Acero y Aflicción: El Ascenso del Rey Mercenario - Capítulo 509
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Capítulo 509: Catástrofe(2)
Agalasios entró en acción antes de que su mente pudiera siquiera asimilar por completo la escena que tenía ante sí. La tienda ya era una tormenta de ruido y movimiento, pero su voz lo atravesó todo como un latigazo.
—¡Tavros! ¡Prepara una mesa y una cama…, AHORA! —bramó, con palabras lo bastante afiladas como para hacer que el joven médico saliera corriendo hacia un catre vacío, apartando ropa de cama ensangrentada y despejando el lugar.
—¡Lerna, limpia los instrumentos! ¡Los quiero impecables! —su mano señaló bruscamente a una muchacha apenas mayor que el muchacho herido que acababa de tratar. Ella asintió y corrió hacia los calderos hirviendo, de los que se elevaba el vapor mientras empezaba a fregar las herramientas de hierro con una velocidad febril.
—¡Varnes, tráeme vendas limpias y alcohol!
Cada orden fue gritada como un mandato en el campo de batalla, y toda persona que la oyó, obedeció.
Luego se volvió hacia los dos hombres que habían traído a Asag.
—¡Dejadlo!
Dudaron apenas un instante antes de obedecer, alzando a su comandante sobre la cama preparada. El armazón de madera gimió bajo el peso de la armadura de Asag, y su cuerpo inerte se desparramó sobre él.
Y, por los dioses, en qué estado tan lamentable se encontraba.
La sangre empapaba el otrora orgulloso acero de su coraza, convirtiendo el lado derecho de su cuerpo en una ruina roja y reluciente. Su brazo izquierdo colgaba en un ángulo extraño, la extremidad completamente empapada, los dedos contrayéndose con espasmos de dolor. Su pecho subía y bajaba con respiraciones superficiales e inestables, cada una acompañada de un estertor bajo. Seguía consciente —a duras penas—, pero su mirada estaba perdida y su rostro, desprovisto de color. Sus labios se movieron como si quisiera hablar, pero solo escapó el más leve de los murmullos.
—¡QUITADLE esa armadura! —rugió Agalasios, acercándose mientras los dos hombres se apresuraban a quitar las placas y hebillas que sujetaban el cuerpo destrozado de Asag.
Mientras tanto, él giró sobre sus talones y se dirigió a uno de los grandes cubos de agua limpia. Sus manos, todavía manchadas con la sangre del último paciente, se hundieron en el líquido fresco. Se las frotó con furia, rascando los dedos contra el jabón que había al lado, restregando hasta que las manchas carmesí corrieron en ríos arremolinados por sus muñecas hasta las turbias profundidades.
No había tiempo para dudar. No había tiempo para la incertidumbre.
Fuera de la tienda, el rugido de la victoria sacudía el mismísimo aire. Cientos, quizá miles de voces se fusionaron en un único víctor ensordecedor, un sonido que recorrió la ciudad como un maremoto. Las murallas habían resistido. El enemigo había sido repelido. Aracina seguía en pie.
Pero dentro de la tienda no había celebración alguna.
Agalasios ignoró los vítores, con la concentración afilada como una navaja en el hombre que moría bajo sus manos. A la sangre que se encharcaba bajo Asag no le importaba la victoria. La carne desgarrada, la armadura rota, la respiración jadeante…, todo contaba una historia diferente.
Y quizá, también lo hacía su propio destino.
Tragó saliva con dificultad, mientras sus manos firmes agarraban un escalpelo. No era solo la vida de Asag la que pendía de un hilo esa noche. La suya también.
No era raro oír historias de cirujanos que, tras fracasar en salvar a un noble, se encontraban ante el filo del verdugo en lugar de ante una familia desconsolada. Negligencia, lo llamarían. Fracaso. Incluso si era un caso imposible, incluso si el paciente estaba desahuciado desde el momento en que lo traían a la tienda…, alguien siempre tenía que responder por ello.
Y este no era un noble cualquiera. Era Asag, el comandante de la defensa de la ciudad, el hombre a quien el mismísimo Alfeo había confiado este asedio. Y si Alfeo apreciaba a Asag tanto como él siempre había sospechado, si el Comandante Supremo del Ejército Blanco pensaba, aunque fuera por un segundo, que el fracaso había sido culpa de Agalasios…
No quería ni pensarlo.
Por supuesto, Alfeo no era un necio. No era el tipo de hombre que ejecutaba a un cirujano por un simple fracaso, no a menos que tuviera una prueba irrefutable de incompetencia. Pero el miedo persistía, el mismo miedo que se aferraba a cada cirujano que alguna vez había tenido la vida de un noble en sus manos.
Agalasios se secó las manos mojadas en el delantal, con los dedos aún resbaladizos por el agua. Los vítores de fuera todavía resonaban en la distancia, pero allí dentro, todo lo que podía oír era la respiración superficial e irregular del hombre sobre la mesa.
—Lord Asag —lo llamó, pero no hubo respuesta.
Se giró bruscamente. —Tú…, mantenlo despierto. Háblale y abofetéalo, que ni se te ocurra dejar que se duerma, joder.
Una joven enfermera asintió y se acercó, murmurándole a Asag con voz suave, intentando evitar que perdiera el conocimiento.
Agalasios, mientras tanto, agarró una toalla y se la tendió bruscamente a otra enfermera. —Limpia la sangre. Ahora.
La enfermera obedeció, presionando el paño contra el costado de Asag para absorber el líquido carmesí que se había acumulado alrededor de la herida. La tela se oscureció en segundos y, mientras ella limpiaba el exceso, Agalasios por fin pudo ver la lesión con claridad.
No era tan profunda como había temido.
Sus agudos ojos recorrieron la herida. Ningún órgano perforado. Ningún hueso expuesto. La hemorragia había sido abundante, pero la verdadera amenaza no era la profundidad, sino la cantidad de sangre que ya había perdido.
Agalasios no perdió el tiempo. Cogió una botella de alcohol y lo vertió generosamente alrededor de la herida. El escozor debió de ser insoportable, pero Asag solo se estremeció levemente. Su cuerpo estaba demasiado débil para reaccionar como era debido.
—Quédese conmigo, mi señor —insistió la enfermera, apretándole la mano a Asag y sacudiéndolo un poco.
Agalasios secó la zona y tiró la toalla a un lado. —Vamos a cerrar esto ya. Vosotros dos. Cosedla.
Otros dos cirujanos dieron un paso al frente, cada uno empuñando su propia aguja e hilo.
Agalasios respiró hondo, hizo girar los hombros y se acercó al brazo izquierdo de Asag. La herida del costado ya estaba cerrada, con los puntos manteniendo la carne unida, pero su trabajo distaba mucho de haber terminado.
El tajo del brazo era igual de brutal, aunque la suerte había estado del lado de Asag. Su armadura había absorbido lo peor del golpe, dejándole solo la carne desgarrada y un hueso magullado, en lugar de una fractura completa. Aun así, Agalasios sabía que no debía confiarse.
Colocó los dedos con cuidado alrededor de la herida, presionando suavemente a lo largo del brazo, buscando el revelador movimiento de un hueso roto. Asag soltó un gemido ahogado y su cuerpo se crispó bajo el examen, pero no se movió ningún borde afilado bajo la piel; ni crujidos, ni desplazamientos antinaturales.
—No está roto —murmuró Agalasios, más para sí mismo que para nadie.
Un alivio.
Pero el alivio no significaba descanso.
Cogió otra aguja, la enhebró rápidamente y la acercó al tajo. La herida era profunda, pero no mortal…, si se trataba correctamente. Hundió la aguja en la carne, tensando el hilo mientras trabajaba para cerrar la herida. Al principio, la piel se resistió, rígida por la sangre seca, pero pronto los bordes se unieron, sellados bajo los cuidadosos movimientos de sus manos.
Asag se movió ligeramente, y un débil aliento escapó de sus labios. La enfermera aún le sostenía la mano, pero su consciencia se desvanecía. Agalasios trabajó más rápido.
Anudó el último punto y cortó el hilo sobrante con una cuchilla afilada. Esa parte estaba hecha. Ahora venía el segundo problema: el hueso magullado.
Sin una tablilla adecuada, Asag se arriesgaba a empeorar la lesión con el más mínimo movimiento en falso. Agalasios se giró bruscamente.
—Traedme una tabla y vendas…, rápido —ordenó con brusquedad, y un joven ayudante se apresuró a buscarlas.
Mientras esperaba, volvió a presionar las manos contra el brazo, esta vez con más firmeza. Necesitaba asegurarse de que el hueso permaneciera recto. Cualquier desalineación ahora significaría problemas más adelante, pero no pondría en peligro su vida.
El ayudante regresó y colocó una robusta tabla de madera a su lado. Agalasios la tomó sin decir palabra y la colocó con cuidado a lo largo del brazo de Asag. Con una eficiencia experta, empezó a enrollar las vendas, asegurando la tablilla en su sitio para garantizar que el brazo permaneciera estable.
Mientras Agalasios trabajaba, con las manos firmes a pesar de la tensión que le roía por dentro, se giró bruscamente hacia los dos soldados que estaban cerca: los guardias de Asag, los necios que lo habían traído medio muerto.
—Idiotas —espetó, con la voz como un latigazo—. ¿Qué diablos hacíais mientras él se desangraba? ¡Sus heridas no son profundas, pero ha perdido demasiada sangre! ¡Si lo hubierais traído antes, no estaría yo ahora cosiéndolo como un carnicero que remienda a un cerdo sacrificado!
Uno de los guardias se puso rígido, pero no le sostuvo la mirada. El otro, mayor y con un corte reciente en la frente, apretó la mandíbula antes de responder.
—El Lord se negó —dijo, con un tono que denotaba respeto por el comandante herido—. No quiso abandonar la lucha hasta que el puente estuviera asegurado. Lo intentamos, pero nos ordenó mantener la línea antes de que pudiéramos sacarlo. La defensa habría fracasado si los señores no hubieran estado allí.
Agalasios inspiró bruscamente, sus dedos apretando el vendaje que envolvía alrededor del brazo entablillado de Asag. —Ese bastardo testarudo —siseó, desviando su ira de los soldados al hombre inconsciente sobre la mesa.
—Necio —masculló por lo bajo, terminando el último nudo con un tirón brusco—. Necio testarudo y temerario. ¿De qué servirás muerto?
Los soldados permanecieron en silencio, con la vergüenza asomando en sus expresiones, pero sabían que no tenía sentido discutir.
La batalla estaba ganada, pero Asag había pagado un precio por su negativa a retirarse.
Uno de los guardias, moviéndose con inquietud, finalmente habló. —¿Vivirá el comandante?
Agalasios exhaló, limpiándose las manos ensangrentadas en un paño. Miró a Asag: pálido por la pérdida de sangre, su respiración superficial pero estable. Lo peor ya había pasado, pero la batalla por su vida aún no había terminado.
—Eso —dijo Agalasios, con voz sombría—, depende de los dioses; son sus manos las que tejerán su hilo, y eso escapa a nuestro control.
Y con el suyo decidirán también el mío, pensó Agalasios con amarga ironía, lanzando una última mirada al lamentable estado del comandante.
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