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Acero y Aflicción: El Ascenso del Rey Mercenario - Capítulo 462

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Capítulo 462: Fervor religioso

Una carreta chirriaba por el camino desigual del asentamiento, su gastada estructura de madera gemía con cada pequeña piedra que se topaba con sus ruedas. El único caballo que tiraba de ella avanzaba con paso cansino, indiferente a la carga que llevaba. Pero no había sacos de grano ni cajones de mercancías destinados a la plaza del templo, solo el peso gélido de un cuerpo sin vida, expuesto a la intemperie.

Roberto sintió un nudo en el estómago en el instante en que sus ojos se posaron en el cadáver. El aliento que no se había dado cuenta de que estaba conteniendo se le escapó en una exhalación lenta e intranquila. Conocía esa cara

Hacía poco menos de dos semanas, ese hombre había salido por las puertas del templo, vivo y de una pieza, ataviado con el hábito de los devotos, listo para predicar la buena fe a los nuevos pueblos que entraban en el principado.

Y ahora, allí estaba, tendido como un despojo.

Su piel había perdido todo rastro de calor, tornándose del gris pálido y exangüe de una piedra antigua, jaspeada con manchas moradas y de un azul enfermizo allí donde la sangre se había estancado. Tenía los labios ligeramente entreabiertos, congelados en una expresión que podría haber sido de sorpresa, de dolor, o quizá incluso una última súplica inaudible. La palidez drenaba cualquier vestigio de su humanidad, como si la muerte lo hubiera esculpido hasta convertirlo en algo antinatural, algo anómalo.

El cuerpo yacía yerto sobre la madera desnuda de la carreta, rebotando levemente con cada bache y piedra del camino desigual. Sus brazos, antes consagrados a la oración, estaban extendidos en una postura extraña, con los dedos semicerrados como si intentaran aferrar algo que jamás alcanzarían.

Los colores vivos se habían apagado; las finas costuras, deshilachado.

Un fino reguero de sangre seca se había encostrado bajo su nariz, resaltando contra la palidez cenicienta de su rostro. Un tajo, profundo e irregular, le partía un lado del cráneo cerca de la sien, dejando al descubierto sangre oscura y coagulada y fragmentos de hueso astillado. Las moscas zumbaban con avidez alrededor de la herida, atraídas por el hedor nauseabundo a putrefacción que ni el fresco aire de la mañana podía disimular.

Quienquiera que hubiese hecho esto no se había conformado con una simple muerte: lo habían apaleado, destrozado, como si hubieran querido borrar todo rastro del hombre que fue. Tenía una cuenca ocular hundida, reventada por un golpe brutal, mientras que el otro ojo apenas era visible bajo la hinchazón y los profundos tajos irregulares que le surcaban la mejilla y la frente. Le habían roto la nariz por varias partes, dejándola torcida de forma antinatural, y tenía los labios partidos e hinchados, cubiertos por una costra de sangre seca.

Unas suturas gruesas y desiguales le surcaban el rostro, uniendo los colgajos de piel en una burda imitación de lo que una vez fue un hombre; la única merced concedida por quienquiera que se ocupó del cadáver.

Roberto apretó los puños a los costados. Esto no era solo una muerte; era una declaración.

Y si ese era el caso, estaban perdidos.

En el instante en que la carreta se detuvo, un murmullo de horror recorrió a los campesinos congregados. Algunos ahogaron un grito, otros retrocedieron, cubriéndose los ojos como si la mera visión del cadáver mutilado pudiera mancillar sus almas. Una mujer apretó la cabeza de su hijo contra el pecho para que no viera, mientras un anciano hacía la señal de protección, moviendo los labios en una plegaria apresurada y silenciosa. El hedor a muerte se aferraba al aire, denso y pútrido, y por cada persona que se quedaba a mirar con morbo, el doble se apartaba con el rostro pálido de asco.

Roberto los observó con atención, los labios apretados en una fina línea. Comprendía por qué lo habían hecho, por qué habían dejado el cuerpo al descubierto, expuesto para que todos lo vieran. Una simple capa sobre el cadáver habría ahorrado a los aldeanos este horror, habría amortiguado el golpe. Pero esa era precisamente la cuestión. Quienquiera que hubiese organizado esto quería provocar repulsión. Quería provocar ira. Quería que la imagen del cuerpo destrozado del sacerdote se grabara a fuego en la mente de aquella gente, para convertir el asco en furia.

Le temblaron ligeramente las manos al exhalar, mientras se apartaba de la multitud en dirección al templo. No sabía por qué se dirigía hacia allí; quizá por instinto, quizá por miedo, o quizá por una parte insensata de sí mismo que creía que aún podía detener lo que estaba por venir.

Pero sí sabía lo que vendría después.

Esto era una chispa, y se temía que el hombre que una vez se lo había arrebatado todo volviera a hacerlo.

Porque si esto llevaba a la guerra —si de verdad se convertía en la tormenta de fuego que temía—, no sería la Corona la que resultaría derrotada.

Mientras caminaba, su mirada recorrió las casas familiares que flanqueaban el camino, hogares por los que había pasado incontables veces. Pero en su imaginación, las vio como habían sido antaño: devoradas por las llamas, con los tejados hundiéndose bajo el peso del fuego y el humo.

Podía oír los gritos de nuevo, los mismos lamentos desesperados que una vez resonaron por las calles. La gente —aquellos que se habían reunido en el templo para oír los sermones del Padre Elios, los que habían rezado con las manos entrelazadas y una fe susurrada— ahora corría presa del pánico, sollozando, suplicando, desbandándose como ganado asustado.

Y entre ellos, cabalgando entre risas crueles y con las lanzas relucientes a la luz del fuego, estaban los jinetes del Sabueso de la Corona. Podía verlos en su mente con la misma claridad que si estuvieran allí, ante él: sus armaduras destellando, sus lanzas atravesando la carne, cada golpe asestado con una diversión despreocupada y temeraria. Habían convertido la masacre en un juego, compitiendo entre sí para ver quién conseguía la muerte más limpia.

Roberto tragó con dificultad, con la garganta seca, mientras el recuerdo se le ceñía al cuello como una soga.

Ya lo había visto todo antes. Lo había sobrevivido.

Y ahora, aquí, en este lugar que por fin se había atrevido a llamar hogar, temía que todo volviera a repetirse.

Había sido un camino largo y terrible para llegar hasta aquí. Un camino pavimentado de dolor, ira y un vacío paralizante que una vez amenazó con devorarlo por completo. Pero después de todo, había encontrado algo… algo precioso, algo frágil.

Paz.

Por primera vez en años, se había despertado sin el escozor de la bebida nublándole la mente, sin el dolor sordo de las malas decisiones de la noche anterior pesándole en el cuerpo. Sus manos, que antaño temblaban por la abstinencia y la pena, ahora estaban firmes. Cada mañana, no se había levantado con arrepentimiento, sino con claridad. Con un propósito.

Había sido feliz.

Y que le condenasen si permitía que todo se le escurriera de nuevo entre los dedos.

Roberto avanzó hacia el templo con paso resuelto y la mente acelerada. El denso aroma del incienso encendido se mezclaba con el leve y persistente hedor del cadáver que habían paseado por las calles. Al acercarse, su afilada mirada se posó en el Padre Elios, que aguardaba a la entrada del templo, con la túnica impoluta a pesar de la conmoción que se había cernido sobre el asentamiento.

Elios le sostuvo la mirada con una calma inquietante, con una expresión serena pero lastrada por algo profundo e indescifrable.

«¿Será posible?», pensó Roberto, mientras un ápice de sospecha le tensaba la mandíbula.

Elios exhaló suavemente. —Es un día triste, amigo mío —dijo, con la voz afable pero cargada de pesar—. El Hermano Vrostinio yace muerto, un mártir, asesinado a manos de los infieles. —Sus palabras eran mesuradas, pero su dolor parecía genuino; tenía los ojos anegados en luto y las manos unidas en silenciosa reverencia.

Roberto dio un paso adelante, acortando la distancia entre ellos, con un tono teñido de una impaciencia creciente. —¿Desde cuándo lo sabes? —preguntó, con la mirada penetrante.

Elios no vaciló. —Al mismo tiempo que los demás: cuando el cuerpo entró en el asentamiento.

Mentira.

Roberto estudió el rostro del sacerdote, buscando cualquier fisura en la máscara de aflicción, cualquier tic que lo delatara.

—No te creo.

Elios parpadeó, su rostro todavía indescifrable.

Roberto dio otro paso, acercándose más y bajando la voz, aunque cada palabra cortaba como un cuchillo. —Los encargados de los muertos habrían cubierto el cuerpo, lo habrían ocultado a los ojos de la gente. En lugar de eso, fue exhibido, paseado por las calles como un espectáculo. —Sus ojos oscuros se entrecerraron—. Estaba hecho para que lo vieran. Para avivar la furia

El silencio entre ellos se hizo más denso, con el peso de las verdades no dichas cerniéndose en el aire como una tormenta en el horizonte.

La voz de Roberto era más queda esta vez, pero no cabía duda del acero que contenía. —Me han mentido muchas veces. Y aun así, jamás habría pensado que me menospreciarías de esta manera…

»Te lo preguntaré una sola vez más. ¿Desde cuándo lo sabías?

Elios suspiró, y el peso de la acusación de Roberto se posó sobre sus hombros como un yugo. Se rozó el colgante de plata de su fe con los dedos y, por primera vez, su calma flaqueó; no por culpa, sino por pesar.

—Esto es lo que Vrostinio habría querido —dijo al fin, con la voz cargada de convicción—. Murió en agonía, sufriendo a manos de los infieles, y el mundo debe verlo. Deben saber el dolor que soportó en sus últimos momentos… como un mártir.

La tristeza en su rostro era innegable. No era la congoja de un hombre atrapado en un engaño, sino la de alguien que creía haber hecho lo necesario, sin importar el coste.

Los labios de Roberto se curvaron en una amarga sonrisa, mientras el pecho se le oprimía de furia y decepción. —Fuera lo que fuese que querías que la gente sintiera —dijo, con la voz baja y tensa—, lo has conseguido.

Apretó los puños a los costados. —Vine aquí buscando paz —continuó, acercándose más, con la respiración entrecortada por la ira—. Y, sin embargo, tú…, tú…, has traído la guerra sobre nosotros por voluntad propia.

Le escrutó el rostro a Elios, desesperado por una respuesta, por alguna justificación que diera sentido a la ruina que había desatado. —¿Por qué? —exigió—. ¿Por qué razón lo has hecho?

Elios le sostuvo la mirada, pero no respondió.

Roberto negó con la cabeza, y su ira dio paso a algo peor: la traición. —Confié en ti —dijo, con la voz rota por el peso de sus palabras—. Confié en que me mostrarías un nuevo camino, en que me enseñarías cómo seguir adelante. —Sus ojos se ensombrecieron—. ¿También eso fue mentira?

Hizo un gesto hacia la plaza, hacia los susurros de la multitud y las brasas latentes de indignación que empezaban a arder en sus corazones. Su voz temblaba, no de miedo, sino de incredulidad.

—Predicas la bondad por la mañana solo para enviar a tu rebaño al matadero por la noche. ¿Por qué, Elios? —Su voz se redujo a un susurro, suplicante y furioso a la vez—. ¿Por qué querrías que murieran? He visto lo que trae la guerra y pensé que tú también. Por lo visto, me equivocaba.

El templo estaba en silencio.

El aire se sentía pesado, como si los propios muros contuvieran la respiración, esperando. La luz parpadeante de las velas proyectaba largas sombras que se extendían por el suelo de piedra como testigos silenciosos de lo que estaba ocurriendo. Y en ese silencio, Elios sintió el peso de una única e ininterrumpida mirada.

Los ojos de Roberto se clavaban en él, exigiendo una respuesta, una razón; algo que pudiera justificar la tormenta que estaba a punto de desatarse.

Elios habló por fin, con la voz tranquila pero cargada de algo más profundo, algo antiguo. —He estado en el camino durante mucho tiempo —dijo, con la mirada distante, como si viera más allá de los muros del templo, más allá del presente, hacia recuerdos que hacía tiempo se habían solidificado en verdades.

—A dondequiera que iba, veía lo mismo. Pobreza. Miseria. —Dejó escapar un lento suspiro, como si exhalara el peso de todo aquello—. Prediqué, recé, di lo poco que pude, pero nunca fue suficiente. Vi a niños morir de hambre, vi a hombres dejarse la espalda solo para morir endeudados. Vi a madres llorar sobre cunas vacías. —Su voz flaqueó, solo por un instante—. Y perdí la fe.

El ceño de Roberto se frunció, pero permaneció en silencio mientras Elios continuaba.

—Me pregunté: ¿cómo podían los dioses permitir esto? ¿Cómo podían ver sufrir a sus rebaños y no hacer nada? Y cuanto más lo pensaba, más me daba cuenta de que solo había dos respuestas posibles.

Dirigió su mirada a Roberto, afilada, inquebrantable. —O la humanidad fue creada para vivir en el dolor, o la humanidad causa su propio sufrimiento.

Una sonrisa amarga parpadeó en sus labios. —Y al final, quizá por autoprotección de la poca cordura que me quedaba en la vida, elegí creer en lo segundo.

Su voz se volvió más fuerte, más firme. —El problema no era el niño hambriento ni la madre moribunda. No era el mendigo en la calle ni el granjero que labraba la tierra hasta que sus manos sangraban. —Sus dedos se cerraron en un puño—. El problema eran los que estaban por encima de ellos. Los que los gobernaban. Los nobles. Los señores.

Ahora sus ojos ardían de convicción, ya no distantes, sino fijos en los de Roberto. —Ellos son los arquitectos del sufrimiento. Y mientras sigan sentados en sus palacios, nada cambiará jamás.

Elios exhaló, sus dedos se tensaron brevemente a los costados antes de volver a hablar. Su voz era firme, mesurada, pero bajo ella yacía algo más profundo, algo que había hervido a fuego lento durante años antes de finalmente desbordarse.

—Llegué a creer que la fuente de la mayor parte del dolor de este mundo —si no de todo— eran ellos —dijo, con los ojos oscuros e inquebrantables—. Impuestos que llevan a los hombres a la inanición, injusticias que aplastan al débil bajo las botas del fuerte, guerras que derraman sangre por razones que nunca explicarán a quienes deben librarlas… ¿Acaso no proviene todo de ellos?

Sus labios se curvaron, no en una sonrisa, sino en algo más frío. —Los primeros nobles, quizá, no eran así. Quizá, al principio, había honor, había deber. —Soltó una risa silenciosa, aunque no había humor en ella—. Pero el poder es un veneno. Se deterioraron. Perdieron su luz.

Miró las llamas parpadeantes de las velas del templo, el brillo dorado reflejándose en sus ojos. —Pero donde vi miseria, también vi otra cosa —continuó—. Vi templos. Vi fe. Vi a hombres y mujeres de la fe atendiendo a los enfermos, alimentando a los hambrientos, dando cobijo a los desterrados por los señores que decían gobernarlos.

Se volvió hacia Roberto, con expresión indescifrable. —Y fue entonces cuando lo comprendí —dijo en voz baja—. Si las cosas iban a cambiar, entonces quizá era hora de cambiar quién ostentaba el poder.

El aire en el templo se sentía cargado, pesado por el peso de sus palabras.

—Y al final —murmuró Elios, con voz casi reverente—, me di cuenta de que nosotros, los más cercanos a los dioses, los que dedicamos nuestra vida a su voluntad, deberíamos ser quienes gobernaran al rebaño común.

Siguió un largo silencio. Elios dejó que su mirada vagara por el templo, por los muros de piedra tallada y las velas parpadeantes.

—Los últimos veinte años de mi vida —dijo— los he dedicado a esta causa. Cada sermón, cada lección, cada paso que he dado ha sido hacia este objetivo.

Volvió a mirar a Roberto, y esta vez sí sonrió: una pequeña sonrisa cómplice, llena de un triunfo silencioso.

—Y ahora —susurró—, he llegado tan cerca… Mira a tu alrededor, Roberto. Estas tierras, esta gente… Mis templos son los únicos que los gobiernan ahora.

Elios exhaló lentamente, con la mirada distante, como si mirara más allá de los muros del templo, más allá del presente, más allá del hombre que tenía delante, hacia el futuro que imaginaba.

—Pero incluso ahora, todavía estamos atados —admitió, con voz más suave pero no menos resuelta—. El templo gobierna estas tierras, pero seguimos sujetos a una autoridad superior, una que todavía proyecta su sombra sobre nosotros, dictando los límites de lo que podemos llegar a ser.

Sus dedos se cerraron en un puño a su costado. —Eso debe cambiar. No podemos pretender gobernar si seguimos arrodillándonos ante otro. Me aseguraré de que rompamos esa cadena, de que seamos verdaderamente libres: un estado gobernado no por la codicia y la corrupción, sino por la fe, por la rectitud. Solo entonces podremos moldear el mundo como debería ser.

Roberto bajó la mirada, la pena pesando sobre él como pesadas cadenas.

Había esperado —realmente esperado— que Elios, el hombre al que había seguido, el hombre cuyas palabras una vez le habían dado consuelo, siguiera siendo el mismo.

Pero ahora, mirándolo fijamente, escuchando la convicción en su voz, comprendió la verdad.

Lentamente, alzó la mirada una vez más, encontrándose con los ojos de Elios con una tristeza más profunda de lo que las palabras podían expresar.

—Quizá —dijo, con la voz ronca—, fue mejor que Su Gracia ya hubiera fallecido.

La expresión de Elios vaciló, pero Roberto no se detuvo.

—Porque ahora, por primera vez, entiendo de verdad lo que habría sentido —lo que habría sufrido— si hubiera vivido para ver la profundidad de mi traición.

Roberto exhaló bruscamente, con la mandíbula tensa. Escudriñó el rostro de Elios, buscando la más mínima grieta en su convicción, pero no había ninguna.

Solo certeza: una certeza peligrosa e inquebrantable.

—Sea lo que sea que creas que saldrá de esta guerra —dijo finalmente Roberto, con voz mesurada pero teñida de advertencia—, te equivocas. No eres el primer hombre que cree tener la mano perfecta para jugar contra el Príncipe Bajo, solo para darse cuenta demasiado tarde de que su oponente estaba jugando una partida completamente diferente.

Elios permaneció en silencio, observándolo con la calma paciente de un hombre que ya había aceptado lo que pudiera venir. Roberto continuó, su tono agudizándose.

—Antes de ti, estuvo el Príncipe de Oizen. Cayó. —Roberto dio un paso más cerca, con la voz firme—. Luego estuvo Lord Ormund: rico y poderoso. Cayó. Y después Herculia, cuyas fuerzas doblaban a las de la corte. También fue derrotado y todo su dominio está ahora al borde del colapso.

Sostuvo la mirada de Elios. —Estás marchando por el mismo camino, y ni siquiera lo ves. Te crees victorioso antes de que la batalla haya siquiera comenzado. Esa es la primera señal de un hombre que camina hacia su propia tumba.

Elios escuchó en silencio, con expresión indescifrable. Luego, tras una larga pausa, inclinó ligeramente la cabeza, y la luz de las velas proyectó largas sombras sobre sus afilados rasgos.

—Dime, Roberto —dijo, con voz suave y deliberada—, ¿admiras al consorte de Su Gracia?

Roberto soltó una risa corta y sin humor. —¿Admiración? —repitió, negando con la cabeza—. No, no lo admiro. Pero lo reconozco. Reconozco que es peligroso, que no pierde y que subestimarlo es un error de necios. —Sus ojos se oscurecieron—. Y eso es exactamente lo que estás haciendo.

Elios asintió lentamente, como si Roberto hubiera confirmado algo que ya sospechaba.

—Entonces estamos de acuerdo en una cosa —dijo, con una leve sonrisa tirando de sus labios—. El Príncipe consorte es formidable. Ha repelido amenazas mayores que la mía. Pero te equivocas al creer que pretendo luchar contra él.

Roberto frunció el ceño. —¿De qué estás hablando?

Los ojos de Elios brillaron con algo indescifrable, algo más profundo que la mera ambición.

—Mi guerra contra la corona no la libro solo —dijo—. Después de todo, el templo estará detrás de mí.

La respiración de Roberto se entrecortó ligeramente. —¿Los templos?

La sonrisa de Elios permaneció, aunque no había humor en ella. —¿No lo ves? El asesinato de un sacerdote es una herida sagrada, un crimen que ningún templo ignorará. Exigirán justicia, y la justicia a sus ojos será la condena. Y a menos que el Príncipe Bajo culpe a los herejes —cosa que ambos sabemos que no hará—, se encontrará en guerra no solo conmigo, no solo con mis seguidores, sino con toda la casta de siervos de los dioses. Cada templo del país se unirá contra él, contra su gobierno. Y una vez que los templos se alcen, ¿qué fuerza crees que podrá detenerlos?

Roberto podía sentir el pulso en sus oídos, pero Elios no había terminado. Dio un paso adelante, bajando la voz como un susurro aderezado con veneno.

—Ni siquiera Vrivius el Rojo, con toda su gloria, con toda su leyenda, sería capaz de ganar una guerra así.

El templo guardó silencio. La luz de las velas parpadeó.

Elios observó a Roberto con atención, su expresión indescifrable, su actitud serena inalterada. Entonces, con voz mesurada, preguntó: —¿Ahora que sabes la verdad, qué harás?

Roberto exhaló por la nariz, tensando la mandíbula. Ya sabía la respuesta, la había sabido desde el momento en que comenzó la conversación, pero ahora que era el momento de expresarla, el peso de su elección se posó sobre sus hombros.

—Haré lo único que puedo hacer —dijo, con voz firme y segura—. Lucharé.

Elios asintió lentamente, pero Roberto no había terminado. Sus ojos ardían, no de devoción, no de ira, sino de algo más: algo personal, algo resuelto.

—No por ti —continuó Roberto, su tono cargado de una silenciosa finalidad—. No por el hombre que resultó ser algo que no esperaba. No por la causa en la que una vez creí, pero que ahora veo como lo que realmente es. —Respiró hondo, dejando que las palabras se asentaran en el aire inmóvil del templo—. Lucharé por este lugar, por la poca paz que he encontrado aquí. Por las mañanas en que me despierto sin remordimientos. Por los rostros que han llegado a significar algo para mí. Blandiré mi espada para proteger esto, pero no por ti.

Por un momento, Elios no dijo nada. Su mirada permaneció fija en la de Roberto, indescifrable, pensativa. Y entonces, para sorpresa de Roberto, una leve sonrisa asomó a sus labios; no de triunfo, no de diversión, sino algo más profundo. Algo casi orgulloso.

—No tienes ni idea —murmuró Elios— de lo mucho que eso significa para mí.

Roberto frunció ligeramente el ceño, pero Elios continuó.

—Si me hubieras dicho que lucharías por amor a mí, o por alguna lealtad persistente, no habría sentido nada. —Dio un paso más cerca, su voz baja pero llena de convicción—. ¿Pero esto? Esto me dice más de lo que crees. Me dice que lo que hemos construido aquí —lo que he pasado mi vida construyendo— es real.

Sus ojos brillaron con algo más allá de la fe, más allá de la ambición; algo que, por primera vez, hizo que Roberto se preguntara si el hombre que tenía delante estaba tan delirante como había creído.

—Tú eres la prueba —dijo Elios— de que este lugar es bueno.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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