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ARTHAS: "Historia de un Heroe Caido" - Capítulo 14

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  3. Capítulo 14 - 14 CAPÍTULO 14 El Ascenso de la Cruzada y el Adiós de la Luz
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14: CAPÍTULO 14: El Ascenso de la Cruzada y el Adiós de la Luz 14: CAPÍTULO 14: El Ascenso de la Cruzada y el Adiós de la Luz Ricardo era imparable.

Sus golpes, imbuidos en una luz dorada que quemaba el aire, eran mortales y violentos.

Pero la marea de la muerte era infinita.

El avance de su caballería pesada fue cortado en seco por una muralla de Abominaciones; bestias de múltiples brazos y mandíbulas desencajadas que partían hombres y caballos por la mitad con zarpazos inhumanos.

—¡FUEGO!— rugió el oficial de retaguardia.

Un mar de plomo corrió por el campo.

Los nuevos fusiles de asalto lordaeoreanos destrozaron la carne muerta en una lluvia de esquirlas óseas.

En medio del caos, Ricardo, con su armadura roja y su estandarte del león, se convirtió en un torbellino carmesí.

Lanzó su lanza envuelta en un destello dorado que pulverizó a la Abominación más grande en una explosión ígnea, fundiendo incluso su propio guantelete de hierro contra su piel por el calor de la fuerza pura.

El León saltó, su espada carmesí trazando arcos de desmembramiento.

Sin embargo, por cada criatura que caía, diez más surgían del fango.

Demonios alados descendieron del cielo mientras los seres arácnidos de la Plaga hostigaban los flancos.

—¡Ruge!

¡Ataca!

¡No cedas!— se arengaba Ricardo a sí mismo, con la armadura hecha añicos y el aura carmesí titilando.

Sus hombres, campesinos y soldados por igual, se agruparon en torno a él en el último bastión, a escasos cien metros de la puerta del ayuntamiento.

La derrota era inminente; Arthas no llegaría a tiempo.

—Hoy no caeréis aquí.

¡Salvaos y vivid!— sentenció Ricardo.

En un acto de magia arcana prohibida para un guerrero, Ricardo juntó sus manos.

El tiempo pareció detenerse.

Invocó una fisura espiritual, un trueno de aura azul que envolvió a sus últimos cien hombres y, con un estallido, los teletransportó al patio interior del baluarte, poniéndolos a salvo.

Él, sin embargo, cayó de rodillas, solo y rodeado.

—¡Escuchad, ciudadanos del Norte!— gritó hacia los muros—.

Yo, vuestro gobernador, os he fallado.

Permití que masacraran vuestras familias.

¡Dadme la oportunidad de redimirme!

Mal’Ganis, el Señor del Terror, se burló desde las sombras.

—Despreciable humano, ¡MUERE!

La horda cargó.

Ricardo no retrocedió.

Su aura tomó la forma física de un león de fuego carmesí que incineraba a los primeros atacantes.

Con sus manos desnudas, el Gobernador comenzó a despedazar muertos vivientes, impulsado únicamente por una voluntad que quemaba su propio cuerpo.

Finalmente, Mal’Ganis mismo se lanzó al combate.

La lucha fue desigual; el demonio estaba fresco y Ricardo, roto.

En un último movimiento desesperado, justo cuando la zarpa del demonio iba a atravesarlo, Ricardo sonrió.

Sujetó la mano de Mal’Ganis con una fuerza sobrenatural, neutralizando sus poderes con lo último de su Luz.

—¡Te llevaré conmigo, demonio!

Ricardo se elevó hacia la estratosfera en una columna de fuego, arrastrando a Mal’Ganis hacia el cosmos.

En el punto más alto, el Gobernador detonó su propia alma en una explosión apocalíptica.

El cielo de Stratholme se iluminó como si hubiera nacido un segundo sol.

Mal’Ganis, en el último segundo, sacrificó la mitad de su esencia para escapar a través de una sombra, pero Ricardo, el León de Lordaeron, se desintegró en cenizas etéreas que cayeron sobre la ciudad como nieve roja.

Fue entonces cuando los gritos de guerra de Arthas rompieron el horizonte.

—¡POR LORDAERON!

La caballería del Príncipe rodeó la ciudad justo cuando las murallas de fuego de Ricardo se desvanecían.

Arrasaron con los restos de la horda.

Arthas vio a Mal’Ganis, herido y furioso, abriendo un portal oscuro.

—¡Solo es cuestión de tiempo, Príncipe maldito!

¡Te espero en el Norte, en Rasganorte!— rugió el demonio antes de desaparecer.

Arthas contempló las ruinas de la “Joya del Norte”.

En medio de las cenizas, un trozo de tela roja con el bordado del León descendió lentamente del cielo.

El Príncipe lo tomó entre sus manos.

La determinación en sus ojos se volvió fría como el hielo.

(Dos semanas después) El funeral del León se celebró en la capital bajo un luto que asfixiaba al reino.

Gobernadores, embajadores de Quel’Thalas y Kul Tiras, y el propio Rey Terenas presidieron la ceremonia.

Ante el miedo del pueblo, Arthas dio un paso al frente.

—¡Propongo una Cruzada!— su voz resonó en el capitolio.

La palabra “Cruzada” hizo temblar a los nobles.

Significaba movilizar los recursos totales del imperio.

Pero el Rey Terenas, mirando a su hijo, asintió con orgullo.

—Tú, hijo mío, dirigirás la expedición.

Muéstrame de lo que eres capaz.

Jaina, observando desde las sombras, sintió un frío que ninguna magia podía calmar.

Esa noche, buscó a Arthas en sus aposentos.

—Huyamos, Arthas…

vayámonos juntos— le suplicó, aferrándose a su pecho con lágrimas en los ojos.

Por un breve momento, el Príncipe dudó.

El amor de Jaina era una ancla hacia la humanidad, pero los recuerdos de los horrores vistos en el Norte y la sombra de Mal’Ganis le gritaban que el deber estaba por encima del deseo.

Se entregó a ella esa última noche, buscando en su calor un “hogar” que sabía que pronto dejaría atrás.

Al amanecer de la segunda semana, Lordaeron mostró al mundo por qué era el reino más poderoso de Azeroth.

La flota expedicionaria era una visión de pesadilla para sus enemigos: 350.000 hombres (Infantería pesada, Caballeros y Milicia).

600 barcos (400 buques de guerra y 200 fragatas de Kul Tiras).

150 dirigibles enanos de Ironforge cubriendo los cielos.

Con el apoyo de los suministros de Quel’Thalas y la bendición del Rey, la gran flota zarpó hacia las aguas heladas del Norte.

Mientras los barcos se alejaban de la costa, Arthas miraba hacia atrás, viendo la silueta de Lordaeron desvanecerse en la bruma.

No sabía que esa era la última vez que vería su hogar como un hombre vivo.

La Cruzada hacia Rasganorte había comenzado.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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