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ARTHAS: "Historia de un Heroe Caido" - Capítulo 16

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  3. Capítulo 16 - 16 CAPÍTULO 16 La Marcha Maldita Preludio al Desastre
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16: CAPÍTULO 16: La Marcha Maldita (Preludio al Desastre) 16: CAPÍTULO 16: La Marcha Maldita (Preludio al Desastre) La llegada a las tierras heladas de Rasganorte fue un estallido de acero y fuego.

Bajo la luz de una madrugada de color plomo, la flota de Lordaeron desató un bombardeo sin precedentes.

Los acorazados rugieron, escupiendo proyectiles que convirtieron las playas en un infierno de hielo fragmentado y carne negra.

Los hidroaviones y los dirigibles enanos dominaron el cielo, cazando a las gárgolas mientras las fragatas tocaban tierra.

—¡AVANZAD!— fue el grito que inició la Batalla por la Costa.

Las rampas de desembarco cayeron y cientos de caballeros cargaron contra la marea de necrofagos.

Para asegurar la cabeza de playa, los dirigibles soltaron enormes planchas de metal que se clavaron en el permafrost, levantando un muro instantáneo contra el cual la horda demoníaca se estrelló en vano.

Los soldados, con el grito de “¡VENGANZA!” en la garganta, limpiaron la arena hasta que la última abominación fue aniquilada.

Al atardecer, un rayo de luz dorada atravesó las nubes, bendiciendo el campamento central como si el cielo mismo aprobara la invasión.

(Cinco meses después) El avance fue una agonía lenta.

El “Ejército Azul” de Arthas se internó en lo profundo del continente helado, levantando fuertes y asegurando rutas de suministros bajo un cielo que no conocía la piedad.

Durante meses, pelearon en colinas cristalinas y riesgos sombríos.

Cada victoria alimentaba la fe ciega de los hombres en su Príncipe, pero también la ansiedad de Arthas por encontrar a Mal’Ganis.

En la tienda del mando, la atmósfera era pesada.

—Falric, junta 500 caballeros —ordenó Arthas, ajustándose el guantelete—.

Siento que nos observan.

Saldré a explorar.

—¿Quieres que Marwyn te acompañe?

—preguntó Falric, notando la mirada distante de su amigo.

—No.

Os necesito a ambos aquí.

Antes de salir, Arthas se detuvo.

Sus ojos buscaron los de Falric con una intensidad casi febril.

—Falric…

¿te arrepientes de tu juramento?

¿De haberme seguido hasta los confines del mundo?

El silencio se estiró, incómodo y gélido.

Falric se golpeó el pecho con el puño de acero, haciendo resonar su armadura.

—¡Arthas!

¡Te sigo y te seguiré hasta los rincones más recónditos de este miserable mundo!

Tanto Marwyn como yo lo juramos.

¡Ahora y siempre!

Arthas sonrió levemente y salió a la neblina.

Arthas marchó con su guardia personal durante cinco horas a través de un páramo cubierto por una bruma gris y espesa.

La visibilidad era nula, un lienzo de incertidumbre donde el eco de las pezuñas era el único guía.

De pronto, el estruendo de una explosión sacudió la formación.

—¡A CUBIERTO!— gritó Arthas mientras proyectiles de artillería impactaban cerca.

—¡Nos atacan!

¡Es una partida de muertos vivientes!

—se escuchó una voz ronca a lo lejos, entre la niebla—.

¡Por mis barbas, que no pasen!

¡Abrid fuego!

—¡Un momento!

—rugió Arthas, frenando a sus caballeros—.

¡No disparéis!

¡La neblina os confunde!

—¡BAH!

¡No les hagáis caso!

¡Los muertos quieren confundirnos!

¡FUEGO!

—la voz era familiar, cargada de un acento rudo y terrenal.

—¡Escuchad, enanos!

—insistió Arthas, avanzando solo hacia los fogonazos—.

¡Sabéis bien que los muertos no hablan!

¡Dejad de disparar, cabezas huecas!

—¿EH?

—se oyó un grito de mando—.

¡Esa voz…!

¡Parad!

¡Parad el fuego, enanos descerebrados!

¡Os dije que no dispararan!

Una figura bajita y robusta emergió de la bruma, envuelta en una armadura pesada y blandiendo dos martillos que despedían chispas.

Sus barbas trenzadas estaban cubiertas de escarcha.

—¡Ah!

—exclamó el enano, bajando sus armas mientras sus ojos se abrían con sorpresa y alegría.

Frente a Arthas, en medio de aquel infierno helado, se alzaba una leyenda de su infancia.

El hombre que le enseñó a manejar el martillo, el explorador más audaz de Ironforge y un amigo fiel de la corona de Lordaeron.

—¿Muradin?

—susurró Arthas, sintiendo por primera vez en meses un calor real en el pecho—.

¿Muradin Bronzebeard?

El reencuentro en las tierras de la muerte había comenzado, pero el destino que los unía era mucho más oscuro que la niebla que los rodeaba.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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