ARTHAS: "Historia de un Heroe Caido" - Capítulo 9
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- Capítulo 9 - 9 Capítulo 9 El Fulgor de las Promesas y el Vuelo del Kirin Tor
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9: Capítulo 9: El Fulgor de las Promesas y el Vuelo del Kirin Tor 9: Capítulo 9: El Fulgor de las Promesas y el Vuelo del Kirin Tor Nana se encontraba recostada en los muebles interinos del ayuntamiento, observando a través del gran ventanal cómo los ciudadanos hacían su día a día.
Un único pensamiento cruzó por su cabeza y no pudo evitar sonrojarse; un pensamiento de cabellera dorada, para ser precisos.
En el fondo de su corazón anhelaba volver a verlo, imaginando mil y una maneras de estar juntos.
Aunque aún no conocía con exactitud ese extraño sentimiento llamado amor, creía fervientemente que lo que sentía por aquel caballero era lo más cercano a ello.
Su corazón le dolía y su cabeza no paraba de girar: “¿Acaso esto será amor?
Duele, pero a la vez se siente tan bien…” Ese sentimiento agridulce entumecía su cuerpo mientras jugaba con sus mechones naranja de manera tierna e infantil, sola en el balcón ante el ocaso de la tarde.
De pronto, entre la multitud, divisó un gran bulto dorado que avanzaba con paso firme.
Los ciudadanos se arrodillaban a su paso, reconociendo la luz que emanaba de él.
El corazón de Nana latía con una fuerza desesperada; sus pensamientos se nublaron y varias lágrimas de pura necesidad rodaron por sus mejillas.
Bajó de la torre corriendo, ignorando las miradas de los sirvientes, recorriendo los pasillos hasta llegar al primer piso.
Justo cuando llegaba a la entrada, la puerta se abrió de par en par.
Allí estaba él: de sedosa cabellera dorada, ojos celestes y una estatura prominente.
De Arthas emanaba un aura de calidez que reconfortaba a todos en la sala.
Nana llevó sus manos a su fino rostro y dejó escapar un grito sutil pero cargado de anhelo.
—¡¡ARTH!!
Dio un salto y el tiempo pareció detenerse mientras sus cuerpos chocaban.
Se aferró a él con la determinación de no dejarlo marchar nunca más.
Arthas, algo preocupado pero encantado, amortiguó la caída y la estrechó entre sus brazos mientras acariciaba su cabeza.
Al verla, notó sus maravillosos ojos verdes con toques de jade, rojizos y cristalinos por el llanto.
—Nana…
¡uhm!
Sus palabras fueron silenciadas cuando la pequeña pelinaranja se alzó en puntitas y selló sus labios con los de él.
Fue un beso tierno pero apasionado, donde exploraron sus bocas hasta quedar unidos por un delgado hilo de saliva al separarse.
Arthas estaba confundido; no solía creer en el amor a primera vista, pero había algo hipnotizante en ella que le hacía sentir una necesidad instintiva de protegerla.
—¡Lo he decidido!
—exclamó ella con firmeza.
—¿Eh?
—He decidido que serás mi hombre.
No te dejaré ir, serás mío y solo mío.
Y luego nos casaremos y tendremos muchos hijos.
Arthas quedó anonadado.
Nunca había conocido a alguien tan directa; con Alice y Jaina los sentimientos siempre eran un laberinto, pero la sinceridad de Nana llenaba un vacío en su pecho.
Sabía que tendría que lidiar con la posesividad de Jaina en el futuro, pero en ese momento, solo pudo robarle un beso sorpresivo y susurrarle al oído: —Te prometí que pasaría el día contigo, y eso haré.
La cargó cual princesa lordaereana y salieron del ayuntamiento bajo la mirada de todos.
Pasaron un día inolvidable recorriendo el mercado y los campos.
Nana se sentía cálida, ilusionada; ya no había dolor, solo luz.
Al caer la noche, lo invitó a su morada.
A diferencia de la noche anterior con Alice, esta fue una velada de ternura pura.
Se acurrucaron entre las sábanas, abrazados, sintiéndose protegidos el uno por el otro hasta que el sueño los venció bajo la noche fría.
Al día siguiente, el ruido de la ciudad despertó a Nana, quien buscó de inmediato el cobijo de Arthas.
Al verlo aún dormido a su lado, lo abrazó gentilmente y le besó la frente hasta que las campanas del mediodía resonaron.
Arthas despertó y, viéndose atrapado por el abrazo de la joven, le susurró: —Buen día, dormilona.
—Buen día, Arth —respondió ella besándolo—.
Es la primera vez que duermo tan a gusto.
—Me alegro…
pero tengo algo que decirte.
Tengo que partir con el ejército hacia lo profundo de la región.
El miedo volvió a los ojos de Nana.
Le suplicó que se quedara, temiendo por su vida ante la plaga, pero Arthas se mantuvo firme en su deber como paladín.
—¿Acaso no me amas?
—preguntó ella entre sollozos.
—Yo…
¡Yo te amo, Nana!
—le aseguró él antes de besarla apasionadamente.
—Promete que volverás conmigo.
—No…
—ella palideció, pero él continuó—: Prometo que volveré contigo y entonces nos casaremos.
Nana lloró de alegría, imaginando un futuro de paz, vestidos y una familia; un futuro que, aunque ella no lo sabía, nunca llegaría.
Tras despedirse de ella y pasar brevemente por casa de una Alice también lacrimosa para prometerle su regreso, Arthas partió de Strahnbrad, dejando a Uther atrás para adentrarse en el norte.
Una semana después, Arthas esperaba en un descampado junto a su sargento Light y veinte soldados.
Estaba impaciente; conocía a alguien muy impuntual, pero esto ya era excesivo.
—¿Seguro que su invitada vendrá, Príncipe?
—preguntó Light.
—Eso creo…
suele llegar con retraso.
Tras dos horas de espera, un destello celeste rasgó el aire.
Trozos de ogro comenzaron a caer del cielo, alertando a los soldados que desenvainaron sus armas.
Arthas, sin embargo, ya sospechaba de quién se trataba.
Al acercarse al origen de un grito cercano, encontraron los cadáveres de dos ogros.
Encima de uno de ellos, destacaba una figura femenina con capucha morada y los emblemas del Kirin Tor.
La hechicera finalmente había llegado.
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