ARTHAS: "Historia de un Heroe Caido" - Capítulo 36
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36: CAPITULO 36: El Corazón de la Montaña 36: CAPITULO 36: El Corazón de la Montaña El rugido de Arthas a las puertas de Ironforge no fue solo un grito de guerra; fue el lamento de una fortaleza que había resistido milenios, ahora a punto de ser profanada.
Tras el avance imparable del Emperador y la caída de las defensas exteriores, el monstruoso ejército imperial se abalanzó sobre las entradas principales de la ciudad-montaña.
Las gigantescas puertas de Ironforge, forjadas con hierro y runas ancestrales, eran la última barrera física entre el invasor y el corazón del reino enano.
Dentro, la Gran Forja, que solía resonar con el alegre repicar de los martillos, ahora vibraba con la tensión de una presa acorralada.
El Rey Magni Barbabronce, su rostro curtido por la desesperación pero inquebrantable, se movía entre sus guerreros.
La moral estaba maltrecha, pero no rota.
Los enanos no eran conocidos por rendirse, y ahora, con la espada de Arthas a sus puertas, su orgullo ancestral se encendía.
“¡Por la Montaña!
¡Por nuestros ancestros!” El grito de Magni resonó.
“¡No caeremos!
¡No nos rendiremos!
¡Lucharemos por cada túnel, por cada cámara, hasta que la última barba enana caiga!” La Entrada al Abismo Los primeros intentos del Imperio por romper las puertas fueron brutales.
Los Tanques de Vapor, reforzados con arietes improvisados, embistieron la piedra y el metal.
La artillería imperial, traída con esfuerzo hasta la entrada, bombardeó las runas de defensa, haciendo que el granito temblara.
Pero las puertas de Ironforge no eran como las de otros castillos; eran una extensión de la montaña misma, imbuidas de una magia protectora que resistía los embates.
Arthas, impaciente con la lentitud del asedio, ordenó a sus ingenieros que se adelantasen.
Bajo el fuego de cobertura de los Martillos Celestiales, escuadrones de zapadores imperiales, protegidos por escudos de asalto, se arrastraron hasta las puertas.
Su objetivo: plantar cargas explosivas concentradas en puntos clave de la runas, diseñadas para desequilibrar la protección arcana de los enanos.
El sonido de la perforación de los taladros, apenas audible sobre el estruendo de la batalla, era un presagio ominoso.
Los enanos defendieron las puertas con una ferocidad suicida.
Los Mosqueteros enanos disparaban descargas cerradas desde las troneras, sus proyectiles silbando al pasar junto a las cabezas de los zapadores.
Los Lanzadores de Piedras enanos, gigantescas catapultas montadas sobre las propias murallas de la entrada, arrojaban rocas ardiendo que aplastaban a las formaciones imperiales.
Pero la disciplina y el número del Imperio eran abrumadores.
Poco a poco, los zapadores lograron su objetivo.
Cuando las cargas fueron detonadas, una explosión ensordecedora hizo vibrar la montaña.
Las runas defensivas de las puertas se agrietaron, y el metal crujió con un lamento prolongado.
No se abrieron de golpe, pero la puerta izquierda se desplazó, dejando una fisura lo suficientemente grande para que la infantería imperial comenzara a forzar su entrada, sus escudos entrelazados, sus espadas listas para la carnicería.
La Batalla en los Túneles: El Laberinto de Acero y Sangre Lo que siguió fue una batalla sin cuartel en el laberinto de túneles y pasajes que conformaban las defensas exteriores de Ironforge.
Los enanos habían preparado el terreno.
Cada intersección era un cuello de botella, cada cámara lateral una trampa.
Los túneles estrechos anulaban la superioridad numérica del Imperio, obligando a los soldados de Lordaeron a luchar en formaciones apretadas, donde las hachas enanas podían cobrar su cuota.
El aire se llenó del olor a pólvora, sangre, metal caliente y el azufre de los explosivos.
Las antorchas parpadeaban, lanzando sombras danzarinas que hacían que cada esquina pareciera albergar una amenaza.
Los gritos de guerra enanos se mezclaban con las órdenes imperiales y los lamentos de los moribundos.
Los Zapadores de Demolición de Lordaeron, especialistas en combate subterráneo, lideraban el avance.
Equipados con granadas de fragmentación y cargas explosivas, volaban las barricadas enanas y desalojaban a los defensores de sus posiciones.
Las unidades de ingenieros imperiales utilizaban sus taladros para crear nuevos puntos de entrada, flanqueando a los enanos atrincherados.
Muradin Barbabronce, su barba empapada en sudor y sangre, dirigía la defensa con la ferocidad de un león acorralado.
Sus hachas gemelas brillaban en la penumbra, derribando a los soldados imperiales uno tras otro.
“¡Por Khaz Modan!
¡No retrocedáis un paso!” gritaba, inspirando a sus hombres a luchar con renovada desesperación.
Pero cada pasillo ganado por los enanos era recuperado con un costo mayor por el Imperio.
Arthas, impaciente con la “lentitud” del avance, se unió personalmente a la vanguardia.
Su mera presencia cambiaba el flujo de la batalla.
Donde él estaba, la resistencia enana se desmoronaba.
Sus golpes, imbuidos de esa energía oscura y carmesí, pulverizaban las defensas, haciendo que el acero y la roca se fragmentaran como cristal.
Los gritos de los heridos eran silenciados por el zumbido de su poder.
Fue en una de las galerías principales, un cuello de botella reforzado donde los enanos habían logrado contener el avance durante horas, que Arthas desató una furia aún mayor.
Levantó su espada y un torbellino de energía arcana, purificada y corrupta a la vez, brotó de su hoja.
La magia arrasó el pasillo, haciendo que las rocas se desprendieran del techo, aplastando a los defensores.
Aquellos que no fueron sepultados, fueron lanzados por los aires, sus cuerpos desmembrados antes de tocar el suelo.
La moral enana, que había demostrado ser tan resistente, comenzó a desmoronarse bajo esta fuerza imparable.
La visión de Arthas, un dios de la destrucción envuelto en un aura ardiente, era demasiado para sus mentes.
No se podía luchar contra eso.
La Guardia Imperial: El Martillo Final Cuando las fuerzas imperiales lograron romper las defensas exteriores, el camino hacia las cámaras centrales de Ironforge se abrió.
Fue entonces cuando Arthas desplegó a su carta más poderosa, su puño de élite, la sombra de su propia voluntad: la Guardia Personal del Emperador.
No eran simplemente soldados; eran los mejores del Imperio, veteranos curtidos en innumerables campañas, elegidos personalmente por Arthas por su lealtad fanática y su habilidad de combate sin igual.
Sus armaduras, de un negro azabache, eran más finas y resistentes, adornadas con los emblemas dorados del Emperador.
Cada uno portaba armas raras y mágicas, un testimonio de los recursos ilimitados de Lordaeron.
Su avance no era un torbellino caótico, sino una pared impenetrable de acero y voluntad.
Marchaban en perfecta sincronía, sus botas resonando con un ritmo implacable que helaba la sangre.
Estos no eran los soldados agotados de las primeras líneas; eran la fuerza de choque, el martillo final.
Su misión era clara: abrirse paso hasta el corazón de Ironforge, hasta el Rey Magni.
Los restos del ejército enano, diezmado y agotado, se atrincheraron en las últimas líneas defensivas que protegían la Gran Forja, el salón del trono y las forjas ancestrales.
Los Guerreros Hachas, los Mosqueteros y los Ingenieros de Combate se prepararon para el último y desesperado sacrificio.
Entre ellos, el Rey Magni y Muradin, sus rostros sombríos pero decididos.
“¡Aquí lucharemos!
¡Aquí moriremos si es necesario!” rugió Magni, su propio martillo de guerra brillando con un brillo runico.
“¡Por los Barbabronce!
¡Por los Ancestros!” La batalla final en los pasillos interiores de Ironforge fue una carnicería.
La Guardia Imperial, liderada por el propio Arthas, se encontró con una resistencia enana que, aunque menguada, era feroz.
Los túneles se convirtieron en cámaras de masacre, el aire, en un sudario de gritos y estertores.
La Guardia Imperial era una fuerza de choque.
Sus espadas de energía cortaban a través de las armaduras enanas como si fueran papel.
Sus escudos deflectores absorbían los disparos de mosquete, y sus ataques coordinados superaban cualquier defensa individual.
Allí donde la Guardia Imperial pasaba, solo quedaban cuerpos y ruinas.
Los enanos lucharon con la valentía de quienes no tienen nada que perder, pero la diferencia en habilidad y equipamiento era abismal.
Muradin Barbabronce, viendo la avalancha inminente, se lanzó hacia adelante, una marea solitaria contra el muro de acero de la Guardia Imperial.
“¡Retroceded, hermanos!
¡Yo los detendré!” Su sacrificio fue valiente, sus hachas derribaron a varios guardias, pero fue inútil.
Una ráfaga de energía oscura de Arthas lo arrojó contra una pared, dejándolo tendido, herido de gravedad, su destino incierto.
El Enfrentamiento de Titanes: Magni vs.
Arthas Finalmente, el camino hacia la Gran Forja quedó despejado.
Allí, en el corazón ardiente de su reino, el Rey Magni Barbabronce se irguió solo, su martillo de guerra Ancestral, Veraz, brillando con la luz de la forja.
A sus espaldas, los pocos enanos restantes, heridos y exhaustos, pero listos para morir por su rey.
Arthas entró, seguido por su Guardia Imperial, sus botas resonando en el vasto salón.
La luz de la lava que fluía en el centro de la Forja iluminaba su armadura y sus ojos, que brillaban con una oscura satisfacción.
“Rey Magni,” la voz de Arthas resonó en el salón, desprovista de emoción.
“Vuestra terquedad ha condenado a vuestro pueblo.
Pude haber ofrecido una integración.
Ahora, solo queda la subyugación.” Magni apretó el mango de Veraz, sus nudillos blancos.
“Jamás.
Un rey enano no se arrodilla ante un tirano.
Ironforge no caerá mientras un Barbabronce respire.” “Una bonita fantasía,” Arthas musitó.
“Pero la realidad es un puño que aplasta los sueños.” Sin más palabras, el Emperador se lanzó.
No fue una carga salvaje, sino un movimiento calculado, una avalancha de poder concentrado.
Magni, a pesar de su edad, era un guerrero formidable, un maestro del martillo, con siglos de experiencia en combate.
Levantó Veraz, y el martillo chocó con la espada de Arthas en un estallido de chispas y energía.
La Gran Forja se convirtió en el escenario de un duelo titánico.
Magni, con su fuerza enana, asestaba golpes que habrían pulverizado a cualquier hombre.
Su martillo trazaba arcos de luz, buscando las debilidades en la armadura de Arthas.
El Rey enano no era tan rápido, pero sus movimientos eran poderosos, enraizados en la tierra, impredecibles en su brutalidad.
Cada vez que Veraz impactaba, la hoja de Arthas temblaba, y el propio Emperador se veía obligado a retroceder un paso.
Pero Arthas era superior.
Su velocidad era inhumana, sus reacciones, instantáneas.
Esquivaba los golpes de Magni con una gracia letal, contraatacando con estocadas y tajos imbuidos de su energía corrupta.
No era solo la habilidad; era la pura y abrumadora fuerza.
El poder arcano que había robado de la Fuente del Sol, mezclado con alguna otra oscuridad que residía en su interior, lo hacía casi invencible.
Cada golpe de la espada de Arthas, aunque Magni lograra bloquearlo con su martillo, enviaba ondas de choque que sacudían el cuerpo del Rey enano, agotándolo, rompiendo sus defensas poco a poco.
El martillo Veraz, una reliquia ancestral, brillaba con una luz desesperada, intentando repeler la oscuridad que emanaba de la espada de Arthas.
“¡Ríndete, Magni!” Arthas vociferó, su voz distorsionada por su creciente poder.
“¡Evita más sufrimiento a tu pueblo!
¡Es inevitable!” “¡Nunca!” Magni gruñó, lanzando un golpe desesperado que Arthas desvió con facilidad.
La batalla continuó, un ballet brutal de acero y magia.
Magni sangraba por varias heridas, su aliento se volvía entrecortado, pero sus ojos permanecían llenos de desafío.
Sabía que esta era su última batalla, el último acto de resistencia de su pueblo.
Finalmente, Arthas vio una apertura.
Con un movimiento fulminante, su espada se deslizó bajo la guardia de Magni.
No fue un corte mortal, sino un golpe calculado.
La hoja impactó en la pierna de Magni, no para cercenarla, sino para paralizarlo.
El Rey enano cayó sobre una rodilla, el grito de dolor silenciado por la ira.
Arthas se cernió sobre él, su espada apuntando a la garganta del Rey enano.
La Gran Forja estaba en silencio, solo el chisporroteo de la lava y la respiración entrecortada de Magni.
Los pocos enanos supervivientes, inmovilizados por la Guardia Imperial, observaban con horror.
“Ahora, Rey Magni,” Arthas dijo, su voz resonando con la victoria, “la montaña se ha doblado.
El yunque ha cedido.
Ironforge es mío.” Magni escupió sangre, su mirada desafiante.
“Nunca…
nuestra…
voluntad…
nunca…” Arthas no esperó a que terminara la frase.
Con un movimiento rápido y certero, el Emperador puso fin al reinado del Rey Magni Barbabronce.
El martillo Veraz cayó al suelo con un estruendo metálico, la luz de sus runas se apagó, dejando el gran salón en la penumbra.
La batalla había terminado.
Khaz Modan había caído.
Arthas Menethil, el Emperador, había aplastado el último bastión independiente en los Reinos del Este.
La visión de la supremacía total de Lordaeron se había completado, forjada en la sangre y la derrota de los orgullosos enanos.
La Gran Forja, que había sido el corazón de una nación, ahora estaba silente, esperando su nuevo maestro.
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