Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

Acero y Aflicción: El Ascenso del Rey Mercenario - Capítulo 497

  1. Inicio
  2. Acero y Aflicción: El Ascenso del Rey Mercenario
  3. Capítulo 497 - Capítulo 497: Gentileza de un amigo (4)
Anterior
Siguiente
Configuración
Tamaño de Fuente
A A 16px
Tipo de Fuente
Color de Fondo

Capítulo 497: Gentileza de un amigo (4)

Roberto estaba sobre su caballo en medio de una tormenta que ya había ahogado a sus hombres. La batalla estaba perdida. Lo sabía.

Lo había sabido desde el momento en que las jabalinas llovieron como una tormenta de hierro y muerte, desde el momento en que los gritos de los moribundos ahogaron el clamor de la batalla. Y, sin embargo, allí estaba él, ladrando órdenes al abismo, intentando salvar un barco que se hundía con un cubo lleno de agujeros.

—¡Mantened la línea! ¡Mantened la puta línea! —bramó, con la voz ya rota de tanto gritar, aunque bien podría haber sido el viento arrastrando palabras vacías. Los mercenarios se dispersaron, retirándose en desbandada, empujándose unos a otros, tropezando con los cadáveres y con el pánico extendiéndose como la pólvora. Algunos aún se aferraban a sus armas, pero en sus ojos ya se había extinguido la lucha.

—¡Formad filas! ¡No deis la espalda! —rugió Roberto de nuevo, espoleando a su caballo. Algunos giraron la cabeza hacia él, pero el caos era demasiado denso, el miedo demasiado grande. No eran un ejército; eran una chusma, una turba indisciplinada a la que le habían prometido plata y que solo había encontrado sangre esperándola.

Apretó los dientes. Aquella era una empresa de locos.

Su mirada recorrió el campo de batalla.

Allí, uno de sus hombres, un bruto enorme con una cicatriz en la frente, intentaba defenderse de uno de los salvajes. Lanzaba estocadas desesperadas con su lanza, perforando el aire, pero el guerrero Voghondai lo esquivó con una facilidad inhumana. Su hacha brilló una vez…, dos veces…, y el brazo del mercenario quedó inerte, mientras un chorro carmesí pintaba la tierra. El bruto cayó de rodillas, con los ojos desorbitados, antes de que el golpe final le partiera el cráneo como un melón.

Roberto se giró y presenció otra escena desesperada: dos mercenarios que intentaban retroceder ante los Franjas Negras. Esos hombres no eran salvajes como los Voghondai, pero luchaban con una crueldad que era casi peor. Uno de ellos llevaba una maza, y cuando la blandió contra el escudo del mercenario, no solo lo abolló, sino que lo hundió por completo, lanzando astillas a la cara del hombre. Sus gritos duraron poco, pues el siguiente golpe le destrozó la mandíbula. El compañero soltó su arma, con las manos en alto en señal de rendición, pero el soldado Franja Negra se limitó a esbozar una mueca de desprecio antes de romperle el cráneo.

Roberto apretó la mandíbula y sus dedos se cerraron con más fuerza sobre las riendas de su caballo. La batalla no estaba solo perdida; era una masacre. Las fuerzas enemigas habían roto las líneas, y los mercenarios que quedaban no se retiraban de forma ordenada; corrían para salvar la vida, tropezando con los caídos y apartando a sus propios camaradas a empujones en su desesperación por escapar.

Por un brevísimo instante, mientras el caos se arremolinaba a su alrededor y los gritos de los moribundos llenaban sus oídos, Roberto se preguntó: ¿era esto lo que sintió Lord Ormund?

¿Acaso el hermano de su antiguo señor feudal montaba a caballo, rodeado de ruina, viendo a su ejército romperse como cristal hecho añicos? ¿Sabía que la marea ya se lo había tragado antes de que el agua le llegara siquiera al cuello?

Roberto exhaló, inclinando la cabeza hacia arriba mientras su aliento formaba vaho en el aire frío. El cielo estaba despejado, un cruel contraste con la carnicería de abajo. «Quizá sea lo justo —pensó con amargura—. Traicioné a mi señor. Abandoné un barco que se hundía y ahora me encuentro en otro, con el agua ya en los tobillos. Si esto es justicia, que así sea».

Sus dedos se cerraron en torno a la empuñadura de su espada.

Miró a su alrededor: sus hombres se estaban desmoronando por completo. Huyendo, debatiéndose, muriendo. A su derecha, vio al enemigo aplastar el último vestigio de formación. La línea se combó hacia dentro y luego se derrumbó como una caja torácica rota; los mercenarios eran pisoteados mientras los guerreros se abrían paso entre ellos como carniceros.

Roberto no pensó. No dudó. Espoleó a su caballo hacia adelante.

La bestia se lanzó hacia adelante, derribando a un mercenario que huía y pisoteando a otro bajo sus cascos. Apenas se percató del caos. Su corazón latía con fuerza, su mente ya aceptaba lo que estaba por venir. No moriría dándoles la espalda.

Si a los dioses les quedaba algo de piedad para un hombre como él, se la concederían en el campo de batalla.

Apretó los dientes, alzó la espada y cargó hacia la refriega.

La mirada de Roberto se desvió a la izquierda justo a tiempo para ver el cráneo de un mercenario hundirse con un crujido repugnante, mientras fragmentos de hueso y masa encefálica salían disparados como de un pellejo de vino reventado. El hombre que asestó el golpe arrancó su martillo de guerra de la cabeza destrozada y se giró, clavando su mirada en la de Roberto.

Por un breve instante, Roberto vio la única parte visible del rostro del soldado: sus ojos, muy abiertos y llenos de algo que no era miedo, ni siquiera ira, sino pura e inquebrantable codicia. Entonces, para incredulidad de Roberto, el hombre no se giró para huir, ni se preparó para recibir la carga. Corrió hacia él.

Roberto había visto a muchos hombres desesperados, pero esto era algo completamente distinto. Lo sorprendió por un segundo, pero el instinto se impuso y apretó con más fuerza la espada. Cuando el soldado de a pie se acercó, Roberto lanzó un tajo descendente, apuntando a la carne blanda y expuesta del cuello del hombre.

El escudo del soldado se alzó como un muro de acero. El golpe, que debería haberle arrancado la cabeza de cuajo, solo hizo saltar chispas cuando el filo de la espada de Roberto rozó la madera reforzada con hierro. El impacto hizo que el soldado de a pie diera un paso atrás, pero no vaciló.

Roberto siguió adelante, guiando a su caballo en otra embestida, y asestó un segundo golpe, luego un tercero. Cada vez, su espada descendía con la fuerza de un trueno, y cada vez, el soldado de a pie aguantaba.

Roberto cambió de ángulo: amagó un golpe alto antes de lanzar un tajo hacia el hombro. El golpe acertó, pero se encontró con un inflexible muro de acero. El peto ni siquiera se abolló y la cota de malla de debajo permaneció intacta. Golpeó una y otra vez; su hoja chocaba contra la armadura, pero nunca la atravesaba. Cada tajo al torso simplemente resbalaba; cada corte dirigido a los brazos ni siquiera lograba arañar los anillos entrelazados de la malla.

La única forma de acabar con él era atravesándole el cuello o la cabeza.

El soldado de a pie lo sabía, pero no atacó para aprovechar que tenía un arma contundente. No se abalanzó, ni golpeó, ni siquiera echó el peso hacia adelante. Simplemente se quedó allí, con el escudo en alto y el arma retraída, inmóvil como una estatua de hierro y carne, a excepción de los pequeños pasos que daba hacia atrás.

Roberto frunció el ceño. «¿Por qué no…?»

Entonces lo sintió. Manos.

Agarrándolo por la espalda. Aferrándose a su armadura. Tirando de él hacia abajo.

Se le revolvió el estómago y una oleada de pavor helado lo recorrió.

—¡Joder! —maldijo Roberto, retorciendo el cuerpo para intentar zafarse. Pero llegaron más manos, sujetándole los brazos, las piernas, arrancándolo de la silla de montar. Se revolvió, su codo impactó en una cara y el crujido repugnante de una nariz rota resonó en sus oídos. Pero no fue suficiente. Más manos se cerraron sobre él como grilletes de hierro, arrastrándolo lejos de su caballo.

Comprendió, demasiado tarde, lo que había ocurrido.

El soldado de a pie nunca había necesitado atacar. Era un cebo, una distracción para mantener fija la atención de Roberto mientras sus camaradas pululaban por detrás como lobos sobre un ciervo herido.

Roberto gruñó, debatiéndose contra el peso de los cuerpos que lo aplastaban. Unas botas le pisotearon los brazos, unas rodillas se le clavaron en la espalda y le arrancaron la espada de la mano. Logró girar la cabeza justo a tiempo para ver al soldado de a pie —el del escudo abollado, con la superficie marcada por los tajos de la espada de Roberto— avanzar y alzarlo en el aire.

Y entonces se lo estampó directamente en la cara.

Una explosión de dolor. Un destello blanco. Un zumbido en los oídos.

El mundo se tambaleó, inclinándose sobre su eje mientras Roberto luchaba por mantenerse consciente. Su visión se volvió borrosa; los rostros de sus atacantes entraban y salían de foco. Apenas registró el frío acero que presionaba su garganta hasta que el soldado de a pie se arrodilló sobre él, daga en mano, con la respiración agitada por el esfuerzo de la batalla.

—Ríndete —gruñó el hombre con voz baja y áspera, mientras el filo de la hoja se clavaba en la piel de Roberto.

El pecho de Roberto subía y bajaba con dificultad; su mente, acelerada. Sentía el escozor de la daga en la garganta y el sabor de la sangre en la boca.

—¡Ríndete, joder! —repitió el soldado de a pie, con un tono más cortante esta vez, presionando la hoja con más fuerza.

Roberto fulminó con la mirada al soldado de a pie, con la boca llena de sangre y el espeso sabor a hierro en la lengua. La cabeza le martilleaba y la visión se le nublaba por los bordes, pero aun así, logró esbozar una sonrisa maliciosa.

Entonces escupió.

Un espeso pegote de sangre y saliva salpicó la cara del hombre y chorreó por su mejilla hasta la barba. —No eres más que un hijo de puta. No me rindo ante perros —masculló Roberto entre dientes, logrando sonreír.

El soldado de a pie no se inmutó. Se limitó a limpiarse la sangre con el dorso del guantelete y exhaló por la nariz, quizá pensando incluso en cumplirle el deseo.

—El Comandante lo quiere vivo —dijo otro soldado desde atrás, probablemente para asegurarse de que su camarada no hiciera ninguna estupidez.

—Lo sé… —dijo el soldado al que Roberto había escupido mientras le daba la vuelta a la daga.

—Suertudo de mierda…

Roberto apenas lo registró antes de que la empuñadura de la daga del soldado se estrellara contra su frente.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Acerca de
  • Inicio
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo