ARTHAS: "Historia de un Heroe Caido" - Capítulo 12
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- Capítulo 12 - 12 CAPÍTULO 12 El Peso de la Corona y el Crisol de Stratholme
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12: CAPÍTULO 12: El Peso de la Corona y el Crisol de Stratholme 12: CAPÍTULO 12: El Peso de la Corona y el Crisol de Stratholme —¡¡JAINA!!— El grito de Arthas desgarró el aire, pero la hechicera no respondió.
La visión de Jaina se desvaneció en un fundido a negro, mientras su cuerpo, antes lleno de gracia y poder arcano, colapsaba sobre la tierra enferma.
Su cabello dorado, un faro de esperanza durante todo el viaje, se manchó con el fango amargo del Norte.
A su alrededor, el mundo se volvió un torbellino de acero y vísceras.
Marwyn y Falric, con los rostros desencajados por la furia y el miedo, formaron un muro de escudos frente a la Abominación, esa masa de carne cosida que parecía burlarse de la vida misma.
—¡Destruid a esa cosa de inmediato!— rugió Arthas.
Su voz ya no era la de un príncipe, sino la de un juez implacable.
La reacción del heredero de Lordaeron fue frenética.
Su martillo, Venganza de la Luz, estalló en un aura dorada tan dominante que los muertos vivientes menores alrededor se desintegraron por la mera proximidad.
Sus hombres, inspirados por ese liderazgo casi divino, abrieron fuego.
Los fusiles de la infantería, bendecidos por la fe, escupían ráfagas de luz solar que perforaban la piel curtida de la bestia.
La Abominación era resistente; sus múltiples brazos blandían alfanjes oxidados con una destreza antinatural, esparciendo icor negro y sangre pútrida por el campo.
Marwyn fue alcanzado por un trozo de carne desprendido, quedando cubierto de vísceras asquerosas, pero no retrocedió.
—¡MUERE!— Arthas dio un salto que desafió la gravedad, envuelto en una columna de fuego blanco.
Era la encarnación de la Gran Luz Pura Sagrada.
El impacto del martillo contra la cabeza abierta de la criatura fue sísmico; la energía sagrada vaporizó la unión de las costuras, expandiendo los restos de la bestia en una explosión de luz purificadora.
El silencio que siguió fue sepulcral.
Arthas, jadeante, corrió hacia Jaina.
La joven yacía sobre una manta improvisada por sus guardias; su armadura estaba desgarrada, revelando la vulnerabilidad de su túnica íntima.
No había heridas físicas, pero su alma había sido golpeada por el frío del vacío.
Sin dudarlo, Arthas soltó su maza y alzó las manos hacia el cielo gris.
Los cielos se abrieron en una fractura de oro puro.
Una cascada de energía celestial descendió sobre él, usándolo como un canal vivo.
Los soldados lloraban al presenciarlo; era un milagro que quemaba los ojos.
Arthas estaba usando la Gran Luz Pura, la herencia de su sangre real, una fuerza capaz de reparar incluso las fisuras del alma y burlar a la muerte misma.
—¡¡AHHHHHH!!— El Príncipe llegó a su límite.
Cada fibra de su ser crujió bajo el peso del poder divino.
Cayó de rodillas, agotado, mientras las últimas chispas doradas se fundían en la piel de Jaina.
El uso de tal poder tenía un precio: las fisuras en su propia alma.
Aunque la Luz curaba, el proceso de filtrarla a tal escala dejaba cicatrices invisibles que solo la voluntad del portador podía sostener.
—Arthas…
¿qué sucedió?
—susurró Jaina, abriendo los ojos con dificultad, buscando el rostro de su amado.
—Lo que importa es que estás bien —respondió él, ocultando el temblor de sus manos—.
No pienses en ello.
Sin embargo, el destino era cruel.
Un emisario del Kirin Tor, con las túnicas violetas manchadas de ceniza, intervino.
Jaina estaba demasiado débil para seguir el ritmo de una marcha de guerra.
Con el corazón endurecido, Arthas ordenó que la llevaran de regreso a Dalaran bajo escolta.
—Decidle que ahora nos encargamos nosotros…
—murmuró Arthas, viendo cómo se llevaban a la mujer que amaba.
Su paranoia empezaba a florecer como una planta venenosa en la soledad de su mando.
(Cuatro días después) El pequeño ejército avanzó entre bosques que susurraban lamentos.
Arthas no había dormido.
Sus ojos, antes brillantes, estaban hundidos y rodeados de sombras.
Al llegar a las afueras de Stratholme, un mensajero de Lord Uther llegó al galope: la mano derecha del Rey esperaba con una legión entera.
Pero al entrar en el siguiente poblado, el horror cambió de forma.
El silencio era total.
No había gritos, solo cuerpos en el centro de la plaza.
De la nada, una voz espectral y burlona resonó entre las casas en ruinas.
—(Jajajaja, pobre príncipe…
nos volvemos a encontrar…) —¡Sal de ahí, cobarde!— gritó Arthas, rodeado de hombres que temblaban ante lo que creían eran fantasmas.
El Nigromante apareció, envuelto en una capa negra como la noche profunda.
El combate fue breve pero brutal.
Arthas se abalanzó sobre él, chocando el oro contra el hueso.
Los golpes de luz de Arthas desmembraban la energía oscura del mago, quien apenas se defendía, como si aceptara su destino con una sonrisa macabra.
—Escucha, príncipe…
—jadeó el Nigromante mientras su cuerpo comenzaba a deshacerse en cenizas etéreas—.
No me queda tiempo…
pero el señor que se encarga del Azote en estas tierras se llama…
Mal’Ganis.
Encuéntralo en Stratholme.
Allí, tu futuro será revelado…
campeón.
El Nigromante desapareció en una brisa fría, dejando a Arthas con un nombre quemándole la mente.
Sasha intentó acercarse, notando la mirada perdida del rubio.
—¿Príncipe Arthas?
¿Se encuentra bien?
—Claro, Sasha.
¿No me ves?
—le respondió con una sonrisa mecánica que la hizo sonrojar, aunque en su interior, los hilos de su cordura se tensaban hasta casi romperse.
Antes de llegar a las puertas de la ciudad, una sombra alada descendió del cielo.
Un gran cuervo se transformó en un hombre encapuchado.
El Profeta.
—Príncipe Arthas, debes abandonar esta causa —advirtió la figura con voz de advertencia ancestral—.
Esta tierra no puede ser salvada.
Es una causa perdida.
Debes llevar a tu gente a Kalimdor, al Oeste.
—¿Huir?
¿Cuando mi pueblo más me necesita?
—la furia de Arthas estalló—.
¡Márchate ahora antes de que pierda mi piedad, vagabundo!
El Profeta lo miró con una tristeza infinita.
—Recuerda, joven príncipe: mientras más te esfuerces en salvar a tu gente, más rápido caerán en sus garras.
Arthas lo ignoró y espoleó a su caballo hacia el campamento de Uther.
Al llegar, vio las cajas de grano.
Su corazón se detuvo.
—¡Uther!
¡Llegamos tarde!
—gritó Arthas al encontrarse con el viejo Paladín—.
¡Todo ese grano está infectado!
La plaga transforma a los ciudadanos en muertos vivientes.
¡Mirad!
¡Ya ha empezado!
Desde el mirador, observaron cómo los habitantes de la gran joya del norte empezaban a convulsionar, transformándose en monstruos que se devoraban unos a otros.
El horror era total.
—¿Qué planeas hacer, chico?
—preguntó Uther con voz temblorosa.
Arthas se giró hacia él, y en sus ojos no había rastro del niño que Uther había entrenado.
Solo quedaba un rey oscuro.
—Uther…
debemos purgar toda la ciudad.
El silencio que siguió fue el preludio de la guerra civil.
Uther se negó, horrorizado ante la idea de masacrar a diez mil inocentes.
La tensión escaló hasta que Arthas, invocando su derecho de sucesión, acusó a su mentor de traición y suspendió a los paladines de su servicio.
—Has cruzado un límite inimaginable, Arthas —dijo Uther, dando media vuelta para partir hacia la capital.
Pero no se fue solo.
La mitad del ejército de Uther, aquellos cuya lealtad al trono era más fuerte que su moral, se quedaron con el Príncipe.
Tres mil soldados y doscientos caballeros se alinearon detrás de Arthas, Falric, Marwyn y Sasha.
Arthas miró las altas agujas de Stratholme, la ciudad que debía proteger.
—Ya está hecho, Sasha.
Con un gesto de su mano enguantada, dio la orden.
El ejército se movilizó.
La purga de Stratholme había comenzado, y con ella, el fin del príncipe que una vez fue luz.
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