ARTHAS: "Historia de un Heroe Caido" - Capítulo 3
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- Capítulo 3 - 3 Capítulo 3 Promesas de Justicia y el Eco de un Beso
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3: Capítulo 3: Promesas de Justicia y el Eco de un Beso 3: Capítulo 3: Promesas de Justicia y el Eco de un Beso La batalla en las puertas de Strahnbrad había sido feroz.
Aunque la superioridad numérica y las murallas de Lordaeron inclinaron la balanza, el suelo estaba teñido de un precio amargo.
Las bajas no eran masivas, pero para los ciudadanos, cada caído era un padre, un hermano o un amigo.
El aire pesaba con el olor a hierro, sangre y el rastro de la pólvora.
Arthas, sin embargo, no podía permitirse el lujo del duelo.
Sabía que, más allá de los bosques, el campamento orco seguía latiendo como una herida abierta.
Con una mirada de acero, el Príncipe se alzó sobre los restos del combate.
Levantó su martillo de rectitud, y su armadura de mithril reflejó la luz del atardecer, haciéndolo parecer un faro de esperanza.
—¡Ciudadanos de Strahnbrad!
—su voz resonó con una autoridad divina—.
¡Yo, el Príncipe Arthas, juro bajo el costo de mi propia vida que no descansaré hasta exterminar al último orco de nuestras tierras!
¡Os prometo la victoria!
¡POR LORDAERON!
Un rugido unísono respondió a su grito.
El pueblo, sediento de venganza y redención, veía en él no solo a un heredero, sino a un arma sagrada.
Mientras la ciudad se sumía en una tormenta de fervor patriótico, Arthas se giró hacia sus maltrechos capitanes.
—¡Falric, Marwyn!
—ordenó—.
Reunid a las fuerzas restantes.
Partiremos hacia el campamento de Uther.
Vamos a enseñarles a esos orcos cómo jugamos nosotros.
Arthas se dirigió al ayuntamiento.
Atravesó las calles entre miradas de devoción hasta llegar ante el Gobernador Bardo.
El viejo veterano estaba desaliñado, con su armadura plateada aún manchada por la sangre de los orcos que él mismo había pasado por su espada.
Como hombre de Lordaeron, su longevidad era evidente: a pesar de sus muchos años y batallas, su rostro era el de un hombre fuerte y apuesto, sin una sola cana.
Bardo estaba sumergido en informes y sellos para la capital, con la paciencia pendiendo de un hilo.
—¡Si es otro aldeano quejumbroso, que se largue!
—rugió sin levantar la vista.
Arthas sonrió para sus adentros y, con una pizca de picardía, golpeó la mesa con fuerza: ¡POOM!
Bardo saltó de su asiento, desenvainando su espada en un arranque de furia ciega: —¡CARAJO!
¡OS DIJE QUE NO ME MOLESTASEN…!
—las palabras se le murieron en la garganta al ver la sonrisa burlona del Príncipe—.
¿P…
Príncipe Arthas?
—Vaya modales tienes, viejo —se rió Arthas, apoyándose en la mesa—.
Casi me sacas un ojo.
La tensión se disolvió en una charla familiar.
Bardo, que había sido como un segundo padre para Arthas durante su infancia, expresó su preocupación por el doble frente: la Plaga y los Orcos.
—No te dejes llevar por la arrogancia, Arthas.
Eres el único hijo de Terenas —advirtió Bardo.
—Lo sé, viejo.
Volveré sano y salvo.
Ni siquiera un orco puede atravesar esta cabezota mía.
Arthas salió a toda prisa, consciente de que el tiempo se agotaba.
Corría por los pasillos del ayuntamiento cuando, al doblar una esquina…
¡CHOC!
Un choque brutal lo mandó hacia adelante, y un chillido agudo de dolor llenó el corredor.
En el suelo, la chica del campo de trigo, Varena (a quien él conocía como Nana), había caído en una posición bastante comprometedora, con la falda levantada revelando su ropa interior blanca y sus muslos pálidos.
—¡Maldito bruto!
¡Fíjate por donde…!
—ella se detuvo al reconocerlo—.
¿Arth?
¿Eres tú?
Al darse cuenta de su situación, Nana se puso roja como un tomate.
Se cubrió frenéticamente mientras Arthas, algo nervioso pero servicial, la ponía en pie con demasiada prisa, provocando que ella terminara chocando contra su pecho.
—¿Estás bien, niña?
—preguntó él, sintiendo el calor de la joven.
—¡No soy una niña, maldito bruto!
—hizo un puchero encantador antes de ponerse seria—.
¿A dónde vas?
Arthas le explicó que debía ir al campamento orco.
En ese momento, algo cambió en los ojos de Nana.
Una tristeza profunda y un miedo repentino la invadieron; sintió que si lo dejaba ir, lo perdería para siempre.
—¡Nana!
—gritó ella de repente, con los ojos cristalinos—.
¡Ese es mi nombre, idiota!
¡Prométeme que volverás con vida!
¡Promételo!
Arthas, conmovido por la pureza de sus sentimientos y recordándole vagamente a Alice, la rodeó con sus brazos, hundiendo la cabeza de la joven en su pecho.
El aura cálida del paladín pareció calmar el corazón de Nana por un instante.
—Lo prometo, Nana.
Volveré a Strahnbrad por ti…
y tendremos esa cita —susurró él con una sonrisa radiante.
Nana sonrió de vuelta, una sonrisa tan pura que quedó grabada en la memoria de Arthas.
Entonces, poniéndose de puntillas, ella acortó la distancia y le dio un tierno beso en los labios, un roce dulce con sabor a rosas de campo que dejó al Príncipe estático.
—¡Me gustas!
¡Más te vale cumplir tu promesa, bruto Arth!
—gritó ella antes de desaparecer corriendo por los pasillos del ayuntamiento.
Arthas salió de la ciudad con 100 de sus mejores soldados razos, dejando el resto de las fuerzas para proteger la ciudad y cuidar a los heridos.
Mientras cabalgaba hacia el campamento de Uther, sus pensamientos eran un caos entre Nana, Alice y una distante hechicera rubia llamada Jaina.
—¿En qué piensas, Arthas?
¿Problemas que empiezan con “A” o con “J”?
—se burló Falric desde su flanco.
—¡Cállense, idiotas!
—replicó Arthas con una vena hinchada en la frente, repartiendo un par de golpes amistosos en los cascos de sus capitanes—.
¡Tenemos una guerra que ganar!
Mientras tanto, en el silencio del ayuntamiento, Nana se dejaba caer contra la pared, llorando en soledad mientras se tocaba el pecho, sintiendo un dolor que no entendía pero aferrándose con todas sus fuerzas a la promesa del Príncipe.
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