Acero y Aflicción: El Ascenso del Rey Mercenario - Capítulo 499
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Capítulo 499: Malas noticias
Alfeo estaba sentado a la cabecera de la larga mesa de madera dentro de su tienda de mando. A su alrededor se sentaban sus allegados: Shahab, su hijo Jared y, por último, Jarza y Egil.
La comida que tenían ante ellos no era nada del otro mundo, solo pasta sencilla con un chorrito de aceite y hierbas, seguida de una guarnición de carne bien hecha.
Fuera de la tienda, llegaban los sonidos del campamento: soldados riendo, afilando sus armas, compartiendo historias de la victoria del día. La batalla había sido corta pero decisiva. Y aunque no habían capturado a tantos como hubieran querido, aun así habían ganado, y con la victoria llegaba la comida.
Alfeo no era ningún tonto. Sabía el peso que oprimía los hombros de sus hombres. Eran superados en número, estaban rodeados por múltiples flancos y luchaban por un príncipe del que muchos dirían que caminaba hacia su perdición.
Un ejército más débil ya se habría quebrado solo con saberlo. Por supuesto, el Ejército Blanco no era como cualquier otro, y Alfeo se había asegurado de que marcharan con el estómago lleno de buena comida, pues conocía bien la verdad de un viejo dicho: un ejército marcha sobre su estómago.
Antes y después de la batalla, a los hombres se les daban raciones calientes —pasta y patatas hervidas, simples pero sustanciosas, con, por supuesto, una ración de carne—. Era una cosa pequeña, pero en el frío de la madrugada o tras la neblina roja de la batalla, valía más que el oro.
Habían pasado dos días desde la emboscada. El ejército se había alejado hacía tiempo del lugar de la batalla, y los restos carbonizados de la vanguardia mercenaria no eran ahora más que un recuerdo abandonado para que se pudriera al sol. El campo de batalla había sido despojado por completo: armaduras, armas, comida, incluso las botas de los pies de los muertos habían sido arrebatadas. No se desperdició nada.
Había llevado a 1200 hombres para la emboscada, una fuerza lo suficientemente fuerte como para aplastar a la vanguardia y a todo el ejército por sorpresa, pero ni de lejos suficiente para enfrentarse a toda la hueste rebelde en una batalla campal.
Quedarse allí habría sido una locura.
—¿Cuánto le has sacado a Lord Roberto? —preguntó finalmente Shahab, con su voz afilada rompiendo el silencio.
Alfeo suspiró, rotando los hombros como si la propia pregunta fuera una carga. —No mucho. El anciano está resultando ser un testarudo…, qué sorpresa. —Soltó una risa seca—. Lo único que me ha dado es la confirmación de lo que ya sospechaba. Consiguió convencer a los señores rebeldes para que le cedieran la vanguardia al advertirles de que se dirigían a una emboscada. Extrañamente, esos arrogantes bastardos cedieron.
—¿Cómo lo supo? —preguntó Shahab.
—Ah, bueno, parece que lo dedujo… ya sabes, fue lo que hicimos con lord Ormund, a quien, como recordarás, utilizamos como pieza central —dijo Alfeo, haciendo girar perezosamente el vino en su copa—. La única razón por la que funcionó fue porque los exploradores rebeldes hicieron un trabajo de mierda patrullando el camino. Dejaron el bosque tal como estaba, pensando que solo eran árboles y tierra en lugar del lugar perfecto para ser masacrados.
Al otro lado de la tienda, Egil soltó una risita, negando con la cabeza. —Mejor para nosotros.
Alfeo sonrió de lado, asintiendo. —Desde luego. Aun así, qué idiotas. Si hubieran sido un poco más listos, habrían mantenido su vanguardia intacta. Y si lo hubieran hecho… —Se interrumpió, mirando el borde de su copa por un momento antes de terminar su pensamiento—. Entonces habríamos tenido que luchar contra ellos con toda su fuerza o retirarnos. Lo que habría sido… desagradable.
Hubo una pausa, cargada de pensamientos no expresados. Shahab tamborileó con los dedos sobre la mesa de madera, con expresión indescifrable.
No dijo lo que realmente le pesaba. Que, si por él fuera, le habría pagado a Roberto con la misma moneda por lo que le costó. Pero había reglas —reglas tediosas y frágiles que lo ataban incluso a él—. Torturar a un señor, incluso a un enemigo capturado, no era algo que pudiera permitirse, no con tantos ojos nobles observando cada uno de sus movimientos. Lo último que necesitaba era darles una razón para volverse en su contra, especialmente porque aparentemente llevaban las de perder en este conflicto.
Jarza le dio un mordisco a su trozo de carne, desgarrándolo con la ferocidad de un hombre que esperaba más. Masticó lentamente, con la mandíbula funcionando como una muela de molino, y luego tragó y esbozó una mueca de desdén.
—Deberíamos destripar a ese bastardo —dijo, clavando su cuchillo en la mesa de madera con la fuerza suficiente para que se quedara fijo—. Se suponía que íbamos a darnos un festín con un banquete de cadáveres y, en cambio, nos llevamos las sobras. —Su voz no contenía humor, solo decepción, como un cazador que lamenta una persecución en vano.
Alfeo, que aún masticaba pensativamente, enarcó una ceja. —De nada sirve lamentarse por lo ya hecho —dijo, dejando su copa con un suave tintineo—. Tendremos que tomar el camino largo. Y no me estropees la mesa, que es bastante bonita…
Desde el otro lado de la mesa, Jared se inclinó hacia delante, con las yemas de los dedos juntas bajo la barbilla. —¿Puedo preguntar cuál es exactamente el camino largo, entonces? ¿Qué vamos a hacer ahora?
Alfeo exhaló y dejó el tenedor junto a su plato. —Esperamos a que los exploradores nos digan cuáles son los movimientos del enemigo —dijo simplemente, tamborileando con los dedos sobre la madera—. Si la hueste enemiga todavía tiene la intención de marchar contra nosotros, entonces les haremos frente. Si no…, bueno, entonces quizá llevemos nosotros la batalla a aquellos de entre ellos que estén más deseosos de darnos pelea.
Se reclinó, dejando que sus palabras se asentaran antes de continuar. —Dejaremos una guarnición en Florium para asegurarnos de que los rebeldes no puedan marchar hacia el sur sin romper sus líneas de suministro. —Su mirada se desvió hacia Shahab—. Y me gustaría que te quedaras en la ciudad con un contingente de tropas. Solo para asegurarnos de que al querido Lord Corvan no se le ocurran ideas ingeniosas que puedan implicar llevar la lucha bajo otro estandarte. Por supuesto que confío en el hombre… —Sonrió levemente—. Pero quizás, a sus ojos, somos nosotros los que estamos en desventaja en esta guerra.
Shahab exhaló por la nariz, asintiendo. —Con una guarnición leal a la Corona, Corvan se lo pensará dos veces antes de desertar. A menos, claro, que consiga su apoyo.
—Precisamente —dijo Alfeo, asintiendo con aprobación—. Sin la capitulación de Florium, los rebeldes no tendrán más remedio que asediar la ciudad si desean continuar hacia el sur, ya sea hacia la capital o hacia los Voghondai, si sus sacerdotes insisten en reducirla a cenizas. De cualquier manera, perderán mucho tiempo mientras nosotros nos ocupamos del otro frente de esta guerra.
Tras eso hubo un momento de silencio, solo roto por el tintineo ocasional de los utensilios contra los platos. Afuera, el bajo murmullo del campamento se filtraba a través de las delgadas paredes de la tienda. Los hombres estaban alimentados, la moral era alta pues acababan de obtener una victoria y, a pesar de la situación en la que se encontraban, Alfeo todavía se mostraba con el porte de un hombre seguro de sus posibilidades.
Mientras Jarza arrancaba otro bocado de carne, masticando pensativamente, soltó un bajo gruñido de aprobación. Limpiándose la boca con el dorso de la mano, se reclinó ligeramente y miró alrededor de la mesa.
—He de decir una cosa —empezó, con la voz pastosa por los restos de la comida—, los Voghondai demostraron ser buenos guerreros. ¿Indisciplinados? Como una jauría de perros salvajes. Pero valientes, de eso no hay duda. Algunos de nuestros soldados incluso congeniaron con ellos y partieron el pan juntos.
—Bastante conmovedor, la verdad —rio Shahab por lo bajo—. Nos vendrían bien más hombres como esos. Darles un entrenamiento adecuado, un poco más de disciplina…
Alfeo tamborileó los dedos ociosamente sobre la mesa de madera, escuchando el desarrollo de la conversación. Su mirada iba de un hombre a otro, con expresión indescifrable. Finalmente, se inclinó hacia delante y dejó el tenedor con un suave tintineo.
—Sus tradiciones se basan en la emboscada y la lucha de desgaste —dijo, con voz tranquila pero reflexiva—. Es con lo que han luchado durante generaciones, y apostaría a que es lo que ha evitado que ejércitos más grandes y mejor equipados los aplasten. Para eso deberíamos utilizarlos.
Jared enarcó una ceja. —¿No crees que se les pueda entrenar para luchar en formación?
—Oh, podemos entrenar a cualquiera para marchar y mantenerse en formación —dijo Alfeo, agitando una mano con desdén—. ¿Pero qué sentido tiene? Ya tenemos soldados para eso. Lo que no tenemos —lo que nadie más tiene— son hombres que pueden desaparecer entre los árboles como fantasmas, solo para atacar en el peor momento posible, o que verdaderamente tengan la capacidad de organizar ataques nocturnos, rápidos y cortos. Es un talento que no se puede enseñar a hombres con solo unos meses de entrenamiento.
Egil asintió, frotándose la barbilla, pensativo. —Eso explicaría por qué los exploradores enemigos no vieron su emboscada —masculló.
Alfeo sonrió levemente de lado. —Exacto. Y prefiero pulir esa habilidad que embotarla forzándolos a entrar en formaciones cerradas donde lucharán como animales enjaulados.
Jarza soltó una risita. —¿Así que dices que deberíamos dejar que los perros salvajes sigan siendo salvajes?
Alfeo se encogió de hombros. —Los perros salvajes son excelentes cazadores…, si sabes cómo dirigirlos en la dirección adecua…
Se detuvo a media frase cuando la lona de la tienda se agitó y Vrosk, el jefe de la guardia personal de Alfeo, entró. Su ancha complexión, las líneas endurecidas de su rostro y la mirada en sus ojos acallaron de inmediato cualquier otra cosa que Jarza hubiera estado a punto de decir.
—Mis disculpas por la interrupción, Su Gracia —dijo, con voz áspera como la grava—. Pero ha llegado una carta. El portador dijo que era urgente.
Alfeo exhaló silenciosamente, dejando el cuchillo junto a su plato. Sin decir palabra, extendió la mano y Krosk se adelantó para depositar el pergamino sellado en su palma. La cera no llevaba ningún sello, lo que de inmediato le dijo todo lo que necesitaba saber sobre el remitente.
Sin perder tiempo, la abrió.
Sus ojos recorrieron las palabras. Apretó la mandíbula. Un músculo de su mejilla se contrajo.
Los demás habían estado hablando en voz baja, pero uno a uno, enmudecieron al notar el cambio en su expresión.
Alfeo exhaló por la nariz, con la carta aún en la mano mientras la depositaba sobre la mesa. Sus dedos tamborilearon sobre el pergamino una, dos veces, antes de que finalmente hablara.
—Arduronaven ha caído, y los Herculianos se están moviendo hacia Bracum.
Las palabras atravesaron la tienda como una cuchilla, pues mientras ellos perdían el tiempo, al parecer el enemigo estaba haciendo progresos.
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