ARTHAS: "Historia de un Heroe Caido" - Capítulo 37
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- Capítulo 37 - 37 CAPITULO 37 La Semilla del Imperio
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37: CAPITULO 37: La Semilla del Imperio 37: CAPITULO 37: La Semilla del Imperio La Forja de Ironforge, el corazón palpitante del reino enano, estaba teñida de un silencio impío.
El chisporroteo de la lava, que una vez había sido el latido constante de una nación vibrante, ahora parecía un réquiem.
Los cuerpos de los enanos caídos yacían esparcidos, sus armaduras y barbas cubiertas de hollín y sangre.
Sobre el estrado, el martillo ancestral Veraz reposaba inerte junto al cuerpo sin vida del Rey Magni Barbabronce, un monumento a la resistencia inútil.
Arthas Menethil, de pie en el centro de la Gran Forja, su armadura reluciente bajo la luz rojiza de la lava, no mostraba signos de fatiga, solo una fría y calculada satisfacción.
La victoria era absoluta, el último reducto de oposición en los Reinos del Este había sido aplastado.
Los enanos supervivientes, exhaustos y desmoralizados, eran reunidos por la Guardia Imperial, sus miradas vacías de esperanza.
La gran ciudad-montaña, que se había alzado invicta durante milenios, ahora era un trofeo más en la corona de Lordaeron.
La Consolidación del Conquistador La consolidación de Ironforge y sus vastas minas fue inmediata y brutalmente eficiente.
Arthas no perdió tiempo.
Las Legiones Imperiales no se detuvieron a celebrar; en su lugar, se movilizaron para asegurar cada rincón del reino enano.
“Mariscal de Campo Ashworth,” la voz de Arthas resonó en el vasto salón, ahora su salón del trono improvisado.
“Quiero que cada mina sea asegurada y su producción reiniciada de inmediato.
Los ingenieros imperiales trabajarán codo a codo con los enanos supervivientes.
Aquellos que se nieguen, serán reemplazados.
Que se sepa que la resistencia ha terminado.” Theron Ashworth, su rostro curtido por el hollín de la batalla pero satisfecho, asintió.
“Sí, mi Emperador.
Las unidades de perforación ya están mapeando las galerías internas.
Los equipos de minería ya están siendo movilizados desde Lordaeron para supervisar.” Arthas luego se dirigió al Gran Maestre de Ingenieros.
“Cada reliquia, cada artefacto, cada diseño tecnológico enano debe ser inventariado y catalogado.
La tecnología enana es nuestra ahora.
Especial atención a los planos de sus máquinas de asedio y sus métodos de fortificación.
Y quiero que los recursos de la Forja de Ironforge sean redirigidos a la producción de nuestras propias armas.
Que el yunque enano trabaje para el Imperio.” Los esclavistas imperiales, siguiendo directivas precisas, comenzaron a catalogar a los enanos capturados.
Los artesanos y mineros cualificados fueron separados para trabajos forzados en las minas y forjas.
Los guerreros y aquellos que mostraron cualquier atisbo de rebelión fueron enviados a campos de “reeducación” o, en el peor de los casos, a los pozos de gladiadores de la Ciudad Capital.
La cultura enana sería permitida existir, pero solo en la medida en que sirviera a los intereses del Imperio.
La brutal eficiencia de Arthas era aterradora.
En cuestión de días, las banderas carmesí de Lordaeron ondeaban sobre cada pico, cada fortaleza.
Los Martillos Celestiales patrullaban los cielos sobre Khaz Modan, una presencia constante que recordaba a los enanos su nueva realidad.
La vasta red de túneles y caminos que conectaban los asentamientos enanos fue militarizada.
Se establecieron puntos de control imperiales en cada cruce importante.
La comunicación entre los clanes fue interceptada y monitoreada.
Arthas no quería simplemente gobernar; quería asimilar.
Quería que la identidad enana se difuminara en la vasta y unificada visión de su imperio.
Sus recursos, su gente, su tecnología: todo sería canalizado hacia la grandeza de Lordaeron.
El sacrificio del Rey Magni y la valiente defensa de su pueblo, para Arthas, no eran más que un inconveniente necesario en el camino hacia la perfección imperial.
La montaña había crujido, y ahora, el conquistador la estaba desmantelando pieza a pieza.
La Sombra de la Victoria en el Palacio En la Ciudad Capital, la noticia de la caída de Ironforge se extendió como un incendio, alimentando la ya inmensa gloria del Emperador Arthas.
Celebraciones masivas barrieron la capital.
Las calles se llenaron de gente aclamando a su invencible líder.
Las tabernas rebosaban de cerveza y cánticos.
Para el pueblo de Lordaeron, Arthas era un dios, el unificador que había traído la paz a través de la fuerza, el arquitecto de una era dorada para la humanidad.
En medio de esta euforia, Sylvanas Windrunner observaba desde la reclusión de su prisión de oro.
Las sirvientas, con sus voces llenas de júbilo, no podían evitar compartir las noticias.
“¡Su Majestad ha conquistado Khaz Modan, mi Señora!
¡Los enanos han caído!
¡El Imperio es más grande que nunca!” Sus ojos brillaban con admiración, ajenas al tormento interno de la elfa.
La noticia golpeó a Sylvanas con la fuerza de un puñetazo en el estómago.
La caída de Quel’Thalas había sido una herida abierta, pero la derrota de los enanos, un pueblo al que respetaba por su fuerza y su orgullo, era una confirmación de la inexorable máquina que era Arthas.
Sintió una ola de desesperación.
Si incluso los enanos, con sus montañas inexpugnables y su voluntad de acero, habían sucumbido, ¿quién podría detenerlo?
¿Qué esperanza quedaba para un mundo libre de su tiranía?
La parte de ella que aún era la Ranger General, la protectora, se revolvió con impotencia y furia.
Quería gritar, quería romperlo todo, quería lanzarse contra los muros del palacio hasta sangrar.
Pero estaba atrapada, no solo por las paredes de su habitación, sino por el lazo invisible que la unía a su captor.
Sin embargo, en medio de esa desesperación, una nueva y aún más compleja emoción comenzó a germinar.
A medida que las semanas pasaban y la euforia imperial se asentaba, Sylvanas comenzó a sentir cambios sutiles en su propio cuerpo.
Náuseas matutinas que no eran las habituales.
Un cansancio que no se disipaba con el descanso.
Una extraña sensibilidad a ciertos olores.
Al principio, lo atribuyó al estrés, al encierro, a la tortura silenciosa de su cautiverio.
Pero los síntomas persistieron, y con cada día, se volvían más pronunciados, más inconfundibles.
Su mente, aún aguda a pesar de su tormento, comenzó a atar cabos.
Los ciclos que se habían vuelto irregulares bajo el estrés, se detuvieron por completo.
La sensación de un calor diferente, no el fuego de la rabia ni el ardor del deseo perverso, sino un calor interno, suave y creciente en su vientre.
Una noche, en la soledad de su habitación, Sylvanas colocó una mano temblorosa sobre su abdomen.
Una ola de terror, fría y cruda, la golpeó.
Se arrodilló, su rostro pálido como la luna, la sangre helada en sus venas.
No podía ser.
No.
Era imposible.
Pero los síntomas eran inconfundibles.
Su conocimiento de la biología, forjado por años de supervivencia en la naturaleza y de curación de heridas, no podía negarlo.
Llevaba vida en su vientre.
Y esa vida…
esa vida era la del heredero de Arthas Menethil.
El terror la consumió.
La idea de llevar al hijo de su captor, de su violador, de la persona que había destruido su vida y su reino, era una abominación.
Sintió ganas de gritar, de arrancárselo, de negarlo.
Cayó al suelo, temblando, el peso de la revelación aplastándola.
Un hijo de Arthas.
El próximo Emperador.
El fruto de su tormento.
Pero mientras el terror se arremolinaba, otra emoción, extraña y poderosa, comenzó a emerger de las profundidades de su ser.
Una chispa, minúscula al principio, pero que rápidamente se encendía, un instinto primario que superaba todo lo demás.
La visión de ese pequeño ser, inocente, vulnerable, creciendo dentro de ella.
El legado de su sangre, mezclado con la del monstruo, pero aún así, su sangre.
Una llama de protección se encendió en su corazón.
Era un sentimiento que no había sentido en mucho tiempo, una pureza de propósito que contrastaba brutalmente con la oscuridad que la había envuelto.
No era amor por Arthas.
Ni siquiera era amor por el feto en sí mismo, al principio.
Era un instinto feroz, un deseo abrumador de proteger a esa vida vulnerable, de resguardarla del mundo, de los peligros, incluso de su propio padre.
La idea de que el próximo Emperador de Lordaeron, el heredero del conquistador, fuera parte de ella, su sangre, de alguna manera la ató a un destino que no había elegido, pero que ahora, de forma perversa, se sentía ineludible.
Ese niño, producto de la violación, era ahora lo único que le quedaba, el único futuro posible para su linaje.
Cuando Arthas la visitó esa noche, Sylvanas lo miró de una manera diferente.
El odio aún estaba allí, un muro en su corazón, pero ahora, sobre él, se alzaba un escudo invisible, una determinación férrea para proteger la vida que crecía dentro de ella.
Su cuerpo, que antes se estremecía por el deseo y la repulsión, ahora se sentía…
sagrado, un templo que albergaba el futuro.
No le dijo nada.
Lo observó con una nueva astucia en sus ojos, una que él no detectó.
Él era el conquistador, el Emperador del mundo conocido.
Pero ella, Sylvanas Windrunner, la Reina Banshee en ciernes, ahora llevaba dentro de sí un secreto que cambiaría el juego.
Un secreto que la ataba a él de la manera más íntima y aterradora posible.
El heredero.
Su hijo.
El futuro de Lordaeron, para bien o para mal, ahora estaba ligado a su propia supervivencia y a su propia, oscura, voluntad.
El terror inicial se transformó en una calculada determinación.
Si quería proteger a su hijo, tenía que sobrevivir.
Tenía que ser fuerte.
Tenía que jugar el juego de Arthas, pero con sus propias reglas secretas.
La Semilla del Imperio había sido plantada, y con ella, un nuevo y complejo capítulo en la atormentada existencia de Sylvanas apenas comenzaba.
La Reina Banshee nacía no del odio puro, sino de la desesperación y de un amor sobreprotector por el fruto impío de su tormento.
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