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Acero y Aflicción: El Ascenso del Rey Mercenario - Capítulo 448

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Capítulo 448: La tierra del Templo

Durante una semana entera, Roberto caminó entre el pequeño grupo de sacerdotes y discípulos, sus pesadas botas pisando los mismos caminos de tierra que ellos. Él, un señor con tierras y un castillo, andaba como si todavía fuese un simple caballero, un viajero más que iba de aldea en aldea sin más equipaje que el peso de su propia armadura y el camino que se extendía ante él.

Su hijo le había ofrecido guardias en numerosas ocasiones. Después de todo, ahora tenían vasallos, hombres que habían jurado lealtad a su familia, listos para cabalgar a una orden suya. Pero Roberto se negaba. Siempre se negaba. No podía verse a sí mismo como un señor, no de verdad. Un hombre como él, un hombre fracasado… ¿qué derecho tenía a dar órdenes a otros, un poder que solo había obtenido mediante una vergonzosa traición?

Y así, viajaba como lo había hecho en su juventud junto a su padre. Su armadura, vieja pero bien cuidada, se ceñía a su cuerpo con la familiaridad de una segunda piel. A un costado, una espada corta pendía de su vaina, con el filo aguzado y la empuñadura gastada por años de uso. Una maza descansaba sobre su cadera. Y, al alcance de la mano, llevaba su misericordia: una pequeña daga, fina y puntiaguda, con una hoja lo bastante delgada como para colarse por las aberturas de cualquier armadura y ofrecer un rápido final cuando el campo de batalla lo exigía.

Sin embargo, a pesar de tener caballo, caminaba igual que ellos, renunciando al privilegio de cabalgar mientras el resto del grupo avanzaba a pie.

El sacerdote había sonreído al ver a Roberto acompasar su paso al de ellos, sin decir nada, pero visiblemente complacido.

Mientras viajaban juntos, Elios se encargó de conversar con Roberto, llenando los silenciosos trechos del camino con historias de la tierra donde se habían asentado. Habló de las aldeas bajo la protección del templo: lugares sencillos, donde la gente trabajaba la tierra con manos encallecidas y vivía al ritmo de los ciclos de las estaciones. El templo no se limitaba a ofrecerles guía espiritual, sino que proporcionaba ayuda en lo que podía, asegurándose de que ningún niño pasara hambre, de que los enfermos recibieran cuidados y de que los fatigados tuvieran un lugar donde descansar.

Pero sus esfuerzos no se detenían en su propio rebaño. Elios explicó que la misión del templo se extendía más allá de su alcance inmediato, ayudando incluso a quienes estaban fuera de su protección. Ya fuese mediante la caridad, la mediación o simplemente ofreciendo cobijo a los necesitados, no le daban la espalda a nadie que buscara su ayuda.

Pero no todas las dificultades podían afrontarse solo con bondad.

Aunque Elios había encontrado las tierras del sur del principado sorprendentemente libres de bandidos, no podía decirse lo mismo del norte. Allí, los caminos eran mucho menos seguros y el imperio de la ley flaqueaba ante hombres desesperados que habían recurrido al bandolerismo. El templo, junto a quienes estaban dispuestos a ayudarlos, se había impuesto la misión de erradicar estos peligros. Habían invertido gran parte de su tiempo y recursos en acabar con la amenaza, ya fuese mediante la diplomacia, ofreciéndoles a esos hombres un camino diferente, o, cuando todo lo demás fallaba, mediante la fuerza.

Era una tarea de nunca acabar, una que ponía a prueba tanto la fe como el acero. Pero Elios hablaba de ella con una sosegada determinación, como si no fuese más que otro deber que los dioses les habían encomendado. Una tarea que debía cumplirse, sin importar el tiempo que llevara.

Tras una semana completa de caminata, Roberto por fin contempló las llamadas tierras del templo. A primera vista, no parecían distintas de cualquier otro asentamiento: sencillas casas de madera con techos de paja que salpicaban el paisaje, enclavadas entre campos donde los campesinos se afanaban bajo el sol de la tarde.

Sin embargo, en el corazón de todo aquello, irguiéndose más alto que ninguna otra estructura, estaba el templo. No era una construcción opulenta, no como las grandes catedrales de la capital, pero poseía una serena dignidad.

A juzgar por la gran cantidad de casas y el bullicio de la gente, calculó que allí no vivían más de mil novecientos campesinos; quizá algunos más, pero no muchos. Era más grande que tres aldeas juntas, pero sin llegar a ser un pueblo.

Elios, que caminaba a su lado, hizo un gesto hacia las tierras que tenían delante. —Aquí es donde nos asentamos —dijo, con una nota de orgullo en la voz—. Pero no estamos solos. Muchas aldeas han solicitado nuestra protección: lugares dispersos, unos más lejanos que otros, pero todos bajo la atenta mirada del templo.

A medida que se adentraban en el asentamiento, la gente se percataba de su presencia. Daba igual que fuesen humildes campesinos con las manos manchadas de tierra u hombres con acero ceñido a la cintura; todos y cada uno, al ver a Elios, hacían una profunda reverencia. Algunos se llevaban la mano al corazón con devoción, otros susurraban plegarias en voz baja.

Roberto los observó, frunciendo ligeramente el ceño.

Había cientos de ellos, dispersos por todo el asentamiento. No portaban el estandarte de ningún señor, pero se movían con disciplina. Ni sus armaduras ni sus armas eran uniformes.

Mientras Roberto atravesaba el asentamiento, su mirada recorrió una vez más a los hombres armados, cuya presencia le carcomía los pensamientos. Se volvió hacia Elios y, con voz baja pero firme, le habló.

—¿Por qué hay tantos hombres armados? —preguntó.

—¿Nunca has oído hablar de nosotros? —preguntó Elios mientras se giraba hacia Roberto.

La respuesta fue una negativa con la cabeza.

Elios soltó una risita, aunque sin rastro de humor. —Venimos del Imperio, Roberto. Yo antes no era más que un sacerdote errante, un hombre sencillo que no llevaba consigo más que las palabras de los dioses. Iba de aldea en aldea ofreciendo plegarias, celebrando misa donde no había templo, hablando con quienes quisieran escuchar. Y rezando por los enfermos.

Roberto lo observó atentamente, sin decir nada, esperando a que continuara.

—Al principio estaba solo —prosiguió Elios—. Pero entonces, con el paso de los días, algunos decidieron seguirme. Un granjero por aquí, un artesano por allá. No solo deseaban escuchar, deseaban actuar. —Su expresión se volvió distante, como si recordara algo a la vez entrañable y doloroso—. Empezó poco a poco. Celebrábamos misa, pero también ayudábamos a reconstruir las casas derribadas por las tormentas, labrábamos los campos de las viudas, atendíamos a los enfermos. La gente empezó a contar con nosotros, no solo para recibir guía, sino también ayuda.

Hizo una pausa y miró a Roberto. —Y entonces, llegaron más. No solo los pobres, no solo los necesitados, sino hombres que sabían luchar. Algunos eran antiguos soldados, otros simplemente hombres cansados de ver cómo los bandidos quemaban sus hogares y masacraban a sus familias. Ofrecieron sus espadas y, con el tiempo…, las aceptamos.

—Se convirtieron en algo más que simples sacerdotes, entonces —dijo Roberto, enarcando una ceja.

Elios suspiró. —Hicimos lo necesario. El bandolerismo es una plaga que se extiende allá donde los señores se vuelven indiferentes y los caminos quedan desprotegidos. Lo intentamos, Roberto… intentamos que vieran la luz, que abandonaran ese camino. Algunos escucharon. La mayoría, no. —Su voz era ahora más queda, teñida de una mezcla de arrepentimiento y determinación—. Y cuando se negaron a cambiar, cuando siguieron eligiendo cebarse con los débiles… derramamos sangre. Más veces de las que me habría gustado.

Roberto lo estudió con la mirada, notando el peso de sus palabras. Había conocido a muchos hombres que mataban y hablaban de ello a la ligera, como si fuese algo tan natural como respirar. Elios no era uno de ellos. Cargaba con ese peso, aunque lo creyera necesario.

Roberto exhaló bruscamente, negando con la cabeza. —Así que se convirtieron en verdugos.

Elios le sostuvo la mirada, inquebrantable. —Nos convertimos en pastores. Y a veces, un pastor debe ahuyentar a los lobos para proteger a las ovejas. Hay mucho mal en el mundo, Roberto. Se enquista en las sombras, en los rincones olvidados de la tierra, donde nadie se atreve a mirar. Pero es nuestro deber detenerlo: llevar la luz donde hay oscuridad.

Mientras hablaba, el sonido de unos pasos que se acercaban atrajo su atención. Un hombre con armadura avanzó hacia ellos con paso firme, aunque denotaba el cansancio de un largo viaje. Su cota de malla estaba cubierta con la mugre del camino y su espada descansaba a un costado, con la empuñadura gastada por el uso. Se detuvo ante Elios e inclinó la cabeza en señal de respeto.

El rostro de Elios se iluminó con una cálida sonrisa. —Ah, ser Joshen —dijo, llamándolo por su nombre—. Ha pasado un tiempo. ¿Cómo estáis?

Joshen se enderezó, dedicándole a su vez una leve sonrisa. —Me va tan bien como es posible en estos tiempos, Padre —dijo, y después ladeó un poco la cabeza—. ¿Qué tal fue vuestra reunión con la princesa?

La sonrisa de Elios se ensanchó. —Muy bien. Vamos a organizar a un predicador para que construya un templo en el sur e instruya a los infieles en los caminos de los dioses. Es un gran paso adelante.

Joshen asintió, pero no parecía del todo tranquilo. Su sonrisa estaba teñida de pesar. —Bien —dijo, aunque su tono albergaba un cansancio más profundo que el del mero viaje—. Nos vendrían bien buenas noticias. Estas tierras están infestadas de bandidos. Hemos estado marchando día y noche, persiguiendo sombras en los bosques, pero siempre hay otra guarida, otra manada de lobos esperando en la oscuridad.

Mientras hablaba, desvió la mirada y la posó en Roberto. Sus ojos recorrieron la armadura del hombre, fijándose en el acero desgastado, las armas que portaba a un lado y su porte. Joshen frunció levemente el ceño y Elios, al darse cuenta de su omisión, soltó una risita.

—Ah, todavía no os lo he presentado —dijo el sacerdote. Se volvió hacia Roberto e hizo un gesto en su dirección—. Este es Roberto. Es… —Elios hizo una brevísima pausa y después continuó—… alguien que busca guía.

Joshen estudió a Roberto un momento más, entrecerrando los ojos mientras se fijaba en la armadura de caballero. —Como todos los que estamos aquí, Padre.

—Sois un caballero, ¿verdad? —preguntó finalmente, aunque sonó más a afirmación que a pregunta.

Roberto asintió una vez.

Joshen exhaló y su expresión se tornó reflexiva. —Entonces, tal vez estaríais dispuesto a ayudar a las ovejas eliminando a los lobos —dijo—. Nos ha llegado información de otro campamento en las profundidades del bosque. Un bastión de bandidos. Partiremos en unos días, cuando nuestros hombres hayan descansado y hayamos reabastecido nuestras provisiones. Otra cacería, otra purga.

Roberto volvió su mirada hacia Elios, con expresión pensativa. A su alrededor, el asentamiento bullía de propósito. En los campos, hombres y mujeres se afanaban bajo el sol, con las manos encallecidas por el trabajo, pero firmes en la certeza de que su labor sustentaba al rebaño. A lo lejos, hombres armados montaban guardia, su presencia era una silenciosa promesa de protección. Cada persona tenía una función, cada cual desempeñaba su papel en algo más grande que ellos mismos.

—Aquí todo el mundo hace algo —dijo Roberto al fin—. Los campesinos labran la tierra y traen comida a la mesa. Los hombres armados los protegen, asegurándose de que no les roben el fruto de su trabajo y de que sus vidas no sean arrebatadas por bandidos o cosas peores. —Exhaló y bajó la vista hacia sus propias manos; unas manos que se habían pasado la vida empuñando armas, quitando vidas—. Cada uno es un trabajo noble… si se hace por los motivos correctos.

Elios le dedicó una sonrisa cómplice y asintió con suavidad. —Yo solo puedo ponerte en el camino, Roberto, ya que has venido en busca de guía —dijo con voz cálida y comprensiva—. Pero eres tú quien debe recorrerlo.

Por un momento, Roberto no dijo nada. Dejó que las palabras calaran en su interior, que su peso presionara contra el vacío de su pecho. Entonces, lentamente, se giró hacia Joshen.

—Estoy dispuesto a ayudar —dijo—. Ha pasado un tiempo desde que usé la espada.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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