ARTHAS: "Historia de un Heroe Caido" - Capítulo 11
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- Capítulo 11 - 11 Capitulo 11 Abominaciones en el Reino
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11: Capitulo 11: Abominaciones en el Reino 11: Capitulo 11: Abominaciones en el Reino La atmósfera entre Arthas y Jaina era una mezcla embriagadora de romance y tensión política, un oasis de calidez en medio de un mundo que comenzaba a helarse.
Mientras cabalgaban hacia el Norte, el amor que emanaba de ellos era tan palpable que incluso los soldados más veteranos apartaban la vista, divididos entre la admiración y la envidia.
Sin embargo, no todo era armonía en la vanguardia.
Falric y Marwyn intercambiaban miradas de genuino pavor.
No temían a los orcos ni a los bandidos, sino a la mirada de Jaina Proudmoore.
La hechicera de Kul Tiras, con sus ojos azules como el hielo marino, los escrutaba con una intensidad que parecía leerles el alma.
Ella era conocida por su devoción absoluta hacia Arthas, una devoción que rozaba la posesividad más férrea.
Cada vez que Sasha, la caballero de cabellera cobriza, se acercaba demasiado al Príncipe para informar sobre las patrullas, el aire alrededor de Jaina se cargaba de electricidad estática.
Los capitanes sentían una presión invisible en el pecho; sabían que una palabra equivocada sobre las “distracciones” de Arthas en ausencia de la maga podría terminar con sus armaduras magulladas por un chorro de energía arcana o, peor aún, con algún hueso roto “por accidente” durante un entrenamiento.
A medida que se adentraban en los condados del Norte, la belleza del paisaje comenzó a morir.
El cambio fue drástico, como una herida que se gangrena ante sus ojos.
Las tierras que Arthas recordaba de su infancia —fértiles, vibrantes, rebosantes de un verde esmeralda— ahora eran extensiones de tierra yerma y cenicienta.
Los árboles, antes majestuosos sauces y robles, se alzaban como esqueletos grisáceos, podridos desde la raíz.
El agua de los arroyos, que solía ser cristalina, ahora fluía espesa y oscura, desprendiendo un olor putrefacto que asfixiaba los pulmones.
Arthas apretó las riendas con tanta fuerza que sus nudillos blanquearon.
El horror y la cólera luchaban en su interior.
Jaina, siempre perceptiva, sintió el cambio en él.
Por un segundo, el hombre que cabalgaba a su lado no era el joven dulce que recolectaba flores en los jardines de Ventormenta; era una sombra fría, un guerrero cuyo núcleo parecía estarse endureciendo como el acero.
Preocupada, ella buscó su mano.
—Arthas…
todo estará bien.
Encontraremos el origen de esto —susurró ella, tratando de exorcizar la oscuridad que empezaba a asomar en los ojos del Príncipe.
Él se obligó a sonreír, una expresión radiante que, aunque reconfortó a Jaina, no llegó a sus ojos.
Siguieron avanzando hasta llegar a una gran aldea en las afueras de la majestuosa Stratholme, el centro neurálgico del grano.
El pueblo los recibió con vítores.
Los niños corrían al lado de los caballos, con los ojos llenos de una ilusión que resultaba dolorosa de presenciar.
Soñaban con ser guardias, con servir al futuro Rey, sin saber que el destino ya había dictado una sentencia de muerte sobre sus cabezas.
—¡Algún día seré el guardia del Príncipe Arthas!
—gritaba un niño pequeño, blandiendo una espada de madera.
—¡No, yo lo seré!
¡Soy más fuerte!
—le replicaba su amigo, empujándolo entre risas.
Jaina se ruborizó al verlos, imaginando por un instante un futuro donde ella y Arthas tuvieran hijos que jugaran de la misma forma en los jardines del palacio.
Pero la paz era un espejismo.
—¡¡ATACAD!!
¡BANDIDOS, CORRED!
El grito desgarró la calma.
Un grupo de treinta hombres surgió del bosque, cargando contra la multitud cerca de la pileta central.
No eran simples ladrones; vestían armaduras de cuero desgastadas y portaban escudos de madera con insignias borrosas.
—¡Sin prisioneros!
—rugió Arthas, su voz cargada de un juicio implacable—.
¡Son desertores!
La masacre fue rápida.
La superioridad de los soldados de Lordaeron no dio oportunidad a los traidores.
Sin embargo, en su huida desesperada, los bandidos lograron detonar cargas en el puente principal que conectaba las dos mitades del pueblo, destruyéndolo por completo.
—¡Maldición!
—exclamó Arthas—.
Tendremos que rodear por el pantano.
¡Hombres, en marcha!
El cruce fue una pesadilla de fango y esfuerzo.
Las carretas de suministros se hundían hasta los ejes.
Arthas, para sorpresa y devoción de sus hombres, bajó de su caballo y metió los hombros en el lodo, empujando junto a ellos.
—Un poco de ayuda no estaría mal, Jaina —dijo él, jadeando por el esfuerzo.
—Lo siento, amor, pero ese es trabajo para hombres —respondió ella con una sonrisa traviesa, aunque sus ojos vigilaban los alrededores.
Lograron salir del pantano, pero al acercarse a la otra mitad del pueblo, un estruendo ensordecedor sacudió la tierra.
¡BOOM!
Explosiones de pólvora y fuego iluminaron el cielo.
Al llegar al centro de la aldea, el espectáculo era dantesco.
Un grupo de veinte morteros enanos, liderados por exploradores de la Alianza, disparaban sin cesar contra hordas de criaturas que desafiaban la lógica.
—¡Muertos vivientes, señor!
—gritó un enano mientras recargaba su cañón—.
¡Toda la condenada aldea está infestada!
Eran sus propios ciudadanos.
Los mismos que antes sonreían, ahora caminaban con miembros colgantes y ojos blanquecinos, movidos por una voluntad oscura.
Arthas cargó.
Su martillo, imbuido de Luz Sagrada, derretía la carne putrefacta de los monstruos, pero por cada diez que caían, otros diez se alzaban de entre las sombras.
La batalla fue un caos de metal, magia arcana y olor a muerte.
Cuando el silencio finalmente regresó, no quedaba ni un solo aldeano vivo en esa parte del pueblo.
El grano estaba corrompido, las casas en ruinas.
Pero el horror no había terminado.
Cerca de un gran granero, la figura de un hombre con túnicas oscuras y un bastón de hueso pulido emergió de la niebla.
—Huyan, hermanos…
hemos sido descubiertos —dijo el Nigromante con una voz que sonaba como el crujir de tumbas abiertas—.
Es una lástima no tener tiempo para hablar, Príncipe…
pero ellos se harán cargo de ustedes.
El Nigromante envolvió el lugar en un manto de sombras.
De los cadáveres recientes empezaron a brotar hilos de energía oscura, y de la masa de carne surgió un ser enorme, una abominación cosida con partes de diferentes cuerpos humanos, un titán de carne muerta que rugió con una voz de mil almas.
—Arthas…
esa cosa…
¡está hecha de personas!
—gritó Jaina, horrorizada.
—¡Examinaremos sus restos cuando la hayamos liquidado!
—respondió Arthas, lanzándose al ataque.
Pero antes de que pudiera golpear, la abominación lanzó un gancho de hierro oxidado que silbó en el aire con una velocidad sobrenatural.
—¡ARTHAS, CUIDADO!
—gritó Marwyn, lanzándose para interponerse.
El impacto fue brutal.
El Príncipe fue lanzado contra una pared de piedra, el aire escapando de sus pulmones mientras la visión se le nublaba.
—¡Arg…!
—gruñó Arthas, intentando levantarse mientras la sangre empezaba a correr por su frente.
La verdadera guerra por Lordaeron acababa de comenzar, y el precio no sería solo de sangre, sino de cordura.
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