ARTHAS: "Historia de un Heroe Caido" - Capítulo 5
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- Capítulo 5 - 5 Capítulo 5 El Martillo de la Retribución
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5: Capítulo 5: El Martillo de la Retribución 5: Capítulo 5: El Martillo de la Retribución El aire en el corredor de piedra que conducía al campamento orco estaba cargado de una electricidad estática.
No era solo el clima; era la furia contenida de doscientos hombres que habían visto a sus hermanos masacrados.
Arthas, al frente de la formación, sentía cómo la Luz Sagrada vibraba en su pecho, no como un susurro de paz, sino como un rugido de justicia.
—¡POR LORDAERON!
¡POR LOS CAÍDOS!
—bramó el Príncipe, alzando su martillo reforjado.
La carga fue un estruendo de metal y gritos.
Los orcos, apostados en las alturas del corredor, lanzaron un contraataque feroz, pero lo que encontraron no fue un ejército humano común.
Arthas invocó el poder de su fe y, de repente, una ola de luz dorada emanó de su cuerpo, envolviendo a sus soldados en un resplandor cegador.
Para los orcos, fue como si el sol mismo hubiera descendido a la tierra.
El brillo era tan intenso que el aire comenzó a oler a ozono y carne chamuscada; aquellos enemigos que intentaron mirar de frente la carga sintieron sus ojos hervir y su piel arrugarse bajo el calor divino.
Arthas arrolló las primeras líneas como un huracán.
Cada golpe de su martillo no solo rompía huesos, sino que liberaba ráfagas de energía que lanzaban a los orcos por los aires.
A su lado, los soldados razos avanzaban como tanques de mithril, hundiendo sus espadas en los torsos verdes sin un ápice de remordimiento.
Rodeado por un grupo de veteranos orcos armados con mazas masivas, Arthas entró en un estado de trance bélico.
Un hacha doble descendió hacia su cabeza, pero el Príncipe giró con una rapidez que desafiaba su pesada armadura.
Esquivó, golpeó y destrozó.
Sintiendo que sus hombres flaqueaban ante el número de enemigos, Arthas clavó su martillo en el suelo.
—¡Aura de Devoción!
—rugió.
Un relámpago dorado descendió del cielo, impactando directamente en el arma del Príncipe.
Un círculo de runas sagradas se expandió por el suelo, y de inmediato, los soldados cercanos sintieron que sus heridas cerraban y sus músculos recuperaban la fuerza de diez hombres.
Arthas mismo comenzó a brillar con una luz blanca pura; sus ojos eran dos faros de oro radiante.
Los ataques de los orcos simplemente rebotaban contra un escudo invisible de Invulnerabilidad Sagrada.
Era un semidiós en el campo de batalla.
En un remolino de acero y luz, Arthas hizo girar su martillo, multiplicando su fuerza por diez.
Cada impacto sonaba como un trueno, enviando restos de armaduras orcas volando por todo el claro.
Los fusileros enanos, desde la retaguardia, mantenían un fuego constante, abriendo agujeros en las filas enemigas mientras los piqueros remataban a los que lograban acercarse.
El ejército orco fue aniquilado en los campos exteriores.
Los pocos sobrevivientes se retiraron hacia su fuerte, una estructura mugrienta de madera y piedra que apestaba a muerte.
Arthas, con la armadura manchada de sangre verde y el aliento agitado, ordenó el asedio final.
Fue rápido, brutal y carente de piedad.
Sin embargo, cuando el último defensor cayó y el silencio regresó al campamento, el triunfo se convirtió en cenizas.
En la parte trasera del fuerte, cerca de un templo improvisado, el ejército de Lordaeron se detuvo en seco.
Marwyn se llevó una mano a la boca y apartó la mirada, mientras Falric apretaba los dientes con tanta fuerza que sus encías sangraron.
Allí, empalados en estacas de madera bruta, estaban los caballeros de la patrulla de paz de Uther.
Sthefen y sus compañeros habían sido sometidos a torturas que desafiaban la imaginación; sus cuerpos eran mapas de dolor y mutilación.
Un orco de piel verde pálida y ojos inyectados en sangre, el líder del clan, se adelantó con una sonrisa retorcida.
—Que estos sacrificios sean del agrado de nuestros señores…
—siseó con una voz que parecía venir del mismo abismo.
La ira de Arthas, que hasta entonces había sido una herramienta de la Luz, se transformó en algo mucho más oscuro y frío.
Sus principios de paladín luchaban por contener el deseo de arrancar la cabeza del orco con sus propias manos.
—Ríndete, bestia…
y te daré una muerte rápida —dijo Arthas con una voz extrañamente calmada, una calma que precedía a la tormenta.
El orco no respondió.
Cargó.
Pero Arthas ya no peleaba como un caballero; peleaba como un verdugo.
Esquivó el primer embate y, con un movimiento fluido, destrozó el hombro del orco.
Los fusileros dispararon a las piernas del líder, obligándolo a caer de rodillas.
Entonces, Arthas levantó su martillo y, con un golpe sordo que resonó en todo el valle, aplastó el cráneo de la bestia, esparciendo sus restos sobre el suelo que él mismo había profanado.
Arthas caminó hacia el interior del templo.
En una fuente de piedra, encontró lo que faltaba: las cabezas decapitadas de los caballeros, con los ojos aún abiertos en un rictus de agonía infinita.
El Príncipe cerró los ojos por un segundo, sintiendo el peso de la promesa que le había hecho a Bardo y a Uther.
No había podido traerlos a salvo.
—Quemadlo todo —ordenó con una voz gélida—.
Que no quede rastro de este lugar.
Bajad a nuestros hermanos…
nos los llevamos a casa.
Mientras las llamas comenzaban a lamer las paredes del fuerte orco, Arthas se quedó mirando el humo negro que ascendía hacia el cielo de Lordaeron.
Los orcos habían sido exterminados de estas tierras, pero el costo había sido su inocencia.
De repente, un soldado corrió hacia él, rompiendo su trance.
Su rostro estaba pálido y sus manos temblaban mientras sostenía un informe recién llegado de la capital.
—¡Príncipe Arthas!
¡Tenemos un problema grave!
Arthas se giró lentamente, con la luz dorada de sus ojos empezando a desvanecerse para revelar una mirada de cansancio absoluto.
—Habla, soldado.
¿Qué noticias traes del norte?
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