subestimaría el poder de las segundas oportunidades, mi amor —sus labios rozaron mi mejilla con un beso fugaz, haciéndome cosquillas—. De todas formas, yo vengo de ahí también —masculló contra mis labios antes de darme un pico y alejarse. «Dios mío, soy una completa persona de mierda»—. Aprovechando que estás repartiendo oportunidades —su voz volvió a atraparme—, ¿qué tal si me dices qué otras cosas quieres probar? Puedo decirle a Helena que renueve tu menú.
No quería.
Juro por todo lo sagrado que tenía que no quería aprovecharme de él de manera tan… descarada. Pero…
—Pues, el yogurt… —musité, dejando que una parte de mí muriera cuando él rió entre dientes—, una vez que te le quedas viendo el tiempo suficiente, no creo que se vea o sepa tan desagradable.
—¿Qué más?
Sí.
Ya ábranme las puertas del infierno y déjenme ahí si era lo que querían.
—No lo sé —mentí, pero claro que lo sabía. No obstante, mi mejor movimiento era ir con cuidado. Mi vida dependía de qué tan bien supiera jugar “buscaminas”—. Supongo que quiero darme un descanso de lo mismo y probar cosas nuevas, pero no sé qué más hay para mí aparte de huevos y tocino.
Rush volvió a reír.
—Déjalo —dijo, empezando a levantarse de la silla. Extrañada, mi visión fue a su bandeja. Estaba tan blanca como la mía—. Me pondré con Helena al minuto que esté libre.
—No tienes por qué…
—Nos vemos en la sala de comando a las diez —me interrumpió con tranquilidad, observando también a su hermano—. Tienes que poner en la mesa tus arreglos y dar la última repasada antes de partir mañana temprano.
Dicho eso, salió del comedor luego de estamparme otro de sus besos en mi frente. Apenas cruzó la entrada, el aire se volvió denso, tangible, casi sofocante cuando la mirada de Rise atrapó la mía. No había curiosidad en sus ojos, sino algo más oscuro, más afilado.
—¿Hay una razón para ese cambio tan repentino? —preguntó sin rodeos.
La respuesta que me ardía en la lengua era un “no es tu maldito problema”, pero sonar a la defensiva solo lo haría sospechar más. No iba a beneficiarme en nada. Ya había avanzado demasiado en el juego como para tirar todo a la basura por un arranque.
—Desde que darme un descanso de lo mismo resulta en platos así de buenos —respondí con una sonrisa de esas a las que yo llamaba “bonita”.
Claro está que el gesto no sirvió para un carajo. A Rise no le movió ni un músculo, pero al menos no insistió. Se limitó a tararear con escepticismo antes de soltar un suspiro pesado.
—Nos vemos en la sala —dijo, dándome la espalda y saliendo por donde Rush y su hermano menor habían partido, dejándome con la despedida en la boca.
Tragué saliva y respiré hondo en cuanto me quedé sola. Quería sentirme mejor, felicitarme por la salvada que me había pegado, pero no pude. Sí, mi estrategia había funcionado con Rush.
¿Con Rise? No. Ni de lejos.
Si algo tenía claro era que no se había tragado ni una palabra de lo que le solté. Y con la manía que ahora tenía de monitorearme por las cámaras de seguridad…
«Cosa que tengo que hablar con Jus», pensé al incorporarme de la silla.
Había otros factores en los que debía pensar, lo tenía en cuenta, pero en ese momento no tenía cabeza para nada más. No sin Jus cerca para saciar mis dudas.
Me tomaría unos minutos. Estaría con Riden encerrada en la sala de comandos, finiquitando los detalles que me faltaban hasta que comenzara la reunión antes de lo que esperaba, no iba a tardar tanto.
«Creo».
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