ARTHAS: "Historia de un Heroe Caido" - Capítulo 19
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- Capítulo 19 - 19 CAPÍTULO 19 El Réquiem de los Elegidos y el Susurro del Cristal
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19: CAPÍTULO 19: El Réquiem de los Elegidos y el Susurro del Cristal 19: CAPÍTULO 19: El Réquiem de los Elegidos y el Susurro del Cristal Mientras los bastiones de la retaguardia ardían, el Campamento Central resistía como un náufrago en un océano de brea.
Las hordas del Azote atacaron por tres frentes apenas Arthas cruzó el umbral de la base.
Sin embargo, la disciplina de Lordaeron no flaqueó.
Los artilleros enanos y los fusileros transformaron el muro exterior en un volcán de plomo y fuego.
Las minas terrestres sembraron el caos en el llano, y las metrallas destrozaron a las bestias aladas que osaron cruzar el cielo.
Por un momento, parecía que el orden humano prevalecería.
Pero lejos de los muros, en lo más profundo de la Gruta Sombría, la realidad era distinta.
Arthas y su fuerza expedicionaria avanzaban bajo ventiscas que no solo enfriaban la carne, sino que oxidaban el mithril bendito.
Seres fantasmagóricos observaban desde las sombras, pero los hombres de Arthas, con rostros pálidos y miradas fieras, no retrocedieron.
—¡Por Lordaeron!— gritaban, mientras el martillo de Arthas hundía el pavimento cristalino, desatando la “Mano de Dios” para rehabilitar a sus guerreros heridos.
Muchos cayeron.
El camino se pavimentó con los restos de valientes que juraron seguir a su príncipe hasta el abismo.
Al final de la senda, tras derrotar al último espectro, llegaron a una cámara donde el tiempo parecía haberse detenido.
En el centro, sobre un pedestal de diamante, reposaba ella: Frostmourne.
Una hoja de cristal radiante, envuelta en llamas azules que devoraban el aire.
Arthas quedó hipnotizado.
Una voz cálida, una vibración etérea, comenzó a susurrarle al oído: “Tómame y salva a tu pueblo…
Tómame y sé un dios”.
Cuando Arthas extendió la mano, el aire estalló.
—¡NO PASARÉIS!— rugió un Ser Espectral, el Guardián de la Hoja.
Una onda expansiva golpeó al grupo.
Muradin, intentando proteger a Arthas, recibió el impacto de lleno y cayó inconsciente, con su armadura de enano abollada por la fuerza pura del impacto.
—¡PROTEGED AL PRÍNCIPE!— ordenó el Capitán de la Guardia Real.
Entró en escena la élite de la élite.
Hombres con cascos alados y capas oscuras, bendecidos personalmente por la Luz.
Un centenar de estos guerreros se abalanzó sobre el Guardián con una coordinación impecable.
Lanzas carmesíes y espadas de luz trazaron arcos de destrucción.
El Capitán, cuya destreza casi igualaba a la de Sir Uther, lideró la carga.
Sus movimientos eran un zigzagueo mortal, una danza de poder sagrado que resquebrajó el suelo de cristal.
Durante minutos, los Élite cerraron sus puntos y asestaron golpes que habrían destruido a un ejército entero.
El Guardián recibió todo el impacto, pero su presencia ominosa no menguaba.
De pronto, el Guardián explotó en un aura oscura.
Con una velocidad inhumana, esquivó los tajos de luz y hundió su maza contra la formación de los Élite.
El sonido fue espeluznante: el mithril endurecido se hizo añicos.
El Guardián remató a los hombres en el aire, pulverizando sus huesos antes de que tocaran el suelo.
Cuando la onda expansiva del Guardián mandó a Muradin contra las paredes de cristal, el silencio de la gruta fue reemplazado por el sonido rítmico de cien botas de acero golpeando el suelo al unísono.
—¡FORMA EN TESTUDO DE LUZ!— rugió el Capitán Valerius, líder de la Guardia Real.
Los cien hombres de élite no vacilaron.
En un parpadeo, las capas oscuras ondearon y los escudos de mithril se entrelazaron, creando una muralla de plata que comenzó a brillar con una luminiscencia dorada.
El Guardián de la Espada, una masa de sombras de tres metros de altura envuelta en una armadura de placas grabadas con runas de agonía, alzó su maza espectral.
—¡CARGAD!
El choque fue sísmico.
El Guardián descargó su maza contra el centro de la formación, pero los soldados no se quebraron.
La Luz Sagrada fluyó entre ellos como una corriente eléctrica, repartiendo el impacto entre los cien hombres.
Los pies de los soldados se hundieron en el hielo, pero la línea se mantuvo.
—¡AHORA!
¡RANGOS DOS Y TRES, ATAQUE DE PENETRACIÓN!
Desde detrás de la muralla de escudos, las lanzas bendecidas surgieron como colmillos de una bestia de luz.
El Guardián fue empalado en una docena de puntos.
Sin embargo, el ser no sangraba; de sus heridas brotaba una niebla gélida que congelaba el acero al contacto.
Con un rugido que no salió de una garganta, sino del mismo abismo, el Guardián giró sobre su eje, convirtiéndose en un torbellino de sombras.
La maza golpeó lateralmente, y esta vez, el escudo de un soldado estalló en mil fragmentos.
El hombre fue lanzado contra el techo de la gruta, sus huesos crujiendo audiblemente antes de caer como un fardo inerte.
—¡NO OS DESCONCENTRÉIS!
¡POR LOS HIJOS DE LORDAERON!— Valerius saltó sobre los hombros de sus propios hombres, su capa carmesí desplegada como las alas de un fénix.
En el aire, su lanza se encendió en un fuego blanco tan intenso que las sombras de la gruta retrocedieron.
El Capitán y el Guardián se enzarzaron en un duelo que desafiaba la vista humana.
Cada vez que sus armas chocaban, una onda de choque resquebrajaba las estalactitas de la cueva.
Los otros noventa y nueve guardias operaban como una sola entidad: mientras diez distraían al gigante con estocadas rápidas, otros diez lanzaban rezos de protección, y el resto formaba un anillo de contención para que la entidad no pudiera alcanzar al príncipe Arthas.
—¡Está flaqueando!
¡Mantened la presión!— gritó un sargento, justo antes de que el Guardián le atrapara la cabeza con una mano enguantada en sombras.
Con una presión aterradora, el yelmo alado del sargento se colapsó.
La batalla se volvió un poema de sangre y gloria.
Los Guardias Reales sabían que no saldrían vivos.
Eran conscientes de que cada segundo que ganaban era un segundo más para que su Príncipe encontrara la solución.
Uno a uno, los hombres más valientes del reino fueron cayendo: Haldor, el gigante, perdió ambos brazos frenando un golpe dirigido a Valerius, usando su cuerpo como un último escudo.
Kaelen, el más joven, se inmoló detonando su propio sello sagrado para cegar al monstruo momentáneamente.
El aire en la gruta se volvió espeso, cargado del olor a ozono, sangre y metal quemado.
El Guardián, viendo que la disciplina de estos hombres era inquebrantable, recurrió a su poder prohibido.
Hundió su maza en el pedestal de la Frostmourne y una explosión de energía nigromántica barrió la sala.
Los últimos treinta guardias fueron elevados por los aires.
Fue entonces cuando el Capitán Valerius, envuelto en el aura del sacrificio final, ejecutó la técnica prohibida de los paladines de la corona: La Consunción de la Gracia.
—¡MÍRAME, ESPECTRO!
¡ESTA ES LA VOLUNTAD DE LOS HOMBRES!
Valerius se convirtió en un borrón de luz pura.
Su velocidad era tal que parecía estar en diez lugares a la vez.
El primer impacto le arrancó el brazo izquierdo al Guardián.
El segundo impacto atravesó el pecho de la criatura, dejando un agujero de luz ardiente.
El tercer impacto fue un tajo ascendente que partió el casco del espectro, revelando un vacío de ojos estrellados.
En un último acto de heroísmo puro, Valerius soltó su lanza, agarró al Guardián por el cuello y canalizó toda su fuerza vital en una detonación masiva.
El estruendo fue ensordecedor; la gruta entera tembló y una cúpula de oro líquido consumió al monstruo.
Cuando la luz se disipó, solo quedaba el silencio sepulcral de Rasganorte.
El Capitán Valerius había desaparecido, dejando solo una marca de ceniza en el suelo y su lanza partida.
Sus cien hombres yacían como estatuas de plata derribadas sobre el cristal.
Pero el horror fue absoluto cuando, de entre el humo, la armadura del Guardián comenzó a reconstruirse.
Las piezas volaron desde el suelo, soldándose con magia oscura.
El espectro se puso de pie, impecable, como si el sacrificio de la mejor unidad de Lordaeron no hubiera sido más que una molestia pasajera.
Arthas, observando los cadáveres de su guardia personal, sintió que algo dentro de él se rompía para siempre.
La Luz no había salvado a sus hombres.
El sacrificio no había servido de nada.
Solo quedaba el frío.
Solo quedaba la espada.
—Ya no más…
—susurró Arthas, sus ojos azules volviéndose gélidos mientras caminaba sobre los restos de Valerius hacia el pedestal—.
Si la Luz nos ha abandonado, tomaré el poder del mismo infierno para vengarlos.
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