Archidemonio de las Estrellas - Capítulo 8
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8: Capítulo VII 8: Capítulo VII “A medida que las noches a la interperie han pasado, mis dudas sobre lo apto que soy para este trabajo se disolvían cada vez más.
Cada vez que perdía a un compañero dejé de preguntarme si estaba hecho para esto, y empecé a tener miedo que el siguiente pudiera ser yo.
El miedo se apoderó de mí, pero había llegado demasiado lejos ya para cambiar el camino.
Ya estaba aquí, y nada cambiaría eso.” Richard I Tras llegar a Nayra, tuvieron que pasar un control del ejército.
Dos hombres armados con ametralladoras los hicieron detenerse, y observaron a Richard.
“Están cerca de la frontera.
Si no tienen asuntos más allá, por favor regresen.” Habló el hombre con autoridad.
“Soy un Wrecker de la ADIFF.
Pedimos permiso para investigar los alrededores del bosque de Nayra.” Richard mostró su permiso, y el hombre tomó unos momentos en revisarlo.
Los demás se sentían nerviosos.
El hombre le dijo algo a su compañero, e hizo una señal.
“Capitán Richard, por favor pase.
No vayan hasta las cercanías de la frontera, sé que trabajan para la Asociación pero los Cazadores tienen prohibida la intervención política.
Hagan lo que deban y por favor retírense.” Richard asintió con la cabeza.
“Gracias.” Contestó, de forma respetuosa.
Avanzaron, y Geto habló.
“He escuchado que en estas zonas más boscosas aparece el Méndigo Rojo.” “¿El Méndigo Rojo?
¿En serio?” Preguntó Romina, casi riéndose.
“Oye, es una leyenda local bastante antigua.
Decían que el Méndigo Rojo recorría los bosques murmurando cosas difíciles de entender, y que le gustaba llevarse a las mujeres infieles y a los hombres alcoholicos.
Los agarraba del pelo, y los arrastraba mientras gritaban hasta lo profundo del bosque.
Nunca volvían a ser vistos.” “Eso suena aterrador ¿Es alguna clase de tipo de juez o algo?” La curiosidad de Victor podía más.
“El Méndigo Rojo se supone que es el cadáver de un hombre que alguna vez fue un méndigo dejado a su suerte para morir por la Orden.
El Parroquiano de la iglesia, consumido por la bebida debido a su amor por una mujer, abandonó a su suerte al Méndigo al ir a verla.
Cuando él se encontró con ella, una mujer casada, cayó bajo los encantos del hombre de la iglesia, y terminó siéndole infiel a su marido.
La leyenda dice que el marido los descubrió y los maldijo, entonces como venganza el Méndigo volvió a la vida para buscarlos y llevárselos al bosque, donde nunca más serían encontrados.” “O sea, es un zombie.” “Sí, podría contar como un zombie, supongo.” “Es una leyenda local bastante difundida por esta área.
También la he escuchado.
Imagino que se ideó también, más allá de solo evitar el alcoholismo y la infidelidad, para que la gente no se adentrara en los bosques.
Son zonas más rurales, y los animales pueden ser peligrosos.” Se refirió Richard, tomando un desvío para adentrarse al bosque.
“Es justo lo que estamos haciendo.
Ay, ahora tendré miedo, Geto estúpido.” Se mostró incómoda.
“No tienes pareja.
No creo que haya de nada de lo que preocuparse Romina.
Yo no le tengo miedo.
Soy un macho pecho peludo, no le tengo miedo a los fantasmas ni zombies.
Además, nunca engañaría a Marisol.” Victor lo miró con atención.
“La gente antes solía contar mucho ese tipo de historias, de fantasmas y cosas así.
Ahora son bastante común las historias por internet.” “Ya llegamos, vamos a bajarnos.” Comentó Richard, deteniendo el auto.
“Sí, profesor.” Richard se bajó, y caminó un poco, mirando su alrededor.
II Helena avanzó rápido hasta la zona fronteriza donde se encontraban los hombres armados del ejército.
“Señorita, el paso está prohibido.” Helena observó que estaban armados.
Los soldados se mantenían en su puesto y parecían mostrar un rostro prepotente.
“Necesito pasar.” “No podemos dejarla pasar si no tiene un permiso, señorita.
Por favor, vuelva por donde vino.” Ella movió los ojos, observando.
El militar le devolvió la mirada, y mantuvo el arma entre sus dedos.
“No nos obligue a usar la fuerza, señorita.” “No podrías hacerme daño ni aunque tuvieras a todo tu pelotón aquí, soldado.
Soy Helena, la Taroth La Emperatriz, Cazadora de máximo rango de la Asociación.
Baja tu arma, antes de que te la quite y te mate con ella.” El hombre se mostró molesto.
Helena sacó su identificación y su licencia de Asociación.
“No me interesa tu mierda.
Lárgate, ahora.” Helena mostró un rostro molesto, el hombre levantó la arma apuntándole.
Ella tocó el arma con sus dedos, un solo momento.
Golpeó la mano del soldado, bajándola.
Desvió su cuerpo sacándolo del rango del cañón.
Dejó el arma caer unos momentos, conteniendo al hombre y levantando el rifle apuntando al otro soldado que levantó su arma.
Mantuvo al primer soldado prisionero del cuello.
“Me dejarán pasar, es un asunto de vida o muerte y les aseguro que a este paso las únicas muertes que habrán serán ustedes dos.” El hombre intentó soltarse, y el otro soldado no sabía como reaccionar.
Helena habló con voz dominante y firme.
El soldado miró sus ojos, una presión agobiante venía de ellos, penetrando en lo profundo de su psiquis.
“Estoy autorizada por la Asociación y el Gobierno para detener a cualquiera que se ponga en mi camino.
Estoy en una investigación de alto riesgo y confidencialidad.
Unos simples soldados no tienen permitido saber secretos gubernamentales.
Si no me crees ponte en contacto con la persona que está al mando y pregúntale.” El hombre levantó los brazos, dejando de apuntarle.
“Lo haré, por favor, suelta a mi compañero.” El soldado se tomó unos momentos para comunicarse con el comandante.
Fueron unos pocos segundos.
“Señorita Helena.
Está autorizada a pasar por donde crea conveniente.” Helena soltó al hombre, y el arma.
“La siguiente vez no me hagan perder mi puto tiempo.
Si no los envío en un puto ataúd a casa, haré que el resto de sus malditos días pasen limpiando baños ¿Me escucharon?” “Sí, Cazadora.” Contestaron ambos, a rechinadientes.
Helena se subió a la VAD y continuó su camino, esperando que no fuera demasiado tarde.
III Caminaron por un largo sendero.
Richard se mantenía adelante, observando con atención.
Romina se veía algo cansada, y Geto se detuvo un poco, mirando los árboles.
“¿Estás bien, señora?
¿Quiere que la carguen?” “Vuelve a decirme señora y te meteré el bastón por el culo.” Victor no pudo evitar reírse.
Richard notó algo extraño en el ambiente.
Se agachó, mirando el suelo.
No había rastros que pudieran ofrecerle información, pero, el silencio era abrumador.
No había pájaros cantando, no había otros sonidos, solo ellos.
“¿Qué pasa, profesor?” Preguntó Victor, notando que Richard parecía pensativo.
“Nada, solo observaba la zona.
Mirar el suelo, la tierra, los árboles puede darles información importante respecto a la zona.
Pueden encontrar huellas o rastros que dejan las criaturas.
Miren con atención, sientan el aire.
Pueden oler cosas también, cada sentido puede ser útil.” Victor movió la cabeza.
notando el silencio.
“¿El oído también, profesor?” “Así es, Victor.” “Algo me dice que tanto silencio no es bueno, profesor.” “Y no es precisamente por nuestra presencia, Victor.” Richard se acercó a los demás, y habló en voz apenas audible mientras Romina y Geto peleaban.
“Bajen la voz.
No han notado el silencio ensordecedor que hay en el bosque.” Geto abrió los ojos, y miró a su alrededor.
Romina apoyó su espalda contra un árbol y observó a la distancia, intentando tantear el terreno con la vista.
“No lo había notado, profesor.
Hay demasiado silencio para ser un bosque ¿Por qué no hay pájaros?” “Somos el único foco de ruido.” Pronto, un graznido profundo aceleró el pecho de los estudiantes.
Richard reconoció el sonido, pero algo iba mal en ese graznido.
“Es un Azilf.
Hay un Covragón cerca.” “¿Un Azilf?
Sus plumas son hermosas.
Espero encontrarme alguna suelta para llevarla en mi cabello.” Susurró ella, tocándose el pelo.
“Son peligrosos, pero normalmente evaden a los humanos según leí en los reportes.” “Así es, Victor.
Es raro que un Covragón ataque a un ser humano.
Se han dado casos, pero normalmente son esquivos, y aunque se les puede llegar a ver de lejos, estos huirán si nos detectara.
Intentamos acercanos un poco, pero no demasiado para que no piense que invadimos su territorio.” “Profesor, si necesita apoyo cuente conmigo.” Susurró Geto, tomando firme su rifle.
“Tranquilos, cualquier cosa apoyenme desde la retaguardia.” Caminaron, y Richard mantuvo su postura alta.
Tenía una pistola, y a su lado un cuchillo.
Cargó proyectiles paralizantes, la electricidad era suficiente para detener a un Covragón.
Miró la munición mientras avanzó, revisó que todo en su pistola estuviera bien.
No había problemas.
Se detuvieron cuando Richard se posó detrás de un árbol y se agachó.
Los demás también con él.
Richard no dijo ni una sola palabra.
Victor observó su rostro y notó su semblante, sorprendido.
Al levantar la vista vio al Covragón.
La bestia, majestuosa mostraba sus plumas negras.
No era eso lo que los sorprendió, sino su tamaño descomunal.
“Profesor ¿Siempre han sido tan grande los Azilf?
¿Los tamaños mencionados en los estudios son…
bastante cortos en comparación.” “Victor, ese Covragón es enorme.
No son tan grandes.
Su tamaño es anormal.
La bestia es anormal en todos los sentidos.
La coloración de su pico, esa cresta en la cabeza, las plumas blancas y metálicas que se esparcen por su plumaje, sobre todo en el ramillete de la cola.
Nunca había visto un Covragón como ese.” “Ahora que lo menciona, es verdad.” Contestó Geto, nervioso.
“Vámonos de aquí.
No conozco las cualidades fenotípicas de esa criatura, puede ser peligrosa.” El Covragón graznó, y el sonido del granizdo fue casi paralizante para los cuatro.
Una sensación primitiva y ancestral se arrastró por sus pechos, paralizándolos.
Richard tocó la corteza del árbol.
“¿Por qué ese sonido suena tan…
antinatural?” Se preguntó, mientras abría los ojos.
Escuchó un sonido.
Al mirar, vio como el Covragón voló hacia ellos.
Los había detectado.
Richard entonces se levantó y sacó su arma.
“¡Corran!” Gritó, soltando el aire de sus pulmones.
Mantuvo su postura firme y su mirada desafió a la bestia.
No había más tiempo para pensar, había llegado la hora de cazar.
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