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1. Let's Play - Capítulo 82

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Capítulo 82: 79

Estúpida: resumen emocional del día

Sabía que este juego no podía sostenerse para siempre, pero aún así quise seguir jugando. ¿Estoy idiota?

Entonces, ¿tardé? No mucho más de lo previsto. Pero, ¿ir con Jus alivió la tensión y disipó las dudas que me rondaban la cabeza? No.

Claro, ella intentó ayudar. Cuando le mencioné lo mucho que Rise me tenía en la mira, me explicó con toda la calma del mundo que había sido ella misma quien había “alterado” algunas grabaciones del circuito de seguridad relacionadas conmigo. Dijo que no había nada de qué preocuparse, ya que lo hacía desde mucho antes de que mi asunto apareciera. Por lo cual, ni para Riden, Rise y Rush, los cortes menores en las grabaciones de esa área no eran nada nuevo.

No pregunté por qué lo hacía. La mirada sugestiva que me lanzó fue suficiente para entender el trasfondo de sus palabras.

Y aunque hizo lo posible por evitar que colapsara en un ataque de ansiedad, no logró tranquilizarme del todo. Jus podía jurar y perjurar que no había ningún problema, pero la mirada inquisitiva que Rise me había plantado en el comedor seguía pesándome en la cabeza. No me daba buena espina.

Sumémosle el hecho de que sabía perfectamente que no había creído ni una sola palabra de lo que le dije y la situación se volvía más complicada. Tenía una diana en la cabeza, y Rise estaba listo para dar en el blanco. Me había descuidado demasiado.

Intenté dejar correr el tema cuando llegó la hora de la última reunión, después de haber estado con Riden una media hora antes de que comenzara. Intenté concentrarme en cada detalle que el espécimen soltaba, en las palabras de Kaela y en las intervenciones del consejo, pero no pude.

Todo lo que salía de esas bocas se me hacía ruido molesto.

Incluso mi propia voz me resultaba irritante cuando tuve que explicar, paso a paso, cómo se movería todo una vez que aterrizáramos en Calabria.

Debí haber tomado como algo bueno el hecho de que nadie me interrumpiera, en especial cuando terminé de exponer. No hubo miradas de duda ni titubeos estúpidos que me obligaran a rearmar el plan. Había respeto en la sala, quizá incluso una pizca de orgullo por parte de algunos. Pero mi cabeza no colaboró.

Dejó de funcionar en el instante en que crucé miradas con Rise. Y se convirtió en un campo minado cuando, si te quedabas un segundo más mirando sus esmeraldas, podías ver que lo que relucía en ellas era más que simple orgullo.

Tuve que haberme ganado un puto premio por no trabarme y por apartar la mirada con naturalidad fingida, fijándola en cualquier otra persona en la sala tras darme cuenta de ello.

Por eso, en cuanto todo terminó, en cuanto “escuché” cada distribución, cada pro y cada contra, le hice saber a Rush que estaría en la habitación, terminando de estudiar los detalles. Lo dije solo para salir de ahí, para alejarme de la multitud.

Él solo me estampó un beso corto en los labios como señal de visto bueno y prometió que me alcanzaría en cuanto estuviera libre, ya que Kaela y los demás querían hablar con él.

Nunca había agradecido tanto un momento como ese.

Necesitaba estar sola.

Pensar.

Ahogarme en preocupación y desesperación sin que nadie estuviera preguntándome qué diablos pasaba conmigo.

Por ese motivo, cuando llegué a las cuatro paredes de mi fortaleza, lo primero que hice después de darme una ducha rápida y ponerme ropa cómoda fue dejarme caer en la cama, aplastando la cabeza contra la almohada mientras soltaba un gemido de absoluta frustración.

También me invadió una abrumadora necesidad de llorar por estúpida, pero me negué con todas mis fuerzas.

No me gustaba llorar.

Odiaba llorar.

Dos, incluso tres lágrimas de felicidad podía permitirme, ¿pero ser una maldita catarata de llanto frustrado? No, gracias. Ya había llorado demasiado en el transcurso de los meses.

Entendía que era una reacción hormonal absurda y fastidiosa de evitar, pero había tenido suficiente.

Así que, para no ceder ante las hormonas y poder ahogarme en la desesperación a gusto, salí de la cama y decidí hacer algo que siempre lograba sacarme de quicio cada vez que Harrison tenía la brillante idea de dejarme en la mansión: recrear planos a mano.

No era arquitecta.

Ni siquiera me consideraba buena en eso.

Es más, estaba segura de que si calcar algo era un trabajo, me moriría de hambre.

Aun así, me senté en el escritorio que ocupaba una esquina del cuarto, decorado con más macetas de las que debería tener, saqué lo necesario de una de las gavetas y me puse manos a la obra.

Me encontraba borrando la decimotercera línea en la hoja, a nada de agujerearla de la fuerza con la que presionaba el lápiz, cuando una actualización en la laptop llamó mi atención.

Uno de los planos de mañana se había modificado.

Segundos después, un correo de Riden apareció en la pantalla.

Para: Arabella.

Asunto: Duérmete ya.

Es estúpido. No tienes por qué aprenderte nada si no quieres. Es solo Kaela y sus ganas de joder. Por eso la corrección y la nueva formación de los equipos.

Repito, no tienes que aprenderte nada. Puedes dejar las cosas como se las expusiste a todos. Tan solo lo puse para que saliera de mi maldita sala de control.

Dejé escapar una risita, aliviada de tener algo más en qué ocupar la cabeza.

A estas horas no iba a cambiar ni una mierda. Mucho menos para darle el gusto a Kaela. Sin embargo, nunca estaba de más tener, aunque fuera, un solo plan de respaldo.

Creí que sería sencillo.

Que mis ojos leerían todo y mi cabeza lo memorizaría rápido. Después de todo, aprenderse un mapa, para mí, era una de las cosas más fáciles del mundo. No era la primera vez que lo hacía, y apostaba a que no sería la última. La cuestión aquí era que ya había pasado medianoche… y aún no entendía una mierda de lo que Kaela intentaba hacer.

Supuse que tenía que ver con el hambre que ahora me rugía en el estómago por un maldito antojo de madrugada. O con el peso de mis secretos y mentiras de mierda.

¿Y por qué no?

También con la súbita preocupación que me carcomía por todo lo que iba a explotar en menos de ocho horas.

Por eso, las líneas comenzaban a volverse borrosas.

La cabeza me daba vueltas.

Y los nombres de los lugares grabados en la pantalla se me hacían cada vez más difíciles de leer.

—Si sigues pidiendo a gritos cosas así, lo menos que voy a poder hacer es concentrarme —susurré, pasando una mano con suavidad sobre mi vientre mientras me descruzaba de piernas—. Harás que nos metamos en más problemas, cherv’. Aún las cosas no están para que te reveles. Dame tiempo. Además, hiciste y deshiciste en la hora del comedor. Tienes que relajarte.

Jus, después de rogarle por otro ultrasonido hace dos días, me había dicho que estaba a nada de empezar la sexta semana. Lo sabía. También me había explicado con más detalle todo sobre mi tiempo de embarazo y mi ciclo menstrual irregular.

Eso era lo aburrido, pese a que presté atención a cada cosa que dijo.

Lo divertido fue saber que, después de esos dos días, a cherv’ ya lo podía considerar del tamaño de un grano de lenteja ahora que estaba cumpliendo su sexta semana y un día.

Y lo sorprendente ahora era que aunque aún no podía moverse, mucho menos entenderme, como por arte de magia, como si me hubiese escuchado alto y claro, la urgencia de vaciar la cocina en busca de arándanos disminuyó poco a poco con el paso de los minutos.

—A veces asustas —mascullé con una sonrisa en la cara—. Y no sabes cuánto te amo por eso.

—¿Sí? Pensé que estaba descartado de tu lista amorosa por obligarte a comer hace rato —la voz de Rise me dio un susto de muerte.

Se lo hice saber aventándole lo primero que tuve a mano por puro reflejo.

El pequeño portalápices rebotó contra la pared, rozándole la cabeza. Si no hubiera reaccionado rápido, mínimo le habría apagado un ojo.

—¿Eres imbécil? —grité, molesta, con los latidos del corazón retumbándome en los oídos.

—Buenas noches para ti también, Bells —saludó con la tranquilidad de quien no acaba de esquivar un proyectil.

—Ibas a matarme de un maldito susto, Rise. Está la puerta, ¿no la sabes tocar o qué?

Ni se molestó en responder. Tan solo caminó hacia donde estaba, metiendo la nariz en el plano de la mansión de Alexey que tenía abierto en la laptop.

—¿Aún sigues preparándote para más tarde? —preguntó, alejándose apenas de mi espacio personal antes de arrastrar una de las sillas vacías hasta la punta de la mesa. Se dejó caer en ella con una calma que me ponía de los nervios.

—No. Estoy haciendo una casa, ¿qué no ves? —resoplé, empapando mis palabras de sarcasmo mientras señalaba la hoja con líneas torcidas que estuve a nada de romper. Rise tarareó en respuesta. Bajo y seco. Me crispó los nervios. Resignada, suspiré—. ¿Qué es ahora, Rise? Sigues igual de hostil que en el comedor. ¿Qué diablos fue lo que hice ahora?

Clavó la mirada en mí. Sus esmeraldas reflejaban sin filtros el descontento, la ira y el estrés acumulado del día. Sin embargo, algo en mi instinto me gritó que todo eso no era solo por la jornada… sino por mí. Su forma de mirarme empezó a incomodarme a tal punto que ni siquiera el silencio toleraba más. Él debió notarlo porque comenzó a hablar.

—¿Cuánto más creías que podías esconderlo? ¿Que podías esconderlo de mí? —siseó, con la furia ardiendo en cada palabra.

Las alarmas en mi cabeza estallaron al instante. Mi corazón se saltó varios latidos, pero jodidamente no le di el gusto. Fruncí el ceño. Una parte de mí entendió a la perfección qué diablos quería decir. La otra se hizo la estúpida, negándose a malinterpretar o adelantarse a nada.

—¿Disculpa?

—No juegues conmigo, Arabella. Hoy no —su tono bajó dos octavas. La muerte misma debía sentirse algo parecido a esto.

Si a lo que se refería era a eso…

—No sé de lo que estás hablando.

«Por favor, por favor. Que no…».

—¿Tengo cara de payaso para ti? ¿Crees que estoy jugando aquí? ¡Joder, Arabella!

—¡Pues empieza a aclararme tus mierdas porque no te sigo, Rise! —siseé, alterándome más de lo debido.

—¿Qué te costaba decirlo? ¿Decírmelo? ¿Por qué…? —negó con la cabeza, su expresión endureciéndose con decepción—. ¿Vas a decir que no sabes de lo que te estoy hablando, Arabella?

Molesta, ignoré su mirada y me enfoqué en la laptop.

—Ilumíname —respondí, agarrando el lápiz más cercano y trazando líneas sin sentido sobre la hoja.

Por el rabillo del ojo, lo vi asentir, y en ese instante me sentí como la peor perra cínica que jamás pisó el planeta tierra.

Ya sabía por dónde iba a esta conversación. Sabía que el karma iba a alcanzarme tarde o temprano. Sabía que él uniría las piezas, una por una, después de lo que vio en el comedor. Pero por lo que estaba cruzando los dedos era que no se sumara otra persona a mi lista de “gente que sabía de mi secreto mucho antes que mi espécimen”.

—Estás embarazada.

No era una pregunta. Su tono de voz lo declaraba. Era una sentencia. Una sentencia que no estaba preparada para aceptar.

Mi mirada saltó de la mesa a él, en un intento de enfocarlo, de leer si había una mínima posibilidad de que estuviera bromeando. Pero no. Su expresión lo decía todo. Sin embargo, me hice la estúpida aun cuando el golpe en el estómago fue inmediato.

El aire me pesó en los pulmones, pero no le di el gusto de verlo. No iba a aceptar que más personas se enteraran de esa información. No cuando aún no estaba lista para compartirla con él, con Riden o, Dios me ayudara, con Rush. Mucho menos con Rush.

Es decir, ni yo lo había terminado de aceptar del todo todavía. ¿Qué diablos esperaba Rise que le dijera? ¿“Oh, sí, llevo a tu sobrino en mi panza, crece como un avestruz y boicotea todo lo que quiero comer solo porque sí”?

Divertido.

—Claro. Tengo cuatro meses y por eso apenas puedo levantarme de la cama —repliqué con sorna, cruzándome de brazos. Lo recorrí con la mirada cuando escuché su resoplido—. Rise, para serte sincera, ¿eres estúpido? ¿Crees que si estuviese embarazada tu hermano no hubiese sido el primer ser humano en notarlo?

Mi tono fue firme, pero por dentro el corazón me latía con tanta fuerza que casi me mareaba. Aguanté su mirada sin parpadear, forzándome a no pestañear primero, hasta que él la desvió hacia otro lado y, sin decir una palabra, se puso de pie.

Suspirando internamente, volví la vista al escritorio, obligándome a enfocarme en los planos frente a mí. Como si pudiera seguir con lo que estaba haciendo después de esto.

Mierda.

Era mi culpa. Me había excedido. Había pisado la línea roja sabiendo a la perfección dónde estaba. Y me había importado una mierda.

No había nadie a quien culpar más que a mí. Porque no había actuado como se suponía que debía. Pese a que pude ocultar bien por tres malditos días las náuseas, las escasas cosas que podía digerir, la fatiga hija de puta, los repentinos dolores de cabeza y mi humor cambiante de mierda, tuve que lanzar mi proceso al inodoro por estar de confianzuda.

Había sido cuidadosa, había metido cada uno de esos síntomas en una maleta cuando estaba rodeada de gente y solo los había sacado cuando estaba sola. Y aún así, la había cagado de una manera tan estúpida que daba hasta lástima.

Rise bien podía ser un pan de Dios la mayor parte del tiempo, pero no era imbécil. Captó las señales en el aire y sumó dos más dos. Cosa que, para mi sorpresa, ni el espécimen había hecho aún. Era algo que…

«¿Qué rayos huele así de…?».

La bilis subió de inmediato por mi garganta, al mismo tiempo que mi mirada. Busqué la fuente del olor y tragué en seco el vómito que amenazaba con salirme por la boca cuando la encontré.

No.

Rogando por no hacer una mueca, alcé una ceja en su dirección y rodé los ojos.

—¿Aperitivo nocturno? —cuestioné, con fingida indiferencia, notando cómo se acercaba con el plato.

El sudor frío me recorrió la espalda.

—¿Creíste que no me iba a dar cuenta de que, en tu menú, la última semana ni siquiera has visto de reojo un plato con huevos? —su voz era tranquila, pero su mirada no. Y el olor… joder, el olor me estaba matando—. Solo Dios sabe cómo diablos engañaste a Rush, a Riden y a todos los demás, pero a mí no. Te conozco, Arabella. A este punto, más que tú misma. Pedías huevos incluso después de lo que pasó con Alexey, ¿cómo es que ahora ni siquiera los puedes ver?

Mi estómago se revolvió aún más.

—Las personas bien pueden querer algo distinto, Rise —hablé sin titubear, tragando con fuerza para no darle la satisfacción de verme vomitar frente a él—. Además…

—¿Además qué?

Dejó el plato demasiado cerca.

No me moví ni un milímetro de la silla. Si lo hacía, estaba jodida.

—Pensé lo mismo —siguió, mirándome con paciencia, con maldita comprensión—. Por un breve momento, pensé lo mismo. Creí que había sido por el infeliz de Anderson, pero luego seguiste cambiando todo. Las tostadas con arándanos a escondidas, esas peticiones esporádicas a Helena de frutas que, en todo el tiempo que te conozco, nunca te había escuchado pedir… lo distraída que estás a veces, esos cambios de humor tan repentinos. Sonríes —mi corazón se detuvo—. Aun con todo lo que pasó, sonríes incluso mucho más de lo que jamás creí posible —su expresión se endureció apenas un poco—. Y ni siquiera necesitas que Rush esté presente.

«Ya. Mátenme».

—¿Luzco embarazada para ti? ¿Es en serio?

Mantener mi mierda hasta el final era lo único que podía hacer. No había nada en este mundo que me hiciera confesarlo también frente a él. Ya eran demasiadas personas. No podía sumarlo a la lista. No cuando ni siquiera su hermano, mi espécimen, lo sabía. No iba a hacer eso. No podía.

—Come —su voz fue firme mientras señalaba el plato con huevos y tostadas. No me daba espacio para discutir. Y yo estaba a nada de sufrir un maldito colapso por su inesperada orden.

¿Qué?

¿Que él quería que yo hiciera qué?

—Demuéstrame que puedes comer sin colocar esa cara de asco que pusiste en el almuerzo —continuó, sin apartar la mirada de mí—. Vacía el plato, Bells. Déjalo limpio y te prometo que todo esto nunca pasó.

«Es que no voy a poder».

Porque ya lo había intentado. En estos tres días, me había escapado del cuarto en las madrugadas, con el sigilo de un maldito fantasma, asegurándome de que no hubiese nadie en los pasillos. Me había colado en la cocina y había intentado hacerme cualquier cosa con huevos.

Ni siquiera llegaba a romper la cáscara cuando el asco me invadía. Y en cuestión de segundos, terminaba vomitando en el fregadero lo poco que había logrado comer en la noche.

Estaba jodida.

Por donde lo viera, estaba jodida.

Dos personas, una habitación, el reloj contando quizás esos escasos minutos para que el espécimen llegara… En definitiva, estaba más que acorralada.

Los ojos esmeraldas de Rise me taladraban con malicia. No importaba qué excusa intentara meter, si no lograba comerme todo lo que había en ese plato, él no iba a dejar pasar esto.

Entonces, suspiré.

Resignada, arrimé el plato lo más lejos que la mesa me lo permitió. Conocía mis límites, y este era uno de ellos.

No había forma de que dejara limpio ese plato y él lo sabía.

Por eso, cuando alcé la vista, esperando ver una sonrisa de complicidad o incluso una mueca de victoria en su rostro, lo que encontré me dejó fría.

—¿En serio me creías tan estúpido? —siseó.

Estaba fúrico.

Era la primera vez que lo veía así. Sus ojos esmeralda chispeaban con rabia, relampagueaban con enojo y todo eso iba dirigido a mí. Por lo general, cuando mandaba a la mierda sus planes, lo que obtenía de él era frustración, no enojo. Ni siquiera en el desastre del puerto de Londres había reaccionado así. Por eso, no tenía idea de cómo actuar aquí. Era territorio desconocido. Había visto el enojo de Riden dirigido hacia mí, el de Mila, el de Rush… ¿pero el de Rise? ¿Qué carajo se suponía que debía hacer? ¿Dónde se suponía que debía pisar?

—Creí que podía ocultarlo por un par de días más hasta que todo esto terminara y entonces…

—¿¡Entonces qué!? —bramó, desesperado, cortando mis balbuceos—. ¿Sentarte a hablar con Rush sobre cómo le ocultaste a su hijo por el puto infierno sabe cuánto tiempo, después de haberte metido en un caos por querer la cabeza de Alexey en tus manos? ¡¿Qué mierda te pasa, Arabella?! ¿En qué estabas pensando? ¡Ni con toda la paciencia del mundo Rush te lo perdonaría! No es solo exponerte a ti, joder, es al bebé que cargas. ¡Ya no eres solo tú! ¡¿Es que no lo entiendes?!

La garganta se me cerró y los ojos se me llenaron de lágrimas al instante. Intenté contenerlas, pero no pude. Y en cuanto se deslizaron por mi rostro, Rise se calló de golpe, mirándome como si me hubieran crecido orejas de conejo.

«Malditas hormonas».

—¿Estás…?

Sacudí la cabeza con furia, tanto para apartar las lágrimas como para negarle su mierda. No estaba llorando. No quería hablar más con él de ese maldito tema.

Era mi tema. Mi responsabilidad. Mi desastre para arreglar.

Mío. De nadie más.

Pero él no se detuvo. Suspiró y, antes de que pudiera reaccionar, sus brazos me sacaron de la silla, envolviéndome en un abrazo arrollador, sofocante, cargado de sentimientos que no estaba preparada para enfrentar. Me apretó tanto que las lágrimas decidieron no acabarse nunca.

En el momento en que mi horrible llanto terminó convirtiéndose en hipidos cuestionables, justo cuando creí que podía recuperar un poco de control, el muy imbécil soltó otra cosa más. Algo que destrozó la mínima calma que había conseguido, provocando un maldito tsunami interminable.

—No puedo creer que me convertiré en tío —murmuró contra mi oído. Luego, con la voz rota, añadió—: Mataría por ver lo mucho que ella disfrutaría ese título también. Ambos sabemos que hasta se lo tatuaría en el pecho con tal de que todo el mundo lo supiera, mostrando lo orgullosa que se sentiría.

Odiaba con mi vida las estúpidas hormonas. Con. Mi. Vida.

Lo sabía. Sabía que Kendall habría hecho un maldito cartel de largo a largo, gritando al mundo que tenía algo mío para amar y proteger hasta el fin de los tiempos. Y fue por ella… por ella y por mi espécimen que me negué al procedimiento de aborto.

Estaba segura de que Kendall me había dado la respuesta necesaria ante el pensamiento de querer deshacerme de algo que había creado junto al amor de mi vida, y el amor de mi vida… Bueno, la decepción y el odio por su parte era algo con lo que nunca podría cargar.

Por eso abdiqué.

Sabía que no era el mejor momento para un bebé, pero aun así… era algo por lo que estaba dispuesta a arriesgarme. Porque verlo crecer, verlo ser amado, ver algo creado por mí y por mi espécimen, era algo que deseaba experimentar. Y lucharía por eso. Con cada fibra de mi ser, lucharía por ello.

Esto, esta cosita que pronto tendría dos manitas, dos piecitos, una cabecita, una actitud imposible y una personalidad mimada… sería mi manera de agradecerle a Rush por todo lo que había hecho por mí. Y no solo eso.

Sería parte de mi vida, algo que jamás imaginé que tendría, y lo disfrutaría como nunca.

Tanto por mí, por Rush, como por Kendall.

Su mayor deseo era verme feliz, formar una familia, ser parte de ella. No logré cumplirle lo último, pero seguiría su deseo. Se lo debía.

Se lo debía a mi mitad, a la única persona que vio lo mejor de mí aun en mis peores momentos.

Y lo cumpliría. De eso estaba más que segura.

Pasó un rato hasta que finalmente logré formar palabras sin dejar de llorar. Para mi desgracia.

—Te… —hipar—, odio… —sorber por la nariz—, con mi… vi-da —terminé diciendo contra su pecho.

—Claro —murmuró con diversión mientras me separaba con lentitud. Luego, su mano se posó sobre mi vientre aún plano, para mi alivio. Su tacto caliente sobre mi camisa se sintió, por extraño que pareciera, bien—. Llevo la cuenta del cambio, pero…

Tomé una respiración profunda, tratando de calmarme lo suficiente para armar oraciones sin parecer una idiota con severos problemas de agua.

—Mes y medio —respondí, limpiando las lágrimas con el dorso de mi mano.

Rise sacudió su cabeza, dejando escapar un resoplido mientras trazaba círculos pequeños sobre mi vientre.

—El bastardo debe de estar con la cabeza demasiado dispersa para, aun siendo un sensor de máxima seguridad contigo, no haberse dado cuenta de esto —bufó divertido—. Conociéndolo, a la primera negada de huevos revueltos tuyo, ya estuvieras con Justine haciéndote un chequeo completo.

El nombre de Justine saliendo de su boca me congeló por un segundo. Lo suficiente como para que el muy cabrón soltara una risa entre dientes.

—Sé que ella lo sabe, Bells —continuó—, y no porque me lo haya dicho. No hay enfermera alguna aquí que se atreviera a hacerte ese tipo de examen sin consultarlo primero con Rush o, en su defecto, con el ex sotvenik. Jus es la única con los ovarios para pasar por encima de ambos, y la única mujer que puede borrar sus huellas del sistema de seguridad sin levantar alarma alguna —hizo una pausa antes de sonreír de lado—. Lástima que no me prestó la atención suficiente.

Fruncí la nariz.

—¿Siempre has sido así de molesto? —musité a regañadientes.

—Riden está con la cabeza en el último operativo, Mila anda desaparecida entre entrenamientos la mayoría del tiempo, Rush está siendo la cabeza de todo y el viejo le respira en la nuca cada que puede. Soy el único que te queda para mantener un ojo encima de ti, Bells. Tomo mi trabajo bastante en serio, si me lo preguntas.

Resoplé con disgusto, debatiéndome si decirle o no que Harrison, después de Jus, había sido el primero en enterarse sin necesidad de tanto protocolo.

Pero en lugar de eso, elegí abordar otro tema.

—Reemplazar a Kendall no te será una tarea fácil —solté con simpleza, dejando aquel detalle para mí.

Esa diversión que bailaba en su sonrisa no le llegó a los ojos, y me sentí idiota por bromear con eso cuando, para él, era igual de doloroso. Si no es que más.

Ambos sabíamos que, para los dos, esa herida nunca iba a cerrar del todo, pero yo tenía mis propios métodos para hacerlo más llevadero. Eso no significaba que Rise se acoplara a ellos.

—Nunca dije que la reemplazaría. Solo tomo el puesto que ella dejó, asegurándome de que no seas estúpida o impulsiva como siempre lo eres, Bells —intentó bromear, pero su tono carecía de verdadera ligereza—. Esconderle un embarazo a cada persona importante de tu círculo es algo que Ken… —torció el gesto, su mandíbula apretándose con fuerza antes de corregirse—. Que ella no permitiría.

Desde la última vez que hablamos, a pesar de que había ido recuperando su antigua personalidad poco a poco, aún se negaba a pronunciar el nombre de Kendall. El apodo que le había dado tampoco era una opción.

Para él, Kendall había quedado reducida a “ella”.

No Kends. No sol. Solo ella.

Y eso seguía partiéndome el corazón en pedazos pequeños.

No obstante, no podía decir que en su momento no compartí el sentimiento. Pronunciar su nombre era tortura. Escucharlo me quebraba la vida. Pero una vez que fui sanando, cuando vi las cosas desde otra perspectiva, entendí que Kendall no merecía eso. Para haber sido alguien tan importante en mi vida, no merecía ser reducida a un pronombre.

Merecía más que eso.

Y yo se lo di.

Sin embargo, que yo lo hubiese hecho no significaba que Rise también.

Había pasado poco más de un mes desde su muerte y, aunque había dado pequeños pasos fuera de ese hoyo asqueroso que era la depresión, seguía sin hablar de ella. Nadie lo juzgaba. Y si alguien lo hacía, lo hacía en silencio. Bien lejos de nuestro círculo, por el bien de su supervivencia.

—Lo sé —susurré, colocando una mano sobre la suya—. Pero aún el terreno no está listo —Rise clavó sus preciosas esmeraldas en mí, y durante unos segundos, ninguno de los dos dijo nada—. Hay muchas cosas que necesitan ser atendidas —continué—, y esto solo empeoraría las cosas.

La mirada divertida de Rise se desvaneció, reemplazada por una de regaño.

—¿“Esto”? ¿Empeorar las cosas? ¿De qué diablos estás hablando? —su mano presionó con cuidado, pero con firmeza, mi vientre—. A lo que tú llamas “esto” es un bebé. Tú bebé. El bebé de mi hermano. Mi sobrino. ¿En qué mundo vives para que creas que tu embarazo empeoraría las cosas? ¿Qué tan idiota tienes que estar para no creer que Rush estaría en las nubes con la noticia? Se lo diría al mundo entero, Bells, y lo sabes. Nadie mejor que tú lo sabe.

—Exacto —di un paso atrás, haciendo que su mano se deslizara fuera de mi alcance. Me senté en la cama y crucé las piernas en un triángulo invertido—. Nadie mejor que yo sabe eso, y por eso he decidido no decir nada. No puedo, Rise —abrió la boca para replicar, pero levanté un dedo, cortándolo antes de que pudiera empezar. Respiré hondo, sopesando bien mis siguientes palabras—. Hasta que se tenga la cabeza del Boss y de Alexey en una maldita pica, no pienso decir ni mu sobre el tema.

»Sé cómo es Rush, Rise. En el instante en que se lo dijera, lo gritaría a los cuatro vientos. No puedo permitir eso. Y lo peor es que sé lo que pasaría después. Me preguntaría por qué lo oculté. Se lo respondería. Me diría que soy una idiota por pensar que algo podría pasarle al bebé. Entraríamos en un conflicto sin fin en el que, para colmo, él saldría ganador porque ahora mismo, con estas malditas hormonas, soy más fácil de manipular que la tabla del cero.

Aún no sabía si esa era la razón exacta por la que no quería compartirle la noticia a Rush, pero el gesto de Rise rascándose la cabeza, evaluando mis palabras, me distrajo de analizarlo demasiado.

Él suspiró y, en cuanto me miró, supe que no estaba de acuerdo.

—Bells…

—No —me crucé de brazos. En ese tema, no iba a ceder. No iba a cambiar de opinión. Rise tendría que aceptar eso por las buenas o por las malas, y estaba cruzando los dedos para que fuera por las buenas ya que estaba visto que por las malas me convertía en una maldita perra manipuladora—. Puede que lo hayas notado ya, Rise, pero hay personas de aquí que están abriendo la boca de más. Tanto con el Boss como con Alexey. Y si se enteran de esto, cualquiera de los dos podría… —negué con la cabeza. No quería darle cabida a ese pensamiento. No aún—. Aún no puedo.

Él arqueó una ceja, de repente mucho más interesado.

—Habías tardado demasiado en relucir eso —dijo, dejándose caer en la silla—. ¿Qué es lo que sabes?

Quise sonreír ante su tono, pero lo que me pedía… no estaba segura de decírselo. Lo de Kendall. Lo que Harrison traía entre manos. Lo que había discutido con Rush. No quería ser la que le reactivara la mirada vacía, la que lo empujara de vuelta a ese pozo de frialdad y sangre del que apenas estaba empezando a salir.

Pero si quería que entendiera mi punto, iba a tener que explicárselo todo. Quisiera o no.

Con la mano aún en mi vientre, acaricié el espacio, sin privarme de la mirada fija que el hijo de perra inteligente tenía sobre mí, y respiré hondo.

—Aún no hay nada comprobado —empecé con lentitud, estudiando muy bien sus facciones—. Es decir, está claro que hay uno o varios topos filtrando información, pero todavía estamos en la búsqueda de quién pueda ser. Harrison está en eso, y Rush y yo hemos intentado confundir al infiltrado con la información que se le da al consejo, pero…

Me detuve. Sabía con exactitud qué quería decir, pero no sabía si debía. Rise lo notó.

—¿Pero?

—No está funcionando —suspiré—. Primero lo de Kendall, luego lo de Drake. Quien sea que…

—Alto —cerré el pico de inmediato. Su tono bajó una octava, y en su mirada apareció ese destello que me puso en alerta. Su gesto se descompuso por cinco segundos, dejándome ver esa vacía y sanguinaria personalidad antes de que la contuviera de nuevo—. ¿Qué quieres decir con eso?

—Yo… Quiero decir… El tema…

Solté un gemido, frustrado, cortando mi balbuceo tonto.

Me quería golpear por abrir la boca de más. Pero ya era tarde. Ya lo había dicho, y Rise no iba a soltar el tema ni aunque se lo ordenara Dios en persona. Así que dejé de tartamudear y seguí hablando.

—Ugh —gemí por lo bajo—. Bien. Supimos que había un topo desde que Harrison y yo descubrimos que la muerte de Kendall fue planeada por Zacharias al enterarse de que ella era la hija de Harrison —su mirada se oscureció aún más, pero no me detuve. Si lo hacía ahora, no terminaría nunca—. Pero se confirmó cuando Drake logró atravesar cada alarma del búnker sin activar ni una sola alerta —el que abriera la boca para exigir más información casi me daba algo, por lo que me apresuré a continuar—. No se sabe nada más. Harrison tiene sus sospechas, Rush las suyas y yo las mías, pero nada concreto aún, Rise. Así que cálmate.

—Me acabo de enterar que ella…

—Sí, lo sé —lo interrumpí de inmediato—. Tienes todo el derecho de estar molesto, pero entiende que se tenía una razón para no compartirte tal información —resopló de mala gana—. Estabas mal. Estás mal. No tanto como antes, pero lo estás. Rush, Harrison y yo acordamos no decirte nada hasta que tuvieran pruebas y hasta que tú no estuvieras tan psicótico como lo has estado desde que ella murió.

—¡Aún así, eso no les daba derecho alguno de ocultarme cualquier cosa que tuviera que ver con ella, Arabella! —exclamó bastante enojado.

Asentí, conteniendo un suspiro.

—Ya lo sé —murmuré, sintiendo mi respiración algo acelerada por su repentina explosión—. Y por eso voy a explicarte todo desde el principio, si quieres. Pero primero, cálmate.

Sabía que lo que quería hacer era mandarme a la mierda. Lo vi en sus ojos mucho antes de que su mirada esmeralda me fulminara con ese mensaje no verbal. Pero, para mi sorpresa, después de recorrerme de arriba abajo, se quedó pegado a esa silla sin decir nada.

Aproveché la oportunidad y le expliqué todo. Desde lo que había hablado con Harrison la noche en que Rush dejó de ser un imbécil, hasta lo que se había descubierto recientemente, juntando las conjeturas de todos antes de que mi jefe partiera.

Rise no me interrumpió en ningún momento, pero cuando terminé, lanzó sus rondas de preguntas.

Le respondí con toda la paciencia del universo. Al parecer, mis respuestas lo dejaron satisfecho… por un par de minutos.

—Su maldita muerte fue demasiado rápida —masculló entre dientes, furioso, refiriéndose a la basura de Zacharias.

Lo había dicho después de que le aseguré que él era el único de sus hermanos que sabía del lazo que Harrison y Kendall compartían, enfatizándole el punto de que mi jefe quería que siguiera siendo así.

—No hace falta que me lo recuerdes —musité, compartiendo su humor sombrío.

El silencio se instaló en la habitación. No dije nada. Dejé que Rise asimilara toda la información el tiempo que necesitara hasta que, finalmente, frunció el ceño y rompió el silencio.

—¿Entonces, eso dónde nos deja? Tú tienes una corazonada, Rush otra y Harrison otra más. ¿Cómo esperan descartar cada una?

—Harrison lo hará —me rasqué la ceja, envolviéndome en el estrés que surgía cada que tocaba ese tema—. En Moscú tiene más movilidad que aquí. Podría ayudarlo con lo que necesita, pero, para mi desgracia, mi papi tiene entre ceja y ceja cazarme el culo, por lo que ir a Moscú no es una gran idea.

Odiaba no hacer nada. Pero, en este punto, lo único que podía hacer era esperar la confirmación de mi jefe. Y eso me crispaba los nervios.

Rise se levantó de la silla de repente, su expresión cambiando en un instante. Y antes de que pudiera procesarlo, ya estaba a mi lado, colocando una mano sobre mi pierna.

—Deja de matarte la cabeza —apretó mi rodilla en un ademán cariñoso, acompañándolo con una sonrisa corta—. Si el viejo cascarrabias dijo que lo haría, es cuestión de tiempo para que tengas la respuesta. No te estreses. Eso no es bueno ni para el bebé ni para ti.

Negué con la cabeza, soltando una risa ligera. Agradecía su drástico intento de calmar las aguas.

—No eres doctor —repliqué, encontrando sus últimas palabras algo divertidas.

—Sé más de lo que crees —rebatió, sin borrar su sonrisita burlona—. Y, como sé más de lo que debería, tengo varias prohibiciones para ti que vas a acatar al pie de la maldita letra ya que ignorarás el hecho de que te supliqué para que le contaras a Rush sobre esto.

«Oh, genial».

—Rise…

—Las cumplirás, Arabella —me interrumpió con firmeza—. En el momento que Rush se entere de esto… de que le ocultaste su bebé, de que yo fui parte… —chasqueó la lengua y torció el gesto—. Bueno. Ve considerando la magnitud del problema que se te viene encima.

—Sé mentirle muy bien a Rush, idiota.

Arqueó una ceja.

—Mentirle a Rush nunca ha sido una de tus cualidades estrellas, Bells.

—No estuviéramos aquí si ese fuera el caso —repliqué con rapidez, señalando mi vientre.

—Estás ocultando esto porque crees que haces un bien mayor para todos, preciosa —afirmó, sin perder su tono sereno—. Si no pensaras así, ya le hubieras soltado todo. Esa es la pequeña diferencia. Peleas por lo que consideras correcto y defiendes ese punto como si tu vida dependiera de ello, pasando más allá de las necesidades que crees que Rush tiene. Por eso ocultas cosas. Sin embargo, si tuvieras que elegir entre ocultar y mentir… —ahora fue él quien señaló mi vientre—. Ambos sabemos la respuesta.

No le recalqué que ambas cosas eran la misma mierda. Solo bufé entre dientes y rodé los ojos… hasta que el peso de algo que venía cargando desde que me enteré se acentuó en mi pecho y quemaba, exigiendo salir.

—¿Crees que lo que estoy haciendo está mal?

Ahí, la sonrisa de Rise se borró y suspiró con pesadez.

—¿Para Rush? Sí —mi corazón se hundió de inmediato. Rise notó mi decaída, por lo que se apresuró a continuar—. Ahora, ¿para ti? No. Conoces a Rush mucho más de lo que cualquiera de nosotros lo hará jamás. Si crees que lo estás haciendo para proteger al bebé del bocazas emocionado que será mi hermano, entonces es así. Si tú crees que no decirle evitará demasiadas mierdas, entonces es así —se inclinó un poco más hacia mí, su voz volviéndose más baja, más segura—. Eres madre ahora, Bells. Y de ahora en adelante, tu instinto será proteger a ese pequeño frijol que llevas dentro por encima de todo. Lo pondrás incluso por encima de Rush si eso asegura su vida.

Mis ojos empezaron a humedecerse. Tomé varias respiraciones rápidas, intentando ahuyentar esas lágrimas hormonales que amenazaban con salir.

—¿Por qué?

La pregunta escapó en un susurro. Confundido. Frustrado. Cargado de una pena que no lograba comprender del todo.

—Porque eres madre —repitió con suavidad—. Ese instinto tuyo sangriento compartirá espacio con uno nuevo: el materno. Y si de por sí el instinto tuyo de supervivencia te hace feroz, añadiéndole el instinto maternal… —sacudió la cabeza con una sonrisa torcida—. Preciosa, serás imparable.

Sus palabras llenaron un hueco dentro de mí. Ese que había estado cargando desde que supe la noticia. Un vacío que ahora se sentía menos pesado, menos asfixiante.

Y, aún así, terminé llorando por octava vez en el día.

Rise soltó una risa baja, entretenido por mi estado.

—Sin embargo —su tono se endureció, su mirada se volvió seria—, quiero que sepas que, pese a todo lo que te acabo de decir, sostengo firmemente que lo mejor que puedes hacer es contarle todo a Rush porque estoy en contra de toda esta mierda —no aparté la mirada cuando dijo eso—. Eres madre, sí. Protegerás a tu bebé. Pero recuerda que no es solo tu hijo. También es el de mi hermano. Y así como tú lo protegerás, Rush lo hará el triple si es necesario.

El silencio se instaló entre nosotros.

Largo. Pesado.

Y fui yo quien lo rompió después de pensarlo por enésima vez.

—Respeto tu posición —mi voz salió baja, casi un hilo—, pero mantengo la mía de igual forma. Sé que el espécimen hará todo lo que esté a su alcance para mantenerlo a salvo, pero prefiero esperar a que todo esto termine para contárselo.

Rise se encogió de hombros con la facilidad de quien ya esperaba esa respuesta.

—Cómo quieras, mamá —dijo, burlón—. Entonces, ya que se lo seguirás ocultando…

Solté un gruñido exasperado, sintiendo al mismo tiempo una punzada extraña al escucharlo llamarme algo que, en realidad, nunca tuve.

—No delegaré el operativo —hablé de inmediato, con un tono que no admitía réplica alguna.

—Por más que te lo quisiera pedir, primero, nunca lo harías. Segundo, levantar sospechas es justo lo que quieres evitar —señaló sin apuro—. Así que no, preciosa, eso no está en la lista.

—¿Hay una lista? —gemí, dejando caer la cabeza entre mis manos.

Él se rió con ganas y continuó.

—Vas a empezar a comer conmigo. Quiero estar al tanto de tu dieta, porque se me hace que eso de que allanes la cocina en busca de aperitivos nocturnos para no llamar la atención es estúpido. Mucho más ahora que Rush está al tanto de tu nueva “renovación” de menú —tardé un par de segundos en tararear una respuesta afirmativa—. Cualquier dolor, sensación o malestar que te parezca extraño, me lo dirás. Así sea un simple calambre, no me importa.

—Rise —volví a gemir sin siquiera mirarlo—. Estás actuando como un psicópata. Ni siquiera Justine me ha pedido algo así. ¿Qué más quieres? ¿Qué te avise cuándo y cómo voy al baño?

—Son precauciones, Bells, y tomar más nunca está de más —replicó con naturalidad antes de seguir con su bendita lista—. Ahora, cualquier examen que tengas que hacerte, sea de rutina o imprevisto, quiero estar ahí. Dios sabe cuánto tiempo se lo ocultarás a Rush, y por mucho que te sientas satisfecha con Jus, también quiero estar presente. Soy el tío, al fin y al cabo.

Levanté la cabeza. Al mirarlo, tenía esa sonrisa bonita y relajada que siempre me gustaba verle, además de una mirada de orgullo que, si era por ser parte de mi secreto, iba a dejarle ver a mi bebé todas las veces que pudiera con tal de mantenerla intacta.

—Eres el tío —aseguré, devolviéndole la sonrisa.

Rise movió la mano hacia mi vientre, pasándola de la manera más delicada posible y sin despegar su vista de mí, afirmó con seguridad:

—Seré el mejor tío que tendrá en toda su vida.

—Tienes dos hermanos más con los cuales también tendrás que compartir, así que creo que tienes que pelear ese puesto, amigo —bromeé.

Se encogió de hombros, restándole importancia.

—Eso es lo de menos. Él querrá estar conmigo todo el tiempo —me guiñó un ojo—. Ya lo verás.

Enarqué una ceja y solté a reír.

—¿Él? —repetí—. ¿Asumes que será niño?

—Asumo no. Sé que será niño.

—¿Y qué más? ¿Ya le tienes un nombre también? —reí.

Fue su turno de alzar una ceja.

—¿Acaso no me conoces?

Sacudí la cabeza, divertida. Claro. Dejé caer la espalda en el respaldo de la cama, acomodándome lo mejor posible. Repasar los planos podía esperar unos minutos más. Esto era más entretenido.

—A ver. Deslúmbrame.

Rise se acomodó junto a mí sin despegar la mano de, al parecer, su nuevo lugar favorito.

—River. River Massey Ross.

River. La verdad, no sonaba tan mal, sin embargo…

—¿Siguiendo con la tradición de mantener a todos los hombres Massey con “R”?

—¿Por qué no puedes aceptar que es un buen nombre y callarte la boca? —replicó en respuesta, haciendo un mohín.

Volví a reír.

—Eso no vas a pelearlo conmigo. Te toca pelearlo con Rush. Estoy bastante segura que él querrá elegir el nombre.

—Pff. El muy bastardo va a disfrutar el nombre tanto cómo yo en cuanto le decidas decir —coloqué los ojos en blanco, divertida por su confianza—. Pero, ¿tú qué opinas? Te gusta, ¿verdad? —esos ojos rebosantes de felicidad auténtica me dieron mil años de vida, por lo que lo único que hice fue asentir de inmediato. Rise deslizó una sonrisa hermosa por ese estúpido y perfecto rostro—. Lo sabía. Tengo un don para elegir nombres.

Puse mi mano sobre la suya únicamente por costumbre. Me había acostumbrado a mantener la mano contra mi vientre desde el día en que cambié de opinión, cuando no me encontraba rodeada de personas. A veces, según Justine, incluso lo hacía de manera inconsciente cuando estaba en su presencia.

—Soy partidaria de que será una “ella” en vez de un “él”, pero el nombre está bonito.

Eso llamó su atención.

—Una “ella”, ¿eh? —apenada, sonreí y asentí—. ¿Tienes un nombre bajo la manga, entonces?

—¿Cherv’ cuenta cómo un nombre? —pregunté antes de romper en carcajadas al verlo abrir los ojos con horror.

—¿Qué? —musitó, estupefacto.

—Cálmate —suspiré entre risas—. Por mi cabeza no ha pasado ningún tipo de nombre para ninguno de los dos sexos, Rise.

—¿Y es por eso que tu mejor forma de llamarlo mientras tanto es “lombriz”? —cuestionó, incrédulo—. Miles de apodos, Bells, y tú tenías que elegir tal…

—Es que cada vez que decide hacer acto de presencia termino en el baño, dejando todo en el inodoro —intenté defenderme—. Y para serte honesta, me debatía entre decirle “muravey” o “cherv’”, pero el segundo tomó la delantera cuando cherv’ no me dejó comer un delicioso desayuno a base de huevo y tocino.

—Eres increíble —negó con la cabeza.

Revoloteé las pestañas en su dirección de manera inocente.

—Siempre —levanté la mano y alcé cinco dedos—. Entonces, ¿terminaste con tu lista? Hasta ahora tenemos: llamarte hasta por si estornudo, contarte mis travesías en el baño, tenerte presente en mis exámenes, y comer contigo porque quieres ser mi águila personal —enumeré, bajando un dedo por cada punto—. ¿Algo más que le quieras añadir o eso es todo?

Me dio un golpe juguetón en el brazo antes de adoptar esa mirada seria que cualquier hermano mayor sabe dar. De repente, me sentí como una adolescente de nuevo, esperando un sermón de Harrison por algo que hice mal.

—Nada de entrenamientos rigurosos, nada de saltarte comidas, nada de estrés y, por Dios, nada de anteponerte por sobre cualquier persona, Bells. En el momento que me entere que te pasaste por el culo cualquiera de estas mierdas, le diré todo a Rush —su mirada se endureció, enviando un escalofrío por mi columna. Iba en serio—. Todo, ¿me entiendes?

—Sí, capitán —respondí con un gesto militar. Él no tardó en despeinarme sin un ápice de gracia, atrayendo todo mi cabello hacia adelante, haciéndome cosquillas en la nariz—. ¡Rise! —me quejé, lanzando golpes al aire.

—Eres irritante, ¿sí lo sabes? —continuó despeinándome.

—Vete a la mierda —solté entre risas, justo cuando su queja se hizo audible tras el codazo que aterricé en su estómago.

—¿Nunca te han dicho que…?

La puerta de la habitación se abrió de golpe, cortando su frase. Rush se quedó en el umbral, apoyado en el marco con los brazos cruzados. Al notar nuestra pequeña reunión a altas horas de la noche, alzó las comisuras de su boca en una sonrisa leve.

Su sola presencia hizo que la humedad en mis partes bajas hiciera estragos en mis bragas al instante en que ese par de tormentas se fijaron en mí, robándome el aliento de un golpe.

Estaba al tanto de que eran mis hormonas reaccionando, tomando control de mi cuerpo, pero aún así…

«Gracias, Dios, por bendecirme con un hombre así, joder».

—Princesa —saludó con voz ronca.

Mierda.

¿En qué momento su voz se había vuelto tan grave? Balbuceé un saludo decente cuando sentí el pequeño golpe de Rise en mis costillas.

La sonrisa de mi espécimen se ensanchó, mostrando esos dientes blancos y bonitos que se cargaba, y apartó sus ojos de mí para mirar a su hermano con curiosidad.

—Creí que dijiste que estarías en la sala de control con Riden.

—Creí que no salías de tu oficina hasta las tres —replicó el mayor de los Massey con una sonrisa.

El espécimen volvió a mirarme, esta vez con más hambre de la que quería reconocer. Su mirada me recorrió de arriba abajo, sacudiendo la poca cordura que me quedaba. Lo único que quería en estos momentos era saltarle encima y devorarlo a besos hasta que no quedara nada de él.

—Si quieren que me vaya solo tienen que decirlo —masculló Rise, sonando asqueado.

—Captar la indirecta dejó de ser lo tuyo —dijo Rush, despegándose del marco.

Rise resopló, se levantó de la cama, me dejó un beso rápido en la frente y salió de la habitación, no sin antes propinarle un sonoro golpe en el brazo a su hermano.

—Imbécil —espetó antes de cerrar la puerta tras de sí.

Apenas nos quedamos solos, me costó horrores no sucumbir al impulso de saltar de la cama y devorarlo a besos. Apreté los puños sobre las sábanas y forcé a mi cerebro a funcionar.

—¿Cómo te fue con Kaela? —pregunté, aferrándome al escaso autocontrol que me quedaba, esforzándome por sonar casual.

Rush se quitó los zapatos, dedicándome un guiño antes de entrometerse en el baño.

—Aún respira —fue todo lo que dijo.

Y, joder, no sabía si quería matarlo o comérmelo vivo.

Tuve unos minutos para intentar recuperar el aliento, aunque mis hormonas lo hicieron más difícil de lo normal. Quería acostarme y procesar el desastre que había sido el día, pero terminé distrayéndome con otra cosa, como siempre. Esta vez, con la necesidad de apretar las piernas con fuerza porque las ganas de saltarle encima al espécimen no eran ni medio normales.

Suspiré y deslicé las manos sobre mi vientre.

El bebé y yo estábamos a nada de tener una conversación importante. Y supuse que él lo sabía, porque ni siquiera me provocó el antojo de arándanos cuando decidí hablar.

—Al momento en que descubra que tienes pene en lugar de una vagina, juro por Dios que quien te dará la “charla” seré yo, cherv’, no tu papá —musité, lo más bajo posible, aunque la ducha encendida seguía de fondo—. Estoy muy segura de que serás tan promiscuo como él… y como tus tíos, si llegas a salir con tales genes. Y como ya estoy consciente de eso, sé que tu padre no te dirá que, si dejas embarazada a cualquier persona con aparato reproductor femenino antes de los veintiséis, procederé a cortarte la verga que te cargarás.

Iba a añadir un par de advertencias más, pero cualquier pensamiento coherente murió en el instante en que Rush salió del baño.

Solo una toalla cubría su cadera, y las gotas de agua aún resbalaban por su piel, resaltando cada jodido músculo de su cuerpo.

El cuarto se sumió en un silencio denso, cargado de tensión sexual que traspasaba los niveles decentes de excitación. Y él lo sabía. Por supuesto que lo sabía. Por eso se paseaba con lentitud asesina, dándome todo el tiempo del mundo para devorarlo con la mirada.

Cuando se giró hacia el clóset para buscar algo, solté un jadeo.

Él no había hecho eso.

Él en definitiva no había hecho eso.

Mi cerebro tenía que estar imaginándolo. Porque él no…

Joder.

¿Qué clase de panorama era ese, Dios mío?

Debía ser ilegal tener un cuerpo así. Los músculos esculpidos, las gotas de agua deslizándose de forma insultante, los tatuajes con las cicatrices aún visibles del infierno que había pasado que acentuaban ese maldito aire de voy a hacer que disfrutes la mejor cogida de tu vida y lo hacían ver aún más peligroso, apetecible y, Jesús Bendito, follable.

Pero lo peor de todo… lo peor de todo fue su maldito culo al aire.

—Rush —advertí, sin reconocer mi propia voz.

—Fue la gravedad —rió entre dientes, recogiendo y ajustándose la toalla sin voltearse.

Gravedad y una mierda.

Salté de la cama.

Quizás lo vio venir, quizás no. No me importó.

Todo mi enfoque se centró en cómo sus ojos plateados se oscurecieron en el instante en que su glande golpeó mi garganta, seguido del siseo entrecortado que soltó cuando lo chupé de nuevo. Mi vagina disfrutó cada cosa.

—Me estaba preguntando qué tantos incentivos tenía que darte, princesa —gruñó, enredando su puño en mi cabello para controlar el ritmo—. No tienes idea de lo mucho que me gusta tenerte así.

Si hubiese podido hablar, le habría dicho que no más de lo que me gustaba a mí estar así. Pero la manera en que aceleró de repente me arrancó un gemido, y desconectó mi cerebro de absolutamente todo que no fuera ese hombre embistiendo mi boca como si su vida dependiera de ello mientras sus propios jadeos hicieron estragos lo poco que quedaba de mi autocontrol.

«Dios, ¿ya te había dado las gracias por bendecirme con un hombre así, no?».

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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