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ARTHAS: "Historia de un Heroe Caido" - Capítulo 18

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  3. Capítulo 18 - 18 CAPÍTULO 18 El Colapso de la Red de Hierro
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18: CAPÍTULO 18: El Colapso de la Red de Hierro 18: CAPÍTULO 18: El Colapso de la Red de Hierro En el Punto Clave 4 (IronFrost), la tranquilidad no fue más que un espejismo cruel.

Mientras los soldados realizaban sus guardias rutinarias, el suelo, ese permafrost que juraron haber asegurado, se quebró.

No hubo carga de caballería ni aviso previo; cientos de seres antropomorfos y horrores necróticos emergieron del subsuelo, justo en el corazón del bastión.

—¡CERRAD LAS PUERTAS!

¡SALEN DEL SUELO!— el grito de pánico recorrió las almenaras.

Los muros de hierro, diseñados para resistir asedios externos, temblaron.

Las torres de vigilancia, orgullo de la ingeniería de Lordaeron, cayeron ante el embate de túneles que colapsaron sus cimientos.

La hora del caos había iniciado.

El Capitán Guineas, un hombre cuya lealtad a Arthas rayaba en la devoción religiosa, intentó contener el desastre.

La primera muralla cayó en cuestión de minutos, tomando a las fuerzas desprevenidas.

—¡Cedric!

¡Greenwold!

¡Llevad a los fusileros a las torres de reserva!

—rugió Guineas mientras el cielo se oscurecía por miles de puntos negros: gárgolas y demonios alados que llovían fuego y ceniza—.

¡Debemos replegarnos al segundo muro si queremos sobrevivir!

El segundo círculo defensivo, con sus seis torres y fuertes de artillería, se convirtió en una ratonera.

La estrategia de Mal’Ganis era impecable: al atacar desde el subsuelo, las armas de largo alcance de los muros exteriores quedaron inoperativas, apuntando hacia un horizonte vacío mientras el enemigo ya degollaba soldados en los patios internos.

De los 15,000 hombres destinados a IronFrost, miles cayeron en la primera hora.

Los oficiales, superados, ordenaron la retirada hacia la zona de vuelo, donde los dirigibles de transporte eran la única esperanza.

—¡Capitán!

¡Por cada uno que matamos, aparecen cinco más!— gritó un soldado mientras una bola de fuego llovía del cielo, fundiendo armaduras y carne en una masa ósea carbonizada.

Guineas observaba la masacre con el corazón estrujado.

Recordó el rostro de su Príncipe cuando lo nombró Capitán: “Confío en ti, Guineas”.

Esa promesa le daba la fuerza para no desmoronarse mientras veía cómo sus hombres eran lanzados desde las almenaras por criaturas de alas grises.

—¡TODOS AL CAMPO DE VUELO!

¡PROTEGED EL PUNTO DE EXTRACCIÓN!

La plaza de despegue era un caos de vapor y sangre.

Los ingenieros trabajaban febrilmente llenando tanques de combustible mientras los fusileros formaban un semicírculo de hierro para repeler a la horda.

Cien dirigibles intentaron alzar el vuelo, pero las gárgolas se lanzaron en picado.

Llamaradas verdes derribaron naves que apenas se elevaban, estrellándolas contra la plaza y enterrando vivos a quienes esperaban abordar.

—¡Romped filas!

¡Abordad las naves!

—ordenó Guineas al ver que la línea defensiva iba a ser devorada.

—¡Capitán, todavía hay hombres cubriendo!

Si nos vamos ahora, ellos…

—¡No puedo dejar que todos mueran aquí!

¡Es un sacrificio por el bien común!

Guineas fue forzado a subir a uno de los últimos cinco dirigibles por sus propios hombres.

Desde el aire, con lágrimas de rabia y vergüenza, observó cómo IronFrost se convertía en una pira funeraria.

La pesadilla no terminó con la huida.

El ingeniero jefe del dirigible, un hombre apodado “Inge”, divisó humo negro en el horizonte mientras navegaban hacia el sur.

—Capitán…

es IronStorm (Punto Clave 3).

¡También ha caído!

La incredulidad se apoderó de los supervivientes.

Pasaron de largo por el tercer bastión, escuchando por radio los pedidos de auxilio de hombres que eran masacrados en las plazas de despegue sin posibilidad de rescate.

En su huida, se les unieron otras 60 naves, restos dispersos de un ejército que hasta ayer se sentía invencible.

Continuaron su retirada hacia el segundo punto, IceStorm.

Allí, Guineas no permitió que se repitiera la historia.

—¡Inge, acércate a la plaza!

¡Brindémosles fuego de cobertura!

—¡Es un suicidio, Guineas!

—¡ES UNA ORDEN!

El dirigible de Guineas descendió heroicamente, barriendo a la horda con sus cañones laterales y permitiendo que los últimos defensores de IceStorm abordaran sus transportes.

Lograron escapar por los pelos, dejando atrás un rastro de ceniza y fracaso.

Después de 12 horas de vuelo agotador, luchando contra corrientes de viento salvajes y el terror constante a ser alcanzados por demonios, la flota de supervivientes llegó a la Zona de Desembarco.

Oficialmente, la red de suministros de Arthas había sido decapitada.

De los cinco puntos clave que conectaban el mar con el campamento central, tres habían sido borrados del mapa en un ataque coordinado y simultáneo.

El enemigo había dividido al ejército de Lordaeron: el grueso de las fuerzas estaba atrapado en el Campamento Central con Arthas, mientras que la retaguardia se amontonaba en la costa, incomunicada y rodeada por la incertidumbre.

—Cedric, ¿qué ves?

—preguntó Guineas mientras sobrevolaban los muelles de la costa.

—Todo parece normal aquí, Capitán…

el Azote aún no ha atacado esta zona.

Guineas apretó el pomo de su espada.

Si la Zona de Desembarco caía, la expedición no solo fracasaría; moriría de hambre y frío antes de que los demonios pudieran tocarlos.

La “Marcha Maldita” acababa de entrar en su fase más oscura: la del aislamiento absoluto.

Mientras tanto, en algún lugar del este, Arthas seguía buscando una espada que, según creía, sería su salvación.

No sabía que sus espaldas ya estaban envueltas en llamas.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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