All.of.us - Capítulo 24
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Capítulo 24: Avoid
” Estamos toda nuestra vida esperando el momento exacto para morirnos. Como algo que nos persigue, y no te das cuenta del peligro hasta que termina respirándote en la nuca. Pero… En verdad, ¿adónde vamos cuando morimos?”
…
Maxton
El olor del pan recién horneado siempre me hacía suspirar de satisfacción. Adoraba verlo esponjarse a través del pequeño cristal del horno. Lo saqué con ambas manos, usando aquellos guantes rosa que encontré en uno de los cajones de la cocina. Todo en este lugar era tan diferente de mi apartamento…
Cada detalle desorganizado, lleno de colores que no combinaban entre sí por todos lados. Ayer fingí demencia cuando entré porque no quería incomodarla aún más, pero… este lugar era un chiquero.
Pasé la noche dando vueltas en ese incómodo sofá, ¿y todo para qué?… para que al final me levantara desde las cinco de la mañana para limpiar a fondo cada esquina hasta que las vi relucir de limpio. Organicé, por orden de tamaño y color, cada cosa que había dentro de este pequeño apartamento. Por esa razón no tenía tantas cosas dentro del mío… los lugares tan reducidos tienden a acumular más basura.
El café también estaba listo; la cafetera hervía, lo que hacía que todo el aroma se esparciera por toda la cocina. Sabía exactamente cómo se lo prepararía a Alice; aunque ella no parecía tener muchas cosas aquí dentro, solo encontré lo esencial. Por eso hice el pan desde cero; también cociné unos huevos revueltos con tomate y tocino. La cocina seguía impecable; me enorgullecía el trabajo tan bueno que hice en tan solo un par de horas.
Ella parecía seguir dormida. No había vuelto a escuchar el sonido de la puerta de su habitación abrirse desde que se metió anoche. Ya pasaban las siete y media. No sabía si planeaba levantarse para ir a clases o si se había muerto durante estas ocho horas.
Continúe fregando minuciosamente los chuchillos parado frente a aquel fregadero tan bajito. Esta casa era diminuta en todos los aspectos.
Puse las cosas con tranquilidad encima del mismo mesón donde sucedieron un par de cosas ayer en la noche…
Prepare mi café caliente sin leche ni azúcar. Mientras que el de ella era todo lo opuesto, incluso sería capaz de agregarle chispas de colores si ella tuviera algo aquí dentro. Mi lado del mesón se veía limpio, organizado… mientras que el suyo a pesar de tener sobre su plato la misma comida que el mío, parecía diferente.
El orden me calma. A ella no. Pero a mí sí.
Escuché el sonido de la puerta de su habitación por fin abriéndose.
— ¿Mell, regresaste? — se apareció en la cocina con los ojos aún medio cerrados. Los sobaba con una de sus manos mientras bostezaba. Llevaba puesto un pijama rosa de osos.
Tierno…
— ¿Por qué huele tan bien, si tú no sabes cocinar? — preguntó aún sin darse cuenta de que era yo quien estaba sentado sobre aquella banqueta. — ¡¿Tú qué haces aquí?! — Se sobresaltó dando un paso hacia atrás.
— Buenos días a ti también. — Dije con ironía
— No tienen nada de buenos porque tú estás aquí. —Arrugó toda su cara — ¡Juraba que te habías ido anoche!
Su rostro se veía muy cansado, a pesar de haber acabado de despertar. Su cuerpo no se movía, seguía rígido parado en aquella esquina mirando hacia el mesón con desagrado… probablemente recordando un par de cosas. Ni siquiera fue capaz de curarse el labio, ya que tenía un montón de sangre seca acumulada encima de él.
— Te dije que me quedaría —volteé los ojos
— No, dijiste que solo estarías un rato… — volteo los ojos
— Tal vez tienes razón, pero no me pareció responsable dejarte sola anoche. No después de… todo eso…
—¿Ahora vuelves a fingir que te importo? — Arqueo una ceja. Se cruzó de brazos poniéndose a la defensiva. ¿Cuándo iba a darse cuenta de que esas cosas no funcionan conmigo?
— Piensa lo que quieras. — Me encogí de hombros con simpleza. — Dormí en el sofá; no hice ninguna de esas cosas raras que probablemente estás pensando.
—¿Cómo sabes que es lo que estoy pensando? — endureció su rostro. A pesar de todo, me parecía adorable cuando trataba de ser imponente; era como una niña jugando a ser adulta.
Chasquee mi lengua, ignorando por completo sus palabras. — Hice el desayuno, ven y siéntate. — Moví un poco la cabeza, inclinándola hacia la banqueta vacía justo a mi lado.
— No quiero que me envenenes.
— Crème, que si quisiera haberte envenenado, ya lo habría hecho. ¿Estás a la defensiva solo porque te molesta el hecho de que ayer te besé y no fue como el cuento de hadas que te habías inventado en tu cabeza?
La vi como se tensó aún más, incluso cambió su vista bajándola al suelo.
— Sé una buena chica y siéntate — repetí, endureciendo la voz.
Ella accedió sin más que decir, caminando hasta la banqueta y subiéndose con cierta dificultad debido a su tamaño. Me quedé mirándola, esperando a que empezara primero. Sabía que estaba incómoda, que no deseaba que la mirara… pero ella seguía llamando mi atención.
— ¿Tú no vas a comer? — me pregunto con la vista pegada al plato — ¿En qué momento hiciste todo esto?… incluso el pan es recién horneado.
Sonreí de lado al escuchar que mi esfuerzo no pasó desapercibido. Ella le dio un bocado al pan y, seguidamente, bebió de su café.
Todo su rostro se iluminó como si acabara de probar la cosa más deliciosa en todo el mundo, igual que aquel día en el hotel cuando probó por primera vez el chocolate.
— ¿Qué te parece?
— E-está bueno… —Sabía que no lo admitiría en voz alta, pero con su cara ya era más que suficiente.
Yo también comencé a comer de mi desayuno; debo admitir que logré hacer magia con tan pocos recursos. Alice degustaba todo en silencio, como si no quisiera hacer mucho ruido para que yo no volviera a mirarla.
—¿No vas a ir a clases? —pregunté tratando de hacerla hablar.
— Empiezan a las nueve y media. Aún tengo tiempo.
— ¿Quieres que te lleve? — me le insinué.
Ella empezó a toser atragantándose con un trozo de pan en la boca. Le di unas cuantas palmadas en la espalda para ayudarla a reincorporarse.
— ¿P-por qué estás siendo tan amable? ¿De verdad no le pusiste nada a la comida… o escupiste el café? — Por fin volteó a mirarme, su cara seguía reflejando esa confusión.
— Cada que trato de comportarme como un ser humano normal contigo, haces esa misma pregunta. Es como si yo no tuviera derecho a tratarte bien; dentro de toda la película que te has armado en tu mente ya me queda muy en claro que soy el malo, pero que esté tratando de ayudarte a no atragantarte con un pan justo ahora no significa que después quiera asfixiarte.
— Eso… fue exactamente lo que hiciste anoche… — vi sus mejillas enrojecerse un poco al recordar aquello.
Contraje mis labios, aguantando una sonrisa.
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— De hecho, estuve a punto de pensar que habías muerto. —Le di otro sorbo lento a mi café. Sus ojos se quedaron fijos observándome, esperando a que dijera algo más, mientras yo disfrutaba de hacerte sufrir de incertidumbre. — Pero las paredes aquí son muy delgadas, así que supe que seguías viva por el sonido del agua mientras te duchabas.
Abrió la boca a más no poder.
— ¡Ves como si eres un pervertido! — se alteró sin motivo.
— Yo solo dije que escuche cuando abriste la ducha… — me encogí de hombros, volviendo a comer como si nada. — Hablando de duchas, creo que me debes el favor por preparate este desayuno y recoger todo el desastre que tenias dentro de tu casa. — Encogió ambas cejas, e hizo una mueca con la boca. — Porque si aun no te has dado cuenta, yo fui quien limpio todo esto. Tanto desorden no me dejaba descansar en paz. No sé cómo puedes vivir así.
— ¡Hey! — Volvió a sobresaltarse. — ¡Yo no te pedí que vinieras!
— Técnicamente lo hiciste, ¿o es que eso también lo olvidaste igual que todo a tu alrededor? — era mi turno de juzgarla.
— ¿Qué es lo que quieres…?
— Simple, quiero ducharme. He tenido esta misma ropa puesta desde ayer. No soporto sentirme sucio.
Volvió a levantar una ceja, esta vez sabía por qué lo hacía…
— ¿Entonces?
— Usa el baño de Melanie; no quiero que “te irrites” aún más con la suciedad que puedas encontrar en mi baño.
— Pues te lo agradezco. — Me levanté de la banqueta y llevé aquel plato vacío hasta el lavavajillas. Volví a hacer exactamente lo mismo de antes, remangué las mangas de mi traje hasta la mitad del brazo y lavé todo lo que había usado con sumo cuidado.
Ella seguía observándome mientras terminaba su desayuno.
— Yo lavo mis cosas —dijo, tratando de parecer independiente—. La puerta del cuarto de Melanie es la segunda. Tú vete a bañarte o lo que sea…
Me sequé ambas manos con uno de los paños que había colocado frente al fregadero. Le hice caso, dándole la espalda y caminando por todo el estrecho pasillo hasta la segunda puerta. Ella se quedó murmurando algo en la sala mientras yo me iba.
…
Todo este cuarto olía a humedad. Me desagradaba mucho ese olor; todo lo que fuera guardado, viejo y polvoriento, me sacaba de quicio. A pesar de estar ordenado, no se mantenía limpio. Era como si no hubiese sido abierto desde hacía mucho tiempo. Incluso las ventanas estaban selladas con madera, impidiendo la entrada de la luz natural.
El baño también conservaba ese mismo aroma; era incluso más fuerte porque estaba mezclado con un insoportable olor a cloro y legía, como si alguien hubiera necesitado hacer una limpieza extrema. Había también manchas amarillas sobre las blancas losas del piso cerca del lavamanos. Corrí la cortina llena de moho, sintiendo un asco horrible. La bañera también estaba sucia y manchada en las esquinas.
Tomé una respiración profunda antes de empezar a desvestirme, tratando de no pensar demasiado en dónde me iba a duchar.
Cerré los ojos, abrí la manija del agua caliente y esperé unos minutos antes de entrar, para que al menos el agua se llevara un poco de toda esa suciedad.
Me enjabone lo más rápido posible. Este baño no era nada similar al de mi casa, el cual estaba rodeado de cristales que se reflejaban como espejos. Alice necesita ponerse un orden, no solo en su mente, sino también en su espacio.
Toda mi vida, bañarme había sido parte de mi rutina diaria para aliviar el estrés. Pero desde que puse un pie en este baño, lo que menos he hecho ha sido relajarme.
— Dios, Alice… si estuviéramos en mi baño… tal vez sería diferente —sacudió levemente la cabeza, ignorando esos pensamientos.
Terminé más asqueado de lo que esperaba. Para nadie era un secreto que yo estaba obsesionado con la limpieza y el orden. Descubrí que Alice era lo opuesto en todos los sentidos. Su ropa colorida, sus zapatos de tacón puntiagudo. Los accesorios en su cabello. La forma en la que, según ella, “ordenaba su casa”. Todo eso solo grita: DETERIORO MENTAL… pero aun así no he dejado de imaginar todas las cosas que haríamos si…
Salí de la ducha, parándome sobre una toalla que había puesto antes de entrar, con tal de no pisar descalzado aquel suelo tan hediondo. Mi pelo goteaba escurriendo las gotas de agua que le quedaban encima, haciéndolas caer frente a mí en el suelo. Con la otra toalla de dudosa procedencia que logré encontrar metida en uno de los gaveteros, comencé a secar mi cuerpo de arriba hacia abajo lo más que pude.
Ahora que estaba limpio, no se me antojaba volver a ponerme la misma ropa sucia. Así que solo me coloqué los zapatos sin medias. Envolví la toalla a mi cintura y salí de aquel tedioso cuarto, cuyo olor ya me causaba dolores de cabeza.
…
Camine hasta la sala con la ropa en la mano. Alice ahora estaba sentada en el mueble viendo algún show. Ni siquiera se había comenzado a alistar.
—¿Dónde está tu lavadora? — Mi voz hizo eco en aquel pequeño espacio.
Ella giró la cabeza lentamente, sin apartar la vista de la pantalla.
Y cuando sus ojos quedaron encima de mí, casi explotan de la vergüenza.
— ¡Por qué estás desnudo! — Se tapó ambos ojos con las manos.
— Tengo una dichosa toalla. —La sostuve de una esquina con la mano, sacudiéndola un poco con fastidio. — Toda tu casa es un asco; tendré que volver a bañarme cuando llegue a la mía. No tengo idea de si esta toalla está correctamente desinfectada.
— ¡Deja de quejarte y ponte la ropa! —Seguía con los ojos tapados.
Me mordí la punta de la lengua aguantando una sonrisa.
— Voy a lavarla primero; de nada sirve que me haya duchado si voy a volver a vestirme con la misma ropa sucia. ¿Dónde diablos está tu lavadora?
— Al final del corredor, entre las dos puertas blancas, ¡Por favor, no vuelvas a venir aquí sin estar vestido!
— Eres tan infantil. —dije fingiendo fastidio.
Caminé de regreso por aquel pasillo hasta el final, donde encontré las tan buscadas lavadoras. Ni siquiera tenía suavizante… solo metí toda mi ropa con un poco de detergente y ahora me tocaba esperar alrededor de unos treinta y cinco minutos. Los que no pasaría ahí, parado como un estúpido, solo porque Alice dice que no quiere verme.
Volví a la sala como si nada, acomodándome un poco la toalla. Mi cabello seguía mojado, pero preguntarle a ella si tenía una secadora, creo que ya la terminaría de enloquecer.
—¿Qué estás viendo? — me acerqué lentamente a ella hasta quedar parado a su lado.
— ¡TE DIJE QUE NO REGRESARAS SIN ROPA! —me gritó. Todo su rostro estaba totalmente rojo.
— Cállate. — Me senté a su lado estirando los pies hacia adelante. — Todo en esta casa está mal, y eso te incluye a ti. Tus muebles son demasiado incómodos y pequeños; acumulas suciedad por todos lados. No quiero ni imaginar qué tan desordenado debe de estar tu cuarto.
— ¡Si tanto te molesta, vete! —dijo, parando lo que sea que estuviera viendo en la televisión. — Hubieras salido de aquí en tu auto desde anoche, y así no tendrías que convivir conmigo y mi “suciedad”. ¡Además, no es mi culpa; tal vez mi casa no es pequeña, solo eres tú y tu gigantesco tamaño de termotanque!
—Tal vez tienes razón… ¿Quieres saber qué otra cosa tengo grande? —Me acerqué a ella inclinándome un poco hasta quedar cerca de su cuerpo, lamiéndome los labios. Alice estaba paralizada — Ja,ja,ja. ¡Tienes que ver tu cara!
Me quedé mirando ligeramente a su labio y la herida que seguía sangrando sin control.
— ¿No piensas en curarte eso? —Ladeé un poco la cabeza.
— No es problema tuyo —pasó rozando uno de sus dedos sobre el sangrado. Hizo un gesto de dolor al sentir el toque.
— Déjame ayudarte… — Elimine aún más todo el espacio que antes había entre nosotros. Seguía paralizada, casi sin respirar.
Ni siquiera la estaba tocando, solo miraba con atención la herida. —¿Dónde guardas tu botiquín de primeros auxilios?
— No voy a dejar que me toques de nuevo.
—Déja de ser tan mentirosa — insinué, arrastrando mi lengua al hablar.
Ella parpadeó continuamente, moviendo su vista de un lado a otro.
— Permíteme ser yo quien vuelva a ayudarte. —Levanté un poco su barbilla con uno de mis dedos, localizando de dónde salía tanta sangre. Nunca imaginé que una simple mordida podría provocar tanto sangrío.
Igual se sintió bien el sabor de su sangre en mi boca…
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La idea de que alguien más que no sea yo ponga sus manos encima de ella… me hace retorcerme. Solo yo puedo tocarla; soy el único que tiene derecho a hacerlo.
— E-en mi cuarto. —habló por lo bajo—. El botiquín está en mi cuarto, sobre mi escritorio.
—Sé buena y espera aquí — agarré una de sus manos con cuidado. Eran tan pequeñas en comparación con las mías. Pase delicadamente mis dedos por encima, como una suave caricia, y le planteé un beso en medio. Estaban frías; siempre lo están. Alice se ha hecho demasiado daño a sí misma; es por eso que su cuerpo siempre está en estado de alerta.
Me levanté una vez más. No era tonto, así que sabía que si la segunda puerta era el cuarto de su amiga, la primera le pertenecía a ella.
La lavadora seguía andando. Comencé a dar pasos más largos para llegar lo antes posible a la puerta.
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— ¡Maxton, espera! ¡NO ENTRES!… —gritó desde la sala.
Ya era tarde; yo ya había entrado a la habitación.
Ignorando todo el desorden que ella tenía ahí dentro. Mire directo hacia aquel escritorio donde no solo había un pequeño botiquín con una cruz roja delante. Sino que también hay miles de papeles arrugados tirados por todos lados.
Un gran pizarrón colgaba de aquella pared, repleto de fotos, notas, escrituras… entrelazadas unas con otras con tachuelas e hilos rojos. Parecía la investigación perfecta de un crimen… Lástima que la detective no estaba ni siquiera cerca
Lo sabia…
— ¡SAL DE AQUÍ AHORA! — Alice apareció detrás de mí, jalando mi brazo y empujándome para sacarme. — ¡VETE, MAXTON!
Sus intentos de sacarme eran tan inútiles. Así que yo solo continúe mi camino, acercándome a la mesa y observándolo todo con mayor claridad.
— Al parecer no soy el único que tiene secretos… — Sonreí para mí mismo. — Aunque… tal vez todo aquí está mal.
Ella seguía forcejeando torpemente conmigo.
— Si sigues tironeándome la toalla, caerá al suelo… —agarré la toalla con una de mis manos y la sacudí un poco.
— ¡¿Qué?! ¡NO!
— A menos que ese sea tu objetivo, porque tal vez quieres que se caiga… —completé la frase, logrando distraerla. Se apartó de mí dando unos pasos hacia atrás.
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Arrastre mi mano sobre la mesa, llevándome un pequeño papel amarillo con letras rojas envuelto. No era mucho, tal vez ni siquiera lo notaría… pero para mí sí era muy útil.
— De acuerdo, me voy… agarra el botiquín… — Levanté ambas manos al aire en son de paz, mientras me dejaba empujar por ella fuera de la habitación.
— ¡YA NO QUIERO! ¡YO PUEDO SOLA! — le dio un portazo a la puerta, cerrándola de golpe.
Solté una pequeña carcajada, burlándome de lo histérica que se había vuelto. Sonaría muy masoquista de mi parte, pero me encantaba cuando ella me gritaba en la cara.
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Una hora después.
Mi ropa ya estaba más que limpia y seca; incluso había aprovechado para ponérmela en medio del pasillo, ya que Alice no se dignó a salir de su habitación durante una hora. Eran las nueve de la mañana, así que supuse que todo este tiempo se había estado arreglando para ir a clases.
Y supe que no me equivoqué cuando la vi de vuelta en la sala, ya cambiada y maquillada. Usando un suéter amarillo pastel, con una falda gris tableada y unas botas blancas. Su pelo estaba recogido en una cola alta de caballo y su maquillaje parecía bastante sencillo…
Tengo que admitir que a veces sabía cómo vestirse bien… aunque seguía usando muchos colores.
— ¿Nos vamos? — le pregunté sonriendo ladinamente.
— No quiero que vuelvas jamás a mi casa…
Levante mi cuerpo de aquel mueble, recuperando el porte al usar mi traje. Me acerqué a ella dando unos pasos hasta quedar frente a frente. Me incliné levemente hasta quedar a su altura, más o menos.
— No volveré… a menos que seas tú quien me lo pida. — Hice una pausa viendo cómo su rostro reflejaba su enojo lentamente — En ese caso, no haré nada que tú no quieras que haga…
— Solo vámonos —dijo entre dientes, agarrando con fuerza su bolso.
…
El campus seguía siendo el mismo. Los buces circulando, los estudiantes caminando a clase, a nadie le importaba.
Nos subimos al auto sin decir ni una palabra, sabía dónde quedaba su clase así que ni siquiera le pregunté antes de arrancar. Ella miraba por la ventana distraída, haciéndome preguntar qué tipo de cosas pensaba en ese momento.
Todo se veía normal, como si nada hubiese pasado… porque así era esto.
El mundo no se detiene cuando alguien muere; de hecho, solo sigue girando. El campus era igual; nada cambiaba si algo pasaba.
…
Llegamos con rapidez al edificio donde se impartía su clase de criminología.
—¿Cómo sabes que mi clase está aquí? —Pregunto desabrochándose el cinturón.
— Estudias criminología, este es el maldito edificio de: CRIMINOLOGIA — Dije letra por letra.
— ¿Y por qué sabes que mi primera clase de hoy es esa?
— Tú lo dijiste un día…
— No, no lo hice. — Dijo extrañada
Buena jugada, Alice.
— Tal vez solo lo deduje. —Me encogí de hombros.
— He estado pensando un poco en lo sucedido ayer durante el partido… y como tú apareciste de la nada. — Comenzó a abrir la puerta del auto. — Algo que no tiene sentido si lo pienso bien, porque tú nunca irías a un partido… y se vuelve aún más turbio cuando solo apareciste de la nada para salvarme…
Se quedó callada.
Yo la observaba.
— ¿Cómo me encontraste tan rápido entre tanta gente? ¿Cómo supiste que yo estaría mal?… Nada de lo que sucedió ayer tiene sentido…
Hubo un silencio enorme en el carro. Alice tenía una pierna afuera mientras mantenía la otra aún dentro del auto.
— Siempre apareces en el momento justo y cuando menos lo espero… Eso ya no es coincidencia… te hace sospechoso…
— ¿Ahora vas a meterme a mí en tu investigación, pequeña policía?
— Que me llames así, solo lo confirma…
Sabía que esto pasaría…
—Bien… — me puse totalmente serio — ¿Y ahora qué vas a hacer al respecto con todo esto?
— Dime tú… — también se tornó seria —. Depende… ¿Dónde crees que será el próximo asesinato?
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— Es una pena que sea yo quien tenga que decirte, pero el conejo blanco ya está muy por delante de ti. Tanto que no creo que seas capaz de verlo a menos que sacrifiques lo único que te queda… la investigación…