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ARTHAS: "Historia de un Heroe Caido" - Capítulo 4

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  3. Capítulo 4 - 4 Capítulo 4 El Filo de la Venganza
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4: Capítulo 4: El Filo de la Venganza 4: Capítulo 4: El Filo de la Venganza En el campamento base de la Mano de Plata, el aire olía a cuero viejo, aceite de armas y el aroma metálico de la nieve que empezaba a derretirse.

Lord Uther el Iluminado revisaba los suministros con la meticulosidad de un hombre que ha visto mil inviernos.

Sus dedos enguantados recorrían los barriles de pólvora y sacos de grano cuando dos figuras interrumpieron su concentración.

—Lord Uther, ¿nos mandó llamar?

Dos caballeros de capas celestes y armaduras plateadas se arrodillaron con una precisión marcial.

Uther se giró lentamente.

Sus ojos, cargados de la sabiduría de un siglo de servicio, se suavizaron al reconocer a uno de ellos.

—Así que te ofreciste voluntario, ¿eh, Sthefen?

—dijo Uther, y una pequeña gota de sudor nervioso bajó por su frente.

—¡Tío Uther!

—exclamó el joven de cabello castaño y ojos azules, rompiendo por un momento el protocolo—.

Cuando supe que buscabas voluntarios para una misión de paz, no pude quedarme de brazos cruzados.

¡Quiero proteger el reino como tú!

Uther sintió un nudo en la garganta.

Sthefen le recordaba demasiado a Arthas: la misma terquedad, el mismo orgullo que a veces bordeaba la imprudencia.

Al lado de Sthefen estaba Maht, un caballero oculto tras un yelmo cerrado, cuya aura de serenidad contrastaba con la energía explosiva del muchacho.

—Asegúrate de volver a salvo, Maht —dijo Uther con voz pesada—.

Cuida que este idiota no cometa una estupidez.

—Por supuesto, Lord Uther —respondió Maht con una voz profunda—.

Le mantendré la cabeza pegada a los hombros.

Uther les entregó el pergamino con los sellos reales.

La misión era suicida: parlamentar con el líder del Clan Blackrock.

Quería creer que la paz era posible, pero en el fondo de su alma, un viejo recuerdo de guerra le advertía que los orcos solo entendían el lenguaje del acero.

Mientras veía a Sthefen alejarse con un pequeño grupo de soldados razos, Uther se tocó el pecho, sintiendo una punzada de dolor por una promesa antigua que aún quemaba en sus recuerdos.

Mientras tanto, a leguas de allí, la marcha de Arthas continuaba.

El camino estaba pavimentado, pero el silencio del bosque resultaba opresivo.

Arthas cabalgaba al frente, pero su mente no estaba en el sendero, sino en una cabellera naranja y unos ojos color esmeralda.

—Mira esa cara, Marwyn…

ese desgraciado está pensando en una mujer —susurró Falric, cuya vena roja en la frente delataba su irritación.

—Pero ¿en cuál?

—rio Marwyn—.

A Jaina no le va a hacer ninguna gracia si se entera de que el Príncipe tiene una nueva musa.

—Si es que se entera…

—respondió Marwyn con una mirada pícara—.

Pero míralo, está rojo como un tomate.

Arthas, que escuchaba cada palabra, sintió el calor subirle a las mejillas.

Era cierto.

Amaba a Jaina, pero la fragilidad de Alice y la chispa indomable de Nana habían despertado en él un instinto protector que no sabía cómo clasificar.

¿Amor a primera vista o una maldición del destino?, se preguntó mientras el estandarte de la Mano de Plata aparecía en el horizonte.

Al llegar al campamento, fueron recibidos por una guardia impecable.

Una joven capitana se acercó y se arrodilló ante el caballo de Arthas.

—Bienvenido, Príncipe.

El campamento está a su disposición.

—Levántate, caballero.

Haces un gran trabajo manteniendo el orden aquí —dijo Arthas con una sonrisa radiante.

La capitana se sonrojó visiblemente, mientras Falric y Marwyn ponían los ojos en blanco detrás del Príncipe.

Este hombre tiene un don, pensaron al unísono.

El encuentro con Uther fue breve pero cargado de tensión.

La noticia de la victoria en Strahnbrad fue celebrada, pero la calma se rompió cuando dos caballos galoparon hacia las puertas.

Estaban sin jinetes, con los costillares bañados en una sangre oscura y espesa.

El rostro de Uther se volvió ceniciento.

—Maldición…

esos orcos no se rendirán jamás —susurró el Paladín, apretando los puños con tal fuerza que sus guanteletes crujieron.

—¡Debemos exterminarlos ahora mismo!

—rugió Arthas, la luz de su martillo brillando con una intensidad agresiva—.

¡Son bestias inmundas!

—Calma, Arthas.

La venganza no es el camino de la Luz.

Si nos volvemos viles como ellos, ¿qué diferencia habrá?

Uther decidió quedarse a defender el campamento mientras Arthas tomaba a 150 de sus mejores soldados para localizar la base orca.

El bosque era un laberinto de helechos y sombras, un terreno donde los orcos tenían la ventaja del camuflaje natural.

En su búsqueda, se toparon con un grupo de enanos liderados por Feranor Steeltoe.

Los barbudos cazadores estaban tras la pista del draco negro Searinox.

—Si nos traes el corazón de esa bestia, reforjaremos tu arma con fuego dracónico —ofreció Feranor.

La cacería fue breve pero intensa.

Arthas utilizó la Luz para cegar al draco mientras los soldados razos lo mantenían en tierra con redes de hierro.

Con un golpe certero de su martillo, Arthas reclamó el órgano vital.

A cambio, Feranor no solo reforjó el arma del Príncipe con un Orbe de Fuego, sino que entregó 50 fusiles enanos a los soldados de Lordaeron, explicándoles el arte de la pólvora.

Armados con fuego y plomo, el ejército de Arthas se internó en la zona más oscura del bosque.

Allí, el olor a podrido se volvió insoportable.

Al llegar a un claro, el horror se materializó ante sus ojos.

Los restos de la partida de paz de Sthefen y Maht estaban esparcidos como basura.

No habían sido simplemente asesinados; habían sido masacrados.

Torsos sin extremidades, cabezas clavadas en picas de madera bruta y las armaduras plateadas, antes orgullosas, ahora estaban abolladas y cubiertas de inmundicia.

Un silencio sepulcral cayó sobre los soldados.

Arthas se acercó a un yelmo abollado que reconoció al instante.

El odio, una fuerza fría y antigua, comenzó a sustituir la compasión en su corazón.

—Malditas bestias…

—susurró un soldado, con la voz quebrada.

—No son humanos…

son monstruos —gruñó otro, apretando su nuevo fusil enano.

Arthas levantó su martillo, ahora envuelto en llamas mágicas por el orbe de Feranor.

Sus ojos azules parecían reflejar el incendio de una ciudad entera.

—Escuchadme bien —dijo con una voz que no parecía la suya—.

Ellos han elegido este camino.

No habrá piedad.

No habrá prisioneros.

Hoy, el bosque se teñirá con su sangre verde hasta que no quede uno solo en pie.

El inicio del fin había comenzado, y bajo la sombra de los árboles, la Luz de Arthas empezó a arder con un matiz mucho más oscuro.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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