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ARTHAS: "Historia de un Heroe Caido" - Capítulo 10

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10: Capítulo 10: El Resplandor de Kul Tiras 10: Capítulo 10: El Resplandor de Kul Tiras —¡¡¡ARTHAS!!!

Era brillante, su sonrisa…

sí, su hermosa sonrisa era cálida y deslumbrante.

No había un ser tan hermoso y gentil en Azeroth que pudiera superar su brillo celestial.

Sus rizos eran proeza de grandes y apasionados poemas que dedicaban los bardos a incontables damiselas; ella era la luz encarnada, “el brillo de Kul Tiras” y “el resplandor de Lordaeron”.

Aun ahora, es impredecible saber cómo aquel hombre logró conquistar el corazón de aquella flor ardiente.

¿Un deseo celestial o un milagro tal vez?

Nadie puede explicarlo, solo ellos pueden decirlo; después de todo, son los personajes de su propia historia.

Su corazón era fuerte y orgulloso, tenía la destreza arrogante de un guerrero innato; sus palabras tenían el filo de una espada de orden y rectitud.

Ella, en cambio, era un alma libre e inocente; su corazón era justo y audaz, sus versos llevaban consigo un aura de dulzura y amor.

Su sonrisa era cálida y brillante; no tenía miedo, pero tampoco era arrogante, pues veía la verdad sobre todas las cosas.

Sin duda, tenía la apariencia de una delicada pero hermosa flor dorada, cubierta por una transparente capa de color violeta cuyos pétalos emitían un resplandor sin igual.

En ese instante, ese pequeño pero claro brillo dorado se cernió sobre el cielo y, por un momento, aquella cabellera dorada opacó la luz del día.

Sus delicadas y frágiles manitas se deslizaron lentamente sobre su cuello.

Él no se lo esperaba, no lo creía.

La cogió por su delgada cintura y la abrazó con pasión y cariño, cubriendo todo su entorno con su larga y fina capa violeta.

El día era brillante y audaz, su calidez se hacía notar mientras una leve brisa pujaba hacia el grueso de los bosques.

Arthas la sostuvo contra su pecho, sintiendo la humedad y el pequeño sollozo que ella le transmitía.

Por un momento, pensó en la calidez de un hogar y el amor indiscutible de una familia, en una cariñosa esposa y en unos pequeños pero sonrientes hijos.

Sus pensamientos se nublaron mientras los anhelos más profundos de su corazón invadían su cabeza.

Acarició suavemente su sedosa cabellera dorada, a la par que ella se aferraba desesperadamente a él, susurrando levemente para sí un pequeño “te amo”.

El ambiente era perfecto, la calidez de la atmósfera era única y resplandeciente; una escena apasionada, alegre, gentil y, al mismo tiempo, cargada de una amarga desesperación.

Él levantó su rostro.

Sus ojos eran brillantes y cristalinos, y de ellos brotaban suaves lágrimas de color puro.

No había dolor ni angustia en su mirada, solo alegría y soledad.

Jaina cerró sus ojos; sus labios eran pequeños, rosados y extremadamente tentadores.

Él la tomó por la mejilla y lentamente le dio un suave beso; un beso tierno, corto, pero lleno de amor.

—Te extrañé.

Te extrañé mucho.

Pensé…

que tal vez te habías olvidado de mí.

Me sentía sola y yo…

¡yo quería verte!

—exclamó ella aferrándose a su pecho.

Arthas sentía cómo su corazón se desmoronaba; aquella mujer lo tenía conquistado.

Ya fuese por su sonrisa o sus hermosos ojos azules, le dolía verla llorar y ese sentimiento desgarraba todo su ser.

La miró fijamente; su mirada reflejaba miedo y soledad.

—Yo nunca te dejaré.

¡Nunca!

Dejaré de amarte, Jaina.

Yo…

yo te…

Fue interrumpido cuando la rubia acercó sus labios a los suyos.

¿Era este el cielo?

No podía explicar esa sensación; las manos le temblaban.

Aun cuando se enfrentó a los orcos con valor y orgullo, con ella era diferente; se sentía indefenso contra las carcaricias de la rubia, su cuerpo temblaba y se sentía afortunado.

Desde lo más profundo de su corazón, su alma parecía derretirse.

Rogaba internamente que nada los separara mientras la envolvía en sus brazos.

“Algún día nos casaremos y entonces seremos felices…

de verdad”, pensó él.

A Jaina no le importaba en lo absoluto el peso de la corona o el poder.

Ella solo quería estar con aquel príncipe que la veía por lo que en realidad era: no solamente una princesa y maga de prestigio, sino algo mucho más profundo.

Sentía que él sacrificaría todo para estar con ella, aun si eso implicaba una vida difícil como campesinos humildes.

Soñaba desde niña con irse con su príncipe a una tierra lejana para nunca más volver.

“Aun si debo sacrificar todo lo que tengo y a las personas que he querido…

aun así, me iré contigo…” Ambos amantes se miraron y se sonrieron, avergonzados pero felices.

Los hombres de Arthas y el séquito de Jaina permanecieron expectantes, celebrando internamente aquel reencuentro.

A Jaina no le importaba lo que pudieran decir los demás, y Arthas pensaba de la misma forma.

Estaban siendo egoístas, pero si esa era la forma de tenerse el uno al otro, valía cada maldito segundo, aun si estuvieran frente al mismo Rey de Lordaeron.

La tarde transcurrió tranquila y armoniosa entre los imponentes pinos y sauces de las tierras del norte, capital del grano lordaeoreano.

Conversando, ambos se dirigieron hacia la base establecida a las afueras de una aldea norteña, mientras el destino del reino comenzaba a tejerse entre susurros de amor y sombras de enfermedad.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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