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ARTHAS: "Historia de un Heroe Caido" - Capítulo 15

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  3. Capítulo 15 - 15 CAPÍTULO 15 La Rosa de Azeroth y el Eco de una Promesa
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15: CAPÍTULO 15: La Rosa de Azeroth y el Eco de una Promesa 15: CAPÍTULO 15: La Rosa de Azeroth y el Eco de una Promesa Lo primero que Arthas sintió al pisar la cubierta de su buque insignia no fue el orgullo del mando, sino una amarga nostalgia.

El viento del norte ya empezaba a morderle la piel, pero su corazón latía con la fuerza de un deseo efímero: justicia.

Al mirar a sus soldados, veía en sus rostros un reflejo peligroso de esperanza y orgullo; ellos creían en él como se cree en un dios, y esa fe era una carga más pesada que cualquier armadura.

—¿Por qué se siente tan poco, pese a tener tanto?

—se preguntó el Príncipe, observando cómo la línea de la costa, su hogar, era devorada por el horizonte.

Se embarcaba en una lucha que decidiría el inicio del fin, un viaje sin retorno hacia las tierras heladas.

Mientras tanto, en lo alto de la torre más alta de la capital, una pequeña sombra de oro observaba la partida.

Jaina Proudmoore sentía que el mundo se hacía pequeño ante la inmensidad de la flota.

Cientos de navíos cortaban el mar, y los cielos eran surcados por los dirigibles enanos, como ballenas de hierro flotando en un mar de nubes.

Una gema de cristal líquido rodó por su mejilla y se desvaneció antes de tocar el suelo.

Jaina, en un gesto instintivo y cargado de una nueva y secreta fragilidad, abrazó gentilmente su vientre mientras tocaba su pecho, tratando de apaciguar un corazón que amenazaba con romperse.

Cuando la última campana de la catedral resonó, ella no pudo contenerse más.

Un grito desgarrador, una mezcla de dolor, amor y miedo absoluto, escapó de sus labios para ser llevado por el viento: —¡¡ARTHAS!!

Ella se derrumbó en llanto, aferrándose al único tesoro que el Príncipe no podía quitarle: sus recuerdos.

En la oscuridad de su soledad, su mente se refugió en los días de sol, mucho antes de que el nombre de Mal’Ganis o la sombra de la Plaga existieran.

El Recuerdo: El Jardín de los Suspiros —¿Quién eres?

—preguntó una pequeña Jaina, con los ojos enrojecidos y el libro de hechizos apretado contra el pecho.

—¿Eh…

yo?

—un niño rubio, de mejillas rosadas y ojos llenos de luz, la miraba con curiosidad.

—Sí.

¿Por qué me miras?

¿Qué quieres?

—replicó ella, tratando de parecer severa a pesar de su tristeza.

—Nada…

es solo que pasaba por aquí y te vi allí…

sola, llorando.

—¡Y eso qué!

Déjame sola.

No me molestes…

—Pero las chicas bonitas no deben llorar —dijo el niño con una seguridad asombrosa—, y menos aún las princesas como tú.

Jaina sintió que sus mejillas ardían.

—¿Quién eres?

—¿Yo?

Jeje, me llamo Arthas.

¿Quieres jugar conmigo?

—¿Y si no quiero?

—Entonces me quedaré contigo hasta que vuelvas a sonreír —sentenció él, regalándole una sonrisa tan radiante que el sol pareció brillar con más fuerza.

—Idiota…

—murmuró ella, aunque el llanto se detuvo.

Arthas salió corriendo de repente, dejándola confundida.

Pero volvió en un santiamén, trayendo consigo una rosa roja que había arrancado de los jardines reales.

Con cuidado, se acercó y la puso tras la oreja de la niña.

—¡Ves!

¡Ahora eres una princesa muy bonita!

—¿Bonita?

—¡Sí!

¡La más bonita de Lordaeron!

—¿Solo de Lordaeron?

—¡DE TODA AZEROTH!

—exclamó él, riendo de todo corazón.

Ese día, bajo el cielo azul de un reino en paz, se selló un destino.

—Tú…

¿no me dejarás sola, verdad?

—preguntó Jaina con voz pequeña.

—¡No!

¡Siempre estaré contigo!

Lo prometo.

Siempre seré tu amigo y estaré a tu lado.

—Ven, ¡vamos!

—la tomó de la mano con entusiasmo.

—¿A dónde?

—A cualquier lugar está bien, si es contigo.

En el presente, sobre la fría torre, Jaina Proudmoore apretó los dientes.

Sus lágrimas humedecían su melena dorada, ahora agitada por un viento que olía a tormenta y a muerte.

El recuerdo del niño que prometió no dejarla nunca se sentía como un puñal oxidado en su alma.

—Te amo…

—susurró Jaina al vacío, mientras el último barco desaparecía en la bruma.

A kilómetros de allí, en la proa de su barco, Arthas Menethil sintió un escalofrío.

Cerró los ojos y, por un segundo, creyó oler el perfume de las rosas de Lordaeron en medio del aire salino.

—Idiota…

—murmuró para sí mismo, con una sonrisa triste que se perdió en la inmensidad del Gran Mar.

La expedición seguía su curso.

El hombre que se alejaba ya no era el niño de los jardines; era un Comandante marchando hacia su propia oscuridad, llevando consigo el amor de una mujer y las esperanzas de un reino que, sin saberlo, estaba viendo partir a su último héroe.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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