ARTHAS: "Historia de un Heroe Caido" - Capítulo 13
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- Capítulo 13 - 13 CAPÍTULO 13 El Caballero Rojo y el Holocausto de Stratholme
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13: CAPÍTULO 13: El Caballero Rojo y el Holocausto de Stratholme 13: CAPÍTULO 13: El Caballero Rojo y el Holocausto de Stratholme —¡Nos atacan!
¡Por la Luz, es el ejército del Príncipe!
—gritaban los ciudadanos desde las almenas, con los ojos empañados por una esperanza que pronto se tornaría en ceniza.
Arthas no entró como un salvador, sino como un segador.
Ordenó rodear la ciudad, dejando a miles de campesinos atrapados en una pinza mortal: por un lado, las hordas inmundas que les devoraban el alma; por el otro, la carga indiscriminada de una caballería que ya no distinguía entre el infectado y el inocente.
La orden era absoluta: purgar.
El asalto fue un descenso al averno.
Mientras los caballeros de Arthas diezmaban los barrios exteriores, una chispa saltó hacia el cielo seco, convirtiéndose en un incendio forestal urbano.
Las casas ardieron, las banderas de Lordaeron se ennegrecieron y el hedor a carne calcinada de mujeres y niños empezó a llenar las calles.
Las mansiones nobles se convirtieron en ratoneras de guerrilla, donde los guardias locales luchaban una batalla perdida contra dos frentes.
Sin embargo, en el corazón de la ciudad, una voz todavía resistía.
—¡No pasaréis!
¡NO DEJARÉ QUE PASEN!
Era la voz de Ricardo “Corazón de León”, el Gobernador de Stratholme.
A sus 180 años, este hombre de linaje antiguo —una de las raras etnias de hombres menores cuya longevidad rivalizaba con los elfos— se alzaba como un gigante de armadura carmesí.
La plaza mayor había caído y las abadías eran hogueras humanas, pero el Ayuntamiento todavía permanecía en pie.
Ricardo sabía que los muertos vivientes habían usado el alcantarillado para infiltrarse mucho antes de que Arthas llegara.
Bajo las narices de todos, el líder espectral de la plaga había convertido a familias enteras en silencio.
Ahora, lo único que separaba a los últimos supervivientes de la aniquilación era el puente que conectaba la plaza con el Ayuntamiento.
—¡Mama, corre!
¡No mires atrás!
—gritaba una mujer mientras arrastraba a su hija entre la multitud que huía despavorida hacia la sede del gobierno.
En medio del caos, una pequeña niña de cabello castaño y ojos claros se soltó del agarre de su madre.
Ver a los monstruos acercarse despertó algo en su interior.
Se plantó en medio del puente, extendiendo sus pequeños brazos como si pudiera detener la marea de pesadilla.
Sus piernas temblaban, pero su mirada era de acero.
De su pequeño pecho emanó una luz dorada, pálida y débil, pero tan pura que hizo retroceder a los primeros zombis.
Antes de que la horda la consumiera, una sombra de metal reluciente la cubrió.
En un parpadeo, un caballero la tomó a ella y a su madre y las puso a salvo tras las puertas del Ayuntamiento.
Ricardo Corazón de León miró a sus mil hombres: una mezcla de soldados profesionales, milicianos heridos y campesinos con horcas.
—Escuchad, hombres.
No os mentiré: este puede ser el fin.
—El silencio fue absoluto mientras el fuego crujía a lo lejos—.
¡PUES QUE ASÍ SEA!
¡CORREREMOS HACIA LA MUERTE!
¡POR EL REY!
¡POR LORDAERON!
—¡POR LORDAERON!
—rugieron mil gargantas listas para el sacrificio.
Ricardo tomó una decisión táctica desesperada.
Si se quedaban tras las murallas, los muertos los rodearían y la carga de Arthas sería inútil.
Debía salir al puente, debía ser el cebo, la llama que atrajera a toda la horda para que el Príncipe pudiera golpear por la espalda.
Encabezando a sus 200 caballeros, la “Línea Roja” del Norte, Ricardo montó su robusto corcel blanco.
Sus estandartes escarlatas flameaban entre el humo.
—¡No temáis!
—bromeó Ricardo con una sonrisa fiera—.
¡Si se ven cabalgando solos con el viento en sus caras, no os preocupéis, porque ya estaréis muertos y vuestros cuerpos en Inglorium!
Las risas de los soldados rompieron la tensión del apocalipsis.
Con un grito que sacudió los cimientos de la ciudad, Ricardo ordenó la carga.
—¡POR EL REY TERENAS!
¡POR EL NORTE!
La delgada línea roja cortó el campo central en tres puntas punzantes.
Eran 200 contra 10,000.
Desde el cielo, un rayo dorado —quizás una bendición lejana o el último rastro de la Luz pura— arremetió contra las huestes demoníacas justo cuando las lanzas de Ricardo penetraban el muro de carne podrida.
La caballería pesada catafractada no tenía rival.
Los caballos, protegidos por acero, aplastaban cráneos y costillas como si fueran de arcilla.
El avance era brutal.
Ricardo dominaba el centro del campo, su armadura rojiza brillando bajo la lluvia de ceniza y luz dorada que empezaba a caer.
—¡AVANZAD!
¡NO CEDÁIS!
—rugía el Gobernador mientras se hundía más y más en el corazón del ejército muerto.
No buscaba sobrevivir; buscaba que Mal’Ganis, el señor del terror que observaba desde las sombras, no pudiera ignorar semejante desplante de valor humano.
La carga de la caballería roja era el último acto de nobleza de una ciudad que Arthas ya había condenado a muerte.
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